¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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- 6 - Portal De La Sierra III |
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El
Morriña le había encarecido para que fuera con la mayor
rapidez a las oficinas de una tal empresa Barrán (en realidad
un pistolero, es decir, un subcontratista, en la jerga de los
albañiles), no fuera que dejaran de contratar. Y dónde desde
noviembre trabajaban muchos compañeros de Comisiones. El Jambo,
que tras el éxito de la huelga, tenía un momento optimista, no
lo retrasó más.
En
la oficina de Barrán le admitieron sin problemas. Le tomaron el
número de la cartilla y le dieron a firmar varias hojas. Cual
sería su sorpresa al encontrarse entre ellas una completamente
en blanco. El Jambo sabía lo que significaba. Miró al
pistolero detenidamente con el bolígrafo aún en la mano. El
pistolero le devolvió una sonriente y cínica mirada, después
bajó la vista y dijo señalando el papel: —¿Tienes algún problema, chaval?
Barrán
era un tipo duro. Ex albañil entrado en quilos, calvorota sin
remisión y con unas manazas impresionantes, a las que su mujer
trataba de domesticar, sin éxito. Barrán tenía un pasado
esforzado, desde oficial de albañil en sus años mozos, a tener
ahora obreros por cuenta propia. Estaba muy orgulloso de sí
mismo. Tenía una empresa de contratas que le estaba haciendo
rico. Toda la familia, desde la mujer, sus hijos, y otros
familiares, comía de sus esfuerzos. Eran las once de la mañana
y ya se estaba fumando un hermoso veguero. Todos los pistoleros
fumaban puros, parece que eso les hacía más capitalistas.
Su
secretaria, que era sobrina de su mujer, a más de soportar las
manos de sus jefe, que se le pegaban a sus mas bellas partes,
como las lapas a la roca, tenía que aguantar aquel apestoso
humo, mañana y tarde. Y no sabía qué era peor. Trabajaba con
su tío porque así lo quería su marido, que pese a estar recién
casados, le negaba permiso para poner una boutique, que es lo
que ella quería. Pero al código civil le faltaban unos meses
para que el régimen aceptara que la mujer casada pudiera
disponer de su vida y sus propiedades como le viniera en gana. Y
por tanto, Adela, hembra hermosa, prototipo de la española
sensual, soportaba estoicamente los achuchones de su jefe y tío,
absolutamente avergonzada de su comportamiento e incapaz de
confesárselo a nadie, y mucho menos a su joven pero tradicional
marido.
Desde
su, mesa, Adela, que era quien preparaba todo el papeleo de los
contratos, sacando las nóminas y los seguros sociales,
observaba sin interés la figura del Jambo. Un joven obrero, de
los muchos que últimamente contrataban. Otro montón de papeles
a rellenar. Sin embargo, le llamó la atención el limpio rostro
del demandante de empleo. Aquélla cara alargada, donde
predominaban la nariz, el mentón y la nuez, enmarcadas en dos
largas patillas, tenía algo de atractivo. Era quizá la mirada
profunda, ceñuda, retadora y fiera, que, a veces, la
naturaleza, concede a los hijos del pueblo.
Y
se sorprendió a sí misma recorriendo con la vista el estirado
cuerpo del vallecano. Quien aún tardó un momento en responder
a la pregunta de Barrán:
—No,
no hay problemas —dijo con sequedad—. Y firmó la hoja en
blanco.
Para
llegar a la obra había que bajarse en el metro de Moncloa y
luego coger el autobús en la calle Altamirano, justo en frente
del mercado. Tras recorrer un buen trecho por la carretera de La
Coruña, el autobús se desviaba por la carretera del Escorial.
Unos cientos de metros después y sin llegar a entrar en el
casco viejo de Las Rozas se llegaba a la urbanización Portal De
La Sierra III donde el autobús tenía una parada. Allí había
que bajarse. Toda la zona era un amasijo de urbanizaciones en
construcción. La nuestra en cuestión pretendía ser un espacio
verde de casas de cuatro pisos, a caballo de las urbanizaciones
de lujo y los bloques de pisos de tejado de pizarra para clases
medias pudientes. En suma, un sitio y unos pisos en los que
nunca soñarían vivir quienes los construían. La promotora era
Malpisa. Iban por la fase III y el negocio era boyante. Apenas
tenían trabajadores propios, subcontratando prácticamente
todas las tareas a otras empresas, muy gráficamente conocidas
en el gremio como "pistoleros". Comisiones, hacía mucho que
denunciaba este prestamismo laboral, donde las normas legales en
vigor, la reglamentación de seguridad e higiene, y todo el
cuerpo legal que teóricamente había dictado el franquismo en
su aparente paternalismo laboral, se lo pasaban los citados
pistoleros, por la mera entrepierna. Barrán, el más importante
de los pistoleros de Malpisa, se frotaba las manos de contento.
El negocio era redondo. Lo que a Malpisa le iba a costar una
pasta en seguros sociales y otras prestaciones empresariales, se
lo ahorraba pasando la responsabilidad a otro, al amigo Barrán,
quien de diez obreros tenía uno dado de alta, y el resto con
contratos a fin de obra y sin asegurar, y pagando además
salarios más bajos de los legales. Pero Barrán no sabía lo
que había hecho al contratar a la veintena de vallecanos. La
obra de Malpisa terminaría por desquiciarle. Protagonistas, las
Comisiones Obreras de la Construcción de Vallecas, que junto
con otras obras insignes, como la del Rayo Vallecano, sería la
punta de lanza de las Comisiones Obreras de la Construcción de
Madrid, y por tanto de España, y que protagonizaban un año
1974, duro, combativo y exitoso, en un año éste en que el
Metal, tras décadas de brillante lucha, se encontraba replegado
por la detención de muchos de sus líderes y por la llegada de
jóvenes radicales de organizaciones a la izquierda del PCE y
que en un principio desconcertaron al veterano sector del Metal
de Madrid. |
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Encabezaban
este auge de la construcción, Agustín, Macario, vallecano de
pro e indomable luchador, Javi, Torres, y otros muchos, como
Arcadio, líder de la UGT, cuyos nombres quedarán para el
recuerdo de los que allí pelearon y sufrieron por una amanecida
muy distinta de la que llegaría.
En
cuanto al Jambo, nunca fue un militante del sindicato en el
sentido estricto, y aunque sufrió persecución y prisión en
nombre de Comisiones, su libre forma de entender la lucha, su
maldito individualismo, le hacían ver el sindicato, como un
punto de referencia (y de aburridas reuniones dirigidas por
inamovibles popes), al que había que seguir y cuidar pero sin
integrarse en la estructura que tan bien representaba el Agus,
quien por contra le dedicaba las veinticuatro horas del día.
Los
impulsos vitales del Jambo eran contradictorios. Había
abandonado sus estudios para meterse en una profesión que en el
fondo le era extraña, dado que podría estar trabajando de
mando intermedio en cualquier empresa del metal o similar, y sin
embargo, este descenso, aventurero descenso sin duda, al límite
entre el lumpen y el obrero consciente, sacrificio notable,
visto desde fuera, no parecía llevar la consecuente obligación
de militar en el aparato de un partido y, por descontado, en
Comisiones.
Para
el Jambo, la lucha consistía en estar allí. Seguir las
consignas del sindicato, aunque en privado las tildara de
moderadas, y componer las bases de aquellos miles de jóvenes
que nutrían las vanguardias del antifranquismo madrileño,
radicales y críticos con el Partido, pero a la hora de la
verdad, motivados y disciplinados. Tropa de choque voluntaria a
cambio de nada, miento, a cambio de la libertad. Aunque, quién
coño sabía entonces lo decepcionante que era eso cuando lo
preside un rey.
La
obra de Las Rozas, fue para el Jambo su momento de la verdad, el
punto culminante de su lucha y de su militancia. Cierto que en
la Escuela de Embajadores había formado parte, y como indudable
protagonista, de la célula mas combativa que el Partido tenía
en el Politécnico y probablemente en la Universidad, y que
nunca estuvo tan integrado y tan luchador junto a otra treintena
de prometedores jóvenes, como el mismo Agus, o Pepito el del
metal, o incluso en otra órbita política, el amigo Cándido Méndez,
entonces estudiante de peritaje y que más tarde sería
capitoste de UGT en Andalucía. Pero más cierto era que el
terreno en que en aquellos años, tan próximos al 68, se movió
el Jambo, estaba trillado. Qué estudiante no era antifranquista.
Lo raro era no serlo. Sin embargo, las masas obreras, y en
particular las de la construcción, eran un rudo y difícil
trabajo sindical y político. La antigua tradición
revolucionaria española había desaparecido ahogada en sangre y
miedo. Los líderes sindicales que arrancaban desde los
cincuenta habían levantando una vanguardia obrera, luchadora y
consciente, pero sólo vanguardia. La masa obrera había sido
lavada enérgicamente con el detergente del régimen, mitad
paternalismo y mitad represión despiadada. La conciencia de
clase se había perdido en ese trance terrible que supuso la
derrota en la Guerra Civil, y lo que es peor, la constatación
de que los pobres de este país seguían siendo tan pobres como
siempre, pero ya no eran revolucionarios. Sí, admiraban a sus
arrojados y clandestinos líderes de fábrica o de tajo pero su
visión era muy corta, las antiparras del franquismo,
materializadas en un desarrollismo de cochecitos y lavadoras y
hasta de pisos en propiedad, bien sazonada de una gazmoña
televisión, pavoroso enemigo en ciernes escasamente tenido en
cuenta por nadie, concluía en una máxima terrible: Trabaja,
calla, y paga las letras del piso, que algún día morirá este
cabrón y algo cambiará. Y mientras tanto, si hay que ir a la
huelga, se va. Porque los tiempos que corren así lo exigen. ¿Pero
después de la huelga, qué? La mera democracia, le parecía de
perlas al pueblo español. ¿Es que podía haber algo mejor
después de la guerra civil y décadas de la dictadura militar más
oprobiosa de Europa? ¿Y esa democracia quién la iba a traer?
Desde luego que sabían quién la iba a reclamar, la vanguardia,
su vanguardia, pero en el ánimo de millones de trabajadores, en
la supuesta proximidad del final físico del régimen, comenzaba
a calar, que la democracia, fuera cual fuera su grado de
descafeinada presentación, la iban a traer los de siempre, los
de arriba. Y contra esta soterrada sabiduría, sabiduría del
apaleado, la vanguardia se rebelaba, y usando como vehículo de
rebelión las infames condiciones laborales y sociales del régimen,
apuraban el tiempo que quedaba para tomar posiciones y en la
medida de sus fuerzas, más exiguas de lo que parecía,
impedirlo.
Y
en esa lucha estaban miles y miles en aquel año de 1974, presto
ya a terminar, y en esa lucha estaba el Jambo y sus compañeros
vallecanos de la obra que Malpisa tenía en las Rozas.
Por
la mañana hacía frío en Portal De La Sierra III, pero había
un gran calor humano, toda Vallecas, Vallecas la Roja, estaba
representada en los compañeros de Comisiones. En cuanto a los dos centenares largos de obreros que allí trabajaban, los había de todas clases y maneras. Un pequeño grupo de fijos de Malpisa, copaban los puestos de encargado, oficiales de mira, listeros, gruistas y operarios de maquinaria. Estos eran reacios a toda iniciativa que pudiera sonarles mínimamente ilegal, actitud por otro lado comprensible. Se trataba de trabajadores chapados en el falso cliché de "productor" que la economía franquista había tratado de implantar. En realidad eran trabajadores individualistas, al muy gráfico estilo de yo me lo guiso y yo me lo como. Eran fijos y por tanto dóciles y llevaban muchos años siéndolo. En cierto modo habían tenido algún éxito personal en su huida de la miseria. Los encargados de Malpisa, serios, bien afeitados, cincuentones y de mono impoluto, representaban como nadie este perfil. Apenas se mezclaban con los otros estamentos de la obra y predicarlos era perder el tiempo. Lo que allí consiguió Comisiones fue hecho, pese y contra ellos. |
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El
segundo escalón lo representaban todos los trabajadores
subcontratados de los oficios de la construcción, es decir,
electricistas, fontaneros, carpinteros de obra, ferrallas,
yeseros, y en general destajistas. Formaban un grupo muy homogéneo
pese a que en absoluto mantenían relaciones entre sí. Pero
tomado cada grupo en su conjunto, su respuesta a las iniciativas
y acciones de Comisiones fue moderadamente buena. Bien por
convencimiento o por la imparable presión del último estamento
trabajador, el más mayoritario, los oficiales, ayudantes,
peones especialistas, y simples peones, contratados por el
pistolero Barrán.
Las
dos terceras partes del personal de la obra pertenecían a este
último grupo. Una primera pequeña parte de ellos provenía de
los pueblos cercanos, Las Rozas, Majadahonda, Pozuelo, etc. En
su mayoría campesinos pobres. El segundo conjunto de estos
trabajadores lo formaban los vallecanos, medio centenar de
ellos, de los que una veintena pertenecían a Comisiones. Eran
gentes de todas la edades, con pasado republicano los mayores, y
muy combativos pese a su edad. Otros, más jóvenes, como el
Jambo y sus compañeros, eran radicales y rebeldes y no
necesitaban excusas, ni procesos, ni coyunturas socioeconómicas
para entrar en acción. En realidad lo estaban deseando. Como el
amigo Brenan deja entrever en sus fascinante libro "El
Laberinto español", aquellos vallecanos representaban de
maravilla ese especial sentido anticapitalista de los pueblos ibéricos.
Y
para completar esta pequeña disección, quedaba el grupo mas
numeroso de trabajadores de Malpisa. Los toledanos. Campesinos,
en absoluto pobres, que venían desde su lejanos pueblos, en
autobuses por ellos mismos contratados, con horarios infernales,
levantándose antes de las cinco para llegar puntuales a las
ocho, y así de Lunes a Viernes. Eran unos hombres
extraordinarios, y fueron el alma de aquélla pequeña república,
que en sus mejores momentos representó la obra de Malpisa, y
que en cierto modo deslumbró a su vanguardia, y entre ellos al
Jambo, haciéndoles creer que todo el monte era orégano.
Los
había de todas las edades, casados, viudos y solteros. Y siendo
de localidades distintas, demostraban una organización, un
control de sus esperanzas y sus ilusiones, que cuando es
campesino, a la par que alecciona, enternece. Nada se encuentra
más entrañable que un campesino, con tierra, y de izquierdas.
Procedían de pueblos, que como todos los de nuestra orilla, habían
sido salvajemente apisonados por la revancha franquista, y
aunque, probablemente, no protagonistas por su edad, de aquellos
tristes y lejanos sucesos, conservaban la memoria histórica que
en la intimidad de cada zaguán y de cada cocina se rememoró
durante la noche franquista en tantos y tantos lugares de la
España derrotada. Seguramente, en absoluto, demostraban en sus
lugares de origen, pareja energía social a la que derrocharon
en Malpisa. Y era fácilmente entendible, con las cerradas
estructuras sociales que el franquismo trajo. Pero allí en
Malpisa, y en otras obras que siguieron, estos hombres se sentían
libres para hablar y actuar, y que a decenas de kilómetros de
sus lugares de origen, donde aquello era imposible, dio
inmediato apoyo a la también extraordinaria vanguardia que en
Malpisa se reunió.
La
obra había parado los días de huelga, pero no había sido
gracias a los compañeros de Comisiones que allí trabajaban
desde noviembre. No, estos habían tenido que destacarse a otras
tareas y a otros lugares, como sabemos. Sin embargo, la acción
de los piquetes de la zona norte, entre los que se encontraba el
Tostao, y la propaganda que pese a todo habían hecho el Pertur
y otros, fue determinante, para que toda la zona dejara quieta
la herramienta al llamamiento de Comisiones.
El
Boty fue el primero en hablar con el Jambo, una vez que el
encargado de Barrán, el Cabezón, como se le llamaba, le puso
al tajo: arrimar ladrillos con una carretilla a las cuadrillas
que a jornal tabicaban los pisos. Él y Pepe el Carpanta
llevaban ya casi un mes trabajando. Le informó que las cosas
marchaban bien. Estaban por allí el Pertur, Quique, Fernando el
Loco, el mismo Pepe, el Hiro-hito, y otros, Y sobre todo Rafa.
Rafael. Un hombre nacido para ser líder obrero y alma de la
lucha de Malpisa.
El
Boty, que llevaba una camisa y unos pantalones viejos
completamente cubiertos de un polvo de imposible análisis, se
detuvo para meter la manos en un bidón de agua. Se las cuidaba
mucho. Lo sorprendente era que llevara el pelo limpio en aquélla
fase de la obra, cuando entran en acción los alondras, con su
cemento, su yeso y su escayola. Después se secó las manos agitándolas,
y con grave parsimonia, y gestos pausados, que eran copia mimética
de menestrales más talludos, se echo un pito y le ofreció al
Jambo:
—Luego
te vienes a jalar con nosotros a un bareto que hay a las afueras
del gachi[1].
Pero estate aliquindoi[2]
a la campana que hay que salir de naja[3]
flechao para coger sitio. Nos vemos, tronco, que viene el Cabezón.
La
mañana se le hizo corta al Jambo. Cuando sonó la campana salió
corriendo para poder pillar a los compañeros, que como buenos
obreretes solteros, siempre comían de bar. Pepe se alegró de verle. Andaba por las alturas sirviendo material a destajistas, y por lo visto ya había tenido alguna con ellos. Pero Pepe era así. Directo y sincero. Bronco, pero un tío formidable. |
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Pepe
llevaba un mono que le quedaba corto de piernas, de brazos, y de
todo. Alrededor de la cintura se apretaba un cinto de
carpintero, aunque en esta obra no oficiaba de tal. El paro, ya
se sabe. Tenía un cuerpo enjuto y nervudo que engañaba a
primera vista, pues Pepe era, como el Jambo, un auténtico
forzudo. Lucía además un bigotazo que le daba un aire casi
mejicano. Vivía en la colonia que mucho tiempo atrás, hizo la
Falange en Palomeras, para obreros quizá adictos: su padre, que
quiso sobrevivir. Naturalmente, nadie de los que allí vivían
profesaba semejante ideología, excepto uno que le llamaban
precisamente "El Falangista" y al que, de niño, Pepe
y otros arrapiezos, gustaban apedrear.
En
el restaurante, el menú era sencillo y barato. Lo malo eran las
prisas. Mucha gente para tan pocos camareros, aunque se lo
curraban debuten según observó el Jambo. El que les servía se
llamaba Servando, y no es un juego de palabras. Era un cachondo
mental, que como los buenos camareros madrileños, aunque él,
de madrileño, no tenía nada, no perdía la sorna y el gracejo,
ni en la vorágine de platos, sopas y cocidos, ni en la
impresionante velocidad que le metía a las cuentas, y que impedía
a los currantes, siempre torpes, como se sabe, en lo cálculos,
saber la verdad de aquellas sumas, salvo de oído.
Se
tomaron una de Castellana al galope para así poder volver a la
obra y participar en las charlas que ya Rafa daba desde hacía días
en un recodo soleado y protegido donde solían reunirse
numerosos compañeros.
Hablaba
Rafa de todo un poco, de que no eran animales, para desnudarse
entre la arena, el cemento y la escayola, pues no había
vestuarios. De que los hombres no tenían que comer como las
gallinas, con el suelo por mesa y mantel, pues no había
comedor. De que los trabajadores tenían que estar dados de alta
en la Caja de Previsión, pues la mayoría no lo estaban. De que
lo sueldos eran menores que el oficial convenio firmado por el
sindicato vertical. De que era preciso elegir representantes
para ese mismo sindicato, aunque no les gustara, de que... Y lo
hacía con gracia, sin voces mitineras, como si fuera la cosa más
natural del mundo, intercalando comentarios de otras cosas más
mundanas, y hasta contando chistes verdes. Y así poco a poco,
la prédica fue cogiendo raíz en aquel rincón baldío, y cada
vez venían más a escucharle, espías y curiosos incluidos, y
los compañeros participaban, unos más acertados que otros, y
fue sentando plaza la charla de Rafa, lo mismo que en un
convento la lectura de textos sagrados. Y así empezó todo, con
Rafa apelando a la dignidad del obrero y señalando la avaricia
de quienes les negaban hasta un miserable vestuario, donde el
culo no se helara, y un decente comedor donde los compañeros
pudieran comer, hablar, y hasta dar una cabezadita contra la
mesa apoyados.
[1]Pueblo.
[2]Atento.
[3]Corriendo. |