¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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- 2 - La lumi no asina queli |
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No
consiguió hacer migas con el Tostao. Unas palabritas, ¿hola qué
tal?, ¿ya te manejas bien?, y así. Tampoco encontró un sitio
decente para comer, de modo que terminó por comprar porciones
de comida hecha que vendían en un Aurrerá no muy lejano. Pero
le salía carísimo. La verdad es que el Jambo estaba de un
humor de perros. Esto de la construcción es lo último. Aquí
no hay ni Dios de la guerra, tengo que comer de mala manera y el
trabajo a más de muy peligroso es de un aburrido que mata. ¡Hombre!,
se cobra más que en otros sectores, pero es que las penurias lo
valen.
En
el Común las cosas iban cada vez peor. Aprovechando la
desorganización y las vacaciones de verano, se colaban
comuneros de la más baja estofa. José Luis, uno de los que más
la había liado contra Charly, se había ido a un piso con un
pedazo de tía que tenía unos ojos preciosos, y que al Jambo le
molaba. El Granada hacía días que se había vuelto a su
tierra. Y Rivero, el gordo gitano casado con paya, sólo venía
de visita de vez en cuando. Los del Comunín, los que vivían
con Charly, habían vuelto a recuperar la valentía que
perdieron cuando, el Jambo, Currito Crysler, y algún otro les
prepararon tiempo atrás un petardo vengador[1],
y el bocazas de Perico se fue de la lengua, lo que les permitió
estar vigilantes, y de paso pasar algunas noches en blanco, con
gran regocijo de los aprendices a terrorista. Afortunadamente,
al bobaina del Jambo se le prendió la mezcla cuando fumaba
descuidadamente a su vera una tarde que cocinaban el petardo
sobre una palangana en el patio del Común. La cosa quedó en un
precioso hongo de fuego amarillo de dos metros de altura, que
les dejó patitiesos pero ilesos.
El
mismo Rubio preparaba las maletas para largarse a Barcelona,
donde un empleo mejor le esperaba por algún tiempo, o eso decía.
El Jambo no expresó ninguna emoción cuando se enteró. Ya
dijimos que era lento para digerir sus emociones. Pero el peso
de ésta junto con todas las demás comenzó a doblarle el alma.
Volvía
un día del trabajo, harto de cole, mal comido, empapado de
sudor nuevo sobre capas de viejo, deseando darse una ducha, algo
extraordinario, por cierto, y después de haberse enterado de
que a la momia[2]
la habían ingresado por no sé qué de las arterias, y que el
Borbón[3]
era ahora el baranda[4].
Y que además había quedado con el Morriña para una reunión
de Comisiones en los locales de la Cooperativa del Pozo, donde
el gallego le iba a presentar a los de Comisiones de la
construcción de Vallecas. Lo que, en principio, no le atraía
en absoluto. Pero no pudo evitarlo: El Morriña salía en ese
momento para la reunión. Tuvo que acompañarle. En la sala de
actos de la cooperativa, estaban los de "la Constru"
de Vallecas: el Agus[5],
un antiguo compañero de la escuela de embajadores, metido a
obrero como el mismo, y que ejercía ahora de ferralla en una
obra cercana a la del propio Jambo. Macario, el Maca, héroe del
ejercito del Ebro, que tenía la espalda doblada, no por el peso
de las medallas que gano en esa batalla, sino de trabajar de
carpintero. Y otros. Y ¡coño! el Tostao. No pareció
impresionar al susodicho la presencia del Jambo. No parecía
impresionarle nada a aquel tipo, garbanzo negro de la construcción
(era trosco) para los barandas del PCE, o sea los anteriormente
citados. También estaban Pepe el Carpanta, hablando
animadamente de su deporte preferido, el ciclismo, y de Eddy
Merck (ese fenómeno mundial), y su inseparable amigo el Boty,
pero el Jambo no los conocía todavía.
La
reunión estuvo bien. Aunque el sistema de trabajo ya se lo sabía.
Los viejos partiendo el bacalao, y el Agus y Javi dando el
careto. Que si la obra del Rayo, que si la del Metro, que si los
presos, que si había que preparar la huelga general de la
construcción. También se comentó la debilidad del gobierno,
en especial la del amigo Pío Cabanillas, frente a lo que más
adelante se llamaría "el búnker".
El
Morriña hizo un inciso para presentar al Jambo. Cuando dijo en
qué obra trabajaba, habría sido una oportunidad para el Tostao,
pero éste se mantenía callado, a la espera de una intervención
más política, que en cuanto tuvo oportunidad se centró en
incluir en el boletín de Comisiones, exigencias más radicales
sobre la disolución del Vertical, y la legislación represiva.
A
nadie pareció importarle mucho la perorata del Tostao, más
bien se diría que obviaban mentalmente su intervención, quizá
por ya sabida, a la única espera de que consumiera su turno.
Sin embargo, había pasión y materia en las palabras del
disidente. Puede que incluso más que en las de los anteriores
participantes. Pero parecía ser que no contaba con apoyos, en
unas Comisiones en las que, si bien cada día había más
radicales, seguían muy ampliamente dominadas por la ortodoxia
carrillista.
Cuando
la cosa acabó, el Morriña le presentó a Pepe el Carpanta y al
Boty, y se fueron a tomar unos botijos a bar de la cooperativa.
Agustín también le saludó. Que cómo estaba. Que acababa de
terminar la mili. Que si venía dispuesto a meterse de lleno.
Que eso era evidente, que allí estaba, ¿no? Que muy bien y que
estaba buscando piso y que si se enteraba de algo le avisara. |
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¡Vaya!,
todo el mundo buscando piso.
Los
troncos eran legales y tenían anécdotas que contar. Pepe el
Carpanta, era carpintero de obra, de ahí su mote. Era pequeñito
y bigotudo y estaba tan flaco como el Jambo, pero tenía muy
mala leche para los jaris, sin embargo le gustaba la juerga como
al que más. Su amigo el Boty trabajaba de peón, aunque ahora
estaba en el paro. Llevaba el pelo muy largo, más abajo de los
hombros, pero lo lucía siempre muy limpio, lo que no evitaba su
pinta de macarra terrible. Se lo pasó bien con ellos. Le dieron
buenos consejos para trompos novatos. Del Tostao le hablaron muy
mal. Que era un sieso[6]
y que frecuentaba ambientes poco recomendables de la zona de
Azca. Parecía un poco atrevida esta afirmación para dos tipos
que se hartaban de cubatas los fines de semana, pero en fin.
Lo
cierto es que los cuatro sindicaleros se encontraban muy a gusto
hablando de la guerra, expresando ideas más radicales que las
oficiales del sindicato y de su partido (todos militaban en el
PCE, excepto el Jambo), en aquel espacio de libertad, bravamente
conquistado que venían a suponer casi todos los barrios bajos
de Madrid, pero especialmente el Pozo del Tío Raimundo, y esto
sin duda, gracias a Charly que en los duros tiempos pasados daba
la cara por el barrio, consiguiendo que las fuerzas represivas
del régimen lo dieran por imposible.
Cuando
la cerveza les salía por las orejas, a los tres, menos al Morriña,
que era un espartano, se despidieron contentos de haberse
conocido, pues congeniaban estupendamente.
Después
de todo había estado bien la tarde. El Jambo y el Morriña
llegaron a tiempo al Común para irse a cenar a ca Manolo, con
el Rubio y el Perico. El Jambo estaba un poco trompa y se hizo
el gracioso. Pero cuando se enteró de que Perico se pasaba al
Comunín, se cogió un fuerte berrinche y la emprendió con el
que había sido su compañero de habitación.
—Eres
un fulai[7]...
¡Traidor! No..., sí ya se te vio el plumero cuando lo de la
bomba.
—¡Venga
ya! —le replicó éste. Lo que hago es buscarme un hueco. Tú
sabes que los Morejudo (unos andobas[8]
de la escuela Primero de Mayo) lo van a derribar de aquí a
nada. No les gusta el personal nuevo que está entrando.
—¿Y
qué? ¿No te parece que en el fondo, simplemente se trata de
echar a inquilinos molestos? Igual que lo haría cualquier
propietario.
El
Rubio intervino para darle la razón.
Pero
Perico tenía más argumentos:
—¿Pero
tú, qué derecho tienes a echarme nada en cara? Yo vine al Común
con dieciocho años. En los sesenta. Fíjate si ha llovido. Tú
llevas unos años y te crees con los mismos derechos que yo.
—¡Pues
vaya un argumento! —replicó el Jambo—. ¡La antigüedad! ¡Como
los militares!
Y
el Rubio volvió a darle la razón.
Pero
lo peor vino después. Resulta que el Morriña se iba también a
un piso en el Puente[9]
con su colega el Langui[10],
que era un jovenzuelo que durante algún tiempo tuvo una pata
mala.
—Pues
sabéis lo qué os digo. Que yo me voy a quedar y les voy a
fastidiar el invento a los Morejudo y compañía. Yo y los
mangutas[11]
que quedamos.
Al
Rubio y a Perico les quedó un cierto remordimiento. El Rubio le
pidió a Perico que a ver si le podía hacer un hueco en el
Comunín.
—No
sé cómo —se dijo Perico—. Le tienen miedo.
—Pues
les cuentas un rollo, pero no le dejes tirado.
—Sí
ahora soy yo el que lo dejo tirado —se quejó Perico. Y se fue
cavilando, con su peculiar gesto de preocupación, que consistía
en alisarse el bigote con el dedo índice.
A
finales de julio el rojerío estaba inquieto. La noticia saltó
el último día del mes. Se había fundado en París la Junta
Democrática. Un organismo de oposición, en la esperanza de
que, a modo de las Juntas que en el pasado habían dado al país
una legalidad en momentos de vacío de poder, se extendieran por
toda España como órganos capaces de generar un doble poder
enfrentado al real, y que pudieran conducir del modo más pacífico
a la formación de un gobierno provisional que recuperara las
libertades y desde ese presupuesto que el país pudiera decidir
su destino: monarquía o república. El invento tuvo
inicialmente mucho éxito y en todas partes surgieron Juntas
apadrinadas por el PCE, los socialistas de Tierno Galván, y
otros grupos menores. Y también aglutinaron a personalidades
independientes[12].
Pero el efecto más importante de la creación de Juntas Democráticas,
efecto que quizá Carrillo no buscaba, fue la progresiva pérdida
de espacio político de las fuerzas a la izquierda del PCE. Con
el tiempo, la izquierda comunista se vio abocada a desaparecer o
a integrarse en estas organizaciones unitarias que tan bajo ponían
el listón.
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Para
el Jambo, lo del Calvo Serer[13]
no era trigo limpio. ¡Qué hacía un tío del Opus con los
comunistas!, pero el Rubio le dijo que esa era la verdadera
muestra del talante democrático de las Juntas.
—No
sé yo... —le respondió éste.
El
Tazas le cambió de puesto. Le puso con la hormigonera que
abastecía a los del plastón[14].
El trabajo no era malo. Tres partes de arena de río, una de
cemento y otra de agua. La grúa se acercaba y había que vaciar
la hormigonera en la tolva, diez o doce veces al día, y a eso
de las cinco limpiarla bien y engrasarla si se terciaba. El caso
es que tenía mucho tiempo para pensar, imaginar. Era esta una
cualidad extraordinaria del vallecano. Desde muy pequeño, y
acuciado por la soledad en la que se desarrolló toda su
infancia, el Jambo era capaz de recrear en su magín, cualquier
mundo, pasado, presente, o futuro. Historias guerreras, fantásticas
y hasta políticas, que hacían de sus horas solitarias un
extraordinario pasatiempo personal.
Y
así, entre viaje y viaje, el Jambo se ensimismaba en sus
pensamientos y dejándose llevar por esta curiosa capacidad,
fraguaba historias de su propia cosecha, con cualquier
argumento. O mejor, le daba la vuelta a la Guerra Civil, caballo
de batalla de las añoranzas imposibles del Jambo, donde revivía
las hazañas del, para él, glorioso Ejercito Popular de la República.
Estaba
bien documentado, tenía libros de Ruedo Ibérico, y otros
legales, más fachas, claro. El caso es qué, en su pensamiento,
las batallas de la contienda cobraban vida, y en este milagro de
su imaginación, incluso participaba como soldado anónimo, o
como Comisario que nunca existió, o incluso como Mayor de
Milicias cuyo nombre nunca se escribió en los estadillos del Ejército
Popular. Apoyado sobre la pala, y perdida la mirada en el lento
girar de la hormigonera, de espaldas a la obra, y ajeno a
cualquier otra actividad, se adentró en una de las batallas que
más le subyugaban, la de Brunete, que junto con la de Teruel,
consideraba él, fueron puntos de inflexión de la mala fortuna
de las armas republicanas.
De
ésta dura batalla tenía además el relato de un testigo
directo. Su propio padre, veterano de la 11 División
Republicana, al que el Jambo siempre recordaba tecleando
torpemente sobre la vieja y negra máquina de escribir, sin
estar para nadie y con la ceniza del Ideales manchando la
camisa. Aislado en el recuerdo y vomitando su pasado. Cada
palabra de aquel estremecido relato que a escondidas de su autor
leyó una sombría y triste tarde de 1969, las tenía el Jambo
apuntadas en su corazón, y en los papeles también. Era una
historia terrible envuelta en el seco fuego del abrasador Sol de
julio de 1937. Una historia que incluso podía leerse en el
rostro y en los surcos de la cara del republicano, donde la
guerra, y el franquismo habían ido tallando la faz de un hombre
que reencarnaba en cada tecla, en cada tos, en cada letra, la
tragedia del país por el que luchó.
Días
después, el telediario de la noche anunció que Franco retomaba
el mando. Juan Carlos ya no era el baranda. Y en aquella pelea
de todos contra todos, que era la sucesión de la momia, el Borbón
volvía a perder, no porque dejara su interino mando, que en
absoluto le convenía, sino por los hilos que manejaban su
camuflada docilidad. A nadie le importó un pimiento. Eran cosas
de ellos. Que más daba Borbón que general. En la cúspide del
régimen se odiaba y temía por igual a los comunistas. El Rubio
lo expresó bien claro esa misma noche mientras cenaban en ca
Manolo: ¡A tomar por culo la oligarquía franquista! Y el que
sea progre, que lo demuestre y se venga a la Junta.
Por
otro lado, el Común agonizaba. Los últimos comuneros aceptados
no tenían ninguna de las características de sus predecesores.
Eran simples currantes, o gentes sin oficio ni beneficio al
calor del chollo. La cocinera hacía tiempo que lo había
abandonado por falta de pago. Únicamente, la señora de la
limpieza aparecía por allí todas las mañanas para adecentar
el lugar, más porque formaba parte de una rutina que por otro
motivo.
Pese
a todo, cuando el Jambo se quedó solo con los comuneros
recientes, les puso al corriente de lo que se avecinaba e
incluso trató de organizar una resistencia política. Pero él
era el último de los veteranos. Sus compañeros, por decir
algo, no tenían más interés que aprovechar la gratuidad del
inmueble hasta que les dejaran. Traerse tías, y divertirse sin
más cuidado. Esto molestaba mucho al Jambo, que se encontró
entre dos frentes, la Fundación que quería derribarlo, y sus
convecinos, que se aprovechaban de la situación, ignorantes del
peso que el Común había tenido en el barrio y que todavía tenía
en el corazón del Jambo. Por tanto, el Jambo quedó sin ningún
criterio político con que guarnicionar el plato de la
resistencia, frente al seguro desahucio que se les avecinaba. El
mismo Rubio, unos días antes de marcharse a Barcelona, quiso
tener una conversación con él.
—Tienes
que buscarte un hueco. No pierdas el tiempo aquí. Ni te
dediques a pelearte con el viejo, ni con los Morejudo. Y quita
esos papeles ofensivos. Lo decía por unos carteles que el Jambo había puesto a la puerta del Común que con el nombre de New Numancia City, y no sin cierta gracia, denunciaban el intento de apoderarse del, para el Jambo, sacrosanto terreno. Cuando el cura Juanjo, que era de lo más legal del barrio, (era el párroco) los leyó, se partió de risa, no dejando de reconocer que no le faltaba razón al comunero. Pero no todos eran como él. |
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La
impronta que el Jambo había tenido siempre con su amigo el
Rubio, y que le hacía, de normal, escucharle con atención, se
había disipado al saber que éste se marchaba a Cataluña.
—Claro,
tú te vas, ¡joder!
—Eso
no tiene nada que ver. Lo que te quiero decir...
—Ya
sé lo que me quieres decir. Que me dedique a algo más serio
que defender a esta banda de mangutas.
—Eso.
—Tú
sabes que no es por eso.
—¿Ahora
vas a defender un montón de ladrillos?
—Defiendo
mi vivienda. El sitio donde he vivido durante los últimos años.
Creo que tengo derecho a que no me den una patada.
—Desde
luego. Pero es una batalla perdida. La gente que queda no hace más
que desprestigiarte. Y es malo que te confundan con ellos. Sólo
son lumpen.
—¡Y
yo soy lumpen! No tengo dónde caerme muerto. No tengo un chavo.
—Ya
lo sé, pero Perico te va buscar un sitio.
—¿Dónde?
—Con
un amigo que vive en una chabola en Palomeras. El Pequeño le
llaman.
—¿El
Pequeño?, uno que trabaja en CASA y tiene un hermano que es un
baranda de Comisiones?
—Ese.
—Bah...
Le conozco. No creo que quiera.
—Pues
me parece que ya ha dicho que sí. Aunque espera a que te lo
diga Perico. Así que, tranquilo, tronco.
Cuando
fueron a despedir al Rubio a la estación de Atocha, Perico le
confirmó lo de la chabola. Que pasaría una noche con el Pequeño
para presentárselo.
La
despedida del Rubio fue muy triste para el Jambo. Aunque lo
disimuló todo lo que pudo, los presentes lo notaron. Se quedó
atrás del grupo sin participar en el festival de abrazos, ni en
los vítores de algunos cachondos que, al hilo del infortunio
que a Nixon le acometía, y que muy pronto le haría dimitir,
gritaban:
—¡Rubio
for president!
Pero
el Rubio estaba al quite. Se le acercó y sin prisas pese a que
al tren le quedaban segundos para salir. Le puso las zarpas en
los brazos y aprentándole con fuerza le dijo:
—¡No
hagas el gilipollas!, ¿eh?
—Vete
ya, mamón...
El
mismo día que estalló la bomba de la cafetería Rolando, les
cortaron la luz. Misteriosamente desapareció todo el mundo. Esa
noche el Jambo tuvo un mal presentimiento, pues se despertó a
media noche, creyendo haber oído ruidos. Atrincó la barra de
hierro forrada de cinta aislante, recuerdo de los piquetes de la
Escuela de Embajadores, y en pelotas salió al pasillo y de tal
guisa armado, con una mezcla de emociones, miedo e ira, que
hacen peligroso a cualquier ser humano, en un pasillo kilométrico,
a oscuras, y en un barrio como el Pozo, llevando una linterna
que estaba en las últimas y no viendo un pijo, dicho sea sin
segundas.
Llegado
a la puerta de entrada, identificó rápidamente los ruidos.
Alguien trataba de abrir. Quién fuera, metía y sacaba la llave
sin ninguna fortuna. Bueno, el idiota de la cuatro, que viene moña,
se dijo. Y abrió.
A
la tenue luz de la linterna se encontró con el rostro asustado
de una chica. Que además viendo las trazas del Jambo, en
porretas y con una barra en la mano. No pudo evitar un grito de
espanto.
Tras
unos momentos de indescriptibles emociones, el Jambo reaccionó:
—¿Pero
tú quién coño eres?
—Voy
a la habitación cuatro —musitó la moza. —¿Te ha dado José la llave? —así se llamaba el que vivía en esa habitación. Era un ex lejía de oficio carpintero de obra y de habitual ocupación sus paros. Que amén de malcarado era, a ojo del Jambo, un golfo de armas tomar. |
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—Sí...
Me está esperando.
—Pues
pasa.
Al
Jambo le pareció que tenía una pinta sospechosa. Una fulana
joven y maciza, quizá demasiado maciza, y desde luego muy mal
maquillada.
Caminó
detrás de ella y la alumbró hasta la cuatro. Ella llamó:
—José,
José...
Pero
el amigo José no estaba.
—¡Ay,
que apuro! —se quejó la chica.
El
Jambo que no encontraba el momento de largarse, aunque sólo
fuera para ponerse los calzoncillos, y tapar las vergüenzas, se
molestó con la joven:
—¿Tienes
llave de la puerta, y no de la habitación?
—Es
que me la dejé dentro.
—¿Pero
es que vives aquí?
—Sólo
por las noches...
¡Sólo
por las noches! ¡La madre que parió al José! Ahora chuleaba a
una lumi. Lo que le faltaba al Común.
—Pues
lo siento chica. Mira como voy. Estaba en la cama. Y me vuelvo.
Tú haz lo que quieras. Pero ya hablaré yo con el José.
Ella,
que había tenido mucho cuidado de no mirarle el pito en ningún
momento. Más por el susto, que por otra cosa, comprendió rápidamente
que estaba en un aprieto.
—Mira,
es que he despedido al taxi. Y aquí me parece que no voy a
poder coger otro. ¿Te importa que le espere?
Haz
lo que quieras, pero que sepas que no hay luz. Si quieres
esperarle, en la sala de la televisión hay un sofá.
—¿A
oscuras?
El
Jambo le dio la linterna:
—Al
fondo del pasillo. No tiene pérdida.
Y
se volvió para su habitación.
A
veces el Jambo era así de duro. Aunque a favor de su humanidad
diremos que cuando fue a empiltrarse de nuevo, observó no sin
sorpresa que la cosa le había cogido un tonillo.
A
este José le voy a coger yo por los huevos, se dijo antes de
dormirse.
No
lo hizo mucho, porque al rato, unos tímidos golpecitos en la
puerta le volvieron a despertar.
—Oye,
oye...
¡Joder!
Le iba a dar la noche.
—¿Qué
pasa? —dijo al abrir la puerta. ¡Otra vez cogido en bolas!
—Mira,
que la linterna casi no alumbra, además hace un calor
espantoso, y encima el José no viene.
—Bueno,
¿y qué quieres que yo haga?
—Es
que me da miedo.
—Chica,
que yo me tengo que levantar mañana a la seis y media.
—Es
que me da miedo.
—¡Ya
te he oído, coño!
—¿No
puedo pasar a tu habitación?
EL
Jambo se azaró un poco. Lo que la propuesta podía tener de
atractiva, lo tenía también de inquietante.
—Pero
tía, aquí sólo hay una cama.
—Es
igual, yo me siento en una silla. —Bueno, pues pasa. |
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El
Jambo encendió una vela y se puso unos gayumbos[15],
y lo hizo dignamente y sin prisas. Ella se sentó. Sacó un
paquete de cigarrillos y encendió uno. Estaba sudando por todos
sus poros. Llevaba puesto un ligero vestido, y tenía un pecho
magnífico. Un regalo de la naturaleza. Tampoco estaba mal de
caderas y de jambas. Pero el horno, literalmente, no estaba para
bollos. Ella quería un hueco para dormir, como fuera. Quería
también darse una ducha. Pero eran dos pretensiones con las que
aún no se atrevía.
El
Jambo se tumbó en la cama. Pero no pegó ojo. Oía su respiración
fumando pito tras pito, los crujidos de la silla, sus resoplidos
por el calor y el ruido de una revista que había cogido para
abanicarse. Una de sus revistas de kárate. Estaba empezando a
ponerse de mala hostia. Al rato:
—Oye,
chico. Oye...
—¡Qué
te pasa!
—Oye,
¿no podría darme una ducha? Es que hace un calor...
El
Jambo tomó una decisión.
—Mira,
tía, vamos a hacer una cosa. Te duchas. Yo te cedo la cama y me
voy a dormir al salón. Por la mañana cuando me levante, te
llamo y picas billete. Ondia... Pero si son casi las tres.
—Ay,
te lo agradezco.
La
acompañó al servicio. Y tuvo los santos huevos de esperar
fuera en plena oscuridad, fumando un cigarrito, mientras ella
con la vela en un lavabo se refrescaba.
Salió
en bragas y sostén. Desde luego, cortarse, no se cortaba un
pelo. Volvieron a la habitación. Le dijo que se acostara
tranquilamente que ya se encargaba él de despertarla por la mañana.
—Te
agradezco la hospitalidad.
—No
exageres, sólo es una cama.
Cuando
el Jambo se estiró en la áspera funda del sofá de la sala de
la televisión, le entró una leve gana de comercio carnal. Los
humores del Jambo eran tan instantáneos como el nescafé, la
visión de un cuerpo de mujer en ropa interior funcionaba en su
mente como un interruptor. Pero desechó la idea por cuestiones
técnicas.
—¡A
dormir, coño! —se recriminó.
Entonces
comprobó horrorizado que se había dejado el despertador en la
habitación.
—¡Me
cago en la leche! Ahora va a creer que me la quiero trajinar con
la excusa.
Pero
el motivo no era baladí. Uno no debe faltar al trabajo cuando
está recién entrado. Es malo para la opinión que se forman
los compañeros.
Llamó
a la puerta antes de abrir. Ella estaba desnuda sobre la cama,
con la vela encendida, fumando y leyendo a duras penas una de
sus revistas de artes marciales.
—Me
olvidé el despertador —es todo lo que dijo, entrando y cogiéndolo.
La
chica no se azaró en absoluto, ni dijo nada. Al Jambo le pareció
que estaba muy buena. Tenía la piel morena y las marcas blancas
del bikini, tirantes incluidos, se le quedaron grabados en el
cerebro antes de dormirse.
Cuando
sonó el despertador, el Jambo estaba profundamente dormido, en
su mejor sueño con la fresca de la mañana. Le pareció que había
pasado un rato. Se levantó blasfemando y se dio una ducha sin
jabón ni champú, aunque el pelo lo pedía a gritos. Al pasar
por la cuatro, puso la oreja en la puerta para ver si el
cabronazo de José estaba allí. Pero no se oía nada. Entró en
su habitación con cuidado. Lo que era una bobada porque tenía
que despertarla. Ella dormía. La observó goloso. Se puso la
ropa y le tentó el hombro para que se levantará.
—Venga,
aligera, que nos vamos en diez minutos.
La
chica se hacía la remolona.
—¿No
me puedo quedar?
El
Jambo negó con la cabeza. El gesto no admitía réplica.
—¿Y
en la sala? —insistió ella.
—En
la sala sí. En la obra saludó al Tostao, quien le comentó lo de la calle del Correo. Se lo endilgaron a los fachas. Una provocación. Pero el Tostao no le dio más plática y cuando sonó la campana se fue para la hormigonera. El día pasó sin pena ni gloria. A las seis, en los vestuarios aparecieron algunos ejemplares del boletín de las Comisiones de la construcción. |
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Resulta
que el Agus les había hecho una visita por sorpresa, y como
trabajaba en una obra cercana de la empresa Balsa, se había
colado con el mono sin despertar sospechas, desparramando por
los bancos los citados boletines.
Desde
luego llevaban la inconfundible firma del Agus, un boletín cada
dos perchas, y perfectamente alineados sobre los bancos del
vestuario. Nadie era tan concienzudo en las Comisiones como él.
La
mayoría de los compañeros los cogieron, pero un grupo de
peones especialistas, unos que venían de un pueblo del norte de
Madrid, y que estaban trabajando a destajo en el garaje,
empezaron a montar bronca para que nadie los cogiera, e incluso
quemaron uno. Eran unos tipos que parecían broncos, pero físicamente
ninguno valía mucho. Eso, que era definitivo en la valoración
del Jambo, le animó a intervenir, aunque sin señalarse
definitivamente.
—Oye,
si no quieres no lo leas, pero no lo quemes, quizá a otros les
interese.
—¿Qué?,
¿son tuyos?
—Pues
no, no lo son —respondió con su voz más gruesa y sin
amilanarse—. Pero son de gente que seguro que tiene más
cabeza que tú, ¡pelagatos!
—Oye,
no me insultes... —se defendió el peón especialista.
—Vosotros
sois lo que nos insultáis a todos. Estas quemando la prensa de
gente que tiene el coraje de defender los intereses de los
obreros. Y con más cojones que tú, ¡pringao!
El
Jambo se iba animando. Una furia, expresión quizá de otras
pasiones contenidas la noche anterior le iba saliendo por la
boca cual destilada bilis, y que con creciente agresividad iba
parejamente aminorando la de sus cuatro oponentes. No se veía
todos los días eso en el vestuario de una obra, y por ello, los
compañeros se admiraron de su valentía, y voces anónimas
surgieron en apoyo del vallecano. Una de ellas no era tan anónima,
pues era la del Tostao.
Ante
esto, los peones especialistas que aunque eran unos esforzados
currantes, no tenían el arrojo del Jambo, emprendieron una
discreta retirada, no sin que antes se oyera, a modo de
despedida, un claro: "ya te enterarás".
Nadie
dijo nada después del incidente, ni aumentó por ello el número
de los que subrepticiamente se habían hecho con un ejemplar del
boletín. Pero una cosa quedó clara. Aquel tipo larguirucho,
que gastaba unas manos como mazas, tenía bemoles, sí señor.
Cuando
el Jambo regresó al Común con la secreta esperanza no
reconocida, de que la jati rondara por allí. Se encontró, como
últimamente, más solo que la una. En el suelo del pasillo, y
pese a la poca luz que entraba de la por el contrario, muy
soleada tarde, desconocidos albañiles habían dejado las marcas
del replanteo que estos menestrales trazan haciendo vibrar
contra el suelo una cuerda tensa impregnada de polvo rojo.
—¡Joder!
—se dijo—. Esto es el colmo.
Y
con los pies desbarató todo el trazado. Las zapatillas se le
quedaron teñidas de rojo. Con más furia, si cabe, que en el
vestuario de la obra, salió al patio de entrada, buscando a los
culpables, o siquiera a sus mentores. Pero todas las
dependencias estaban vacías a esa hora. Se volvió para el Común
y se dio una ducha. Menos mal que todavía había agua. Luego, más
calmado y refrescado, se fue a la tienda del Manuel y se
aprovisionó de velas y pilas para la linterna. Cuando al ir a
tender la ropa que había estado lavando a mano, paso por la
sala camino del patio, el televisor había desaparecido, lo
mismo que en su día desapareció el juego de banderas de la ONU
que los Ciudadanos del Mundo le regalaran a Charly tiempo atrás
y que allí habían lucido, como el televisor, desde siempre.
Echando
un pito en la habitación y sopesando si se iba a cenar a ca
Manolo, el Morriña entró con el Langui para decirle que se
fuera con ellos a una reunión de la Delegada de Comisiones de
la construcción que se celebraba en la iglesia del padre Gamo
en Moratalaz.
Eso
le animó, y con mejor talante se fue con los troncos, esperando
encontrarse allí a Pepe el Carpanta y a su amigo el Boty. En la reunión no se discutió sobre el atentando de la calle del Correo, pero en los prolegómenos y a su fin, no se hablaba de otra cosa. Y todo el mundo, al menos aquel día, se hizo cruces de la salvajada de los Servicios Secretos del franquismo, y que aquello iba a tener funestas consecuencias para el rojerío, y que el amigo Pío Cabanillas, y hasta el Barrera de Irimo, tendrían que convencerse de que no había manera de ablandar el búnker sin contar con la resistencia antifranquista. Como así fue, ambos ministros se fueron con el rabo entre las piernas a finales de ese mismo mes. Pero también se informó de que días antes al de la bomba, la policía había detenido en un colegio de Sabadell a 67 integrantes de la Asamblea de Cataluña, un organismo unitario, del que el resto del Estado podría haber tomado buena nota. |
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En
un bar cercano a la parroquia, los nuevos amigos del Jambo, le
daban a la húmeda, en buena y franca camaradería, animados por
rondas de cañas, que los madrileños pagan religiosamente por
turnos justo en el momento de pedir otra más. Esto hace muy difícil
llegar a la última.
Pero
a quién le importa. En el año 74, la libertad sobrevivía en
los barrios dormitorios, y sobre todo en sus bares, tabernas y
tascas. Cada uno en el suyo. Así que recostados contra la barra
o formando un semicírculo, los de la Constru se permitieron las
más radicales opiniones sobre la política nacional, sobre la
bomba de la calle del Correo, sobre los encargados de sus
respectivas obras, sobre sus propios líderes de Comisiones, y
sobre las mujeres de sus vidas, si es que había alguna.
Cuando
pasadas las doce regresó al Común, sudoroso y contento, se
encontró a José y a su chica que charlaban sentados en el
patio de entrada.
El
imbécil de la cuatro, le decía a su acompañante, nada menos,
que el recién finado Perón, era debuten para los trabajadores.
¿Pero qué iba a decir un lejía?
Dudó
si darle la barrila al susodicho, pero se le quitaron las ganas
al ver la mirada que la gachí le dirigió. Estaba claro que se
alegraba de verle. Si eso estaba claro, pero el que se la iba a
beneficiar era el otro.
—Oye
José... —empezó.
—Dime
majara —le contesto éste muy chuleta, aunque amistosamente.
—Bah,
nada... Y se fue para la cama, que buena falta le hacía. |
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[1]Si
a un kilo de pólvora casera se le puede llamar petardo.
[2]Franco.
[3]En
realidad le llamábamos el Pelele, un poco injustamente, eso
es cierto, pero tampoco él daba muchas pistas entonces.
[4]Jefe.
[5]Agustín
Moreno.
[6]Literalmente,
culo, en Cádiz. Puede entenderse como mal tipo.
[7]Mierda.
[8]Individuos.
[9]De
Vallecas.
[10]Cojo.
[11]Inútiles.
[12]Los
socialistas se negaron a entrar en la Junta Democrática, lo
que era fácil de entender siendo ésta manejada por los
comunistas. Lo que no era tan fácil de entender fueron las
excusas que dieron: Que escoraba a la derecha y que no tenía
una línea de ruptura. Pero los líderes del socialismo español
del tardofranquismo, siempre tuvieron esta virtud, adornar
sus moderadas y verdaderas intenciones con discursos
radicales que hacían parecer al PCE como derechista.
[13]Ex
director del Diario Madrid, miembro del Opus y de la Junta
Democrática.
[14]Solera
de arena y cemento que sirve de base al azulejo, baldosa, o
incluso parqué.
[15]Calzoncillos.
¡Por fin! |