S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-11-

Un piso en Nueva Numancia.

Se construyeron los vestuarios y un amplio y caliente comedor. Se celebraron las preceptivas elecciones sindicales, donde salieron elegidos los cuatro señalados. La unidad de los trabajadores era tremenda. La asamblea era soberana, y nada se hacía si no era por mayoría. Aunque a Rafa nunca le costó alcanzar la mayoría, pese a los tres díscolos de siempre.

En Malpisa estaba contentos. El trabajo iba bien, los conflictos se habían reducido y esperaban terminar la obra y la contrata con Barrán para el verano. Por presiones de Malpisa, Barrán no descontó los dos días de huelga, aunque el pistolero no los cobró. Por contra, Barrán no devolvió los finiquitos, y sólo dio de alta a los recién enlaces sindicales.

Cuando Rafa se hartó de esperar, reunió a los cuatro enlaces, y le propuso hacer ritmos lentos hasta que Barrán entrara en razón. Todos estuvieron de acuerdo. pero cuando el Jambo y Pepe se enteraron, de inmediato propusieron ir a la huelga. En la hora de la comida, se discutió la propuesta avalada por los cuatro representantes. El Jambo intervino para apoyar una nueva huelga:

—Estamos en las mismas —decía—. Lo que hemos conseguido es muy poca cosa, era justo y de ley, sí, pero también lo son las nuevas reivindicaciones. Y, ¡compañeros!, nosotros tenemos fuerza para eso y para más.

Algunos jóvenes toledanos le apoyaron. Pero la victoria de Rafa estaba cantada, una inmensa mayoría aceptó empezar los ritmos lentos.

Rafa se lo comunicó al Encargado Jefe. ¡Estamos a ritmo lento! Ya sabe usted por qué.

El Encargado Jefe corrió al teléfono. El Jefe de Obra, al enterarse, también corrió al aparato. Se puso Adela. Barrán estaba en otra obra, pero en cuanto volviera se lo comunicaría:

—Oye, Adela —le dijo el Jefe de Obra—, házselo saber bien claro. O arregla esto o tendrá problemas.

Pero Barrán, además de montar en cólera, se negó rotundamente. Cogió el teléfono y llamó a uno de los capitostes de Malpisa. Más calmado y con buena facundia, le hizo ver dos cosas. Una, que si cedían esta vez, nadie podría saber cual sería la siguiente, y otra, si tenía que correr con las cuotas, no habría negocio. No habría margen, y o bien Malpisa aumentaba los pagos mensuales, o tarde o temprano se quedarían sin obreros.

El baranda de Malpisa, sopesó detenidamente las palabras de Barrán, del que por cierto tenía una opinión deplorable, opinión un tanto injusta si tenemos en cuenta que eran ellos los que fomentaban este tipo de empresarios. En cualquier caso buscó una solución de compromiso:

—Bueno, tú de momento les devuelves los finiquitos y de lo demás me encargo yo.

Pero ni eso quería Barrán:

—Pero tú sabes la pasta que me supondrá despedirlos.

—Qué majadero eres, José, eso lo tienes perdido en cualquier Magistratura de Trabajo. Que los jueces ya no son como antes.

—Me da igual, a mí siempre me ha ido bien así.

—Pero a mí no. Y no me fastidies más. Les devuelves los finiquitos y me dejas actuar a mí. Que yo sé muy bien cómo hay que tratarles.

Y colgó.

Barrán renegó un buen rato. ¿Que sabes cómo tratarles? ¡tú qué vas a saber! Gilipollas, que eres un gilipollas. Adela se sonrió por lo bajo.

Esa misma tarde, Barrán se presentó en la obra con su secretaria. Llamó a la oficina a Rafa y le dio un montón de folios en blanco con las firmas al pié. Al salir, Adela vio al Jambo, flanqueado por Pepe y el Boty, que muy en su papel de ritmo lento tenían las palas clavadas en la arena de río, mientras un dumper[1] en punto muerto vibraba, anhelando una palada más que terminara de llenar de una puñetera vez su vacía tolva.

El Jambo llevaba la parte de arriba del mono anudada en la cintura, y una camiseta de un verde indefinible dejaba al aire sus nervudos brazos. Sonreía, no a Adela, sino a Barrán, y por cuenta de los comentarios de Pepe.

Barrán le dijo a Rafa:

—De lo otro me tienes que dar tiempo.

—Usted verá. Nosotros, ya sabe, a ritmo lento, de momento, porque también podemos tomar medidas más tajantes.

—¡Hombre! Este es un gesto de buena voluntad.

—Cada día que pasa sin estar dados de alta, es un día menos de cotización para nuestra jubilación.

Y Rafa se acercó a la hoguera y mientras iba leyendo a duras penas las casi ilegibles firmas, las arrojaba al fuego. Los tres díscolos, a cada una, gritaban, ¡bien!, ¡bien!

Pronto toda la obra gritaba al compás.

Y Rafa, como un gigante, dueño de sus gestos reposados, pero bruñidos en el acero de su mandíbula, sonrió, y con los ojos acuosos terminó por estallar en carcajadas. Y todos con él. Y vio Adela lo que allí había y se estremeció y Barrán sintió una ira diabólica que le hizo salir en estampida. Y el Encargado Jefe que observaba desde la oficina, se fue al teléfono y cumplió la orden de sus jefes: denunciar a Rafa a la Guardia Civil de las Rozas.

Mientras tanto, el ritmo lento continuaba anárquico e imposible. Lo que para unos era ritmo lento, para otros era meteórico, y las discusiones jaleaban una acción que era imposible calibrar. Y el Pertur, cronometrador oficial elegido en asamblea, iba y venía de aquí para allá, a veces, diciendo, que hay que hacer más y otras derribando un tabique, ante la estupefacción del Cabezón y otros encargados.

A las cinco se acercó discretamente a la oficina una pareja de picoletos. Un encargado llamó a Rafa para que se presentara en la oficina. Lo que era de lo más normal.

Cuando Rafa los vio, tuvo un mal presentimiento, pero no se amilanó.

—Estos señores quieren hacerle unas preguntas —dijo el Jefe de Obra, y sin más historias salió de allí como alma que lleva el diablo. Personalmente, no las tenía todas consigo. Él estaba en contra de esas medidas.

—¿Estoy detenido? —preguntó el Rafa.

—No —le respondió el cabo. Un tipo enjuto, y de mejillas apergaminadas y con unos espantosos ojos vidriados por el vino.

—¿Entonces?

—Entonces se calla usted. Y nos va a acompañar al cuartelillo, Cuando el teniente le haya interrogado podrá irse a casa.

A las cinco y media, el Boty, echó en falta a Rafa. Preocupado, esperó hasta la seis sin moverse de la puerta del vestuario. Cuando sonó la campana y viendo que no aparecía, salió corriendo para la oficina. Sólo estaba el administrativo, un tipo pusilánime y rencoroso que no desaprovechó la ocasión:

—¡Ah, Rafa!... Se lo llevó la Guardia Civil.

El Boty se lo comunicó a Pepe y al Jambo que le esperaban en la parada del Autobús.

—Hay que dar dos gritos —dijo Pepe.

—Yo los doy —aseguró el Jambo.

En efecto, cuando ya dentro del autobús todo el mundo se había acomodado, el Boty dio dos fuertes palmadas. Desde el centro de la plataforma, el Jambo empezó a hablar con emoción:

—¡Compañeros! Para aquellos que trabajéis en Malpisa: la Guardia Civil ha detenido a Rafa, nuestro representante. Así responde la patronal a nuestras demandas. Con la represión. Nada del otro mundo pedimos, los que es justo y legal. Pero da igual, en cuanto los obreros se unen para mejorar sus condiciones de vida nos mandan a la Guardia Civil. Pero ahora tenemos fuerza y unidad y no nos van a doblegar, no vamos a consentir que apresen a nuestros líderes. ¡Compañeros! Mañana hay que ponerse en huelga. Por la libertad de Rafa y por nosotros todos. Y porque no tenemos otra forma de progresar si no es defendiendo nuestros derechos. ¿Qué les vamos a dejar a nuestros hijos? ¿la espuerta con las herramientas?[2] No, compañeros, ¡A la huelga! ¡Por nuestro líder! ¡Por nuestros derechos y nuestro futuro, y por nuestra clase!

Un largo silencio cayó sobre el autobús. Una mujer madura con el pelo cardado y teñido de rubio, probablemente vecina de las urbanizaciones de lujo cercanas a las Rozas, miraba al Jambo horrorizada, pero no dijo nada. Los currantes tampoco. Rumiaban las palabras del Jambo. Y así durante el largo trayecto nadie interrumpió aquel silencio, donde para unos se había significado una triste y repetida realidad, y para otros, los menos, y de sopetón, recibían un aviso de lo que serían los tiempos venideros, sacándoles de su inconfesable neutralidad y de su feliz y cómplice ignorancia, pues aquél autobús, trasladaba día a día, juntos pero no revueltos, gentes de clase media alta y trabajadores del extrarradio que les construían sus casas.

En la chabola no había nadie. Al ver el desorden de su habitación, con los panfletos tirados por todos los sitios, le entró tal cabreo, que se dijo con firmeza que era llegada la hora de ahuecar el ala. Para terminar de enrabietarle, un característico olor le hizo buscar por todos los rincones hasta que encontró en una esquina y sobre un periódico, un condón usado. ¡Joder! A qué niveles estamos llegando. Desde luego, como dice el Morriña, la miseria siempre es contrarrevolucionaria. Y como final y clímax de aquélla crucifixión, en absoluto rosada, al examinar el billetero, comprobó con horror, que le quedaban dos mil pelas para terminar el mes.

Salió al descampado dando un portazo. ¡Esto no es vida! Como fatal, visto peor, tengo que cagar en el campiri, no follo nada, me maran cada dos por tres, y encima, cualquier día me trincan y me como todos los Mundos Obreros de la habitación como si los hubiera impreso yo mismo.

Le acometieron unas ganas irresistibles de ir a ver a la Fina. Pero las consecuencias podían ser terribles. Se reprimió. Se fue al Comunín a ver si pillaba a Perico y caía una cena. Perico estaba encerrado en su chambra, folgando con una compañera del Instituto donde estudiaba COU. Pero tuvo la fortuna de encontrarse con Agustín que acompañado de Ariza, un baranda del metal, parece que salían de visitar a Charly. Se saludaron. ¡Qué suerte! José Luis, un antiguo comunero, había alquilado un piso en Nueva Numancia y tenía sitio para dos, así que el Agus le propuso que se fuera con él a Nueva Numancia, un barrio enrollado pegado a la Avenida de la Albufera. Por supuesto que sí, le dijo. Y quedaron para ir a verlo al día siguiente. De paso le contó lo de Rafa, que habría que pasar por su chabola y decírselo a la parienta.

—¡Sí está en su casa! Me lo ha dicho Macario. Parece que le dieron cuatro hostias, pero como se mantuvo firme, le dejaron marcharse.

—Pues nosotros hemos convocado huelga para mañana.

—¿Vosotros, quiénes?

—Pepe, el Boty y yo.

—¿Pero no tenéis enlaces?

—Sí, pero no hubo tiempo.

—Bueno, pues mañana reunís a la obra en asamblea y decidís.

—Puta burocracia —dijo el Jambo riéndose.

El Agus le paso la mano por el hombro:

—Estáis salvajes vosotros tres...

Y se marchó sonriendo.

A la mañana siguiente, en el autobús, Rafa les contó, entre risas, lo que había pasado. Por lo visto cuando el teniente le aplicó dos hostias nada más verle, Rafa, con el instinto de ex lejía, donde había hecho la mili, se cuadró con la barbilla bien alta. Esto sorprendió al teniente y cambió completamente el panorama. ¿Así que has sido legionario?, le dijo.

—Sí, mi teniente.

—¿Y qué haces tú armando líos?

—No son líos mi teniente, es que el empresario es un pirata de armas tomar que ni nos tiene dados de alta, como regula el Fuero del Trabajo.

Esta mención a una ley marcadamente fascista, donde por cierto, nada se decía de este tema, volvió a sorprender al teniente.

—¿Y eso es todo?

—Eso es todo, mi teniente. Un verdadero pirata.

—Bueno, por esta vez voy a ser condescendiente, por ser tú. Puedes irte, pero que no me entere de que soliviantas al personal.

—Sí, mi teniente.

Y Rafa, increíblemente, se marchó, no si antes pedirle prestado al oficial diez duros para volver a casa, dado que toda sus pertenencias estaban en el vestuario de Malpisa. Quién lo hizo con gusto y con palmadas paternalistas:

—Venga vete, y lo dicho..., que yo a las malas soy muy cabrón.

Seguro, pensó Rafa poniendo tierra por medio. ¡Que te follen, julai!

Vaya con el Rafa, era una fuente de sorpresas. Para el Jambo estaba claro, había líder para rato. El Rafa no quiso saber nada de la huelga. Continuaremos con los ritmos lentos. Y esta tarde, nos acercamos al despacho para que presenten una denuncia. Y ahora, en cuanto lleguemos al tajo, voy a hablar yo con el Jefe de Obra.

Pero éste no apareció. Cuando el personal se enteró de lo que le había pasado a su enlace sindical, quisieron montarla. Un nutrido grupo de toledanos quería entrar en la oficina a voz en grito.

Nadie como Rafa para encauzar las aguas turbulentas. A las tres, asamblea en el aparcamiento, unos sótanos sin cerrar que iban a servir para ese fin. Se fue a la oficina y obligó al administrativo a que le escribiera a máquina un papel donde se convocaba la asamblea, luego le puso el tampón de Malpisa y se lo hizo firmar a todos los enlaces, después lo grapó en el tablón que había a la entrada de la oficina. Se quedó un rato contemplando su obra.

—¿Qué? ¿Os mola? —le preguntó a la tropa de choque. Y siguió:

—Y no he firmado como Comisiones de puro milagro.

—¡Vaya! —replico el Jambo—. Se diría que ya somos legales.

—Paciencia, chavea, ya llegará...

—Primero tendrá que morir la momia —dijo Pepe con escepticismo.

—Ya caerá...

El Encargado Jefe no se atrevió a quitar la papela, pero dio un telefonazo a Malpisa. Es que han puesto el sello de la empresa, dijo con desconsuelo.

A las tres, reunidos todos los currantes en el aparcamiento, dio comienzo la asamblea, dirigida por Rafa y ejerciendo de moderador el propio Jambo.

En el orden del día, el ritmo lento, que debido a lo difícil de su crono, no estaba dando los resultados apetecidos. Se valoraba si dejarlo y conformarse con la denuncia en Magistratura contra Barrán, o tomar otras medidas más duras.

Otro punto a discutir y que pronto ocuparía más tiempo de lo previsto, era que, Fernando, antes de comer, se había dado un chapuzón, en pelotas, en la piscina de la fase anterior ya prácticamente habitada. Y claro, las vecinas se habían quejado. El Cabezón, también se había quejado al Pertur, al que consideraba un hombre razonable. No dejaba de ser curioso, que para este encargado de Barrán, la autoridad recayera ahora, no en sus jefes inmediatos, sino en los representantes de los trabajadores. Así estaban las cosas.

Pepe intervino para defender a Fernando. Primero de coña, que tenía mérito bañarse con el frío que hacía, segundo para que la asamblea se dedicara a cosas más acuciantes. Y finalmente, propuso ir a la huelga.

Iba ya a dar el Jambo la palabra al Pertur, cuando hicieron su entrada tres personas, Barrán, el Jefe de Obra, y un tercero, muy trajeado con aires de mandamás. Sin más preámbulos, éste último, comenzó a gritar:

—Vamos a ver, señores...

El Jambo rugió como un trueno:

—¡¡Silencio!! Nadie le ha concedido la palabra.

El aludido se engalló:

—A ver si me vas a tener que dar permiso tú para que yo hable en mi propia empresa.

EL Jambo le taladró con la mirada. Desde el bidón donde oficiaba como moderador le replicó:

—Mire, señor mío, aquí el que da permiso para hablar soy yo. Que soy el moderador de esta asamblea de trabajadores. Si quiere usted hablar, pida la palabra, y cuando le toque se la concederé. Y si no acepta esta norma, ordenaré al servicio de orden que le desaloje.

E hizo una seña al Boty para que estuvieran aliquindoi.

Entonces, Pepe, el Boty, Quique, y un par de toledanos, se acercaron a los recién llegados sin ningún disimulo. El susodicho, muy herido en su amor propio, se resistía a callarse, pero el Jefe de Obra, que ya sabía cómo se las gastaba Pepe, le tomó del brazo y le susurró:

—Deja Sebastián, que estos son muy burros, mejor pedimos la palabra. Y levantando el brazo, dijo:

—De acuerdo, pedimos la palabra.

El Jambo dejó que tres o cuatro intervinientes se despacharan a gusto. Los barandas se intranquilizaban, pero no se atrevían a intervenir sin permiso. Una vez que Rafa dejó claro que su postura era seguir con los ritmos lentos y demandar a Barrán, les concedió la palabra.

No dijo nada trascendente el tal Sebastián, que él era el jefe, que había venido por propia iniciativa para pacificar las cosas. Que era mejor dialogar, como personas civilizadas.

Rafa levantó el brazo y sin esperar el permiso del Jambo, le replicó:

—Si es usted tan dialogante, ¿por qué me mandaron a la Guardia Civil?

—A mí que me registren —mintió descaradamente el boss.

Hubo una carcajada general. Sebastián siguió:

—Lo que vengo a decirles es que Barrán les va a dar de alta a todos, por tanto pueden volver al trabajo con normalidad. Tampoco hace falta que vayan a Magistratura.

Fue el mismo Jambo quién le contestó.

—Muy bien. Esta asamblea le agradece sus palabras, pero será la propia asamblea con sus representantes, quien tomé las decisiones.

Hubo un rato de cierta confusión, donde unos querían seguir con algún tipo de acción y otros volver a la normalidad. Como siempre, Rafa, ofreció su alternativa: De acuerdo, volveremos a la normalidad, pero la demanda la ponemos. De eso puedes estar seguro, Barrán.

Aceptado por mayoría, los jefes de Malpisa se fueron medianamente satisfechos, se volvía al trabajo, y en cuanto a Barrán, allá se las compusiera con el juez, cuando coño saliera el juicio. Barrán, el gran derrotado, se fue para la oficina hecho un basilisco, tan airado que ni siquiera molestó a su secretaria, luego, se marchó y pasó toda la noche de puticlubes.

El piso de Nueva Numancia que José Luis tenía alquilado, molaba. No tenía calefacción, pero había una par de radiadores eléctricos, de aquellos que llamaban de "calor negro". También era espacioso, y cada uno tenía su habitación, y el alquiler, a repartir entre tres, no resultaba demasiado oneroso para la economía de guerra que todos los rojos metidos a obreros profesaban.

José Luis les dio una copia de la llave y quedaron en pasarse al día siguiente con los bártulos. El Jambo invitó al Agus a tomar unas cañas, pero éste tenía prisa porque había quedado con su novia. Sin nada que hacer, el Jambo decidió darse una vuelta por el centro, quizá hasta se pasase por Pentagrama.

En la glorieta de Bilbao, el Jambo estuvo merodeando un rato, pitillo en boca, por la acera del drastor[3]. Le molaban las titis que por allí circulaban. Pero no se decidía. Había estado algunas veces dentro, con Perico, que era de los que iban allí a intentar ligar. Pero de solateras, la idea le parecía impracticable. Finalmente, se decidió y entró. Se sentó en un taburete de la barra y pidió una cerveza, era extranjera, una nueva que hacían por Burgos, ¡bah!, prefería la madrileña Mahou. Un cigarrillo tras otro, fueron pasando los minutos. En la zona de las mesas, grupos de chicas conversaban animadamente. Algunas llevaban libros, otras paquetes. Nada que rascar. No tenía precisamente uno de sus días brillantes, ni en la moral ni en lo físico. Y sobre todo en esto último. Iba sin afeitar, llevaba tres días sin ducharse, lo que en su oficio, era un mes para una persona normal, y las vestimentas eran para espantar a la más decidida. Pero bueno, se conformaría con tomarse unas cervezas, mejor esto, que soportar al Alberto y su novia en la chabola.

Entonces la vio. ¡Coño!, pero si es la secretaria de Barrán. En efecto, Adela estaba sentada en una mesa retirada y charlaba con su tía, la mujer de Barrán. Y como por un ensalmo, la sangre del Jambo se agitó en sus venas, eliminando toda otra posible sensación. Carajo... Qué buena estaba la condenada, con aquélla blusa blanca y un botón desabrochado, y la falda marrón bien pegada a las caderas, dejando ver sus hermosas piernas y hasta unos centímetros de muslo. Alguien dentro del cerebro del Jambo, tocó a retirada. ¿Pero, bueno, es que crees que una tipa así se va a fijar en un trompo como tú?

De acuerdo, es imposible. Además, estamos en bandos contrarios. Yo soy un puto peón de albañil, y ella secretaria, yo visto como un barriobajero y ella en el Corte Ingles, seguro. Yo soy rojo y ella facha. Qué nos queda en común: nada. Pero todo esto no va a impedir que le clave la vista en el cogote hasta que no tenga más remedio que volverse y me vea. Y ahí, como dice el Perico, ¡a ver qué pasa!

Ni aunque hubiera sido un hipnotizador profesional. Adela siguió con su charla y no volvió la cabeza en ningún momento. Comentaba Adela con su tía, que su jefe, es decir, el marido de su acompañante, estaba últimamente agobiado por problemas con Malpisa. Y que quizá eso era todo. Y venía esto a cuento, porque el pistolero había llamado a su mujer desde un antro de la Cuesta de las Perdices, para montarle la bronca y decirle que no le esperase levantada. Y su mujer, que si bien estaba habituada, llamó a Adela para preguntar si había pasado algo y de paso charlar un rato y pasear con el centro. Adela, que podría haberle contado las decenas de veces que había tenido que defenderse de los achuchones de su jefe, y más aún, el infausto motivo por el que Barrán, llevaba los dedos de la mano derecha entablillados, fue prudente, y buscó excusas para tranquilizar a su tía, que, en el fondo, era una santa mujer, una infeliz, incapaz de sumar dos y dos. Pero en esa charla, la más nerviosa no era la mujer del pistolero, sino la propia Adela. Por nada del mundo deseaba que su tía se enterase de lo pulpo que podía llegar a ser su marido, y menos del incidente del baño. Donde no quería imaginarse cómo podía haber terminado lo cosa. Y luego Emilio, su marido, y toda la maldita familia. Y esto no estaría pasando si hubiera montado su tienda de ropa, que es en lo que de verdad quería trabajar. Pero claro, las mujeres casadas no pueden montar negocios sin el permiso marital.

A las ocho, ambas mujeres se levantaron y caminaron hacia la salida. Al pasar junto al Jambo, Adela le vio y, sin duda, le reconoció. Su cara cambió un instante. El Jambo esbozó una timidísima sonrisa. Ellas se fueron. Sin dudarlo un momento salió detrás. ¡Iba a seguirlas! Una excelente diversión, a su entender.

La diversión pareció acabarse cuando se acercaron a la parada de taxis de la glorieta. Pero, ¡oh, fortunata! Sólo lo tomó su tía. Después, Adela se encaminó por la calle Fuencarral, en dirección a Cuatro Caminos, donde tomaría el autobús para su barrio. Iba muy tranquila, miraba los escaparates y las carteleras de los cines. El Jambo, a unos veinte metros hacía lo propio. Si ella paraba él también, si miraba un escaparate, él también. Únicamente, que las dependientas de una tienda se troncharon de risa hasta que se dio cuenta de que estaba mirando unos artísticos sostenes.

En Quevedo estuvo a punto de perderla de vista. Por Bravo Murillo, Adela aceleró el paso, nada notable, pero lo aceleró. Acababa de darse cuenta de que el Jambo la seguía. Encontradas emociones subieron a su magín. Aquel obrero, él que le miraba las piernas con descaro en la oficina de Malpisa, caminaba a unos metros a su espalda. No tuvo miedo, ni tampoco dudas. Aquel tipo flaco y larguirucho, de manos como mazas, al modo más tradicional e hispánico, seguía sus pasos con la segura intención de entablar conversación, y en definitiva, tratar de ligar. Porque otra cosa no podía ser.

Casi le dio risa. ¡Vaya, un admirador! Y de la clase trabajadora. Un revolucionario de esos. También son de carne. Se sorprendió a sí misma por tan buen humor. Y también, por un agradable cosquilleo de unas vocecitas que en un apartado rincón de su cerebro le decían, que en definitiva, aunque el asunto no tenía ninguna posibilidad, ella era un hembra de la especia humana, y él de la misma especie, pero del otro sexo, y que como ya sus respectivas químicas sabían, se gustaban. Así que una hermosa mujer, sana, de mente madura, y con un marido al que amaba sobre todas las cosas, pero que le hacía dudar todos los viernes y sábados por la noche, una mujer llena de vida pero comprometida, tenía, ahí, a su espalda, un desconocido, quizá hasta terrible, pero por descontado, atractivo, un joven que la seguía, esperando una oportunidad, que ella, naturalmente, nunca le iba a dar.

Al llegar a la parada, se le escapó el autobús. Adela se pegó a la señal. Sola bajo la marquesina. Había pocas luces. Poca gente. Y el Jambo, desde la cera de enfrente, con el pie apoyado en un señal de prohibido aparcar, encendía un celtas largo, calcadito que el Bogart, pero en pobre, en español, y en rojo.

Ella no se movió, ni tampoco miró, al menos unos minutos. Luego, levantó la cabeza con orgullo y le miró a los ojos. Adela era muy valiente, tanto, que el Jambo estuvo a punto de desviar la vista, lo que hubiera sido ciertamente decepcionante para ambos. Pero no lo hizo, la mantuvo. Y allí se cruzaron sus miradas. Como cable herziano de una pareja que se gustaba, y donde ambos intuían que sólo se trataba de un juego. Un juego que no podía terminar en nada, porque entre los cinco metros de calle, se interponían dos mil años de civilización judeo-cristiana y casi cuarenta de cuartel. No obstante, ambos cerebros se mandaron señales, como si fueran dos buques de guerra en medio de la batalla. Y el Jambo supo que tenía delante una mujer de verdad, y Adela supo que tenía enfrente un joven lleno de deseos, de fuerza y de necesidad. Y ambos sabían, que cuando el azul vehículo de la EMT se cruzara en su camino, todo habría acabado. Como así fue.

 [1]Volquete.

 [2]Esta frase se la había oído a Agustín.

 [3]No se moleste, ya lo sé.