S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

- 6 -

Portal De La Sierra III

El Morriña le había encarecido para que fuera con la mayor rapidez a las oficinas de una tal empresa Barrán (en realidad un pistolero, es decir, un subcontratista, en la jerga de los albañiles), no fuera que dejaran de contratar. Y dónde desde noviembre trabajaban muchos compañeros de Comisiones. El Jambo, que tras el éxito de la huelga, tenía un momento optimista, no lo retrasó más.

En la oficina de Barrán le admitieron sin problemas. Le tomaron el número de la cartilla y le dieron a firmar varias hojas. Cual sería su sorpresa al encontrarse entre ellas una completamente en blanco. El Jambo sabía lo que significaba. Miró al pistolero detenidamente con el bolígrafo aún en la mano. El pistolero le devolvió una sonriente y cínica mirada, después bajó la vista y dijo señalando el papel:

—¿Tienes algún problema, chaval?

Barrán era un tipo duro. Ex albañil entrado en quilos, calvorota sin remisión y con unas manazas impresionantes, a las que su mujer trataba de domesticar, sin éxito. Barrán tenía un pasado esforzado, desde oficial de albañil en sus años mozos, a tener ahora obreros por cuenta propia. Estaba muy orgulloso de sí mismo. Tenía una empresa de contratas que le estaba haciendo rico. Toda la familia, desde la mujer, sus hijos, y otros familiares, comía de sus esfuerzos. Eran las once de la mañana y ya se estaba fumando un hermoso veguero. Todos los pistoleros fumaban puros, parece que eso les hacía más capitalistas.

Su secretaria, que era sobrina de su mujer, a más de soportar las manos de sus jefe, que se le pegaban a sus mas bellas partes, como las lapas a la roca, tenía que aguantar aquel apestoso humo, mañana y tarde. Y no sabía qué era peor. Trabajaba con su tío porque así lo quería su marido, que pese a estar recién casados, le negaba permiso para poner una boutique, que es lo que ella quería. Pero al código civil le faltaban unos meses para que el régimen aceptara que la mujer casada pudiera disponer de su vida y sus propiedades como le viniera en gana. Y por tanto, Adela, hembra hermosa, prototipo de la española sensual, soportaba estoicamente los achuchones de su jefe y tío, absolutamente avergonzada de su comportamiento e incapaz de confesárselo a nadie, y mucho menos a su joven pero tradicional marido.

Desde su, mesa, Adela, que era quien preparaba todo el papeleo de los contratos, sacando las nóminas y los seguros sociales, observaba sin interés la figura del Jambo. Un joven obrero, de los muchos que últimamente contrataban. Otro montón de papeles a rellenar. Sin embargo, le llamó la atención el limpio rostro del demandante de empleo. Aquélla cara alargada, donde predominaban la nariz, el mentón y la nuez, enmarcadas en dos largas patillas, tenía algo de atractivo. Era quizá la mirada profunda, ceñuda, retadora y fiera, que, a veces, la naturaleza, concede a los hijos del pueblo.

Y se sorprendió a sí misma recorriendo con la vista el estirado cuerpo del vallecano. Quien aún tardó un momento en responder a la pregunta de Barrán:

—No, no hay problemas —dijo con sequedad—. Y firmó la hoja en blanco.

Para llegar a la obra había que bajarse en el metro de Moncloa y luego coger el autobús en la calle Altamirano, justo en frente del mercado. Tras recorrer un buen trecho por la carretera de La Coruña, el autobús se desviaba por la carretera del Escorial. Unos cientos de metros después y sin llegar a entrar en el casco viejo de Las Rozas se llegaba a la urbanización Portal De La Sierra III donde el autobús tenía una parada. Allí había que bajarse. Toda la zona era un amasijo de urbanizaciones en construcción. La nuestra en cuestión pretendía ser un espacio verde de casas de cuatro pisos, a caballo de las urbanizaciones de lujo y los bloques de pisos de tejado de pizarra para clases medias pudientes. En suma, un sitio y unos pisos en los que nunca soñarían vivir quienes los construían. La promotora era Malpisa. Iban por la fase III y el negocio era boyante. Apenas tenían trabajadores propios, subcontratando prácticamente todas las tareas a otras empresas, muy gráficamente conocidas en el gremio como "pistoleros". Comisiones, hacía mucho que denunciaba este prestamismo laboral, donde las normas legales en vigor, la reglamentación de seguridad e higiene, y todo el cuerpo legal que teóricamente había dictado el franquismo en su aparente paternalismo laboral, se lo pasaban los citados pistoleros, por la mera entrepierna. Barrán, el más importante de los pistoleros de Malpisa, se frotaba las manos de contento. El negocio era redondo. Lo que a Malpisa le iba a costar una pasta en seguros sociales y otras prestaciones empresariales, se lo ahorraba pasando la responsabilidad a otro, al amigo Barrán, quien de diez obreros tenía uno dado de alta, y el resto con contratos a fin de obra y sin asegurar, y pagando además salarios más bajos de los legales. Pero Barrán no sabía lo que había hecho al contratar a la veintena de vallecanos. La obra de Malpisa terminaría por desquiciarle. Protagonistas, las Comisiones Obreras de la Construcción de Vallecas, que junto con otras obras insignes, como la del Rayo Vallecano, sería la punta de lanza de las Comisiones Obreras de la Construcción de Madrid, y por tanto de España, y que protagonizaban un año 1974, duro, combativo y exitoso, en un año éste en que el Metal, tras décadas de brillante lucha, se encontraba replegado por la detención de muchos de sus líderes y por la llegada de jóvenes radicales de organizaciones a la izquierda del PCE y que en un principio desconcertaron al veterano sector del Metal de Madrid.

Encabezaban este auge de la construcción, Agustín, Macario, vallecano de pro e indomable luchador, Javi, Torres, y otros muchos, como Arcadio, líder de la UGT, cuyos nombres quedarán para el recuerdo de los que allí pelearon y sufrieron por una amanecida muy distinta de la que llegaría.

En cuanto al Jambo, nunca fue un militante del sindicato en el sentido estricto, y aunque sufrió persecución y prisión en nombre de Comisiones, su libre forma de entender la lucha, su maldito individualismo, le hacían ver el sindicato, como un punto de referencia (y de aburridas reuniones dirigidas por inamovibles popes), al que había que seguir y cuidar pero sin integrarse en la estructura que tan bien representaba el Agus, quien por contra le dedicaba las veinticuatro horas del día.

Los impulsos vitales del Jambo eran contradictorios. Había abandonado sus estudios para meterse en una profesión que en el fondo le era extraña, dado que podría estar trabajando de mando intermedio en cualquier empresa del metal o similar, y sin embargo, este descenso, aventurero descenso sin duda, al límite entre el lumpen y el obrero consciente, sacrificio notable, visto desde fuera, no parecía llevar la consecuente obligación de militar en el aparato de un partido y, por descontado, en Comisiones.

Para el Jambo, la lucha consistía en estar allí. Seguir las consignas del sindicato, aunque en privado las tildara de moderadas, y componer las bases de aquellos miles de jóvenes que nutrían las vanguardias del antifranquismo madrileño, radicales y críticos con el Partido, pero a la hora de la verdad, motivados y disciplinados. Tropa de choque voluntaria a cambio de nada, miento, a cambio de la libertad. Aunque, quién coño sabía entonces lo decepcionante que era eso cuando lo preside un rey.

La obra de Las Rozas, fue para el Jambo su momento de la verdad, el punto culminante de su lucha y de su militancia. Cierto que en la Escuela de Embajadores había formado parte, y como indudable protagonista, de la célula mas combativa que el Partido tenía en el Politécnico y probablemente en la Universidad, y que nunca estuvo tan integrado y tan luchador junto a otra treintena de prometedores jóvenes, como el mismo Agus, o Pepito el del metal, o incluso en otra órbita política, el amigo Cándido Méndez, entonces estudiante de peritaje y que más tarde sería capitoste de UGT en Andalucía. Pero más cierto era que el terreno en que en aquellos años, tan próximos al 68, se movió el Jambo, estaba trillado. Qué estudiante no era antifranquista. Lo raro era no serlo. Sin embargo, las masas obreras, y en particular las de la construcción, eran un rudo y difícil trabajo sindical y político. La antigua tradición revolucionaria española había desaparecido ahogada en sangre y miedo. Los líderes sindicales que arrancaban desde los cincuenta habían levantando una vanguardia obrera, luchadora y consciente, pero sólo vanguardia. La masa obrera había sido lavada enérgicamente con el detergente del régimen, mitad paternalismo y mitad represión despiadada. La conciencia de clase se había perdido en ese trance terrible que supuso la derrota en la Guerra Civil, y lo que es peor, la constatación de que los pobres de este país seguían siendo tan pobres como siempre, pero ya no eran revolucionarios. Sí, admiraban a sus arrojados y clandestinos líderes de fábrica o de tajo pero su visión era muy corta, las antiparras del franquismo, materializadas en un desarrollismo de cochecitos y lavadoras y hasta de pisos en propiedad, bien sazonada de una gazmoña televisión, pavoroso enemigo en ciernes escasamente tenido en cuenta por nadie, concluía en una máxima terrible: Trabaja, calla, y paga las letras del piso, que algún día morirá este cabrón y algo cambiará. Y mientras tanto, si hay que ir a la huelga, se va. Porque los tiempos que corren así lo exigen. ¿Pero después de la huelga, qué? La mera democracia, le parecía de perlas al pueblo español. ¿Es que podía haber algo mejor después de la guerra civil y décadas de la dictadura militar más oprobiosa de Europa? ¿Y esa democracia quién la iba a traer? Desde luego que sabían quién la iba a reclamar, la vanguardia, su vanguardia, pero en el ánimo de millones de trabajadores, en la supuesta proximidad del final físico del régimen, comenzaba a calar, que la democracia, fuera cual fuera su grado de descafeinada presentación, la iban a traer los de siempre, los de arriba. Y contra esta soterrada sabiduría, sabiduría del apaleado, la vanguardia se rebelaba, y usando como vehículo de rebelión las infames condiciones laborales y sociales del régimen, apuraban el tiempo que quedaba para tomar posiciones y en la medida de sus fuerzas, más exiguas de lo que parecía, impedirlo.

Y en esa lucha estaban miles y miles en aquel año de 1974, presto ya a terminar, y en esa lucha estaba el Jambo y sus compañeros vallecanos de la obra que Malpisa tenía en las Rozas.

Por la mañana hacía frío en Portal De La Sierra III, pero había un gran calor humano, toda Vallecas, Vallecas la Roja, estaba representada en los compañeros de Comisiones.

En cuanto a los dos centenares largos de obreros que allí trabajaban, los había de todas clases y maneras. Un pequeño grupo de fijos de Malpisa, copaban los puestos de encargado, oficiales de mira, listeros, gruistas y operarios de maquinaria. Estos eran reacios a toda iniciativa que pudiera sonarles mínimamente ilegal, actitud por otro lado comprensible. Se trataba de trabajadores chapados en el falso cliché de "productor" que la economía franquista había tratado de implantar. En realidad eran trabajadores individualistas, al muy gráfico estilo de yo me lo guiso y yo me lo como. Eran fijos y por tanto dóciles y llevaban muchos años siéndolo. En cierto modo habían tenido algún éxito personal en su huida de la miseria. Los encargados de Malpisa, serios, bien afeitados, cincuentones y de mono impoluto, representaban como nadie este perfil. Apenas se mezclaban con los otros estamentos de la obra y predicarlos era perder el tiempo. Lo que allí consiguió Comisiones fue hecho, pese y contra ellos.

El segundo escalón lo representaban todos los trabajadores subcontratados de los oficios de la construcción, es decir, electricistas, fontaneros, carpinteros de obra, ferrallas, yeseros, y en general destajistas. Formaban un grupo muy homogéneo pese a que en absoluto mantenían relaciones entre sí. Pero tomado cada grupo en su conjunto, su respuesta a las iniciativas y acciones de Comisiones fue moderadamente buena. Bien por convencimiento o por la imparable presión del último estamento trabajador, el más mayoritario, los oficiales, ayudantes, peones especialistas, y simples peones, contratados por el pistolero Barrán.

Las dos terceras partes del personal de la obra pertenecían a este último grupo. Una primera pequeña parte de ellos provenía de los pueblos cercanos, Las Rozas, Majadahonda, Pozuelo, etc. En su mayoría campesinos pobres. El segundo conjunto de estos trabajadores lo formaban los vallecanos, medio centenar de ellos, de los que una veintena pertenecían a Comisiones. Eran gentes de todas la edades, con pasado republicano los mayores, y muy combativos pese a su edad. Otros, más jóvenes, como el Jambo y sus compañeros, eran radicales y rebeldes y no necesitaban excusas, ni procesos, ni coyunturas socioeconómicas para entrar en acción. En realidad lo estaban deseando. Como el amigo Brenan deja entrever en sus fascinante libro "El Laberinto español", aquellos vallecanos representaban de maravilla ese especial sentido anticapitalista de los pueblos ibéricos.

Y para completar esta pequeña disección, quedaba el grupo mas numeroso de trabajadores de Malpisa. Los toledanos. Campesinos, en absoluto pobres, que venían desde su lejanos pueblos, en autobuses por ellos mismos contratados, con horarios infernales, levantándose antes de las cinco para llegar puntuales a las ocho, y así de Lunes a Viernes. Eran unos hombres extraordinarios, y fueron el alma de aquélla pequeña república, que en sus mejores momentos representó la obra de Malpisa, y que en cierto modo deslumbró a su vanguardia, y entre ellos al Jambo, haciéndoles creer que todo el monte era orégano.

Los había de todas las edades, casados, viudos y solteros. Y siendo de localidades distintas, demostraban una organización, un control de sus esperanzas y sus ilusiones, que cuando es campesino, a la par que alecciona, enternece. Nada se encuentra más entrañable que un campesino, con tierra, y de izquierdas. Procedían de pueblos, que como todos los de nuestra orilla, habían sido salvajemente apisonados por la revancha franquista, y aunque, probablemente, no protagonistas por su edad, de aquellos tristes y lejanos sucesos, conservaban la memoria histórica que en la intimidad de cada zaguán y de cada cocina se rememoró durante la noche franquista en tantos y tantos lugares de la España derrotada. Seguramente, en absoluto, demostraban en sus lugares de origen, pareja energía social a la que derrocharon en Malpisa. Y era fácilmente entendible, con las cerradas estructuras sociales que el franquismo trajo. Pero allí en Malpisa, y en otras obras que siguieron, estos hombres se sentían libres para hablar y actuar, y que a decenas de kilómetros de sus lugares de origen, donde aquello era imposible, dio inmediato apoyo a la también extraordinaria vanguardia que en Malpisa se reunió.

La obra había parado los días de huelga, pero no había sido gracias a los compañeros de Comisiones que allí trabajaban desde noviembre. No, estos habían tenido que destacarse a otras tareas y a otros lugares, como sabemos. Sin embargo, la acción de los piquetes de la zona norte, entre los que se encontraba el Tostao, y la propaganda que pese a todo habían hecho el Pertur y otros, fue determinante, para que toda la zona dejara quieta la herramienta al llamamiento de Comisiones.

El Boty fue el primero en hablar con el Jambo, una vez que el encargado de Barrán, el Cabezón, como se le llamaba, le puso al tajo: arrimar ladrillos con una carretilla a las cuadrillas que a jornal tabicaban los pisos. Él y Pepe el Carpanta llevaban ya casi un mes trabajando. Le informó que las cosas marchaban bien. Estaban por allí el Pertur, Quique, Fernando el Loco, el mismo Pepe, el Hiro-hito, y otros, Y sobre todo Rafa. Rafael. Un hombre nacido para ser líder obrero y alma de la lucha de Malpisa.

El Boty, que llevaba una camisa y unos pantalones viejos completamente cubiertos de un polvo de imposible análisis, se detuvo para meter la manos en un bidón de agua. Se las cuidaba mucho. Lo sorprendente era que llevara el pelo limpio en aquélla fase de la obra, cuando entran en acción los alondras, con su cemento, su yeso y su escayola. Después se secó las manos agitándolas, y con grave parsimonia, y gestos pausados, que eran copia mimética de menestrales más talludos, se echo un pito y le ofreció al Jambo:

—Luego te vienes a jalar con nosotros a un bareto que hay a las afueras del gachi[1]. Pero estate aliquindoi[2] a la campana que hay que salir de naja[3] flechao para coger sitio. Nos vemos, tronco, que viene el Cabezón.

La mañana se le hizo corta al Jambo. Cuando sonó la campana salió corriendo para poder pillar a los compañeros, que como buenos obreretes solteros, siempre comían de bar.

Pepe se alegró de verle. Andaba por las alturas sirviendo material a destajistas, y por lo visto ya había tenido alguna con ellos. Pero Pepe era así. Directo y sincero. Bronco, pero un tío formidable.

Pepe llevaba un mono que le quedaba corto de piernas, de brazos, y de todo. Alrededor de la cintura se apretaba un cinto de carpintero, aunque en esta obra no oficiaba de tal. El paro, ya se sabe. Tenía un cuerpo enjuto y nervudo que engañaba a primera vista, pues Pepe era, como el Jambo, un auténtico forzudo. Lucía además un bigotazo que le daba un aire casi mejicano. Vivía en la colonia que mucho tiempo atrás, hizo la Falange en Palomeras, para obreros quizá adictos: su padre, que quiso sobrevivir. Naturalmente, nadie de los que allí vivían profesaba semejante ideología, excepto uno que le llamaban precisamente "El Falangista" y al que, de niño, Pepe y otros arrapiezos, gustaban apedrear.

En el restaurante, el menú era sencillo y barato. Lo malo eran las prisas. Mucha gente para tan pocos camareros, aunque se lo curraban debuten según observó el Jambo. El que les servía se llamaba Servando, y no es un juego de palabras. Era un cachondo mental, que como los buenos camareros madrileños, aunque él, de madrileño, no tenía nada, no perdía la sorna y el gracejo, ni en la vorágine de platos, sopas y cocidos, ni en la impresionante velocidad que le metía a las cuentas, y que impedía a los currantes, siempre torpes, como se sabe, en lo cálculos, saber la verdad de aquellas sumas, salvo de oído.

Se tomaron una de Castellana al galope para así poder volver a la obra y participar en las charlas que ya Rafa daba desde hacía días en un recodo soleado y protegido donde solían reunirse numerosos compañeros.

Hablaba Rafa de todo un poco, de que no eran animales, para desnudarse entre la arena, el cemento y la escayola, pues no había vestuarios. De que los hombres no tenían que comer como las gallinas, con el suelo por mesa y mantel, pues no había comedor. De que los trabajadores tenían que estar dados de alta en la Caja de Previsión, pues la mayoría no lo estaban. De que lo sueldos eran menores que el oficial convenio firmado por el sindicato vertical. De que era preciso elegir representantes para ese mismo sindicato, aunque no les gustara, de que... Y lo hacía con gracia, sin voces mitineras, como si fuera la cosa más natural del mundo, intercalando comentarios de otras cosas más mundanas, y hasta contando chistes verdes. Y así poco a poco, la prédica fue cogiendo raíz en aquel rincón baldío, y cada vez venían más a escucharle, espías y curiosos incluidos, y los compañeros participaban, unos más acertados que otros, y fue sentando plaza la charla de Rafa, lo mismo que en un convento la lectura de textos sagrados. Y así empezó todo, con Rafa apelando a la dignidad del obrero y señalando la avaricia de quienes les negaban hasta un miserable vestuario, donde el culo no se helara, y un decente comedor donde los compañeros pudieran comer, hablar, y hasta dar una cabezadita contra la mesa apoyados.

[1]Pueblo.

[2]Atento.

[3]Corriendo.