S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-9-

Un fuerte suspiro de la Fina.

Aquélla noche, el Jambo, cuando pasadas las once se despidió de sus compañeros de fatigas, no dirigió sus pasos al autobús, para irse a la chabola. La cerveza ingerida le había abierto otro ánimo. Un enorme deseo que le subió del corazón al cerebro flotando en los vapores marca Mahou, y que llevaba un nombre femenino: Fina.

Al salir del Diamante, se subió la cremallera de la chupa. El frío ponía una nota de limpia transparencia en los rostros de las gentes. Le compró un ronly a la vieja de la esquina, y lo prendió con un aires bogartianos. Sólo había cuatro pasos desde la glorieta de Carlos V a la calle del León, donde él sabía oficiaba su profesión la Fina.

Subió por la calle Atocha con pasos decididos pero lentos. Tenía que hacer tiempo. En Antón Martín se mercó un café. A las doce llegó a la calle del León. El puticlub tenía un aspecto ciertamente deprimente, pero eso no le arredró. Quién se iba a atrever a levantarle la voz. A él, uno de Comisiones, uno que hacía huelgas como los panaderos pan. La fachada del local había estado, en tiempos, pintada de azul. Un farolillo ponía algo de luz. No había rótulo por ningún lado. Asió con fuerza el picaporte y entró. Dentro había menos luz todavía. Una barra corrida con unas tenues luces azules y rojas sombreaban las hileras de botellas. Una espléndida camarera, dos clientes silenciosos y una larga fila de taburetes desocupados. En frente, cuatro o cinco mesas vacías con mantelitos azules y velas apagadas. La camarera no era otra que Fina.

¡De putifa! Se dijo el Jambo. Mejor escenario imposible.

Fina llevaba un vestido apretado donde el pecho parecía querer huir. Llevaba los labios tan rojos como la bandera de los comunistas. Se sorprendió a verle. Y se alegró.

A Fina le gustaba el Jambo. Le gustaba la cara de imbécil que se le quedaba cuando le cortaba. Le gustaba su torso prieto y su pecho de romano, plano, pero duro como una lata[1]. Le gustaban sus piernas de deportista. Le gustaba su sonrisa entreverada donde el Jambo quería ocultar su mala dentadura. Le gustaba su amor, largo, brusco, pero lleno de verdades, y le gustaba su mirada triste, de niño solitario siempre enfurruñado. A Josefina le gustaba el Jambo.

—¡Hola, chica! —dijo el vallecano sentándose en un taburete.

Los dos únicos parroquianos, ambos de indefinible aspecto le miraron sin curiosidad.

—¡Vaya, niño, no esperaba verte por aquí! —le saludó Ella.

—¿Esperabas verme por algún sitio?

—Quizá.

—¿No ponéis música en este local?

—Aún es pronto...

—Pues sírveme un JB.

—Lo que quieras...

La observo de perfil mientras alcanzaba la botella. ¡Lenin le asistiera! ¡Qué formas!

Después de servirle el güisqui, Fina puso música: Iron Butterfly, "In-A-Gadda-Da-Vida". Al Jambo le moló, aunque sus escasos gustos musicales iban a lo más duro, el apaño estaba fetén.

Fina se recostó en la barra y le miró fijamente:

—Nunca te hubiera imaginado de cliente.

—Y eso qué significa exactamente.

—Nada, eso.

La mirada del Jambo trataba de evitar su más prominente parte anatómica, pero eso era imposible. Además, ella no hacía nada por ayudarle. Por otro lado, no se atrevía a preguntar a qué hora salía de aquel garito.

Al poco estaba contándole toda la jornada que había vivido. Ella abrió los ojos interesada pero poco a poco su faz se ensombreció. En voz más baja le advirtió para que se callara, que los dos únicos clientes del local eran policías. Que por allí iban muchos.

El Jambo dejó la historieta. Pero se mosqueó un poco con el local. Con lo que le había gustado al entrar. Si parecía salido de una peli de esas en blanco y negro. Calló por un rato. Josefina le hizo una pregunta:

—¿Tienes intención de quedarte mucho rato?

—¿Por qué?, ¿molesto?

—No, que va. Es que quizá venga luego el José...

—¿Y qué crees, que me da miedo?

—No, pero aquí es distinto. Aquí vienen gentes muy metidas, ya sabes...

—No, no sé.

Fina chasqueó los labios, hablaba tan quedo que al Jambo le costaba trabajo entenderla.

—Aquí vienen policías, de la secreta y todo eso.

—¡Pues vaya sitio!

Josefina asintió. Aún era temprano para José. Pero la intranquilizaba que se pudieran encontrar, y esta vez en el terreno del lejía. En ese momento, el disco llegó a esa parte en que Iron Butterfly parece rebuznar.

—¿Y el José qué pinta aquí? —Quiso saber el Jambo.

—Nada, viene a verme...

—Pero si es un paleto...

Esto molesto a Fina:

—Déjale tranquilo, que no te ha hecho nada.

—Sí me ha hecho.

—¡No te ha hecho nada!

—Está entre tú y yo.

Fina negó con la cabeza. Su contertulio no comprendía nada. Le gustara o no, tenía que despacharlo:

—Lo mejor será que te vayas...

—¿Lo dices en serio?, ¿quieres que me vaya?

—No es que quiera que te vayas, pero es lo mejor. Ya nos veremos otro día.

—De acuerdo —dijo el Jambo con resignación—. ¡Cóbrame!

—Te invito.

Entonces el Jambo hizo una tontería, sacó un billete de mil pesetas y se lo quiso dar:

—Toma, lo que te debía, ¿no es eso?

—No, quita, era una broma.

—¿Era una broma?, ¿entonces, yo contigo, no puedo, ni en serio ni en broma?

Esto gusto aún menos a Fina.

—Déjate de bobadas, y ¡vete ya!

—Y si no quiero, ¿qué? —y aquí pegó un grito.

Todo lo que Fina quería evitar ocurrió en un momento: primero, los maderos de la barra se mosquearon:

—¿Pasa algo, Fina? ¿Te está molestando el manús[2]? —le preguntaron.

Segundo, en ese momento entró en el local, José, acompañado de dos tipos trajeados. Fina pegó un suspiro tan fuerte que el Jambo se volvió. La sorpresa de José se transformó en ira:

—¡El hijo de puta! ¡Hasta aquí se ha atrevido a venir! ¡Chulo de mierda!

—¿Qué pasa...? —preguntó uno de los acompañantes de José.

Al Jambo le pareció que era Wili el niño, the famous social.

En el centro de la barra, el Jambo, de pie, vuelto hacia los recién entrados, tembló. A su espalda, los dos maderos se aproximaron colocándosele uno a cada costado. José se quitó la pelliza. Sus acompañantes, como no sabían lo que pasaba, se mantuvieron a la expectativa.

—Bueno, bueno... No sabes dónde te has metido, julai...

—¡José! —Pidió la Fina—. ¡Déjale que se vaya!

—De eso nada. A este matón de barrio le vamos a dar una lección.

El Jambo, en su miedo, pudo articular algo:

—¿No te atreves sólo?

Uno de los sociales, que no estaba de humor, se adelantó y le pidió la papela al Jambo:

—¡A ver, la documentación!

A las voces, salió de una puerta camuflada en el tapizado de la decoración, la dueña del local:

—¿Pero qué ocurre? ¿Ya estamos otra vez?

—No pasa nada, Dominique —respondió José—. Es el que me dio la paliza. Que le vamos a echar a patadas.

—Bueno —dijo la madama—. ¿Pero, fuera, eh?

—¿Así que este es el que te sobó? —preguntó el que parecía Wili el niño.

—¡Venga! ¡El carné! —ladró el madero.

—¿Y usted quién es? —se defendió el Jambo.

Pero no pudo decir más. José le dio una patada en los testículos. El Jambo se dobló como un fardo, pero no cayó. Uno de los policías le apresó por los brazos y con gran fuerza y mientras sus compañeros abrían la puerta de salida le arrojó a la calle. El Jambo trastabilló unos pasos. Unas fuertes arcadas le subían a la boca. Estaba desorientado y por tanto indefenso. José le sacudió un puñetazo a la cara aunque sin mucha fortuna. El Jambo volvió a encogerse, pero tampoco cayó. Finalmente, el que se parecía a Wili el niño, le pasó el brazo por el cuello y apretándole fuertemente le arrastró así hasta la esquina de la calle dónde hizo chocar la cabeza del Jambo contra una farola. Allí el vallecano perdió el conocimiento y cayó finalmente al suelo. José quiso todavía rematarle, pero uno de los policías se lo impidió:

—¡Vale ya! ¡Venga! ¡Y vámonos a lo nuestro!

Lo suyo era una competida partida de póquer, donde los maderos se jugaban el sueldo y otros ingresos más extraordinarios. José no pintaba nada en la partida. Era por decirlo así, el palanganero del local, amigo de la Fina, y no su chulo, como creía el Jambo, recadero de Dominique, la madama —Dominga, en realidad—, y pelotillero y trae güisquis de los sociales que allí se reunían, para esto, para aquello, y para todo lo demás.

En puridad, José no era malo. Había venido de joven a Madrid con su familia, huyendo de la miseria de los jornaleros andaluces. Trabajó de ayudante de carpintero en algunas obras. Conocía a Fina porque eran paisanos. Cuando le tocó la mili se hizo lejía por eso de dar el do de pecho, aunque las pasó canutas en África. Después de licenciado ya no quiso trabajar en la construcción y anduvo de aquí para allá hasta que su amistad con Fina le procuró este extraño semiempleo que consistía en recoger las propinas de aquel garito de mala muerte y que de paso le relacionaba con lo que el consideraba gente importante. Policías con pelas: maderos, sociales, estupas y secretas.

En cuanto a su relación con el Jambo, no pasaba de puramente vengativa. Se cuidaba muy mucho de mencionar que su enemigo era rojo. Eso no tenía ninguna importancia en su odio. No, no era un chota. Él no caía tan bajo.

Unos tunos que venían de tocar por los restaurantes recogieron al Jambo. Pensaron que estaba borracho o drogado y le metieron en un bar para darle café. Poco después, el Jambo pilló un tequi. Cuando el taxista oyó la dirección: final de la avenida de San Diego, le dijo que se bajara.

El Jambo le enseñó las manos:

—¿Tengo manos de chorizo? ¡Coño! —y siguió—. ¡Toma, cien duros, pero llévame a mi casa, porque me acaban de dar una paliza!

El taxista se ablandó, y aunque no las tenía todas consigo se puso en ruta.

—¿Y quién te dio la paliza? —quiso saber.

—¿Es usted de confianza?

—¿Qué quieres decir?

—¡Que si puedo hablar claro!

—Por descontado.

Y le contó un peliculón. Que unos maderos le habían trincado porque estaban en huelga en la obra. Que le habían dado un aviso, vamos...

El taxista enmudeció. El resto del camino no hizo más preguntas. Cuando llegó a la fuente, un poco antes del puente del ferrocarril de Barcelona, el taxista paró. De aquí en adelante, las únicas luces provenían de las ventanas de las chabolas que aún las tenían encendidas. Una pesada oscuridad envolvía Palomeras Bajas.

—Aquí te tienes que bajar. Yo no sigo —dijo.

—¡Pero...! Le di cien duros.

El taxista le devolvió religiosamente el cambio.

El Jambo se bajó del buga sintiendo como los testículos le estallaban a cada movimiento de las piernas. Antes de que el taxista diera la vuelta le gritó:

—¡Eres un giñao!

Tardó un rato en llegar a la chabola. Meó con dolor contra el poste de siempre. Abrió la puerta alumbrándose con el mechero y entró. El Pequeño roncaba en su cuarto. Y en su cama, casi tapados por los mundos obreros, follaban bajito, Alberto y su novia.

—¡Cagüen la Virgen! —chilló el Jambo—. ¡Qué cojones hacéis aquí!

Los novios, sobresaltados, se asustaron un poco, pero Alberto saltó al quite:

—Como no venías...

—Como no venía, ¡hijo de puta! ¡largo de aquí!

—No te pases...

El Jambo se disparó:

—¿Que no me pase?

Cogió a Alberto del brazo, pues no llevaba ropa donde trincar, y lo sacó de la cama arrojándolo contra los panfletos. Tiró de las mantas y dejó a la pobre chica en cueros y con un apuro fenomenal.

—¡Fuera! —gritó.

El Pequeño se despertó a los gritos, pero se hizo el loco.

Alberto y su novia se vistieron a toda prisa. Alberto rezongaba:

—¡Eres un cabrón!

El Jambo estaba agotando su paciencia:

—¡Oye universitario de los cojones! Cuatro sociales me acaban de dar una paliza, con patada en los huevos incluida. No me toques las narices porque te mato. ¡Estamos!

—Son las dos —dijo la novia, remetiéndose la camisa—, ¿dónde quieres que vayamos ahora?

El Jambo separó una manta de las dos que tenía.

—Pues ahí en la sala podéis dormir. Pero esta cama la quiero para mí.

Al salir, Alberto cogió la estufilla de gas.

Sí, calentaos a mi cuenta, pensó el Jambo mientras se arrebujaba en la manta.

[1]Pecho-lata que se decía.

[2]Hombre.