¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
|
-11- Un piso en Nueva Numancia. |
|
Se
construyeron los vestuarios y un amplio y caliente comedor. Se
celebraron las preceptivas elecciones sindicales, donde salieron
elegidos los cuatro señalados. La unidad de los trabajadores
era tremenda. La asamblea era soberana, y nada se hacía si no
era por mayoría. Aunque a Rafa nunca le costó alcanzar la
mayoría, pese a los tres díscolos de siempre.
En
Malpisa estaba contentos. El trabajo iba bien, los conflictos se
habían reducido y esperaban terminar la obra y la contrata con
Barrán para el verano. Por presiones de Malpisa, Barrán no
descontó los dos días de huelga, aunque el pistolero no los
cobró. Por contra, Barrán no devolvió los finiquitos, y sólo
dio de alta a los recién enlaces sindicales.
Cuando
Rafa se hartó de esperar, reunió a los cuatro enlaces, y le
propuso hacer ritmos lentos hasta que Barrán entrara en razón.
Todos estuvieron de acuerdo. pero cuando el Jambo y Pepe se
enteraron, de inmediato propusieron ir a la huelga. En la hora
de la comida, se discutió la propuesta avalada por los cuatro
representantes. El Jambo intervino para apoyar una nueva huelga:
—Estamos
en las mismas —decía—. Lo que hemos conseguido es muy poca
cosa, era justo y de ley, sí, pero también lo son las nuevas
reivindicaciones. Y, ¡compañeros!, nosotros tenemos fuerza
para eso y para más.
Algunos
jóvenes toledanos le apoyaron. Pero la victoria de Rafa estaba
cantada, una inmensa mayoría aceptó empezar los ritmos lentos.
Rafa
se lo comunicó al Encargado Jefe. ¡Estamos a ritmo lento! Ya
sabe usted por qué.
El
Encargado Jefe corrió al teléfono. El Jefe de Obra, al
enterarse, también corrió al aparato. Se puso Adela. Barrán
estaba en otra obra, pero en cuanto volviera se lo comunicaría:
—Oye,
Adela —le dijo el Jefe de Obra—, házselo saber bien claro.
O arregla esto o tendrá problemas.
Pero
Barrán, además de montar en cólera, se negó rotundamente.
Cogió el teléfono y llamó a uno de los capitostes de Malpisa.
Más calmado y con buena facundia, le hizo ver dos cosas. Una,
que si cedían esta vez, nadie podría saber cual sería la
siguiente, y otra, si tenía que correr con las cuotas, no habría
negocio. No habría margen, y o bien Malpisa aumentaba los pagos
mensuales, o tarde o temprano se quedarían sin obreros.
El
baranda de Malpisa, sopesó detenidamente las palabras de Barrán,
del que por cierto tenía una opinión deplorable, opinión un
tanto injusta si tenemos en cuenta que eran ellos los que
fomentaban este tipo de empresarios. En cualquier caso buscó
una solución de compromiso:
—Bueno,
tú de momento les devuelves los finiquitos y de lo demás me
encargo yo.
Pero
ni eso quería Barrán:
—Pero
tú sabes la pasta que me supondrá despedirlos.
—Qué
majadero eres, José, eso lo tienes perdido en cualquier
Magistratura de Trabajo. Que los jueces ya no son como antes.
—Me
da igual, a mí siempre me ha ido bien así.
—Pero
a mí no. Y no me fastidies más. Les devuelves los finiquitos y
me dejas actuar a mí. Que yo sé muy bien cómo hay que
tratarles.
Y
colgó.
Barrán
renegó un buen rato. ¿Que sabes cómo tratarles? ¡tú qué
vas a saber! Gilipollas, que eres un gilipollas. Adela se sonrió
por lo bajo.
Esa
misma tarde, Barrán se presentó en la obra con su secretaria.
Llamó a la oficina a Rafa y le dio un montón de folios en
blanco con las firmas al pié. Al salir, Adela vio al Jambo,
flanqueado por Pepe y el Boty, que muy en su papel de ritmo
lento tenían las palas clavadas en la arena de río, mientras
un dumper[1]
en punto muerto vibraba, anhelando una palada más que terminara
de llenar de una puñetera vez su vacía tolva.
El
Jambo llevaba la parte de arriba del mono anudada en la cintura,
y una camiseta de un verde indefinible dejaba al aire sus
nervudos brazos. Sonreía, no a Adela, sino a Barrán, y por
cuenta de los comentarios de Pepe.
Barrán
le dijo a Rafa:
—De
lo otro me tienes que dar tiempo.
—Usted
verá. Nosotros, ya sabe, a ritmo lento, de momento, porque
también podemos tomar medidas más tajantes.
—¡Hombre!
Este es un gesto de buena voluntad.
—Cada
día que pasa sin estar dados de alta, es un día menos de
cotización para nuestra jubilación. |
|
Y
Rafa se acercó a la hoguera y mientras iba leyendo a duras
penas las casi ilegibles firmas, las arrojaba al fuego. Los tres
díscolos, a cada una, gritaban, ¡bien!, ¡bien!
Pronto
toda la obra gritaba al compás.
Y
Rafa, como un gigante, dueño de sus gestos reposados, pero bruñidos
en el acero de su mandíbula, sonrió, y con los ojos acuosos
terminó por estallar en carcajadas. Y todos con él. Y vio
Adela lo que allí había y se estremeció y Barrán sintió una
ira diabólica que le hizo salir en estampida. Y el Encargado
Jefe que observaba desde la oficina, se fue al teléfono y
cumplió la orden de sus jefes: denunciar a Rafa a la Guardia
Civil de las Rozas.
Mientras
tanto, el ritmo lento continuaba anárquico e imposible. Lo que
para unos era ritmo lento, para otros era meteórico, y las
discusiones jaleaban una acción que era imposible calibrar. Y
el Pertur, cronometrador oficial elegido en asamblea, iba y venía
de aquí para allá, a veces, diciendo, que hay que hacer más y
otras derribando un tabique, ante la estupefacción del Cabezón
y otros encargados.
A
las cinco se acercó discretamente a la oficina una pareja de
picoletos. Un encargado llamó a Rafa para que se presentara en
la oficina. Lo que era de lo más normal.
Cuando
Rafa los vio, tuvo un mal presentimiento, pero no se amilanó.
—Estos
señores quieren hacerle unas preguntas —dijo el Jefe de Obra,
y sin más historias salió de allí como alma que lleva el
diablo. Personalmente, no las tenía todas consigo. Él estaba
en contra de esas medidas.
—¿Estoy
detenido? —preguntó el Rafa.
—No
—le respondió el cabo. Un tipo enjuto, y de mejillas
apergaminadas y con unos espantosos ojos vidriados por el vino.
—¿Entonces?
—Entonces
se calla usted. Y nos va a acompañar al cuartelillo, Cuando el
teniente le haya interrogado podrá irse a casa.
A
las cinco y media, el Boty, echó en falta a Rafa. Preocupado,
esperó hasta la seis sin moverse de la puerta del vestuario.
Cuando sonó la campana y viendo que no aparecía, salió
corriendo para la oficina. Sólo estaba el administrativo, un
tipo pusilánime y rencoroso que no desaprovechó la ocasión:
—¡Ah,
Rafa!... Se lo llevó la Guardia Civil.
El
Boty se lo comunicó a Pepe y al Jambo que le esperaban en la
parada del Autobús.
—Hay
que dar dos gritos —dijo Pepe.
—Yo
los doy —aseguró el Jambo.
En
efecto, cuando ya dentro del autobús todo el mundo se había
acomodado, el Boty dio dos fuertes palmadas. Desde el centro de
la plataforma, el Jambo empezó a hablar con emoción:
—¡Compañeros!
Para aquellos que trabajéis en Malpisa: la Guardia Civil ha
detenido a Rafa, nuestro representante. Así responde la
patronal a nuestras demandas. Con la represión. Nada del otro
mundo pedimos, los que es justo y legal. Pero da igual, en
cuanto los obreros se unen para mejorar sus condiciones de vida
nos mandan a la Guardia Civil. Pero ahora tenemos fuerza y
unidad y no nos van a doblegar, no vamos a consentir que apresen
a nuestros líderes. ¡Compañeros! Mañana hay que ponerse en
huelga. Por la libertad de Rafa y por nosotros todos. Y porque
no tenemos otra forma de progresar si no es defendiendo nuestros
derechos. ¿Qué les vamos a dejar a nuestros hijos? ¿la
espuerta con las herramientas?[2]
No, compañeros, ¡A la huelga! ¡Por nuestro líder! ¡Por
nuestros derechos y nuestro futuro, y por nuestra clase!
Un
largo silencio cayó sobre el autobús. Una mujer madura con el
pelo cardado y teñido de rubio, probablemente vecina de las
urbanizaciones de lujo cercanas a las Rozas, miraba al Jambo
horrorizada, pero no dijo nada. Los currantes tampoco. Rumiaban
las palabras del Jambo. Y así durante el largo trayecto nadie
interrumpió aquel silencio, donde para unos se había
significado una triste y repetida realidad, y para otros, los
menos, y de sopetón, recibían un aviso de lo que serían los
tiempos venideros, sacándoles de su inconfesable neutralidad y
de su feliz y cómplice ignorancia, pues aquél autobús,
trasladaba día a día, juntos pero no revueltos, gentes de
clase media alta y trabajadores del extrarradio que les construían
sus casas.
En
la chabola no había nadie. Al ver el desorden de su habitación,
con los panfletos tirados por todos los sitios, le entró tal
cabreo, que se dijo con firmeza que era llegada la hora de
ahuecar el ala. Para terminar de enrabietarle, un característico
olor le hizo buscar por todos los rincones hasta que encontró
en una esquina y sobre un periódico, un condón usado. ¡Joder!
A qué niveles estamos llegando. Desde luego, como dice el Morriña,
la miseria siempre es contrarrevolucionaria. Y como final y clímax
de aquélla crucifixión, en absoluto rosada, al examinar el
billetero, comprobó con horror, que le quedaban dos mil pelas
para terminar el mes. |
|
Salió
al descampado dando un portazo. ¡Esto no es vida! Como fatal,
visto peor, tengo que cagar en el campiri, no follo nada, me
maran cada dos por tres, y encima, cualquier día me trincan y
me como todos los Mundos Obreros de la habitación como si los
hubiera impreso yo mismo.
Le
acometieron unas ganas irresistibles de ir a ver a la Fina. Pero
las consecuencias podían ser terribles. Se reprimió. Se fue al
Comunín a ver si pillaba a Perico y caía una cena. Perico
estaba encerrado en su chambra, folgando con una compañera del
Instituto donde estudiaba COU. Pero tuvo la fortuna de
encontrarse con Agustín que acompañado de Ariza, un baranda
del metal, parece que salían de visitar a Charly. Se saludaron.
¡Qué suerte! José Luis, un antiguo comunero, había alquilado
un piso en Nueva Numancia y tenía sitio para dos, así que el
Agus le propuso que se fuera con él a Nueva Numancia, un barrio
enrollado pegado a la Avenida de la Albufera. Por supuesto que sí,
le dijo. Y quedaron para ir a verlo al día siguiente. De paso
le contó lo de Rafa, que habría que pasar por su chabola y decírselo
a la parienta.
—¡Sí
está en su casa! Me lo ha dicho Macario. Parece que le dieron
cuatro hostias, pero como se mantuvo firme, le dejaron
marcharse.
—Pues
nosotros hemos convocado huelga para mañana.
—¿Vosotros,
quiénes?
—Pepe,
el Boty y yo.
—¿Pero
no tenéis enlaces?
—Sí,
pero no hubo tiempo.
—Bueno,
pues mañana reunís a la obra en asamblea y decidís.
—Puta
burocracia —dijo el Jambo riéndose.
El
Agus le paso la mano por el hombro:
—Estáis
salvajes vosotros tres...
Y
se marchó sonriendo.
A
la mañana siguiente, en el autobús, Rafa les contó, entre
risas, lo que había pasado. Por lo visto cuando el teniente le
aplicó dos hostias nada más verle, Rafa, con el instinto de ex
lejía, donde había hecho la mili, se cuadró con la barbilla
bien alta. Esto sorprendió al teniente y cambió completamente
el panorama. ¿Así que has sido legionario?, le dijo.
—Sí,
mi teniente.
—¿Y
qué haces tú armando líos?
—No
son líos mi teniente, es que el empresario es un pirata de
armas tomar que ni nos tiene dados de alta, como regula el Fuero
del Trabajo.
Esta
mención a una ley marcadamente fascista, donde por cierto, nada
se decía de este tema, volvió a sorprender al teniente.
—¿Y
eso es todo?
—Eso
es todo, mi teniente. Un verdadero pirata.
—Bueno,
por esta vez voy a ser condescendiente, por ser tú. Puedes
irte, pero que no me entere de que soliviantas al personal.
—Sí,
mi teniente.
Y
Rafa, increíblemente, se marchó, no si antes pedirle prestado
al oficial diez duros para volver a casa, dado que toda sus
pertenencias estaban en el vestuario de Malpisa. Quién lo hizo
con gusto y con palmadas paternalistas:
—Venga
vete, y lo dicho..., que yo a las malas soy muy cabrón.
Seguro,
pensó Rafa poniendo tierra por medio. ¡Que te follen, julai!
Vaya
con el Rafa, era una fuente de sorpresas. Para el Jambo estaba
claro, había líder para rato. El Rafa no quiso saber nada de
la huelga. Continuaremos con los ritmos lentos. Y esta tarde,
nos acercamos al despacho para que presenten una denuncia. Y
ahora, en cuanto lleguemos al tajo, voy a hablar yo con el Jefe
de Obra.
Pero
éste no apareció. Cuando el personal se enteró de lo que le
había pasado a su enlace sindical, quisieron montarla. Un
nutrido grupo de toledanos quería entrar en la oficina a voz en
grito.
Nadie
como Rafa para encauzar las aguas turbulentas. A las tres,
asamblea en el aparcamiento, unos sótanos sin cerrar que iban a
servir para ese fin. Se fue a la oficina y obligó al
administrativo a que le escribiera a máquina un papel donde se
convocaba la asamblea, luego le puso el tampón de Malpisa y se
lo hizo firmar a todos los enlaces, después lo grapó en el
tablón que había a la entrada de la oficina. Se quedó un rato
contemplando su obra. |
|
—¿Qué?
¿Os mola? —le preguntó a la tropa de choque. Y siguió:
—Y
no he firmado como Comisiones de puro milagro.
—¡Vaya!
—replico el Jambo—. Se diría que ya somos legales.
—Paciencia,
chavea, ya llegará...
—Primero
tendrá que morir la momia —dijo Pepe con escepticismo.
—Ya
caerá...
El
Encargado Jefe no se atrevió a quitar la papela, pero dio un
telefonazo a Malpisa. Es que han puesto el sello de la empresa,
dijo con desconsuelo.
A
las tres, reunidos todos los currantes en el aparcamiento, dio
comienzo la asamblea, dirigida por Rafa y ejerciendo de
moderador el propio Jambo.
En
el orden del día, el ritmo lento, que debido a lo difícil de
su crono, no estaba dando los resultados apetecidos. Se valoraba
si dejarlo y conformarse con la denuncia en Magistratura contra
Barrán, o tomar otras medidas más duras.
Otro
punto a discutir y que pronto ocuparía más tiempo de lo
previsto, era que, Fernando, antes de comer, se había dado un
chapuzón, en pelotas, en la piscina de la fase anterior ya prácticamente
habitada. Y claro, las vecinas se habían quejado. El Cabezón,
también se había quejado al Pertur, al que consideraba un
hombre razonable. No dejaba de ser curioso, que para este
encargado de Barrán, la autoridad recayera ahora, no en sus
jefes inmediatos, sino en los representantes de los
trabajadores. Así estaban las cosas.
Pepe
intervino para defender a Fernando. Primero de coña, que tenía
mérito bañarse con el frío que hacía, segundo para que la
asamblea se dedicara a cosas más acuciantes. Y finalmente,
propuso ir a la huelga.
Iba
ya a dar el Jambo la palabra al Pertur, cuando hicieron su
entrada tres personas, Barrán, el Jefe de Obra, y un tercero,
muy trajeado con aires de mandamás. Sin más preámbulos, éste
último, comenzó a gritar:
—Vamos
a ver, señores...
El
Jambo rugió como un trueno:
—¡¡Silencio!!
Nadie le ha concedido la palabra.
El
aludido se engalló:
—A
ver si me vas a tener que dar permiso tú para que yo hable en
mi propia empresa.
EL
Jambo le taladró con la mirada. Desde el bidón donde oficiaba
como moderador le replicó:
—Mire,
señor mío, aquí el que da permiso para hablar soy yo. Que soy
el moderador de esta asamblea de trabajadores. Si quiere usted
hablar, pida la palabra, y cuando le toque se la concederé. Y
si no acepta esta norma, ordenaré al servicio de orden que le
desaloje.
E
hizo una seña al Boty para que estuvieran aliquindoi.
Entonces,
Pepe, el Boty, Quique, y un par de toledanos, se acercaron a los
recién llegados sin ningún disimulo. El susodicho, muy herido
en su amor propio, se resistía a callarse, pero el Jefe de
Obra, que ya sabía cómo se las gastaba Pepe, le tomó del
brazo y le susurró:
—Deja
Sebastián, que estos son muy burros, mejor pedimos la palabra.
Y levantando el brazo, dijo:
—De
acuerdo, pedimos la palabra.
El
Jambo dejó que tres o cuatro intervinientes se despacharan a
gusto. Los barandas se intranquilizaban, pero no se atrevían a
intervenir sin permiso. Una vez que Rafa dejó claro que su
postura era seguir con los ritmos lentos y demandar a Barrán,
les concedió la palabra.
No
dijo nada trascendente el tal Sebastián, que él era el jefe,
que había venido por propia iniciativa para pacificar las
cosas. Que era mejor dialogar, como personas civilizadas.
Rafa
levantó el brazo y sin esperar el permiso del Jambo, le replicó:
—Si
es usted tan dialogante, ¿por qué me mandaron a la Guardia
Civil?
—A
mí que me registren —mintió descaradamente el boss.
Hubo
una carcajada general. Sebastián siguió: |
|
—Lo
que vengo a decirles es que Barrán les va a dar de alta a
todos, por tanto pueden volver al trabajo con normalidad.
Tampoco hace falta que vayan a Magistratura.
Fue
el mismo Jambo quién le contestó.
—Muy
bien. Esta asamblea le agradece sus palabras, pero será la
propia asamblea con sus representantes, quien tomé las
decisiones.
Hubo
un rato de cierta confusión, donde unos querían seguir con algún
tipo de acción y otros volver a la normalidad. Como siempre,
Rafa, ofreció su alternativa: De acuerdo, volveremos a la
normalidad, pero la demanda la ponemos. De eso puedes estar
seguro, Barrán.
Aceptado
por mayoría, los jefes de Malpisa se fueron medianamente
satisfechos, se volvía al trabajo, y en cuanto a Barrán, allá
se las compusiera con el juez, cuando coño saliera el juicio.
Barrán, el gran derrotado, se fue para la oficina hecho un
basilisco, tan airado que ni siquiera molestó a su secretaria,
luego, se marchó y pasó toda la noche de puticlubes.
El
piso de Nueva Numancia que José Luis tenía alquilado, molaba.
No tenía calefacción, pero había una par de radiadores eléctricos,
de aquellos que llamaban de "calor negro". También
era espacioso, y cada uno tenía su habitación, y el alquiler,
a repartir entre tres, no resultaba demasiado oneroso para la
economía de guerra que todos los rojos metidos a obreros
profesaban.
José
Luis les dio una copia de la llave y quedaron en pasarse al día
siguiente con los bártulos. El Jambo invitó al Agus a tomar
unas cañas, pero éste tenía prisa porque había quedado con
su novia. Sin nada que hacer, el Jambo decidió darse una vuelta
por el centro, quizá hasta se pasase por Pentagrama.
En
la glorieta de Bilbao, el Jambo estuvo merodeando un rato,
pitillo en boca, por la acera del drastor[3].
Le molaban las titis que por allí circulaban. Pero no se decidía.
Había estado algunas veces dentro, con Perico, que era de los
que iban allí a intentar ligar. Pero de solateras, la idea le
parecía impracticable. Finalmente, se decidió y entró. Se
sentó en un taburete de la barra y pidió una cerveza, era
extranjera, una nueva que hacían por Burgos, ¡bah!, prefería
la madrileña Mahou. Un cigarrillo tras otro, fueron pasando los
minutos. En la zona de las mesas, grupos de chicas conversaban
animadamente. Algunas llevaban libros, otras paquetes. Nada que
rascar. No tenía precisamente uno de sus días brillantes, ni
en la moral ni en lo físico. Y sobre todo en esto último. Iba
sin afeitar, llevaba tres días sin ducharse, lo que en su
oficio, era un mes para una persona normal, y las vestimentas
eran para espantar a la más decidida. Pero bueno, se conformaría
con tomarse unas cervezas, mejor esto, que soportar al Alberto y
su novia en la chabola.
Entonces
la vio. ¡Coño!, pero si es la secretaria de Barrán. En
efecto, Adela estaba sentada en una mesa retirada y charlaba con
su tía, la mujer de Barrán. Y como por un ensalmo, la sangre
del Jambo se agitó en sus venas, eliminando toda otra posible
sensación. Carajo... Qué buena estaba la condenada, con aquélla
blusa blanca y un botón desabrochado, y la falda marrón bien
pegada a las caderas, dejando ver sus hermosas piernas y hasta
unos centímetros de muslo. Alguien dentro del cerebro del
Jambo, tocó a retirada. ¿Pero, bueno, es que crees que una
tipa así se va a fijar en un trompo como tú?
De
acuerdo, es imposible. Además, estamos en bandos contrarios. Yo
soy un puto peón de albañil, y ella secretaria, yo visto como
un barriobajero y ella en el Corte Ingles, seguro. Yo soy rojo y
ella facha. Qué nos queda en común: nada. Pero todo esto no va
a impedir que le clave la vista en el cogote hasta que no tenga
más remedio que volverse y me vea. Y ahí, como dice el Perico,
¡a ver qué pasa!
Ni
aunque hubiera sido un hipnotizador profesional. Adela siguió
con su charla y no volvió la cabeza en ningún momento.
Comentaba Adela con su tía, que su jefe, es decir, el marido de
su acompañante, estaba últimamente agobiado por problemas con
Malpisa. Y que quizá eso era todo. Y venía esto a cuento,
porque el pistolero había llamado a su mujer desde un antro de
la Cuesta de las Perdices, para montarle la bronca y decirle que
no le esperase levantada. Y su mujer, que si bien estaba
habituada, llamó a Adela para preguntar si había pasado algo y
de paso charlar un rato y pasear con el centro. Adela, que podría
haberle contado las decenas de veces que había tenido que
defenderse de los achuchones de su jefe, y más aún, el
infausto motivo por el que Barrán, llevaba los dedos de la mano
derecha entablillados, fue prudente, y buscó excusas para
tranquilizar a su tía, que, en el fondo, era una santa mujer,
una infeliz, incapaz de sumar dos y dos. Pero en esa charla, la
más nerviosa no era la mujer del pistolero, sino la propia
Adela. Por nada del mundo deseaba que su tía se enterase de lo
pulpo que podía llegar a ser su marido, y menos del incidente
del baño. Donde no quería imaginarse cómo podía haber
terminado lo cosa. Y luego Emilio, su marido, y toda la maldita
familia. Y esto no estaría pasando si hubiera montado su tienda
de ropa, que es en lo que de verdad quería trabajar. Pero
claro, las mujeres casadas no pueden montar negocios sin el
permiso marital.
A
las ocho, ambas mujeres se levantaron y caminaron hacia la
salida. Al pasar junto al Jambo, Adela le vio y, sin duda, le
reconoció. Su cara cambió un instante. El Jambo esbozó una
timidísima sonrisa. Ellas se fueron. Sin dudarlo un momento
salió detrás. ¡Iba a seguirlas! Una excelente diversión, a
su entender. |
|
La
diversión pareció acabarse cuando se acercaron a la parada de
taxis de la glorieta. Pero, ¡oh, fortunata! Sólo lo tomó su tía.
Después, Adela se encaminó por la calle Fuencarral, en dirección
a Cuatro Caminos, donde tomaría el autobús para su barrio. Iba
muy tranquila, miraba los escaparates y las carteleras de los
cines. El Jambo, a unos veinte metros hacía lo propio. Si ella
paraba él también, si miraba un escaparate, él también. Únicamente,
que las dependientas de una tienda se troncharon de risa hasta
que se dio cuenta de que estaba mirando unos artísticos
sostenes.
En
Quevedo estuvo a punto de perderla de vista. Por Bravo Murillo,
Adela aceleró el paso, nada notable, pero lo aceleró. Acababa
de darse cuenta de que el Jambo la seguía. Encontradas
emociones subieron a su magín. Aquel obrero, él que le miraba
las piernas con descaro en la oficina de Malpisa, caminaba a
unos metros a su espalda. No tuvo miedo, ni tampoco dudas. Aquel
tipo flaco y larguirucho, de manos como mazas, al modo más
tradicional e hispánico, seguía sus pasos con la segura
intención de entablar conversación, y en definitiva, tratar de
ligar. Porque otra cosa no podía ser.
Casi
le dio risa. ¡Vaya, un admirador! Y de la clase trabajadora. Un
revolucionario de esos. También son de carne. Se sorprendió a
sí misma por tan buen humor. Y también, por un agradable
cosquilleo de unas vocecitas que en un apartado rincón de su
cerebro le decían, que en definitiva, aunque el asunto no tenía
ninguna posibilidad, ella era un hembra de la especia humana, y
él de la misma especie, pero del otro sexo, y que como ya sus
respectivas químicas sabían, se gustaban. Así que una hermosa
mujer, sana, de mente madura, y con un marido al que amaba sobre
todas las cosas, pero que le hacía dudar todos los viernes y sábados
por la noche, una mujer llena de vida pero comprometida, tenía,
ahí, a su espalda, un desconocido, quizá hasta terrible, pero
por descontado, atractivo, un joven que la seguía, esperando
una oportunidad, que ella, naturalmente, nunca le iba a dar.
Al
llegar a la parada, se le escapó el autobús. Adela se pegó a
la señal. Sola bajo la marquesina. Había pocas luces. Poca
gente. Y el Jambo, desde la cera de enfrente, con el pie apoyado
en un señal de prohibido aparcar, encendía un celtas largo,
calcadito que el Bogart, pero en pobre, en español, y en rojo.
Ella
no se movió, ni tampoco miró, al menos unos minutos. Luego,
levantó la cabeza con orgullo y le miró a los ojos. Adela era
muy valiente, tanto, que el Jambo estuvo a punto de desviar la
vista, lo que hubiera sido ciertamente decepcionante para ambos.
Pero no lo hizo, la mantuvo. Y allí se cruzaron sus miradas.
Como cable herziano de una pareja que se gustaba, y donde ambos
intuían que sólo se trataba de un juego. Un juego que no podía
terminar en nada, porque entre los cinco metros de calle, se
interponían dos mil años de civilización judeo-cristiana y
casi cuarenta de cuartel. No obstante, ambos cerebros se
mandaron señales, como si fueran dos buques de guerra en medio
de la batalla. Y el Jambo supo que tenía delante una mujer de
verdad, y Adela supo que tenía enfrente un joven lleno de
deseos, de fuerza y de necesidad. Y ambos sabían, que cuando el
azul vehículo de la EMT se cruzara en su camino, todo habría
acabado. Como así fue. |