S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-8-

¡A la huelga, compañeros!

Los días siguientes fueron excepcionales. Los hombres de Comisiones de las Rozas comenzaron a preparar la huelga. Motivos no faltaban, ganas tampoco. La huelga era para todo sindicalista rojo el momento cumbre de toda movilización. El instante, único en su universo, donde los trabajadores mostraban todo su poder y todo su esplendor como clase social. Allí nadie iba a trabajar más hasta que la patronal, esa cosa odiosa, culpable de todos los males del trabajador, se doblegara, y claudicando, reconociera, que los currantes, su asamblea, y su vanguardia, les habían lanzado un reto de fuerza, donde, el franquismo no tenía más armas que la ciega y brutal represión, y ellos, los patronos, o se acogían a los anterior, o negociaban. Y para negociar, si era el caso, había que mandar al Vertical al cubo de la basura. Donde le correspondía estar.

Pero había que hilar muy fino. La unidad de todos los currantes de la obra era vital para iniciar cualquier acción directa. Y conseguir esta unidad era trabajo de todos los días. Para empezar, Rafa, dividió sus huestes en tropa de choque: Pepe, el Boty, Quique y el mismo Jambo, y algunos otros, cuya labor consistía en estar al quite de cualquier acontecimiento o suceso favorable. Esto era, defender a los débiles frente a los abusos de los encargados (eso se les daba fetén), pararles los pies a los matones (los siempre odiosos especialistas, que creían que su orilla era la misma que la de los encargados), eso también se les daba de perillas, y si se ponía a tiro, provocar acciones ejemplares que reforzaran la unidad de los currantes.

La otra división de fuerzas la componían los hombre cabales, honrados y trabajadores en los que los currantes depositaban su confianza, y que en Comisiones había miles. En las Rozas, eran el Pertur, el Hiro-hito, otros compañeros de Vallecas, y muchos de los toledanos. Y finalmente, como líder indiscutible, campando sobre todos, omnipresente, valiente y decidido, el propio Rafa. Albañil, veterano luchador, padre de familia y militante del PTE.

No pasaron inadvertidos para los encargados, los previos movimientos tácticos de Comisiones. Cada día se reunían más currantes para escuchar las charlas de Rafa. Y éste, ya no se cortaba. ¡Hay que ir a la huelga! ¡Porque hasta los animales tienen donde guarecerse! ¡Por dignidad y por hombría! ¡Queremos vestuarios y comedores! ¡Seguridad e higiene! ¡Que se rompan los contratos firmados en blanco! ¡Que nos de alta en el seguro!

Y todo aquello, que podría parecer muy poco, y que además era a lo que la ley obligaba, dejaba cada día más en evidencia al pistolero Barrán y encorajinaba a los trabajadores. Y las cabezas fueron levantadas en hombros hartos de agacharlas. Y los ojos miraron a los ojos. Y los encargados asistieron atónitos a aquella oleada de orgullo que recorría la obra según las palabras de Rafa calaban en sus almas obreras y campesinas activando vientos dormidos tanto tiempo ha. Vientos de sus antepasados, durmientes, sí, pero nunca muertos. Y eran vientos que auguraban futuras tempestades de valor, de insumisión, de rebeldía, de sindicatos libres, de trabajadores en marcha y por sus derechos. Y el Jambo, y todos sus amigos, caminando airosos sobre estas ráfagas de amanecida, bebían hasta embriagarse de las nuevas palabras, de nuevos gestos en aquellas manos aceradas y prietas, que poco a poco se iban cerrando para alzarse al cielo convertidas en puños.

Y en la obra de Malpisa, todo el mundo supo que estaban contados los días para la huelga. Los encargados de ambas empresas, comentaban intranquilos, esto y aquello. Que Barrán debía despedir a los más revoltosos, o al menos cambiarlos de obra. Y el Encargado Jefe, vio en los rostros de sus subordinados una petición. ¡Había que hacer algo! Pero no tuvo tiempo.

Esa noche, los compañeros de Comisiones se reunieron en casa de Hiro-hito, y tomaron la decisión de iniciar la huelga. A las once del día siguiente, luego del bocadillo, Rafa y un compañero toledano, por designar, se presentarían en las oficinas para exigir, ¡tajantemente!, el cumplimiento inmediato de una larga lista de mejoras. Se esperaría una respuesta hasta la vuelta al trabajo después de comer. En el ínterin, y boca a boca, se convocaría a todos los trabajadores a una asamblea, en el centro mismo de la obra. De no recibir respuesta afirmativa, comenzaría la huelga indefinida. La suerte estaba echada.

Aquella noche fue una de las pocas en las que el Jambo no renegó de tener que dormir rodeado de miles de panfletos y publicaciones, deposito de toda Vallecas que el Morriña no había conseguido todavía desalojar y que rodeaban su catre como hojas caídas de un rojo y clandestino otoño.

El día amaneció frío y gris pero no lluvioso, pese a que el año venía bueno. Ya en el autobús, se informó a algunos compañeros del barrio. A las nueve, todos los estamentos de la obra sabían ya que se preparaba algo gordo. Los decididos tenían una sonrisa de oreja a oreja y hasta cantaban irónicas tonadas. Los remisos miraban de reojo buscando una salida digna que no les comprometiera. La gente de los oficios[1] no quería saber nada, pero andaban intranquilos. Los albañiles son muy bestias, se decían. Por tanto, el encargado de los sartenillas, que era una empresa subcontratada, se fue muy decidido para el Rafa.

—Oye, tú... —le entró, muy seguro de sí.

—Dime —le respondió Rafa, sabiendo de antemano a lo que venía el jefe de los fontaneros. Y le puso una sonrisa medio cortada. Un gesto inquietante, medio chulo, medio condescendiente, y de los que Rafa siempre tenía provisión.

—Que nosotros no queremos saber nada de vuestra huelga... Así que...

Pero Rafa no le dejo terminar. Le sonrió ampliamente y le puso la mano en el hombro. Era una mano fuerte y áspera, llena de durezas y de vida, de determinación. La mano le apretó fuertemente el hombro al sartenilla.

—¿Vosotros, qué sois?, ¿marcianos?

Esta pregunta, del todo inesperada, dejó al hombrón que era su contrincante, completamente desconcertado. Aquella mano que le pesaba como acero sobre su hombro, le estaba diciendo a gritos que para quitarla de allí tenía que hacerlo por la fuerza. Y aunque las tenía sobradas y probablemente más del doble que Rafa. La fuerza sin valor no vale nada. Y de esto no tenía el fontanero.

—No sé qué quieres decir —dijo finalmente.

—¿No? Es muy sencillo. Si decidimos ir a la huelga y vosotros curráis, la perderemos y nos hundiremos en la mierda. Así que pararéis como todo quisque. ¿Porque, sabes? No vamos a perder esta huelga.

Y Rafa retiró la mano del hombro, se agachó y recogió un ladrillo cercano, un tabicón que había por allí tirado y sopesándolo unos segundos sin quitarle la vista al otro, terminó por arrojarlo lejos, sobre un montón de arena.

Luego, sacó un Celtas largo y le convidó. El sartenilla fumó unos minutos en silenció. Tenía los ojos muy abiertos y las cejas todas hacia atrás. Rafa se despidió llevándose la mano al casco, casi como un saludo militar. Sonreía sin disimulo.

En el bocadillo, los toledanos eligieron a su representante, el tío Juan, un trompo de edad y con historia. Cabal, ponderado y de noble y sincero corazón.

Los toledanos querían empezar ya, sobre todos los jóvenes, que sorprendentemente, tenían en sus homónimos vallecanos, el freno. Pero la consigna era la consigna. Había que esperar. Todo eran risas y algunos nervios. Los jóvenes toledanos, subyugados por los modos vallecanos, la admiración era mutua en realidad, formaron tropa alrededor de los aguerridos jóvenes de Comisiones. La multitud se crecía por momentos. No hubo manera de evitar que centenares acompañaran a Rafa y al tío Juan a las oficinas. Nadie se atrevió a decir nada. A eso le llamaban la espontaneidad de las masas. Muchos creyeron que la huelga había comenzado ya y dejaron mano.

Esperando la salida de sus representantes, los currantes fumaban cigarro tras cigarro. No había voces ni gritos, pero la tensión corrían entre los hombres como el agua en el torrente. El Cabezón vigilaba la concentración desde cierta distancia, algunos obreros, los pocos que Malpisa tenía en el tajo, seguían trabajando. De los de los oficios no se veía ni rastro.

Cuando Rafa y su acompañante salieron, todo el mundo pidió silencio a voces.

—¡Compañeros! —gritó Rafa—. ¡Hemos exigido nuestras reivindicaciones! Si a las dos no hemos recibido respuesta afirmativa, ¡estaremos en huelga!

—¡A la huelga! —gritaron algunos.

—¡Ya estamos en huelga! —voceó Pepe.

—No, compañeros —dijo Rafa—. Hemos dado nuestra palabra. Y un compromiso es un compromiso. Volvamos al tajo. Ya habrá tiempo.

Y el tío Juan asintió con la cabeza.

Costó mucho que la gente volviera a la faena. Pepe y el Boty refunfuñaban por lo bajo:

—Esto es desmovilizar al personal. Hay que ponerse en huelga ya, para reforzar las reivindicaciones.

—Que no Pepe —terció Hiro-hito—. Que hay que hacer las cosas bien y según lo acordado.

—Hacer las cosas bien es hacerlas como pide la gente —dijo el Jambo apoyando a sus amigos.

—¡Sí señor! —confirmó el Boty—. ¿Y si luego la gente racanea?

—¿Pero no ves el ambientazo que hay? —se defendió el Hiro-hito—. Además, la disciplina es la disciplina. Hay que mantener la unidad de acción.

—¡Venga ya, tío! —intervino de nuevo el Jambo—. ¡Unidad es lo que había aquí!

En eso se acercó Rafa:

—No os pongáis nerviosos. Y a las dos os quiero a todos aquí.

Nadie se atrevió a decir nada. Los rebeldes acataron la orden y partieron para sus labores. El Jambo se alejó pensativo. Esto de las huelgas no podía ser como una fórmula, había que saber aprovechar la espontaneidad de las masas. No vale eso de ahora si, ahora no. Hay que saber utilizar el momento.

Nadie curró mucho esa mañana. Todo el mundo estaba pendiente de la oficina. El Encargado Jefe llamó a Malpisa y habló con el Jefe de Obra. El Jefe de Obra le contestó que salía para allá al momento, pero antes llamó a la oficina del pistolero Barrán quien detentaba la subcontrata de la mayoría de los trabajadores. Pero éste, según dijo su secretaría, había salido de viaje. También era coincidencia. Le encareció a la secretaria para que lo localizara de inmediato. Cuando llegó a la obra ya había sonado la campana para comer. El Encargado Jefe le recibió muy nervioso. ¿Qué hacían? ¿Avisaban a la guardia civil?

—Quita hombre, no exageres. ¿Qué es lo que piden?

Al leer la lista de mejoras, el Jefe de Obra chasqueó la lengua:

—Ya le dije al arquitecto que este Barrán no era trigo limpio. Habrá que hacerles un comedor y lo demás, por lo menos la parte que nos toca.

—¿Entonces —preguntó su subordinado—, les digo que sí?

—¡No, hombre, no! Eso ni locos. Esto que lo resuelva el sinvergüenza de Barrán.

—¿Y qué hacemos?

—Nada, vosotros nada, y yo me voy al despacho a ver si los pillo.

Se refería a los jefes de Malpisa.

—¿Y si se ponen en huelga, qué hacemos?

—¡Nada, coño! ¡Si quieren ponerse que se pongan! Nosotros se lo descontamos a Barrán y Barrán que haga lo que le salga de los huevos. Y si no sabe resolverlo le quitamos la contrata, y que haga con sus obreros lo que quiera.

A las dos en punto volvió a sonar la campana. Nadie se movió de su sitio. Rafa, aparentando la calma más absoluta, reunió a la tropa de choque en un aparte y les envió por los tajos para que pararan la obra. Por otra parte, se volvió y sin apenas levantar la voz dijo:

—¡Compañeros, estamos en huelga indefinida!

Un aplauso estruendoso confirmó estas palabras. El Jambo, Pepe, el Boty y algunos más salieron raudos para recorrer todos los pisos y sacar a los remolones. La verdad es que no hizo falta mucho. Quizá por convencimiento, quizá por la catadura de los vallecanos, o por los bolsillos del mono que el Boty y Pepe llevaban llenos de piedras, todos, oficios incluidos, dejaron mano. Algunos de estos últimos se lavaban y se cambiaban de ropa con la intención de irse a sus casas. Viendo esto, el Jambo se encrespó:

—¡Compañeros!, ¡compañeros! No se hace una huelga para irse a casa. Estamos todos ahí abajo en asamblea permanente.

Y les soltó un apasionado mitin sobre la conciencia y la solidaridad de clase. Era el primero que lanzaba en la construcción. Se encontraban casi a las puertas de la obra, lejos del Rafa y la mayoría de los trabajadores, habría unos treinta currantes, muchos de oficios, otros fijos de Malpisa, la mayoría renuentes a la huelga. En eso, el Jefe de Obra que salía camino del Mercedes que tenía aparcado a la puerta, se topó con las voces del Jambo. Lo que vio le cabreó muchísimo:

—¡Qué coño haces tú aquí pegando voces! —le espetó al Jambo con grandes aspavientos.

—¡Estamos en huelga! —le gritó Pepe.

—La huelga no existe en España —le contestó el jefe sin amilanarse—. El que no quiera trabajar que se vaya a su casa. Y allá él con las consecuencias.

El Jambo entendió que había que actuar rápidamente, de lo contrario, los compañeros más remisos volverían al tajo.

—Cuando los obreros discuten sus problemas, los patronos mejor se callan —dijo.

El Jefe de Obra se salía de sus casillas:

—¡Pero quién coño te crees qué eres tú aquí! Yo soy el que manda aquí...

—Usted no manda nada, aquí manda ahora la asamblea obrera —le replicó el Jambo.

—¿Cómo te llamas? —gritó el jefe, ya en el límite de lo que estaba dispuesto a soportar.

Y el Jambo, sin acobardarse, ya le iba replicar, cuando Pepe y el Boty, hartos de aquel tipo, se colocaron uno a cada lado en amenazante actitud:

—¿Sabes cómo se llama? —le increpó Pepe.

El Jefe de Obra no dijo nada.

—Se llama ladrillazo en la cabeza —continuó el carpintero vallecano—. Y como no te largues y nos dejes en paz, eso es lo que te vas a ganar. ¿Estamos?

—Y esto va para todos —gritó el Boty—. ¡Todo el mundo a la asamblea!

Resultaba en cierto modo incomprensible, que hombres hechos y derechos no tuvieran la valentía de enfrentarse a media docena de jóvenes, y que sin rechistar cogieran los bártulos y caminaran hacia donde el resto de sus compañeros ya se encontraba reunido en asamblea. Quizá la explicación más sencilla estribaba en que todo esquirol es en el fondo un cobarde, capaz de correr el riesgo de enfrentarse a sus compañeros, pero incapaz de ponerse frente a los poderosos y sus huestes. Que estos si que son peligrosos.

Caminando cuesta abajo y como si fueran un piquete de la Guardia Civil conduciendo una cuerda de presos, los vallecanos, eufóricos, se pusieron a cantar:

¡A la huelga, compañeros!
No vamos a trabajar.
Deja quieta la herramienta.
¡No vamos a trabajar!

En la asamblea, Rafa que había repartido boletines de la construcción, se encontraba a sus anchas, perorando sobre los compañeros del proceso 1001 que esperaban sentencia del Supremo en la cárcel. Del coste de la vida, del derecho a los sindicatos libres, y de que la Guardia Civil había matado días atrás en Bilbao a un compañero de Comisiones. Y que, ¡compañeros!, la huelga va a ser algo normal en nuestras vidas de aquí en adelante. ¡Pero si hasta los actores hacen huelga[2]!

Luego, abrió un turno de palabra, donde los currantes más atrevidos expusieron sus cuitas laborales y argumentaron, casi siempre con anécdotas, sobre cómo había que llevar esta huelga. La mayoría de los planteamientos eran muy radicales. Parecía que las reivindicaciones más elementales, las meras condiciones de trabajo dignas, excitaban su ánimo con una justa ira, ¡Es que no estamos pidiendo dinero!, ¡estamos exigiendo ser tratados como personas! Y ello parecía quitarle a la acción todo posible equívoco. Ellos no eran estudiantes revoltosos con la barriga llena. No. Allí había padres de familia que simplemente reclamaban el cumplimiento de las mismas leyes franquistas.

El amigo Pertur, que tenía un hablar público renqueante y extraño, quizá por los muchos años pasados en Alemania, incidía ahora en la necesidad de que se celebraran elecciones sindicales, tal como recogía el Sindicato Vertical para el ramo de la construcción. El Pertur, que era militante del PCE y por tanto hombre de la mayoría ortodoxa de Comisiones, no quería dejar pasar esta oportunidad para señalar lo que era una de las piezas fundamentales de la estrategia de infiltración de Comisiones en los sindicatos gubernamentales. ¡Había que elegir cuatro compañeros para presentarlos a enlaces sindicales! Naturalmente, Rafa encabezaría la lista, después, el Tío Juan, después él mismo, y para terminar se propuso a un maestro albañil, que aunque muy conocido de Barrán por llevar con él varios años, permitiría dar a la lista un tono de mesura que facilitara las cosas con los mandamases. Era éste un tipo chuleta, de Chamberí —un tal Antonio—, de mediana edad, pequeño y rubiasco, que inmediatamente acepto el puesto. Su designación indignó a los radicales vallecanos y a los jóvenes toledanos, que no veían a santo de qué tenían que votar por aquel antipático personaje. Pero cuando Rafa dio su pláceme a la propuesta del Pertur, todo el mundo lo aceptó. Todo el mundo menos Pepe el Carpanta, el Boty, y nuestro Jambo. Que en el transcurso de un sólo día, y a habían tenido que claudicar dos veces ante el liderazgo de Rafa.

Luego, la asamblea tomó un tono más relajado, y según la tarde iba perdiendo luz, el personal se despistó, se formaron grupos, y otros, recogieron la herramienta y se lavaron y cambiaron. Nadie sabe cómo, pero el amigo Fernando, el escayolista vallecano, ya tenía una curda impresionante. Algunos se reían con él. Esto cabreaba mucho al Hiro-hito, que por todos los medios trataba de mandarlo a casa. Pero Fernando se encontraba a sus anchas, cagándose en la madre de Franco y amenazando de lejos a los encargados.

Poco después, y ya en el autobús, el Rafa les radió las consignas para el día siguiente. Lo primero, formar el Comité de Huelga. Después un par de piquetes, uno a la entrada, por el aquél, y otro rodante dentro de la obra. Y ahora, en cuanto llegaran a Madrid, se iba a buscar al Maca para informarle, y luego al despacho de Atocha para cambiar impresiones con Nacho o Javier. Y si hacía falta, traería unos cientos de octavillas y un par de botes para hacer pintadas.

Los vallecanos le miraron con escepticismo. Al parecer Rafa era capaz de hacerlo todo el sólito. ¡Pues bien! Que lo hiciera. Ellos lo que iban a hacer era meterse en un bar de Atocha y hartarse de cañas. Como así fue. Cuando ya estaban un poco cargados se dedicaron a criticar a Rafa:

—Es un "voluntarista" de mierda —decía Pepe el Carpanta.

Y el Jambo, que no tenía muy claro lo que la palabreja significaba realmente[3], añadió:

—Lo que pasa es que tiene ansias de protagonismo. Lo acapara todo, y todo lo que no ha pensado él, no vale nada.

—Voy a darle a la húmeda yo con el Maca. En cuanto lo guipe —continuó Pepe—. En esta obra ni hay democracia ni hay nada.

—Es chachi —reconoció el Boty.

[1]Fontaneros, calefactores, electricistas...

[2]La de actores fue una huelga dura. Siete fueron detenidos con acusaciones muy serias (a uno de ellos se le acusaba de ser del FRAP) Los soltaron días después. Todos pagaron sus multas para evitar ir a la cárcel. Hubo colectas a este fin. A cierta izquierda eso no le hizo ninguna gracia, al Jambo tampoco.

[3]En realidad ninguno de ellos hubiera podido definir con precisión qué quería decir esto de "voluntarista". Si es que tenía mucha voluntad, si era voluntarioso, si era un oportunista de las voluntades (por aquello de oportunista, que también se decía), o si consideraba que la voluntad debía primar sobre la inteligencia.