S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-13-

Algunas acciones de retaguardia.

En el piso de Nueva Numancia se estaba bien, pese a que José Luis era un gilipuertas fanático. Trabajaba en la Crysler sin mucho éxito político y comandaba un pequeño grupo radical del barrio. Era José Luis un personaje enigmático dónde los hubiera. Tenía buena planta y no era feo y se gastaba un bigote calcadito de su patrón, el tío Stalin. Y digo enigmático, porque siendo de natural insoportable, estrecho para medir a los demás, e intolerante hasta rabiar, sorprendentemente era un ligón. Qué coño encontraban las rojas del barrio en este personaje, era un misterio insondable para el Jambo. Pero todas las semanas aparecía con una tía nueva. Y todas hermosísimas. El Jambo se subía por las paredes de pura envidia. Agustín, como tenía novia, no tenía ese problema. Para el Jambo, el éxito de su nuevo compañero de piso, sólo podía tener una explicación, o follaba como Dios, o tenía un rabo kilométrico. Otras cosas no podían ser, su charla era plúmbea y tenía la chispa de una gallina. Así que, el Jambo le respetaba, y le odiaba, ambos sentimientos en el mismo paquete.

Ya se había traído todas sus cosas de la chabola y por primera vez en mucho tiempo tenía una habitación de verdad. Además había lavadora y un baño decente. Planchar se le daba peor, pero iba mejorando. Y es que sus compañeros de piso no estaban tan montaraces como él. Tomando buen ejemplo, se arreglaba más y hasta se compró alguna ropa, aunque todas en su personal estilo acorazado. Es decir, negro y cuero por todos los lados.

Se mercó en el Rastro por cuatro perras una chaqueta negra de piel, luego buscó corbatas exóticas (más bien inspiradas en los gustos gangsteriles de las películas americanas), que iban sobre camisas donde predominaban los grises y los verdes oscuros. Y todo esto complementado con unos pantalones de cuero, también negros, claro. Así compuso la nueva imagen que el Jambo quería dar de si mismo. O sea: ojito, tíos, aquí va un tipo duro, de vida misteriosa y quizá en el alambre[1]. Nada de bromas a menos que yo me ría, lo que en su caso, no era corriente, dada la detestable dentadura que gastaba.

Coincidió por entonces una alegre novedad. Nada menos que se casaba el Boty. El más maqueado de todos los vallecanos de Comisiones había cedido finalmente ante el ímpetu matrimonial de su agraciada novia.

Habían alquilado una chabola en Palomeras Altas (chabolas eran todas las casa bajas de los extrarradios) que no estaba mal, quizá un poco húmeda. Por contra, tenía agua corriente y un calentador de cinco litros. Los muebles los consiguieron mediante donaciones de todos los amigos y familiares, y, también, los apaños de la novia del Boty: la Nani, que era muy hábil restaurando muebles viejos. La Nani era una joven de carnes prietas y de bello rostro. Era casi tan alta como su novio y se caracterizaba por su dinamismo y ganas de vivir. Militaba en la Comisión Obrera del Metal de Méndez-Álvaro y se ganaba el pan en Osran. Admiraba mucho a la Begoña, una entregada baranda de Comisiones de la citada zona, hermana, por cierto, del otro Perico.

Al Boty se le presentaba un problema. La Nani era cristiana, de las modernas, pero cristiana, así que de arrejuntarse nada. A pasar por la vicaría. El Boty, rojo dónde los hubiera, tuvo que buscarse un cura progre para que les hiciera una de esas ceremonias enrolladas, que parecían bodas civiles. Allí estuvieron todos los troncos y compañeros, armando follón y gritando con ganas. En la sacristía, el cura Juanjo había preparado un piscolabis sobre unas mesas plegables, donde no faltaba de nada, sobre todo bebercio. A las cinco, Pepe y el Jambo ya tenían una toña respetable, pero nadie se lo censuró, por tanto, siguieron trasegando.

Un poco después, el Boty invitó a su más próximos a seguir la juerga en su nueva casa. En puridad, el Jambo no era intimo del Boty, hacía poco que se conocían, pero como congeniaban bien, y además se lo estaba haciendo con Pepe de pareja de borrachos chistosos, lo incluyó en la invitación. En la pequeña pieza que quería ser el salón de la chabola, se juntaron, los novios, claro, el Quique y su chica, el Morriña y el Langui, nuestra pareja de borrachos, y la hermana de la Nani y una amiga, que sin ninguna duda, aspiraban a completar la tarde ligando con Pepe y el Jambo. El Boty, a sus anchas, comenzó a poner música, de la mucha y variada que tenía. Porque era un gran aficionado al rock. Tenía centenares de elepés, muchos de los cuales nunca habían sido publicados en el país. Los conseguía en el rastro, como muchos otros españolitos jóvenes, que en esto del rock también había clandestinidad. Tenía discos de Frank Zappa, de Led Zeppelin, de Deep Purple, y de los Doors, y de Ian Dury, y de Lou Reed, y de muchos otros que tenían algo que decir además de atronar con sus guitarras eléctricas. Si bien, ni el Boty, ni ninguno de sus amigos, sabían un carajo de lo que aullaban.

Y como concesión a la buena música, poseía otros más suaves, pero también enrollados, como Pink Floid, Génesis, y King Crimson. Y como no, Bob Dylan, y John Mayal. Y por supuesto no faltaban los Rolling Stones, y los difuntos Janis Joplin y Jimy Hendrix.

Y así estuvieron un buen rato, bailando a lo bestia, y sin dejar de abrevar, y venga rock duro y venga bailoteo sin reglas, y a hacer el ganso.

Y la hermana de la Nani, que se llamaba Mari Carmen, y su amiga, que se llamaba, July, venga ji, ji, ji y ja, ja, ja. Y Pepe y el Jambo, mirándose de reojo, porque la cosa estaba hecha y lo que había que hacer era pirarse en cuanto se pudiera y llevárselas a algún sitio y cepillárselas. ¡Qué edificante!

Con las ideas más turbias que el Manzanares, Pepe, el Jambo y sus dos amigas, se despidieron a eso de las ocho. Pepe conducía y con él se sentó July. En el asiento de atrás, el Jambo y Mari Carmen.

Iban a todo meter por la Avenida de la Albufera, gritando chorradas y poniendo en peligro a todo el mundo, con aquel seiscientos atómico en el que Pepe invertía todos sus ahorros.

—¡Hoy vamos a quemar Madrid, troncos! —gritaba el conductor.

—¡Dale vida al buga! —fue la respuesta del Jambo.

Dicho y hecho, como en una película, Pepe sorteaba los coches con habilidad pese a que estaba bastante trompa. Las chicas comenzaron a ponerse nerviosas:

—¿Queréis dejar de hacer el idiota?

—¿Pero qué pasa, tía?, ¿te da canguelo? —dijo Pepe, a la par que pegaba un frenazo en un semáforo.

—Que está rojo, tronco —le gritó el Jambo—, nosotros podemos pasar...

—Es chachipén. El rojo es verde para los de la constru.

Y pegando un brusco acelerón pasaron el cruce de Pacífico dejando atrás un estruendoso concierto de conductores al borde del infarto.

Mari Carmen, se expresó con claridad. O dejaban de hacer el gilipollas, o ellas se bajaban y se iban:

—¿Qué queréis, terminar en comisaría, atontaos?

—Perdona, tronca, es que estamos un poco bolingas...

En Atocha se tomaron un café. Más calmados, se sentaron por parejas para centrar el asunto. Que dónde vamos, que si a Bilbao, que si ellas preferían la zona de Huertas, que si a Libertad. Que se fueron a Pentagrama, que era un sitio donde dejaban a la gente magrearse, aunque eso no lo sabían ellas.

En el pub, sonaba musiquita fetén.

—Lastima no tener unos canutitos.

Entonces, el Jambo recordó:

—¡Coño! Yo tengo.

—Pues hazte uno aliquindoi.

—Es que lo tengo en la chabola. ¡Coño!, en el piso —rectificó.

—Pues najando para tu quel —propuso Pepe.

—Pero si estamos aquí muy bien —dijo Mari Carmen. Lo del piso no les hacía ninguna gracia a las dos amigas.

—Mejor estaremos con un peta —razonó Pepe.

—Ya —reconoció July—, pero no vamos a volver otra vez...

—¡Bah! En un cuarto de hora estamos allí, nos lo hacemos, y luego nos volvemos, que esto no lo van a cerrar, que hoy es sábado, sabadete...

—Camisa nueva y... —dijo el Jambo.

Las chicas se rieron forzadas.

—¿Qué pasa, no fumáis?

—Pues no —confesó Mari Carmen.

July negó con la cabeza. Tampoco.

—Pero si es debuten —se explicó Pepe—. Te pones contento y con ganas de todo. ¿Qué hay de malo?

—¿Y la realidad, qué? —preguntó Mari Carmen con una mirada incisiva de seria militante del Partido.

—¿La realidad? —terció el Jambo—. ¿Qué es eso? La realidad es que todas las mañanas me levanto a las seis y media. La realidad es que todos los días tengo que montar una bronca para que me dejen en paz. La realidad es que el día menos pensado me trincan y me cae un marrón fino. Y la realidad es... ¡que no me como un rosco!

Pepe aplaudió:

—Así se habla tronco.

Y ambos se carcajearon.

—La barra de uña —continuó el Jambo—, esa es la realidad de mi tronco Pepe.

Éste asentía con la cabeza:

—Es que este es un mundo cabrón para los pobres...

—¿Quieres que yo te hable de mi realidad? —intervino July, que era de las Juventudes Comunistas.

—Vale...

—Mi realidad no es ninguna ganga. Como tú —y señaló al Jambo—, me levanto muy temprano, porque también trabajo, pero además, antes de irme, tengo que preparar los desayunos de mi padre y de mis hermanos, pues mi madre está enferma. Tengo que vestir a mi hermano pequeño que va al colegio. Después tengo que recogerlo todo y salir pitando para el autobús. En el trabajo me paso el día soldando componentes sobre tarjetas, soportando la resina y el estaño. Además, cobro bastante menos que cualquier hombre de mi categoría. Pero también tengo que soportar sus importunos y librarme de las manos de compañeros babosos. Tengo una hora para comer y lo hago en un comedor asqueroso, lleno de ruidos y de ronquidos. Después, otra vez al trabajo hasta las cinco. Cuando salgo tengo que ir corriendo a recoger a mi hermano que sale del colegio un poco antes y me espera en la puerta. Hacer entonces la compra, preparar la comida para el día siguiente, atender a mi madre y aguantar a mi padre y a mis hermanos mayores que vienen a veces bebidos. Y ya por fin, cuando puedo dedicarme un rato a mí misma y puedo encerrarme en mi habitación, tengo que soportar las voces de la estúpida televisión o los gritos de mis vecinos peleándose, cuando no es mi propio padre el que la monta. Pero aún hay más, algunas noches, tengo que echar a patadas de la habitación a mi hermano mayor, supongo que os imagináis por qué. Esa es mi realidad.

Todos respiraron profundamente.

—Pues tronca, aquí va mi mano de compañero —dijo Pepe.

—Gracias, hijo —le contestó July más aliviada.

Pero Pepe insistía:

—Para mi, July, que deberíamos hacernos esos petas, para despejar el tarro, ¿sabes?

—No necesito petas, con estar con vosotros amigablemente me sobra. Esto es como el paraíso para mí.

—¿Y tú, Carmen, cuál es tu realidad? —le preguntó el Jambo.

—No es tan cruda como la de July, pero bueno, para empezar, además de trabajar tengo que hacer de fregona en casa como toda chica de mi edad en este país, y además tengo que estar en casa temprano.

—¿Temprano? —se intranquilizó el Jambo.

—A las doce lo más tardar.

Quedaron un rato silenciosos y que aprovecharon para beber sorbos de los vasos. El Jambo miraba con disimulo a Mari Carmen. Como su hermana, tenía una constitución delgada pero muy bien formada. También tenía una cara atractiva, aunque no tanto como la Nani. Pero lo que más definía a Mari Carmen era sus ojos, unos ojos oscuros, llenos de vida, sinceridad y ternura. Ternura de una fiera militante obrera de veinte años.

La realidad de sus compañeras les había chafado todos sus planes. Un poso de tristeza había quedado sedimentado sobre sus rostros. La mención de los canutos había traído extraños vientos que en absoluto se hubieran imaginado horas antes, cuando sólo querían divertirse y confraternizar.

Pasaron los minutos y ni Pepe ni el Jambo rompían el hielo. En sus cabezas, los vapores del alcohol diluían un tanto las realidades ajenas. De acuerdo, ellos querían follar, o al menos intentarlo. Respetaban a las chicas, eso estaba claro, pero ellas no querían fumar, tampoco bebían, ¿cómo, entonces, se las iban a llevar a la cama?

—Demos un paseo —pidió el Jambo.

Caminaron por la calle La Palma, había ambientillo, pero no se fijaron. Iban por parejas, delante Pepe y July. El Jambo se paró y volvió la cabeza. Mari Carmen también.

—¿Sabes?, tienes unos ojos que me dicen.

Ella sonrió:

—¿Eso es, que quieres ligar?

—¡Por supuesto!

—Tu también me gustas a mí —reconoció Mari Carmen.

 —Ya —respondió él—, estoy un poco confundido contigo.

—¿Y eso?

—No sé, sensaciones.

—No soy la chica que tú esperabas, ¿no?

—Y cómo sabes lo que yo esperaba.

—Pues llevarme a tu piso a fumar un canuto y luego meterme en tu cama.

—¡Exacto! —reconoció el Jambo con su peculiar media sonrisa.

Continuaron caminando. El Jambo esperaba una respuesta. Un sí, un no. pero ella comenzó a hablar de otras cosas, quería saber como le iba al sector de la construcción.

—No sé, yo sólo soy un militante de base, y a veces ni eso.

—Venga, no seas modesto, que mi cuñado me ha hablado de ti.

—Pero chica, yo no quiero hablar de la guerra, hoy es fiesta, yo quiero hablar de nosotros —y volvió a pararse—, de tu pelo, de tus ojos, de tus labios, de ti y de mí.

—Pues hazlo, ¿quién te lo impide? —y se sonrió. Tenía la dentadura perfecta.

—Pues mira, ardo en deseos de cogerte de la cintura y estamparte un beso, y compartir esas emociones, y luego si se tercia y quieres, llevarte a mi cama, como tú dices, y contemplarnos desnudos y relajarnos y acariciarnos y que pase lo que tenga que pasar, entre un hombre y una mujer.

—Así por las buenas...

—No va a ser por las malas, como le pasa a July.

—No me refería a eso.

—¿Entonces?

—Bueno, llévame a tu casa y me invitas a un café.

El corazón del Jambo se desbocó.

—¿Y esos?

—Esos, también.

El Jambo nunca supo qué rayos le dijo Mari Carmen a July, pero al cabo estaban los cuatro camino del barrio. Pepe conducía como un corderito. Tenía un sonrisa idiota, al contrario de July que aparecía demasiado seria. El Jambo se atrevió a coger la mano de Mari Carmen y hasta le dio un besito fugaz. A ella le brillaban los ojos.

En el piso no había nadie. En el frigorífico tampoco. Les pasó a su cuarto y les ofreció agua fresca. El Jambo encendió una vela y puso musiquita suave. Luego apagó la luz y le pasó la china a Pepe para que se hiciera los canutos. Pepe iba preparado, sacó el librillo y como mandan los cánones, lió un hermoso canuto:

—Si no queréis no fuméis —dijo condescendiente.

No quisieron.

No pasaba nada. Ellos tenían los ojos como tizones, y ellas les miraban esperando que dieran repentinos alaridos, o que se desnudaran, o algo así. Pero no pasaba nada. El Jambo miraba a los ojos a Mari Carmen, pero ella parecía haber perdido todo entusiasmo.

—Tronco, ¿de verdad que no tienes nada para beber? —preguntó Pepe.

—Si quieres bajo a comprar algo.

—No, bajo yo —se ofreció Pepe.

—Te acompaño —dijo July.

—Toca abajo cuando vuelvas —le dijo a Pepe cuando salía.

Al volver a la habitación se dio cuenta del colocón que tenía, el pasillo le pareció kilométrico. Entró con una sonrisa y se sentó en la pequeña alfombra que había a los pies de la cama.

—Ven aquí —le dijo a Mari Carmen—, ¿quieres?

Ella se sentó enfrente con las piernas cruzadas como los indios.

—Que lejos te veo —dijo él.

—¿Qué sientes? —le preguntó ella.

—¿Qué siento, de qué?

—Por el canuto, ¿qué sientes?

—Un ciego de no te menees.

—Pero salvo por los ojos brillantes, yo te veo normal.

—¿Y qué esperabas? —le contestó mientras cogía la jarra de agua y se daba un largo trago.

—No sé... —y se rió.

—La mejor manera de saberlo es que te fumes uno.

—Me parece que no hace falta. Me siento un poco tonta.

—Claro el humo...

—¿Y tú, fumas muchos?

—Debe ser el tercero que me fumo en mi vida.

El Jambo se le acercó y con la jarra aún en la mano, le dio un refrescante beso. Ella cerró los ojos y abrió los labios para él.

En eso llevarían unos minutos cuando sonó el timbre de abajo. Al enderezarse quedó al descubierto el empalme que tenía el Jambo. Mari Carmen abrió los ojos con espanto pero terminó a carcajadas. El Jambo ahueco los pantalones de cuero y se recompuso como pudo.

Pepe llegó con cervezas y bocatas:

—Alegría para el cuerpo, que no falte de nada para los troncos.

July parecía mas animada. Se fueron al salón y repitieron la operación de las luces y la vela. El Jambo se trajo el casete. Como había dos sofás, ambas parejas se pusieron cómodas. Pepe lo único que hacía era trasegar sólidos y líquidos. Hicieron otro peta. Esta vez ellas fumaron, una par de caladitas, pero fumaron. Y ahí empezó todo. Pepe comenzó a meterle mano a July y ésta le correspondió. El Jambo les envió a su habitación. Cogió de la mano a Mari Carmen y se fue a la habitación de Agustín, del que sabía no volvería en todo el fin de semana, pues se había ido a pescar a la sierra.

—Ahora, guapa —le dijo en falsete a su acompañante—. Nos vamos a desnudar y nos vamos a acariciar por una eternidad.

Ella suspiró:

—Pues enciende el radiador, que hace un frío horroroso.

Mari Carmen tenía un cuerpo de modelo, limpio, terso y casi de adolescente. Cayeron de rodillas sobre la cama y como prometieron se acariciaron lentamente mientras la erección del Jambo descansaba entre los muslos de ella. Quien comenzó a masturbarle con ilusión. Desde luego que sabía cómo. Era otra españolita experta en previos. Pero cuando el Jambo quiso pasar a mayores, ella no le dejó:

—Que no. Que no quiero quedarme embarazada.

—¿Y entonces?

—Entonces, lo que quieras menos eso.

—¿Y eso, qué es?

Por toda respuesta, Mari Carmen prosiguió con la masturbación.

—Pero eso lo sé hacer yo sólo.

Para qué lo diría. A ella se le iluminaron aún más los ojos y dijo:

—Venga, a ver cómo lo haces.

—Que no, para eso prefiero que seas tú.

—Anda, venga, que nunca lo he visto...

—¿Y tú, qué haces mientras?

—Lo mismo que tú.

Y con toda valentía se llevó la mano al pubis.

El empalme del Jambo bajaba alarmantemente.

Pero ella comenzó a mover la mano en circulo mientras con la otra se acariciaba el pecho.

Allí estaba el Jambo, mirándola como un bobo, incapaz de creérselo. Quiso acercarse pero ella no le dejo:

—No, no, tú de pié.

—Venga —insistió, al ver la parsimonia del Jambo.

—Es que...

—¿Te da vergüenza?

—No sé, es que lo veo raro.

—Bueno, pues tú mírame.

Con la cosa morcillona, el Jambo se quedó cuan largo era mirando como ella, ahora con los ojos cerrados, se masturbaba sin cortapisas, mientras con la mano libre recorría su bella anatomía. Le acometieron unas ganas terribles de penetrarla, pero no se atrevió, y en esas se volvió a empalmar admirablemente. Ella seguía con los ojos cerrados. Esto es como con los pósteres pero en vivo, se dijo el Jambo. Y se puso a la faena.

Entonces ella abrió los ojos y se miraron, pero el Jambo ya no se cortó. Y según se animaba, le fue entrando un furor consigo mismo como cuando se hacía pajas de urgencia pero aún con más pasión, buscando el final rápidamente. Sin embargo, el pito tenía uno de esos momentos de indiferencia, en los que pese a mantener el tipo imperial se negaba a dar fin al trajín. Y así, gracias, los gemidos de ella empezaron a coincidir con los de él, y según los prolegómenos del placer daban iniciales apuntes en el nacimiento del rabo, el Jambo se acercó, y se dio aún más castigo mientras ella se combaba elevando el vientre placentero quizá aventado por sus resoplidos salvajes y los aullidos del Jambo mientras regaba su seno de blanco.

—Ay —dijo ella—, está caliente.

Y segundos después desfallecía a su fin.

El Jambo seguía allí, con el pito entre la manos, que poco a poco se escurría, jadeando y casi mareado. Ella se llevó las manos al vientre tratando de quitarse el semen.

—Bobo —dijo—, me lo tuviste que echar encima.

[1]Vivir peligrosamente.