¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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- 7 - Fernando el Loco, Alberto el Malo y otras películas. |
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El nuevo año entró regular para el Jambo.
Pese a que un amigo aficionado a la astrología que oficiaba por
el Rastro le había jurado que todo iba a ir fetén, las fiestas
navideñas le resultaron deprimentes. El Pequeño se fue al
pueblo y Perico se marchó con una titis a París (¡en el
seiscientos!), dejándole en la más profunda soledad, sólo con
sus pensamientos y con su ardentía social, sexual y afectiva.
Demasiado para una sola persona. Todavía el Jambo no se hacía
preguntas sobre su soledad. ¿Por qué todos tenían familia
para las ocasiones, y él no? ¡Bah! No le importaba mucho. Sí.
Tres o cuatro veces al año, se quedaba más sólo que la una.
No podías contar con nadie. Parecía como si todo el país se
refugiara en el regazo materno, donde ellas, las eternas madres
españolas, conseguían por unos días o por unas horas, que el
pueblo más jaranero de Europa, se cortara un pelín y se lo
hiciera de family, dejando al Jambo, y a otros como él,
totalmente fuera de este mundo y en la más amarga soledad. Pero
aún era pronto para que el Jambo echara cuentas de soledades.
Tenía 23 años. Estaba fuerte como un roble y era un duro e
infatigable trotacalles, metido en cuerpo, pero no en alma, en
la eternizante lucha contra Franco. Y en este quehacer,
descuidaba sin darse cuenta, que con Franco o sin Franco, los
peones de albañil tienen mal futuro. Y que no hacía falta
tirar por la borda una vida para traer la democracia. ¿Pero qué
sabía él de eso? Lo que él y otros muchos querían traer era
otra cosa, y por esa otra cosa, y en la mejor tradición
revolucionaria, sí merecía la pena olvidarse de uno mismo y
esperar otra amanecida. Y aunque no estuviera afiliado a ninguna
organización comunista, la recompensa para todos los esforzados
hombres y mujeres que luchaban por lo mismo, sería obvia. Y de
ese oxigeno respiraba y de esas ansias se alimentaba.
Fue a buscar al Morriña al piso que tenía
en el Puente. Pero le abrió el Langui. El gallego se había
marchado a su tierra. Por algo tenía ese sobrenombre. En cuanto
a su compañero de piso, el Langui, al Jambo no le gustaba en
absoluto aquel mozalbete que siempre estaba rondado por los
curas tíones que hacían labor social con niños del barrio.
Y para colmar su mala impresión, quedó
horrorizado de la suciedad y porquería acumulada que había en
el piso. Y eso que él no se asustaba fácilmente en estos
temas. Así que se marchó con viento fresco y se fue a dar una
vuelta por Palomeras a ver si veía a Pepe o al Boty. Pero
tampoco. Acuciado por hacer algo entretenido y paseando por los
jardines del bulevar del Puente, entre las presurosas gentes
cargadas de paquetes, y sin otra cosa que mirar, fue requerido
por un joven de muy mal aspecto, que con gran misterio le llamó
para enseñarle en la palma un talego de chocolate. A aquel
camello le llamaban el Botines, un tipo duro entre los duros, más
de coco que de cuerpo, pues no tenía media hostia. Lo que si
tenía era una novia estupenda. Una guapísima rubia natural de
ropas ceñidas y unos bellos ojos de vigilante, y que en este
papel le guardaba las espaldas a su novio, por si hubiera que
dar el agua[1].
La palma del Botines era un desastre. A ojos
del orgulloso currante que en fondo era el Jambo, aquella mano
no valía una mierda. Lo que no sabía el Jambo de su ofertante,
es que tenía el baldeo[2]
bien amartillado en los grilos[3],
para reforzar aquella débil zarpa. Y que el consumao, lo
llevaba bien metido en los calcos[4],
en los botines que le nombraban.
—Bueno, ¿qué? —se impacientó el
camello—. ¿Te hace de aquí?
—Sí.
—Pues un napo[5].
Gloria pura colega.
Era la primera vez que el Jambo pillaba
costo. Desde que se fumara el primer canuto con los troncos de
la constru, no lo había vuelto a probar. Y esta tesitura por
una parte le inquietaba un poco y por otra le regocijaba
secretamente, aunque fuera para él solo.
Se fue para la chabola con el botín bien
prieto en la mano. Allí, después de mear en la calle, se puso
cómodo y se hizo un canuto aprovechando un cigarro al que le
sacó el contenido apretándolo entre los dedos. Una vez bien
mezclado con tabaco, por el procedimiento de rascar el costo con
una navaja, y con una paciencia infinita, reconstruyó el
cigarro y le prendió fuego. Desde luego, el Jambo era todavía
un ignorante en estas lides. Ni tenía papelillos, ni tenía
tabaco rubio, ni sabía calentar el chocolate en la palma de la
mano. Y además lo cargó excesivamente, con lo que el peta le
paso por la garganta como lija del siete.
Al rato tenía un ciego impresionante, pero
no se amuermó. Se lo pasó pipa con sus revistas de kárate, y
los libros de guerra de San Martín. Tiempo después, y al
encontrarse con un póster de tías en pelotas, que aquí en la
chabola, no tenía colocados, se empalmó admirablemente.
Corrido por una ventolera de ganas de cascársela, esparció por
el suelo toda su colección de tías desnudas, se bajó los
pantalones y comenzó a meneársela con un gusto extraordinario.
De vez en cuando se le iba el santo al cielo, por el colocón,
pero se reconcentraba rápido, y así estuvo como una hora,
sorprendido por todo aquel poder. Y cuando se corrió creyó
haber alcanzado la estratosfera.
El miserable consumao se esparció por el
suelo y los pósteres. Una pena. Tuvo que limpiar un poco
aquello, tirar las revistas mancilladas a la basura y ventilar
un rato, pues había quedado un penetrante olor. Después le
entró un hambre canina y se bajó al bar y se tomó unos
bocatas y unas cervezas, volviéndose para su queli[6]
más contento que unas pascuas. Molaba esto del chocolate. ¡Y
todavía le quedaba más de la mitad! |
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Durmió como un bendito. Como era año nuevo,
por la mañana no encontró en el barrio ni un puto bar donde
desayunar. Se armó de valor y viendo a la vecina barrer (otra
chabola a unos treinta metros) le pidió un litro de leche y un
cacho de pan. Insistió en pagárselo.
La vecina, que era una extremeña con dos
hijos presos, le dio un litro de leche y hasta unas magdalenas
sueltas, y a cambio, le sonsacó su nombre, el del Pequeño, dónde
trabajaba, y hasta donde se había mercado la cazadora, pues
ella entendía del género.
Cuando pudo librarse de ella, el Jambo se
comió las magdalenas en un pis pas y se hartó de leche. Luego
se fue para el Retiro. En la soledad, el Jambo siempre acudía
al Retiro.
Pasó un buen rato contemplando los patos del
estanque del Palacio de Cristal. Luego se fue al grande y
sentado en la barandilla miró como el parque renacía con la
llegada de los padres y sus hijos, y toda la fiesta que les
acompaña. Entonces vio a José y a Fina. Fue un instante. Pero
los ojos del lejía se le clavaron, y aunque ella no le vio, José
la cogió del brazo y se alejaron. La pareja le produjo gran
desazón. Con lo que a él le molaba la gachí. No supo muy bien
por qué pero les siguió como un autómata. No tardó mucho José
en advertirlo. A la altura de quiosco, el chulo se hartó y le
plantó cara.
—¡Qué cojones puchas[7]!
Estaba claro que Fina le ponía así de
valentón. Sabía que podía recibir más palos que una estera,
pero eso no le abucharaba[8].
Eso impresionó al Jambo, que se las dio de conciliador.
—No pasa nada, pasaba por aquí.
Fina esbozó una sonrisa. También tenía
valor.
—¿No pasa nada? —siguió José—. ¡Tú
ándate con cuidado que el día menos pensado te meto la cheira[9]
en los riñones!
—Ya será menos...
—¡Piérdete!
—Yo sigo mi dron[10],
chaval —masculló el Jambo—. Y para irritarle más:
—¡Hasta luego, Fina!
—Adiós... —musitó ella.
—A éste lo mato yo —oyó a José decir
mientras se alejaba.
Luego, comió en el Chino de Lope de Vega.
Era barato y abundante, si bien, la comida china se digería,
según decía Perico, a diez minutos por plato. Después estuvo
un rato mirando los escaparates de la librería de viejo de la
calle del León.
Volvió a Vallecas caminando. Apenas había
tráfico y pocos bares abiertos. Pero pudo tomarse un cortado en
un Diamante, y comprarse un ronly. Tonteó un poco con unas
obreritas que esperaban el 24, pero eran demasiado bastas para
su gusto, en absoluto refinado. ¡Echaba de menos a la Fina! Había
algo en ella que le gustaba, no sólo el cuerpazo que tenía,
sino esa chispa desafiante que se le ponía cuando el Jambo se
pasaba un pelín.
La caminata dio hasta media tarde. Los
barrios comenzaban a animarse, y las familias salían a pasear.
Excluyó meterse en un cine, y menos privarse solateras. Decidió
volverse para la chabola y leer un rato.
Tenía un libro de Modesto[11],
"Soy del Quinto Regimiento", que un librero de la
Cuesta de Moyano, le había pasado a escondidas. Lo tenía medio
leído desde hacía meses, cuando era soldado, y decidió
terminarlo y pasar el resto de la tarde.
Modesto no era un buen escritor, pero su
desorganizada crónica, destilaba cabeza y genio para lo
militar. Como todos los jefes comunistas que escribieron libros
tras la guerra, tiraba descaradamente para sí y para casa, pero
eso también lo hicieron los relatos de Casado, e incluso los
del supuestamente incorruptible Mera. No digo ya de los libros
del bando triunfador. Y aunque también sabía cómo se las
gastaban los comunistas con sus disidentes, el estaba mucho más
cerca del PCE que de ningún otro partido. No quería militar
con ellos, eso es cierto, pero a su manera seguía sus
consignas, las de la Junta Democrática, y por supuesto, las de
Comisiones. Y esta contradicción no tenía fácil solución.
Los partidos a la izquierda del PCE, eran, salvo honrosas
excepciones, muy poco importantes. El libro de Modesto le gustó
al Jambo. Le desconcertó en principio que la descripción de
las grandes batallas dónde participó el autor, tuvieran
tratamiento de espectador, y no de historiador, pero ya el mismo
Modesto lo advertía en sus páginas. El Jambo doblaba la
esquina de las hojas del libro donde se relataban batallas. Era
muy aficionado a la Guerra Civil Española. Y tomaba notas no sé
sabe para qué proyecto que tenía en su magín. Fuera lo para
lo que fuera, esos apuntes le venían muy bien como antídoto
contra los libros de Martínez Bande, Casas de la Vega,
Larrazabal y Cía.., y toda esa laya de militares supuestamente
historiadores, muy amigos de dar datos exactos y definitivos
pero que nadie podía contrastar, pues el gobierno sólo
autorizaba el uso de los archivos de la Guerra Civil, a los que
naturalmente no iban a exponer ni una sola palabra crítica. |
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Cuando las fiestas terminaron y hubo de
volver al curro, en la obra de Malpisa empezaron a suceder
cosas. Para empezar, un tal Fernando, vallecano, rojo y también
borrachín, que llevaba sólo algunos años en España, pues
casi toda su vida laboral la había pasado en Alemania,
trabajando de escayolista fino, se presentó en el curro con una
gigantesca merluza, y con aquella voz gruesa y terrible que tenía,
empezó a despotricar contra el régimen, llamando hijo de puta
a Franco, y otras verdades peligrosas. Los obreros le ignoraron,
los encargados también, aunque sólo pudieron tomar nota, pues
mientras gritaba sin fuero, no dejaba de arrimar el hombro.
Finalmente, a eso de las doce, el Cabezón se creyó obligado a
intervenir, y con paso tranquilo, y con cara de buenos amigos,
se fue acercando al tajo del voceras, y llegado a su vera, le
comentó sin mal ánimo:
—Oye, Fernando, descansa un poco la húmeda.
No por nada, es que nos estas levantando dolor de chola.
Fernando, que aún no tenía el mote de loco.
Quedó desconcertado por tan suave y diplomático trato. Calló
unos segundos, y entre los vapores etílicos que todavía le
envenenaban el coco, se le cruzó el casco blanco del Cabezón y
su mono recién planchado. Y cambiando de terció, se arrojó al
trabajo, —estaba paleando arena—, con gran entusiasmo, pero,
por lo bajini, siguió murmurando, mordiendo las palabras, pero
esta vez contra los encargados:
—Todos los encargados sois maricones, ¡joder!
El Cabezón se hizo el sordo. Creyó cumplida
su misión, y con gran autocomplacencia, se retiró, creyendo,
también, que todas las admiradas miradas de los currantes
estaban en su cogote.
Pero no había dado diez pasos, cuando
Fernando volvió, aún con más fuerza, a las voces:
—¡Franco es el mayor cabrón de España, y
la Polo, la mayor puta de España! ¿Y me cago en su hija y en
su familia entera!
Y venga una y otra vez a cagarse en la momia
y su parienta.
El Cabezón se cabreó. Como encargado de
Barrán tenía que hacer algo. Los otros encargados, que en el
fondo le tenían más como capataz de trompos, que otra cosa, le
miraban desde la distancia y desde sus impolutos monos, y sus
rasuradas caras.
Se volvió iracundo. Toda la suavidad
anterior, era ahora mala leche. Iba ya para él, cuando Rafa,
que había sido avisado por el Boty, se le cruzó.
—Arturo, —así se llamaba el
encargado—. ¿Qué vas a hacer?
El Cabezón, que sabía muy bien quién era
su interlocutor, dudó un instante su respuesta:
—Voy a meterle en vereda.
—¿Cómo? —quiso saber Rafa.
—Si hace falta le doy tres leches.
—No.
—¿Qué?
—Que no. Que tú no le vas a dar tres
leches a nadie. Primero porque lo más probable es que te las de
él a ti.
Y era cierto, Fernando era un hércules. Y
siguió Rafa:
—Y segundo, porque no te voy a dejar yo. No
voy a permitir broncas aquí. ¿Qué quieres, que lo echen?
El Cabezón pareció aceptar los argumentos
del Rafa:
—Pero esto es una vergüenza. No se puede
consentir. Además, yo soy el encargado de Barrán y estoy
obligado a intervenir.
—¿Sí? ¿Entre tus obligaciones está la
de reprimir a los que insultan al régimen?
Y al decir esto, el amigo Rafa le clavó la
mirada al Cabezón. Aquella mirada venía a decirle al encargado
que estaba pisando terreno fangoso. Que había muchos que
pensaban como Fernando, pese a estar sobrios, y era mejor no
menearlo. En efecto, el Boty, Quique, el Jambo y Pepe habían
dejado sus trabajos, apostándose a la retaguardia de Fernando
en actitud bastante inquietante. Sobre todo Pepe, que llevaba
una pala al hombro.
—Pues no —reconoció el Cabezón.
—Pues entonces, nos vas a dejar a nosotros
que arreglemos esto a la manera vallecana, que, como sabes, aquí
somos muchos del barrio.
—¡Vale! Pero que no se vuelva a repetir.
—Ya veremos... |
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Luego, con palabras apaciguadoras y otros
trucos, se llevaron a Fernando al bidón y le metieron medio
cuerpo dentro, tres o cuatro veces, y sin que éste se
resistiera. Después, le acercaron a una fogata, donde secó la
ropa, y un compañero toledano le dio café de un termo que
llevaba.
El incidente de Fernando marcó el inició de
una serie de ocurrencias que empezaron a dejar bien claro que
quién allí repartía el bacalao, no era otros que los hombres
de Comisiones.
En las charlas a la hora de la comida, Rafa
hablaba mucho más claro. Que él era de Comisiones, y que había
muchos más con él. Que aquí estaba el boletín para todo el
que quisiera leerlo y de paso ayudar con unas perras para los
compañeros presos que estaban en huelga de hambre en todo el país,
y que había que ser solidarios, porque sólo eran gentes como
nosotros que se habían atrevido a levantar la voz.
Y sobre todo, que había que pensar ya en
exigir comedores, vestuarios y que se hicieran las preceptivas
elecciones sindicales (del vertical) para escoger los enlaces
que representaran a los currantes en el día a día y en lo que
viniera. Así que les dijo a sus oyentes: ir pensando a quién
queréis elegir, porque de aquí a nada vamos a ser tajantes.
Tajante era su palabra preferida.
Aquella tarde ocurrió otro incidente. Al
pasar el Cabezón cerca de unos andamios pajariteros[12],
un mira (regla metálica de la altura de un piso que sirve para
aplomar) arrojada desde lo alto le pasó rozando, yendo a
clavarse en un montón de arena de miga. El susto del Cabezón
fue monumental, y por más que subió y miró y remiró y se
hartó de preguntar, todo el mundo se hizo el longui.
En el autobús, el Jambo le preguntó a Pepe,
si había sido él.
—¡Que va! —respondió éste con
sinceridad—. Ha sido éste.
Y señaló al Boty, quién partiéndose de
risa dijo:
—Me tiene hasta las pelotas.
—¡Pero le podías haber marao[13]!
—le criticó el Jambo.
—No, tronco, a ver si te crees que es la
primera vez. En Moratalaz ya lo hicimos, y desde más altura.
Oye, cae como una lanza.
—¡Joder! !Qué niveles!
Y se rieron los tres.
Cuando el Jambo llegó a la chabola, se
encontró al Pequeño y a su amigo Alberto, que se había traído
a su novia. Una chica menuda, rubicunda y permanentemente
atemorizada por el mal trato que le daba su pareja.
Discutían de política. El Pequeño seguía
fiel al Partido. Alberto era más izquierdista, no se qué de
FSR[14],
un grupo que pululaba por Cuatro Caminos[15],
muy activista, y de origen incierto —a ojos del Jambo—, es
decir, universitarios y gente concienciada de las parroquias del
Norte de Madrid.
El Jambo encendió la estufa de butano (una
pantalla de dos cuerpos sobre una pequeña bombona azul) y se
echó un pito recostado sobre su cama. Observaba al amigo
Alberto: las tonterías izquierdistas que decía del PCE y los
cortes que le daba a su novia cuando lo defendía. El Pequeño,
que contemporizaba con todo, estaba más a su pintura. El Jambo
no quiso discutir, y Alberto, deseoso de pagarla con alguien, lo
hacia con su chica, quien terminó por callarse.
Ante aquel largo silencio, y estando el Jambo
pensando a quién le gorroneaba la cena, Alberto le preguntó si
tenía costo. Que no.
En eso llamaron a la puerta. Era el Morriña.
Venía muy agitado. Que habían detenido a un compañero de la
obra del Rayo, uno del aparato, y que había que mover toda la
propa de casa del Pertur, aquí.
—¿Cómo que aquí? —se mosqueó el
Jambo.
—Es que no hay otro sitio. Este es el único
del que no puede hablar.
—¿Y tú casa? —le espetó de nuevo el
Jambo.
—Esta quemada.
—¡Pero, tío! —terció Alberto—. ¿Tú
no eres de Comisiones? ¡Pues a las duras y a las maduras!
—¡Tú métete en tus asuntos! —le
contestó el Jambo con mala hostia.
El Pequeño le preguntó al Morriña si era
cierto que no había otro sitio. El gallego lo juró y se
comprometió a sacarlo todo en tres días.
—Bueno, entonces vamos todos a casa del
Pertur que nos están esperando. |
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Sin muchas precauciones, seguros en su
barrio, el Morriña y sus ayudantes se fueron a Palomeras Bajas.
En un bar les estaban esperando, Pepe, el Boty, Quique, otros
compañeros que el Jambo sólo conocía de vista, y el mismo
Pertur.
Entraron en la chabola del Pertur. Saludaron
a su mujer, que estaba preñada, y al abuelo. Y con la mayor de
las naturalidades, el dueño de la casa les fue dando tochos de
propaganda. No sólo había boletines, también Mundos Obreros,
y hasta Nuestra Bandera. De todo ello a espuertas y todo sin
empaquetar.
—¿No tienes algo para chindarlo[16]?
—pidió el Boty.
—No hay tiempo —le respondió el Pertur,
aunque sin perder la calma—. ¡María! Saca unas mantas viejas
que vamos a hacer unos hatillos.
Así lo hicieron. En cuatro o cinco atados y
el resto a mano, se lo repartieron y salieron de naja[17]
camino de la chabola.
Pepe se quejaba de que de haberlo sabido se
hubiera traído el buga, un seita preparado que tenía.
—Venga, vamos deprisa —fue la respuesta
del Pertur.
La ridícula caravana, mejor safari, se
deslizó por las callejas de Palomeras como los negros de las
películas de Tarzán por los senderos de la selva. La
encabezaba el Morriña, que parecía tener cierta autoridad.
Después, el Pertur, deseoso de librarse del muerto, el Pequeño,
el Jambo, Alberto y su novia, le seguían, éste último sin
carga. Después Pepe y el Boty en animada y alegre conversación.
Terminaban la fila otros compañeros de Comisiones. A la pálida
luz de las farolas municipales, nunca generosas en los
extrarradios, atravesaron la colonia de Falange, donde vivía
Pepe. Luego venía lo peor, el descampado que bordeaba la vía
del tren y más tarde la avenida de San Diego, hasta llegar a la
chabola. Algún transeúnte se cruzaron. Pero a nadie le
importaba un bledo, aquella extraña gente cargada de sus, más
aún, extraños bultos, a los mil y un modos en que un hombre
puede llevar una carga. Podían ser lo mismo, chorizos huyendo
con el botín, que pobres haciendo una mudanza, que lo que eran,
rojos cambiando de sitio la propaganda, el deposito, que se decía.
Cuando llegaron a la chabola, el Pequeño no
tuvo mejor ocurrencia que mandar dejarlo todo en la habitación
del Jambo. Cierto que era la mas despejada. Pero al Jambo le
sentó como un tiro, aunque no dijo nada. Después y como si
tuvieran alguna maldita prisa, se fueron todos menos el Morriña,
Pepe y el Boty, amen de los inquilinos y Alberto y su novia.
Se terció una cerveza y fueron al bar a tomársela.
El Jambo aprovechó para mercarse un bocata, su cena.
—Que jarillón[18]
—decía Alberto con aire de haber corrido una aventura, como
decimos, africana.
—Sí —afirmó el Jambo con la boca
llena—. Y no sé qué carajo pintas tú en esto.
—¡Chaval! Las circunstancias —se defendió
éste.
—Ni circunstancias ni leches —insistió
el vallecano—. Que hay que ser más discretos y saber cuando
pirarse.
E hizo el gesto de darse de naja.
—Tranquilo —medió el Pequeño—. Son de
confianza.
Nadie dijo nada, pero Pepe, el Boty y el
Jambo le pusieron a la pareja de novios cara de pocos amigos.
—Y tú —le dijo el Jambo al Morriña—,
a ver si aligeras[19]
el consumao, que no me gusta dormir a la vera de veinte años de
maco, mínimo. Además, la mayor parte es del Partido, y como
sabes, a mí me echaron ya hace mucho tiempo.
—Calma tío —intervino Pepe—. Un jari
es un jari. Hoy por ti y...
—Y mañana por mí, también... —se rió
el Jambo.
—Eso.
El Morriña prometió dejarlo solucionado en
unos días. Y todo el mundo creía al gallego.
—¿No tendréis por ahí un peta?
—preguntó Alberto sin cortarse.
El Boty tuvo un momento de duda. Pero viendo
la cara que puso el Jambo, negó.
—Tú siempre estás pidiendo, macho —le
espetó el Jambo al estudiante.
Alberto se encogió de hombros. Empezaba a
estar harto del tío ganso éste. Lo mejor era no hacerle ni
caso. También su novia le pidió que se fueran, pero no la
escuchó.
El Jambo seguía con ganas:
—Ya que tanto pides, por qué no te pagas
la ronda.
—Pues mira —le respondió Alberto sin
amilanarse—, iba a hacerlo, pero ahora que tú me lo pides,
voy a pasar. Aquí está mi birra —y sacó diez duros—.
—Vale —dijo el Morriña cogiendo la
moneda—. Al resto invita el Partido. |
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Y se levantó para pagar. Alberto se quedó
un poco cortado. Comprendió finalmente que estaba de más entre
los vallecanos, y sin disculpa alguna, le hizo una seña a su
novia, y se levantaron para irse. Iba bastante mosca.
Del pequeño sí se despidió:
—Nos vemos, tronco.
—Me voy con vosotros —dijo éste.
No se sabía si lo hacía por gusto o por
desagraviar a su tronco y paisano.
Cuando se fueron y volvió el Morriña con
otra ronda, también pagada, el Boty sacó el peta, lo prendió
y lo pasó. Todos se rieron.
—Este tío es un flai, troncos —dijo el
Jambo—. Y no me fío un pelo.
—Que le den por culo —gritó Pepe—. ¡Pasa
el quiqui, tío!
Y luego, el Morriña comentó que había
estado hablando con el cura Diez Alegría y que le había
encontrado muy pesimista con el asunto ese del teólogo alemán,
un tal Kung, al que el Vaticano perseguía como en los mejores
tiempos de la inquisición. Pero todos le miraron como si
hablara en chino. Esas cosas sólo le importaban allí al entrañable
gallego y ex seminarista.
—Bueno —le respondió el Jambo—, al
menos no los tiran por la ventana como a los estudiantes de
Valladolid. |
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[1]La
Janis de Vallecas. Tenía una voz extraordinaria, un físico
envidiable, y un genio de tres pares de narices, pero se
metió a yonqui y se hizo novia del Botines. Muchos años
después se marchó a Mallorca y tuvo un hijo con un alemán.
Poco tiempo le duró la felicidad, estaba destrozada por
dentro y murió. Una pérdida irreparable para Vallecas.
Descanse en paz.
[2]En
puridad cuchillo, por extensión, la cheira, la navaja.
[3]Bolsillos.
No confundir con grilo, cárcel.
[4]Zapatos.
[5]1000
Ptas.
[6]Casa.
[7]Quieres...
[8]Acobardaba.
[9]Navaja.
[10]Camino.
[11]Juan
Guilloto, "Modesto", de Mayor de Milicias del 5º Regimiento
a General del Ejercito Popular Republicano
[12]De
estructura, por contra de los colgantes.
[13]Matado.
[14]Frente
Sindicalista Revolucionario, creo.
[15]Los
grupúsculos eran un poco como la emigración, se distribuían
por barrios.
[16]Esconderlo.
[17]Salir
de naja, es más bien salir huyendo, pero aquí se usa, como
salir con prisas. |