¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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- Madrid, julio de 1974 - - 1- Retorno al Común de Trabajadores[1] |
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Bajo aquellas cuatro paredes desconchadas, huérfanas de pintura y casi al completo tapizadas por variados cárteles, en los que predominaban las artes marciales y las señoras desnudas, y sobre un camastro desvencijado al pairo de una silla de cocina que estoicamente soportaba unas deslucidas ropas veraniegas, el Jambo[2] roncaba empapado en sudor. A su vera y como caído de la inánime mano de un cadáver rodeado de emperifollados estudiantes renacentistas de medicina motivo de un famoso cuadro flamenco, yacía un arrugado pañuelo cuyo infame contenido delataba los mórbidos afanes a los que minutos antes de dormir se había entregado el durmiente. Materia de excitación, en las paredes, como ya hemos dicho, no le faltaba. Fortaleza en sus manos, tampoco. Sorprende, entonces, que aquel joven, en absoluto malcarado, decorara su dormitorio de aquella guisa, mezcla de ínfulas de matón de barrio y calentón de camionero. Pero allí estaban las pruebas, velando el sueño relajado (así cualquiera) del mocetón que era, y seguramente cómplices, ¡y qué coño!, partícipes de muy muchos otros lances parecidos, algunos, menos mal, con compañera.
Sobre
las grises sábanas, ha tanto que lo venían siendo, el cuerpo
desnudo del Jambo se desparramaba espléndido. Se diría que era
un magnífico ejemplar, excepto si hubiéramos podido examinar
su dentadura, que era detestable, y tenía su origen en una
oscura infancia privada de cuidados higiénicos, mejor dicho, de
cualquier tipo de cuidados.
Para
llegar hasta allí, el Jambo había tenido que pasar por muchas
y variadas venturas y desventuras. Sólo hacía un día que el
ejercito le había licenciado, entregándole, la cartilla
militar, ¡la blanca! Atrás, pues, quedaban quince meses
agitados, meses buenos y malos, aburridos y excepcionales, pues
de todo hubo en el reemplazo del 73. Y donde sobresalió el
imposible intento de organizar comités de soldados, y que más
por suerte que por estrategia, estuvo a punto de costarle al
Jambo un serio disgusto.
Aunque,
el Jambo, tenía la digestión lenta en lo que a disgustos se
refiere. Las vicisitudes cuarteleras que podían haberle enviado
por diez o más años a un castillo, prisión militar donde
penaban muchos soldaditos su imposible rebelión, le traían al
fresco. De momento. Aún quedaba un año para que sufriera los
primeros zarpazos del miedo, y que, aunque sólo para sí,
reconociera que pese a su aparente arrojo, de valiente nada.
Pero hoy por hoy, rodeado de otros valientes, todos los
comuneros[3]
parecían serlo, y todos los jóvenes antifranquistas, también
parecían serlo, hoy por hoy, digo, no conocía el miedo. Y en
esa, en cierto modo la mayor de las felicidades, el Jambo
dormitaba en el camastro de la habitación dos del Común de
Trabajadores que muchos años atrás fundara el cura Llanos,
Charly para los comuneros[4],
y que como veremos en este relato se encontraba en las últimas,
desde que en las Navidades del 73, Charly abandonara su creación
pasándose con armas, bagajes, y un pelotón de comuneros, los más
pelotillas y menos comprometidos políticamente, a unas
dependencias anexas, más reducidas, conocidas por el
sobrenombre del "Comunín". Los motivos de esta
deserción, fueron sonados y aunque se explican en la aventura
anterior del Jambo, un pequeño inciso para señalar que se
basaron más que en la angustiosa situación económica del Común,
en la rabieta que cogió el jesuita cuando por amonestar a los
comuneros en la cena de Nochebuena, por no pagar a la cocinera,
José Luis, que ejercía de presidente, se le revolvió
airadamente con no menos razones, y se lió la de San Quintín.
Charly cogió sus cuatro bártulos y a empellones se mudó al
citado Comunín, y días más tarde seis comuneros le seguían,
asegurándose así cobijo para el futuro, pues el Común había
sido sentenciado a muerte por los poderes fácticos del Pozo, léase
PCE, que así no sólo vengaban la ofensa al viejo, sino también
eliminaban aquel foco de ultraizquierdismo que por entonces era
el Común.
Además,
día a día, muchos comuneros abandonaban lo que había sido su
hogar. Unos se casaban, otros encontraban trabajo en otras
ciudades, algunos, adivinando el incierto futuro que le esperaba
a aquellas históricas dependencias, se buscaban huecos en pisos
del barrio, continuando allí sus labores de apostolado rojeril.
En fin, la realidad era que los metros cuadrados que el Común
cubría también los necesitaba la escuela profesional
"Primero de Mayo", si bien, cuando los tuvieron a su
merced, se limitaron a agrandar el patio. Cuando el Jambo se despertó y se hubo refrescado lo suficiente como para considerarse de nuevo en el mundo de los vivos, oyó las voces que de la sala de la televisión salían, y hacía allí se dirigió con el ánimo alegre del reencuentro con las eternas discusiones de los comuneros. Estaba allí el grueso Rivero, que era hijo de gitana y payo, dando la vara política a Perico, menos entero en estas lides, pero carrillista[5] de pro, que recibía apoyos del Granada, un emigrante andaluz, prototipo de eso mismo. Terciaba en la discusión el amigo Pedro, de la habitación 12, que militaba en una escisión, supuestamente internacionalista, del PCE[6], y que mantenía duras tesis revolucionarias casi parejas a las que graznaba otro comunero, José Luis, el más duro entre los duros, uno que pintaba en las paredes aquello de "Revolución o muerte". Estaba también un comunero de origen gallego, no ha mucho llegado a la corte, y al que todos llamaban el Morriña. Era este un comunero muy especial. Maestro nacional de estudios, pero metido a obrero como muchos otros, y que trabajaba en la construcción en una de las gigantescas obras de la zona de expansión de Cuatro Caminos. |
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El
motivo de la discusión se centraba en el reciente cese del
hermano del jesuita Diez-Alegría, un teniente general que parecía
más civilizado que el resto de sus colegas. Para Rivero se
trataba de otro espadón más, por tanto a los currantes debía
importarnos un bledo, (si no, ¿cómo había llegado hasta la
cumbre?). Mientras que para Perico, aquello era un ejemplo de
las contradicciones políticas que todo aspirante a progresista
tarde o temprano se encontraba, do quiera se hallara (la idea no
era suya, desde luego). La discusión no tenía ninguna
trascendencia, excepto que Diez-Alegría (el jesuita), gran
amigo y colega de Charly, vivía con los comuneros. Y a Rivero,
anticlerical y también antimilitar visceral, ambos hermanos se
le atragantaban. No así a Perico, que profesaba grande admiración
al jesuita, por sus escritos y por su admirable talante. Pedro
el de la doce, otro radical donde los hubiera, mantenía parejas
tesis que Rivero.
El
Morriña, de carácter dulce y poco dado a la polémica, se
mantenía expectante en la discusión, aunque no perdía
detalle. Y estaba finalmente el Rubio, intentando ver la tele,
un partido de fútbol, y también interviniendo a cada poco,
naturalmente a favor de Perico, y sólo cuando éste reculaba,
lo que no era difícil dado su escaso bagaje ideológico.
La
entrada del Jambo fue saludada con efusión por sus más próximos:
el Rubio y Perico. Rivero y el Jambo congeniaban escasamente.
Perico
era uno de los amigos del alma del Jambo. Un emigrante extremeño,
pequeño pero recio, que llegado analfabeto de su tierra, y por
efecto de la universidad que era el Común, cursaba ya estudios
de practicante, tras ejercer todos los oficios de la construcción,
y tener reconocido oficial de primera de fontanero-calefactor en
el señalado sector.
Del
Rubio se podría decir todo. En el Común era un mito. Un
hombracho alto como una torre, de facciones agradables, y con
aspecto de nórdico. Tenía una sólida fama de persona cabal,
bien formado ideológicamente, y concienzudo militante
carrillista. Nada sectario, y muy dado a tender puentes con sus
compañeros izquierdistas, a los que consideraba sus camaradas,
a veces más que a los de su partido. Para el Jambo era como un
hermano mayor. Tanto cuando estaban de buenas, las más, como
cuando por cuestiones, no siempre ideológicas, discutían. El
Rubio trabaja en la obra del Rayo, el estadio que se construía
para el Rayo Vallecano.
Al
Morriña, que había oído hablar mucho del Jambo, el personaje
le interesó de inmediato. Observaba con detenimiento como se
movía éste por la sala, con un singular balanceo casi obligado
por aquellos ceñidos pantalones vaqueros. El niqui, igualmente
ceñido y las patillonas que lucía, componían el modelo clásico
y universal del jovenzuelo vallecano modelo 1974. Cuando
hablaba, dejaba caer un acento y unas extrañas palabras (para
el Morriña) que componían el habla barriobajera, que no todos,
pero si una mayoría, usaban los comuneros, espejo de lo que en
las calles del barrio se chamullaba[7].
Sabiendo
el gallego que el Jambo estaba recién licenciado y por tanto en
paro, y sabiendo también que en la obra de Hacienda de Reina
Victoria pedían peones, así se lo dijo.
—¡Macho!
—se quejó el Jambo—, déjame respirar, que aún huelo a
cuartel y ya me quieres poner a currelar.
Aquí
intervino el Rubio.
—Algo
tendrás que hacer, ¿no?
—Sí,
coño, además, no tengo un baré[8].
—Pues
vete para allá. Que el curro no está como cuando te
incorporaste.
El
Jambo le pidió la dirección de la empresa al Morriña. Quién
le advirtió que en Tycsa te hacían un reconocimiento médico
antes de entrar. No es que fuera una empresa más civilizada, es
que no admitían inútiles.
El
Jambo se guardó el papel en la cartera y al día siguiente se
hizo el famoso reconocimiento donde amén de considerarlo útil,
le endosaron una papela para presentarse en la obra esa misma mañana.
Al
acercarse a un quiosco para comprar la prensa matinal, el Ya,
por los de los anuncios de trabajo, se sorprendió de la variada
oferta de revistas con tías en bikini en sus portadas. Desde
luego, la apertura sólo había tenido éxito en esto del
destape, porque lo de las asociaciones políticas era de risa, y
después del "gironazo[9]",
los ministros aperturistas tenían los días contados. |
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Se
sentó en un banco para echar un rato leyendo la prensa, pero no
pudo. Los ojos se le perdían en los edificios, en la insólita
mezcla arquitectónica que en el norte de Madrid convivía. La
ciudad tenía algo de extraña para el soldado recién
licenciado. Hacía mucho tiempo que no caminaba, vestido de
persona, y a esas horas, por el Madrid de sus amores, y gentes e
inmuebles enrarecían a cada mirada. El personal curraba, las
mujeres iban a la compra, y los viejos se sentaban a la sombra
bien regada discutiendo entre ellos, o recordando tiempos donde
de sus fuertes brazos asidas caminaban las milicianas con garbo,
salero, y valor madrileño. Y ahora, ese pasado de gloria,
libertad y lucha, estaba cautivo, enterrado vivo en las
anfractuosidades de sus viejos cerebros y de los aún más
viejos grises edificios, y cobraba infantil vida, alborotando
sus días finales, donde, para algunos más lúcidos, la dulzura
de la cercana muerte, se amargaba impotente, porque ellos iban a
morir, derrotados, sin ver a Franco con los pies por delante,
arrastrado por las multitudes y linchado, como ya lo fue, mucho
atrás, su hermano de armas, Mussolini.
Y
en esa dura vida que consistió en bajar la cerviz y fingir
sumisión y callar para siempre jamás, sólo aquella
extraordinaria ciudad, les había servido de refugio, de
trinchera derrotada, orilla de la Castellana, cual Ebro, donde
los barrios pobres del centro de Madrid nunca pudieron realmente
ser tomados. Y por ello, fueron abandonados a su suerte, o a la
suerte de las excavadoras que poco a poco los cercaban de un
hormigón enemigo, por contra del ladrillo y el revoco del
Madrid republicano.
Por
eso, estos barrios de la ciudad conformaban un conjunto forzado
en la derrota, en la rapiña y en la especulación. Y la ciudad,
como si quisiera librarse de ello, peleaba por sus derrotados
habitantes, tratando de detener aquella enfermedad, que como los
conquistadores españoles en las Américas, sólo se saciaba con
oro. El nombre de la enfermedad era avaricia. Y esta pelea, que
la ciudad también perdía, la ponía pálida, gris,
descolorida, sucia, y falsamente franquista.
Y
así, el Jambo, aún amándola, se asfixiaba aquella mañana
calurosa de julio, donde trabajaría por primera vez de peón de
albañil.
Se
bajó del metro en Cuatro Caminos y luego caminó por la Avenida
de la Reina Victoria, que según las señas que le habían dado,
le conduciría a las viviendas en construcción que Hacienda hacía
para sus funcionarios. Toda la zona estaba cuajada de obras.
Pisos todos de más de diez plantas. Como para marearse.
Le
recibió un encargado que apenas llegaba al metro cincuenta,
pero fornido como un toro. El tipo le miró de abajo arriba, y
la antipatía fue mutua. Aquella especie de garbanzo atómico,
no era más que un pelota bragado, que con el aliciente de ser
un enano con poder, gustaba de triturar a todos los albañiles
que no reunían el patrón que a él le parecía indispensable
para trabajar a sus ordenes, es decir: casado, de mediana edad,
cobarde, y por tanto sumiso, y si posible algo cascado de la
parte del cuerpo, para así, dominarlo mejor desde esas sus
alturas donde, en la construcción, siempre huele a pies. Porque
así era aquel hijo de puta. Y el Jambo, joven, fuerte, radical,
y amante de bravear con cualquiera que tuviera mando, desde
luego era la antítesis de lo que aquel aborto humano deseaba.
Durante los eones que duran las milésimas de segundo en que dos
hombres se miran desafiantes, el Jambo supo que acabaría a
hostias con aquel malas pulgas, pequeño pero matón. González
se llamaba, pero todo el mundo le llamaba, el Tazas, porque
cuando se sentaba a comerse la fiambrera que la parienta le
preparaba, con el casco blanco en la chola, parecía, eso, una
taza de váter.
Así
que la taza humana le buscó al Jambo un sitio estupendo, donde
la brisa veraniega le abrasara los huevos y las orejas, y también
le diera un poquito de emoción a esa tediosa jornada que todo
peón de albañil tiene. Resumiendo, descargar un maquinillo en
un voladizo (un balcón en ciernes, o sea sin barandilla) en el
piso doce. No había más. Sólo la terraza. Las nombradas partes del Jambo ciertamente que se encogieron cuando alcanzó su soleado puesto de trabajo. Y no fue culpa del Sol el que su anatomía se estremeciera notablemente. Fue como supondréis, puro canguelo. Veamos. El maquinillo, situado justamente en la azotea, es una pequeña grúa eléctrica que se maneja con una palanca de tres posiciones, arriba, abajo y parar. Consta de una casamata cuadrada de unos cincuenta por cuarenta centímetros, donde mora el motor. De ella parte una pluma o brazo de la grúa que puede tener como mucho metro y medio y de la que cuelga un gancho aplomado (con una bola de hierro para hacer peso y atirantar el cable cuando va de vacío). Esta es la parte que sobresale y que sostiene una batea (un palé pequeño) y que en aquel caso se cargaba abajo, a pié de obra, por otro peón, a petición de las cuadrillas que normalmente trabajan por los pisos. Hasta aquí todo bien. El problema surge cuando el maquinillo cargado se para justo en el voladizo donde se esta introduciendo en material. El que lo maneja sólo ve desde arriba la mano del peón, que le indica que pare. En ese momento se produce la maniobra más peligrosa. Por una mera cuestión de verticalidad, es decir, el maquinillo se comporta como una plomada, no se deja atraer hacía el piso del voladizo, que es donde hay que posarlo para descargar. Por tanto, el peón debe tirar con fuerza de la batea al unísono con el que lo maneja desde arriba para que cediendo escasamente medio metro de cable la batea repose en el firme del voladizo. Ambos currelantes necesitan una mínima coordinación para la faena. Uno para ceder cable y otro para tirar y posar la batea. Si el de arriba no cede y el de abajo tira, la batea lo que hace es balancearse. Si el peón, inexperto, sigue firmemente agarrado a ella, corre serio peligro de acompañarla en el balanceo y darse una hostia de doce pisos de las que hacen perder un día por entierro a sus compañeros. Naturalmente, el Jambo no sabía nada de todo esto. Ya se encargó el Tazas de no advertirle cómo se hacía el trabajo. Porque, entonces, ¿dónde está la gracia? |
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En
estas guisas, el Jambo, erróneamente plantado en el medio del
voladizo, (hay que ponerse mas bien a un lado, del lado de la maña
de cada uno) se encontró con la primera batea cargada con seis
bidones de plástico llenos de pintura, de treinta kilos cada
uno. El operario del maquinillo, como se sabía de memoria cada
piso, paró la máquina con precisión de relojero, y un tanto
sorprendido de que ninguna mano saliera para indicarle la
maniobra, pero sin ninguna prisa, echó un par de miraditas al
infinito, con ojos de la mirada de los mil sacos de cemento que
tienen todos los albañiles pasadas las doce. Entonces notó un
tirón. Naturalmente cedió cable. Pero el Jambo no se había
hecho con la batea, y amén de pegarse un susto de muerte cuando
ésta le atrajo al vacío, soltó el cable como si quemara. La
batea quedó un momento apoyada entre el voladizo y la nada, se
inclinó hacia atrás y antes de que él del maquinillo pudiera
reaccionar y ganar cable, dos hermosos bidones, dos, se fueron a
tomar vientos. Aún tuvo tiempo de gritar el maquinista ese
aviso estremecedor, que tantas veces precede la tragedia: ¡Fuera
abajo! Aunque en este caso no. Los bidones reventaron sin mucho
escándalo sobre un hermoso montón de arena de río dejándola
lista para representar las montañitas azules de un imaginario
nacimiento, para regocijo de los currantes, cabreo del Jambo,
escándalo del Tazas. Y sorprendentemente, bronca para este último.
Pues
habiéndolo presenciado el Encargado Jefe y requiriéndole al
Tazas que por qué había puesto a uno nuevo en el maquinillo,
no tuvo éste veraz explicación y le cayó un rapapolvo de
cuidado. Subió entonces el Tazas hasta el doce, e intentó
pagarla con el vallecano:
—¿Tú,
qué pasa?, ¿que no sabes?
—Pues
no. No sé —se defendió el Jambo—. No me lo han enseñado
en la escuela.
—¿Tú
qué eres?, ¿un listo? —replicó el Tazas.
—¿Y
tú, qué eres? ¿un mata peones?
—¡Me
cago en la leche! —graznó el enano.
—Quieto
parado... —replico un tercero acercándose.
Se
trataba del compañero del maquinillo, que había bajado para
enseñarle.
—Si
no le enseñas, ¿qué quieres? —insistió el recién llegado.
Era
un tipo joven de faz muy morena, de mediana estatura y delgado
pero musculoso. Se trataba del "Tostao". Un conocido
izquierdista de Comisiones. Pero eso no lo sabía el Jambo,
aunque el Tazas algo sospechaba.
—¡Bueno,
vale! —chilló el enano sin ninguna razón y por tanto a voz
en grito—. ¡Vete para abajo, que te voy a poner en otro
sitio!
—No
hombre... —dijo el Tostao—. No hace falta. Yo le enseño en
un periquete.
Tenía
el acento de los barrios pobres del centro.
El
Tazas dudada. El Tostao insistió: tranquilo, no pasa nada, ya
lo verás.
—Bueno
—consintió el encargado—. Pero no quiero más accidentes.
—Oye,
que no ha matado a nadie.
Cuando
el Tazas se fue. El Tostao le explicó cómo tenía que hacerlo:
—Mira,
te pones a un lado, con una mano atrincas de aquí, y con la
otra me haces una seña para que suelte cable, en cuanto notes
que cede, tiras fuerte para el suelo, y la batea se posa sola.
Descargas. Cuando hayas terminado, pero sin prisas, me haces
otra seña y empujas la batea para fuera. Y listo.
—Vale.
—¿Qué?...
¿Eres nuevo?
—Se
nota, ¿no?
—Nada.
Tranqui. Luego si eso, te subes un rato y echamos un pito.
El
resto de la mañana hasta la hora de la comida, el Jambo descargó
tres o cuatro viajes sin mayores problemas. Cuando a la una sonó
la campana subió a buscar al Tostao para preguntarle si había
en las cercanías algún sitio barato para jalar. Pero ya se había
ido. Así que se bajo los doce pisos y salió de la obra sin
saber dónde comer.
No
encontró nada decente y se comió un bocata en un bar y se bebió
dos tercios para combatir aquel calor espantoso. Por hoy valía,
pero no era plan comer de bocadillos. Volvió a la obra fumándose
un celtas largos. Algunos compañeros comían a la sombra. Se
discutía sobre el Mundial de Fútbol y que Pelé quería
retirarse. |
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Como
no conocía a nadie se sentó un poco apartado. Se distrajo
observando a los currantes. ¿Habría por allí alguien de la
guerra[10]?
Seguro que sí. Pero no se le iban a presentar por la cara. En
eso se acercó el Tazas.
—Qué,
¿ya has aprendido? —y lo dijo en alto, como para que todos
supieran que era un jodido ignorante.
El
Jambo, irritado, hizo un gesto despreciativo con la mano. Que le
dejara en paz. —Tú chaval, no has trabajado en la construcción en tu vida —le replicó el encargado con mala leche.
—¡Pues
claro, joder! —repuso muy digno el Jambo—. Estoy aquí por
la puta crisis. Porque yo tengo cabeza para más. Además, a mí
déjame tranquilo, que yo no me he metido con nadie.
El
Tazas le miró fijamente. El Jambo no supo interpretar muy bien
esta mirada. Desde luego que era de odio. Era una mirada metida
en los dientes, porque el Tazas, no encontrando respuesta,
estaba rumiando una venganza. Tiempo al tiempo. Ya encontraría
él... ¡El chulo este! ¡No te amuela!
La
campana sonó. El personal se levantó sudoroso y remolón, y
con el paso cansino de recién despertado de una corta siesta,
se encaminó al tajo. Madre mía, ¡cuatro horas hasta las seis!
Si bien el horario oficial era hasta las cinco, se echaba una
hora más de Lunes a Jueves, para no venir el Sábado. Todavía
se estaba en las 44 horas. 40 era la reivindicación de
Comisiones. |
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[1]Común
de trabajadores Santa María del Pozo.
[2]Hombre,
tipo alto.
[3]Los
compañeros de Común de Trabajadores.
[4]Una
que le dio al viejo un día para que todos le llamaran
Charly, como el monigote ese de los dibujos americanos (Charlie,
en realidad). Ya se sabe, nadie como los curas para vivir
eternamente de anécdotas sentimentales.
[5]Del
PCE de Carrillo, que es como se les llamaban en la extrema
izquierda. [6]PCE(I), más tarde Partido del Trabajo de España.
[7]Hablaba
[8]Grande.
Duro.
[9]Famoso
discurso de este conocido fascista, que por aquellas fechas
hizo tambalearse al gobierno de Arias Navarro.
[10]La
guerra era entre los rojos la lucha antifranquista. |