¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-9- Un fuerte suspiro de la Fina. |
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Aquélla
noche, el Jambo, cuando pasadas las once se despidió de sus
compañeros de fatigas, no dirigió sus pasos al autobús, para
irse a la chabola. La cerveza ingerida le había abierto otro ánimo.
Un enorme deseo que le subió del corazón al cerebro flotando
en los vapores marca Mahou, y que llevaba un nombre femenino:
Fina.
Al
salir del Diamante, se subió la cremallera de la chupa. El frío
ponía una nota de limpia transparencia en los rostros de las
gentes. Le compró un ronly a la vieja de la esquina, y lo
prendió con un aires bogartianos. Sólo había cuatro pasos
desde la glorieta de Carlos V a la calle del León, donde él
sabía oficiaba su profesión la Fina.
Subió
por la calle Atocha con pasos decididos pero lentos. Tenía que
hacer tiempo. En Antón Martín se mercó un café. A las doce
llegó a la calle del León. El puticlub tenía un aspecto
ciertamente deprimente, pero eso no le arredró. Quién se iba a
atrever a levantarle la voz. A él, uno de Comisiones, uno que
hacía huelgas como los panaderos pan. La fachada del local había
estado, en tiempos, pintada de azul. Un farolillo ponía algo de
luz. No había rótulo por ningún lado. Asió con fuerza el
picaporte y entró. Dentro había menos luz todavía. Una barra
corrida con unas tenues luces azules y rojas sombreaban las
hileras de botellas. Una espléndida camarera, dos clientes
silenciosos y una larga fila de taburetes desocupados. En
frente, cuatro o cinco mesas vacías con mantelitos azules y
velas apagadas. La camarera no era otra que Fina.
¡De
putifa! Se dijo el Jambo. Mejor escenario imposible.
Fina
llevaba un vestido apretado donde el pecho parecía querer huir.
Llevaba los labios tan rojos como la bandera de los comunistas.
Se sorprendió a verle. Y se alegró.
A
Fina le gustaba el Jambo. Le gustaba la cara de imbécil que se
le quedaba cuando le cortaba. Le gustaba su torso prieto y su
pecho de romano, plano, pero duro como una lata[1].
Le gustaban sus piernas de deportista. Le gustaba su sonrisa
entreverada donde el Jambo quería ocultar su mala dentadura. Le
gustaba su amor, largo, brusco, pero lleno de verdades, y le
gustaba su mirada triste, de niño solitario siempre enfurruñado.
A Josefina le gustaba el Jambo.
—¡Hola,
chica! —dijo el vallecano sentándose en un taburete.
Los
dos únicos parroquianos, ambos de indefinible aspecto le
miraron sin curiosidad.
—¡Vaya,
niño, no esperaba verte por aquí! —le saludó Ella.
—¿Esperabas
verme por algún sitio?
—Quizá.
—¿No
ponéis música en este local?
—Aún
es pronto...
—Pues
sírveme un JB.
—Lo
que quieras...
La
observo de perfil mientras alcanzaba la botella. ¡Lenin le
asistiera! ¡Qué formas!
Después
de servirle el güisqui, Fina puso música: Iron Butterfly,
"In-A-Gadda-Da-Vida". Al Jambo le moló, aunque sus
escasos gustos musicales iban a lo más duro, el apaño estaba
fetén.
Fina
se recostó en la barra y le miró fijamente:
—Nunca
te hubiera imaginado de cliente.
—Y
eso qué significa exactamente.
—Nada,
eso.
La
mirada del Jambo trataba de evitar su más prominente parte anatómica,
pero eso era imposible. Además, ella no hacía nada por
ayudarle. Por otro lado, no se atrevía a preguntar a qué hora
salía de aquel garito.
Al
poco estaba contándole toda la jornada que había vivido. Ella
abrió los ojos interesada pero poco a poco su faz se ensombreció.
En voz más baja le advirtió para que se callara, que los dos
únicos clientes del local eran policías. Que por allí iban
muchos.
El
Jambo dejó la historieta. Pero se mosqueó un poco con el
local. Con lo que le había gustado al entrar. Si parecía
salido de una peli de esas en blanco y negro. Calló por un
rato. Josefina le hizo una pregunta:
—¿Tienes
intención de quedarte mucho rato?
—¿Por
qué?, ¿molesto?
—No,
que va. Es que quizá venga luego el José...
—¿Y
qué crees, que me da miedo?
—No,
pero aquí es distinto. Aquí vienen gentes muy metidas, ya
sabes...
—No,
no sé.
Fina
chasqueó los labios, hablaba tan quedo que al Jambo le costaba
trabajo entenderla.
—Aquí
vienen policías, de la secreta y todo eso.
—¡Pues
vaya sitio! |
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Josefina
asintió. Aún era temprano para José. Pero la intranquilizaba
que se pudieran encontrar, y esta vez en el terreno del lejía.
En ese momento, el disco llegó a esa parte en que Iron
Butterfly parece rebuznar.
—¿Y
el José qué pinta aquí? —Quiso saber el Jambo.
—Nada,
viene a verme...
—Pero
si es un paleto...
Esto
molesto a Fina:
—Déjale
tranquilo, que no te ha hecho nada.
—Sí
me ha hecho.
—¡No
te ha hecho nada!
—Está
entre tú y yo.
Fina
negó con la cabeza. Su contertulio no comprendía nada. Le
gustara o no, tenía que despacharlo:
—Lo
mejor será que te vayas...
—¿Lo
dices en serio?, ¿quieres que me vaya?
—No
es que quiera que te vayas, pero es lo mejor. Ya nos veremos
otro día.
—De
acuerdo —dijo el Jambo con resignación—. ¡Cóbrame!
—Te
invito.
Entonces
el Jambo hizo una tontería, sacó un billete de mil pesetas y
se lo quiso dar:
—Toma,
lo que te debía, ¿no es eso?
—No,
quita, era una broma.
—¿Era
una broma?, ¿entonces, yo contigo, no puedo, ni en serio ni en
broma?
Esto
gusto aún menos a Fina.
—Déjate
de bobadas, y ¡vete ya!
—Y
si no quiero, ¿qué? —y aquí pegó un grito.
Todo
lo que Fina quería evitar ocurrió en un momento: primero, los
maderos de la barra se mosquearon:
—¿Pasa
algo, Fina? ¿Te está molestando el manús[2]?
—le preguntaron.
Segundo,
en ese momento entró en el local, José, acompañado de dos
tipos trajeados. Fina pegó un suspiro tan fuerte que el Jambo
se volvió. La sorpresa de José se transformó en ira:
—¡El
hijo de puta! ¡Hasta aquí se ha atrevido a venir! ¡Chulo de
mierda!
—¿Qué
pasa...? —preguntó uno de los acompañantes de José.
Al
Jambo le pareció que era Wili el niño, the famous social.
En
el centro de la barra, el Jambo, de pie, vuelto hacia los recién
entrados, tembló. A su espalda, los dos maderos se aproximaron
colocándosele uno a cada costado. José se quitó la pelliza.
Sus acompañantes, como no sabían lo que pasaba, se mantuvieron
a la expectativa.
—Bueno,
bueno... No sabes dónde te has metido, julai...
—¡José!
—Pidió la Fina—. ¡Déjale que se vaya!
—De
eso nada. A este matón de barrio le vamos a dar una lección.
El
Jambo, en su miedo, pudo articular algo:
—¿No
te atreves sólo?
Uno
de los sociales, que no estaba de humor, se adelantó y le pidió
la papela al Jambo:
—¡A
ver, la documentación!
A
las voces, salió de una puerta camuflada en el tapizado de la
decoración, la dueña del local:
—¿Pero
qué ocurre? ¿Ya estamos otra vez? —No pasa nada, Dominique —respondió José—. Es el que me dio la paliza. Que le vamos a echar a patadas. |
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—Bueno
—dijo la madama—. ¿Pero, fuera, eh?
—¿Así
que este es el que te sobó? —preguntó el que parecía Wili
el niño.
—¡Venga!
¡El carné! —ladró el madero.
—¿Y
usted quién es? —se defendió el Jambo.
Pero
no pudo decir más. José le dio una patada en los testículos.
El Jambo se dobló como un fardo, pero no cayó. Uno de los
policías le apresó por los brazos y con gran fuerza y mientras
sus compañeros abrían la puerta de salida le arrojó a la
calle. El Jambo trastabilló unos pasos. Unas fuertes arcadas le
subían a la boca. Estaba desorientado y por tanto indefenso.
José le sacudió un puñetazo a la cara aunque sin mucha
fortuna. El Jambo volvió a encogerse, pero tampoco cayó.
Finalmente, el que se parecía a Wili el niño, le pasó el
brazo por el cuello y apretándole fuertemente le arrastró así
hasta la esquina de la calle dónde hizo chocar la cabeza del
Jambo contra una farola. Allí el vallecano perdió el
conocimiento y cayó finalmente al suelo. José quiso todavía
rematarle, pero uno de los policías se lo impidió:
—¡Vale
ya! ¡Venga! ¡Y vámonos a lo nuestro!
Lo
suyo era una competida partida de póquer, donde los maderos se
jugaban el sueldo y otros ingresos más extraordinarios. José
no pintaba nada en la partida. Era por decirlo así, el
palanganero del local, amigo de la Fina, y no su chulo, como creía
el Jambo, recadero de Dominique, la madama —Dominga, en
realidad—, y pelotillero y trae güisquis de los sociales que
allí se reunían, para esto, para aquello, y para todo lo demás.
En
puridad, José no era malo. Había venido de joven a Madrid con
su familia, huyendo de la miseria de los jornaleros andaluces.
Trabajó de ayudante de carpintero en algunas obras. Conocía a
Fina porque eran paisanos. Cuando le tocó la mili se hizo lejía
por eso de dar el do de pecho, aunque las pasó canutas en África.
Después de licenciado ya no quiso trabajar en la construcción
y anduvo de aquí para allá hasta que su amistad con Fina le
procuró este extraño semiempleo que consistía en recoger las
propinas de aquel garito de mala muerte y que de paso le
relacionaba con lo que el consideraba gente importante. Policías
con pelas: maderos, sociales, estupas y secretas.
En
cuanto a su relación con el Jambo, no pasaba de puramente
vengativa. Se cuidaba muy mucho de mencionar que su enemigo era
rojo. Eso no tenía ninguna importancia en su odio. No, no era
un chota. Él no caía tan bajo.
Unos
tunos que venían de tocar por los restaurantes recogieron al
Jambo. Pensaron que estaba borracho o drogado y le metieron en
un bar para darle café. Poco después, el Jambo pilló un tequi.
Cuando el taxista oyó la dirección: final de la avenida de San
Diego, le dijo que se bajara.
El
Jambo le enseñó las manos:
—¿Tengo
manos de chorizo? ¡Coño! —y siguió—. ¡Toma, cien duros,
pero llévame a mi casa, porque me acaban de dar una paliza!
El
taxista se ablandó, y aunque no las tenía todas consigo se
puso en ruta.
—¿Y
quién te dio la paliza? —quiso saber.
—¿Es
usted de confianza?
—¿Qué
quieres decir?
—¡Que
si puedo hablar claro!
—Por
descontado.
Y
le contó un peliculón. Que unos maderos le habían trincado
porque estaban en huelga en la obra. Que le habían dado un
aviso, vamos...
El
taxista enmudeció. El resto del camino no hizo más preguntas.
Cuando llegó a la fuente, un poco antes del puente del
ferrocarril de Barcelona, el taxista paró. De aquí en
adelante, las únicas luces provenían de las ventanas de las
chabolas que aún las tenían encendidas. Una pesada oscuridad
envolvía Palomeras Bajas.
—Aquí
te tienes que bajar. Yo no sigo —dijo.
—¡Pero...!
Le di cien duros.
El
taxista le devolvió religiosamente el cambio.
El
Jambo se bajó del buga sintiendo como los testículos le
estallaban a cada movimiento de las piernas. Antes de que el
taxista diera la vuelta le gritó:
—¡Eres
un giñao! Tardó un rato en llegar a la chabola. Meó con dolor contra el poste de siempre. Abrió la puerta alumbrándose con el mechero y entró. El Pequeño roncaba en su cuarto. Y en su cama, casi tapados por los mundos obreros, follaban bajito, Alberto y su novia. |
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—¡Cagüen
la Virgen! —chilló el Jambo—. ¡Qué cojones hacéis aquí!
Los
novios, sobresaltados, se asustaron un poco, pero Alberto saltó
al quite:
—Como
no venías...
—Como
no venía, ¡hijo de puta! ¡largo de aquí!
—No
te pases...
El
Jambo se disparó:
—¿Que
no me pase?
Cogió
a Alberto del brazo, pues no llevaba ropa donde trincar, y lo
sacó de la cama arrojándolo contra los panfletos. Tiró de las
mantas y dejó a la pobre chica en cueros y con un apuro
fenomenal.
—¡Fuera!
—gritó.
El
Pequeño se despertó a los gritos, pero se hizo el loco.
Alberto
y su novia se vistieron a toda prisa. Alberto rezongaba:
—¡Eres
un cabrón!
El
Jambo estaba agotando su paciencia:
—¡Oye
universitario de los cojones! Cuatro sociales me acaban de dar
una paliza, con patada en los huevos incluida. No me toques las
narices porque te mato. ¡Estamos!
—Son
las dos —dijo la novia, remetiéndose la camisa—, ¿dónde
quieres que vayamos ahora?
El
Jambo separó una manta de las dos que tenía.
—Pues
ahí en la sala podéis dormir. Pero esta cama la quiero para mí.
Al
salir, Alberto cogió la estufilla de gas. Sí, calentaos a mi cuenta, pensó el Jambo mientras se arrebujaba en la manta.
[1]Pecho-lata
que se decía.
[2]Hombre. |