S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-3-

Las mañas del Jambo.

La maleta llena de explosivos de los lavabos de la cafetería Rolando mató a once personas e hirió a más de setenta, pero causó otros estragos más políticos, cuando la policía anunció a bombo y platillo que, tras la detención, a los pocos días del atentado, de Eva Forest y otros compañeros, el PCE estaba relacionado con los hechos, como mínimo en toda la infraestructura y apoyo logístico que ETA había precisado para cometerlo. Y desataron toda una batería de pruebas, zulos, Mundos Obreros encontrados en sus domicilios, militantes del Partido y de Comisiones detenidos, etc.

Los barandas del PCE reaccionaron, rápida y duramente. Ningún abogado del Partido prestaría el más mínimo apoyo a los detenidos. Les negaron el pan y la sal. Estos, y sin juicio previo, fueron declarados culpables por ambos bandos. Los carrillistas cumplieron la orden a rajatabla, pues estaba claro que se trataba de una estrategia del poder para desacreditar a la Junta Democrática. Y aunque nadie creyó entonces la versión policial, aquello olía a Servicios Secretos a la legua, el daño estaba hecho. Carrillo quiso dar las más exhaustivas pruebas de que nada tenía que ver con el atentado. Comisiones también actuó en consecuencia. Antonio Durán, al que el Jambo no conocía, excepto de oídas, fue relegado al olvido por la organización. Para los militantes de base, aquello fue una injusticia. Sólo porque era amigo de la ya por todos maldita Eva Forest, y porque había construido varios zulos. ¿Y qué partido clandestino no tenía zulos? ¿Y qué partido clandestino, no tenía de una manera o de otra contactos con la resistencia vasca? Las declaraciones de los detenidos, ciertas o no, fueron arrancadas bajo terribles torturas, físicas y psicológicas, especialmente a Mari Luz Fernández, una maestra asturiana que pagó muy caro sus amistades y a la que tuvieron más de cien días incomunicada.

El abogado Bandrés se hizo cargo de la defensa de la Forest. Sin duda, era de los pocos letrados que podían defenderla sin prejuicios. Bandrés sabía muy bien que tipo de represión carnicera practicaba el régimen en Euskadi, y como, ETA, referencia en aquellos momentos de la resistencia vasca, se defendía con uñas dientes, esta vez con la misma crueldad que sus enemigos, primer aviso de un negro futuro.

El búnker, y el gobierno, indirectamente, fueron los beneficiarios políticos de aquellos trágicos hechos. La ultraderecha por lo de siempre, exigiendo más mano dura y represión sin contemplaciones ni distingos, y el gobierno por el montaje policial, torpedo directo a la línea de flotación de la Junta Democrática, apadrinada principalmente por el PCE. Los socialistas, que supieron mostrarse completamente en las antípodas de estos métodos violentos de lucha antifranquista, insistieron hábilmente en sus tesis anticomunistas negándose a apoyar la alternativa unitaria que, con todos sus defectos, representaban las citadas Juntas.

La crisis que detonó este atentado en la izquierda revolucionaria, fue una batalla ganada por la policía franquista. Y como estos hechos políticos beneficiaban claramente al búnker, los militantes de base de las organizaciones de izquierda, escasamente creyeron las tesis gubernamentales. Para el rojerío, la mano culpable siempre iba en el mismo cuerpo que la beneficiada.

Cuando se supo que los socialistas, tras su congreso refundacionista de Suresnes, un barrio de París, rechazaban de pleno integrarse en la única plataforma unitaria antifranquista existente hasta el momento, la indignación de los carrillistas corrió pareja con el menospreció que les profesaban. Y lo peor era como lo argumentaba el Partido Socialista: ¡que era un pacto burgués! ¡de derechas! y que estaba en contra de la ruptura que ellos mismos preconizaban.

El Jambo tampoco fue una excepción. Pasado el primer momento de estupor que supuso el montaje policial posterior al atentado, vino, tras la oleada de detenciones, uno de esos momentos, de los que el franquismo estuvo cuajado. Un "momento de acojono", donde la clandestinidad se reforzaba, es decir, se replegaba, y donde valientes y cobardes quedaban señaladamente al descubierto, precisamente por eso mismo.

Porque había que tener valor para militar en momentos así. No me refiero al valor natural, muy escaso, como todo el mundo sabe, sino al valor adoctrinado, ese valor, donde la izquierda fue siempre paradigma, basado en la conciencia política, que no en el fanatismo, y que la vanguardia política, obrera y estudiantil, derrochó durante décadas bajo la égida de los hombres y mujeres de a pie de las organizaciones de la izquierda revolucionaria.

La última semana de septiembre, Perico pasó por el Común en compañía del Pequeño. Se lo presentó al Jambo. Parecía un tipo legal. Lo acababan de despedir de CASA. Hablaron de política y de tías, porque en la entrada se habían cruzado con la amiga del José, y eso les ánimo el espíritu.

Cuando el Jambo les contó lo que le había pasado aquella noche, lo primero que quisieron saber es si se la había beneficiado. Cuando les dijo que no. No le creyeron. Que si le daba vergüenza.

—¡Que no...!

—¿Pero se puede? —preguntó el Pequeño. ¿El chulo ese, camela?

—¿El José? Yo qué sé. A mi me parece un idiota.

Idiota era una de las palabras más despectivas que en el Madrid de entonces se gastaba. Peor que pringao y hortera juntos.

La respuesta del Jambo desconcertó al Pequeño. De modo y manera que la ilusión de trajinarse a la lumi por cuatro perras (precio de conocidos), se esfumó, y por tanto se fueron a cenar a ca Manolo.

El Pequeño era un toledano castizo, bien moldeado por la periferia madrileña y por la falta de mujeres que su diminuta estatura le provocaba. Tenía pues dos conversaciones principales. La guerra y las mujeres. Y en las dos tenía gracia, apuntes imaginativos, e importantes lagunas. Aunque de eso iban bien sobrados los tres, pues el mismo Perico, pese a sus años, tenía todavía reciente su primer polvo no mercenario. Y en cuanto al Jambo, estaba en periodo de sequía, recién terminada la mili y aún sin encontrar nada que llevarse a las manos.

Pasaron, pues, la cena recordando faldas mejores, y repasando el material con posibilidades que a la vista estaba, que de sus pláticas era con mucho la preferida.  Perico tenía puesta su confianza en una compañera del Instituto con la que arteramente quedaba cada cierto tiempo para que le enseñara las estúpidas matemáticas del COU moderno, estudios que simultaneaba con los de Jeringa[1]. Y lo decía sin percatarse que los fideos se le quedaban colgando del bigote. Claro, que a quién le importaba. El Pequeño lo tenía peor, hacía tiempo que había roto con una novia seria, una tía al parecer muy legal que militaba en la Liga, y no tenía nada en "perspectiva". En cuanto al Jambo, tenía disculpa para estar a dos velas, pues estaba reciente su licenciamiento.

De todas formas, el Pequeño le dio una copia de la llave de la chabola de Palomeras donde vivía. Y en el seita del Perico se fueron a verla.

La chabola estaba en una calle[2] sin nombre, al final de la Avenida de San Diego, lindando, entonces, con un gran descampado al norte de la vía del ferrocarril de Barcelona. Justo encima de ella se desparramaba el barrio de Palomeras Bajas, una zona calcadita al Pozo pero sin su carisma. La chabola tenía tres piezas y un pequeño patio cerrado por una tapia. Estaba muy bien encalada y era sólida, toda ella de ladrillo y con un buen tejado de uralita sobre traviesas de madera. Molaba. Sólo tenía un defecto, no tenía agua ni servicios. Por tanto, había que aliviarse en el descampado. No pareció esto importarle al Jambo. Quedaron en pagar el alquiler a medias, aunque el Jambo no tenía prisa en abandonar el Común ahora que tenía un hueco. Quería ver en qué quedaba todo. Pasaron allí la noche, y no hacía ni la mitad de calor que en el Común.

Por la mañana volvió a tenerla con el Tazas. Por lo visto, el Jambo le informaba mal de las masas que hacía. Al final de la jornada, el Tazas siempre se acercaba a preguntarle cuantas veces había cargado la tolva para los del alicatado de las terrazas. Como al Jambo siempre se le olvidaba el número, optó finalmente por meterse una china en el bolsillo del mono por cada carga, de modo que cuando el Tazas le preguntaba, las contaba y listo. Pero la tarde anterior, había un número exagerado de chinas, ello era así porque había olvidado tirarlas por la mañana, con lo que se juntaron las piedrecitas de dos días. Pero el Jambo no se percató, ensimismado como estaba con la batalla de Brunete. Resumiendo, habiendo hecho el Tazas sus cálculos, evidenció rápidamente que el vallecano mentía. Esto le puso furioso y lo primero que hizo nada más sonar la campana fue ir a darle la barrila al Jambo.

—¡Te la has cargado, chaval! —le gritó.

—¿Qué pasa ahora? —respondió éste sin ánimo de bronca. Todavía tenía el regustillo sabroso del café con leche, las porras y la de Castellana que se atizaba en un bar de Cuatro Caminos.

—Me estás engañando con las pasteras.

—¿Yo? —se sorprendió el Jambo.

—¡Sí, tú! Todos los días me dices entre ocho y diez, Pero ayer me dijiste que dieciséis...

—Pues si te dije dieciséis, es que fueron dieciséis.

Y al echarse, instintivamente, mano al bolsillo donde guardaba las chinas, comprendió con asombro que el Tazas tenía razón. Allí estaban las jodidas dieciséis piedrecitas, que también esta vez se le había olvidado tirar. Pero no dijo nada. Antes muerto que reconocer su error.

—Pero en cuanto venga el Jefe de Obra, vamos a hablar tú y yo con él.

El Jambo le miró irritado, con pasión pero tranquilo. No quiso liarla. Por nada del mundo quería perder el empleo. No cuando llevaba tan poco tiempo, y además en aquella obra se empezaba a estar bien. Si no fuera por el Tazas...

El Jefe de Obra, que era el aparejador, era un tipo razonable, por contra de lo habitual, pues es profesión donde abundan los pistoleros[3]. Cuando el Jambo le explicó su error, no le dio ninguna importancia. Y encima casi abronca al Tazas:

—¿Y para esa bobada me lo traes?

De putifa. Que se jodiera el mamón ese. Era la segunda vez que el Jefe de Obra, que sentía una animadversión natural por el Tazas, le ponía en su sitio. Y es que la taza humana siempre andaba con pejigueras de semejante calibre.

El Tazas tomó nuevamente nota. Aún tenía en su haber el incidente del vestuario, que los peones especialistas le habían contado con pelos y señales. Lo que ocurre es que aquello eran palabras mayores. Corrían tiempos confusos para los encargados de obra. La pujanza de Comisiones les intranquilizaba. Por un lado eran muy conscientes de que su obligación de perros guardianes era evitar a toda costa que los trabajadores se organizaran, pero por otro, muchos de sus jefes, aparejadores, arquitectos, e incluso empresarios comenzaban a asumir como mal menor y como verdaderos interlocutores a las clandestinas Comisiones. Esta esquizofrenia mal asumida estaba empezando a dar sus frutos, y más de uno hacía la vista gorda cuando los sindicalistas repartían propaganda, daban mítines sorpresa, o incluso en las mismas huelgas que al hilo de la ya en ciernes Huelga General de la Construcción, se multiplicaban en los tajos de la capital y otras ciudades.

Y por ello, el Tazas, con su secreta información en el pedrusco que tenía por corazón, sólo esperaba un desliz, un incidente más fuerte, para juntarlo y lanzárselo a la cara al Jambo. Además, contaba con la complicidad de los peones especialistas, su cuadrilla de pelotas preferida, a los que tenía aleccionados para que vigilaran estrechamente los movimientos del Jambo y del Tostao. Pero de momento, nada ocurría. El Tostao apenas ejercía labores sindicales en la obra, y el Jambo falto de liderazgo, tampoco.

La presencia cercana del Agus y otros ferrallas de Comisiones que por allí trabajaban, mantenía a la obra de Hacienda bien informada, pero como decimos, a falta de un líder que en el momento decisivo, pudiera dar unas palmas y cuatro voces y parar la obra. Esto podía hacerlo el Jambo, que era muy tropa de choque para estas cosas y arrojo y labia no le faltaban, pero para que funcionara, los compañeros tenían que tenerte en buena ley, es decir que confíen en uno. Y para eso hay que dar la cara todos los días y salir al ruedo, y ni el Tostao, como decimos, ni el Jambo la daban, uno por vete tú a saber, y otro porque le faltaba experiencia en el sector.

En cuanto al Tostao, para el Jambo era un misterio. Vivía con una tronca que estaba como un pan, a veces le esperaba a la salida de la obra. Tenía una vespa vetusta pero que molaba, y los fines de semana se ponía hasta el culo de todo, según el mismo confesaba. Además era un brillante polemista y estaba muy bien formado ideológicamente (como todos los troscos). La realidad era que el Tostao era muy suyo y pasaba a veces por antipático, lo que dificultaba grandemente su labor radical en Comisiones, por mucho que fuera el orgullo de la Liga.

De vuelta al Común se encontró con José que tenía el transistor a todo volumen y la puerta de su habitación abierta. Esta vez no se calló.

—¡Baja eso, cojones! —dijo desde la puerta.

Lo que oía José, desde luego, merecía ser apagado, era una de esas melifluas canciones del ex minero galés, Tom Jones.

—¿Qué te pasa, no te gusta la música? —le respondió éste sin percatarse de las verdaderas intenciones del Jambo.

—¡Es para hablarte, joder!

José bajó la música. El Jambo dio un paso y se plantó en el dintel.

—¿Tú qué vas a hacer? Esto se acaba, ya sabes...

—He ligado una pensión barata en Legazpi.

—¿Y cuándo te vas?

—Cuando quiera...

—La lumi, esa, ¿es tuya? —preguntó el Jambo cambiando de tercio. Aunque lo de lumi se le escapó.

—¿Qué lumi?

—No te hagas el sueco. La de la otra noche.

José hizo un gesto indefinido. Ni sí, ni no.

—¿Por qué? ¿Te gusta?

Esta vez fue el Jambo el que lo hizo.

—No es por eso —dijo—, es que no me acaba de convencer que ande por aquí.

—¿Y a ti, qué carajo te importa, si ya sólo vivimos aquí tú y yo?

—A mi me importa lo que importa. Lo que quiero saber es si vive aquí contigo. Porque de eso nada. Esto no es una casa de putas.

—¡No te pases!

La flagrante contradicción que vivía el Jambo entre sus deseos de volver a ver a la chica, y sus presupuestos político-morales que le hacían detestar que una supuesta furcia se paseara por lo que para él había sido un sagrado cenobio de soltería marxista, le hicieron callarse, mirándole con irritación pero sin argumentos.

—Mira —añadió José—. Vamos a llevarnos bien los cuatro días que nos quedan aquí. Además, espero visita.

—¿Visita?

—Sí, la lumi, como tú la llamas.

Por un momento se quedó desconcertado. Pero de qué se extrañaba, Ya sabía él que pasaba las noches en el Común.

—Mira, como se enteren en el barrio que la tienes aquí recogida, verás que follón.

—¿Sí?, ¿y qué van a hacer, echarnos?

—Bah... Es tontería discutir contigo.

—Tú lo que pasa es que te la quieres tirar, ¿no? —contraatacó José.

—Yo no me corto un pelo en tirarme a nadie. No se trata de tirársela o no, se trata de que duerme, o vive, aquí.

—¡Y qué! —José empezaba a perder la paciencia con los melindres del Jambo—. Ya me estás jodiendo con tu monserga.

—No te me pongas chulo, ¿eh? —gritó el Jambo con ánimos violentos—. Que sabes que por ahí te como vivo.

—¿Sí?...

—¡Sí!, ¡gilipollas!

—¡Hijo puta, que eres un hijo de puta! —ladró José.

Como de costumbre, el Jambo resolvía esta discusión, donde le faltaban los argumentos, y con enemigo menor, aunque no despreciable, a tortazos.

—¡Me cago en tu padre! —Y terminando de gritar lo anterior, cargó contra el chulo derribándolo con una maña de su personal repertorio de artes marciales. Y aquí anduvo listo, pues José quedó rápidamente vencido ante la sabiduría bélica de su contrincante, mejor que si le hubiera propinado un fuerte mamporro. Artes que en la vida algunos dominan con, eso, arte.

Una vez que le tuvo en el suelo y con su brazo izquierdo bien apalancado debajo del sobaco, a disposición de dislocárselo en cualquier momento, José se hundió en la negra miseria que supone saber que se encontraba a merced de la piedad del Jambo. La cual no era mucha.

—Ahorita, vas a coger todos tus bártulos, y te vas a largar, pero antes me vas a devolver todas las llaves del Común. Y si no lo haces, hijo de puta, te abro en canal. Que de eso también entiendo—. En esto último mentía, pero era un farol con unos antecedentes como para no creérselo.

—¡Tío, suéltame... que me lo vas a mancar! —gritó José con razón.

—¿Te vas?

—¡Que sí, pero suéltame, so cabrón, que me lo tronchas!

Cuando José pudo recuperar su brazo, la color y el aliento, tuvo un ataque de ira rebelde y le propinó una patada a la silla, que aunque sin querer él, golpeó al Jambo en la espinilla. Éste blasfemó. Le cogió de la camisa con la izquierda y con la derecha le endilgó un directo, que si bien quería ir a los piños, sacudió violentamente a José en las narices, reventándoselas. Aquí se acabó todo.

Con una toalla enjugando la sangre, José aún pudo mascullar:

—Y todo por no tirarte a la Fina.

Así que se llamaba Fina...

La jugada había sido magnífica. Ella tenía que venir y José sobraba. La excusa se la dio él mismo dando en el clavo en cuanto al motivo de la riña. El Jambo no hubiera sido capaz de reconocer esto, pero resultaba evidente.

José tardó algún tiempo en recuperarse y ponerse a la faena de empaquetar sus cuatro trapos, porque libros y eso no gastaba. Esto intranquilizó al Jambo, y ya sabemos por qué. Y tuvo los santos huevos de apremiarle. José, en su desgracia, le respondió con la única dignidad que le quedaba:

—¡Vete a tomar por culo!

La mirada del Jambo le taladró. Era mucho volver a sacudirle, y no lo hizo, pero aquella mirada decidió el asunto. José se aceleró, cogió la raída maleta, le devolvió, religiosamente las llaves y se fue para la garrula, con el cuerpo dolorido, las napias hechas polvo, y una sorda venganza rumiándole el alma.

La amiga Josefina llegó muy tarde. La muchacha se sorprendió al no encontrar a José. En su lugar, y en su habitación, se encontró al Jambo, que vestido, dormitaba sobre la cama del anterior inquilino, a la vacilante luz de una gruesa vela.

—Tuvimos una bronca —le explicó el Jambo cuando se espabiló. Y le contó, a su manera, qué había pasado.

—Dice que tiene una habitación en una pensión de Legazpi.

—Mi pensión —reconoció Fina.

La moza estaba un poco mosca. Cierto que el Jambo le gustaba y que parecía un tipo legal, pero aquello de echar al José a la calle le parecía un acto de fuerza bruta, que, harta de padecerlos en sus carnes, detestaba.

—¿Por qué le echaste? —quiso saber.

El Jambo no pudo engarzar una buena excusa. Que nunca se habían llevado bien, que José se enrollaba mal de mucho antes, que habían discutido y que habían llegado a las manos.

—¿A las manos?

—Sí, le di una piña.

Ella, quiso hacerle sufrir:

—Ya no vendré más por aquí.

Pero el Jambo reaccionó rápido:

—¿Y por qué venías?

—Es mi novio —dijo, pero era mentira.

—¿Tú novio? ¿Pero tú no eres?...

—¿Soy qué?

—No sé, el José dijo que tú... !Vamos, que hacías la carrera!

—Qué soy puta... —le cortó ella.

—Sí...

—Pues no lo soy, para que te enteres. Trabajo en una barra americana de la calle del León, ahí en Antón Martín. Pero nada más.

La chica continuaba plantada en la puerta, el Jambo estaba sentado en la cama, la vela apenas iluminaba la habitación, pero en la penumbra, el Jambo admiró su espléndida figura, quizá un poco rellenita, pero sin perder las proporciones. Esta noche traía un vestido rojo de estilizados tirantes. Estaba muy morena, llevaba los ojos repintados y los labios de un rosa escandaloso.

—Tú le has echado para acostarte conmigo —disparó Fina, con ganas de acabar la discusión, largarle de la habitación, y pasar tranquila su última noche en el Común.

—Sí, algo así —reconoció el Jambo para sorpresa propia.

—Pues para ti sí soy puta. Mil pelas si quieres mojar, chavea —dijo Fina toda valiente.

El Jambo se desmoronó internamente, pero mantuvo el tipo.

—No pago por lo que es gratis —y le clavó la mirada.

—¿Ah, sí? ¿Y tú, qué eres, el Tarzán de los polvos? ¿El señor folla gratis?

—El señor folla muy poco —reconoció el Jambo en un arranque de graciosa sinceridad.

—No me extraña, si para follar tienes que pegarte con los novios, así hijo no se va a ninguna parte.

—Eso ha sido pura casualidad. Las condiciones ya estaban dadas —y se puso a hablar como en las reuniones políticas—. No tenía ninguna estrategia, te lo juro. Es que el José me cae mal. ¡Es un chulo!

—No es ningún chulo —le explicó ella—. El José es el único amigo que tengo. Somos del mismo pueblo. Y ya habíamos estado alguna vez juntos. Así que te has pasado, ¡bacalao!

—Es igual...

Y reconocida su derrota, el Jambo, con una reprimida calentura mental y física, se levantó y atusándose el pelo salió para su habitación.

—Otra que te meto, Aniceto —masculló al salir.

Luego se empiltró y dada la hora quiso coger el sueño. Pero entre las emociones y el calor no había manera. Por el ventanuco no entraba ni una brizna de aire. Se levantó y abrió la puerta para que hubiera corriente, pero ni por esas. Daba vueltas y más vueltas en la cama. En el Común no se oía una mosca. Seguro que ella ya se había dormido y seguro que lo hacía desnuda. Un maquiavélico plan le asaltó. Se levantaría, y sigilosamente llegaría a su cama y se la comería besos. Lo mismo cedía.

No se explicó cómo se levantó y dando el par de pasos que separaban las habitaciones y casi a oscuras se plantó en la abierta puerta de la cuatro. Se veía poco, pero lo suficiente para ver que la habitación estaba vacía. ¡Qué gilipollas era! ¡Se había pirado!

El corazón le latía a todo meter. Chorros de sudor le surcaban las mejillas. Desde luego, el Común era un horno en verano. Antes de volver a empiltrarse pasó por el servicio. Allí estaba ella, desnuda, sentada sobre una toalla, recién duchada y fumando...

Al sentirle, ella se volvió y dijo:

—¡Qué!, ¿no hay manera, eh?

El Jambo tuvo dudas sobre lo que quería decir exactamente.

—Pasé por tu habitación.

—Ya me lo imagino. ¿Y qué?, ¿traes las mil pelas?

—¡Déjame en paz! Y... ¡hazme un hueco!

Ella le miró entre divertida y asombrada.

—Primero a la ducha.

En su vida había ido tan dispuesto a una ducha. Cuando estaba a medias entró ella, se le abrazó y le beso. ¡Santa María de Kazan! Estaba enorme. Ella le hizo de todo. Luego se fueron a la cama de la dos y le dejó hartarse. Cuando el Jambo, sudoroso de nuevo, pero relajadito como un bebé, comenzaba a quedarse dormido, ella le susurro al oído:

—Pero que conste que me debes mil pesetas...

[1]A.T.S. o practicante.

[2]Miento. Ahora que recuerdo, el Pequeño había pintado un hermoso letrero en la pared de la chabola que decía: "Avenida de Bakunin". Sorprendentemente, a nadie le importó un pimiento.

[3]Subcontratistas.