S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

- 4 -

El Jambo pierde los nervios.

Al día siguiente ocurrieron muchas cosas, aunque la mañana empezó sin pena ni gloria. Almorzó mal y fumó demasiado, pero por aburrimiento. Estaba de la hormigonera hasta las narices. Sólo el recuerdo de la noche anterior le levantaba el ánimo, si bien le quedaba el resquemor de que ella no hubiera querido darle sus señas, ni otra razón. Que ya se verían por ahí, le había dicho. Pues no sé cómo...

A mediodía unos gritos le llamaron la atención. Eran los peones especialistas que corrían detrás de un currante que llevaba un mono de otra empresa. Consiguieron alcanzarle y rodeándole le increpaban. El Jambo le reconoció. Era uno de los ferrallas de la obra del Agus. Seguramente se había colado para dejar boletines en los vestuarios y al salir, alguno de los peones especialistas le había guipado.

Dejó la hormigonera a su libre albedrío y como una flecha corrió hacia el grupo. Justo al llegar a su altura, gritó:

—¡Eh, vosotros! ¡Dejadle en paz!

—¡De eso nada! —dijeron los peones—. Este va al cuartelillo.

—¡Qué cuartelillo, ni qué niño muerto! —se defendió el ferralla, a la par que de un tirón se soltaba de la presa de uno de los peones.

El Jambo, calibró bien la situación. Probablemente este sería su fin en Tycsa. Pero no iba a consentir que aquellos traidores trincaran al compañero. Así que, a lo hecho, pecho:

—¡Vosotros, gilipuertas! Ya os estáis largando de aquí si no queréis que lluevan las hostias. ¡Fachas de mierda!

—Tranquilo —le dijo el ferralla—. Ya se van...

Pero no se fueron.

Los peones especialistas se la tenían jurada al Jambo desde el anterior incidente. Y esta era su oportunidad y la del enano del casco blanco, quien advertido por los gritos, él y gran parte de la obra, corría hacía el grupo.

El revuelo se fue haciendo mayor con la llegada del Tazas y el parte que le dieron sus acólitos:

—Esto pasa de castaño oscuro. Ahora mismo aviso a la policía —y lo decía todo ufano, como si nombrar a la madera, que tiempos atrás era frase mágica, fuera a amilanar al Jambo y a su compañero.

—¿A la policía? —graznó el Jambo—. ¡Tú no vas a avisar a nadie, mongólico! ¿Pero tú con quién te crees que te estas jugando los cuartos?

Y volviéndose al ferralla le dijo:

—Tú, compañero, vete, que yo me hago cargo. ¡Y a ver quién se atreve a tocarte!

Y atrincando un astil que por allí había se lo puso armas al hombro para reforzar lo dicho.

—Gracias compañeros —dijo el ferralla que era hombre cabal y también templado, mientras emprendía discreta retirada.

El Tazas se desató. ¡Era lo último que soportaba de aquel chulo!

—¡Estas en la puta calle! —le gritó histérico.

Alertado el Jefe de Obra, se acercó al tumulto. Viéndolo el Jambo de reojo, gritó mientras se deshacía del astil:

—¡Venga, todo el mundo al tajo! ¡Que aquí no ha pasado nada!

—¡Ya lo veremos! —contestó el Tazas.

—Vuelvan a sus puestos de trabajo —dijo el aparejador cuando estuvo a su altura. Y dirigiéndose al Tazas le leyó la cartilla:

—¡Si no sabe mantener el orden en la obra me lo dice!

Los curritos regresaron a sus labores. El Jambo se volvió a la hormigonera, muy excitado, pero contento. Quizá le despidieran, pero había obrado bien.

En cuanto al Tazas, le contó al Jefe de Obra, ya en la oficina, el incidente de pe a pa, añadiendo bilis de su cosecha, y haciendo hincapié en el detalle del mango del pico. Exigió el despido del Jambo.

El aparejador, pese a su talante liberal, sopesó varias posibilidades. Un despido por cuestiones sindicales, siempre era un asunto delicado e impopular. No era esta, sin embargo, una obra conflictiva, y habiendo superado el Jambo el límite de lo que una empresa como Tycsa podía tolerar en aquellos tiempos, decidió, que sí, que lo despidieran:

—A final de mes le hacéis el finiquito —les dijo a los administrativos—. Y de paso también al otro.

Se refería al Tostao, quién por cierto no había aparecido en el incidente, porque ese día había faltado al curro.

Al Tazas le encantó la decisión de su jefe. Ahora sí que podría imponer orden. Se iba a librar de los dos peones más conflictivos y que más disgustos le daban. Esto si que era un triunfo. Y se deshizo en alabanzas a su jefe.

Éste le miró despectivo. De buena gana hubiera despedido también al Tazas, pero eso era imposible. Era encargado, tenía amistades, llevaba la tira de años y la indemnización sería de aúpa, y además no podía justificarlo. Se trataba de un leal e hijo de puta perro de presa.

Uno de los administrativos, que había ido al vestuario a retirar los boletines, intervino:

—¿Don Roberto, que qué hago con esto? —y señaló el tocho de panfletos.

El aparejador cogió uno y lo leyó por encima. Le gustaba estar informado, y le gustaba informar a sus jefes y amigos de cómo estaba la cosa política a pie de obra. Eso le reafirmaba entre sus colegas, donde pasaba por simpatizante de alguno de los grupos socialistas de Madrid. También le gustaba sacar propaganda ilegal y presumir de tener contactos.

Se guardó el ejemplar y retirándose a su despacho ordenó:

—Quémalos en un bidón.

Pero cuando cerró la puerta. El Tazas los cogió:

—Tú déjame a mí —le dijo al plumífero.

—Muy bien —dijo éste encogiéndose de hombros.

El Tazas lo tenía pensado. En la hora de la comida se acercaría a la comisaría para poner una denuncia en toda regla contra el Jambo. Se iba a enterar ese hijo de su madre de quién era él.

Cuando al atardecer llegó el Jambo al Común se encontró el servicio desmontado. Lavabos, duchas y váteres. Y sin agua, claro. Aquello era el fin. Bueno, no le importó. No había podido defender el lugar como hubiera querido, pero no por falta de ganas, sino de contrincante. Nadie había dado la cara. Recogió sus bártulos y en un par de viajes lo llevó todo a la chabola del Pequeño, quién no estaba. Se tumbó en la cama y se quedó dormido a cuenta de lo que al cuerpo debía.

A las diez, un zeta de la policía se acercó al Común y aparcó en la calle Villacarrillo hasta que, sin mucho entusiasmo, la pareja de sociales salió del coche y preguntó en ca Paco, ya que nadie les abrió en el Común. Al ver que la vecindad se inquietaba y sabiendo de antemano que el Pozo era el Pozo, que Llanos era quién era, y que las gentes les miraban con hostilidad, decidieron retirarse prestamente, anotando en el parte de servicio: "Paradero desconocido", y archivaron la denuncia.

Pero el Morriña lo había presenciado todo, precisamente porque iba a visitar al Jambo, y no conociendo tampoco su paradero, alertó a Perico que vivía en el Comunín, quién cogió el seita, y se fue a la chabola junto con el Morriña, y despertaron al Jambo:

—¡Tío, que la social ha ido a buscarte! ¿Ha pasado algo?

Y el Jambo les contó el jari.

—Eso es que la empresa te ha denunciado —dijo Perico.

—¡Hijos de puta! ¡Ya estoy en la calle!

—No puedes volver por allí.

Eso le fastidiaba mucho al Jambo:

—A mi no me pueden hacer nada —dijo con rabia.

—¡Joder que no! —le contradijo Perico—. ¡Asociación ilegal y propaganda ilegal! Están pidiendo seis años por cada.

—Sí —confirmó el Morriña—. Lo mejor es que no aparezcas. Además, se dónde están cogiendo peones.

—¡Coño! —se rió forzado el Jambo—. Tú pareces el Servicio de Colocación.

—No. Es que me lo dijo el Boty, que ya está trabajando. Es en las Rozas, una urbanización que están haciendo. Están yendo muchos de Vallecas y se podría hacer algo allí.

La expectativa era interesante. Pero el Jambo no estaba dispuesto a renunciar a su sueldo y a no verles las caras a los albañiles de Tycsa, por mucho que los maderos pudieran fostiarle si le cogían.

—No sé, no sé lo qué haré.

En eso llegó el Pequeño acompañado de un tal Alberto. Se saludaron y les presentó a su compañero, que era un paisano suyo estudiante y también de la guerra. Venían de ver la peli esa de "La Prima Angélica" y pese a que no les había gustado, venían alterados porque una turba de fachas había interrumpido la proyección, como siempre, a garrotazos.

—¿Entonces, ya te quedas, no? —le preguntó el Pequeño al Jambo.

—Sí, hasta que encuentre algo.

—Quédate lo que quieras.

Se fueron los cinco en el seiscientos del Perico a cenar a ca Manolo, y pagó este en monedas de cinco duros que se ganaba ejerciendo de jeringa en el dispensario del Pozo, pese a que no tenía terminada la carrera de practicante, y porque un médico amigo y paisano le estimaba y le tenía bien enseñado el oficio[1].

Alberto era un tipo dicharachero, con el gracejo de los estudiantes diplomados en tascas y sendas de elefantes, que no en álgebras ni cálculos. Era bajo y fornido, de manos fuertes y rostro desafortunado donde campaba una dentadura irregular aunque completa. Unas guedejas rubias coronaban la testuz toledana que sobre unos anchos hombros componían una estampa, que ni era atractiva, ni inteligente, ni tampoco repelente. En fin, Alberto sólo destacaba por su cháchara vana, pero entretenida.

Su amigo, el Pequeño, era, eso, muy pequeño, pero en absoluto desagraciado. Vestía unos intencionados aires agitanados, raza a la que admiraba, especialmente a sus hembras, y chanaba de flamenco y de muchas otras cosas de los romaní, que, por cierto, al Jambo, payo donde los hubiera, le traían al fresco, si no le repelían.

Luego se volvieron a la chabola y estuvieron charlando hasta las tantas sentados en la presunta cama del Jambo, comiendo cacahuetes y tirando las cáscaras al suelo, unas, y sobre la raída manta que cubría el catre, otras. Pero a nadie le importaba.

Cuando por fin se acostaron, el Jambo sacudió la manta, puso el despertador, salió a la calle y meó contra el poste de la luz. Se tumbó y antes de dormir tomó una decisión sin sopesar debidamente los peligros que entrañaba: volvería al curro.

A la mañana siguiente cogió el autobús que iba del final de San Diego al Puente. El trayecto era ahora distinto, pero igual en lo que al personal atañía, una mayoría de albañiles, algunos metalúrgicos, y pocas mujeres y mucho menos jóvenes, sobre las que posar la vista.

En Cuatro Caminos desayunó lo acostumbrado, La taza de café con leche tamaño desayuno y las ricas e inigualables porras madrileñas hasta un número de seis. Y de postre, también lo de siempre, una de Castellana. Era este momento, el único quizá, en que el cuerpo se reconciliaba con el alma. A la tortura del terrible madrugón en una chabola sin cocina, que obligaba a posponer el reconfortante desayuno hasta el final de trayecto matinal, había que añadir los al menos dos cigarros que caían antes de aquél, y que coincidían con las esperas. Y con él, los centenares de curritos que en sordina, aspirando con ansiedad de sus pitillos, trataban de aquietar su alma, regalando al cuerpo con algo, un poco de dulce nicotina, acto previo del regalo final, la de chinchón, la de castellana, la de Sol y sombra, la de cazalla. Y así, aquellas almas salvajemente maltratadas por el despertador, en el calor del café, la nicotina y los anises habidos y por haber de las alcoholeras españolas, se calentaban lo suficiente para arrancar la amanecida franquista, y hacer funcionar aquel país que en extraño trance esperaba la muerte del titular desde hacía tanto tiempo que había llegado a pensar que era una momia.

Por tanto, todas las células del cuerpo del Jambo agradecieron la profunda calada que le dio al celtas largos y que inevitablemente ponía en marcha el mecanismo de pago, los 15 duros que en todo bar normal facturaba tal consumición. Y luego al trote al curro mientras el cuerpo caminaba, quizá como un robot, pues estaba todo él chupando del cigarrillo, mientras el humo repasaba las interiores carnes anteriormente acariciadas por la copa de anís, en una sólida comunión de iniciación diaria, premio cotidiano que evitaba salir huyendo. Una especie, salvando las distancias, de salta-parapetos laboral.

En la obra nadie le hizo ojos ni gestos extraños. Estuvo a la expectativa hasta que sonó la campana. Cuando el Tazas lo vio tranquilamente currando en la hormigonera, toda la confianza que el encargado tenia en la policía se le vino abajo. ¡Tenía que haber ido al cuartelillo! ¡A la Guardia Civil! Esos sí que no dejan escapar uno. Y tenía razón. Es igual, se dijo, esperaría otra oportunidad. Aquel bárbaro seguro que le daba una cada día.

A medida que la mañana avanzaba, el Jambo se fue tranquilizando. Después de comer y antes de que tocara la campana, el Tostao se le acercó y un aparte le preguntó por lo del ferralla.

Cuando se lo hubo contado, el Tostao pareció preocupado:

—Nos van a echar —masculló con sequedad.

—¿Y a ti, por qué?

—Me lo ha largado el delineante. El Tazas se lo exigió al Jefe de Obra.

—Bueno, ¿pero a ti, por qué? —insistió el Jambo.

—¡Joder!, porque vamos todos en el mismo saco —parecía enfadado con el Jambo.

—Bueno, pues nos veremos en el paro...

Así fue, a finales de mes, el día de cobro, el administrativo que le entregó la cuenta, le puso el la mesa el finiquito para firmar. El Jambo miró largamente, al plumífero y al maldito papel. Recordó aquella frase famosa que los curritos rojos repetían siempre: "Al que firme un finiquito se le corta la mano".

—¿Vas a firmar? —le preguntó el administrativo señalando a la cola de currantes que venían detrás.

El Jambo le taladró con la mirada. Su famosa mirada que mataba. ¿Merecía la pena encabronarse con aquel idiota? No. Él sabía muy bien a quién tenía que coger de la pechuga. Firmó y salió de allí. No eran las dos todavía. Tycsa pagaba a la hora de la comida. Al Tostao no lo vio por ninguna parte. Se fue para los vestuarios pero los encontró cerrados.

Vio al Tazas comiendo, sentado a la vera de la caseta de encargados.

Cuando llegó a su altura le espetó:

—¡Eh, tú! Ábreme el vestuario que me voy.

—¿Que te vas? —le contesto éste relamiéndose de gusto.

—Sí, me voy —y le pasó el finiquito por las narices.

—Ah, ya entiendo —respondió con cinismo. Y siguió—: Pero aquí los vestuarios no se abren hasta las seis.

—¿De qué hablas?

—¿No te han pagado el día de hoy?

—¿Y a mí qué me importa si me lo han pagado? ¡Ábreme los vestuarios de una vez, antes de que me cabree. ¡Enano!

La situación se puso tensa. El Tazas se estaba comiendo una jugosa pera limonera con la ayuda de una navaja albaceteña, de esas que llevan siete seguros. Buscó ayuda a su alrededor, pero la caseta de los encargados estaba en una esquina del solar. Estaban solos, él tenía la navaja y el Jambo su reconocida fama de bronquista. Pero él era un padre de familia, y el Jambo un don nadie. El Tazas se tragó el insulto, pero aún tensó un poco más la soga.

—No estoy autorizado a abrir los vestuarios. Pídele permiso al Jefe de Obra —y lo dijo suavecito.

Pero al Jambo ya se le había subido la sangre a la cabeza, y cuando esto sucedía, no había fuerza humana capaz de pararle. De un hábil puntapié mandó navaja y pera a tres metros (una ventaja de las botas con puntera metálica que daba Tycsa), luego, le cogió de las solapas del y lo levantó de la silla plegable. El Tazas se cagó vivo, pero todavía manoteó como una marioneta. El Jambo le dio un fuerte empellón en dirección a los vestuarios:

—¡Venga, hijo puta! O me abres o te parto la cabeza.

Nunca se pudo explicar el Tazas el porqué obedeció como un corderito, el porqué incluso, al pasar cerca de un grupo de currantes no pidió ayuda, ni siquiera por qué no salió corriendo en busca de su guardia de corps, los peones especialistas. El caso es que le abrió la puerta del vestuario. Entonces el Jambo tuvo un fallo imperdonable. Confiado en su bravura, entró en el sótano que oficiaba de vestuario sin imaginarse que en cuanto lo hiciera, el Tazas le iba a encerrar desde fuera. Como así fue. Se quedó perplejo un momento. Luego, se vistió rápidamente, metiendo en una bolsa de plástico el mono, las botas y algunas otras pertenencias.

Entonces oyó las voces de los peones especialistas que azuzados por el Tazas decían:

—¡Esta vez no te escapas! ¡Vamos a llamar a la Guardia Civil!

A la luz de las mortecinas bombillas que lo iluminaban, el Jambo calibró el escenario de su apresamiento. Se trataba de un sótano de unos 50 metros cuadrados y que en su pared a la calle estaba tabicado hasta dos tercios y el otro tercio con ladrillos uno sí y otro no para la ventilación. Las otras paredes lo cerraban al completo. En una esquina y apartado de las perchas había un montón de herramientas. Estupendo, una poderosa maza se encontraba entre ellas. Arrastró uno de los bancos que flanqueaban las perchas y poniéndolo cerca de la pared se subió en él y sin ninguna contemplación comenzó a derribar los contrapeados ladrillos del tercio superior. El estruendo era monumental, los cascotes caían en todas direcciones. Algunos le hirieron en la cabeza, pero no se dio cuenta, gritaba como un loco :

—¡Hijos de puta! ¡Os voy a matar!

Sus antagonistas y los meros curiosos se echaron para atrás, impresionados por la ferocidad de aquellos golpes.

Cuando hubo abierto un hueco suficiente. Arrojó la maza al otro lado sin preocuparse sobre quién pudiera caer. Luego trepó con uñas y dientes y con una facilidad pasmosa apareció por el hueco y saltó.

Cogió de nuevo la maza y con la mirada enloquecida se lanzó contra el Tazas, quién en su vida corrió tanto. La desbandada fue general. Al quedarse sólo, se sacudió el yeso y los trocitos de ladrillo que en la cabeza llevaba. En la puerta seguían puestas las llaves. Abrió como un señor, penetró de nuevo en los vestuarios, cogió la bolsa con la ropa de trabajo, salió de nuevo, volvió a cerrar, y poniéndose la maza al hombro se dirigió con una extraordinaria solemnidad a la puerta del recinto. Toda la obra le seguía a distancia excepto el Tazas que se había encerrado en la oficina y donde discutía a voces con el administrativo para que le dejara usar el teléfono y que en ese momento hablaba con su madre.

Llegado el Jambo a la salida, se volvió y dejo la maza en el suelo. Miró a sus compañeros y dijo:

—Decidle al Tazas que...

E hizo el gesto de pasar la cuchilla por el gaznate acompañada de un rugido de su garganta. Y se fue al metro.

Unos pasos atrás, el Tostao, también con el finiquito en el bolsillo, abría la boca para tragar el estupor que la bronca del Jambo le producía. ¡Qué increíble! Se dijo. Aquel tipo barriobajero era un peligro público para todo el mundo. En el fondo, achacaba parte de la culpa de su despido al radicalismo sin objetivos del vallecano. Se le olvidaba, quizá, que él militaba en una organización aún más radical. Pero uno siempre se reprocha su pasado radical, cuando le despiden por motivos sindicales.

En la oficina, el Encargado Jefe que había sido informado del escándalo por el delineante, que era de Comisiones, aunque lo llevaba en secreto, y que había culpado al Tazas de la perdida de nervios del Jambo, tomó la decisión de mandar un parte al Jefe de Personal de la empresa, donde puso a bajar de un burro al enano del casco blanco.

Era un decisión arriesgada, bien lo sabía, pero cuerpo y mente se lo pedían a gritos. La era de los capataces esclavistas ya había pasado. Además, la decisión estaba en consonancia con su nueva actitud política, no hacía una semana que había solicitado el ingreso, junto con dos compañeros de la empresa, en la UGT y por ende en la Agrupación Socialista Madrileña. Sabía también por la prensa y por sus contactos, que semanas atrás, en un barrio de París, se había celebrado un congreso donde los líderes del interior (los que llamaban los renovadores, por contra de los históricos del exilio) se habían hecho con el control del Partido. Estaba eufórico. Ya no se acordaba de quién había dado la orden de despedir al Jambo y al Tostao.

Cuando el Jefe de Personal lo leyó, no tuvo que consultar a nadie, hizo cuatro cachos con el parte y lo tiró a la papelera. Él sabía muy bien quién era el Tazas y por qué cobraba un sobre extra todos los meses. Pero el Tazas no volvió a ser el mismo. Los albañiles le perdieron el respeto, a él y a los peones especialistas. Se le agrió el carácter y fue de incidente en incidente, hasta que la empresa decidió trasladarlo a una obra en Móstoles, donde le pusieron de oficial de miras, sin mando sobre currantes. En cuanto a la obra de Hacienda, cuando llegó la huelga general de la construcción, paró al completo los dos días.

[1]El amigo Cipriano, un entrañable médico extremeño, casi al mismo estilo del que Paco Candel describiera en su veterano libro: "Donde la ciudad cambia de nombre".