S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

El cómplice melancólico. (2)

De Honorio.

- 6 -

Condujeron toda la noche, apenas una parada para reponer combustible y tomar un tentempié con el que aguantar hasta Ayamonte. La Guardia Fiscal les expidió un visado para un corto periodo. Desayunaron café y gruesas tostadas. A pesar de la dura jornada, Leo aún se vio con fuerzas para seguir hasta más allá de Faro, algún pueblecito tranquilo, quizá Sagres. Leo notaba las palmas húmedas: ¡el mar! ¡Thalassa! Y aunque encontró la evocación un poco estúpida, le gustó. Los diez mil oliendo el mar, el mar griego, corriendo en busca de la patria. Ahora ellos difícilmente tenían patria. ¡Eran asesinos!

Virginia se durmió acunada por el Sol sureño de principios de invierno, con ese sueño narcótico que afecta al agotado una vez que las emociones que impiden dormir se diluyen con el tiempo. Leo aguantó al pie del volante. Una vez hubo de agitar la cabeza y parpadear, y tampoco se asustó por haber conducido durante unos segundos con los ojos cerrados. Movía el cuello, tensándolo y destensándolo, trataba de mantener la circulación de la sangre. En un recodo de la carretera vio el mar. Despertó a Virginia para comunicárselo.

Ella sonrió, despertaba a la luz, ¿quién sabe qué soterrados pensamientos habían acompañado su sueño? Pero sonrió con sinceridad. Estaba más animada.

—Podríamos comer pescado... Un hermoso y fresco pescado asado. Y después una siesta en un hotel.

El paisaje era hermoso, todo el colorido del Algarbe, pueblos cálidos y bosquecillos.

—Fíjate —dijo Leo—, hasta se puede uno bañar.

—Yo no sé nadar —reconoció Virginia.

—Es igual, te puedes remojar un poco.

—Sí. En alguna playa vacía.

Así fue, El Sol lucía y la arena levemente mojada invitaba al paseo. Leo se quedó en mangas de camisa.

—De buena gana me quedaría aquí dormido.

Soplaba un viento raro, caliente y salitroso. Luego se fueron a comer a uno de los restaurantes del pueblo, un lugar pequeño y tranquilo. Comieron una caldeirada y unas gigantescas lúas a la plancha, bebieron vinos de la tierra y se despacharon con el fuerte café de que gustan los nativos del país. Leo dejó una propina que hizo salir al dueño hasta el coche y abrirles las puertas. Les dio las gracias en la bella manera portuguesa.

Encontraron un hotel para dormir, una siesta que se prometieron no interrumpir hasta la mañana siguiente. El Hotel daba al mar, podían oír el rumor de las olas rompiendo contra el acantilado. Leo quiso dejar la ventana abierta. El arrullo de las olas —dijo—, pero ella se quejó de la humedad y finalmente la cerraron. Entonces fue como si la luz atardecida se hubiera entristecido un poco, aunque, por contra, daba a la habitación una sedante sensación de paz. Había dos camas separadas por una mesilla, las abrieron para orearlas. Dudaban en silencio si dormir juntos o separados. Leo no dijo nada de cierta aprensión que le embargaba, no sabía qué era o de dónde nacía, pues no encontraba en las escenas pasadas, exactamente la causa, sino que tenía un origen más físico. Virginia, a su manera, entendió también ese momento de duda.

—Yo dormiré en esta —dijo resolviendo la cuestión.

Se desnudaron, Leo completamente, ella se puso una camisa por encima. Cuando vio nuevamente su brazo izquierdo, le entró un notable desasosiego. ¡Aquel brazo! Tan extraño al cuerpo. Viniendo quizá de otro mundo, un injerto de una dimensión más patética. Con la facilidad de la costumbre, Virginia ocultó rápidamente esta parte y bajó la persiana dejando la habitación en penumbra.

—Así esta mejor —dijo.

A Leo le costó coger el sueño, caía a intervalos en sopores demasiado lúcidos, con profundas y brillantes ideas, aunque sólo eran el producto de su agotamiento, pues estando el cuerpo tan obligado a vivir sin descanso, ahora se negaba a morir un poco. Al fin lo consiguió, luego de algunas vueltas en la cama. Soñó con Carlos, un Carlos vivo pero con una herida seca y horrible en la cabeza. No estoy muerto —le dijo el joven., he venido para recordarte quién es ella. Déjame... —rogaba Leo—, y trataba de alejarse, pero Carlos le alcanzaba y le enseñaba la llaga, que estaba llena de gusanos. No estoy muerto —repitió—, es sólo que se ha infectado. Ves..., son los microbios. Y explotaba un gusano entre los dedos, que era de sangre, sangre encuadernada. Luego cogió algunos puñados y se los llevó a la boca. Tengo que alimentarme —dijo sonriente, manchados sus labios de sangre—. ¡Ten cuidado! Ella también tiene la infección, una peste escarlata, una muerte roja. Y entonces apareció Virginia con su camisón desgarrado y sangriento. Sonreía agitando su brazo perverso, y acercándose le acarició. El brazo cambiaba, se volvía blanco, perfecto de forma, sin mácula ni deformidad, y según esto ocurría, el resto del cuerpo se transformaba, se secaba haciendo la piel encarnada y lisa, sin vello, como vieja y enorme quemadura. Los senos arrugados y puntiagudos, de largos pezones, los labios lívidos en la cara escarlata, los dientes rojos. Quiso alejarse, pero sus piernas no le obedecieron. Ella cogió su pene, seccionado sin sangre ni dolor. Trató de quitárselo y pegarlo de nuevo, pero le desapareció entre las manos. Carlos y Virginia se besaban, después caminaron hacia el mar, adentrándose en las olas hasta que, teñidas de rojo, les engulleron.

Despertó sudoroso pero frío, no sabía si taparse aún más o si por el contrario debía aligerarse de ropa. ¡Aquella humedad! Virginia dormía silenciosa. Miro el reloj, medianoche. Quedaba mucho tiempo todavía. Sin embargo, se sentía febrilmente activo, fue al servicio y se lavó la cara, comprobando sus genitales sin saber por qué. Al mirarse en el espejo vio que había adelgazado, profundas arrugas surcaban sus mejillas, y bajo los ojos se dibujaban semicírculos azules. El pelo revuelto y la cara de sueño le devolvieron una imagen desagradable de sí mismo. Se peinó con la mano, la barba le picaba por los lados. Orinó luego a chorros certeros contra la loza, algunas gotas cayeron fuera.

Dio unas vueltas por la habitación dudando si volverse a acostar, pero al cabo, todas sus miradas convergieron sobre ella, dormida y cubierta por el embozo hasta la cabeza.

—Matas a tu hermano gemelo y duermes como una bendita —murmuró.

Acercó una silla y se sentó a contemplarla. No se oía un solo ruido en el hotel. Sintió algo de frío pero no se movió. ¿Cómo puede dormir así? Y tuvo por un segundo la idea de que las culpabilidades no eran el punto fuerte de su compañera de habitación.

Ella se dio la vuelta en la cama y abrió los ojos.

—¿Qué haces? —le preguntó adormilada.

—Te miro, ¿dormías?

Virginia no contestó, le observaba desde el lecho. Luego abrió un poco la sabana:

—Anda ven...

Se abrazaron entrelazados, pecho contra pecho.

—Tuve otro sueño —confesó Leo—, un sueño horrible.

Virginia le besó en el cuello, suspiró:

—Olvídalo todo.

Le asombraba la capacidad que tenía para adaptarse. A veces parecía no tener sentimientos. Dura y sólida. Inclemente, férrea en sus decisiones y actos.

Virginia le acariciaba, primero lentamente, luego con más pasión, hasta que algunos jadeos apresurados le indicaron su deseo, su disposición. A Leo no le agradó, el poso de su reciente pesadilla y algo más, le desarmaba. Pero ella no se dio cuenta, se agitaba poco a poco en el abrazo, arrimándole las caderas con ardor.

Leo —musitaba—, Leo...

Se había quitado la camisa y arrullándose como un gato en la tripa de Leo, le besaba el pene. Esto hizo que Leo acrecentara su vigor, tomó sus senos y los hallo blandos y suaves, y sus pezones de adolescente, deliciosos. Virginia se enderezó a horcajadas de sus flancos.

—Entra, por favor —le pidió.

Y no lo decía como si de una simple petición se tratara, sino encareciéndole tal acción en aquel momento. Demostrando que aquella entrada en su intimidad era lo más importante de sus anhelos. Pero a Leo le faltaron fuerzas. Sentía la repugnancia de algo ignoto.

Se detuvieron en sus afanes. Virginia tenía una mirada interrogante que sin decir nada parecía pedir explicaciones.

—¡No sé...! No es el momento.

En el silencio que siguió, Leo fue arrebatado por una vorágine de funestos pensamientos, eran los de ella misma, transparentes como el agua. Aquella expresión de dolor, semblanza de desesperación, le entró como una droga.

Virginia se levantó y se fue al baño, oyó la ducha en sordina. ¡Mierda! No era el momento —se justificó—. Sentía comezón en los genitales. Se cambió de cama y arropándose bien con las mantas quiso dormir, se encontraba deprimido. Entonces oyó sus lamentos. Se acercó a la puerta del baño y le pareció que Virginia se estaba masturbando. Y se estremeció.

Cuando despertó, el Sol se colaba por las rendijas de la persiana a trazos paralelos y amarillos, el polvillo del aire subía y bajaba existiendo sólo por efecto de la luz. Se rascó la cabeza deseando una ducha. Virginia ya se había levantado, su cama estaba vacía. Eran las once de la mañana. Tampoco estaba en el baño. Abrió la ventana dejando que el día entrara en la habitación, y también entraron las olas y su incansable batir. Se duchó pensando que estaría abajo desayunando. Sentía cierta tristeza, una tristeza que le disminuía como ser humano.

En el salón desayunaban pocas personas, españoles también, pero ella no estaba. Salió muy temprano —le informó el camarero—. No sabía a dónde. Como tenía apetito se desayunó abundantemente. Encendió un pitillo y se dijo que de estar en algún sitio, sería la playa. Caminó por las calles del pueblo pasando por el muelle de los pescadores. Había poca actividad, turistas haciendo las fotos de rigor. En la playa, algunas gaviotas tiznadas, agrupadas y pisoteando la orilla de una pequeña ría, alzaron el vuelo a su llegada pasando sobre su cabeza como un escuadrón. Tampoco estaba allí. Paseó largo rato por la arena dando patadas a las caracolas y pisando conchas vacías, crujían agradablemente bajo sus zapatos. Horas después regresó al hotel. No había regresado aún, se enfureció, ¿qué juego se traería ahora? ¿se hará la dolida? ¿le reprochará alguna cosa? ¡No era para tanto! Tenían tiempo por delante para entenderse a gusto, si es que tenían por qué entenderse. ¡Bah!, mujeres..., valoran las cosas a su gusto, hacen castillos de granos de arena y pasan de largo delante de los sucesos realmente importantes. ¡Que vuelva cuando quiera! Y con estos pensamientos se marchó al pueblo con aviesas intenciones. Entró en una tienda, una confitería, y compró por curiosidad una botella del aguardiente local y una de J.B. Abrió la de aguardiente y se dio un trago, peor que el nuestro —se dijo—. Pero aún se dio algunos más.

Según iba bebiendo se iba enfadando. Deliberadamente no volvió a comer al hotel, lo hizo en una tasca marinera. Los parroquianos le contemplaban con interés, observaban del todo sorprendidos las tres botellas sobre la mesa, la de vino casi acabada, mediada la de aguardiente y la de güisqui sin abrir. Se comió una urta y una ensalada duramente sazonada. Fue terminando de comer cuando le asaltaron los remordimientos: ¿tendría ella dinero para hacer lo mismo? ¿No estaría ahora esperándole desconsolada en el salón del hotel? Quizá se alejó demasiado por la playa y se le había hecho tarde para volver. Pagó con prisas y metió las botellas en una bolsa que le proporcionó el tabernero. Con paso apresurado se dirigió al hotel, por efecto del alcohol ingerido no lo hacía muy seguro, se fumó unos pitillos por el camino. Todavía le dolía la rodilla de los golpes que se dio en la nieve, pero lo ignoró.

No había vuelto, y no se enfureció, se asustó. Las cuatro de la tarde, ¿dónde puede estar? El recepcionista le aconsejó que fuera a la policía. Yo mismo, si quiere... —se ofreció—. Leo cogió el coche y recorrió, nervioso, las calles del pueblo, incluso preguntó a quienes le parecieron más discretos. Fue nuevamente a la playa y, baja la marea, rodó por la arena mojada hasta que ya muy lejos, una ría le impidió seguir. Allí se detuvo.

Abrió la botella de J.B., el aguardiente le producía acidez, le deprimía. Tiempo después, regresó al pueblo y aparcó en la plaza. Algunas gentes le observaban entre cuchicheos. Volvía la cabeza a uno y otro lado esperando encontrarla a cada mirada, saliendo de una bocacalle o pasando una esquina. De pronto, tuvo una idea. ¡Claro! Tenía que estar en la habitación del hotel, escondida en algún rincón, como una avestruz. ¡Le venía de familia! Y la maldijo a pesar de la esperanza. Arrancó y dio la vuelta a la plaza a todo gas, ante el asombro de los transeúntes. El recepcionista trató de decirle algo mientras subía las escaleras, pero no le escuchó, aunque pudo divisar un hombre trajeado, hablando con el empleado. No había nadie en la habitación, ni en el baño, ni en los armarios, ni en ningún sitio.

Llamaron a la puerta y entraron: el recepcionista y el hombre del traje. Un traje de entretiempo, gris y mal cortado. Era policía, le habían avisado desde el hotel. Con mucha cortesía, le pidió una descripción de Virginia, asegurándole que la encontrarían y que no se preocupara. No tenía excesiva curiosidad, más allá del mismo caso. En el fondo hasta era un tipo simpático, aceptó un cigarrillo y le proporcionó un teléfono para comunicarse. Mejor que no se mueva del hotel —dijo—. Así no tendremos que buscar a dos. Hablaba un buen castellano. Había vivido no sé dónde y hasta tenía parientes en Huelva.

Fue un largo atardecer y más todavía la noche que siguió. Leo se emborrachó sin ningún cuidado, impidiendo que los pensamientos le acometieran. No quería hacerse ninguna cábala sólo quería verla aparecer por la puerta, como fuera. Las horas pasaron, las luces perdieron intensidad, los clientes le miraban con cierta pena, le señalaban desde la distancia. Le importó un bledo. Notaba el estómago anudado, pesado como un balón. Aquel aguardiente le había sentado mal.

La mañana le sorprendió dormido sobre la mesa del comedor. Nadie se había atrevido a despertarlo. Le dijeron que la policía seguía sin noticias y que querían la dirección de Virginia en España, pero les dio la suya propia. Al tercer día de espera decidió marcharse. En su interior había calado ya una idea de la que no podía librarse: ella estaba muerta. Se la imaginaba entrando en el mar hasta morir ahogada. Desesperada y culpable. El motivo detonante, aunque no principal, de tal acto, era sin duda su fracaso sexual.

Decidió volver a Madrid y seguir su vida normalmente hasta que el azar le encadenara a los hechos. Fatalista, pensaba que este era su sino, y como tal destino y como pena a cumplir, se dispuso a marchar. Nada dijo de sus sospechas a la policía portuguesa. Para ellos, Virginia ya estaría en Madrid. Créame —le dijo el policía—, la mayor parte de las veces sucede así.

Pero Leo no le hizo caso. Estaba seguro de que la historia terminaba así: muertos los dos hermanos, ambos por su culpa, al fin y al cabo. Ahora, se trataba de aceptar un epílogo que probablemente no pasaría por su vida como los hechos anteriores, caería sobre él como una máquina de hacer justicia.

- 7 -

Berto manejaba la coctelera con la pericia del profesional que era, la agitaba una y otra vez con un temblor no exento de arte. Frente a él, Leo apoyaba los codos en la barra. No tenía buen aspecto, la faz pálida, la barba sin arreglar, el pelo descuidado.

—Verás como esto te anima —le dijo Berto—. No quiero verte con esa cara. Parece como si el duende de la melancolía se hubiera apoderado de ti... —y añadió—: Luna de plata de melancolía aléjate de mi amigo.

Y le sirvió el cóctel, que era dorado como un vino fino.

—¿Qué me habrás echado...?

—¡Un poco de alegría, hombre! Que desde que volviste de Portugal no pareces el mismo.

—¿Sabes que tenía el pelo del color de esta bebida?

—Ya me lo has contado.

—¡Calla...! Tenía el pelo claro y los ojos azules, profundos como un remolino. Su espalda era lisa y blanca y su pubis rubio. Hablaba siempre con voz apagada, excepto cuando se enfurecía, entonces sacaba a relucir su verdadero carácter, se transformaba.

—Anda, tómate eso... Y si te portas bien te invitaré a una línea, algo especial que he pescado por ahí.

—En ti confío.

—Sí, eres mi mejor cliente, pero a veces desbordas mis posibilidades. Estás delgado, amarillo, tienes los ojos turbios y hace tiempo que tus dientes no ven la luz, ya no sonríes como antes, y es una pena, porque tenías una bonita sonrisa, ahora, cuando quieres hacerlo, te sale una mueca enmarcada por esas dos arrugas que trajiste de Portugal, hasta tienes algunas canas en la barba.

—¡Desaparecida! —dijo Leo al recordar la llamada telefónica del policía portugués—. ¡Qué tontería! Se adentró en el mar y caminó entre las olas hasta que una más grande se la llevó al fondo. Y no con un rictus de agonía, sino con la calma de la premeditación, de aquellos que lo hacen por necesidad, por descansar. Sólo que hubiera debido avisarme, quizá le hubiera acompañado.

—No digas bobadas —exclamó Berto, disgustado por sus palabras—, ella no te importa, lo que pasa es que te sientes culpable...

Pero no terminó la frase porque se volvió para ver a los dos hombres que entraron en el local. Eran altos e iban bien trajeados. Uno de ellos, el más joven, llevaba un bigote, notable por lo espeso, pareciendo un filósofo de otra época más racional. El otro, maduro, peinaba canas y aunque seco y estirado, tenía el porte de un caballero. Saludaron con discreción y buscaron un lugar apartado.

Berto los miró con desconfianza. Leo ni se volvió, es cierto que esperaba la visita de la policía desde hacía tiempo, una semana escasa de su llegada de Portugal, y no habiéndose decidido por nada, ni siquiera por comunicarse con la familia de Virginia, aguardaba el desenlace de los acontecimientos, como habitualmente esperaba la llegada de fin de año, con indiferencia. Nubladas sus ideas por el alcohol y concentrado en sus recuerdos, no quería más compañía que la de Berto, lo que tampoco iba a impedirle enfrentarse tranquilamente con los hechos.

Los recién llegados bebieron ginebra seca. ¡Buen estómago! se dijo Berto. Y mientras servía miró de reojo tratando de adivinar qué podrían buscar semejantes personas en su bar. No eran precisamente el tipo de clientes que deseaba. La gente bien trajeada y de aspecto respetable le infundían sospechas. Observaban el local sin disimulo, y en sus gestos, Berto reconoció el disgusto que tan siniestra decoración les producía. No es que el esqueleto dentro de la armadura les desagradara o que el gran Árbol de la Vida, pintado en el techo por un discípulo del inefable Crowley, les intimidara, pues seguramente carecían de la sensibilidad y del conocimiento para interpretar uno solo de los símbolos que por doquier adornaban el patético, pero acogedor, bar de Berto. Quizá fue la reproducción del cuadro de Max Ernst: "El atavío de la novia" lo que más llamó su atención. Ciertamente que la novia representada por Ernst no era para una boda cualquiera, con aquella cabeza emplumada como un capuchón de insólita lechuza y arropada por un manto de plumas que dejaban admirar su esbelto y sensual cuerpo, altar propiciatorio para el terrible pájaro de los diez penes espolones. Y finalmente dirigieron sus miradas a la barra y pasándolas entremedias de Leo, se maravillaron, eso sí, del monumental bajorrelieve labrado en madera policroma del gran dios Abraxas.

Bebieron de sus copas y cruzaron algunas palabras que Berto se perdió. Llegado éste a la barra, elevó un poco la música, sonaba Karl Orff, lo suficiente para hablar con Leo sin ser oídos.

—Oye Leo, creo que tienes visita, pero no te vuelvas.

Para qué lo hubiera dicho. Leo se volvió como un resorte, los vio y ellos también. Inesperadamente dio unos pasos y se les acercó.

—¡Señores! —dijo—, si me buscan, aquí me tienen —y extendió las manos en el gesto del esposado.

—¡Leo! —exclamó Berto confundido.

—¿Y quién es usted? —preguntó el joven del bigote.

—¡Soy el que buscan! Leo el cobarde, el alcohólico, el desolado Leo que no tuvo fuerzas para adentrarse en el mar detrás de ella.

—¿Detrás de quién, amigo? —preguntó ahora el caballero maduro.

Pero Leo perdió su mirada en el recuerdo, las paredes del bar de Berto no pudieron detenerle, salió a la calle su vista y cruzó las montañas hasta el mar y sumergiéndose en las olas buscó su cuerpo mecido sobre el limo marino, reposando en paz, en eternidad.

—De ella, la de la exótica belleza y extrañas proporciones. Bien saben ustedes a quién me refiero. ¡Vamos, no pierdan su tiempo, ¡encadénenme! —y hacía de nuevo acto de dejarse esposar.

—Vamos, vamos..., Leo —irrumpió Berto tratando de apartarle—. No molestes.

—El hombre de más edad se levantó del asiento.

—Al parecer le sacude un gran pesar, ¿Quiere usted sentarse con nosotros?

—Claro que me sentaré —repuso Leo—. Me sentaré toda la vida con ustedes, no volveré a levantarme jamás.

Leo parecía preso de alguna locura o idiotez. A Berto se le puso un nudo en la garganta. Aquella reunión iba a terminar muy mal, más con un comportamiento tan extravagante como el que estaba demostrando Leo.

—¿Por qué supone que venimos en su busca? —preguntó el más joven.

—Sé muy bien quiénes son, conque quitémonos las caretas y hablemos con claridad.

—¿Y quiénes somos? —inquirió el caballero—.

—Usted es el padre..., el padre cruel que abandonándola la dejó en manos del destino fatal. Y usted —y señaló al joven del bigote—, es un simple policía.

No parecieron acoger con agrado estas menciones.

—Entonces, siendo yo el policía, y siendo mi acompañante el padre, usted es el cómplice que buscamos.

—Cierto, señor mío. Yo soy.

—¿Qué tipo de cómplice? —quiso saber el padre.

—Cómplice por omisión. Bien lo saben ustedes que vienen por mí.

El caballero encendió un pitillo, usaba un encendedor de oro que al cerrase producía un sonoro chasquido. Se encontraba intranquilo y se olvidó de ofrecer, fue el joven quien lo hizo. Durante un instante callaron todos.

—Sí, es cierto que buscamos a alguien —dijo el policía—, pero más que buscarle, lo que queremos es oírle, escucharle.

—¿Quieren escucharme?

—Así es.

Leo se volvió hacia Berto que detrás de ellos se mantenía a la expectativa del desenlace.

—Trae bebida para estos señores, se acaba de formar mi tribunal.

A Berto no le gustaron estas palabras, en realidad no le gustaba nada de lo que allí estaba ocurriendo, pero recogió un par de botellas, acercó una silla y luego que hubo echado el cierre a la puerta y no habiendo más clientes, dijo sentándose:

—Sírvanse, acabo de cerrar el local.

—Quedamos en que era usted cómplice por omisión —recordó el padre a Leo—. Eso me lleva a pensar que hay algo que no hizo y que debería haber hecho para evitar un mal.

—Exacto. Tuve en mis manos la vida de dos personas, podía haberlas salvado y sin embargo no lo hice, no fui capaz de interpretar ni uno solo de los presagios que el azar y hasta mis propios sueños me procuraban.

—¿Dos personas, dice usted?, ¿de qué dos personas habla? —preguntó el policía.

—De Carlos y Virginia, naturalmente.

—¿Qué dice, desdichado? —exclamó el padre—. Virginia se encuentra perfectamente, y en cuanto al desgraciado accidente de Carlos...

—¿Ella...? —le interrumpió Leo—. ¿Está viva?

—Desde luego —aclaró el padre con una mirada de censura, casi de desprecio.

—¡Está viva! —gritó Leo—. ¡Berto, está viva! —y alzándose bebió un largo trago.

Vino a verme hará unos días —relató el padre—. Hube de sacar fuerzas de flaqueza para hacerme cargo de toda la situación. La tragedia me desbordó. Joven, no estoy en condiciones de censurar a nadie, pero su actuación me repugna. ¿Cómo tuvo la suficiente sangre fría y falta de humanidad para quemar la casa?

—¿Y qué podía hacer? Me sentía tan culpable como Virginia. Por otro lado, me pareció un buen funeral para el pobre Carlos. Sepa que yo le tenía aprecio.

—¡Cállese! —le interrumpió el policía—, no sólo se culpabiliza usted mismo, sino que se pueden formular otros cargos. Incendió la casa, ¿no se le ocurrió pensar que era propiedad de alguien?

—¡Al diablo, la casa! ¡Nada de eso importaba allí! Carlos estaba muerto. ¿Hubiese preferido que lo enterrara en la nieve?

—Es usted un hombre adulto, por tanto no dramatice ni haga especulaciones fantasiosas. Se le podía haber pasado por la cabeza, simplemente, pedir ayuda. Su comportamiento me parece detestable.

—¡Calma! —pidió el padre—. Hemos venido a escucharle, aunque creo que antes deberíamos explicarle los últimos hechos. Virginia se presentó en un estado lamentable tanto mental como físico. Me contó lo del accidente y confieso que no la creí hasta que el señor N. —y señaló al joven policía—, desplazado al lugar, lo corroboró. Imagine lo que se me vino encima, hube de recurrir a todas mis amistades. A Virginia y tras un examen médico, la interné en un buen sanatorio. El juez, en consideración a lo especial del caso y a la amistad que me une al señor N., ha certificado la muerte accidental de mi hijo. Como comprenderá no deseo ninguna publicidad y trataremos de echar tierra al asunto. El señor N. se ha ocupado de todo lo referente al entierro de Carlos y nada ha trascendido a la prensa. Sin embargo, usted es nuestro punto más flaco, por ello estamos aquí, para proponerle un acuerdo que de llegar a producirse significaría la inexistencia de cargos contra usted. Me ahorraré de paso la censura que sus acciones me inspiran en beneficio de mi hija y mi familia.

Y ya parecía dispuesto a iniciar unas negociaciones más calmas, cuando añadió:

—¿Qué le hacía suponer que estaba muerta?

—Ya no tiene importancia —respondió Leo, abrumado por lo que oía—. ¿Dónde está?

—Virginia no quiere volver a verle —aseguró el policía—. Nosotros le ofrecemos un pacto: su exculpación a cambio de su silencio, más la garantía de que nunca volverá a verla. Por contra, quedará libre, si bien y para nuestra completa tranquilidad, apreciaríamos como gesto de buena voluntad que abandonara la ciudad, en cuyo caso estaríamos dispuestos a remunerarle en alguna cantidad. ¿Qué decide?

Leo no contestó, se encontraba desconcertado, no por el desprecio con que se sentía tratado, era que la tragedia se había desmoronado, quedando reducida a que ella estaba viva, encerrada, y no quería verle.

—¿De lo contrario...? —se atrevió a preguntar Berto ante el mutismo de Leo.

—¡No hay de lo contrario! —respondió el padre con firmeza—. ¡Le aniquilaría! Pueden estar seguros.

—En tal caso aceptamos —dijo Berto, tomando la responsabilidad del indeciso Leo.

—¿Qué dice usted? —le preguntó directamente el policía.

—Acepta —le pidió Berto—. Estás pillado.

—De acuerdo —murmuró.

—En ese caso, y como garantía de su palabra, deberá firmar aquí —y extrajo un papel doblado del bolsillo de su chaqueta.

—¿Qué es eso?

—Una declaración policial donde reconoce los cargos de denegación de auxilio y destrucción de propiedades. Sólo la usaríamos si usted rompiera el acuerdo. Lo cual espero no ocurra nunca.

—Joven —terció el padre—, sé que ha sufrido por culpa de esta desafortunada historia, pero deje correr la vida sin añadir más leña al fuego. Es posible que todo esto le parezca inusual, pero ya nada tiene que hacer con Virginia y lo sabe. Firme, y separémonos hasta nunca con la impresión de ser actores de un mal momento de nuestras vidas, del que sólo las naturales secuelas queden, sin añadidos de orgullo, resquemor o morbosidades de las que no hablaré.

—Anda firma —le rogó Berto.

Leo firmó. Extendió su rúbrica sobre aquel folio escrito a máquina sin ni siquiera leerlo. Después, el policía le dijo a Berto:

—En cuanto a usted, y pareciéndome un hombre razonable, se me ocurre que evitará todo rumor o maledicencia, y para que sepa lo interesado que estoy en el caso, y también se lo digo a usted —aquí se dirigió a Leo—. Yo fui amigo de Carlos y por tanto conozco bien a Virginia, le profeso un afecto personal que va más allá de estas circunstancias. Por tanto, no consentiré que esta historia trascienda de los aquí presentes y aún me parecen muchos. Pero no pudiendo evitarlo, sí trataré de conjugar sus voluntades. Si existiera, Dios no lo quiera, la más mínima intención de faltar a lo aquí pactado, sepa que le cerraría el local, cuestión nimia en mis atribuciones, y hasta le formaría un proceso por tráfico de drogas, actividad ilegal de la que sabemos hace usted su beneficio principal.

—¡Pero...! —balbució Berto.

—¿Contamos con su silencio?

—¡Naturalmente! Si mi amigo ha firmado, no voy yo a interferirme en sus deseos, siendo como soy el mejor de todos ellos.

—Pues entonces y como esperábamos, ha sido grato poder llegar a un acuerdo. Tome mi tarjeta y venga a verme si surge algún problema. Y recuerden... —y agitó la confesión.

Cuando se hubieron ido, Leo llenó su vaso hasta el borde, quería llegar al límite de sus fuerzas.

—¡Vale ya! —le reprochó Berto.

—¡Déjame!

—¿Oíste lo que dijo ese estúpido policía?: "y como esperábamos ha sido grato..."

—No les creo —aseguró Leo—. No puedo creer que ella no quiera volver a verme.

—Pues parece lógico, de lo contrario no te hubiera abandonado en Portugal.

Leo hizo un gesto nervioso. Los ojos le brillaban al contraluz.

—Pasaron cosas..., pero ellos mienten. La han encerrado en un sanatorio, la han anulado, quieren separarnos por algo. Ese tipo tiene interés sobre ella.

—Tú me dirás... Quieren que lo de Carlos parezca un accidente. O quizá, hasta ella misma les contó la parte que le interesaba. En cualquier caso, has firmado, se acabó todo, dedícate a pensar en otra cosa... ¡Y deja de beber como un loco!

—¡Qué hipócritas!

—¿Y qué?, ¿prefieres que te acusen?

—Sí, que salga toda la mierda a relucir.

—Sería tu fin..., y el mío, ya les oíste, esa gente no perdona... ¡Traficante!, por unos miserables gramos a la semana.

—¡Tengo que hacer algo!

—Olvidarlo, ¿qué vas a hacer si no?

—¿Dónde la tendrán recluida?

—No, no, no..., que te veo venir. Nada de eso, amigo Leo. Yo me desentiendo. Comprenderás que me juego mucho. No puedes romper el pacto. ¿Pero por qué me metería yo en esto?

—Escucha Berto —insistió Leo—, la buscamos, hablo con ella y termino con todo. Pero compréndeme tu a mí, la creía muerta... Tengo que verla, verla al menos. Después lo olvidaré, te lo prometo.

Berto se asustó, cogió la botella y se sirvió un buen vaso, se lo bebió de un trago, sin mirarlo. Los pies se le deshacían en el suelo. Sabía que era incapaz de negarse a las intenciones de Leo, a estas o a cualesquiera otras. No sabía por qué, pero así era.

—¿Estas decidido a hacerlo, a pesar de lo que nos puede pasar?

—Sí, ya sabes que sí.

Llamaron a la puerta en ese momento, se quedaron tiesos. Berto abrió. Era Arturo.

—¡Bah...! ¡El pianista de los dedos de oro! ¿Pero tu no estabas con la poetisa? —le gritó.

—¡Me ha dejado!

Berto se rió, aliviaba así la tensión, porque el pobre Arturo puso una cara tan dolida que, más que compasión, inspiraba risa.

—¡Esta sí que es buena!

—No le veo la gracia —contestó Arturo, que tenía un aspecto deplorable.

—Arturo, amigo mío —dijo Leo—, has llegado en el preciso momento... ¿Necesitarás dinero, verdad?

—Tú me dirás... Estoy sin blanca desde ayer.

—¡Pues aquí está lo que necesitas! —y Leo sacó varios billetes—. Sólo tienes que hacer lo que te digamos.

- 8 -

Arturo el pianista tuvo mucha suerte en sus investigaciones, encontró al poco tiempo un sanatorio en la sierra y luego de otras investigaciones pertinentes, corrió a informar a sus amigos. Había mejorado su aspecto en los últimos días y poseído de una fiebre detectivesca, se endosaba, a saber de dónde la había sacado, una amplia gabardina a la que gustaba subir el cuello, unas gafas oscuras completaban su atuendo. Berto no pudo evitar una carcajada cuando vio tales guisas, pero tras una pequeña reflexión le pareció que era como ponerse un cartel que dijera: "estoy haciendo el indio por ahí con el dinero de mis amigos, y además, poniéndonos a todos en peligro".

—He sobornado a uno de los celadores —dijo—, sólo tuve que invitarle a beber, se fue de la lengua, luego le ofrecí dinero. Le conté una historia de esas románticas. Dejará una ventana abierta y también la habitación sin cerrar. Pero salió muy caro.

Y aficionado a su nueva profesión soltaba las palabras como si de secretas confidencias se tratara.

—Encuentro esto más entretenido que tocar ese maldito piano —le decía a Berto.

—De eso se trata, porque nos estamos jugando tu empleo y mi bar. ¿Y además, cuánto le has dado a ese tipo?

—Cien.

—¿Cien mil? ¡Tu estás loco!

—A ver si te crees que la gente pone en peligro su empleo por cuatro perras.

—¿Cómo está aquello para entrar? —preguntó Leo, amoscado por los inútiles diálogos que mantenían sus amigos.

—Tendrás que saltar la valla y cruzar el jardín, hay un celador o una enfermera por planta, pero normalmente se echan a dormir. La puerta de su habitación estará "casualmente" abierta. Dispones de una hora.

Se trataba de un manicomio para ricos, no uno de esos lugares para desahuciados. Contaba con toda clase de lujos y comodidades. Locos de postín, casos que también se dan entre las clases adineradas.

—Ya que estamos de acuerdo, salgamos para allá.

El viaje fue muy corto, la carretera era buena y Leo corrió todo lo que pudo para llegar con luz y examinar antes el lugar. A medida que ascendían las montañas, el verdor y la frescura se hacían más patentes. No les cabía duda de que en sitios así cualquiera podía curarse de los males de la urbe. Hasta —dijeron— no les importaría pasar una temporada internados.

—No penséis que es ninguna tontería —aseguraba Arturo—. Yo no ando demasiado bien de la cabeza, tengo mis "cosas"..., ya sabéis, la vida que llevo.

—Pues nada, pide el ingreso —bromeaba Berto—, ya tienes recomendación —y se rieron del músico.

—No me hace ninguna gracia. Tengo treinta años bien cumplidos y apenas gano para mantenerme. En política estoy hecho un lío, sé que estamos en la verdad, pero somos tan pocos...

—Es que eres muy extremista —le repochó Berto.

—¡No es eso! Para vosotros es fácil vivir. Tú, Berto, con tu negocio, te va de perillas, encima tu consorte está forrada...

—Oye, que tenemos bienes separados —se defendió el barman.

—Es igual. Y en cuanto a ti, amigo Leo. Eres rico y consciente y no haces nada por los demás.

—¿Y qué quieres qué haga? —le respondió el aludido sin prestarle demasiada atención, pues iba enfrascado en sus pensamientos.

—No sé, algo... Cuando se es rico y se tiene cabeza para pensar, la diferencia entre ser persona y un simple cerdo, es eso, no comportarse como un burgués, no ser un egoísta. No sé, que te preocupe un poco la gente, y en consecuencia que hagas algo por ella.

A Leo no le importaron las palabras de Arturo. Le tenía aprecio y además su cabeza estaba en otro sitio:

—¿Y qué hago, militar en la liga, como tú?

—¡Hombre!, ya nos vendría bien —ironizó el pianista.

La conversación terminó. Habían llegado a su destino. El manicomio era bonito. Un caserón de piedra en el centro de una gran finca profusamente regada de árboles, jardines, estanques, y setos. El tejado de pizarra. Tres pisos de buena altura. Dejaron el coche escondido en el bosque cercano y se subieron a un altozano con la intención de observar la finca concienzudamente. Leo, armado de unos prismáticos, calculaba las posibilidades. Saltaría la valla, eso era fácil, luego, deslizándose entre los árboles, alcanzaría el caserón. Lo difícil era trepar  hasta la ventana, pero viendo la cercanía de un canalón de desagüe, se tranquilizó. La ventana daba a un pasillo, según había dicho Arturo, después contaría tres puertas. ¿Cómo la despertaría?, ¿acercándose suavemente y con un beso cariñoso? o ¿esperaría a que abriera los ojos? Dejémoslo —se dijo—, para qué decidir cuando tantas cosas pueden pasar.

—Oye —dijo de improviso Berto—, ¿qué pasará si ella te delata?

Leo le miró con extrañeza, hasta un poco ofendido.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Cuando tengas mi edad aprenderás a no fiarte de nadie.

—Solamente espero que no salgáis corriendo a la menor sospecha.

—Descuida —le respondieron.

Y siendo ya casi la hora, decidieron acercarse. Leo tenía en su interior una trágica determinación. ¡Claro que hacía bien! No iba a detenerle un miserable papel delator. Se trataba de su tranquilidad espiritual, no podía vivir así, sabiendo que estaba encerrada en un sanatorio como si fuera una vulgar histérica. Y lo que era peor, con esa duda que le martilleaba, convulsionándole cada vez que el recuerdo le traía la escena nocturna en el hotel portugués. Quizá y aunque le costase reconocerlo, fue ésta la causa más importante de cuantas aquella noche le hicieron saltar la valla del sanatorio. Atravesó el jardín, la tensión le envalentonaba a cada paso. ¡La ventana! Allí estaba, ligeramente entornada como habían prometido. Trepó por el canalón tan rápido que él mismo se sorprendió. El aire que inspiraba se transformaba en su interior en una mezcla de ira y euforia, en cierta maldad alegre por saltarse el pacto e infringir todos los malditos códigos de comportamiento social. Hubiera derribado a patadas mil puertas, destrozado celosías y desenmarcado ventanales de haberlo precisado. Pero no fue necesario, porque caminando por el pasillo como una sombra todavía más oscura que las tinieblas que le envolvían, alcanzó la fatídica puerta tras la que ella invernaba su crimen. Leo empujó despacio, con el cuidado necesario para entrar sin ser oído. Y ¡oh!, sensaciones del Averno, aquello le complacía, alimentaba su morbo.

Encendió el mechero. Allí estaba ella, hecha un ovillo sobre una estrecha cama. Una mesita y un televisor portátil al fondo, una silla blanca como signo de la sanidad que debía regir aquel lugar, un armario empotrado, algunos libros sobre la mesa, un flexo barato y una alfombra desgastada al lado de la cama. Y encendió el flexo.

Bueno —se dijo cerrando la puerta—, aquí estoy. Acercó la silla a la cama y se sentó. Estuvo un rato contemplándola, también a su ropa cuidadosamente doblada. Hojeó un libro de los que había. Teresa de Ávila. Se rió para sí despreciando aquella lectura, nunca había leído nada de la monja, pero se le hacía, en su ignorancia, que era una mema. Finalmente se acercó al oído de Virginia y le susurró su nombre varias veces.

La joven tardó en despertar, cuando lo hizo y mientras murmuraba palabras ininteligibles, se volvió y abriendo los ojos como palmatorias, le miró incrédula.

—¡Leo!

—¡Hola...!

—¿Cómo has entrado?

Leo se encogió de hombros, un gesto que le quitaba importancia a la cosa.

—No sé qué decir, estoy sorprendida.

—¿Por qué te fuiste del hotel?

Virginia se alzó sobre la cama, aún tenía el susto en el cuerpo. Los ojos hinchados —seguramente la medicaban para dormir—, buscó el vaso de agua que tenía en la mesita y bebió un buen trago, casi el vaso entero.

—¿Por qué te fuiste?

—El mundo se me vino abajo aquella noche. Vi mi vida terminada. Pensé que todo era culpa mía, que jamás podría ser una mujer normal. Tu te echaste a dormir y yo me encontraba tan sola... Tomé esa decisión, contárselo todo a mi padre. Así es mejor, ahora todo se ha arreglado, me aseguraron que no te culparían de nada.

—Lo sé.

—Perdóname por no avisarte.

—Dejémoslo. Estoy aquí por un motivo, uno sólo.

Ella se sobresaltó, temblaron sus hombros sin quererlo.

—¡Qué me hagas un sitio! —pero Leo no se movió.

—¿Estás loco?

—Ni siquiera he bebido un trago.

—No, márchate.

—¿Me pides que me vaya?

—Voy a casarme...

—¿Qué...? —Leo perdió toda su fuerza—. ¿Con el policía?

Ella asintió. Buscó un cigarrillo, exhaló el humo con decisión, había recobrado su presencia de ánimo y aquel gesto de fumadora intrépida resaltaba la confusión de Leo.

—Lo conocía de antes —dijo—. Era amigo de Carlos, siempre me quiso. Gracias a su ayuda todo se ha solucionado.

—Sí, claro, un accidente...

Ella le mantuvo la vista en silencio.

—Nunca me hablaste de él.

—No.

—Ahora soy yo el que no sabe qué decir.

—Aquí me tratan bien, quieren hacer de mí una mujer nueva, tengo sesiones de psicoterapia.

—¡Psicoterapia! —exclamó Leo levantándose—. ¡Esto es lo último que hubiera esperado! Siempre te guardas todas las cartas en la manga.

Leo odiaba a lo siquiatras por encima de todo, más aún que a los jueces o los políticos. Este era, según él, el escalón más bajo del grande escalafón de torturadores con licencia para matar.

—No te entiendo —dijo Virginia.

—Es igual, todo está perdido. ¡Que se vaya todo a la mierda! Así es el destino, cruel, trágico, hijo de puta.

—No exageres.

—No sé... Algo tendría que decirte. Algo que te sacara de esto, de esta mierda. No te vas a hacer una mujer nueva aquí. Todo lo contrario, te harán aprender un papel muy viejo en tu sexo. Te harán dócil, sumisa. En suma, te harán una maldita mujer casada.

—Eso es lo que he escogido. Mejor eso que nada.

—Tu no has escogido nada, ni tu vida, ni tu familia, ni tu... ¡Ni a ti! ¿Qué es lo que te espera? ¿Un tiempo aquí rodeada de enfermeras siempre con una píldora en la mano?, ¿una boda que no tiene entendimiento? ¡Te tratarán siempre como a una idiota!

—Vete ya, déjame sola.

—Me gustaría saber de dónde sacas la fuerza para hacerlo.

Ella no respondió. Leo la miraba, quería acercarse, expresar cosas mejores, más cálidas e íntimas, y de acuerdo con lo que habían vivido juntos, pero todo lo que se le ocurría eran denuestos.

—¡Qué estúpida es la vida! —añadió—, ¡vaya estafa! Pero, ¡maldita sea!, ¡hay lo que hay! Me lo repito todas las mañanas cuando me levanto destrozado por la resaca. En verdad, que en el infierno se debe estar mejor!

—Vete.

—Te molesto, ¿verdad? Ya no cuadro en tu historia, ahora eres una señorita haciendo ejercicios espirituales para el sacramento del altar.

—¡Leo!

—¡Escúchame!

—No —le interrumpió ella—, escúchame tú a mí. No quiero recordar nada de lo sucedido. Necesito borrar de mi mente muchas cosas para poder ser una mujer normal. Contigo no podría. Y ahora debes irte.

Leo daba vueltas a la habitación incapaz de expresar sus sentimientos. Claro que con él no podría, Él no era una persona normal. Él nunca trabajaba y además bebía, jugaba, y se pasaba las noches de juerga sin que le interesaba en absoluto la humanidad de los normales. Desde luego, con él no hubiera llevado una vida normal. Él era una persona privilegiada que apuraba las copas hasta el fondo porque nadie le esperaba en ningún sitio. Y no estaba dispuesto a cambiar por ninguna mujer de este mundo.

—De acuerdo —dijo—. Me iré. En realidad no he dicho nada de lo que quería decirte, pero es igual.

—Así es mejor.

Se miraron un momento, Leo no sabía si coger su mano o darle un fugaz beso. Seguía teniendo la impresión de padecer un drama por cuenta ajena.

—Adiós —e inclinó un poco la cabeza.

—Que tengas suerte, Leo.

Cuando Berto y Arturo vieron la cara que traía, sospecharon que algo había ido mal, como Leo no dijo nada, y pensando lo peor, le preguntaron si le habían pillado.

—No —fue la seca respuesta que recibieron.

—Pues te ha sobrado más de media hora —dijo Arturo.

—Mejor no hubiera venido.

Regresaron a la ciudad, había poco tráfico, estaba la noche limpia y se veían todas las estrellas del cielo. Conducía Berto, pues Leo no quiso hacerlo. Le había pedido la petaca de plata que siempre llevaba el barman en la chaqueta y bebía chasqueando los dientes.

—Se va a casar —dijo de pronto Leo—. Con el policía.

—¿Con el policía?

—Sí, y además me ha echado —y les contó el resto de la conversación.

Se quedaron un rato pensativos, Arturo, en su nuevo papel de detective, rumiaba la historia, la conocía de boca de Berto, que, antes, le había hecho jurar que no se la contaría a nadie. Había cosas que no le cuadraban.

—No consigo entender cómo desapareció el jeep del cobertizo —dijo repentinamente.

—¿A qué viene eso ahora? —se enfadó Leo.

—Viene a que hay detalles en tu historia muy sospechosos.

—¡Vete por ahí! —le respondió irritado.

—Tiene razón —acudió Berto en ayuda del pianista—. ¿Quién se llevó el jeep y cómo?

—Quizá lo robó alguien —aventuró Leo, escasamente interesado en escarbar en el pasado.

—¡Sí, hombre, el abominable hombre de las nieves! —ironizó Berto.

—A veces, las cosas son más simples de lo que pensamos.

—No lo creo yo así —insistió Arturo—, quien lo hiciera tomó sus precauciones, ni le visteis, ni le oísteis, lo cual quiere decir que escogió el momento más oportuno, cuando tú estabas buscando a Carlos por el monte y ella dormida.

—¿A dónde quieres ir a parar?

—No lo sé de momento, pero hay otro detalle, casi sin importancia, pero muy curioso.

—¿Cuál?

—El crucifijo.

—¡Vaya, te l