S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

- Madrid, julio de 1974 -

- 1-

Retorno al Común de Trabajadores[1]

Bajo aquellas cuatro paredes desconchadas, huérfanas de pintura y casi al completo tapizadas por variados cárteles, en los que predominaban las artes marciales y las señoras desnudas, y sobre un camastro desvencijado al pairo de una silla de cocina que estoicamente soportaba unas deslucidas ropas veraniegas, el Jambo[2] roncaba empapado en sudor.

A su vera y como caído de la inánime mano de un cadáver rodeado de emperifollados estudiantes renacentistas de medicina motivo de un famoso cuadro flamenco, yacía un arrugado pañuelo cuyo infame contenido delataba los mórbidos afanes a los que minutos antes de dormir se había entregado el durmiente. Materia de excitación, en las paredes, como ya hemos dicho, no le faltaba. Fortaleza en sus manos, tampoco. Sorprende, entonces, que aquel joven, en absoluto malcarado, decorara su dormitorio de aquella guisa, mezcla de ínfulas de matón de barrio y calentón de camionero. Pero allí estaban las pruebas, velando el sueño relajado (así cualquiera) del mocetón que era, y seguramente cómplices, ¡y qué coño!, partícipes de muy muchos otros lances parecidos, algunos, menos mal, con compañera.

Sobre las grises sábanas, ha tanto que lo venían siendo, el cuerpo desnudo del Jambo se desparramaba espléndido. Se diría que era un magnífico ejemplar, excepto si hubiéramos podido examinar su dentadura, que era detestable, y tenía su origen en una oscura infancia privada de cuidados higiénicos, mejor dicho, de cualquier tipo de cuidados.

Para llegar hasta allí, el Jambo había tenido que pasar por muchas y variadas venturas y desventuras. Sólo hacía un día que el ejercito le había licenciado, entregándole, la cartilla militar, ¡la blanca! Atrás, pues, quedaban quince meses agitados, meses buenos y malos, aburridos y excepcionales, pues de todo hubo en el reemplazo del 73. Y donde sobresalió el imposible intento de organizar comités de soldados, y que más por suerte que por estrategia, estuvo a punto de costarle al Jambo un serio disgusto.

Aunque, el Jambo, tenía la digestión lenta en lo que a disgustos se refiere. Las vicisitudes cuarteleras que podían haberle enviado por diez o más años a un castillo, prisión militar donde penaban muchos soldaditos su imposible rebelión, le traían al fresco. De momento. Aún quedaba un año para que sufriera los primeros zarpazos del miedo, y que, aunque sólo para sí, reconociera que pese a su aparente arrojo, de valiente nada. Pero hoy por hoy, rodeado de otros valientes, todos los comuneros[3] parecían serlo, y todos los jóvenes antifranquistas, también parecían serlo, hoy por hoy, digo, no conocía el miedo. Y en esa, en cierto modo la mayor de las felicidades, el Jambo dormitaba en el camastro de la habitación dos del Común de Trabajadores que muchos años atrás fundara el cura Llanos, Charly para los comuneros[4], y que como veremos en este relato se encontraba en las últimas, desde que en las Navidades del 73, Charly abandonara su creación pasándose con armas, bagajes, y un pelotón de comuneros, los más pelotillas y menos comprometidos políticamente, a unas dependencias anexas, más reducidas, conocidas por el sobrenombre del "Comunín". Los motivos de esta deserción, fueron sonados y aunque se explican en la aventura anterior del Jambo, un pequeño inciso para señalar que se basaron más que en la angustiosa situación económica del Común, en la rabieta que cogió el jesuita cuando por amonestar a los comuneros en la cena de Nochebuena, por no pagar a la cocinera, José Luis, que ejercía de presidente, se le revolvió airadamente con no menos razones, y se lió la de San Quintín. Charly cogió sus cuatro bártulos y a empellones se mudó al citado Comunín, y días más tarde seis comuneros le seguían, asegurándose así cobijo para el futuro, pues el Común había sido sentenciado a muerte por los poderes fácticos del Pozo, léase PCE, que así no sólo vengaban la ofensa al viejo, sino también eliminaban aquel foco de ultraizquierdismo que por entonces era el Común.

Además, día a día, muchos comuneros abandonaban lo que había sido su hogar. Unos se casaban, otros encontraban trabajo en otras ciudades, algunos, adivinando el incierto futuro que le esperaba a aquellas históricas dependencias, se buscaban huecos en pisos del barrio, continuando allí sus labores de apostolado rojeril. En fin, la realidad era que los metros cuadrados que el Común cubría también los necesitaba la escuela profesional "Primero de Mayo", si bien, cuando los tuvieron a su merced, se limitaron a agrandar el patio.

Cuando el Jambo se despertó y se hubo refrescado lo suficiente como para considerarse de nuevo en el mundo de los vivos, oyó las voces que de la sala de la televisión salían, y hacía allí se dirigió con el ánimo alegre del reencuentro con las eternas discusiones de los comuneros. Estaba allí el grueso Rivero, que era hijo de gitana y payo, dando la vara política a Perico, menos entero en estas lides, pero carrillista[5] de pro, que recibía apoyos del Granada, un emigrante andaluz, prototipo de eso mismo. Terciaba en la discusión el amigo Pedro, de la habitación 12, que militaba en una escisión, supuestamente internacionalista, del PCE[6], y que mantenía duras tesis revolucionarias casi parejas a las que graznaba otro comunero, José Luis, el más duro entre los duros, uno que pintaba en las paredes aquello de "Revolución o muerte". Estaba también un comunero de origen gallego, no ha mucho llegado a la corte, y al que todos llamaban el Morriña. Era este un comunero muy especial. Maestro nacional de estudios, pero metido a obrero como muchos otros, y que trabajaba en la construcción en una de las gigantescas obras de la zona de expansión de Cuatro Caminos.

El motivo de la discusión se centraba en el reciente cese del hermano del jesuita Diez-Alegría, un teniente general que parecía más civilizado que el resto de sus colegas. Para Rivero se trataba de otro espadón más, por tanto a los currantes debía importarnos un bledo, (si no, ¿cómo había llegado hasta la cumbre?). Mientras que para Perico, aquello era un ejemplo de las contradicciones políticas que todo aspirante a progresista tarde o temprano se encontraba, do quiera se hallara (la idea no era suya, desde luego). La discusión no tenía ninguna trascendencia, excepto que Diez-Alegría (el jesuita), gran amigo y colega de Charly, vivía con los comuneros. Y a Rivero, anticlerical y también antimilitar visceral, ambos hermanos se le atragantaban. No así a Perico, que profesaba grande admiración al jesuita, por sus escritos y por su admirable talante. Pedro el de la doce, otro radical donde los hubiera, mantenía parejas tesis que Rivero.

El Morriña, de carácter dulce y poco dado a la polémica, se mantenía expectante en la discusión, aunque no perdía detalle. Y estaba finalmente el Rubio, intentando ver la tele, un partido de fútbol, y también interviniendo a cada poco, naturalmente a favor de Perico, y sólo cuando éste reculaba, lo que no era difícil dado su escaso bagaje ideológico.

La entrada del Jambo fue saludada con efusión por sus más próximos: el Rubio y Perico. Rivero y el Jambo congeniaban escasamente.

Perico era uno de los amigos del alma del Jambo. Un emigrante extremeño, pequeño pero recio, que llegado analfabeto de su tierra, y por efecto de la universidad que era el Común, cursaba ya estudios de practicante, tras ejercer todos los oficios de la construcción, y tener reconocido oficial de primera de fontanero-calefactor en el señalado sector.

Del Rubio se podría decir todo. En el Común era un mito. Un hombracho alto como una torre, de facciones agradables, y con aspecto de nórdico. Tenía una sólida fama de persona cabal, bien formado ideológicamente, y concienzudo militante carrillista. Nada sectario, y muy dado a tender puentes con sus compañeros izquierdistas, a los que consideraba sus camaradas, a veces más que a los de su partido. Para el Jambo era como un hermano mayor. Tanto cuando estaban de buenas, las más, como cuando por cuestiones, no siempre ideológicas, discutían. El Rubio trabaja en la obra del Rayo, el estadio que se construía para el Rayo Vallecano.

Al Morriña, que había oído hablar mucho del Jambo, el personaje le interesó de inmediato. Observaba con detenimiento como se movía éste por la sala, con un singular balanceo casi obligado por aquellos ceñidos pantalones vaqueros. El niqui, igualmente ceñido y las patillonas que lucía, componían el modelo clásico y universal del jovenzuelo vallecano modelo 1974. Cuando hablaba, dejaba caer un acento y unas extrañas palabras (para el Morriña) que componían el habla barriobajera, que no todos, pero si una mayoría, usaban los comuneros, espejo de lo que en las calles del barrio se chamullaba[7].

Sabiendo el gallego que el Jambo estaba recién licenciado y por tanto en paro, y sabiendo también que en la obra de Hacienda de Reina Victoria pedían peones, así se lo dijo.

—¡Macho! —se quejó el Jambo—, déjame respirar, que aún huelo a cuartel y ya me quieres poner a currelar.

Aquí intervino el Rubio.

—Algo tendrás que hacer, ¿no?

—Sí, coño, además, no tengo un baré[8].

—Pues vete para allá. Que el curro no está como cuando te incorporaste.

El Jambo le pidió la dirección de la empresa al Morriña. Quién le advirtió que en Tycsa te hacían un reconocimiento médico antes de entrar. No es que fuera una empresa más civilizada, es que no admitían inútiles.

El Jambo se guardó el papel en la cartera y al día siguiente se hizo el famoso reconocimiento donde amén de considerarlo útil, le endosaron una papela para presentarse en la obra esa misma mañana.

Al acercarse a un quiosco para comprar la prensa matinal, el Ya, por los de los anuncios de trabajo, se sorprendió de la variada oferta de revistas con tías en bikini en sus portadas. Desde luego, la apertura sólo había tenido éxito en esto del destape, porque lo de las asociaciones políticas era de risa, y después del "gironazo[9]", los ministros aperturistas tenían los días contados.

Se sentó en un banco para echar un rato leyendo la prensa, pero no pudo. Los ojos se le perdían en los edificios, en la insólita mezcla arquitectónica que en el norte de Madrid convivía. La ciudad tenía algo de extraña para el soldado recién licenciado. Hacía mucho tiempo que no caminaba, vestido de persona, y a esas horas, por el Madrid de sus amores, y gentes e inmuebles enrarecían a cada mirada. El personal curraba, las mujeres iban a la compra, y los viejos se sentaban a la sombra bien regada discutiendo entre ellos, o recordando tiempos donde de sus fuertes brazos asidas caminaban las milicianas con garbo, salero, y valor madrileño. Y ahora, ese pasado de gloria, libertad y lucha, estaba cautivo, enterrado vivo en las anfractuosidades de sus viejos cerebros y de los aún más viejos grises edificios, y cobraba infantil vida, alborotando sus días finales, donde, para algunos más lúcidos, la dulzura de la cercana muerte, se amargaba impotente, porque ellos iban a morir, derrotados, sin ver a Franco con los pies por delante, arrastrado por las multitudes y linchado, como ya lo fue, mucho atrás, su hermano de armas, Mussolini.

Y en esa dura vida que consistió en bajar la cerviz y fingir sumisión y callar para siempre jamás, sólo aquella extraordinaria ciudad, les había servido de refugio, de trinchera derrotada, orilla de la Castellana, cual Ebro, donde los barrios pobres del centro de Madrid nunca pudieron realmente ser tomados. Y por ello, fueron abandonados a su suerte, o a la suerte de las excavadoras que poco a poco los cercaban de un hormigón enemigo, por contra del ladrillo y el revoco del Madrid republicano.

Por eso, estos barrios de la ciudad conformaban un conjunto forzado en la derrota, en la rapiña y en la especulación. Y la ciudad, como si quisiera librarse de ello, peleaba por sus derrotados habitantes, tratando de detener aquella enfermedad, que como los conquistadores españoles en las Américas, sólo se saciaba con oro. El nombre de la enfermedad era avaricia. Y esta pelea, que la ciudad también perdía, la ponía pálida, gris, descolorida, sucia, y falsamente franquista.

Y así, el Jambo, aún amándola, se asfixiaba aquella mañana calurosa de julio, donde trabajaría por primera vez de peón de albañil.

Se bajó del metro en Cuatro Caminos y luego caminó por la Avenida de la Reina Victoria, que según las señas que le habían dado, le conduciría a las viviendas en construcción que Hacienda hacía para sus funcionarios. Toda la zona estaba cuajada de obras. Pisos todos de más de diez plantas. Como para marearse.

Le recibió un encargado que apenas llegaba al metro cincuenta, pero fornido como un toro. El tipo le miró de abajo arriba, y la antipatía fue mutua. Aquella especie de garbanzo atómico, no era más que un pelota bragado, que con el aliciente de ser un enano con poder, gustaba de triturar a todos los albañiles que no reunían el patrón que a él le parecía indispensable para trabajar a sus ordenes, es decir: casado, de mediana edad, cobarde, y por tanto sumiso, y si posible algo cascado de la parte del cuerpo, para así, dominarlo mejor desde esas sus alturas donde, en la construcción, siempre huele a pies. Porque así era aquel hijo de puta. Y el Jambo, joven, fuerte, radical, y amante de bravear con cualquiera que tuviera mando, desde luego era la antítesis de lo que aquel aborto humano deseaba. Durante los eones que duran las milésimas de segundo en que dos hombres se miran desafiantes, el Jambo supo que acabaría a hostias con aquel malas pulgas, pequeño pero matón. González se llamaba, pero todo el mundo le llamaba, el Tazas, porque cuando se sentaba a comerse la fiambrera que la parienta le preparaba, con el casco blanco en la chola, parecía, eso, una taza de váter.

Así que la taza humana le buscó al Jambo un sitio estupendo, donde la brisa veraniega le abrasara los huevos y las orejas, y también le diera un poquito de emoción a esa tediosa jornada que todo peón de albañil tiene. Resumiendo, descargar un maquinillo en un voladizo (un balcón en ciernes, o sea sin barandilla) en el piso doce. No había más. Sólo la terraza.

Las nombradas partes del Jambo ciertamente que se encogieron cuando alcanzó su soleado puesto de trabajo. Y no fue culpa del Sol el que su anatomía se estremeciera notablemente. Fue como supondréis, puro canguelo. Veamos. El maquinillo, situado justamente en la azotea, es una pequeña grúa eléctrica que se maneja con una palanca de tres posiciones, arriba, abajo y parar. Consta de una casamata cuadrada de unos cincuenta por cuarenta centímetros, donde mora el motor. De ella parte una pluma o brazo de la grúa que puede tener como mucho metro y medio y de la que cuelga un gancho aplomado (con una bola de hierro para hacer peso y atirantar el cable cuando va de vacío). Esta es la parte que sobresale y que sostiene una batea (un palé pequeño) y que en aquel caso se cargaba abajo, a pié de obra, por otro peón, a petición de las cuadrillas que normalmente trabajan por los pisos. Hasta aquí todo bien. El problema surge cuando el maquinillo cargado se para justo en el voladizo donde se esta introduciendo en material. El que lo maneja sólo ve desde arriba la mano del peón, que le indica que pare. En ese momento se produce la maniobra más peligrosa. Por una mera cuestión de verticalidad, es decir, el maquinillo se comporta como una plomada, no se deja atraer hacía el piso del voladizo, que es donde hay que posarlo para descargar. Por tanto, el peón debe tirar con fuerza de la batea al unísono con el que lo maneja desde arriba para que cediendo escasamente medio metro de cable la batea repose en el firme del voladizo. Ambos currelantes necesitan una mínima coordinación para la faena. Uno para ceder cable y otro para tirar y posar la batea. Si el de arriba no cede y el de abajo tira, la batea lo que hace es balancearse. Si el peón, inexperto, sigue firmemente agarrado a ella, corre serio peligro de acompañarla en el balanceo y darse una hostia de doce pisos de las que hacen perder un día por entierro a sus compañeros. Naturalmente, el Jambo no sabía nada de todo esto. Ya se encargó el Tazas de no advertirle cómo se hacía el trabajo. Porque, entonces, ¿dónde está la gracia?

En estas guisas, el Jambo, erróneamente plantado en el medio del voladizo, (hay que ponerse mas bien a un lado, del lado de la maña de cada uno) se encontró con la primera batea cargada con seis bidones de plástico llenos de pintura, de treinta kilos cada uno. El operario del maquinillo, como se sabía de memoria cada piso, paró la máquina con precisión de relojero, y un tanto sorprendido de que ninguna mano saliera para indicarle la maniobra, pero sin ninguna prisa, echó un par de miraditas al infinito, con ojos de la mirada de los mil sacos de cemento que tienen todos los albañiles pasadas las doce. Entonces notó un tirón. Naturalmente cedió cable. Pero el Jambo no se había hecho con la batea, y amén de pegarse un susto de muerte cuando ésta le atrajo al vacío, soltó el cable como si quemara. La batea quedó un momento apoyada entre el voladizo y la nada, se inclinó hacia atrás y antes de que él del maquinillo pudiera reaccionar y ganar cable, dos hermosos bidones, dos, se fueron a tomar vientos. Aún tuvo tiempo de gritar el maquinista ese aviso estremecedor, que tantas veces precede la tragedia: ¡Fuera abajo! Aunque en este caso no. Los bidones reventaron sin mucho escándalo sobre un hermoso montón de arena de río dejándola lista para representar las montañitas azules de un imaginario nacimiento, para regocijo de los currantes, cabreo del Jambo, escándalo del Tazas. Y sorprendentemente, bronca para este último.

Pues habiéndolo presenciado el Encargado Jefe y requiriéndole al Tazas que por qué había puesto a uno nuevo en el maquinillo, no tuvo éste veraz explicación y le cayó un rapapolvo de cuidado. Subió entonces el Tazas hasta el doce, e intentó pagarla con el vallecano:

—¿Tú, qué pasa?, ¿que no sabes?

—Pues no. No sé —se defendió el Jambo—. No me lo han enseñado en la escuela.

—¿Tú qué eres?, ¿un listo? —replicó el Tazas.

—¿Y tú, qué eres? ¿un mata peones?

—¡Me cago en la leche! —graznó el enano.

—Quieto parado... —replico un tercero acercándose.

Se trataba del compañero del maquinillo, que había bajado para enseñarle.

—Si no le enseñas, ¿qué quieres? —insistió el recién llegado.

Era un tipo joven de faz muy morena, de mediana estatura y delgado pero musculoso. Se trataba del "Tostao". Un conocido izquierdista de Comisiones. Pero eso no lo sabía el Jambo, aunque el Tazas algo sospechaba.

—¡Bueno, vale! —chilló el enano sin ninguna razón y por tanto a voz en grito—. ¡Vete para abajo, que te voy a poner en otro sitio!

—No hombre... —dijo el Tostao—. No hace falta. Yo le enseño en un periquete.

Tenía el acento de los barrios pobres del centro.

El Tazas dudada. El Tostao insistió: tranquilo, no pasa nada, ya lo verás.

—Bueno —consintió el encargado—. Pero no quiero más accidentes.

—Oye, que no ha matado a nadie.

Cuando el Tazas se fue. El Tostao le explicó cómo tenía que hacerlo:

—Mira, te pones a un lado, con una mano atrincas de aquí, y con la otra me haces una seña para que suelte cable, en cuanto notes que cede, tiras fuerte para el suelo, y la batea se posa sola. Descargas. Cuando hayas terminado, pero sin prisas, me haces otra seña y empujas la batea para fuera. Y listo.

—Vale.

—¿Qué?... ¿Eres nuevo?

—Se nota, ¿no?

—Nada. Tranqui. Luego si eso, te subes un rato y echamos un pito.

El resto de la mañana hasta la hora de la comida, el Jambo descargó tres o cuatro viajes sin mayores problemas. Cuando a la una sonó la campana subió a buscar al Tostao para preguntarle si había en las cercanías algún sitio barato para jalar. Pero ya se había ido. Así que se bajo los doce pisos y salió de la obra sin saber dónde comer.

No encontró nada decente y se comió un bocata en un bar y se bebió dos tercios para combatir aquel calor espantoso. Por hoy valía, pero no era plan comer de bocadillos. Volvió a la obra fumándose un celtas largos. Algunos compañeros comían a la sombra. Se discutía sobre el Mundial de Fútbol y que Pelé quería retirarse.

Como no conocía a nadie se sentó un poco apartado. Se distrajo observando a los currantes. ¿Habría por allí alguien de la guerra[10]? Seguro que sí. Pero no se le iban a presentar por la cara. En eso se acercó el Tazas.

—Qué, ¿ya has aprendido? —y lo dijo en alto, como para que todos supieran que era un jodido ignorante.

El Jambo, irritado, hizo un gesto despreciativo con la mano. Que le dejara en paz.

—Tú chaval, no has trabajado en la construcción en tu vida —le replicó el encargado con mala leche.

—¡Pues claro, joder! —repuso muy digno el Jambo—. Estoy aquí por la puta crisis. Porque yo tengo cabeza para más. Además, a mí déjame tranquilo, que yo no me he metido con nadie.

El Tazas le miró fijamente. El Jambo no supo interpretar muy bien esta mirada. Desde luego que era de odio. Era una mirada metida en los dientes, porque el Tazas, no encontrando respuesta, estaba rumiando una venganza. Tiempo al tiempo. Ya encontraría él... ¡El chulo este! ¡No te amuela!

La campana sonó. El personal se levantó sudoroso y remolón, y con el paso cansino de recién despertado de una corta siesta, se encaminó al tajo. Madre mía, ¡cuatro horas hasta las seis! Si bien el horario oficial era hasta las cinco, se echaba una hora más de Lunes a Jueves, para no venir el Sábado. Todavía se estaba en las 44 horas. 40 era la reivindicación de Comisiones.

 [1]Común de trabajadores Santa María del Pozo.

[2]Hombre, tipo alto.

[3]Los compañeros de Común de Trabajadores.

[4]Una que le dio al viejo un día para que todos le llamaran Charly, como el monigote ese de los dibujos americanos (Charlie, en realidad). Ya se sabe, nadie como los curas para vivir eternamente de anécdotas sentimentales.

[5]Del PCE de Carrillo, que es como se les llamaban en la extrema izquierda.

[6]PCE(I), más tarde Partido del Trabajo de España.

[7]Hablaba

[8]Grande. Duro.

[9]Famoso discurso de este conocido fascista, que por aquellas fechas hizo tambalearse al gobierno de Arias Navarro.

[10]La guerra era entre los rojos la lucha antifranquista.