S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-12-

¡Al exilio!

En Portugal, Spinola huyó al Brasil con el rabo entre las piernas. Aquélla tontería de la Mayoría Silenciosa, lema con el que el general del monóculo había querido disfrazar un segundo golpe militar, pero este de derechas, se fue al garete, pese a la CIA, a España, y a la reacción portuguesa. El COPCON estaba ojo avizor, y la izquierda también, que respondió con otro eslogan: Mayoría silenciosa es minoría tenebrosa. Que como todo el mundo sabe, es lo que se esconde, siempre, detrás de los que se refugian en esa supuesta mayoría muda, o en cosas peores, como la patria y otras zarandajas.

En las Rozas, las cosas iban como la seda. Todos habían sido dados de alta, el trato era inmejorable, los trabajadores acudían en masa a las charlas que Rafa, Pepe, el Pertur, y hasta el Jambo, daban a eso de la una y media, cuando todo disfrutaban del pitillo de sobremesa, o incluso de los ronquidos del compañero, soñolientos imperturbables a las urgentes razones de la lucha sindical, la libertad, los presos, y todo eso.

Para la primavera, saltó la obra del Rayo. Los trabajadores pelearon con ganas, como los de JOTSA en el 73. Los grises las pasaron canutas cuando los currantes, subidos a los andamios, les gritaban con amabilidad, que si querían continuar la pelea, pues nada, que subieran a por ellos, si tenían huevos. Que no los tuvieron.

En Euskadi, ETA emprendía una ofensiva que sería determinante para su futuro y que terminaría con el estado de excepción de Abril[1], paradigma de la guerra sucia. Claves iniciales para entender la descomposición del estado franquista y la transición a la democracia que vendría después. Sí, de nuevo, otro estado de excepción en Euskadi, ya iban para seis, pero este tendría algo especial, como decimos, se desataría una guerra terrible y sucia, que llevaría a ETA al borde de la derrota. Las fuerzas represivas franquistas, los escuadrones de la muerte, campaban por sus respetos. Y mientras ETA se replegaba a su retaguardia francesa, ocurrió algo extraordinario: centenares de jóvenes se aprestaron a cubrir los huecos dejados en la lucha. Venían más radicalizados que la anterior generación de etarras. Habían visto tanto en las calles de sus pueblos y ciudades, que no les quedaba ninguna duda. ETA era Euskadi y Euskadi era ETA. Y lo que pudo ser un golpe de gracia para el Movimiento de Liberación Vasco, sorprendentemente, se convirtió en lo contrario.

Y para terminar de inquietar a la clase política gobernante, según un informe secreto del Estado Mayor, bandas de marroquíes (soldados de las Reales Fuerzas Armadas, en realidad) habían arrojado granadas contra varios puestos de la Policía Territorial Saharaui. Y se comenzó a hablar del Sahara, aquel lugar perdido de la mano de Dios, dónde algunos de los mozos españoles iban a pasar quince meses, por nada. La cosa, parece, que podía ponerse fea, más cuando el taimado Hassán movía los hilos, que el gallego más desconfiado del mundo, ahora no era capaz de prever.

Después del manifiesto por la ruptura democrática de Abril (por si les quedaba alguna duda a los socialistas), en el PCE se preparaba una contundente acción para finales de la primavera o inicio del verano. Se sabía que los socialistas andaban en conversaciones con unos y con otros para fundar su propia Junta Democrática. Además, los alemanes se estaban volcando con ellos. Por ello, Carrillo, necesitaba una demostración de fuerza, de masas, que recordara al Gobierno que quien movía el cotarro era él y no otros.

Una mañana, el administrativo de Malpisa llamó a la oficina a Pepe, al Boty y al Jambo. Que vuestra empresa, y recalcó lo de vuestra, os ha trasladado a la segunda fase, donde hay algunos trabajos de mantenimiento que hacer. Así que coged los trastos, y venid conmigo que os llevo en la furgoneta.

Enterado Rafa de la maniobra de Barrán, les recomendó que cumplieran la orden, y que ya en la comida se discutiría el asunto. Pepe argumentó que estaba clarísimo que era una maniobra para dividirles y de paso tantear las fuerzas. Rafa se puso serio. Si no iban, Barrán tendría un motivo para despedirles, y no habría abogado laboralista capaz de ganar el caso.

Se sentaron en la trasera de una cuatro-lata y de muy mal talante se dejaron conducir.

—Esto es una derrota en toda regla —dijo el Boty—. Mañana, si quiere, nos traslada a una urbanización de la Sierra, y nos habrá jodido.

El encargado de la segunda fase, que ya estaba habitada, adivinó lo que se le venía encima cuando, con experto ojo clínico, valoró con escepticismo, la ayuda que de la fase tres le enviaban:

—¿Qué sabéis hacer? —les preguntó. Y lo hizo con determinación y autoridad incontestable. Un poco crecida, quizá, pero es que los veía más como milicianos que como currantes. Y bastante miedo había pasado él con los primeros cuando era mozalbete en el pueblo[2].

—Sabemos hacer de todo —le contestó el Jambo con chulería. ¡Encima!

—Tú manda, y nosotros ya veremos —añadió el Boty.

Pepe, sorprendentemente, no abrió la boca. Trataba de digerir la humillación.

—Aquí haréis lo que yo diga —ladró el encargado. Y siguió—: ya sé que sois unos revoltosos y que os mandan conmigo para que os enderece. Pues eso, es lo que voy a hacer, al que se tuerza, a la calle. Estáis avisados.

Pepe no salía de su asombro. La cara se le puso roja de ira. Y arrojando con rabia su macuto al suelo, explotó:

—¡Me voy a cagar en Dios! ¡Ya estamos otra vez!

El Boty le cogió del brazo:

—Calma, tronco...

—¡Ni calma, ni hostias! ¿pero tú eres gilipollas, o te lo haces? —le dijo al atónito encargado—. ¿Pero es que tú te crees que nos puedes tratar como su fuéramos niños de teta?

Se acercó al encargado, un tipo recio y huesudo, de mirada cínica, pero que ahora, más que asustado, se encontraba incrédulo de lo que veía y oía. Pepe pegó sus narices a la cara de su contrincante y le espetó:

—Nosotros somos hombres hechos y derechos, somos trabajadores conscientes y cabales. No como tú, ¡perro!, que en vez de saludar y dar la bienvenida, ladras.

—A mí no me insultéis, que llamó al cuartelillo.

—¿Al cuartelillo...?, ¡hijo puta! —gritó el Jambo.

—Si llamas al cuartelillo, te prendo fuego —añadió el Boty con igual pasión.

El administrativo de Malpisa, al ver el cariz que tomaba la cosa, tuvo un arranque de valor y pidió calma y silencio a todos:

—De acuerdo, ¡coño! Usted —y se dirigió al encargado—, ha hecho mal en recibirlos así, y vosotros —aquí miró a los vallecanos—, tampoco tenéis por qué montar tanta bronca. De modo, señores, que vamos a olvidar este incidente. Usted, les asigna un trabajo, ellos que cumplan, y Santas Pascuas...

Mal empezaron las cosas en la fase dos. De momento, el encargado, les ofreció como vestuario una caseta de madera, antiguo almacén de herramientas, que todavía se mantenía en pie, aunque vacía de todo material. Por las rendijas entraba un biruji de no te menees.

—Y la ropa, ¿qué? —quiso saber el Jambo—, no pretenderá que la dejemos aquí, sin candado ni nada. Además, estas tablas las atraviesa un niño.

—Pues esa será vuestra primer tarea. Recomponer la caseta. Ahí abajo tenéis tablones. Que venga uno conmigo que le daré clavos, martillos y un candado.

Rafa informó en la comida de la partida de los tres vallecanos. Pero no propuso ninguna acción de protesta, por tanto no se hizo nada. Los tres amigos continuaron exiliados, bajándose del autobús dos paradas más allá que sus compañeros, y llevando en cierto modo, un trabajo más descansado. Además, el bar de Servando les pillaba más cerca. Encima, después de la comida, se escondían por el descampado que lindaba con las dos ultimas fases de la urbanización Portal De La Sierra, y hasta se echaban una siestecita. En una de esas, estando el Jambo, dormitando al abrigo de unos tableros de encofrar, una de cuyas misiones consistía, en rasparlos con la espátula, y luego embadurnarlos de gasoil, fue sorprendido por el encargado en posición horizontal y con los ojos cerrados, es decir durmiendo.

El encargado se había acercado sigiloso, a sabiendas de que sus tres díscolos peones, la sobaban en alguna parte. De haberlos encontrado a los tres, nada hubiera dicho, la prudencia aconsejaba, comprobar la falta y replegarse. Luego chivarse y esperar. Pero viendo al Jambo sólo, el muy majadero, se creció:

—¡No te da vergüenza, dormir en el trabajo! —le gritó.

El Jambo abrió los ojos. Por un momento le vino a la cabeza, la idea de excusarse con un mareo. Pero, ¡qué coño! Se levantó, se sacudió el mono, recogió la barra de uña con la que quitaba las puntas a los tableros y enderezándose todo lo largo que era, le espetó:

—¿Y qué?

—¿Pero qué seriedad, es ésta? —añadió el imprudente encargado.

—La que me sale del nabo. A ver si ahora, los del casco blanco nos vais a enseñar seriedad a los trompos, ¡julai!

—¡Te he pillado durmiendo!...

—Date de naja de una puta vez.

El encargado, incapaz de asumir que después de treinta años en la profesión, un asqueroso peón le pudiera contestar impunemente, perdió todas las palabras a la par que se congestionaba notablemente.

—Esto lo va a saber Barrán...

—¡Joder, qué miedo!

—¿Pero, bueno, es que no tenéis decencia, vosotros?

—¡Qué vosotros! A mí háblame de hombre a hombre, o pírate, pringao...

—Pues ahora vas a venir conmigo a la oficina, que desde allí voy a llamar a Barrán, a ver si eres tan farruco.

—Me voy a cagar en tu vida, desgraciado. Ni voy a ir a la oficina, ni leches en vinagre. Ya te estás largando, o aquí mismo te abro la cabeza, so cabrón.

Como el Jambo levantara la barra de uña y diera un paso en su dirección, el encargado, corrido por un miedo repentino, retrocedió un par de pasos y luego, viendo que el Jambo seguía avanzando, puso pies en polvorosa y desapareció.

El Jambo, se apoyó en un montón de tableros, dejó caer la herramienta, y sacando un celtas largo, se lo fumó a bocanadas. Tenía la boca seca.

En la oficina de Barrán, Adela cogió el teléfono. Atropelladamente, el encargado le describió más o menos los hechos, añadiendo, era disculpable, tonos algo más graves al incidente. Adela, no tardó en adivinar de quién se trataba. Y no le hizo ninguna gracia.

—¿Pero llegó a golpearle?

—No, porque salí corriendo. Pero estos macarras son unos locos, dile a José que me los quite, los despida, o lo que sea, porque si no voy a poner una denuncia a la Guardia Civil.

—¿Pero tiene algún testigo?

—Qué voy a tener, ¡coño! No te lo estoy contando.

—Tranquilo, hombre... Lo que pasa que yo creo que es mejor que esperes a que lo sepa Barrán. Luego ya veremos.

—En cuanto llegue se lo dices.

Si supiera, pensó Adela, que hace tres días que no aparece por la oficina.

—Bueno, no se preocupe usted. Que ya verá como lo arreglamos...

Cuando Adela colgó el teléfono, meditó un rato sobre el suceso y sobre su encuentro, o medio encuentro, de días atrás. Desde luego, ¡vaya personal! Esto no tiene nada que ver con los sindicatos, ni con la libertad. Es que son unos violentos. Pero, según seguía recordando, buscaba en su cerebro, alguna disculpa para el vallecano. Y no podía evitarlo. Habría que escuchar la otra versión. Podría ir a la obra y con esta excusa tener una charla, una inquietante charla. ¡Bah!, quién era ella para hacer eso. Además, estaba fuera de lugar. Sabía quienes eran aquellos barriobajeros. Gentes que todo lo solucionaban a porrazos. Lo mejor será, olvidarlo, Aunque ya me gustaría tener unas palabritas con este flaco, sobre el tema de la urbanidad.

Mientras tanto, Barrán, andaba de putas, completamente desquiciado, tirando la pasta, y con un mosqueo monumental por haber tenido que asegurar a todos sus obreros. Y casi estaba más mosca con Malpisa que con los currantes. Él, que se había dejado la juventud en los destajos, él, que les daba un jornal, ahora, era la última mierda, obligado a claudicar por unos y otros, una y otra vez. Cuando después de tres días, volvió esa tarde a su casa, primero le dio una bronca terrible a la parienta, luego le atizó una hostia a la hija mayor por asomarse a la ventana en sostén, ignoraba que la pobrecita tenía una amor... visual. Una vez que la hubo pagado con todos, se marchó dando un portazo y fue para la oficina. Allí quiso pagarla también con Adela, pero en otros términos. O se dejaba follar, o a la calle.

—Tío José, no estás bien de la cabeza —le dijo Adela con calma.

—Déjate de rollos y bájatelas.

Barrán nunca había tenido la oportunidad de decirle esto a nadie. Entre otras cosas, porque, dicho por un menda como él, era para troncharse de risa.

No se rió Adela, al contrario, se sintió muy ofendida y ni corta ni perezosa le propinó una soberana bofetada a su jefe que coincidió con dos cosas. Una, se abrió la puerta y entró Manuela, la señora de la limpieza. Dos, el tío José, que llevaba un rato empalmado, sería por la hostia, se corrió dentro de los gayumbos.

Manuela no sabía muy bien que ocurría allí. Sólo había visto, la torta, pero se hizo cargo de todo tras oír los dos ásperos ronquidos que soltó Barrán cuando se fue de veta.

—¿Pero, hija, qué ocurre? —preguntó innecesariamente la limpiadora.

—Nada Manuela, no pasa nada. Anda, déjanos un momento.

Barrán se sentó en su silla, tenía un manchón oscuro al lado derecho de la bragueta. Cargaba de ese lado. Manuela se apostó tras la puerta, dispuesta a no perderse nada. Adela, con mucha calma, así habló:

—Tío, eres un desastre. La empresa se te va de las manos, y tú no piensas más que en eso. Tenemos un montón de problemas para andar ahora con tonterías. He tenido que aguantarte muchas, pero ésta es la última. Como vuelvas a faltarme al respeto, se lo cuento todo a mi tía. ¡Ya lo sabes!

Pero para José Barrán, la bofetada había sido la gota que colmaba el vaso de sus humillaciones.

—Puedes irte a la mierda. ¡Estas despedida! Ya me las arreglaré yo solito.

—¿Sí? Tú que vas a arreglarte, si eres una calamidad. Hiciste fortuna en este mundo de contratistas sin reglas. Pero en cuanto unos obreros con cabeza te han plantado cara, no eres nadie.

—¡Déjame en paz! Ya te he dicho que estás despedida.

—¿Y qué explicación le vas a dar a mi marido, y a mi tía?

—La que me salga del rabo...

Entonces Adela se rió.

—¿La que te salga del rabo?

Y le señaló la mancha del pantalón.

—¡Que te vayas a tu casa! ¡Puta!

Adela recogió el bolso, se puso el abrigo y tomó el picaporte. Pero antes de salir, se volvió y dijo:

—Tío, eres un baboso.

Paso el resto de la tarde en una cafetería. Se tomó un café con leche y un sándwich mixto bien tostadito. Luego llamó a la empresa de su marido y quedó con él. Esta vez se lo iba a contar todo. O casi todo.

Pero Emilio no lo entendió bien. ¿Que le había dado una bofetada a Barrán? ¿pero tú estás loca? ¿Y ahora, qué?, ¡despedida!

—Pues ahora podré poner mi tienda...

—Bueno, bueno, ya hablaremos de eso... Lo primero es llamar a tu tío, quizá todo haya sido un malentendido.

—¿Cómo malentendido? ¿Pero no me has oído? ¡Me quería...!

De pronto, Adela se dio cuenta de que tenía dificultades para contarle a su marido, algo tan fisiológico, como la corrida de su tío. No se atrevía a decirle ni esto, ni lo de la frasecita.

—Sí, sí —respondió él—. Ya me lo has dicho, quería propasarse.

—Propasarse, no, Emilio, me quería violar.

—Eso son palabras mayores... Pero si es un viejo...

—¡Emilio! ¿No me crees?

—Claro que te creo, Adela. Es sólo que quizá no fuera como tú lo viste. O tuvo un mal día.

—Ha tenido muchos malos días.

—¿Qué quieres decir?

—Que esto viene ocurriendo desde hace mucho.

—¿Y por qué no me habías dicho nada?

—Pues por eso, para no crear malentendidos entre tú y yo.

—¡Madre mía! ¿Y ahora qué hacemos?

Adela miró a su marido. Aquel rostro que tantas veces había acariciado. Pero allí, de su brazo y paseando por la acera del Canal de Isabel II, encontró algo extraño, un mirar que no conocía. Era miedo. Emilio tenía miedo. Miedo a quedarse sin un sueldo, miedo al que dirán, y miedo a tener que enfrentarse con Barrán, conclusión final del incidente, si su mente, aceptaba por fin, que su mujer había estado siendo acosada por el seboso de su jefe.

—Olvidemos a Barrán —dijo Adela con decisión—. Pondré una tienda, que sabes que es lo que de verdad quiero hacer.

—¿Y cómo voy a olvidarlo? Ese viejo verde... Le voy a partir la cara.

—No hace falta, ya se la he cruzado yo.

—Pero no se va a quedar de rositas...

—Emilio, qué más nos da. Es que me ha hecho un favor, no quiero trabajar más en esa oficina donde todos son problemas. Hoy mismo me llamó un encargado para decirme que un chico, ya sabes, esos comunistas que te conté, le había querido abrir la cabeza con un martillo.

—¿Y por qué no lo denuncia a la policía? Vamos, hombre, que me pasara a mí.

—Pues porque les tiene miedo.

—Más miedo da la Guardia Civil.

Adela calló. Caminaron de regreso al coche. Cuando llegaron a casa, Emilio se sentó cerca del teléfono, y dubitativo lo miraba y remiraba sin atreverse a cogerlo. No le hizo falta. Al poco sonó. Era la mujer de Barrán. Que su marido estaba como loco y que había llegado diciendo que había despedido a Adela porque se había puesto de parte de los obreros, pero que ella se temía que realmente la hubiera faltado al respeto o algo peor.

—En efecto, así ha sido —corroboró Emilio.

Entonces, la sufrida mujer, saltó un desconsolado llanto, dónde entre dolidas palabras les pedía disculpas.

—No te preocupes, mujer, ya se le pasara, y ya veremos cómo lo arreglamos.

Ella se lo agradeció mucho.

Adela, que oía la conversación. No quiso ponerse al teléfono. No tenía ganas de aumentar el disgusto de su tía.

—Ay, hijos, si supierais lo que estamos pasando en esta casa —dijo la mujer de Barrán antes de despedirse.

—Bueno, ya sé lo que vamos a hacer —le dijo Emilio a su mujer—. Dejaremos pasar un tiempo, hasta que este hombre entre en razón, y luego le hablaré y verás como se soluciona todo.

—Es que yo no quiero volver, Emilio.

—¿Y qué quieres hacer?

—Ya lo sabes, lo de la tienda.

—¿Y de dónde vamos a sacar el dinero?

—También lo sabes, de lo que me dejó mi tía Juana.

—No, no, ese dinero no hay que tocarlo.

—¿Por qué, si es mío?

—No. Ese dinero es de los dos, y está ahí por si hace falta.

—¿Cómo que es de los dos? Me lo dejo a mí.

—Sí, pero yo soy tu marido, Adela.

Aquélla noche, Adela hubiera deseado que Emilio fuera amable con ella. Pero éste se durmió rápidamente. En la cama, y con los ojos cerrados, Adela entrevió la figura del Jambo, fumando displicente y mirándola desde la acera. Aquel bronquista agitanado —bromeó con ella misma—, tenía la indecencia de presentarse en sus pensamientos sin permiso. Al menos, él, seguro que no le tiene miedo a nadie ni a nada.

 [1]Un recuerdo aquí, para los metalúrgicos de Valladolid, que a finales de Abril paralizaron la ciudad.

 [2]Esta visión de obreros como milicianos que el maduro encargado tuvo por un momento no era cosa suya exclusiva. Muchos otros se estremecían cada día que pasaba, mientras las gentes trabajadoras alzaban sus puños olvidados y sus rostros se airaban reclamando sus derechos.