S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-16-

Badajoz amargo.

Una noche, a mediados de Mayo, el Jambo tuvo visita. Era Perico, que traía un extraño recado: una carta del Pequeño desde Badajoz, desde la cárcel de Badajoz, para ser más exactos. Aprovechando que un preso salía libre, el Pequeño le hizo llegar discretamente a Perico, el relato escrito de la increíble historia que a él y a su amigo Alberto les había acontecido cuando en busca de trabajo se desplazaron ambos para trabajar como jornaleros en el arroz extremeño, que las aguas del famoso Plan Badajoz habían permitido cultivar. La historia era insólita, no tanto por extraña, pues cosas así pasaban todos los días en la España franquista, sino por el cúmulo de particularidades que hicieron que las peripecias de los dos amigos, estuvieran a punto de terminar en drama, no sólo para ellos, sino también para Perico, el Jambo y otros.

Los hechos comenzaban así. A finales de abril, el Pequeño y Alberto y por consejo de Perico, extremeño de pro, decidieron trasladarse a los campos de Badajoz, para trabajar temporalmente en el arroz, y sacarse así algunas pelas para el verano. Nada importante, una simple aventura intranscendente, con aires bucólicos y pastoriles: qué bien nos lo vamos a pasar y todo eso. Tú como no trabajas, sin problemas, y yo con volver antes de los exámenes finales, estupendo.

Y con este espíritu, los dos amigos, en tren, a dedo y en autobús se desplazaron a la tierra del Perico, mochila a la espalda, ánimo alegre, y un aspecto cada día más mugriento. Todo fue bien mientras duró el viaje. Pero cuando ya cerca de Villanueva de la Serena trataron de encontrar la menestral ocupación que les traía, se encontraron con un mundo que no tenía nada de bucólico y menos de pastoril. Hostilidad, desconfianza y Guardia Civil. Acampados en una majada abandonada, diéronse en reflexiones que apuntaban al regreso o al cambio de comarca. Del arroz ni flores. Y en esas estaban cuando, el dueño de la finca, irritado por la presencia de aquellos, para él, andrajosos intrusos, dio parte a la Guardia Civil de su presencia. El cabo del puesto, sin prisas pero sin pausas, se endosó el capote reglamentario de descampado y con un número y a paso también reglamentario se internó por las veredas y vericuetos que bordean los alrededores del embalse del Zújar, en busca de los sospechosos. Nada premeditado había en su mente, ello era cierto, esperaba lo mismo unos gitanos, que quinquis, que mercheros. Nada importante, pues, registrarlos por si hubieran en su poder artículos robados o de contrabando, y luego, de haber delito al cuartelillo, y de no, ¡hale!, con viento fresco. Nada que no fuera pura rutina.

Ya en el mismo encuentro, y tras solicitarles la documentación, al cabo se le puso la mosca detrás de la oreja. Ni quinquis, ni gitanos, ni raza alguna de maleantes[1]. ¿Quién leches eran aquellos forasteros de tan paupérrimo aspecto? Para empezar, el rubiasco temblaba perceptiblemente. El otro, tan pequeño como negro, trataba de dárselas con queso, adoptando el papel de castizo campesino, a todas luces inocente de cualquier delito, que no fuera la mera pobreza. Pero al cabo no se la pegaban tan fácilmente.

—Sacad todo lo que llevéis en las mochilas —ordenó sin pasión.

Entre los calcetines, la ropa sucia, los mendrugos de pan y otras miserias, salió un apretado fajo de folios escritos a mano, donde, ¡vaya sorpresa!, el Pequeño escribía una novela, la de su vida. Y para darle color e intriga a la opera prima literaria, separando los folios escritos de los vírgenes, se hallaba, ¡maldita sea!, un avejentado panfleto de Comisiones, de cuando sus tiempos de sindicalista en CASA.

—¿Y esto, qué? —preguntó el cabo.

Por un momento quedaron incrédulos. Que aquello pudiera estar allí (siempre lo había estado) y que el hecho de que estuviera pudiera conllevar algún tipo de problema no cabía en sus cabezas.

Era otro craso error de escenificación, muy propio de rojos que vivían en espacios de libertad conquistados. Lo que para los Servicios de Información de la Policía y Guardia Civil de Madrid, era algo cotidiano y de imposible persecución. En aquellas tierras y para aquel cabo segunda, era nada más y nada menos que la máxima alerta. Los enemigos de España, los comunistas, ¡los maquis!, habían vuelto.

—Encañónalos —le ordenó al guardia—. Y vosotros... —siguió—. Las manos en alto y quietecitos.

En un instante, lo que no era más que una frustrada aventura en busca de empleo, se convirtió, por obra y desgracia de un simple papel impreso, en el principio de una dramática desventura.

El cabo los esposó. Recogieron sus desperdigadas pertenencias y a una voz de mando, presos por delante y guardias, ojo avizor, por detrás, iniciaron el camino de regreso al puesto. En el porta-órdenes del cabo, la novela manuscrita, los carnés, y el maldito panfleto.

Los recién presos, se miraron a los ojos. Alberto estaba pálido, el Pequeño, más templado, hombre del campo, y que llevaba casi en sus genes el ancestral temor a la Guardia Civil, y que por tanto sabía qué actitud adoptar, se mantenía tranquilo. Alberto maldecía a su amigo por lo bajo, a fin de cuentas, el panfleto era suyo y la novela también, él no tenía la culpa de que el Pequeño fuera un idiota, lo que le preocupaba eran los dos canutos que llevaba en el bolsillo de la mochila.

En el cuartelillo tuvieron que volver a sacar todas sus pertenencias. Alberto, con habilidad, vació los bolsos exteriores de la mochila pero dejando los canutos dentro. Sacaron también todo lo que llevaban en los bolsillos. Después los encerraron juntos.

—Señor guardia, ¿podemos llevarnos el tabaco? —le pidió el Pequeño.

El guardia asintió. Recogieron las cajetillas y las cerillas. Al verlo el guardia, les dijo:

—No me andéis con hostias que os muelo a palos, ¡estamos!

—No señor, es sólo para fumar —respondió el Pequeño.

Pero el guardia, inmisericorde, les quitó las cerillas.

Una vez que el cabo se sentó en su mesa, con la novela, el panfleto y los carnés de ambos amigos, cogió el teléfono y comunicó a la Comandancia del Tercio la detención de los sospechosos. Después y con tres dedos, se puso a la máquina de escribir y confeccionó el reglamentario parte, anotando posteriormente en el libro de entrada del calabozo las preceptivas signaturas.

Terminadas estas labores, se leyó concienzudamente la vetusta octavilla, anotando con elemental letra en un folio en blanco sus propias impresiones. Después se pidió un café y aflojándose la guerrera inició la lectura del manuscrito. El segundo y principal error del pequeño estaba aquí. Una importuna novela donde los personajes tenían sus verdaderos nombres, donde contaba sus andanzas en CASA, sus amores, las huelgas, su despido, el Común, las visitas en la chabola, y para terminar y en el último capítulo inconcluso, el inverosímil safari de la noche del traslado del deposito de PCE de Palomeras.

Al atardecer y tras un somero interrogatorio a los detenidos donde contaron sus intenciones laborales y un pequeño resumen de sus actividades en Madrid (parado y estudiante), el cabo volvió a usar el teléfono solicitando un motorista para trasladar a la Comandancia el expediente que escrupulosamente había confeccionado y las propias pruebas.

Cuando al día siguiente, el veterano sargento del Servicio de Información hubo examinado el contenido de la carpeta recién recibida. Y una vez que se hizo una idea del asunto, decidió solicitar a la Dirección General los antecedentes que hubiera de ambos detenidos. Estaba convencido de que eran dos pájaros menores. Si bien dejaba abierta una puerta debido a una pregunta sin resolver: ¿qué hacían aquellos mirlos por estas tierras?

El jefe del servicio, un maduro capitán cuyo hijo estaba destinado de teniente en San Sebastián, no compartió la opinión de su subordinado:

—Estos dos me huelen mal.

El sargento Garcés miro fijamente a su superior. Tenía su rostro aprendido de memoria, y muchas veces de ellas, en posición de firmes. Pero no vio nada especial, ni pasión, ni ira, nada. El capitán le mantuvo también la vista. Tenía en mucha estima a su subordinado, sabía de su inteligencia y de su eficacia. Y sabía que era el alma del servicio, como tiene que ser un buen sargento de información. Pero esta vez, estaba un poco corto de entendederas. Insistió en la mirada, como diciéndole: ¿vas entendiendo?

—¿No pensará, mi capitán, que son...?

—Me has adivinado el pensamiento, Garcés —le contestó su superior con una leve pero sesgada sonrisa.

—He solicitado antecedentes a Madrid, mi capitán.

—Muy bien. Ordena que los traigan para acá. Me voy a ocupar personalmente de ellos.

—A sus ordenes.

Y así, en el alejado puesto que comandaba el cabo segunda, fueron muy diligentes. A media mañana y con un guardia, el cabo introdujo a los detenidos, que estaban sin cenar y sin desayunar, en el dos caballos, y a no más de sesenta por hora condujo hasta la Comandancia de la capital sin detenerse una sola vez.

El sargento Garcés le firmó los papeles y hasta le felicitó:

—Muy bien Antolín, has hecho un buen servicio.

—A la orden mi sargento...

Garcés era muy popular entre las clases de tropa. Blando cuando convenía, duro cuando no quedaba más remedio, y justo siempre.

—Comed algo en la cantina y luego os volvéis.

—A la orden —repitieron.

El Pequeño y Alberto fueron encerrados de nuevo. Había otros presos, gitanos y portugueses. Estaban hambrientos y sin tabaco. Pero hasta la cena no había nada qué hacer.

—Oye Garcés —le dijo el capitán del Servicio de Información a su sargento—. Me vas a interrogar al estudiante y a mí me subes el otro. Me llamas a Secundino y a ti que te ayude Gutiérrez...

—Todavía no ha llegado nada de Madrid, mi capitán...

—¡Es igual! A ver qué le sacas.

El capitán pasó a una sala habilitada para atestados, Secundino pidió permiso para entrar, traía al pequeño.

—Ponte ahí en medio y no te muevas —le dijo al detenido.

El Pequeño obedeció.

—Me vas a decir los nombres de todos los que salen aquí —y señaló la novela—, dónde viven, y me vas a dar la dirección de la casa dónde guardáis la prensa escrita[2].

—No son personajes reales, son inventados. Es una novela —se defendió el Pequeño.

—¿Tú escribes novelas? —Y el capitán le señaló con incredulidad.

—Si señor...

El capitán se le acercó. De pronto le sacudió un violento puñetazo en la cara que lanzó al suelo al Pequeño.

—¡Novelas! ¡Con esas pintas[3]! Vamos a empezar bien esto, ¿eh? —le dijo el oficial—. No me vengas con gaitas. A mi me vas a contar todo, ¡cabrón! Y, ¡levántate! —y siguió gritando—: Esto es un informe para alguien —y volvió a señalar la novela—. Vosotros habéis venido aquí para algo. Y me lo vas a contar o de aquí no sales vivo. ¡Tú eres de ETA!

—¿Yo...? —gimió el Pequeño.

En la sala contigua, Alberto hablaba por los codos. El sargento Garcés y el guardia Gutiérrez, escuchaban atónitos sus palabras. Que él no era de nada, que el Pequeño era del PCE, que en la chabola de Palomeras tenían toda la propaganda y que los cabecillas del PCE de Vallecas, eran El Jambo, cuyo nombre desconocía, y un tal Morriña de origen gallego.

—¿Y tú?, ¿cómo sabes tanto, si no eres de nada?

—Porque somos paisanos, y me tuvo en su casa un tiempo...

—¿Y por qué no les denunciaste entonces? Eso es un delito.

—Porque era de mi pueblo.

Garcés y su acompañante se rieron.

—Pues te va a caer encima una buena por idiota.

En la otra sala, Secundino se empleó a fondo con el Pequeño. Patadas, puñetazos, Medio cuerpo sobre la mesa, sujeto por las piernas y el torso al aire, en una insoportable tortura[4]. Cintazos en la espalda con el cinturón de cuero... Pero el Pequeño era un duro español. Sabía muy bien que si hablaba estaba perdido. Cuanto más hablara, más querrían sacarle, y mas palos tendría que soportar. Por tanto aguantaba y callaba.

El capitán se impacientaba.

—Bueno, llévalo, abajo, que me tengo que ir —le ordenó al guardia.

Garcés le pasó las declaraciones de Alberto.

—Esto no se lo cree nadie. Esos dos venían aquí para algo. Bueno, me voy que he quedado con la mujer para mirar unos pisos. Que les den un repaso esta tarde. Y si llega lo de Madrid me das un telefonazo a casa.

—A la orden de usted, mi capitán.

—Hasta mañana, Garcés.

Esa noche, el Teniente Coronel, jefe accidental del Tercio, llamó por teléfono a Garcés al piso de la casa cuartel donde moraba. El sargento estaba cenando con su mujer y sus hijas.

—Sí, mi Teniente Coronel —repetía una y otra vez.

Al parecer el Teniente Coronel estaba enfadadísimo, toda la Comandancia sabía que habían detenido a dos sospechosos de ETA, y nadie le había informado.

—Es que aún no estamos seguros, mi Teniente Coronel.

—¡Coño, Garcés, es que si estuviéramos seguros, yo mismo les pego dos tiros! Y ahora vente a paso ligero que los voy a interrogar personalmente.

El sargento quedó pensativo unos segundos. Las cosas se complicaban. Estaba convencido de que el estudiante había dicho la verdad. Estos eran dos pelaos, probablemente comunistas, pero dos pelaos. Buscó a Secundino y le dio un rapapolvo:

—¿Pero tú qué vas diciendo por ahí?

El guardia se disculpó sudoroso:

—Lo dijo el capitán Fernández.

—¡Como si lo dijo el sursuncorda! Qué es eso de ir repitiendo lo que oyes en los interrogatorios. ¡Ya hablaremos tú y yo! Y ahora, súbeme a esos dos pájaros y me llamas al suboficial de guardia y que suba también con dos guardias más.

La noche fue muy dura. El Pequeño vomitó lo poco que había cenado. Los guardias, espoleados por el Teniente Coronel, se emplearon a fondo. Alberto tampoco se libró de la paliza. Contó toda la verdad que conocía pero era incapaz de inventarse mentiras que le salvaran de los palos.

Al amanecer, los guardias se fueron a dormir. Los presos, convertidos en una masa tumefacta, apenas mantenían el conocimiento. Garcés, duro veterano, estaba muy enfadado. Pensaba que todos se habían vuelto locos. Conocían ya toda la verdad, más cuando llegaron los informes de Madrid. Nada, el Pequeño era un simple activista sindical fichado por la Social de Madrid, pero sin antecedentes penales, y el otro, el estudiante, estaba limpio como una patena. ¿Cómo iban a ser estos dos pelagatos de ETA? Sí, claro que desde el atentado de la calle del Correo, parecía que cualquier rojo podía ser de ETA, y ahora, con la escabechina del Norte, podría ser también que los terroristas trataran de huir del cerco que el último estado de excepción había puesto a la militancia etarra. Pero estos dos, no habían visto las vascongadas en su vida.

No es que le impresionara en absoluto un interrogatorio más o menos duro, es que estaban perdiendo el tiempo. Eso de que habían cogido a dos sospechosos de terrorismo, estaba muy bien para las fuerzas vivas de la ciudad y para los guardias novatos, pero los del Servicio de Información sabían distinguir muy bien a los militantes de la clandestina oposición, de los terroristas de ETA. Garcés sabía muy bien que los comunistas ya no se dedicaban a la lucha armada. Tenía bien fichados a los pocos que había en la provincia, estudiantes muy jóvenes o militantes muy maduros. Cada vez estaba más seguro de que el estudiante había dicho la verdad. Su única duda, mejor, sus dos únicas dudas, se centraban en el motivo de su viaje, que de ser cierta la versión que contaba el estudiante, ¡menudos idiotas! La otra duda estribaba en la resistencia que ofrecía el pequeñín a decir nada que le comprometiera. Eso le desconcertaba. Hay que estar muy bien preparado ideológicamente para resistir lo que le había caído encima. Por tanto, quizá era más capitoste de lo que él pensaba. Y ahí es donde debían centrar la investigación. Quizá trataban de enlazar con sus camaradas extremeños y crear algún tipo de organización que relanzara las actividades comunistas en la tranquila provincia. Si bien, el sitio y la forma en que fueron detenidos, no avalaba mucho esta teoría. Los comunistas de hoy no andan por los montes, y menos tan desarrapados. En fin, habrá que investigar.

Pero no pudo. Cuando el capitán Fernández, su inmediato superior en el Servicio de Información, tuvo noticia de la noche de marras, le abroncó por no haberle llamado. En realidad no era por eso, es que estaba cabreado porque el Teniente Coronel, que ejercía de Comandante dado que el Coronel se encontraba en Madrid haciendo el curso de general, había acaparado todo el protagonismo y quería hacer méritos, en una tarea, que evidentemente no le correspondía, al menos tan directamente, sino a él y a sus hombres. A Garcés, estás broncas, le tenían sin cuidado. El capitán no era nadie sin él. Y de vez en cuando pagaba el canon que supone ser consciente de que en realidad el servicio lo llevaba un sargento.

—Esto lo tenemos que aclarar nosotros, ¡Garcés! —le espetó el airado capitán.

—Desde luego, mi capitán.

—Te vas a ir a Madrid con Gutiérrez y me vas a investigar a todos los que cita en esos folios. Y rapidito. Tienes una semana.

—Con su permiso, mi capitán, ¿no sería mejor remitir el expediente a Guzmán el Bueno? A fin de cuentas no es nuestra Comandancia...

—No, ¡coño!, Garcés. ¿Qué quieres, que seamos el hazmerreír de esos listos de Madrid? Y, además, con el Coronel enredando por allí.

—Por eso, mi capitán, ¿no será mejor conducir a los detenidos a Madrid?

—¡Que no, Garcés! ¡Y no me toques más los cojones! A estos los exprimo yo. Y si el Tecola[5] se cree que me los va a quitar de las manos, va listo, Garcés, te lo digo yo.

—A sus ordenes —y Garcés se cuadró con desgana.

—Y ahora —siguió el capitán—. Me sacas a esos dos y me los metes en el Land Rover con Gutiérrez y cuatro guardias que estén libres de servicio, que les voy a dar un paseito.

Garcés que había entendido perfectamente las intenciones de su superior, se enfureció, aunque se contuvo:

—¡Pero mi capitán...! ¡Pero si son dos desgraciados!

El capitán no pareció molestarse, sonreía con cinismo:

—Tú déjamelos a mi, y vete a preparar la orden de viaje que luego te la firmo.

En el camino hasta la sala de armas, Garcés arrestó a dos guardias y abroncó a Secundino.

Cuando desde la puerta del cuartel vio alejarse el Land Rover, y más cuando les vio las caras a los detenidos, a Garcés le asfixió una terrible angustia. ¿Me estaré ablandado?, se dijo. Desde luego, esto está degenerando.

Mientras tanto, y desayunando en el casino, el Teniente Coronel ya le había comentado a un juez amigo suyo, conocido por sus ideas de extrema derecha, un acérrimo, que se decía, que tenía a buen recaudo dos pájaros de cuenta. Y haciéndose el misterioso, dejaba caer esto y aquello para impresionar al brillante jurista de las partidas de la porra.

—Bueno, ¿y cuándo me los mandas?

—A lo mejor no te los mando...

—No me fastidies, tú no tienes cojones para eso.

—Tú quieto parado, y ya veremos si los tengo o no —le contesto el militar con irritación.

—Aquí cojones, sólo tenemos ya los de la vieja guardia. Ahora lo que se lleva es el contubernio y la mantequilla Arias.

—¿Qué quieres decir? Ya me tienes harto con tu guerra. Parece que sois los únicos que defendéis España.

—Tu me dirás al gobierno que sirves...

—¡Al de Franco!

—¿Al de Franco? Al Caudillo me lo tienen engañado esos lameculos. Ese blando de Arias... ¡Blandos! que sois todos unos blandos...

El Teniente Coronel se cabreó esta vez de verdad:

—¿Blando? Que sepa su señoría de los cojones que tengo percebes en los huevos de recorrerme Asturias matando maquis cuando estaba recién salido de la academia.

—Y a mi me dieron dos tiros en Brunete y se me congelaron los pies en Teruel.

Esta meritoria pero airada discusión siguió otro buen rato, y dio extraños frutos. A mediodía, un joven periodista de la prensa local del Movimiento, pero en absoluto afín a estas ideas, sabía que algo se cocía en la Comandancia de la Guardia Civil. Casual medio novio de una de las hijas de Garcés (y bien vigilado por éste), y tras muchas dudas, decidió llamarlo.

Garcés estalló por teléfono:

—¿Pero tú quién coño te crees que eres para llamarme a mí?

—No se enfade usted, sargento, pero es que me han contado una conversación que pone los pelos de punta. Casi como en los tiempos de Gómez Canto[6]

—¿Y a mí qué me importa?

Pero dejó que se la contara.

—Bobadas, aquí no tenemos a nadie. Aquí sólo detenemos a gitanos y portugueses, ya lo sabes tú. Y además, que no te vuelva a ver rondando a mi Aurora, ¿eh?

—Pero sargento, que yo voy con buenas intenciones...

—Ya, ya sé yo tus intenciones —y colgó.

Pasó el resto de la mañana mirando por la ventana del despacho, esperando el regreso del Land Rover. A la una lo vio subir renqueando por la cuesta. El primero en bajarse fue el capitán Fernández:

—Avisa al sanitario, que hay uno que viene desmayado.

—Mi capitán, tenemos que hablar...

—¿Qué pasa?

Subieron al despacho. Por las escaleras se lo fue contando:

—Mi capitán, la prensa lo sabe.

Fernández, palideció.

—¿Cómo es eso?

—Parece que el Teniente Coronel tuvo una discusión a voces en el casino.

—¡Desgraciado! —se le escapó al capitán.

—Hay que mandarlos al juzgado, mi capitán. Parece que hablaban de, bueno ya sabe...

—¡No me jodas! Y encima al pequeñajo ese le ha dado un telele y la tropa se me ha ablandado.

—Esos ya no son métodos[7], mi capitán... Ahora hay que trabajar científicamente.

El capitán Fernández encontró divertidas las palabras de sus subordinado:

—¿Científicamente? Me parece que los cursos que te dieron en Madrid te han cuarteado el cerebelo, ¡Garcés! Venga, prepara los papeles y mándalos al juzgado. Desde luego, en ésta no me pillan a mí. ¡Ah! Y que firmen una declaración, yo qué sé, asociación ilícita, propaganda, lo que te parezca.

—¡Sí mi capitán!

Y ya se iba el sargento, cuando el capitán lo agarró de la manga:

—Garcés... y dudó un momento—. Todo esto entre nosotros...

—¡Por supuesto, mi capitán!

Unas horas antes de que expirara el plazo legal vigente, Garcés entregó los detenidos en el juzgado.

En el camino, Gutiérrez, su brazo derecho, y recibo de muchas de sus broncas, le comentó:

—¿Sabe, mi sargento?, ese —y señaló a Alberto—, ese se cagó y se meó encima.

—¡Déjame en paz, Gutiérrez!

Los dos amigos, pese a que los habían duchado y atizado bien de café, tenían un aspecto deplorable. El Pequeño era todo entero un moretón. Apenas mantenía la conciencia. El estudiante estaba pálido como un muerto y tenía un ojo destrozado. Garcés meneó inconscientemente la cabeza.

El celador del juzgado no hizo ninguna pregunta, pero puso muy mala cara. Después de cumplir con la documentación, empezó a darle vueltas al bolígrafo, hasta que dijo:

—Habrá que llamar al médico. A ver si me van a dar un susto...

—Eso no es asunto tuyo. Les encierras, y mañana que les tome declaración el juez. El sabe lo que tiene que hacer.

—Si señor...

Esa noche, mientras su mujer hacía la cena, Garcés, de sorprendente buen humor, bromeó con su hija menor a quien le gustaba un guardia joven. Un poco más tarde entró la mayor.

—¡Aurora...! —dijo su padre.

—Ese periodista con el que sales, ¿qué...? —continuó.

—Queremos ser novios, papa.

Garcés calló un momento. Luego dijo:

—Bueno, un día de estos te lo traes para que lo conozca.

—¡Gracias, papa!

Cuando se acostaba, le dijo a su mujer:

—Mañana me preparas equipaje para una semana, salgo para Madrid...

[1]A opinión del cabo, claro.

 [2]Así.

 [3]¿Con qué pintas, pensaría aquel oficial, se deben escribir novelas?

 [4]Una versión del famoso "Quirófano" que tantos españoles han padecido.

 [5]Teniente Coronel Jefe Accidental

 [6]Famoso Teniente Coronel de la Guardia Civil que a principios de los cuarenta actuó en la zona a sangre y fuego.

 [7]Garcés se refería al simulacro de fusilamiento que aún se practicaba en algunos lugares.