S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

- 5 -

¡Piquetes en acción!

El Jambo se tomó un tiempo para ordenar un poco sus cosas y su vida. En la chabola estaba fetén. Lo único, lo de tener que salir a cagar al campo al oscurecer, Porque para mear tenían un cubo con una tapadera.

El Pequeño, como estaba despedido y cobraba el paro, se lo había tomado también con calma y dando rienda suelta a sus instintos artísticos se dedicaba a pintar escenas esotéricas, bucólicas y guerrilleras en las paredes encaladas del interior de la chabola. No tenía mala mano para esto del arte pictórico, si bien, cuando alguien, normalmente mujer, le inquiría por su sorprendente estilo, él con toda la sorna manchega que le caracterizaba, respondía muy serio:

—Titanlux, estilo Titanlux.

Pues en efecto, esos eran sus materiales y no otros, que él consideraba de inferior calidad.

En alguna ocasión, Perico y el Jambo cavilaron sobre la oportunidad de regalarle un lienzo y una caja de pinturas al óleo. Pero tras ver los precios y también tras comentárselo al pintor, desistieron. El estilo Titanlux daba al artista una libertad económica sin igual. Con tres botes, rojo, amarillo y azul, el Pequeño estaba abastecido para un año de trabajo artístico.

Esto de la pintura tenía algunos inconvenientes para el Jambo. Por ejemplo: si bien el Pequeño ponía algunos papeles de periódico en el suelo por la cosa de las gotas, lo que en el citado estilo no era ninguna broma, a medida que el trabajo avanzaba, los claros sin proteger se cuajaban poco a poco de una multicolor nevada a la que había que prestar mucha atención para no pisar, lo que no siempre se conseguía, ya que todos los que por la chabola entraban eran igual de desastrados. Otro sí era que llegado a la zona de las perchas, donde colgaban las prendas de abrigo, ahora fuera de uso, el Pequeño, según su costumbre, escurría el pincel por el expeditivo método de sacudirlo a un lado, con la coartada, suponemos, de que el suelo estaba protegido por papeles. No así la cazadora del Jambo. Su único y más preciado bien. Cuando el Jambo vio la manga de su querida prenda de cuero alemana llena de pintas de todos los colores tuvo un ataque de histeria interior. Tan fue así que Perico y el Morriña se percataron del hecho, y el gallego, bueno entre los buenos, corrió a casa de una vecina y le pidió aguarrás y limpió la manga dejándola perfecta, si bien, el olor le duró meses a la veterana prenda. Y a todo esto, el Pequeño, indiferente a estos lances mundanos seguía pintando y seguía escurriendo el pincel por el mismo método. Hubo que poner todas las prendas a buen recaudo. Y al Jambo, según la monumental obra avanzaba le entraba una congoja seca, en la duda de si el afamado artista continuaría en sus afanes con su reciente adquirida habitación. Al fin y al cabo el pagaba la mitad del alquiler y tenía derecho a escoger su propia decoración, ¿no os parece?

A los pocos días se presentó en la chabola el Morriña con Pepe y el Boty. Ambos trabajaban ya en una obra de las Rozas y contaron muy animados que se habían juntado mas de diez compañeros de Comisiones del barrio y que preparaban una muy gorda. Tan bien se lo pintaron al Jambo que les prometió presentarse en las oficinas para la semana siguiente a la Huelga General de la Construcción, que la Delegada de la Comisión Obrera de la Construcción de Madrid ya había anunciado para los días cinco y seis de diciembre. Luego se fueron a una terraza de Palomeras Altas, se tomaron unas cuantas cervezas. Y en estas, el Boty se hizo un canuto y lo pasó con toda libertad. El Morriña y el Jambo nunca habían fumado aunque estaban al tanto de la invasión de costo que comenzaba a sacudir todos los barrios de Vallecas y que como la de los bárbaros, anunciaba el principio del fin de una era de hegemonía del Partido Comunista entre los jóvenes de los barrios bajos. Pero ellos no lo sabían.

Fumaron todos menos el Morriña. El Jambo tuvo un poco de aprensión, pero al ver que el amigo Pepe le daba sin reparos, siguió su ejemplo y pronto se encontró a sí mismo, como todos los primerizos, buscando en su cuerpo los efectos del costo. Cuando el Jambo comprobó que no le ocurría nada extraordinario, ya estaban todos partiéndose de risa, Morriña incluido, de las gracias que en la chipé vallecana contaba Pascual, el electricista de la Cooperativa, que por allí se dejó caer con motivo de una chapuza.

Y como no tenían nada especial que celebrar, celebraron la noticia que la Pirenaica había dado noches atrás. El gobierno francés había negado al español la extradición de los etarras supuestamente responsables del atentando de Carrero Blanco. ¡Que se jodieran! Y el Morriña, que tenía voz de seminarista, se cantó una de vascos, que quién sabe dónde había aprendido. Y luego pasaron a la del Frente del Ebro, la de la 15 Brigada Internacional, y otras muchas, pues de hermosas canciones, el rojerío estaba bien surtido.

Antes de irse, el Morriña les paso la cita para la asamblea que Comisiones de la Construcción tenía prevista de cara a la próxima huelga. La cita era en Parla para el domingo por la tarde. El lugar exacto ya se les diría una vez acudieran al primer encuentro. Pepe, el Boty, el Morriña y el Jambo quedaron para ir los cuatro juntos.

Aquel domingo amaneció luminoso. Y como siempre que el Jambo tenía una cita política, empezó renegando ya desde por la mañana, mientras con el Pequeño y el Perico enredaban por el Rastro mirando aquí y allá, porque Perico buscaba no sé qué libros para la "carrera" de jeringa. Después comieron en el chino de Tirso de Molina que era baratito y bueno, luego, se compraron unos farias y caminando sin prisas volvieron al barrio. En el Puente, el Jambo se despidió de sus troncos cuando vio a lo lejos a sus compañeros de Comisiones que le estaban esperando.

Pepe tenía cara de pocos amigos, que si podía haber quedado con unas poncias[1], y que qué mal rollo. Al Boty, la novia le había dado también la vara, que vaya un día para hacer política. Pero el Morriña conciliador donde los hubiera, les invitó a una de Castellana, y luego cogieron el metro, y luego un maldito y eterno autobús, que renqueando por la carretera de Toledo, les dejó finalmente en la calle Real, no muy lejos de la Iglesia. Allí, el Morriña contactó con un compañero para la siguiente cita, pero antes tuvieron que esperar otra media hora, aburridos y dando el cante, mientras los habitantes de aquélla inmensa ciudad-dormitorio en ciernes, mitad bloques de ladrillo visto, mitad casas viejas, daban una cabezadita antes de salir a pasear al Sol vespertino, con la parienta, el crío mayor, la niña que ya anda, y el bebé de cuatro meses en su cochecito Jané.

Tras una caminata de veinte minutos, llegaron a unos inmensos bloques en construcción pegados a la carretera de Pinto. Grupos de caras conocidas confluían hacia la cita final, que era nada más y nada menos que una de las obras que por allí había. Ya en su interior y acomodados como se podía en una inmensa planta cuajada de pilares, más de un centenar de compañeros del sindicato esperaban pacientes fumando cigarro tras cigarro a que el amigo Agustín diera por comenzada la asamblea. Javier les pidió que hablaron bajo, porque, si bien la obra estaba desierta por festivo, no muy lejos, estaba la caseta del guarda y sus perros.

Había muchas caras nuevas para el Jambo, gentes de otras zonas, a las que nunca había visto, ni en el Vertical de la calle Alcalá, ni en el despacho de Atocha. Pepe, que era más veterano que el Jambo se sorprendió de ver por allí a Abelardo, un líder del metal. Y el Jambo, ingenuo él, y sin saberlo, se le ocurrió preguntarle que en qué obra trabajaba. La respuesta de Abelardo fue fulminante:

—De la que me sale de las pelotas...

Tuvo Pepe que explicarle a su amigo quién era este personaje, y quien era Tranquilino, el que llevaba la cosa de las pelas de la Construcción y otros barandas que por allí había.

El Agus dio comienzo a la reunión leyendo unas anotaciones que llevaba. El Comité de Huelga, los piquetes y sus zonas, las reivindicaciones, todo eso ya venía preparado de antemano y no se discutió. Era la parte de la moral la que mejor se le daba al tiarrón que era Agustín. Había que arrancar muy fuerte, los piquetes tenían que ser muy audaces y moverse de un lado para otro con velocidad. Lo primero, las obras del centro, Goya, Azca, la Zona norte, Vallecas. Después los extrarradios, pero aquí la cosa sería más fácil, pues era como jugar en casa. La represión sin duda sería muy dura, pero, compañeros, habrá que apechugar. Los piquetes listos a las seis de la mañana cada uno en su zona. El enlace como siempre, a través de los abogados.

Y en esas estaban cuando y de improviso apareció el guarda en compañía de sus perros, sorprendentemente mansos, y un matrimonio de recién casados que venía a ver su piso. El tipo se lió a voces:

—¿Pero ustedes qué hacen aquí?, ¿quiénes son?, ¿quién les ha dado permiso?

Eran éstas las tres preguntas más importantes del franquismo. Y el guarda, sin saberlo, estaba preguntando a los esforzados compañeros de Comisiones, por las tres libertades por las que el sindicato llevaba decenios luchando. La de Reunión, la de Expresión y la de Asociación.

Y aquellos luchadores, todos hombres bragados, hechos y derechos, veteranos de lances mil veces más arriesgados, no pudieron contestar. Se miraron unos a otros, miraron al guarda, a sus perros, a la sorprendida pareja de recién casados, y a una seña de Macario, comenzaron a desalojar. No le cogieron de las solapas, como Pepe y el Jambo, y otros hubieran deseado, para explicarle qué hacían allí, quiénes eran, y el maldito permiso que ellos mismos se tomaban. No, simplemente, esbozaron una despreciativa mirada, y sin prisas pero sin pausas, dieron por terminada la asamblea.

Aquel guarda, o era un cenutrio o era un cabrón, probablemente lo último, dado de dónde solía provenir este personal. Pero espero que recuerde muchos años después, que él solito disolvió, a lo más granado y combativo de la construcción del año 74 con sólo tres preguntas.

La Huelga General fue un éxito que apenas ocupó unas líneas en los periódicos, no así en Cambio 16 que le dedicó un artículo. Más de cincuenta mil trabajadores de la construcción de Madrid y pueblos de los alrededores, decidieron parar para apoyar si ambages, las reivindicaciones de Comisiones.

Y estas reivindicaciones, dejando aparte las puramente sectoriales, coincidían grandemente con las que en su fundación, postuló la Junta Democrática al respecto de la Amnistía, la libertad sindical y de partidos, y el reconocimiento de los derechos de huelga, manifestación y reunión.

Para el Jambo, el día 5 amaneció brumoso. Una tenue neblina escasamente desdibujada por la farolas le acompañó a las cinco de la mañana, cuando a todo meter, caminaba hacía la venida de San Diego, donde había quedado con otro compañero, que tenía una vespa, para acercarse a Neptuno, punto de concentración del piquete de la zona centro.

La presencia policial era escasa, pero según la moto subía por la avenida del Mediterráneo, los zetas, las lecheras y los canguros comenzaron a hacer acto de presencia. Uno aquí, estratégicamente situado para dominar una obra cercana, otro más allá en un cruce, y así. No es que Madrid estuviera tomado, como cuando la oposición preparaba acciones de masas, pero la discreta presencia policial, no pasaba desapercibida para los viajeros de la vespa. Y lo que era peor, en aquel Madrid, con aquel alcalde, y su no menos mala bestia de Director General de Seguridad, dos jóvenes en una vespa a la cinco de la mañana, eran siempre motivo de sospecha. El propietario de la vespa se llamaba Carlos. Era un tipo corriente, de anchas espaldas y redonda cabeza peluda. Paró a la altura de los sindicatos y sin encomendarse a Dios ni al diablo, sacó un espray, y se dio el gustazo de hacer una pintada en la misma esquina de Lope de Vega con el paseo del Prado. Al Jambo le pareció de maravilla, no obstante, un cierto cosquilleo le recorrió la espalda. En la esquina con Cervantes, les esperaba el resto del piquete y que si bien nadie comandaba oficialmente, Torres, un ferralla de armas tomar, tomó la iniciativa de empezar parando la obra que la banca Lopez-Quesada realizaba para reformar el palacio de Vistahermosa. Pero antes se tomaron unos cafés y unas copas para entrar en calor, entonar el cuerpo y calentar el ánimo. El Jambo, se entoligó además cinco porras.

A la entrada de la obra no había nadie, aún era temprano, tampoco había grises. El guarda, que era un manco de mirada ceñuda les miró con desconfianza. Un mastín movía la cola a su vera, más con ganas de amigarse que de lo contrario.

—Mira, compañero, nosotros venimos a informar que estamos en huelga, así que déjanos pasar a los vestuarios —le dijeron.

—Eso no puedo hacerlo —les respondió el guarda sin inmutarse.

Entonces, el tal Carlos, volvió a la pintura. "Huelga General de la Construcción. CC.OO." escribió sobre la valla de la obra.

El guarda se amoscó:

—¡Eh, eso no se puede hacer!

—¿Por qué no? —le preguntaron.

—Porque no.

El mastín comenzó a ladrar. Era un bicho que impresionaba, aunque estaba bastante flaco, como todos los perros proletarios.

—Anda, tío bobo, vete darle de comer al perro, que lo tienes en los huesos —le espetó el Jambo.

Y dándole un empujón, abrieron la puerta de tablas y pasaron. El manco no se resistió aunque refunfuñaba por lo bajo, el perro tampoco, pero le faltó muy poco.

Bajaron la rampa del garaje y entraron en los vestuarios. No había llegado nadie todavía. Dejaron octavillas con la convocatoria. El del spray volvió a dejar su huella. Un compañero que era electricista, se acercó a la caseta donde estaba el cuadro y quitó todos los fusibles.

—Por si acaso... —dijo.

Torres les dijo a dos que se quedaran por allí para informar a los curritos según fueran llegando, y el resto del piquete salió zumbando para Goya, donde había un par de importantes obras. En la última de ellas no pudieron entrar. Un Land Rover lleno grises se encontraba aparcado justo en la entrada. Había dos mangurrinos con el barbiquejo en el bigote, y las manos a la espalda, paseando acera arriba, acera abajo.

Los currantes comenzaban a llegar con aparente normalidad.

—¿Y cómo entramos? —se preguntaban.

—Igual que ellos —dijo Torres—. ¿No somos currantes nosotros también? Pues nada, al tajo.

Y sin mas dilación se fueron para la entrada haciéndose pasar por obreretes de la obra, hubo un cachondo que le dio los buenos días a un gris y hasta le preguntó si pasaba algo.

Una vez dentro y sin ningún plan de escape, esperaron un momento a que se llenaran los vestuarios mientras repartían octavillas.

Sorprendentemente, un albañil de la propia obra, dio dos palmas y advirtió de la situación:

—¡Compañeros! Estamos en huelga. Que nadie vaya al tajo. Y comenzó a leer un panfleto de los que el piquete había repartido.

Cuando sonó la campana, nadie se había puesto la ropa de trabajo. Un encargado salió a llamar a los grises, contándoles que había unos agitadores y tal. Pero los gundulares no se atrevieron a entrar y se limitaron a informar por la radio.

Los compañeros de la obra les dijeron a los del piquete que salieran por la calle de atrás. Lo que hicieron sin dificultades

Otra vez a todo meter. Esta vez para Azca. De los dos compañeros destacados en Neptuno, no se volvió a saber nada. Más tarde se supo que los habían detenido. Sin embargo, la obra del palacio de Vistahermosa paró completamente.

En Azca había que parar las torres. Aquí estaba la cosa difícil. Las empresas que construían se las sabían todas. Un vallado metálico con puerta de cerradura impedía el paso. Además la zona estaba tomada. Vieron moverse una grúa. ¡Joder! Había que pararla. Optaron por montar una gorda. Dos se fueron a la entrada pegando voces para que los compañeros dejaran mano y el resto comenzaron a tirarle cantazos a la grúa mientras coreaban: "¡Huelga General!"

Algunos currantes salieron a los voladizos.

Resulta que los de dentro ya estaban en huelga, sólo que un estúpido gruista, también en huelga, se le había ocurrido mover la pluma por pura diversión.

Entonces llegaron corriendo media docena de grises con las porras en la mano. El piquete se desbandó no sin que antes, Torres les avisara para quedar en Cuatro Caminos.

De la gigantesca torre de hormigón comenzaron a caer ladrillos. Los guardias salieron en estampida. ¡Coño, con los de la torre!

El Jambo y Carlos fueron pintando todas las vallas que encontraron desde la Plaza de Lima hasta la Plaza de Castilla, incluso dando la bronca a obras menores donde se trabajaba. El procedimiento era sencillo. Si dejaban mano, les daban la octavilla y se marchaban, si no les hacían caso les arrojaban un par de ladrillazos y desparramaban un tocho de panfletos por dentro de la obra, sin aún así no se decidían, les hacían una pintada especial: "ESQUIROLES"

Bajaron luego por Bravo Murillo hasta la glorieta de Cuatro Caminos. En la esquina con Reina Victoria se encontraron con parte del piquete que venía muy acalorado. Las obras de Jotsa y Tycsa estaban paradas, pero al pasar por la Dirección General de la Guardia Civil, un estúpido centinela había pegado un tiro al aire. Del resto de los compañeros no sabían nada. En esas estaban cuando un zeta aparcó enfrente. Dos sociales salieron del coche sin prisas. Había muchos transeúntes camino de sus trabajos y ellos eran una docena.

Pero los sociales cruzaban la calle con determinación. Un tercero informaba por la radio. EL Jambo arrojó al aire todos los panfletos que llevaba mientras gritaba: ¡Viva la huelga de la Construcción! Y salieron corriendo por Joaquín García Morato. En Ríos Rosas cogieron el Metro. Cambiaron en Sol, y luego se bajaron en General Mola, para dirigirse al barrio de Moratalaz. En el barrio de la Estrella se encontraron con el piquete de Vallecas. Pepe y el Boty venían en él. Que estaba todo parado. Que la huelga era un éxito. Torres se fue para el despacho de Atocha y el resto se metió en un bar a almorzar. Eran las diez. Los dos piquetes, convertido en uno solo salieron para Chamartín, pero Pepe, el Boty y el Jambo, cogieron el seiscientos del primero, y se lo hicieron de volanderos por todo el centro. Cuando veían una obra trabajando, por pequeña que fuera, les daban la bronca hasta que paraban.

La policía había dado por perdida la batalla. En el fondo les importaban un carajo aquélla huelga que los había levantado tan temprano. Muchos de los guardias tenían padres y hermanos en el ramo. Sólo los más duros, los sociales, seguían patrullando en sus coches, con la esperanza de hacer algunas detenciones. Pero fueron escasas.

A las once, el objetivo estaba cumplido. El centro estaba parado. Algunos intentos de reanudar el trabajo por parte de esquiroles protegidos por los grises, fueron abortados por los mismos huelguistas, sin que hiciera falta la intervención de piquetes. Como en la obra de Jotsa de la estación de Chamartín, el año anterior, la espontaneidad y el cabreo de los trabajadores daban también sus frutos. Que, aunados a la inmensa labor de agitación y propaganda, y como no, de concienciación, que las Comisiones de la Construcción habían realizado durante todo el año 74, con asambleas, reparto del clandestino boletín "Construcción", demandas masivas en Magistratura canalizadas a través del despacho de Atocha, y por supuesto, la atemperada asesoría que estos esforzados abogados laboralistas ejercían sobre la vanguardia obrera, dieron unos frutos, sin duda inusuales, y que no se producían tan masivamente desde el éxito de la huelga de septiembre del 71, donde mataron a Patiño[2].

El mes de diciembre se iniciaba muy bronco, las pocas librerías progresistas que había en el país, sufrían un día sí y otro también la visita de los incendiarios Guerrilleros de Cristo Rey. Los excombatientes del bando vencedor se asociaban (como si no lo hubieran estado antes) en una Confederación Nacional de Excombatientes, pero no era verdad, sólo eran Girón y los suyos[3]. Viejos de siniestro pasado y presente cabreado. Y Arias y sus Cortes elegidas a dedo, aprobaban el Estatuto de Asociaciones Políticas. ¡Valiente payasada!

Y al Norte, y como fondo parcialmente oculto, la tragedia que vivían los vascos alcanzó su punto culminante: Unos días después de la huelga de la Construcción, estallaba en Euskadi una dura huelga general con muertos por ambas partes[4]. La represión estaba alcanzando en el norte sus cotas más terribles. Y la respuesta de ETA, que era, junto con otras combativas organizaciones comunistas, quien había convocado las movilizaciones, también era terrible. En el norte se vivía la locura cotidiana de vivir la ocupación manu militari de la Policía, Guardia Civil, Ejercito y Jueces de un estado sobre su propia población. Y esos años de muertes cotidianas, de represión despiadada y ciega, fueron el germen legítimo de una enfermedad actualmente deslegitimada, pero cuya infección la provocó un estado militar que desde la Guerra Civil había tomado esas tierras a sangre y fuego, y las había mantenido subyugadas y sin soltar el dogal ni un ápice durante décadas. A muchos parece habérseles olvidado. Otros, tan demócratas hoy, estaban entonces totalmente de acuerdo.

[1]Estudiantes.

[2]La Guardia Civil lo asesinó en el Polígono de Zarzaquemada cuando Pedro repartía boletines de Comisiones. Así de crudo. Pues nadie me negará que abatir a tiros a una persona que simplemente reparte letra impresa, es un crimen.

 [3]Obsérvese lo de Confederación Nacional. A los jerarcas falangistas, siempre les sedujo cierta imitación de los poderosos sindicatos anarquistas de antes de la guerra, en este caso la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

 [4]Se produjo una de las huelgas más emblemáticas de la época. La de los trabajadores de Potasas.