¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-10- Barrán se pilla los dedos. |
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El
Jambo tardó su tiempo en dormir. Una reflexión tras otra, sus
ideas le llevaban por caminos oscuros, lento, como sabemos, para
sedimentar los hechos de su vida. Pero una lucecita de alarma se
encendió en su cerebro. Era miedo. Su primer miedo. No se
trataba de que cuatro tíos le hubieran marado, no, eso ya le
había ocurrido antes. Y se tenía por muy duro y por muy bravo.
No, no era eso. Era una mezcla extraña de odio y política,
cuya mixtura se cocía en la figura del lejía y sus aparentes
amigos, aderezada con los riesgos de la clandestinidad, y con
la, él suponía, que le caería encima el día que la BPS[1]
le trincara. Se encontraba, como todos sus compañeros, dando el
do de pecho en la obra de las Rozas, y completamente a cara
descubierta.
Se
agitó entre la áspera manta. No sólo corría los riesgos de
la profesión más peligrosa de la década: sindicalista, sino
que el muy imbécil se había enemistado con un ex legionario,
probablemente confidente y con buenos contactos. Y para más
inri, dormía rodeado de no menos de 12 años de condena, si
contamos la propaganda ilegal al peso. Y encima ni siquiera era
militante del PCE, del que sí fue, y del que fue expulsado por
trotskista, sin que supiera un pijo lo que era aquello.
¡Pero,
no! Él no se iba a rendir. Se armaría de valor y de fuerza
revolucionaria. Se iba a enterar el Barrán ese, y los de
Malpisa, quiénes era los tíos de Comisiones...
Y
en éstas, se durmió.
Cuando
por la mañana el Jambo cerró la puerta de la chabola, Alberto
y su novia corrieron a la vacía cama y bien prietos y arropados
de mantas trataron de coger calor, o mejor, perder todo el frío
que se habían chupado aquélla nochecita de marras:
—¡Este
hijo de puta, me las va a pagar! —Sentenció el estudiante.
En
la obra no hizo falta ni piquetes ni zarandajas. Todo el mundo
estaba reunido frente a la oficina. Albañiles de Barrán,
obreros de Malpisa, fontaneros, yeseros, electricistas, y todo
el lío del montepío.
Por
lo visto, el pistolero había aparecido al toque de campana,
acompañado de una chai[2]
de muy buen ver. Y entre la huelga, la intriga, y la tía, no
faltaba nadie.
Rafa
estaba exultante. Dio cuatro rápidas consignas a su tropa y
pitillo en boca y entre broma y broma, la plantilla esperó
nuevas.
Pepe
y el Boty, empezaron a corear:
—¡Que
salga Barrán!... ¡Que salga Barrán!...
Al
final lo gritaba todo el mundo. Pero el que salió fue el
administrativo. Un jovenzuelo, fijo de Malpisa, con aires
travoltianos pero que a ojo de albañil, no tenía media hostia:
—Que
entres —le dijo a Rafa.
Rafael,
tuvo un pequeño desliz. Nada importante. Quizá nadie se dio
cuenta. Dio un paso decidido, como para entrar el solito. Pero
rectificó enseguida:
—¡Vamos
los representantes! —gritó:
Y
los cuatro que habían sido elegidos la víspera, pasaron a la
oficina. Justo en el dintel, Rafa se paró, dio medio vuelta y
con la mirada, estuvo unos segundos buscando en la multitud.
Finalmente le hizo una seña al Jambo:
—Entra
tú también.
El
Jambo no supo por qué le llamaba a él, pero no se arredró.
—¡Dales
caña, mucharó! —Dijo el Boty.
En
la oficina, estaban varias personas esperándoles. Habían
puesto algunas sillas en círculo, de las que había cuatro
vacantes. Estaban allí, el Jefe de Obra de Malpisa, dos
encargados, también de esta empresa, Barrán, el Cabezón, su
encargado, con cara de pocos amigos, y la espléndida secretaria
de Barrán, Adela, con un cruce de piernas, para los tiempos que
corrían, que daba un aire irreal a la seria reunión.
El
Jambo admiró la fina línea de sus pantorrillas y la más
oculta de sus muslos. El resto de los representantes hizo lo
propio. Y el Jambo se quedó de pie. Adela, que tenía una carpeta sobre la falda, recogió con rapidez las piernas, no sin antes reconocer en el Jambo las virtudes y los defectos que ya le adivinara cuando se le contrató. Adela estaba allí porque Barrán no se movía sin ella. No se sentía cohibida por los inicialmente reunidos, todos parecían allí muy civilizados, incluso su jefe. Pero la entrada de aquellos cinco obreros, la trajo de nuevo a la cruda realidad de su oficio. No es que fuera una incauta, ni que pensara que allí los malos eran aquellos currantes sin afeitar recién entrados. Pero comiendo de la mano de su tío, mano de la que como sabemos, también soportaba otras cosas, entendió, que esos cinco tipos de feroz aspecto, eran cinco hermosos problemas para su jefe y pariente. |
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A
Adela, los cinco trabajadores no le recordaban nada, ningún
pasado. Pero para otro observador más cuidadoso, sí había una
cierta relación con algún pasado no muy lejano. Aquellos tipos
sin afeitar, embutidos en azules y escurridos monos, y de
nervuda planta, representaban sin ninguna duda a la España
delgada. La España roja y escuálida de la que todavía quedaba
en el régimen de Franco mucha carne. Carne de quienes tuvieron
en sus familias, padres y tíos milicianos, tempranos difuntos
nunca olvidados, secos, recios y enjutos en la antigua y bien
conservada sepia fotográfica. Y a los que ahora daban recuerdo
otros españoles no menos morenos, ásperos, reivindicativos e
individualistas, y desde luego, delgados.
El
Jefe de Obra se tiró un discursito. Resumiendo: estaban dolidos
por la forma en que habían planteado las cosas, sin duda
ilegalmente, pero ellos eran personas razonables, y si deponían
ésta, sin duda por nadie querida, actitud, garantizaba que
mediarían con Barrán para una rápida solución de la crisis,
porque, ellos, santos inocentes, nada tenían que ver ni
resolver, ellos eran Malpisa, empresa seria donde las hubiera, y
Barrán era Barrán...
A
su fin, se hizo un corto silencio que Rafa aprovechó para
encender un cigarrillo, ofreciendo solamente a sus compañeros.
Sólo aceptó el Jambo. Iba ya a hablar cuando Barrán,
inquieto, se adelantó:
—Si
es por los vestuarios, no hay problema. Se hacen, y no se hable
más.
Rafa
tuvo un buen golpe de efecto. Sacó una octavilla del bolsillo
que le habían impreso los compañeros de Vallecas esa noche y
donde se recogían todas las peticiones de los huelguistas. Iba
firmada por Comisiones. Con gran habilidad se la tendió al Jefe
de Obra.
Éste
la tomó intrigado, al ver lo que era pareció molesto, pero la
leyó, y en medio de un gran silencio se la pasó a Barrán,
quien palideció. Así que estos eran los famosos hombres de
Comisiones, se dijo el Jefe de Obra, recorriendo con la vista a
los cinco obreros.
Barrán
se puso las gafas para leer el panfleto. Luego que lo hizo, se
las volvió a quitar y dijo secamente:
—Esto
son mentiras.
Adela,
que conocía muy bien a su jefe, supo que el panfleto había
dado en el blanco.
Rafa
se levantó y se acercó a la ventana:
—Bueno
—dijo—. Pueden ustedes hacer lo que quieran. Pueden aceptar
nuestras reivindicaciones, todas dentro de la vigente legislación,
y terminaremos la huelga, o pueden decir que no, en cuyo caso
seguiremos en huelga indefinida —y señaló a los compañeros
afuera reunidos.
Sonó
el teléfono, y el administrativo lo cogió. Era para el Jefe de
Obra.
—Pues
entonces —dijo el Jefe de Obra tras colgar—, nos lo vamos a
pensar...
—Muy
bien —contestó Rafa—, ya saben dónde estamos.
Y
se levantó para irse y todos con él. Al hacerlo, Adela vio de
nuevo los ojos del Jambo recorriendo su anatomía. ¡Estaba
empezando a ponerle nerviosa!
Los
huelguistas se dispersaron para almorzar. Pepe, el Boty y el
Jambo se fueron al pueblo a tomar un bocata. El Pertur les
abroncó al irse:
—No
os desmarquéis ahora.
Pero
no le hicieron ni caso.
Mientras
Servando les servía, el Jambo les comentó lo jamona que estaba
la secretaria de Barrán. Pero nada dijo del chichón que tenía
en la cabeza ni de lo morados que tenía los huevos.
Tardaron
un par de horas en volver. Algunos ya estaban comiendo. Otros
dormitaban a cubierto, y la mayoría escuchaba a Rafa, que
contaba batallitas del rojerío. Era un orador nato.
A
las tres les volvieron a llamar. Y sin que Rafa dijera nada, el
Jambo se apuntó a la comisión.
El
Jefe de Obra ya no estaba. Barrán hablaba por teléfono cuando
entraron. Adela repasaba unos papeles.
Barrán
colgó el auricular y sin pedirles que se sentaran les comunicó
que aceptaban sus reivindicaciones, y al decir esto último miró
al suelo.
—¡Muy
bien! —se congratuló Rafa—. Redactemos un acuerdo. —¿Cómo, un acuerdo? —se sorprendió Barrán. |
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—Naturalmente,
¿no pensará que vamos a dejar la huelga sin un escrito con sus
firmas y las nuestras?
Barrán
no dijo nada. Luego de media hora de discusiones. Firmaron
todos, menos el administrativo y Adela. El Encargado Jefe de
Malpisa tuvo dudas a la hora de hacerlo. Pero Barrán se
encorajinó con él y lo firmó.
—Ah,
se me olvidaba —dijo Rafa con una copia en la mano—. Quiero
que nos devuelva, todas las hojas en blanco que firmamos al
entrar.
—De
eso no hemos hablado —se defendió Barrán.
—Ya
lo sé. Pero como eso y el no tener de alta en la Caja de
Previsión a todos los compañeros, son delitos, hemos preferido
dejarlo para Magistratura. Así que usted verá. O en una semana
nos devuelve las hojas firmadas y nos da a todos de alta, o le
denunciamos.
—Pero
bueno...
—Buenas
tardes, señores —dijo finalmente Rafa.
Esta
vez fue Adela la que se sorprendió mirando al Jambo al
abandonar la reunión.
Cuando
el pistolero y su eficiente secretaria, llegaron a su oficina,
Barrán comenzó a despotricar contra todo y contra todos. Los
de Malpisa, esos sinvergüenzas que le habían embarcado en el
negocio de prestamismo laboral y ahora se hacían los inocentes.
Contra sus obreros, ¡ingratos!, ¡vagos! A él se lo iban a
contar, que de joven se tenía que levantar a la cinco de la mañana
para ganarse un jornal miserable, en un tajo donde el tranvía
le dejaba a diez kilómetros. Pero iban listos si se creían que
les iba a devolver los finiquitos en blanco y que le iba a dar
de alta. Que esperaran sentados. Bastante tenía con hacerles un
comedor y unos vestuarios y el resto de las peticiones. Sí, de
acuerdo, les iba a dar recibos de nómina, pero sanseacabó.
Adela, sentada en su mesa, ordenaba papeles y preparaba los
modelos de las futuras nóminas que según habían pactado debían
entregar, junto con el sobre, a cada trabajador.
Barrán,
viéndola tan afanosa, le inquirió para que le escuchara:
—¿Y
tú, qué, cómo lo ves?
—¿De
verdad quieres saber mi opinión, tío?
—Naturalmente.
Ya sabes que te trato como de la familia.
Adela
obvió aquélla flagrante mentira. Para empezar le pagaba lo mínimo
según convenio, no cobraba ni una de las horas extras que todos
los días hacía. Y para terminar, tenía que soportar
estoicamente, sus zarpas de gordo seboso.
—Pues
si quieres mi opinión, lo mejor será darles de alta y
devolverles los finiquitos.
—¡Vaya!
—se mosqueó su tío—. ¡Cada día eres más lista! Pero no
ves que si cedemos, mañana nos pedirán el oro y el moro.
—No
se tío. Pero a mi me parece que lo que piden es de justicia.
—¡De
justicia! ¿Pero qué sabes tú? Tú no sabes de qué ralea están
hechos esos desgraciados...
Adela
calló. Estaba acostumbrada a los desplantes de su jefe. Sin
apenas azararse, continuó con su trabajo.
El
pistolero se le acercó con otras intenciones.
—Perdona
Adelita, anda, que no quería chillarte. Venga, sobrina, dame un
beso de reconciliación...
Con
toda la prevención del mundo, Adela le dio un beso en la
mejilla. Entonces Barrán paso la mano por su cintura y le tentó
los senos.
—¡Tío
José! —Chilló ella mientras se zafaba como podía—.
Quedamos en que esto no volvería a pasar.
Barrán
tenía el rostro encendido, la boca entreabierta, y un enorme
bulto en la entrepierna:
—Es
que me pones a cien, estás tan buena...
Y
avanzó hacia ella.
Lo
que siguió ya lo había vivido Adela en otras ocasiones, sólo
que esta vez su jefe parecía completamente descontrolado:
—Te
voy a follar, puta defensora de obreros... Adela, viendo el peligro que corría se fue hacía el baño con intención de encerrarse. El tío José puso los dedos en el marco de la puerta justo cuando ella cerraba con todas sus fuerzas. El alarido fue de aúpa. Una pilladura de esas que el dolor taladra el corazón. |
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Como
por ensalmo, toda la calentura del pistolero se fue al carajo.
Adela le cogió la mano y se la puso bajo el grifo. Él chillaba
como un loco. El pistolero se había pillado los dedos. Adela no
tuvo miedo de su acción. Era una mujer valiente.
Cuando
a eso de las nueve, Adela llegó a su casa, después de haber
pasado con su jefe por la Casa de Socorro dónde le atendieron,
su marido, Emilio, no le notó nada especial. Otro día más de
duro trabajo para ambos. Vivían en un confortable piso, de más
de cien metros y con calefacción central en la mejor zona del
barrio del Pilar. No tenían problemas económicos, pese a que
pagaban las letras del piso, del coche, y de los muebles. Pero
como de momento no tenían hijos, vivían con desenvoltura,
saliendo a la sierra los fines de semana, y veinte días a
Benidorm en los veranos. Adela amaba a su marido, le gustaba
como era, su afable temperamento, y también sus estiradas y
flacas carnes. Sólo dos cosas turbaban su amorosa relación. El
asunto de la tienda de ropa. No entendía por qué se negaba.
Quizá era la presión familiar, quizá otra cosa. En cualquier
caso, Adela se había resignado. La segunda desazón era más
profunda y más misteriosa. Amaba a Emilio, pero en la cama sus
encendidas emociones siempre la confundían. Sí, adoraba todos
los previos que Emilio sabía darle, esa hermosa ardentía que a
cada uno de sus abrazos le acometía deliciosamente. Pero una
vez que él se agitaba trémulo en su interior y se calmaba,
Adela quería seguir abrazándole y acariciándole horas y horas
porque algo en su vientre se lo pedía, un algo incógnito de
final indeterminado que ella no sabía qué era pero del que le
costaba horas deshacerse, y que cuando ya Emilio dormía plácidamente,
la obligaba a encogerse como una niña y llevarse la mano al
pubis y tenerla muy prieta, acallando aquellos latidos que no
sabía dónde conducían.
Adela,
era una mujer inteligente, progresista dentro de lo que cabía,
madura de mente y cuerpo, pero una ignorante en cuanto al sexo.
De novios se había hartado de masturbar a Emilio en mil y un
sitios, y de una y mil maneras distintas. Siempre le
impresionaba aquello que se ponía tan tieso, para después de
un ratín de frufrú, salpicar y encogerse como un enanito.
Alguna vez, Emilio le había tocado delicadamente el pubis y su
interior, sintiendo maravillosas sensaciones, pero cuando su
novio notaba una creciente humedad que de normal se acompañaba
de suspiros, retiraba la mano creyendo su misión cumplida.
Cuando
ya casados le dejó realizar un coito completo, disfrutó mucho
de aquellas nuevas sensaciones, de tener dentro su miembro y
poder ella moverse en leves círculos sintiendo el cálido
contacto en su interior. Durante la luna de miel en Canarias,
anduvo días y días deseando meterse con su amado en la cama y
continuar aquellos juegos que tanto la excitaban, aunque
terminaran siempre en una gran confusión mental y física.
Con
el paso del tiempo se había acostumbrado, y si bien disfrutaba
como siempre, la gran excitación física en que quedaba,
lentamente apagada por el sueño, comenzaba a perturbar su de
normal estable carácter.
Se
descubría a sí misma mirando a otros hombres, y si bien jamás
reconocería que lo hacía con deseo, su instinto de hembra
adulta y sana, empujaba con fuerza en otras direcciones. Pero
ella amaba a Emilio. Lo amaba con la fuerza de un noviazgo
feliz, con la pasión cernida por una vida de esperanzas en común,
de esfuerzos y de la gran afectuosidad con que era tratada por
su marido. Sin embargo, en su cerebro había calado una imagen. La juvenil figura de aquel obrero patilludo y despeinado, de largas piernas y rostro angulado y fiero, pero en el que se adivinaba si se le miraba a los ojos con atención, un gran vacío que deseaba ser llenado. Y aquel recio torso de largos y musculosos brazos, y sus manos anchas y duras, capaces de ocultar en su interior las de cualquier mujer. Sí, el vallecano le atraía, como alguna otra vez le habían atraído otros, sólo que en ésta, la atracción era más fuerte y la distancia más imposible de salvar. Y estas sensaciones, de normal pasajeras y olvidadizas, al año de su matrimonio, se hacían más persistentes, y eso preocupaba a Adela, tanto como los indecentes y repulsivos escarceos de su jefe. |