¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
|
-14- Primero de mayo en Atocha. |
|
El
Jambo no tenía suerte con las mujeres. Sí, lo de Mari Carmen,
dabuti, era una tía cojonuda, lista, guapa y tierna, pero quería
vivir su vida. Ella le había reconocido que hacía mucho tiempo
que lo pasaba tan bien, pero, (malditos peros), que no quería
colgarse de nadie. Es decir, llámame cuando estés aburrido y
lo repetimos.
—¡Hombre!
—argumentó el Jambo con fina ironía—, habrá que
profundizar más.
—Desde
luego. Voy a ver si consigo una receta para comprar las
pastillas[1]
—le respondió ella sin ningún reparo, dejándolo
completamente estupefacto.
No
estaba preparado para esta clase de mujeres, y aunque no sintió
ningún rechazo, porque todo en ella le atraía, en algún lugar
oscuro de un remoto pliegue cerebral se le encendió una luz de
alarma. ¡Peligro, muchacho! Esta es una de esas tías que saben
lo que quieren y que cortan el alma masculina como las navajas
albaceteñas. No obstante, y dado la estadística escasez de
coitos del Jambo, tomó religiosa nota de su teléfono en un
privilegiado lugar de su cartera.
Y
vuelta al curro.
A
Pepe no le cabía un piñón por el culo de contento que estaba.
En la caseta donde se cambiaban de ropa, y mientras se echaban
un pito, le explico a su amigo, dado que el Boty estaba de
permiso matrimonial, que se había beneficiado a la July y que
tenía la intención de salir con ella.
—O
sea, que te la tiraste a pelo.
—Sí.
Tengo que conseguir unos globos.
—¿Bueno?,
¿Y tú qué? —le preguntó Pepe.
El
Jambo silbó:
—¡Menuda
cachonda mental esta hecha la cuñada del Boty!
Y
ambos se rieron, contentos de haber tenido algo entre las
piernas. Aunque lo del Jambo... Pero claro, Pepe no lo sabía.
Lo
que los dos amigos ignoraban es lo que estaba pasando en la
tercera fase, aunque tampoco parecía importarles mucho. Sin
embargo, Rafa, que necesitaba refuerzos con urgencia, por dos
motivos, la cercana presencia del Uno de Mayo, y el protagonismo
del amigo Antonio, elegido enlace sindical contra la opinión de
los tres díscolos, que estaba llevando a la obra por caminos
demasiado legalistas, y por tanto desmovilizadores, se estaba
moviendo para que Barrán devolviese a la fase tres a su mejor
tropa de choque.
Pero
esto no era nada fácil. Barrán, que había contratado a otra
secretaria, había urdido una sutil estrategia, de divide y
vencerás, con la que estaba consiguiendo pacificar la obra y
por descontado, cumplir con los plazos de su contrata. Asesorado
por el gran baranda, Sebastián, Barrán veía ahora que había
sido un ceporro. Era mucho más productivo, elegante, e incluso
de acuerdo con los tiempos, dialogar y comprar voluntades, y en
ello estaba, con el citado Antonio, oficial golfo donde los
hubiera, chulesco, putero fácil y de Chamberí. Y si a esto se
le acompañaba el exilio de los más dinamiteros, se decía a sí
mismo que podría llegar al verano, es decir, a fin de obra, y
deshacerse de todos ellos legalmente, por fin de contrato. Y se
frotaba las manos de contento. De acuerdo que había estado un
poco obtuso últimamente, sobre todo con Adela, pero todo estaba
mejor así. La nueva secretaria no estaba tan buena, pero
tragaba, y aunque no sabía hacer la o con un canuto, puesta
contra la mesa, levantadas las faldas y bajadas las bragas, y
sujetas sus manos por las zarpas del pistolero, así se la había
beneficiado, por el sitio tradicional, pero atacando por la
popa, con una llantina de la pobre chica, que a él le importó
un carajo, o incluso le excitó más, si cabía.
Incluso
en casa se comportaba más amablemente con la parienta y la
prole. Sí, claro que hubo más que palabras y cierta confusión,
pero Barrán impuso su ley, y sólo aceptó la rendición
incondicional, de unos y otros. Porque él era el que pagaba
facturas, caprichos, cochecitos, motos, peluquerías, ropitas y
demás historias. De modo, que Emilio y Adela se quedaron sin
explicaciones, incluso sin su legitima liquidación. Y eso le
gustaba a Barrán. Que viniera a cobrarlo a la oficina esa puta
defensora de obreros si tenía narices, incluso con el panoli de
su marido. Ese huevón amariconado de maneras suaves y palabras
finolis. ¡No te jode!
Adela
pasó unos días muy malos, metida en casa y retomando labores
de las que se creía libre. Para reducir gastos, despidieron a
la chica. Entró en barrena en esta desastrosa ocupación que
consiste en cuidar de la casa y de sus habitantes, por nada, por
ser mujer. Noche tras noche, trataba de convencer a su marido,
de que lo mejor era poner la tienda de ropa. ¡Claro que había
riesgo! Pero esa era la ilusión de su vida. Además, cada vez
se gasta más dinero la gente en vestirse. Y cada día se abren
tiendas nuevas, y como esperemos mucho, luego habrá demasiada
competencia. Pero Emilio no cedía. Invertir ahora esas perras
no sólo le intranquilizaba si no que también le enfurecía. ¡Una
tienda!, ¡vaya capricho! Lo que tenían que hacer era buscar
una solución al despido de Adela, ¿cómo?, tiempo al tiempo,
ya entraría en razón el tío José. De eso no le cabía duda.
Mientras tanto, Adela podía aprovechar el tiempo y matricularse
en una academia o preparar alguna oposición al Estado o a
bancos. |
|
Esta
timorata visión, al entender de Adela, estaba contribuyendo a
su creciente abatimiento mental. Cada día que pasaba metida en
su casa, limpiando polvo y sacudiendo alfombras con inusitada
fruición, era un día perdido, ¡un día de su vida! Cuando
Emilio volvía del trabajo, ya atardecido, no se sentía con
fuerzas para escuchar sus anécdotas cotidianas. Silenciosa,
sobre el fregadero o cocinando, un leve pero definido rencor le
abordaba amargándole lo que quedaba del día. Ni academia, ni
bancos, ni historias. Ella valía mucho más que todo eso. Y
maldecía, aunque con escaso convencimiento, el día en que se
casó. Si se hubiera quedado soltera, nada ni nadie podría
impedirle abrir su tienda de ropa. Pero como era una mujer
casada, necesitaba el consentimiento de su marido. Desde luego
que era para enfurecerse. Y semejante injusticia, acercaba, aun
sin ser completamente consciente, sus tibias ideas sociales a
posiciones más cercanas a las de tantas y tantas gentes que
esperaban la muerte del dictador, como única solución a
problemas como este o peores.
Y
según los días transcurrían, Adela adivinaba, que una gran
tormenta se cernía sobre ella amenazando su vida conyugal, pero
de la que se sentía completamente inocente, aunque su cercana
presencia intranquilizaba lo mismo sus despertares que sus
anocheceres. Para empezar, y como síntoma evidente de la
tempestad, se mostraba remisa a mantener relaciones sexuales con
su marido.
Descubrió
también con asombro que no tenía amigas. Las amigas de su
juventud, su pandilla de soltera, estaban tan sujetas ahora a
sus maridos, como ella misma, peor aún, pues la mayoría tenían
hijos que cuidar. Un intento de reanudar sus relaciones, con las
que llenar las largas tardes de soledad, resultó un estrepitoso
fracaso. A la hora de estar sentada en una cafetería del
centro, escuchando aquélla insulsa y vana charla acompañada de
tan mojigatos consejos, comprendió, con pesar, que estaba sola,
y que aquel mundo, que sólo semanas atrás parecía puesto allí
para tomarlo a la primera oportunidad, no estaba, en realidad,
hecho a su medida. Y cuando, esa misma tarde, volvía al hogar
caminando, deseó encontrarse con su secreto admirador, y como
una adolescente se sorprendió mirando y remirando adelante y
atrás, queriendo entrever, como fuera, su negra figura. Pero el
Jambo no apareció ese día por allí.
Se
encontraba reunido con sus compañeros de Comisiones de Vallecas,
presididos por el Maca, y a petición de Rafa. La historia era
muy sencilla: Rafa pretendía reunir de nuevo a todas sus
fuerzas en la fase tres, pero para ello necesitaba el compromiso
de que seguirían tajantemente sus directrices. De otro modo,
consideraba que no merecía la pena pelear por ello. Como el
Boty no estaba, Pepe fue el que tomó la palabra para
defenderse:
—A
mí —dijo con cierta parsimonia, muy típica de él cuando tenía
que hacer intervenciones políticas—, esto de ser buenos me
parece impresentable. ¿Qué es eso de seguir tus directrices?
—y señaló a Rafa—, ¿desde cuándo aquí hay mandos, como
en el ejercito? Yo me limito a hacer sindicalismo, el
sindicalismo de Comisiones. El resto son pamplinas y ansías de
protagonismo.
Rafa
puso cara de circunstancias. ¿Veis como tengo razón?, parecía
querer decir. El Maca cortó por lo sano, con su voz, nacida
para agitar a las gentes, dijo:
—Ya
sabía yo que en esta obra iban a surgir problemas de
personalismos. Hay tanta calidad en los hombres que trabajan en
ella, que, ya os digo, esto era inevitable. Y me alegro que
estemos aquí para resolverlo. Para empezar, compañeros, Aquí,
quien dirige, son los órganos del sindicato, para unos —y miró
a Rafa—, y para otros —y señaló a Pepe—. Por tanto, la
decisión que adoptemos, será la que todos seguiréis. Y tengo
que deciros unos cosa. Las tareas más importantes que tenemos
ahora encomendadas son las elecciones sindicales, que hay que
ganar, y las movilizaciones que vendrán después. El resto es
secundario. Mucho habéis conseguido en esa obra, sobre todo en
cuanto a organización y solidaridad —lo decía porque Rafa
recolectaba apreciables cantidades de dinero para la solidaridad
con los presos y otros gastos del sindicato—, y es para estar
orgulloso. Pero ahora, cuando se avecinan duros combates contra
la dictadura, la unidad es mas urgente que nunca. Y la unidad,
compañeros, se consigue, primeramente, con disciplina, y sólo
después, con el dialogo.
Cedió
luego la palabra el viejo líder, y hablaron todos los compañeros
de la obra, desde el Pertur hasta Quique, y todos coincidieron
en que Pepe, el Jambo, y el ausente Boty, debían olvidar su
radicalismo y trabajar como todo el mundo, sin fisuras y sobre
todo sin broncas. Estaba claro que todos y cada uno de los
incidentes sucedidos en la fase dos, habían llegado a oídos de
Rafa, y probablemente de toda la obra. Ante semejante mayoría, el Jambo y Pepe, optaron por callar y aceptar la decisión. Rafa, satisfecho, preparó entonces una estrategia para recuperarlos para la Fase Tres. Sorprendentemente se mostró partidario de ir a la huelga, y así se aprobó para el día siguiente. La Fase Tres pararía hasta que los destacados en la fase anterior volvieran con sus compañeros. |
|
La
huelga fue un éxito y Barrán nada tuvo que ver. El Jefe de
Obra de la Fase Tres, enterado por estar presente ese día,
accedió a la petición en menos de media hora. Parecía cosa de
magia. El administrativo de Malpisa los trajo de nuevo en el
cuatro-lata. Pepe y el Jambo estaban estupefactos, ¿cómo era
posible? Aquí había gato encerrado. Desde luego que lo había.
La estrategia de la empresa consistía en terminar la obra antes
del verano. Malpisa estaba dispuesta a aceptar todas las
reivindicaciones que no le incumbieran, es decir, casi todas, y
Barrán, que se las compusiera como pudiera.
Rafa,
también desconcertado, valoró tan inusitada rapidez con fino
ojo, y, veterano en estas lides, entendió que la obra tocaba a
su fin. Pero no le importó. Antes de que llegara el verano, Malpisa se iba a enterar de lo que valía un peine.
En
los planes de Rafa, estaba, en efecto, la idea de hacer
coincidir el final de la obra con un conflicto legal que
impidiera el despido masivo por fin de contrato, y así
combinando acciones puramente huelguísticas, y por ende
ilegales, con otras legales, impedir lo que Malpisa y Barrán
pretendían.
Era
ésta una estrategia difícil y no exenta de riesgos, pues, pese
a tener la obra cuatro enlaces sindicales, la cúpula del
vertical seguía siendo una estructura fascista al mejor estilo
de los cuarenta, donde, pistoleros como Barrán, y otros peores,
campaban por sus respetos, y que últimamente alarmados por las
imparables acciones de Comisiones, cerraban filas, tratando de
impedir que la polémica táctica de infiltración del
clandestino sindicato dieran frutos semejantes a los que se
planteaba Rafa.
Esta
política de conjugar lo legal y lo ilegal, tenía sus
detractores y sus animadores. Era una política realista, con la
que a veces se conseguían mejoras para los trabajadores, pero
tenía un gran inconveniente: acercaba posiciones y por tanto
rebajaba las reivindicaciones. Pero el sindicato era ahora
dirigido por compañeros que tenían otro talante al de los
procesados en el 1001. Líderes que sabían que había que
negociar el cambio, que sabían que la vanguardia obrera no tenía
fuerza suficiente para romper el fin del régimen y que
afirmaban que ésta era la única política posible. A su
izquierda, decenas de organizaciones proponían una lucha más
frontal y reivindicativa, aún sin tener la más mínima
posibilidad de encabezarla. Únicamente en Euskadi, la izquierda
luchaba rabiosamente tratando de conjugar fuerzas y destinos
para expulsar de sus tierras a todos aquellos que representaban
la ocupación y la represión brutal a que estaban sometidos[2].
Y
en la conciencia de la resistencia antifranquista se fraguaba
una dolorosa, pero no nueva esquizofrenia: estaba cerca el fin
del régimen, se olía, se aventaba, pero no se vislumbraban
fuerzas para tomar las manos del pueblo y sacarlo a la calle
para que se paseara a cuerpo y condujera a otra legalidad, ya
casi lejana, en cierto modo extraña, pero la única aceptable
para todos aquellos hombres y mujeres que habiendo recogido el
testigo de dos generaciones anteriores, pero sin tener su ardor,
sus recursos y sus ansías de un nuevo mundo, se encontraban
expectantes, sin capacidad de cambiar la historia, de golpear
fuertemente la columna vertebral del moribundo régimen y
enterrarlo definitivamente en el lodo de su abyecto pasado que
tanto se trataba de ocultar. Pues la historia no la hacían
ahora las masas obreras, ni las elites concienciadas, ni las
vanguardias, la hacían los empresarios europeizados, la burguesía
moderada, las personalidades cristianas, los contados militares
protodemocráticos, por decirlo así, todos ellos dispuestos a
ocupar el hueco de poder, que los adalides del franquismo perdían
día a día, muchas veces por defunción. Y este natural relevo,
apoyado por quienes se decían herederos de la tradición democrática,
y aderezado a ratos con republicanas soflamas, pero bien sujeto
al orden por los poderes de la Europa Central, era como digo, el
natural relevo de una clase política por otra, sin que en aquel
extraño bienio del 74 y 75, los luchadores y luchadoras
antifranquistas pudieran advertir lo que se les venía encima,
al ignorar, que lo peor de las dictaduras, siempre viene después.
Y desde el exilio, los líderes comunistas, trataban de forjar
masivas movilizaciones, que fueran el inicio de otras aún más
poderosas y que en un próximo futuro permitieran quebrar, todo
lo pacíficamente que se pudiera, el espinazo del régimen, y
que posibilitara, si no ser los árbitros del inevitable pacto
social, al menos tener un gran peso, un peso, justo era
esperarlo, acorde con la dura lucha de decenios y con la gran
tragedia de horror y sufrimientos que la izquierda tenía a sus
espaldas y que nadie recordar quería. Olvido intencionado a
cambio de un reconocimiento que fuera más allá de la verdadera
fuerza de la izquierda, después de cuarenta años de cuartel.
Pero
estas esperanzas, que lo fueron en aquel bienio, eran una
ingenuidad mayoritariamente fundada en la irrealidad de la
escenificación revolucionaria que los militantes
antifranquistas vivían. Madrid, Barcelona, la margen izquierda
del Nervión, las cuencas asturianas, Valencia, El Ferrol,
Sevilla, y otros lugares de reconocida tradición de lucha, podrían
parecer toda España, pero no lo eran. Pero ni siquiera en estos
sitios, ni siquiera en el indomable Euskadi, ni siquiera en la
unida Cataluña, las fuerzas populares daban para tanto. No. El
final del régimen se fraguaba primeramente dentro del propio régimen,
después en los adelantados cachorros de la política que un día
mamaron de él, y finalmente en escuálidos embriones que
germanos Faustos calentaban en sus redomas. |
|
Y
así, sin haber siquiera comenzado la transición, histórico
ejemplo al parecer, de mesura y sabiduría de un pueblo, los
cimientos de lo que sería la vuelta de los Borbones, se estaban
amasando ya en los palacetes, en las cancillerías, en los
lujosos pisos de la adinerada burguesía y hasta en los
espartanos apartamentos de líderes de clandestinos partidos, de
mínimo número de militantes, pero extremado potencial en
votos, pues, al cabo, la transición no sería más que la lucha
civilizada entre una clase política agonizante y otra, de mucha
más solera, aunque largo tiempo cesante, pero remozada en la
nueva sangre de dirigentes despiertos, ambiciosos y hábiles
comunicadores. Pero, sin duda, con la benevolencia de los que
verdaderamente detentaban el poder en la estratégica provincia
imperial con guarniciones, en nombre del Imperio que todos
sabemos. Imperio que en modo alguno iba a permitir deslices a la
portuguesa y mucho menos conatos revolucionarios. Por ello, se
apostaría por una democracia, si ésta era capaz de mantener
las cosas en su sitio, pero en absoluto estaba desechada una
solución mixta, es decir, una monarquía militarista, o en su
defecto, si el Borbón no era capaz de aunar las voluntades de
la milicia, un mero directorio militar, espejo calcado de la
dictablanda Primoriverista. En cualquier caso, todo menos
soldados con claveles en las bocachas de sus fusiles de asalto.
Y así, el final del sangriento dictador, en sus últimos años
inútilmente disfrazado de padrecito, agitaba los corazones de
los españoles y las oficinas de los servicios de inteligencia
del Imperio y de sus aliados. Preguntándose todos, ¿y los
militares, qué? Y desde Carrillo hasta el último español,
todos confiaban en un milagro, un extraño milagro que no
tuviera por partitura, la estremecedora frase de: "todo
esta atado y bien atado".
El
Uno de Mayo, era jueves y festivo. En Madrid, la oposición había
convocado en distintos lugares, según partidos y pactos. Los
socialistas habían convocado en el cementerio, para homenajear
a su líder fundador. Otras agrupaciones menores también habían
hecho llamamientos para manifestarse en el centro. Pero la
frase: el Uno de Mayo en Atocha, seguía teniendo más poder de
convocatoria que cualquier otro llamamiento[3].
Así, pese a un comando que las Juventudes de Vallecas tenían
preparado en el Puente, la cita final se sobreentendía que,
como siempre, era en Atocha.
El
Gobierno había sacado todas sus fuerzas a la calle. El país
amanecía completamente tomado por las distintas policías del régimen.
Caballería, botijos, canguros, cascos, porras eléctricas, todo
lo que hasta ese momento disponían estaba en la calle. La orden
era clara: ¡A hostia limpia!
En
Vallecas, un nutrido grupo de jóvenes ocupó la Avenida de la
Albufera parando la circulación. A esto se le llamaba
"salto". A la señal de unas palmas, los piquetes de
protección formaban una hilera inicial que servía de
referencia para el resto de los manifestantes, que ligeros, pero
ordenados apretaban filas hasta formar un grupo homogéneo. Los
piquetes laterales rociaban de panfletos las aceras y el piquete
trasero se preocupaba de incorporar a los retrasados. Salían
las pancartas a relucir, las banderas, y a una voz del
responsable, el comando se ponía en marcha coreando las
consignas del momento.
Los
escasos transeúntes aplaudieron, las amas de casa se retiraron
a sus portales aunque sin dejar de mirar. Algunas dotaciones de
grises, viéndose en minoría (en aquel lugar), pidieron
refuerzos por radio, manteniéndose distantes.
La
manifestación, combativa, bien compactas sus filas, en sus
mayoría jóvenes de las Juventudes Comunistas, y grupos de
organizaciones más a la izquierda, avanzó con decisión, a
trote ligero, sin perder la formación, y con casi mil puños
alzándose para exigir libertad.
Hasta
el cruce de Pacífico no pasó nada relevante, había pocos
transeúntes y menos tráfico, porque el españolito tenía
aprendido que los Primeros de Mayo, si hacía bueno, al campo y
si no, en casita viendo la tele, que siempre daban pelis
cojonudas ese día.
Apareció
el helicóptero, llegaron autobuses repletos de grises, sonaron
estampidos, terribles pelotas de goma y asfixiantes botes de
humo. Los manifestantes se dividieron en dos. Una parte, más
afortunada, derivó hacía las callejas que rodean la calle
Monte Igueldo, y pudieron escapar y posteriormente reagruparse
cerca de Méndez-Álvaro, desde donde siguieron su marcha hasta
Atocha. Pero la cabeza de la manifestación, donde iban el
Jambo, Pepe, el Boty, su mujer, Mari Carmen y su amiga, y otros
conocidos, presionada por la carga que por ambos flancos
efectuaron los grises, no tuvo más remedio que avanzar a la
carrera por la Avenida Ciudad de Barcelona. Allí les esperaba
un escuadrón de caballería, con sus largas y fustigantes
porras, y otras dotaciones de a pie. Detrás, en el cruce, las
pancartas y las banderas habían quedado tiradas. Algunos
heridos, caídos o arrodillados se protegían de los porrazos,
que sádicos guardias les sacudían, cebándose de mala manera
sobre ellos, en medio de una nube gris, chorros de inútil agua
teñida, y gritos de terror. Otros, casi desmayados, habían
sido esposados a los arboles, y allí recibían culatazos,
porrazos, patadas, y toda suerte de golpes, que a los bien
temprano atiborrados de pastillas, policías, les daba la gana.
El
Jambo cogió a Mari Carmen de la mano, Pepe hizo lo propio con
su recién novia, El Boty, ídem con su mujer. Los seis se
apartaron a la acera para dejar pasar a los caballos. Un joven
bajo y fornido, que parecía Pepito el del Metal, un valiente
entre los valientes, se sacó del anorak dos botellas de aceite
y sin dudarlo las arrojó delante de los caballos. Estos, pese a
las herraduras de goma, resbalaron, y el teniente, el corneta y
dos números, rodaron por los suelos junto con sus monturas. En
el revuelo que se formó, muchos manifestantes pudieron escapar
escurriéndose entre el resto de los caballos, no sin que
algunos recibieran dolorosos porrazos en la cabeza o en el
rostro. Aquellas porras, bien usadas y golpeando por la costura
de la punta, cortaban la carne como cuchillos, y algunos
sangraban. |
|
Un
grupo de unos cincuenta compañeros entre los que se encontraba
el Jambo y sus amigos, se vio arrinconado contra las cristaleras
de un bar. Los grises les rodearon, pero no cargaron. Terciaron
sus fusiles con bocacha para pelotas, y sin prisas, abrieron los
cerrojos de aquellos máuser apresuradamente reciclados,
introdujeron el cartucho de bala de plástico que impulsaba la
pelota de dura goma y tras un aterrorizador cerrojazo y a
bocajarro, dispararon contra los paralizados manifestantes,
cuatro de los cuales recibieron en distintas partes de sus
cuerpos el violento impacto del duro caucho contra la débil
carne humana. Y cayeron al suelo, gritando, mientras el resto,
desesperado buscaba alguna forma de escapar de allí. Y
nuevamente, valerosos metalúrgicos, salieron al paso desde la
cera de enfrente, arrojando contra los grises, todo lo que a su
mano encontraron. Los guardias, sorprendidos, se dieron la
vuelta con la intención de darles su merecido, uno de ellos yacía
tirado con la cara llena de sangre. Alguien con buena puntería
le había alcanzado en todos los piños. Esto les enloqueció.
Un número saco la pistola y disparó contra los metalúrgicos,
afortunadamente sin alcanzar a nadie. El sargento le sujetó el
brazo:
—¡Guarda
eso, cojones! —le gritó— ¡Ya te diré yo cuando has de
usarlo!
Pero
el incidente sirvió para que la mayoría de los cercados
pudieran huir. Corrieron en dirección a Atocha. Cuatro quedaron
atrás. En la esquina con Doctor Esquerdo, se toparon con una
banda de guerrilleros de Cristo Rey. Algunos eran soldados del
cercano Gobierno Civil. Enchufados que hacían la mili en
oficinas. Hijos de oficiales y suboficiales partidarios acérrimos
de Franco. Llevaban barras de hierro, bates de béisbol, y
cadenas de atar la moto.
—¡Os
vamos a matar, rojos, cabrones! —gritaron.
En
efecto, uno de ellos les apuntó con la "Star"
reglamentaria del ejercito. Una docena de grises observaba la
escena sin ninguna emoción desde muy cerca. Esto colmó el
aguante de Pepe el Carpanta. Oleadas de ira venteadas por su
corazón y su noble sangre le nublaron el entendimiento. Se quitó
la chupa con rabia, la tiró al suelo y rompiendo de un fuerte
tirón los botones de su camisa, le ofreció el pecho a aquel
cobarde aseñoritado armado de un nueve parabellum:
—¡Mátame
si tienes cojones!
—¡Asesinos!
En
los mismos segundos de indecisión que tuvieron los fascistas,
Pepe se volvió a sus camaradas:
—¡Corred,
joder!
El
Jambo también se lo repitió a su amiga Mari Carmen:
—¡Corre!
¡Nos vemos en Atocha!
Porque,
en un inexplicable arranque, el Jambo se abalanzó sobre el
facha y le propinó un empellón que no lo derribó gracias a
que otro facha lo sostuvo. Y trincando de la manga a Pepe,
salieron también en estampida, dejando a los guerrilleros de
Cristo Rey sin la carnaza, que como cobardes sádicos ya se
prometían a devorar.
Allí
quedó para siempre la chupa de falso cuero de Pepe. Quizá
alguien la recogió después, quizá todavía la lleve sin saber
que es la cazadora de un valiente.
No
consiguieron llegar a Atocha, aunque otros sí. Allí volvieron
a repetirse las escenas anteriores. Y durante una hora la
glorieta de Carlos Quinto fue escenario de carreras, gritos,
estampidos, ayes, maldiciones y crueldad. Incluso hubo quien ese
día soltó palomas con banderitas rojas atadas a las patas, y
aseguran que algunos hasta utilizaron murciélagos para esta
tarea. Pero el Jambo no lo vio. Y si lo hubiera visto, se habría
mosqueado, porque tenía su conciencia con eso de los bichos.
En
fin, nada nuevo. Sucedía todos los años desde el sesenta en
las grandes ciudades. Únicamente, que aquel fue especialmente
duro para los manifestantes. Centenares de heridos, centenares
de detenidos, un muerto en Vigo, dos heridos de bala en
Barcelona, —los catalanes se batieron el cobre aquel día—,
y miles de apaleados.
Verdaderamente,
el gobierno había mantenido el desorden público a toda costa.
A los socialistas del cementerio civil de Madrid, que
orgullosamente llevaban un clavel rojo en el ojal, los apalearon
salvajemente las huestes de Sánchez Covisa[4],
y hubo más de sesenta detenidos. Aquel uno de mayo, fueron los
socialistas y la izquierda del PCE los que dieron la cara.
Comisiones estaba en otras cosas.
Por
la tarde, los Unos de Mayo[5],
los rojos, se relamían las heridas, contaban sus bajas, y se
emborrachan concienzudamente. Y eso hicieron el Jambo, Pepe, y
Mari Carmen y sus amiga. Y esta vez, Mari Carmen le dejó hacer
el amor sin ninguna traba, y sin saber realmente el Jambo, si es
que ya tomaba pastillas o tenía un buen día. Luego, se
hicieron unas petas monumentales, compraron unas botellas de
ginebra y unas cocacolas y se hartaron de cubatas, para celebrar
el día en que los rojos de España, pasaban, tradicionalmente,
más miedo, sólo por salir a la calle. |
|
[1]En
aquella época: "neoginona"
[2]Esto
no es retórica en absoluto. En abril y bajo la bestial férula
del estado de excepción, ¡como si lo necesitaran para
algo! se fundó el primer grupo paramilitar antivasco, un
escuadrón de la muerte, directamente dirigido y financiado
por la Social, para operaciones especiales que pudieran
burlar los ya ridículos derechos del Fuero de los Españoles.
Recuerdo ahora, al hilo de las notas que entonces tomé, el
dramático caso del cura vasco Erkizia, que profesaba en
Santuchu, y que estuvo durante tres meses en coma tras una
brutal paliza que recibió en la comisaría. Una paliza que
duró las preceptivas 72 horas. Tres días de brutales
torturas al mejor estilo franquista de posguerra. ¡Pero estábamos
en 1975!
[3]Comisiones
no convocó ese año la tradicional huelga. La proximidad de
las elecciones sindicales, atemperó los ánimos de muchos.
[4]Un
baranda especialmente vociferante de los llamados
Guerrilleros de Cristo Rey.
[5]Por
cierto, un coche bomba estalló juntó al estadio Bernabéu
mientras Franco presidía la demostración sindical. |