¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-16- Badajoz amargo. |
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Una
noche, a mediados de Mayo, el Jambo tuvo visita. Era Perico, que
traía un extraño recado: una carta del Pequeño desde Badajoz,
desde la cárcel de Badajoz, para ser más exactos. Aprovechando
que un preso salía libre, el Pequeño le hizo llegar
discretamente a Perico, el relato escrito de la increíble
historia que a él y a su amigo Alberto les había acontecido
cuando en busca de trabajo se desplazaron ambos para trabajar
como jornaleros en el arroz extremeño, que las aguas del famoso
Plan Badajoz habían permitido cultivar. La historia era insólita,
no tanto por extraña, pues cosas así pasaban todos los días
en la España franquista, sino por el cúmulo de
particularidades que hicieron que las peripecias de los dos
amigos, estuvieran a punto de terminar en drama, no sólo para
ellos, sino también para Perico, el Jambo y otros.
Los
hechos comenzaban así. A finales de abril, el Pequeño y
Alberto y por consejo de Perico, extremeño de pro, decidieron
trasladarse a los campos de Badajoz, para trabajar temporalmente
en el arroz, y sacarse así algunas pelas para el verano. Nada
importante, una simple aventura intranscendente, con aires bucólicos
y pastoriles: qué bien nos lo vamos a pasar y todo eso. Tú
como no trabajas, sin problemas, y yo con volver antes de los exámenes
finales, estupendo.
Y
con este espíritu, los dos amigos, en tren, a dedo y en autobús
se desplazaron a la tierra del Perico, mochila a la espalda, ánimo
alegre, y un aspecto cada día más mugriento. Todo fue bien
mientras duró el viaje. Pero cuando ya cerca de Villanueva de
la Serena trataron de encontrar la menestral ocupación que les
traía, se encontraron con un mundo que no tenía nada de bucólico
y menos de pastoril. Hostilidad, desconfianza y Guardia Civil.
Acampados en una majada abandonada, diéronse en reflexiones que
apuntaban al regreso o al cambio de comarca. Del arroz ni
flores. Y en esas estaban cuando, el dueño de la finca,
irritado por la presencia de aquellos, para él, andrajosos
intrusos, dio parte a la Guardia Civil de su presencia. El cabo
del puesto, sin prisas pero sin pausas, se endosó el capote
reglamentario de descampado y con un número y a paso también
reglamentario se internó por las veredas y vericuetos que
bordean los alrededores del embalse del Zújar, en busca de los
sospechosos. Nada premeditado había en su mente, ello era
cierto, esperaba lo mismo unos gitanos, que quinquis, que
mercheros. Nada importante, pues, registrarlos por si hubieran
en su poder artículos robados o de contrabando, y luego, de
haber delito al cuartelillo, y de no, ¡hale!, con viento
fresco. Nada que no fuera pura rutina.
Ya
en el mismo encuentro, y tras solicitarles la documentación, al
cabo se le puso la mosca detrás de la oreja. Ni quinquis, ni
gitanos, ni raza alguna de maleantes[1].
¿Quién leches eran aquellos forasteros de tan paupérrimo
aspecto? Para empezar, el rubiasco temblaba perceptiblemente. El
otro, tan pequeño como negro, trataba de dárselas con queso,
adoptando el papel de castizo campesino, a todas luces inocente
de cualquier delito, que no fuera la mera pobreza. Pero al cabo
no se la pegaban tan fácilmente.
—Sacad
todo lo que llevéis en las mochilas —ordenó sin pasión.
Entre
los calcetines, la ropa sucia, los mendrugos de pan y otras
miserias, salió un apretado fajo de folios escritos a mano,
donde, ¡vaya sorpresa!, el Pequeño escribía una novela, la de
su vida. Y para darle color e intriga a la opera prima
literaria, separando los folios escritos de los vírgenes, se
hallaba, ¡maldita sea!, un avejentado panfleto de Comisiones,
de cuando sus tiempos de sindicalista en CASA.
—¿Y
esto, qué? —preguntó el cabo.
Por
un momento quedaron incrédulos. Que aquello pudiera estar allí
(siempre lo había estado) y que el hecho de que estuviera
pudiera conllevar algún tipo de problema no cabía en sus
cabezas.
Era
otro craso error de escenificación, muy propio de rojos que vivían
en espacios de libertad conquistados. Lo que para los Servicios
de Información de la Policía y Guardia Civil de Madrid, era
algo cotidiano y de imposible persecución. En aquellas tierras
y para aquel cabo segunda, era nada más y nada menos que la máxima
alerta. Los enemigos de España, los comunistas, ¡los maquis!,
habían vuelto.
—Encañónalos
—le ordenó al guardia—. Y vosotros... —siguió—. Las
manos en alto y quietecitos.
En
un instante, lo que no era más que una frustrada aventura en
busca de empleo, se convirtió, por obra y desgracia de un
simple papel impreso, en el principio de una dramática
desventura.
El
cabo los esposó. Recogieron sus desperdigadas pertenencias y a
una voz de mando, presos por delante y guardias, ojo avizor, por
detrás, iniciaron el camino de regreso al puesto. En el porta-órdenes
del cabo, la novela manuscrita, los carnés, y el maldito
panfleto.
Los
recién presos, se miraron a los ojos. Alberto estaba pálido,
el Pequeño, más templado, hombre del campo, y que llevaba casi
en sus genes el ancestral temor a la Guardia Civil, y que por
tanto sabía qué actitud adoptar, se mantenía tranquilo.
Alberto maldecía a su amigo por lo bajo, a fin de cuentas, el
panfleto era suyo y la novela también, él no tenía la culpa
de que el Pequeño fuera un idiota, lo que le preocupaba eran
los dos canutos que llevaba en el bolsillo de la mochila. |
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En
el cuartelillo tuvieron que volver a sacar todas sus
pertenencias. Alberto, con habilidad, vació los bolsos
exteriores de la mochila pero dejando los canutos dentro.
Sacaron también todo lo que llevaban en los bolsillos. Después
los encerraron juntos.
—Señor
guardia, ¿podemos llevarnos el tabaco? —le pidió el Pequeño.
El
guardia asintió. Recogieron las cajetillas y las cerillas. Al
verlo el guardia, les dijo:
—No
me andéis con hostias que os muelo a palos, ¡estamos!
—No
señor, es sólo para fumar —respondió el Pequeño.
Pero
el guardia, inmisericorde, les quitó las cerillas.
Una
vez que el cabo se sentó en su mesa, con la novela, el panfleto
y los carnés de ambos amigos, cogió el teléfono y comunicó a
la Comandancia del Tercio la detención de los sospechosos.
Después y con tres dedos, se puso a la máquina de escribir y
confeccionó el reglamentario parte, anotando posteriormente en
el libro de entrada del calabozo las preceptivas signaturas.
Terminadas
estas labores, se leyó concienzudamente la vetusta octavilla,
anotando con elemental letra en un folio en blanco sus propias
impresiones. Después se pidió un café y aflojándose la
guerrera inició la lectura del manuscrito. El segundo y
principal error del pequeño estaba aquí. Una importuna novela
donde los personajes tenían sus verdaderos nombres, donde
contaba sus andanzas en CASA, sus amores, las huelgas, su
despido, el Común, las visitas en la chabola, y para terminar y
en el último capítulo inconcluso, el inverosímil safari de la
noche del traslado del deposito de PCE de Palomeras.
Al
atardecer y tras un somero interrogatorio a los detenidos donde
contaron sus intenciones laborales y un pequeño resumen de sus
actividades en Madrid (parado y estudiante), el cabo volvió a
usar el teléfono solicitando un motorista para trasladar a la
Comandancia el expediente que escrupulosamente había
confeccionado y las propias pruebas.
Cuando
al día siguiente, el veterano sargento del Servicio de
Información hubo examinado el contenido de la carpeta recién
recibida. Y una vez que se hizo una idea del asunto, decidió
solicitar a la Dirección General los antecedentes que hubiera
de ambos detenidos. Estaba convencido de que eran dos pájaros
menores. Si bien dejaba abierta una puerta debido a una pregunta
sin resolver: ¿qué hacían aquellos mirlos por estas tierras?
El
jefe del servicio, un maduro capitán cuyo hijo estaba destinado
de teniente en San Sebastián, no compartió la opinión de su
subordinado:
—Estos
dos me huelen mal.
El
sargento Garcés miro fijamente a su superior. Tenía su rostro
aprendido de memoria, y muchas veces de ellas, en posición de
firmes. Pero no vio nada especial, ni pasión, ni ira, nada. El
capitán le mantuvo también la vista. Tenía en mucha estima a
su subordinado, sabía de su inteligencia y de su eficacia. Y
sabía que era el alma del servicio, como tiene que ser un buen
sargento de información. Pero esta vez, estaba un poco corto de
entendederas. Insistió en la mirada, como diciéndole: ¿vas
entendiendo?
—¿No
pensará, mi capitán, que son...?
—Me
has adivinado el pensamiento, Garcés —le contestó su
superior con una leve pero sesgada sonrisa.
—He
solicitado antecedentes a Madrid, mi capitán.
—Muy
bien. Ordena que los traigan para acá. Me voy a ocupar
personalmente de ellos.
—A
sus ordenes.
Y
así, en el alejado puesto que comandaba el cabo segunda, fueron
muy diligentes. A media mañana y con un guardia, el cabo
introdujo a los detenidos, que estaban sin cenar y sin
desayunar, en el dos caballos, y a no más de sesenta por hora
condujo hasta la Comandancia de la capital sin detenerse una
sola vez.
El
sargento Garcés le firmó los papeles y hasta le felicitó:
—Muy
bien Antolín, has hecho un buen servicio.
—A
la orden mi sargento...
Garcés
era muy popular entre las clases de tropa. Blando cuando convenía,
duro cuando no quedaba más remedio, y justo siempre.
—Comed
algo en la cantina y luego os volvéis.
—A
la orden —repitieron. |
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El
Pequeño y Alberto fueron encerrados de nuevo. Había otros
presos, gitanos y portugueses. Estaban hambrientos y sin tabaco.
Pero hasta la cena no había nada qué hacer.
—Oye
Garcés —le dijo el capitán del Servicio de Información a su
sargento—. Me vas a interrogar al estudiante y a mí me subes
el otro. Me llamas a Secundino y a ti que te ayude Gutiérrez...
—Todavía
no ha llegado nada de Madrid, mi capitán...
—¡Es
igual! A ver qué le sacas.
El
capitán pasó a una sala habilitada para atestados, Secundino
pidió permiso para entrar, traía al pequeño.
—Ponte
ahí en medio y no te muevas —le dijo al detenido.
El
Pequeño obedeció.
—Me
vas a decir los nombres de todos los que salen aquí —y señaló
la novela—, dónde viven, y me vas a dar la dirección de la
casa dónde guardáis la prensa escrita[2].
—No
son personajes reales, son inventados. Es una novela —se
defendió el Pequeño.
—¿Tú
escribes novelas? —Y el capitán le señaló con incredulidad.
—Si
señor...
El
capitán se le acercó. De pronto le sacudió un violento puñetazo
en la cara que lanzó al suelo al Pequeño.
—¡Novelas!
¡Con esas pintas[3]!
Vamos a empezar bien esto, ¿eh? —le dijo el oficial—. No me
vengas con gaitas. A mi me vas a contar todo, ¡cabrón! Y, ¡levántate!
—y siguió gritando—: Esto es un informe para alguien —y
volvió a señalar la novela—. Vosotros habéis venido aquí
para algo. Y me lo vas a contar o de aquí no sales vivo. ¡Tú
eres de ETA!
—¿Yo...?
—gimió el Pequeño.
En
la sala contigua, Alberto hablaba por los codos. El sargento
Garcés y el guardia Gutiérrez, escuchaban atónitos sus
palabras. Que él no era de nada, que el Pequeño era del PCE,
que en la chabola de Palomeras tenían toda la propaganda y que
los cabecillas del PCE de Vallecas, eran El Jambo, cuyo nombre
desconocía, y un tal Morriña de origen gallego.
—¿Y
tú?, ¿cómo sabes tanto, si no eres de nada?
—Porque
somos paisanos, y me tuvo en su casa un tiempo...
—¿Y
por qué no les denunciaste entonces? Eso es un delito.
—Porque
era de mi pueblo.
Garcés
y su acompañante se rieron.
—Pues
te va a caer encima una buena por idiota.
En
la otra sala, Secundino se empleó a fondo con el Pequeño.
Patadas, puñetazos, Medio cuerpo sobre la mesa, sujeto por las
piernas y el torso al aire, en una insoportable tortura[4].
Cintazos en la espalda con el cinturón de cuero... Pero el
Pequeño era un duro español. Sabía muy bien que si hablaba
estaba perdido. Cuanto más hablara, más querrían sacarle, y
mas palos tendría que soportar. Por tanto aguantaba y callaba.
El
capitán se impacientaba.
—Bueno,
llévalo, abajo, que me tengo que ir —le ordenó al guardia.
Garcés
le pasó las declaraciones de Alberto.
—Esto
no se lo cree nadie. Esos dos venían aquí para algo. Bueno, me
voy que he quedado con la mujer para mirar unos pisos. Que les
den un repaso esta tarde. Y si llega lo de Madrid me das un
telefonazo a casa.
—A
la orden de usted, mi capitán.
—Hasta
mañana, Garcés.
Esa
noche, el Teniente Coronel, jefe accidental del Tercio, llamó
por teléfono a Garcés al piso de la casa cuartel donde moraba.
El sargento estaba cenando con su mujer y sus hijas.
—Sí,
mi Teniente Coronel —repetía una y otra vez.
Al
parecer el Teniente Coronel estaba enfadadísimo, toda la
Comandancia sabía que habían detenido a dos sospechosos de
ETA, y nadie le había informado.
—Es
que aún no estamos seguros, mi Teniente Coronel. |
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—¡Coño,
Garcés, es que si estuviéramos seguros, yo mismo les pego dos
tiros! Y ahora vente a paso ligero que los voy a interrogar
personalmente.
El
sargento quedó pensativo unos segundos. Las cosas se
complicaban. Estaba convencido de que el estudiante había dicho
la verdad. Estos eran dos pelaos, probablemente comunistas, pero
dos pelaos. Buscó a Secundino y le dio un rapapolvo:
—¿Pero
tú qué vas diciendo por ahí?
El
guardia se disculpó sudoroso:
—Lo
dijo el capitán Fernández.
—¡Como
si lo dijo el sursuncorda! Qué es eso de ir repitiendo lo que
oyes en los interrogatorios. ¡Ya hablaremos tú y yo! Y ahora,
súbeme a esos dos pájaros y me llamas al suboficial de guardia
y que suba también con dos guardias más.
La
noche fue muy dura. El Pequeño vomitó lo poco que había
cenado. Los guardias, espoleados por el Teniente Coronel, se
emplearon a fondo. Alberto tampoco se libró de la paliza. Contó
toda la verdad que conocía pero era incapaz de inventarse
mentiras que le salvaran de los palos.
Al
amanecer, los guardias se fueron a dormir. Los presos,
convertidos en una masa tumefacta, apenas mantenían el
conocimiento. Garcés, duro veterano, estaba muy enfadado.
Pensaba que todos se habían vuelto locos. Conocían ya toda la
verdad, más cuando llegaron los informes de Madrid. Nada, el
Pequeño era un simple activista sindical fichado por la Social
de Madrid, pero sin antecedentes penales, y el otro, el
estudiante, estaba limpio como una patena. ¿Cómo iban a ser
estos dos pelagatos de ETA? Sí, claro que desde el atentado de
la calle del Correo, parecía que cualquier rojo podía ser de
ETA, y ahora, con la escabechina del Norte, podría ser también
que los terroristas trataran de huir del cerco que el último
estado de excepción había puesto a la militancia etarra. Pero
estos dos, no habían visto las vascongadas en su vida.
No
es que le impresionara en absoluto un interrogatorio más o
menos duro, es que estaban perdiendo el tiempo. Eso de que habían
cogido a dos sospechosos de terrorismo, estaba muy bien para las
fuerzas vivas de la ciudad y para los guardias novatos, pero los
del Servicio de Información sabían distinguir muy bien a los
militantes de la clandestina oposición, de los terroristas de
ETA. Garcés sabía muy bien que los comunistas ya no se
dedicaban a la lucha armada. Tenía bien fichados a los pocos
que había en la provincia, estudiantes muy jóvenes o
militantes muy maduros. Cada vez estaba más seguro de que el
estudiante había dicho la verdad. Su única duda, mejor, sus
dos únicas dudas, se centraban en el motivo de su viaje, que de
ser cierta la versión que contaba el estudiante, ¡menudos
idiotas! La otra duda estribaba en la resistencia que ofrecía
el pequeñín a decir nada que le comprometiera. Eso le
desconcertaba. Hay que estar muy bien preparado ideológicamente
para resistir lo que le había caído encima. Por tanto, quizá
era más capitoste de lo que él pensaba. Y ahí es donde debían
centrar la investigación. Quizá trataban de enlazar con sus
camaradas extremeños y crear algún tipo de organización que
relanzara las actividades comunistas en la tranquila provincia.
Si bien, el sitio y la forma en que fueron detenidos, no avalaba
mucho esta teoría. Los comunistas de hoy no andan por los
montes, y menos tan desarrapados. En fin, habrá que investigar.
Pero
no pudo. Cuando el capitán Fernández, su inmediato superior en
el Servicio de Información, tuvo noticia de la noche de marras,
le abroncó por no haberle llamado. En realidad no era por eso,
es que estaba cabreado porque el Teniente Coronel, que ejercía
de Comandante dado que el Coronel se encontraba en Madrid
haciendo el curso de general, había acaparado todo el
protagonismo y quería hacer méritos, en una tarea, que
evidentemente no le correspondía, al menos tan directamente,
sino a él y a sus hombres. A Garcés, estás broncas, le tenían
sin cuidado. El capitán no era nadie sin él. Y de vez en
cuando pagaba el canon que supone ser consciente de que en
realidad el servicio lo llevaba un sargento.
—Esto
lo tenemos que aclarar nosotros, ¡Garcés! —le espetó el
airado capitán.
—Desde
luego, mi capitán.
—Te
vas a ir a Madrid con Gutiérrez y me vas a investigar a todos
los que cita en esos folios. Y rapidito. Tienes una semana.
—Con
su permiso, mi capitán, ¿no sería mejor remitir el expediente
a Guzmán el Bueno? A fin de cuentas no es nuestra
Comandancia...
—No,
¡coño!, Garcés. ¿Qué quieres, que seamos el hazmerreír de
esos listos de Madrid? Y, además, con el Coronel enredando por
allí.
—Por
eso, mi capitán, ¿no será mejor conducir a los detenidos a
Madrid?
—¡Que
no, Garcés! ¡Y no me toques más los cojones! A estos los
exprimo yo. Y si el Tecola[5]
se cree que me los va a quitar de las manos, va listo, Garcés,
te lo digo yo.
—A
sus ordenes —y Garcés se cuadró con desgana. |
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—Y
ahora —siguió el capitán—. Me sacas a esos dos y me los
metes en el Land Rover con Gutiérrez y cuatro guardias que estén
libres de servicio, que les voy a dar un paseito.
Garcés
que había entendido perfectamente las intenciones de su
superior, se enfureció, aunque se contuvo:
—¡Pero
mi capitán...! ¡Pero si son dos desgraciados!
El
capitán no pareció molestarse, sonreía con cinismo:
—Tú
déjamelos a mi, y vete a preparar la orden de viaje que luego
te la firmo.
En
el camino hasta la sala de armas, Garcés arrestó a dos
guardias y abroncó a Secundino.
Cuando
desde la puerta del cuartel vio alejarse el Land Rover, y más
cuando les vio las caras a los detenidos, a Garcés le asfixió
una terrible angustia. ¿Me estaré ablandado?, se dijo. Desde
luego, esto está degenerando.
Mientras
tanto, y desayunando en el casino, el Teniente Coronel ya le había
comentado a un juez amigo suyo, conocido por sus ideas de
extrema derecha, un acérrimo, que se decía, que tenía a buen
recaudo dos pájaros de cuenta. Y haciéndose el misterioso,
dejaba caer esto y aquello para impresionar al brillante jurista
de las partidas de la porra.
—Bueno,
¿y cuándo me los mandas?
—A
lo mejor no te los mando...
—No
me fastidies, tú no tienes cojones para eso.
—Tú
quieto parado, y ya veremos si los tengo o no —le contesto el
militar con irritación.
—Aquí
cojones, sólo tenemos ya los de la vieja guardia. Ahora lo que
se lleva es el contubernio y la mantequilla Arias.
—¿Qué
quieres decir? Ya me tienes harto con tu guerra. Parece que sois
los únicos que defendéis España.
—Tu
me dirás al gobierno que sirves...
—¡Al
de Franco!
—¿Al
de Franco? Al Caudillo me lo tienen engañado esos lameculos.
Ese blando de Arias... ¡Blandos! que sois todos unos blandos...
El
Teniente Coronel se cabreó esta vez de verdad:
—¿Blando?
Que sepa su señoría de los cojones que tengo percebes en los
huevos de recorrerme Asturias matando maquis cuando estaba recién
salido de la academia.
—Y
a mi me dieron dos tiros en Brunete y se me congelaron los pies
en Teruel.
Esta
meritoria pero airada discusión siguió otro buen rato, y dio
extraños frutos. A mediodía, un joven periodista de la prensa
local del Movimiento, pero en absoluto afín a estas ideas, sabía
que algo se cocía en la Comandancia de la Guardia Civil. Casual
medio novio de una de las hijas de Garcés (y bien vigilado por
éste), y tras muchas dudas, decidió llamarlo.
Garcés
estalló por teléfono:
—¿Pero
tú quién coño te crees que eres para llamarme a mí?
—No
se enfade usted, sargento, pero es que me han contado una
conversación que pone los pelos de punta. Casi como en los
tiempos de Gómez Canto[6]
—¿Y
a mí qué me importa?
Pero
dejó que se la contara.
—Bobadas,
aquí no tenemos a nadie. Aquí sólo detenemos a gitanos y
portugueses, ya lo sabes tú. Y además, que no te vuelva a ver
rondando a mi Aurora, ¿eh?
—Pero
sargento, que yo voy con buenas intenciones...
—Ya,
ya sé yo tus intenciones —y colgó.
Pasó
el resto de la mañana mirando por la ventana del despacho,
esperando el regreso del Land Rover. A la una lo vio subir
renqueando por la cuesta. El primero en bajarse fue el capitán
Fernández:
—Avisa
al sanitario, que hay uno que viene desmayado.
—Mi
capitán, tenemos que hablar...
—¿Qué
pasa? |
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Subieron
al despacho. Por las escaleras se lo fue contando:
—Mi
capitán, la prensa lo sabe.
Fernández,
palideció.
—¿Cómo
es eso?
—Parece
que el Teniente Coronel tuvo una discusión a voces en el
casino.
—¡Desgraciado!
—se le escapó al capitán.
—Hay
que mandarlos al juzgado, mi capitán. Parece que hablaban de,
bueno ya sabe...
—¡No
me jodas! Y encima al pequeñajo ese le ha dado un telele y la
tropa se me ha ablandado.
—Esos
ya no son métodos[7],
mi capitán... Ahora hay que trabajar científicamente.
El
capitán Fernández encontró divertidas las palabras de sus
subordinado:
—¿Científicamente?
Me parece que los cursos que te dieron en Madrid te han
cuarteado el cerebelo, ¡Garcés! Venga, prepara los papeles y mándalos
al juzgado. Desde luego, en ésta no me pillan a mí. ¡Ah! Y
que firmen una declaración, yo qué sé, asociación ilícita,
propaganda, lo que te parezca.
—¡Sí
mi capitán!
Y
ya se iba el sargento, cuando el capitán lo agarró de la
manga:
—Garcés...
y dudó un momento—. Todo esto entre nosotros...
—¡Por
supuesto, mi capitán!
Unas
horas antes de que expirara el plazo legal vigente, Garcés
entregó los detenidos en el juzgado.
En
el camino, Gutiérrez, su brazo derecho, y recibo de muchas de
sus broncas, le comentó:
—¿Sabe,
mi sargento?, ese —y señaló a Alberto—, ese se cagó y se
meó encima.
—¡Déjame
en paz, Gutiérrez!
Los
dos amigos, pese a que los habían duchado y atizado bien de café,
tenían un aspecto deplorable. El Pequeño era todo entero un
moretón. Apenas mantenía la conciencia. El estudiante estaba pálido
como un muerto y tenía un ojo destrozado. Garcés meneó
inconscientemente la cabeza.
El
celador del juzgado no hizo ninguna pregunta, pero puso muy mala
cara. Después de cumplir con la documentación, empezó a darle
vueltas al bolígrafo, hasta que dijo:
—Habrá
que llamar al médico. A ver si me van a dar un susto...
—Eso
no es asunto tuyo. Les encierras, y mañana que les tome
declaración el juez. El sabe lo que tiene que hacer.
—Si
señor...
Esa
noche, mientras su mujer hacía la cena, Garcés, de
sorprendente buen humor, bromeó con su hija menor a quien le
gustaba un guardia joven. Un poco más tarde entró la mayor.
—¡Aurora...!
—dijo su padre.
—Ese
periodista con el que sales, ¿qué...? —continuó.
—Queremos
ser novios, papa.
Garcés
calló un momento. Luego dijo:
—Bueno,
un día de estos te lo traes para que lo conozca.
—¡Gracias,
papa!
Cuando
se acostaba, le dijo a su mujer:
—Mañana
me preparas equipaje para una semana, salgo para Madrid... |
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[1]A
opinión del cabo, claro.
[2]Así.
[3]¿Con
qué pintas, pensaría aquel oficial, se deben escribir
novelas?
[4]Una
versión del famoso "Quirófano" que tantos españoles
han padecido.
[5]Teniente
Coronel Jefe Accidental
[6]Famoso
Teniente Coronel de la Guardia Civil que a principios de los
cuarenta actuó en la zona a sangre y fuego.
[7]Garcés
se refería al simulacro de fusilamiento que aún se
practicaba en algunos lugares. |