¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-15- Adela se descubre a sí misma. |
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La situación de Adela no mejoraba. Su marido seguía en sus trece, ella no sabía como convencerle. Andaba todo el día enfurruñada y hasta le contestaba mal. Emilio, creyéndose armado de toda la paciencia del mundo, esperaba que el tiempo la calmara. Pero, algunas noches, viendo la televisión, Adela se cebaba con su marido: —¿Fuiste a cobrar mi liquidación? —y se lo decía con toda la mala idea del mundo. Bien sabía ella que Emilio no se atrevía a pedírsela a Barrán. —No, no fui —respondía Emilio—. No pude, estuve muy liado. —¿Y cuándo vas a ir? —insistía Adela con ganas de meter cizaña. —No lo sé, ya veré... —No lo sé, no lo sé... No piensas ir. Eso ya lo sabía yo. Ese cabrón se va a quedar con mi dinero. Y se sorprendía a sí misma diciendo tacos, en otras épocas, impensables en ella. —Haz el favor de no hablar así. —¡Ah, el señor se escandaliza! —Adela, vete a la cama. Emilio se apesadumbraba, se quedaba absorto viendo la tele, aunque sin enterarse de nada. Emilio era un contumaz partidario del paso del tiempo como curalotodo. Un poco como el país. Tenía la mansa paciencia que los españoles habían adquirido durante la larga cuartelada franquista. Era cuestión de tiempo que Adela encontrara otro trabajo y se olvidara de sus tonterías de pequeña empresaria. De hecho, él ya se estaba moviendo y preguntando a sus compañeros. Una mujer inteligente y buena trabajadora como su esposa, no podía durar mucho en el paro. Otro problema era que no cobraba el desempleo, no tenía los papeles para solicitarlo. Desde luego, ahí tenía razón Adela, Barrán se estaba comportando como un cerdo. Sí. Tenía que ir a verle y decirle cuatro palabritas. No es que le tuviera miedo, era solamente que no quería broncas familiares. Días atrás había hablado por teléfono con la mujer de Barrán, pero esta le había respondido como siempre: —¡Ay, hijo!, a mi no me hace caso en nada. Se prometió a sí mismo que iría al día siguiente. Pero no lo hizo. Los días pasaron. Adela perdía color. Casi no se hablaban. Llevaban mucho tiempo sin hacer el amor. Y de pronto, Emilio descubrió que estaba atrapado entre su mansedumbre y su mujer. Y que era demasiado tarde para coger a Barrán de la pechuga sin que sonara a risa, y que Adela tenía razón, debían poner esa tienda. Pero tampoco dio ese paso. Adela empezó a dar largos paseos en soledad. Apenas arreglada, quién lo hubiera dicho tiempo atrás, recorría la distancia desde su casa al centro, donde hacía las compras, un par de veces al día. Y lo hacía como castigo y como disciplina. Y le gustaba. Madrid era una ciudad maravillosa a las once. Gentes caminando tranquilas, brillantes escaparates, Sol de primavera, viejecitos tomando el Sol, hermosos quioscos de prensa, de bebidas, y también sombras grises vigilando los cruces, con sus metralletas con el doble cargador encintado, colgando de sus hombros. ¿Qué se creían, que estaban en el Ulster?
Pero
eso no iba con ella, de acuerdo que Franco era una mierda, pero
ese no era su problema, tarde o temprano el viejo dictador moriría,
y vendría, sin duda, algo mejor. Su, problema, que inicialmente
estribaba únicamente en convencer a Emilio para que pusieran
una tienda de ropa, estaba ahora mucho más enredado. Ahora
estaban en completa crisis. Afectiva, sexual y laboral. Algo muy
dentro de ella, pese a todo el cariño que a Emilio le tenía,
hacía, sin que pudiera controlarlo, que le rehuyera. Y en
cuanto al sexo, parecía dormitar. Su deseo, ese inagotable
deseo carnal que ella sabía que tenía y siempre un poco
contenido, ahora, ni eso. Extrañamente apagado. De su oficina, caray, como pasa el tiempo, casi ni se acordaba, y eso que escasamente había transcurrido un mes. De su secreto admirador, el Jambo, tampoco se había vuelto a acordar. Atrás quedaba, como el trabajo que en cierto modo, y por culpa de aquellos díscolos obreros, perdió. Sin embargo, el destino teje finos e inexplicables hilos marcando los desconocidos senderos que como a los trolebuses, guían nuestras vidas. Un viernes por la tarde que había sido soleado y recorriendo los puestos de libros de la Cuesta de Moyano creyó ver al Jambo hablando con un achaparrado librero enfundado en una deslucida bata azul y que farias en ristre le pasaba a escondidas un libro prohibido al vallecano. Estaba como a diez metros y le contempló largamente. Había mejorado de aspecto, cabe decir, pues aunque ahora parecía menos barriobajero, se había cortado el pelo y lucía mejores prendas, ciertamente que seguía destacando con su atuendo de gangster, con su chaqueta de cuero, sus pantalones negros, su camisa verde oscura y aquélla corbata de grises brillos, estrecha como un cinturón. |
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Tras la primera sorpresa, —las vestimentas—, la segunda: ¿libros?, ¿leerá, libros? Vaya, seguro que serán de albañilería. Y se sonrió para sí. Iba a seguir su camino, y de hecho, se volvió y dio unos pasos. Pero repentinamente se quedó inmóvil. ¿Y por qué no hablar con él? ¿Por qué no tomar un café juntos y contarle sus penas, su despido? Seguro que él entendía de eso. Siguió inmóvil. Dio un paso y se acercó a un tenderete mientras hojeaba libros sin verlos. De reojo le vio. Seguía hablando animadamente con el librero. Entonces se acercó una mujer flaca y de horroroso mirar, que era la dueña del puesto y que le dio una bronca en sordina. Que si menos mirar y más comprar. Y con todo descaro, la afamada malas pulgas de la Cuesta de Moyano, casi le quitaba los libros de la mano para volverlos a poner en su sitio. Pero Adela no la hizo caso. Dejó los libros, y pesadamente para sus pensamientos, y lentamente para sus pasos, se encaminó hacía el metro mientras una oscilante sensación aparecía también en su cerebro, al conjugar una difusa alegría con una concreta impotencia. Volvería a casa, volvería a la nada. Y con sus leves pasos, inconscientemente retardados, y con sus ojos repasando las punteras de sus zapatos, sus pensamientos se alargaron infinitamente sobre la ruta de su camino de vuelta, y Adela supo que la tristeza volvía a hacer presa de ella, que durante unos minutos había brillado una luz desconocida, pero llena de inconscientes esperanzas, muchas de las cuales se negaba a asumir como propias, pero tan reales como sus pasos desganados y el asfaltado camino que los acogía. Supo entonces, que su deseo había renacido por obra y gracia de aquel barriobajero de adustas maneras, extravagantes vestimentas, y cara de golfo sin salvación. Supo, también, que al apagar aquel deseo, se había abrasado las ideas. Y entristeció. Recorrió las aceras agitadas de transeúntes mortecinos, caras ajadas de vuelta a casa, cinceladas de diez horas de duro laborar. Escuchó los truenos deleznables de los monstruos azules de la EMT, y los cláxones de impacientes retornadores de la una y otra vez imposible vida soportada, y adivinó en aquel atardecer que ella no era distinta, que era como todos ellos y aún peor, pues carecía de labor de ida y vuelta, y que su valor, su decisión, estaba hoy por los suelos y pisoteada por la realidad ensombrecida del final, siempre triste, de las tardes de una gran ciudad. Entonces, se volvió lentamente, en un acto inconsciente pero premonitorio, que dulcemente le fue revelando que su melancolía era exagerada y que su destino podía brillar esplendoroso, incluso en el ajado Madrid crepuscular, pues allí estaba él. Unos pasos detrás, siguiéndola. Ambos se detuvieron. Segundos y segundos de mirar mientras sus cerebros se bañaban de emociones, raudales de emociones capaces de adivinar, que allí, en aquélla estrecha acera, y entorpecidos por el fluir de tantos y tantos extraños y por ello ignorantes del vendaval de emociones que les recorría, allí comenzaba todo. —Hola —dijo Adela. Y odió su insignificante voz. Pero, al vallecano, le pareció que aquel hola significaba en realidad, un te estaba esperando, y aquí me tienes. —Hola —respondió—. Te vi antes, en la Cuesta de Moyano. —Paseaba. —Sí, a veces a mi también me gusta hacerlo al volver del trabajo. Ella hizo un gesto indefinido. El Jambo se había acercado un paso. Le pareció más interesante con corbata, aunque fuera aquélla corbata imposible. —Perdí mi trabajo —le dijo. Él lo entendió perfectamente: —¿Por culpa nuestra? —De todo un poco... —Ya, pues lo siento —y siguió—. ¿Me dejas que te invite a un café? Entraron en una cafetería de la calle Alenza. Se sentaron en una mesa apartada y mientras lo hacían, sus cuerpos se lanzaban señales como las escuadras antes de la batalla. Y en silencio, pautas y comportamientos nunca enterrados por dos mil años de cultura represiva, entraron en acción para reconocerse, para adivinar lo escondido, lo siempre disimulado y dejar así que el instinto supiera si podían ser amantes, si sus cuerpos, al acercarse levemente, se atraían o se repelían, si estaban ya rendidos el uno al otro, si había una promesa, un posible. Adela, removiendo una y otra vez su café, no se daba cuenta que lo estaba derramando sobre el plato, y mientras su contertulio hablaba, observaba con detenimiento cada uno de sus gestos, el significado de sus rostro. Para ella, sin duda, el vallecano venía de otra galaxia. Para empezar, aquélla chaqueta de cuero captaba todas las posibles miradas. Quien se viste de cuero, se pone una armadura. Después la corbata. Un atentado al buen gusto, otra vez sin duda. Y la camisa. Qué verde más extraño, tan falto de luz. Y luego, ese rostro, moreno, casi agitanado, de faz en fotomatón sobre una recta nariz, en alargado mentón y cabalgando todo sobre una pronunciada nuez. Y sin embargo, el conjunto denotaba fortaleza, orgullo, casi racial, aunque en payo. Tesón también, y un rostro hijo de la historia de España bajo cualquier circunstancia y orilla. |
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Y el Jambo hablaba, quería saberlo todo sobre su despido. Y Adela se lo contó, excepto lo principal. —Menudo menda, ese Barrán. —Sí. —¿Y qué?, ¿tienes algo en perspectiva? —Me gustaría montar una tienda de ropa. Algo no muy grande, pero que me diera para vivir sin agobios. —Pero eso cuesta una pasta. El vallecano se tomó el resto del café, no sabía por qué había pedido el brebaje, cuando para él, tomarse un café después de las cinco era hacer oposiciones a no dormirse hasta las tantas. El caso es que no se había decido por una cerveza, La presencia de Adela, qué tontería, le había hecho cambiar de consumición. Como Adela no respondiera, el Jambo cambió de tercio. Ahora quería hablar de algo que les aproximara, la conversación sobre su despido, estaba bien para tantearse, pero en realidad, de lo que quería hablar, era de ella, de sus pensamientos, de su estrecha falda, de su camisa blanca, eternamente con un botón desabrochado, puerta irresistible, pero aún vedada, al paraíso, que, el Jambo sabía, llevaba aquélla hermosa mujer en su interior. Pero había que ir con sumo cuidado. Despacio, disfrutando de cada palabra, de cada mirada, de cada ademán. Como un gran cocinero, el plato de aquel banquete que se prometía el vallecano, había que confeccionarlo con ingredientes frescos y tiernos, pero a la vez viriles. Y en la cocción había también que disfrutar, tanto como en la degustación. Y esto, que el Jambo era del todo inusual, por lo general, conseguía sus ligues, como los ejércitos conquistan las fortalezas, rodeándolas, y al menor descuido... ¡a dentro!, esto, digo, se lo inspiraba, ciertamente, esta espléndida mujer. Cuyo rostro afortunado, de bellos pómulos enmarcados sobre una melena castaña y ahuecada, y sobre sensuales y alargadas cejas, recordaba a las bellezas cordobesas de Romero de Torres. Y su cuerpo, generosamente dotado por la fructífera esencia del país, apenas se sometía dentro de sus ropas, por mucho que lo intentara su dueña. Adela no era exactamente el ideal del Jambo, si es que tenía alguno, pero en todo caso, no era su físico lo que podía apartarle de su canon, pues en ese aspecto, desde luego que coincidía. No. Era una pequeña cuestión ideológica, memez, que el vallecano, tenía el prurito de llevar a todas partes, incluso a los cuerpos, él sabrá por qué, y que bien mirado, era no más que una mera defensa propia, ya que en el fondo, y para quién fuera, la inferioridad social, en cuestión de amores, siempre convierte a las gentes pobres en bravucones. Y en el Jambo esto terminaba, también siempre, en desprecio ideológico. Y ahí, en esas miras pequeño-burguesas, que ella le había contado, él había tomado nota, una mala nota y desde luego injusta puntuación, para, en su caso, hacer uso de ella en su defensa. Ardides, que la gente busca cuando tiene que quitarse la armadura si quiere avanzar por terreno blando. Y Adela, más noble, muy mujer en realidad, que le perdonaba sus fachas, y hasta le procuraban inocente sonrisa, ya estaba desnuda debajo de sus ropas, aún sin saberlo ella, recorriendo la senda de miles de años de galanteo, y que ni Franco, ni los curas, ni nadie, habían podido eliminar del Ánima Mundi de la población española, o de cualquier otra, un poner, mediterránea. Por tanto, mientras el Jambo desgranaba una acariciadora charla sobre la vida de las gentes, sobre el destino, sobre las miradas, sobre los quedes, asuntos en definitiva que los habían sentado allí, Adela quiso probar aquellas grandes manos y aquellos labios lisos pero sensuales que se gastaba su contertulio. Y en aquel deseo, a todas luces irrefrenable, ella adivinaba que se encontraba algo muy importante para su vida, para su mente, y claro, para su, en la actualidad, descuidado cuerpo. Y tal emoción, que otrora hubiera reprobado, le parecía ineludible, sin razones para ello, pero ineludible. Y en ello estaba, claro está, ese sabio instinto de las hembras sanas para reconocer a sus machos cuando se presentan, cuando se presentan de verdad, como el Jambo, sin artificios, sin contratos sociales, sin un puto duro, sin coche, sin nada. Con la única dote posible en las cosas del amor, cuerpo y ganas. Nadie necesita más. La charla del Jambo era meritoria, era fresca y casi poética, como corresponde a todo amante en ciernes, y se crecía por momentos, según los ojos de Adela condescendían, como corresponde a toda amante en ciernes. Y en todo caso era indiferente para los otros cuatro sentidos, más atentos a otros mensajes menos prosaicos. Y hablaba de cómo ella le había gustado (el dijo impactado, pero obviemos esta pedantería de la época) desde el principio, y cómo la había buscado en ocasiones, y cómo se emocionó el día del drastor, y de cómo estuvo a punto de abordarla (él dijo entrarla). —¿Y a ti, te pasaba algo parecido? —Un poco —se defendió ella. |
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—Ya... Tenías preocupaciones —la disculpó él. —Sí, pero me gustaste igual —sentenció definitivamente Adela. —Quiero —continuó ella— que me lleves a algún sitio, un sitio divertido, y con música. —Conozco uno que nos viene al pelo, en Alonso Martínez, un local enrollado. Fueron caminando, pegaditos aunque sin tocarse, el viernes estaba despegando, y los madrileños, inasequibles al desaliento, invadían poquito a poco el centro para, si posible, olvidar otro poco, la amiseriada semana, y el amiseriado jornal. En estas, el vallecano recordó que había quedado a las diez, en casa del Boty, con Pepe y su ya novia, y por supuesto Mari Carmen. Bueno..., se dijo, otra pena para el cuerpo. Pero no sintió ninguna. Entraron en el local, que era una especie de disco-pub, especie que estaba naciendo entre las modas de diversión. Consistía el asunto en tomar algo, alcohol era de rigor, escuchar música, y si se terciaba, echar un bailongo en una pequeña pista al fondo. Se sentaron en una mesa, y el Jambo pidió un cubata y Adela también. El Jambo encendió un Ducados que se le estampó divinamente en los pulmones una vez que se dio unos buches. Hablaron poco. Se miraban. Un par de parejas ya bailaban en la pista. El Jambo se atrevió. Y además era el momento. Sonaba "Días del futuro pasado" de los Moody Blues, ni que lo hubieran puesto a posta: —¿No echamos un baile? Ella accedió. El abrazo, respetuoso, pero decidido, fue el primer hito de una noche que se prometía desbocada. Él pasó el brazo por su talle y cogió su mano derecha. Centímetros los separaban. Giraron despacio a ambos lados siguiendo el dulce compás de los Moodys. Adela no recordaba nada parecido desde aquélla vez con Emilio, escuchando, "La otra noche, bailando estaba con Lola...". Emociones aparte, la diversión elevaba sus humores haciendo que su compañero de baile, no sólo le pareciera deseable (en realidad, eso se lo había parecido siempre), sino que le empezara a parecer un tío simpático, y hasta guapo. Bailar así era un frenesí de lo sentidos. Era un largo y consentido asedio, meollo de toda deliciosa rendición. Tenían razón los curas en maldecirlo. ¿Quién no desearía desbocadamente a su pareja después de un baile como aquél? Las sabias luces, embellecieron sus rostros, y sin más, se enlazaron fuertemente y se besaron. Todo en unos minutos. Otros minutos después, Adela notó la excitación del vallecano. Por ella. Y pegó su pubis al suyo con gran satisfacción, mientras océanos de sensaciones le subían desde el vientre a los senos, enloqueciéndola. Y así estuvieron tiempo y tiempo, casi quietos, besándose a ratos, rompiendo las pocas barreras que les quedaban, sofocados de deseo, anhelando amarse. Un par de piezas después, él sugirió que se fueran a su casa. Y esta vez cogieron un taxi. En el camino, muy moderaditos de manos, sus cerebros se deshacían al imaginar las delicias que vendrían una vez solos. Eran literalmente agua. Cuando quisieron darse cuenta estaban metidos en la cama. Durante unos momentos la mala conciencia, asfixiada por el deseo, golpeteó débilmente la mente de Adela, pero fueron unos instantes que ya no volvieron más, porque lo que estaba empezando a sentir impedía el normal fluir de sus pensamientos. Supo el vallecano sujetar las salvajes bridas de su pasión, y avisado por un sexto sentido, se dedicó a recorrer el cuerpo de su amante con toda clase de órganos viajeros. Y Adela se sorprendió gritando, ella que de normal era silenciosa en los quehaceres del amor, y también se sorprendió con sus palabras, pues entrecortadas frases que en otra cama le hubieran parecido obscenas, salieron de sus labios al aire, y en ello encontró aún más ardor y desinhibición. Y según las caricias del Jambo progresaban iba deshaciéndose del encorsetado sexo que con su marido practicaba, y crecía dentro de ella el gozo de tener un amante con el que se entendía a las mil maravillas, y que provocaba oleadas de cálidos líquidos en su vagina, sin que afortunadamente significaran el fin de todo. Y cuando ya no pudo retrasarlo más y su mente quería sentirse penetrada, así se lo pidió al Jambo. Y, apenas lo hubo hecho, éste, Adela gritó, pues no habiendo casi empezado, ya llevaba más camino recorrido que en ninguno de sus pasados coitos, y mientras el Jambo amasaba sus senos, y la besaba, y entraba y salía de su vagina con vigor. Nacientes y poderosas sensaciones le indicaron que sí, que su cuerpo no sólo era capaz de alcanzar el clímax de excitación donde siempre se quedaba, sino que había entrado en una senda desconocida, verdadera puerta a su condición de mujer apasionada y a un gozo extraordinario, el placer de mujer, recompensa que la naturaleza otorga a este sexo, ella sabe muy bien por qué. Y chilló, y se contoneó, y sintió ruidos y luces y se arqueó con poderosa fuerza y movió las caderas en círculo mientras se asían con ardor al pene de su amante, sin reparar en que el Jambo apaciguaba ya sus jadeos por haber terminado con su gozo. Y advirtiendo éste que su amante aún se encontraba escalando su personal montaña con impetuosa fortuna, hizo acopios viriles, y sin despegarse se apretó más a ella rozando su clítoris y permitiendo alcanzar la primera cima de la espléndida cordillera que todo orgasmo femenino es. |
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Adela dejó caer su cabeza a un lado, relajó sus brazos y sus piernas, y abierta de todos sus miembros suspiró profundamente, y al igual que el vallecano, fue incapaz de moverse durante un buen rato. Momentos en los que ambos se sintieron dueños del cuerpo propio y del ajeno. Y cuando el Jambo vio su rostro, bello, relajado, y su cuerpo perfectamente dibujado ahora de líneas y de sombras maravilladas, tuvo un arrebato misterioso, y dejándose deslizar por el vientre hasta su pubis, acaricio con la lengua, sin estúpidos melindres, primero el exterior de su vagina, y luego encontró el botón mágico de los encantamientos corporales, y sintiendo el respingón que ella dio, se dedicó plenamente al lugar citado, con suavidad pero con firmeza, modulando su tarea según ella se estremecía, con paciencia, disfrutando de sus chillidos, y recorriendo juntos todas las cimas y montañas habidas y por haber en el placer mujeril, hasta que, mucho, mucho tiempo después, ella se encogió como un caracol incapaz de sentir más. Tardó tiempo Adela en abrir los ojos y en encaramarse sobre sus codos. No tenía fuerzas. Toda ella estaba empapada de sudor. Y sorprendentemente, no buscó el cuerpo del Jambo para abrazarse a él y relajar su ánimo. Y el Jambo, que estaba sentado sobre la deshecha cama, cogió un ducados y lo encendió: —¿Qué tal —dijo—. ¿Lo pasaste bien? —Muy bien. ¿Donde está el cuarto de baño? —Preguntó. Se fue enrollada en la sabana. Y el Jambo oyó el rumor del calentador y el agua de la ducha. Algo le inquietaba. ¿Estaba ella, más distante ahora, que antes de hacer el amor? ¿O eran imaginaciones suyas? En fin, misterios de las mujeres casadas. Desde luego que le gustaba más que ninguna otra mujer de las que había conocido desde hacía años. Hizo planes para ambos. No tenía por qué dejar a su marido, podrían verse de vez en cuando y pasarlo tan debuten como hoy, ¿por qué no? Y se encendió otro Ducados. Y se adjudicó un buen papel en su cuento imaginado, el amante burlón, de la bella hembra a su panoli marido engañando. Cuando Adela regresó comenzó a vestirse. Casi se empalma de nuevo al verla moverse desnuda por la habitación. Qué mujer más hermosa. Y era cierto, el cuerpo de Adela, cobraba nuevas definiciones por momentos, las pocas aristas y tensiones que antes podía haber tenido, se habían evaporado por efecto de la magia del sexo, y hombros, senos, torso, nalgas y muslos, eran ahora perfectos y armónicos, incluso sus ojos brillaban alegremente: —Tengo que irme —dijo. —Pues mira que lo siento, me gustaría invitarte a cenar. —No puedo —Y Adela le miró sonriente. Se acercó al vallecano y le besó: —¿Sabes? Lo he pasado muy bien. No sabes tú cuánto. —Me alegro. Pero mientras se alisaba el pelo frente al modesto espejo de la cómoda, dijo: —Aunque..., no nos vamos a ver más... El Jambo, sin apenas, ser consciente de la rotundidad de sus palabras le preguntó el motivo: —¿Pero por qué? ¿Hemos hecho algo mal? —No, lo has hecho muy bien. Como yo sabía que lo ibas a hacer. Yo..., tenía que dar este paso. Tenía que meterme en la cama contigo. Pero no podemos vernos más, yo quiero a mi marido. El vallecano, comenzó a irritarse: —¿Y por qué tenías que meterte en la cama conmigo si querías a tu marido? ¿Por qué? No lo entiendo. ¿No te da él lo mismo que yo...? Adela no respondió a esta cínica pregunta, bien sabía el Jambo lo que los maridos del tardofranquismo daban. Durante algunos instantes, Adela se miró al espejo. Y lo que vio le gustó. Era su bello rostro casi olvidado, pero con nuevos matices. Un rostro de mujer deseada y colmada. Luego dijo: —Yo estoy enamorada de mi marido. Pero él no me conoce. —¿No te conoce? En esto no hay nada que saber... —Sí, sí hay que saber. —¿Saber, el qué? Otras dos artificiosas preguntas, que ninguno de los dos advirtió. El Jambo dio un brinco de la cama. Del glande le colgaba un hilillo muy gracioso. Se puso los calzoncillos y se atusó el pelo detrás de ella. Sin poderlo evitar apresó sus senos ya bien protegidos por el sujetador y la camisa. Al pegarse a ella, manchó su falda, pero ninguno de los dos se dio cuenta. Adela estuvo a punto de ceder. Sus pezones se endurecieron y sintió calor en el pubis. Luchaba contra el renacido deseo: |
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—Te follaba otra vez —dijo él con fuerza e incluso ira. —No, no. Es muy tarde. Y se dio la vuelta. El Jambo estaba de nuevo empalmado. Rabiosamente empalmado. Se bajó los calzoncillos y con firmeza, cogió su cabeza y tiró de ella hacía abajo hasta que Adela se agachó y tuvo sus labios frente a su glande. Al rozar su humedad, ella no pudo evitar desplazar la cabeza con brusquedad. —Yo te lo hice —exclamó el Jambo. Adela descubrió con asombro lo que él pretendía. Lo que en ella le había parecido perfectamente natural, con los papeles cambiados no la sedujo en absoluto. Una imagen le vino a la cabeza. Tenía el pene de su marido en las manos, y en vez de masturbarle, como tantas veces habían hecho de novios, besaba su glande. —No, no quiero. Me voy. —Ya —respondió el Jambo con cara de dolido—. Quieres irte, ahora que estás bien saciada, para que te folle el inútil de tu marido. —No es ningún inútil. Es mucho más cariñoso que tú. Pero por lo que sea no hemos sabido, quizá era yo que no supe llevarle. —Bah —dijo el Jambo con desprecio—. No hay mujeres frígidas, sino hombres inexpertos —La frase era de la época. Y en absoluto le importó contradecir sus anteriores afirmaciones. —Pues quizá. Pero ahora sé como llegar a él. —¿Pero qué has aprendido que no supieras? ¿Y qué cambia que le hayas puesto los cuernos? —Mira..., ni siquiera recuerdo cómo te llamas... —Que más da. Si no me vas a volver a ver, para qué quieres saberlo. —Bueno. Lo que quería explicarte es que yo nunca había sentido así. Entonces me quedaba parada y no sabía cómo hacerle seguir. —No me jodas, tía, pero si eres una fiera... —Ahora sí. No dijo, como hubiera esperado el Jambo: "Contigo, sí". Evidentemente, era personalmente menos meritorio. —¡Vaya mierda! —se quejó el Jambo. Y le dio una patada al pie de la cama. —Siempre me tocan a mi estos jaris —siguió quejándose. —Pero si tenías que estar orgulloso... —Te equivocas, Adela. Yo no he hecho nada extraordinario. ¡Eres tú! ¡Tú! —insistió. Y cogiéndose del pito, ya relajado, gritó: —¿Ves este rabo? ¡Pues se vuelve loco por tu coño! Y Adela, con absoluta perplejidad, comprobó asustada, que su pubis se había vuelto a humedecer y que estaba de nuevo excitada. Y cuando él se acercó y comenzó a desabrochar su camisa y cuando lanzó al viento sus ropas y la penetró con fuerza, no pudo negarse. Y él la arrojó sobre la cama y con un ardor desmesurado comenzó a moverse rápidamente mientras gruñía con rabia. Y Adela de nuevo recorrió la senda anterior, pero esta vez más deprisa, y creyó enloquecer, pues verdaderamente, él tenía razón. Era una auténtica fiera. Y le brotaron extrañas lágrimas que bañaron su arrebato. Y nunca supo por qué lloró. |