¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-12- ¡Al exilio! |
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En
Portugal, Spinola huyó al Brasil con el rabo entre las piernas.
Aquélla tontería de la Mayoría Silenciosa, lema con el que el
general del monóculo había querido disfrazar un segundo golpe
militar, pero este de derechas, se fue al garete, pese a la CIA,
a España, y a la reacción portuguesa. El COPCON estaba ojo
avizor, y la izquierda también, que respondió con otro
eslogan: Mayoría silenciosa es minoría tenebrosa. Que como
todo el mundo sabe, es lo que se esconde, siempre, detrás de
los que se refugian en esa supuesta mayoría muda, o en cosas
peores, como la patria y otras zarandajas.
En
las Rozas, las cosas iban como la seda. Todos habían sido dados
de alta, el trato era inmejorable, los trabajadores acudían en
masa a las charlas que Rafa, Pepe, el Pertur, y hasta el Jambo,
daban a eso de la una y media, cuando todo disfrutaban del
pitillo de sobremesa, o incluso de los ronquidos del compañero,
soñolientos imperturbables a las urgentes razones de la lucha
sindical, la libertad, los presos, y todo eso.
Para
la primavera, saltó la obra del Rayo. Los trabajadores pelearon
con ganas, como los de JOTSA en el 73. Los grises las pasaron
canutas cuando los currantes, subidos a los andamios, les
gritaban con amabilidad, que si querían continuar la pelea,
pues nada, que subieran a por ellos, si tenían huevos. Que no
los tuvieron.
En
Euskadi, ETA emprendía una ofensiva que sería determinante
para su futuro y que terminaría con el estado de excepción de
Abril[1],
paradigma de la guerra sucia. Claves iniciales para entender la
descomposición del estado franquista y la transición a la
democracia que vendría después. Sí, de nuevo, otro estado de
excepción en Euskadi, ya iban para seis, pero este tendría
algo especial, como decimos, se desataría una guerra terrible y
sucia, que llevaría a ETA al borde de la derrota. Las fuerzas
represivas franquistas, los escuadrones de la muerte, campaban
por sus respetos. Y mientras ETA se replegaba a su retaguardia
francesa, ocurrió algo extraordinario: centenares de jóvenes
se aprestaron a cubrir los huecos dejados en la lucha. Venían más
radicalizados que la anterior generación de etarras. Habían
visto tanto en las calles de sus pueblos y ciudades, que no les
quedaba ninguna duda. ETA era Euskadi y Euskadi era ETA. Y lo
que pudo ser un golpe de gracia para el Movimiento de Liberación
Vasco, sorprendentemente, se convirtió en lo contrario.
Y
para terminar de inquietar a la clase política gobernante, según
un informe secreto del Estado Mayor, bandas de marroquíes
(soldados de las Reales Fuerzas Armadas, en realidad) habían
arrojado granadas contra varios puestos de la Policía
Territorial Saharaui. Y se comenzó a hablar del Sahara, aquel
lugar perdido de la mano de Dios, dónde algunos de los mozos
españoles iban a pasar quince meses, por nada. La cosa, parece,
que podía ponerse fea, más cuando el taimado Hassán movía
los hilos, que el gallego más desconfiado del mundo, ahora no
era capaz de prever.
Después
del manifiesto por la ruptura democrática de Abril (por si les
quedaba alguna duda a los socialistas), en el PCE se preparaba
una contundente acción para finales de la primavera o inicio
del verano. Se sabía que los socialistas andaban en
conversaciones con unos y con otros para fundar su propia Junta
Democrática. Además, los alemanes se estaban volcando con
ellos. Por ello, Carrillo, necesitaba una demostración de
fuerza, de masas, que recordara al Gobierno que quien movía el
cotarro era él y no otros.
Una
mañana, el administrativo de Malpisa llamó a la oficina a
Pepe, al Boty y al Jambo. Que vuestra empresa, y recalcó lo de
vuestra, os ha trasladado a la segunda fase, donde hay algunos
trabajos de mantenimiento que hacer. Así que coged los trastos,
y venid conmigo que os llevo en la furgoneta.
Enterado
Rafa de la maniobra de Barrán, les recomendó que cumplieran la
orden, y que ya en la comida se discutiría el asunto. Pepe
argumentó que estaba clarísimo que era una maniobra para
dividirles y de paso tantear las fuerzas. Rafa se puso serio. Si
no iban, Barrán tendría un motivo para despedirles, y no habría
abogado laboralista capaz de ganar el caso.
Se
sentaron en la trasera de una cuatro-lata y de muy mal talante
se dejaron conducir.
—Esto
es una derrota en toda regla —dijo el Boty—. Mañana, si
quiere, nos traslada a una urbanización de la Sierra, y nos
habrá jodido.
El
encargado de la segunda fase, que ya estaba habitada, adivinó
lo que se le venía encima cuando, con experto ojo clínico,
valoró con escepticismo, la ayuda que de la fase tres le
enviaban:
—¿Qué
sabéis hacer? —les preguntó. Y lo hizo con determinación y
autoridad incontestable. Un poco crecida, quizá, pero es que
los veía más como milicianos que como currantes. Y bastante
miedo había pasado él con los primeros cuando era mozalbete en
el pueblo[2].
—Sabemos
hacer de todo —le contestó el Jambo con chulería. ¡Encima!
—Tú
manda, y nosotros ya veremos —añadió el Boty.
Pepe,
sorprendentemente, no abrió la boca. Trataba de digerir la
humillación. |
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—Aquí
haréis lo que yo diga —ladró el encargado. Y siguió—: ya
sé que sois unos revoltosos y que os mandan conmigo para que os
enderece. Pues eso, es lo que voy a hacer, al que se tuerza, a
la calle. Estáis avisados.
Pepe
no salía de su asombro. La cara se le puso roja de ira. Y
arrojando con rabia su macuto al suelo, explotó:
—¡Me
voy a cagar en Dios! ¡Ya estamos otra vez!
El
Boty le cogió del brazo:
—Calma,
tronco...
—¡Ni
calma, ni hostias! ¿pero tú eres gilipollas, o te lo haces?
—le dijo al atónito encargado—. ¿Pero es que tú te crees
que nos puedes tratar como su fuéramos niños de teta?
Se
acercó al encargado, un tipo recio y huesudo, de mirada cínica,
pero que ahora, más que asustado, se encontraba incrédulo de
lo que veía y oía. Pepe pegó sus narices a la cara de su
contrincante y le espetó:
—Nosotros
somos hombres hechos y derechos, somos trabajadores conscientes
y cabales. No como tú, ¡perro!, que en vez de saludar y dar la
bienvenida, ladras.
—A
mí no me insultéis, que llamó al cuartelillo.
—¿Al
cuartelillo...?, ¡hijo puta! —gritó el Jambo.
—Si
llamas al cuartelillo, te prendo fuego —añadió el Boty con
igual pasión.
El
administrativo de Malpisa, al ver el cariz que tomaba la cosa,
tuvo un arranque de valor y pidió calma y silencio a todos:
—De
acuerdo, ¡coño! Usted —y se dirigió al encargado—, ha
hecho mal en recibirlos así, y vosotros —aquí miró a los
vallecanos—, tampoco tenéis por qué montar tanta bronca. De
modo, señores, que vamos a olvidar este incidente. Usted, les
asigna un trabajo, ellos que cumplan, y Santas Pascuas...
Mal
empezaron las cosas en la fase dos. De momento, el encargado,
les ofreció como vestuario una caseta de madera, antiguo almacén
de herramientas, que todavía se mantenía en pie, aunque vacía
de todo material. Por las rendijas entraba un biruji de no te
menees.
—Y
la ropa, ¿qué? —quiso saber el Jambo—, no pretenderá que
la dejemos aquí, sin candado ni nada. Además, estas tablas las
atraviesa un niño.
—Pues
esa será vuestra primer tarea. Recomponer la caseta. Ahí abajo
tenéis tablones. Que venga uno conmigo que le daré clavos,
martillos y un candado.
Rafa
informó en la comida de la partida de los tres vallecanos. Pero
no propuso ninguna acción de protesta, por tanto no se hizo
nada. Los tres amigos continuaron exiliados, bajándose del
autobús dos paradas más allá que sus compañeros, y llevando
en cierto modo, un trabajo más descansado. Además, el bar de
Servando les pillaba más cerca. Encima, después de la comida,
se escondían por el descampado que lindaba con las dos ultimas
fases de la urbanización Portal De La Sierra, y hasta se
echaban una siestecita. En una de esas, estando el Jambo,
dormitando al abrigo de unos tableros de encofrar, una de cuyas
misiones consistía, en rasparlos con la espátula, y luego
embadurnarlos de gasoil, fue sorprendido por el encargado en
posición horizontal y con los ojos cerrados, es decir
durmiendo.
El
encargado se había acercado sigiloso, a sabiendas de que sus
tres díscolos peones, la sobaban en alguna parte. De haberlos
encontrado a los tres, nada hubiera dicho, la prudencia
aconsejaba, comprobar la falta y replegarse. Luego chivarse y
esperar. Pero viendo al Jambo sólo, el muy majadero, se creció:
—¡No
te da vergüenza, dormir en el trabajo! —le gritó.
El
Jambo abrió los ojos. Por un momento le vino a la cabeza, la
idea de excusarse con un mareo. Pero, ¡qué coño! Se levantó,
se sacudió el mono, recogió la barra de uña con la que
quitaba las puntas a los tableros y enderezándose todo lo largo
que era, le espetó:
—¿Y
qué?
—¿Pero
qué seriedad, es ésta? —añadió el imprudente encargado.
—La
que me sale del nabo. A ver si ahora, los del casco blanco nos
vais a enseñar seriedad a los trompos, ¡julai!
—¡Te
he pillado durmiendo!...
—Date
de naja de una puta vez. |
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El
encargado, incapaz de asumir que después de treinta años en la
profesión, un asqueroso peón le pudiera contestar impunemente,
perdió todas las palabras a la par que se congestionaba
notablemente.
—Esto
lo va a saber Barrán...
—¡Joder,
qué miedo!
—¿Pero,
bueno, es que no tenéis decencia, vosotros?
—¡Qué
vosotros! A mí háblame de hombre a hombre, o pírate, pringao...
—Pues
ahora vas a venir conmigo a la oficina, que desde allí voy a
llamar a Barrán, a ver si eres tan farruco.
—Me
voy a cagar en tu vida, desgraciado. Ni voy a ir a la oficina,
ni leches en vinagre. Ya te estás largando, o aquí mismo te
abro la cabeza, so cabrón.
Como
el Jambo levantara la barra de uña y diera un paso en su
dirección, el encargado, corrido por un miedo repentino,
retrocedió un par de pasos y luego, viendo que el Jambo seguía
avanzando, puso pies en polvorosa y desapareció.
El
Jambo, se apoyó en un montón de tableros, dejó caer la
herramienta, y sacando un celtas largo, se lo fumó a bocanadas.
Tenía la boca seca.
En
la oficina de Barrán, Adela cogió el teléfono.
Atropelladamente, el encargado le describió más o menos los
hechos, añadiendo, era disculpable, tonos algo más graves al
incidente. Adela, no tardó en adivinar de quién se trataba. Y
no le hizo ninguna gracia.
—¿Pero
llegó a golpearle?
—No,
porque salí corriendo. Pero estos macarras son unos locos, dile
a José que me los quite, los despida, o lo que sea, porque si
no voy a poner una denuncia a la Guardia Civil.
—¿Pero
tiene algún testigo?
—Qué
voy a tener, ¡coño! No te lo estoy contando.
—Tranquilo,
hombre... Lo que pasa que yo creo que es mejor que esperes a que
lo sepa Barrán. Luego ya veremos.
—En
cuanto llegue se lo dices.
Si
supiera, pensó Adela, que hace tres días que no aparece por la
oficina.
—Bueno,
no se preocupe usted. Que ya verá como lo arreglamos...
Cuando
Adela colgó el teléfono, meditó un rato sobre el suceso y
sobre su encuentro, o medio encuentro, de días atrás. Desde
luego, ¡vaya personal! Esto no tiene nada que ver con los
sindicatos, ni con la libertad. Es que son unos violentos. Pero,
según seguía recordando, buscaba en su cerebro, alguna
disculpa para el vallecano. Y no podía evitarlo. Habría que
escuchar la otra versión. Podría ir a la obra y con esta
excusa tener una charla, una inquietante charla. ¡Bah!, quién
era ella para hacer eso. Además, estaba fuera de lugar. Sabía
quienes eran aquellos barriobajeros. Gentes que todo lo
solucionaban a porrazos. Lo mejor será, olvidarlo, Aunque ya me
gustaría tener unas palabritas con este flaco, sobre el tema de
la urbanidad.
Mientras
tanto, Barrán, andaba de putas, completamente desquiciado,
tirando la pasta, y con un mosqueo monumental por haber tenido
que asegurar a todos sus obreros. Y casi estaba más mosca con
Malpisa que con los currantes. Él, que se había dejado la
juventud en los destajos, él, que les daba un jornal, ahora,
era la última mierda, obligado a claudicar por unos y otros,
una y otra vez. Cuando después de tres días, volvió esa tarde
a su casa, primero le dio una bronca terrible a la parienta,
luego le atizó una hostia a la hija mayor por asomarse a la
ventana en sostén, ignoraba que la pobrecita tenía una amor...
visual. Una vez que la hubo pagado con todos, se marchó dando
un portazo y fue para la oficina. Allí quiso pagarla también
con Adela, pero en otros términos. O se dejaba follar, o a la
calle.
—Tío
José, no estás bien de la cabeza —le dijo Adela con calma.
—Déjate
de rollos y bájatelas.
Barrán
nunca había tenido la oportunidad de decirle esto a nadie.
Entre otras cosas, porque, dicho por un menda como él, era para
troncharse de risa.
No
se rió Adela, al contrario, se sintió muy ofendida y ni corta
ni perezosa le propinó una soberana bofetada a su jefe que
coincidió con dos cosas. Una, se abrió la puerta y entró
Manuela, la señora de la limpieza. Dos, el tío José, que
llevaba un rato empalmado, sería por la hostia, se corrió
dentro de los gayumbos.
Manuela
no sabía muy bien que ocurría allí. Sólo había visto, la
torta, pero se hizo cargo de todo tras oír los dos ásperos
ronquidos que soltó Barrán cuando se fue de veta.
—¿Pero,
hija, qué ocurre? —preguntó innecesariamente la limpiadora.
—Nada
Manuela, no pasa nada. Anda, déjanos un momento. |
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Barrán
se sentó en su silla, tenía un manchón oscuro al lado derecho
de la bragueta. Cargaba de ese lado. Manuela se apostó tras la
puerta, dispuesta a no perderse nada. Adela, con mucha calma, así
habló:
—Tío,
eres un desastre. La empresa se te va de las manos, y tú no
piensas más que en eso. Tenemos un montón de problemas para
andar ahora con tonterías. He tenido que aguantarte muchas,
pero ésta es la última. Como vuelvas a faltarme al respeto, se
lo cuento todo a mi tía. ¡Ya lo sabes!
Pero
para José Barrán, la bofetada había sido la gota que colmaba
el vaso de sus humillaciones.
—Puedes
irte a la mierda. ¡Estas despedida! Ya me las arreglaré yo
solito.
—¿Sí?
Tú que vas a arreglarte, si eres una calamidad. Hiciste fortuna
en este mundo de contratistas sin reglas. Pero en cuanto unos
obreros con cabeza te han plantado cara, no eres nadie.
—¡Déjame
en paz! Ya te he dicho que estás despedida.
—¿Y
qué explicación le vas a dar a mi marido, y a mi tía?
—La
que me salga del rabo...
Entonces
Adela se rió.
—¿La
que te salga del rabo?
Y
le señaló la mancha del pantalón.
—¡Que
te vayas a tu casa! ¡Puta!
Adela
recogió el bolso, se puso el abrigo y tomó el picaporte. Pero
antes de salir, se volvió y dijo:
—Tío,
eres un baboso.
Paso
el resto de la tarde en una cafetería. Se tomó un café con
leche y un sándwich mixto bien tostadito. Luego llamó a la
empresa de su marido y quedó con él. Esta vez se lo iba a
contar todo. O casi todo.
Pero
Emilio no lo entendió bien. ¿Que le había dado una bofetada a
Barrán? ¿pero tú estás loca? ¿Y ahora, qué?, ¡despedida!
—Pues
ahora podré poner mi tienda...
—Bueno,
bueno, ya hablaremos de eso... Lo primero es llamar a tu tío,
quizá todo haya sido un malentendido.
—¿Cómo
malentendido? ¿Pero no me has oído? ¡Me quería...!
De
pronto, Adela se dio cuenta de que tenía dificultades para
contarle a su marido, algo tan fisiológico, como la corrida de
su tío. No se atrevía a decirle ni esto, ni lo de la
frasecita.
—Sí,
sí —respondió él—. Ya me lo has dicho, quería
propasarse.
—Propasarse,
no, Emilio, me quería violar.
—Eso
son palabras mayores... Pero si es un viejo...
—¡Emilio!
¿No me crees?
—Claro
que te creo, Adela. Es sólo que quizá no fuera como tú lo
viste. O tuvo un mal día.
—Ha
tenido muchos malos días.
—¿Qué
quieres decir?
—Que
esto viene ocurriendo desde hace mucho.
—¿Y
por qué no me habías dicho nada?
—Pues
por eso, para no crear malentendidos entre tú y yo.
—¡Madre
mía! ¿Y ahora qué hacemos?
Adela
miró a su marido. Aquel rostro que tantas veces había
acariciado. Pero allí, de su brazo y paseando por la acera del
Canal de Isabel II, encontró algo extraño, un mirar que no
conocía. Era miedo. Emilio tenía miedo. Miedo a quedarse sin
un sueldo, miedo al que dirán, y miedo a tener que enfrentarse
con Barrán, conclusión final del incidente, si su mente,
aceptaba por fin, que su mujer había estado siendo acosada
por el seboso de su jefe.
—Olvidemos
a Barrán —dijo Adela con decisión—. Pondré una tienda,
que sabes que es lo que de verdad quiero hacer. |
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—¿Y
cómo voy a olvidarlo? Ese viejo verde... Le voy a partir la
cara.
—No
hace falta, ya se la he cruzado yo.
—Pero
no se va a quedar de rositas...
—Emilio,
qué más nos da. Es que me ha hecho un favor, no quiero
trabajar más en esa oficina donde todos son problemas. Hoy
mismo me llamó un encargado para decirme que un chico, ya
sabes, esos comunistas que te conté, le había querido abrir la
cabeza con un martillo.
—¿Y
por qué no lo denuncia a la policía? Vamos, hombre, que me
pasara a mí.
—Pues
porque les tiene miedo.
—Más
miedo da la Guardia Civil.
Adela
calló. Caminaron de regreso al coche. Cuando llegaron a casa,
Emilio se sentó cerca del teléfono, y dubitativo lo miraba y
remiraba sin atreverse a cogerlo. No le hizo falta. Al poco sonó.
Era la mujer de Barrán. Que su marido estaba como loco y que
había llegado diciendo que había despedido a Adela porque se
había puesto de parte de los obreros, pero que ella se temía
que realmente la hubiera faltado al respeto o algo peor.
—En
efecto, así ha sido —corroboró Emilio.
Entonces,
la sufrida mujer, saltó un desconsolado llanto, dónde entre
dolidas palabras les pedía disculpas.
—No
te preocupes, mujer, ya se le pasara, y ya veremos cómo lo
arreglamos.
Ella
se lo agradeció mucho.
Adela,
que oía la conversación. No quiso ponerse al teléfono. No tenía
ganas de aumentar el disgusto de su tía.
—Ay,
hijos, si supierais lo que estamos pasando en esta casa —dijo
la mujer de Barrán antes de despedirse.
—Bueno,
ya sé lo que vamos a hacer —le dijo Emilio a su mujer—.
Dejaremos pasar un tiempo, hasta que este hombre entre en razón,
y luego le hablaré y verás como se soluciona todo.
—Es
que yo no quiero volver, Emilio.
—¿Y
qué quieres hacer?
—Ya
lo sabes, lo de la tienda.
—¿Y
de dónde vamos a sacar el dinero?
—También
lo sabes, de lo que me dejó mi tía Juana.
—No,
no, ese dinero no hay que tocarlo.
—¿Por
qué, si es mío?
—No.
Ese dinero es de los dos, y está ahí por si hace falta.
—¿Cómo
que es de los dos? Me lo dejo a mí.
—Sí,
pero yo soy tu marido, Adela.
Aquélla
noche, Adela hubiera deseado que Emilio fuera amable con ella.
Pero éste se durmió rápidamente. En la cama, y con los ojos
cerrados, Adela entrevió la figura del Jambo, fumando
displicente y mirándola desde la acera. Aquel bronquista
agitanado —bromeó con ella misma—, tenía la indecencia de
presentarse en sus pensamientos sin permiso. Al menos, él,
seguro que no le tiene miedo a nadie ni a nada.
[1]Un
recuerdo aquí, para los metalúrgicos de Valladolid, que a
finales de Abril paralizaron la ciudad. [2]Esta visión de obreros como milicianos que el maduro encargado tuvo por un momento no era cosa suya exclusiva. Muchos otros se estremecían cada día que pasaba, mientras las gentes trabajadoras alzaban sus puños olvidados y sus rostros se airaban reclamando sus derechos. |