¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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- 5 - ¡Piquetes en acción! |
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El Jambo se tomó un tiempo para ordenar un poco sus cosas y su vida. En la chabola estaba fetén. Lo único, lo de tener que salir a cagar al campo al oscurecer, Porque para mear tenían un cubo con una tapadera. El Pequeño, como estaba despedido y cobraba el paro, se lo había tomado también con calma y dando rienda suelta a sus instintos artísticos se dedicaba a pintar escenas esotéricas, bucólicas y guerrilleras en las paredes encaladas del interior de la chabola. No tenía mala mano para esto del arte pictórico, si bien, cuando alguien, normalmente mujer, le inquiría por su sorprendente estilo, él con toda la sorna manchega que le caracterizaba, respondía muy serio: —Titanlux, estilo Titanlux.
Pues en efecto, esos eran sus materiales y no
otros, que él consideraba de inferior calidad.
En alguna ocasión, Perico y el Jambo
cavilaron sobre la oportunidad de regalarle un lienzo y una caja
de pinturas al óleo. Pero tras ver los precios y también tras
comentárselo al pintor, desistieron. El estilo Titanlux daba al
artista una libertad económica sin igual. Con tres botes, rojo,
amarillo y azul, el Pequeño estaba abastecido para un año de
trabajo artístico.
Esto de la pintura tenía algunos
inconvenientes para el Jambo. Por ejemplo: si bien el Pequeño
ponía algunos papeles de periódico en el suelo por la cosa de
las gotas, lo que en el citado estilo no era ninguna broma, a
medida que el trabajo avanzaba, los claros sin proteger se
cuajaban poco a poco de una multicolor nevada a la que había
que prestar mucha atención para no pisar, lo que no siempre se
conseguía, ya que todos los que por la chabola entraban eran
igual de desastrados. Otro sí era que llegado a la zona de las
perchas, donde colgaban las prendas de abrigo, ahora fuera de
uso, el Pequeño, según su costumbre, escurría el pincel por
el expeditivo método de sacudirlo a un lado, con la coartada,
suponemos, de que el suelo estaba protegido por papeles. No así
la cazadora del Jambo. Su único y más preciado bien. Cuando el
Jambo vio la manga de su querida prenda de cuero alemana llena
de pintas de todos los colores tuvo un ataque de histeria
interior. Tan fue así que Perico y el Morriña se percataron
del hecho, y el gallego, bueno entre los buenos, corrió a casa
de una vecina y le pidió aguarrás y limpió la manga dejándola
perfecta, si bien, el olor le duró meses a la veterana prenda.
Y a todo esto, el Pequeño, indiferente a estos lances mundanos
seguía pintando y seguía escurriendo el pincel por el mismo método.
Hubo que poner todas las prendas a buen recaudo. Y al Jambo, según
la monumental obra avanzaba le entraba una congoja seca, en la
duda de si el afamado artista continuaría en sus afanes con su
reciente adquirida habitación. Al fin y al cabo el pagaba la
mitad del alquiler y tenía derecho a escoger su propia decoración,
¿no os parece?
A los pocos días se presentó en la chabola
el Morriña con Pepe y el Boty. Ambos trabajaban ya en una obra
de las Rozas y contaron muy animados que se habían juntado mas
de diez compañeros de Comisiones del barrio y que preparaban
una muy gorda. Tan bien se lo pintaron al Jambo que les prometió
presentarse en las oficinas para la semana siguiente a la Huelga
General de la Construcción, que la Delegada de la Comisión
Obrera de la Construcción de Madrid ya había anunciado para
los días cinco y seis de diciembre. Luego se fueron a una
terraza de Palomeras Altas, se tomaron unas cuantas cervezas. Y
en estas, el Boty se hizo un canuto y lo pasó con toda
libertad. El Morriña y el Jambo nunca habían fumado aunque
estaban al tanto de la invasión de costo que comenzaba a
sacudir todos los barrios de Vallecas y que como la de los bárbaros,
anunciaba el principio del fin de una era de hegemonía del
Partido Comunista entre los jóvenes de los barrios bajos. Pero
ellos no lo sabían.
Fumaron todos menos el Morriña. El Jambo
tuvo un poco de aprensión, pero al ver que el amigo Pepe le
daba sin reparos, siguió su ejemplo y pronto se encontró a sí
mismo, como todos los primerizos, buscando en su cuerpo los
efectos del costo. Cuando el Jambo comprobó que no le ocurría
nada extraordinario, ya estaban todos partiéndose de risa,
Morriña incluido, de las gracias que en la chipé vallecana
contaba Pascual, el electricista de la Cooperativa, que por allí
se dejó caer con motivo de una chapuza.
Y como no tenían nada especial que celebrar,
celebraron la noticia que la Pirenaica había dado noches atrás.
El gobierno francés había negado al español la extradición
de los etarras supuestamente responsables del atentando de
Carrero Blanco. ¡Que se jodieran! Y el Morriña, que tenía voz
de seminarista, se cantó una de vascos, que quién sabe dónde
había aprendido. Y luego pasaron a la del Frente del Ebro, la
de la 15 Brigada Internacional, y otras muchas, pues de hermosas
canciones, el rojerío estaba bien surtido.
Antes de irse, el Morriña les paso la cita
para la asamblea que Comisiones de la Construcción tenía
prevista de cara a la próxima huelga. La cita era en Parla para
el domingo por la tarde. El lugar exacto ya se les diría una
vez acudieran al primer encuentro. Pepe, el Boty, el Morriña y
el Jambo quedaron para ir los cuatro juntos. Aquel domingo amaneció luminoso. Y como siempre que el Jambo tenía una cita política, empezó renegando ya desde por la mañana, mientras con el Pequeño y el Perico enredaban por el Rastro mirando aquí y allá, porque Perico buscaba no sé qué libros para la "carrera" de jeringa. Después comieron en el chino de Tirso de Molina que era baratito y bueno, luego, se compraron unos farias y caminando sin prisas volvieron al barrio. En el Puente, el Jambo se despidió de sus troncos cuando vio a lo lejos a sus compañeros de Comisiones que le estaban esperando. |
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Pepe tenía cara de pocos amigos, que si podía
haber quedado con unas poncias[1],
y que qué mal rollo. Al Boty, la novia le había dado también
la vara, que vaya un día para hacer política. Pero el Morriña
conciliador donde los hubiera, les invitó a una de Castellana,
y luego cogieron el metro, y luego un maldito y eterno autobús,
que renqueando por la carretera de Toledo, les dejó finalmente
en la calle Real, no muy lejos de la Iglesia. Allí, el Morriña
contactó con un compañero para la siguiente cita, pero antes
tuvieron que esperar otra media hora, aburridos y dando el
cante, mientras los habitantes de aquélla inmensa
ciudad-dormitorio en ciernes, mitad bloques de ladrillo visto,
mitad casas viejas, daban una cabezadita antes de salir a pasear
al Sol vespertino, con la parienta, el crío mayor, la niña que
ya anda, y el bebé de cuatro meses en su cochecito Jané.
Tras una caminata de veinte minutos, llegaron
a unos inmensos bloques en construcción pegados a la carretera
de Pinto. Grupos de caras conocidas confluían hacia la cita
final, que era nada más y nada menos que una de las obras que
por allí había. Ya en su interior y acomodados como se podía
en una inmensa planta cuajada de pilares, más de un centenar de
compañeros del sindicato esperaban pacientes fumando cigarro
tras cigarro a que el amigo Agustín diera por comenzada la
asamblea. Javier les pidió que hablaron bajo, porque, si bien
la obra estaba desierta por festivo, no muy lejos, estaba la
caseta del guarda y sus perros.
Había muchas caras nuevas para el Jambo,
gentes de otras zonas, a las que nunca había visto, ni en el
Vertical de la calle Alcalá, ni en el despacho de Atocha. Pepe,
que era más veterano que el Jambo se sorprendió de ver por allí
a Abelardo, un líder del metal. Y el Jambo, ingenuo él, y sin
saberlo, se le ocurrió preguntarle que en qué obra trabajaba.
La respuesta de Abelardo fue fulminante:
—De la que me sale de las pelotas...
Tuvo Pepe que explicarle a su amigo quién
era este personaje, y quien era Tranquilino, el que llevaba la
cosa de las pelas de la Construcción y otros barandas que por
allí había.
El Agus dio comienzo a la reunión leyendo
unas anotaciones que llevaba. El Comité de Huelga, los piquetes
y sus zonas, las reivindicaciones, todo eso ya venía preparado
de antemano y no se discutió. Era la parte de la moral la que
mejor se le daba al tiarrón que era Agustín. Había que
arrancar muy fuerte, los piquetes tenían que ser muy audaces y
moverse de un lado para otro con velocidad. Lo primero, las
obras del centro, Goya, Azca, la Zona norte, Vallecas. Después
los extrarradios, pero aquí la cosa sería más fácil, pues
era como jugar en casa. La represión sin duda sería muy dura,
pero, compañeros, habrá que apechugar. Los piquetes listos a
las seis de la mañana cada uno en su zona. El enlace como
siempre, a través de los abogados.
Y en esas estaban cuando y de improviso
apareció el guarda en compañía de sus perros,
sorprendentemente mansos, y un matrimonio de recién casados que
venía a ver su piso. El tipo se lió a voces:
—¿Pero ustedes qué hacen aquí?, ¿quiénes
son?, ¿quién les ha dado permiso?
Eran éstas las tres preguntas más
importantes del franquismo. Y el guarda, sin saberlo, estaba
preguntando a los esforzados compañeros de Comisiones, por las
tres libertades por las que el sindicato llevaba decenios
luchando. La de Reunión, la de Expresión y la de Asociación.
Y aquellos luchadores, todos hombres
bragados, hechos y derechos, veteranos de lances mil veces más
arriesgados, no pudieron contestar. Se miraron unos a otros,
miraron al guarda, a sus perros, a la sorprendida pareja de recién
casados, y a una seña de Macario, comenzaron a desalojar. No le
cogieron de las solapas, como Pepe y el Jambo, y otros hubieran
deseado, para explicarle qué hacían allí, quiénes eran, y el
maldito permiso que ellos mismos se tomaban. No, simplemente,
esbozaron una despreciativa mirada, y sin prisas pero sin
pausas, dieron por terminada la asamblea.
Aquel guarda, o era un cenutrio o era un cabrón,
probablemente lo último, dado de dónde solía provenir este
personal. Pero espero que recuerde muchos años después, que él
solito disolvió, a lo más granado y combativo de la construcción
del año 74 con sólo tres preguntas.
La Huelga General fue un éxito que apenas
ocupó unas líneas en los periódicos, no así en Cambio 16 que
le dedicó un artículo. Más de cincuenta mil trabajadores de
la construcción de Madrid y pueblos de los alrededores,
decidieron parar para apoyar si ambages, las reivindicaciones de
Comisiones.
Y estas reivindicaciones, dejando aparte las
puramente sectoriales, coincidían grandemente con las que en su
fundación, postuló la Junta Democrática al respecto de la
Amnistía, la libertad sindical y de partidos, y el
reconocimiento de los derechos de huelga, manifestación y reunión.
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La presencia policial era escasa, pero según
la moto subía por la avenida del Mediterráneo, los zetas, las
lecheras y los canguros comenzaron a hacer acto de presencia.
Uno aquí, estratégicamente situado para dominar una obra
cercana, otro más allá en un cruce, y así. No es que Madrid
estuviera tomado, como cuando la oposición preparaba acciones
de masas, pero la discreta presencia policial, no pasaba
desapercibida para los viajeros de la vespa. Y lo que era peor,
en aquel Madrid, con aquel alcalde, y su no menos mala bestia de
Director General de Seguridad, dos jóvenes en una vespa a la
cinco de la mañana, eran siempre motivo de sospecha. El
propietario de la vespa se llamaba Carlos. Era un tipo
corriente, de anchas espaldas y redonda cabeza peluda. Paró a
la altura de los sindicatos y sin encomendarse a Dios ni al
diablo, sacó un espray, y se dio el gustazo de hacer una
pintada en la misma esquina de Lope de Vega con el paseo del
Prado. Al Jambo le pareció de maravilla, no obstante, un cierto
cosquilleo le recorrió la espalda. En la esquina con Cervantes,
les esperaba el resto del piquete y que si bien nadie comandaba
oficialmente, Torres, un ferralla de armas tomar, tomó la
iniciativa de empezar parando la obra que la banca Lopez-Quesada
realizaba para reformar el palacio de Vistahermosa. Pero antes
se tomaron unos cafés y unas copas para entrar en calor,
entonar el cuerpo y calentar el ánimo. El Jambo, se entoligó
además cinco porras.
A la entrada de la obra no había nadie, aún
era temprano, tampoco había grises. El guarda, que era un manco
de mirada ceñuda les miró con desconfianza. Un mastín movía
la cola a su vera, más con ganas de amigarse que de lo
contrario.
—Mira, compañero, nosotros venimos a
informar que estamos en huelga, así que déjanos pasar a los
vestuarios —le dijeron.
—Eso no puedo hacerlo —les respondió el
guarda sin inmutarse.
Entonces, el tal Carlos, volvió a la
pintura. "Huelga General de la Construcción. CC.OO."
escribió sobre la valla de la obra.
El guarda se amoscó:
—¡Eh, eso no se puede hacer!
—¿Por qué no? —le preguntaron.
—Porque no.
El mastín comenzó a ladrar. Era un bicho
que impresionaba, aunque estaba bastante flaco, como todos los
perros proletarios.
—Anda, tío bobo, vete darle de comer al
perro, que lo tienes en los huesos —le espetó el Jambo.
Y dándole un empujón, abrieron la puerta de
tablas y pasaron. El manco no se resistió aunque refunfuñaba
por lo bajo, el perro tampoco, pero le faltó muy poco.
Bajaron la rampa del garaje y entraron en los
vestuarios. No había llegado nadie todavía. Dejaron octavillas
con la convocatoria. El del spray volvió a dejar su huella. Un
compañero que era electricista, se acercó a la caseta donde
estaba el cuadro y quitó todos los fusibles.
—Por si acaso... —dijo.
Torres les dijo a dos que se quedaran por allí
para informar a los curritos según fueran llegando, y el resto
del piquete salió zumbando para Goya, donde había un par de
importantes obras. En la última de ellas no pudieron entrar. Un
Land Rover lleno grises se encontraba aparcado justo en la
entrada. Había dos mangurrinos con el barbiquejo en el bigote,
y las manos a la espalda, paseando acera arriba, acera abajo.
Los currantes comenzaban a llegar con
aparente normalidad.
—¿Y cómo entramos? —se preguntaban.
—Igual que ellos —dijo Torres—. ¿No
somos currantes nosotros también? Pues nada, al tajo.
Y sin mas dilación se fueron para la entrada
haciéndose pasar por obreretes de la obra, hubo un cachondo que
le dio los buenos días a un gris y hasta le preguntó si pasaba
algo.
Una vez dentro y sin ningún plan de escape,
esperaron un momento a que se llenaran los vestuarios mientras
repartían octavillas.
Sorprendentemente, un albañil de la propia
obra, dio dos palmas y advirtió de la situación: —¡Compañeros! Estamos en huelga. Que nadie vaya al tajo. Y comenzó a leer un panfleto de los que el piquete había repartido. |
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Cuando sonó la campana, nadie se había
puesto la ropa de trabajo. Un encargado salió a llamar a los
grises, contándoles que había unos agitadores y tal. Pero los
gundulares no se atrevieron a entrar y se limitaron a informar
por la radio.
Los compañeros de la obra les dijeron a los
del piquete que salieran por la calle de atrás. Lo que hicieron
sin dificultades
Otra vez a todo meter. Esta vez para Azca. De
los dos compañeros destacados en Neptuno, no se volvió a saber
nada. Más tarde se supo que los habían detenido. Sin embargo,
la obra del palacio de Vistahermosa paró completamente.
En Azca había que parar las torres. Aquí
estaba la cosa difícil. Las empresas que construían se las sabían
todas. Un vallado metálico con puerta de cerradura impedía el
paso. Además la zona estaba tomada. Vieron moverse una grúa.
¡Joder! Había que pararla. Optaron por montar una gorda. Dos
se fueron a la entrada pegando voces para que los compañeros
dejaran mano y el resto comenzaron a tirarle cantazos a la grúa
mientras coreaban: "¡Huelga General!"
Algunos currantes salieron a los voladizos.
Resulta que los de dentro ya estaban en
huelga, sólo que un estúpido gruista, también en huelga, se
le había ocurrido mover la pluma por pura diversión.
Entonces llegaron corriendo media docena de
grises con las porras en la mano. El piquete se desbandó no sin
que antes, Torres les avisara para quedar en Cuatro Caminos.
De la gigantesca torre de hormigón
comenzaron a caer ladrillos. Los guardias salieron en estampida.
¡Coño, con los de la torre!
El Jambo y Carlos fueron pintando todas las
vallas que encontraron desde la Plaza de Lima hasta la Plaza de
Castilla, incluso dando la bronca a obras menores donde se
trabajaba. El procedimiento era sencillo. Si dejaban mano, les
daban la octavilla y se marchaban, si no les hacían caso les
arrojaban un par de ladrillazos y desparramaban un tocho de
panfletos por dentro de la obra, sin aún así no se decidían,
les hacían una pintada especial: "ESQUIROLES"
Bajaron luego por Bravo Murillo hasta la
glorieta de Cuatro Caminos. En la esquina con Reina Victoria se
encontraron con parte del piquete que venía muy acalorado. Las
obras de Jotsa y Tycsa estaban paradas, pero al pasar por la
Dirección General de la Guardia Civil, un estúpido centinela
había pegado un tiro al aire. Del resto de los compañeros no
sabían nada. En esas estaban cuando un zeta aparcó enfrente.
Dos sociales salieron del coche sin prisas. Había muchos transeúntes
camino de sus trabajos y ellos eran una docena.
Pero los sociales cruzaban la calle con
determinación. Un tercero informaba por la radio. EL Jambo
arrojó al aire todos los panfletos que llevaba mientras
gritaba: ¡Viva la huelga de la Construcción! Y salieron
corriendo por Joaquín García Morato. En Ríos Rosas cogieron
el Metro. Cambiaron en Sol, y luego se bajaron en General Mola,
para dirigirse al barrio de Moratalaz. En el barrio de la
Estrella se encontraron con el piquete de Vallecas. Pepe y el
Boty venían en él. Que estaba todo parado. Que la huelga era
un éxito. Torres se fue para el despacho de Atocha y el resto
se metió en un bar a almorzar. Eran las diez. Los dos piquetes,
convertido en uno solo salieron para Chamartín, pero Pepe, el
Boty y el Jambo, cogieron el seiscientos del primero, y se lo
hicieron de volanderos por todo el centro. Cuando veían una
obra trabajando, por pequeña que fuera, les daban la bronca
hasta que paraban.
La policía había dado por perdida la
batalla. En el fondo les importaban un carajo aquélla huelga que
los había levantado tan temprano. Muchos de los guardias tenían
padres y hermanos en el ramo. Sólo los más duros, los
sociales, seguían patrullando en sus coches, con la esperanza
de hacer algunas detenciones. Pero fueron escasas.
A las once, el objetivo estaba cumplido. El
centro estaba parado. Algunos intentos de reanudar el trabajo
por parte de esquiroles protegidos por los grises, fueron
abortados por los mismos huelguistas, sin que hiciera falta la
intervención de piquetes. Como en la obra de Jotsa de la estación
de Chamartín, el año anterior, la espontaneidad y el cabreo de
los trabajadores daban también sus frutos. Que, aunados a la
inmensa labor de agitación y propaganda, y como no, de
concienciación, que las Comisiones de la Construcción habían
realizado durante todo el año 74, con asambleas, reparto del
clandestino boletín "Construcción", demandas masivas
en Magistratura canalizadas a través del despacho de Atocha, y
por supuesto, la atemperada asesoría que estos esforzados
abogados laboralistas ejercían sobre la vanguardia obrera,
dieron unos frutos, sin duda inusuales, y que no se producían
tan masivamente desde el éxito de la huelga de septiembre del
71, donde mataron a Patiño[2]. El mes de diciembre se iniciaba muy bronco, las pocas librerías progresistas que había en el país, sufrían un día sí y otro también la visita de los incendiarios Guerrilleros de Cristo Rey. Los excombatientes del bando vencedor se asociaban (como si no lo hubieran estado antes) en una Confederación Nacional de Excombatientes, pero no era verdad, sólo eran Girón y los suyos[3]. Viejos de siniestro pasado y presente cabreado. Y Arias y sus Cortes elegidas a dedo, aprobaban el Estatuto de Asociaciones Políticas. ¡Valiente payasada!
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[1]Estudiantes. [2]La Guardia Civil lo asesinó en el Polígono de Zarzaquemada cuando Pedro repartía boletines de Comisiones. Así de crudo. Pues nadie me negará que abatir a tiros a una persona que simplemente reparte letra impresa, es un crimen.
[3]Obsérvese
lo de Confederación Nacional. A los jerarcas falangistas,
siempre les sedujo cierta imitación de los poderosos
sindicatos anarquistas de antes de la guerra, en este caso
la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
[4]Se
produjo una de las huelgas más emblemáticas de la época.
La de los trabajadores de Potasas. |