¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-17- ¡Despedidos! |
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—¡Tienes
que esconderte! —le recomendó Perico al Jambo, una vez que
hubieron leído la carta.
—¿Y
dónde me escondo?
—No
sé, ya buscaremos algo. Si estuviera aquí el Rubio...
—¡Pero
no está! Así que no te preocupes más por mí, lo que tenga
que ser será.
—¿Pero,
tronco? —se sorprendió Perico.
—Bueno
—añadió el Jambo—, ¿y esos dos dónde están ahora?
—En
la cárcel de Badajoz...
—¿Y
de esto, cuánto hace?
—Un
par de semanas como mucho. Los tienen como preventivos.
—Pues
vale. Gracias tronco, estaré aliquindoi[1].
Aquella
noche le comentó al Agus parte de la historieta. Agustín, que
había pasado por trances peores, pero al que nunca habían
trincado, le propuso que se cambiara de casa.
—Ya.
Se dice fácil. Y por otro lado, ¿crees que debería pasarme
por la chabola del Pequeño?
—Ni
se te ocurra. El Morriña ya sabrá qué hacer, al que por
cierto, hay que ir a avisar ahora mismo.
—Vale,
tú vete a buscarle, que yo aviso al Hiro-hito y al resto de la
basca.
Así
lo hicieron. Después de alertar al Hiro-hito, el Jambo se fue a
casa del Boty para que le acompañara a buscar a Pepe. La Nani y
su hermana Mari Carmen escucharon al Jambo con cara de
preocupación. Mari Carmen no le reprochó el plantón ni nada
parecido, y además, le dio un beso cuando salieron.
A
Pepe que tomaba unas cañas con July, pareció importarle un
bledo, tenía cara de estar en otras cosas:
—¡Vaya
colegas que te gastas, tronco! —dijo sin la menor preocupación.
—Convendría
acercarse a la chabola del Pequeño, a ver cómo está la cosa.
—¡Estás
majara, o qué! —le reprochó el Boty.
—Es
para ver si han estado.
—Conmigo
no cuentes... —insistió el Boty.
—Yo
te acompaño —dijo Pepe—. Dejamos a mi tronca en su queli[2],
y nos acercamos, que quiero de paso largarte una pena.
—Debuten...
Luego
que Pepe se despidió de July, le contó sus cuitas:
—Tengo
un problema, tronco.
—Dime.
—He
preñao a la July.
El
Jambo no se sorprendió:
—¿Y
qué vas a hacer?
—Yo
no quiero tenerlo, pero ella sí. Quiere que nos casemos.
—¿Y
tú, camelas?
—Lo
más, arrejuntarme.
—Chachi,
¿no?
—No.
Su padre y sus hermanos me quieren fostiar, me case, me
arrejunte, da igual, me la han jurado. Así que voy calzao.
Y
le enseñó el baldeo que llevaba encalomao en los grilos[3].
—Me
tienes que dar comba, tronco, que son tres y muy gansos —siguió.
—Chachipén,
Pepe. Ya lo sabes.
Al
Jambo le pareció que su amigo estaba triste. Ignoraba si por el
casorio, las amenazas, o qué otra cosa. Pero Pepe no era su
Pepe valiente y luchador. |
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Por
otro lado, y en frase suya, otra pena para su coño. Las cosas
venían mal dadas. La Social le buscaba. No se quería ni
imaginar la manta de hostias que le iban a caer si le pillaban.
Y ahora, su tronco más valiente flaqueaba por culpa de unos
polvos sin gomas. ¡vaya mierda! Pero eso no era todo. Adela,
aquella tierna promesa de mil y una noches de loco amor, se había
esfumado. Mari Carmen se hacía la dura, y el Rubio, su tronco
del alma, ahora, cuando más lo necesitaba, de paseo por las
Ramblas.
En
un instante, la congoja, angustia de los pobres, le acometió.
Pero el Jambo siempre transformaba estas emociones en ira. Era
su defensa personal contra la adversidad. ¡Me cago en Dios!, se
dijo. Vamos a ir a esa chabola, y que no se me cruce nadie,
porque lo maro[4].
Y sin más explicaciones cogió una piedra del descampado que
atravesaban.
—¡Como
haya alguien lo descalabro!
—Tranquilo,
tronco, que sólo vamos a echar un vistazo.
—Yo
voy a entrar...
En
la oscuridad, la cercana chabola aparecía inofensiva. Los últimos
cien metros había que hacerlos en descubierta. No se percataron
de que cerca de la fuente había un coche aparcado, donde Garcés
velaba y Gutiérrez dormitaba.
Al
llegar a la puerta, se sorprendieron de que estuviera abierta,
entornada, pero abierta. A Pepe, esto no le gustó nada.
—¡Ten
cuidado! —le musitó.
—Quédate
aquí para dar el agua[5]
—le pidió el Jambo—. Yo voy a entrar.
Habían
cortado la luz. Encendió el mechero y cruzó el patio. Dentro
de la chabola no había nadie, pero estaba todo revuelto. En la
estancia que había sido su dormitorio, no quedaba ni un
panfleto. Las pinturas del pequeño, a la tenue luz del mechero,
le parecieron primitivas, como las de las cuevas de Altamira.
Oyó
un grito de Pepe:
—¡Corre,
tronco, que vienen...!
Salió
acelerado. Al atravesar la puerta, vio unas sombras que le
cayeron encima. El sargento Garcés le sujetó de los brazos, el
guardia Gutiérrez, fusca en mano, le gritó:
—¡Quieto,
o te mato aquí mismo!
Forcejeó
con ellos. Los guardias civiles eran hombres robustos
acostumbrados a estos lances, pero la ira del Jambo explotaba en
rabiosas oleadas de fuerza inaudita. Un aventajado instinto le
hizo comprender que el peligroso era el de la pistola. Y que
además, ésta, le estaba impidiendo sujetarle debidamente. De
un fuerte patadón arrojó lejos a Gutiérrez, luego se volvió
al otro y le golpeó con el codo en las costillas, Garcés le
soltó dolorido. Entonces el Jambo corrió y corrió, y allá
quedaron los dos contusionados guardias, muy sorprendidos de
como se las gastaban los madrileños, y con más asombro que
ira, se encaminaron al coche (un camuflado que les habían
dejado en el PGC), discutiendo entre ellos quién había tenido
la culpa. Finalmente, se impuso el grado:
—¡Gutiérrez!
Que sea la última vez que sacas el arma sin mi permiso...
El
Jambo no paró de correr hasta bien entrada la Avenida de San
Diego. Cuando llegó a su casa, no le dijo nada del incidente,
al expectante Agus. Que ya estaban todos avisados, eso fue todo.
—¿Estás
malo? —le preguntó Agustín.
—No,
¿por qué?
—Estás
blanco...
A
la mañana siguiente, Barrán, de acuerdo con Malpisa, despidió
a todos sus obreros, a todos, incluso a los dóciles. El
administrativo de Malpisa, llamó a Rafa a eso de las diez y se
lo comunicó:
—¿Y
el preaviso? —le inquirió Rafa.
—¿Ah,
yo no sé nada? A mi lo que han dicho es que vengáis todos a
firmar.
—Pues
os vamos a demandar en Magistratura.
—Yo
soy de Malpisa —dijo el administrativo encogiéndose de
hombros—. Y esto lo firma Barrán SL. |
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Rafa
reunió a los trabajadores de Barrán y les comunicó la mala
noticia. A nadie pareció sorprenderle. El amigo Antonio, enlace
que había salido elegido gracias a la moderada política de
Rafa, se había estado yendo de la lengua. Prácticamente lo sabía
toda la obra menos los de Comisiones. Al enterarse, Pepe y el
Jambo se abalanzaron sobre el vendido y le zarandearon y hasta
le iban a sacudir, y de no ser por la intervención del Pertur y
de Hiro-hito, mal hubiera salido parado, pues ambos amigos,
desde la noche anterior, estaban desquiciados. Pero aún fue
peor cuando se enteraron de que Antonio había estado largando
también, que presumiblemente, Barrán volvería a contratar
para otras obras de Malpisa a los que prometieran no armar follón.
Fueron
todos a la oficina, dónde el administrativo, con una medio
sonrisa insultante les ordenó que guardaran cola. Esto fue más
de lo que el Jambo podía soportar:
—¿Tú,
qué?, ¡hijo de puta! ¿Te alegras de que despidan a los
obreros?
El
administrativo se volvió para la oficina sin decir esta boca es
mía. Rafa, por otra parte, radió la consigna, había que
firmar pero poniendo debajo: "No conforme". Después
ya le arreglarían las cuentas a Barrán los abogados de
Comisiones.
Y
el Jambo, al volver la vista a la larga cola de compañeros que
lo habían sido en tantos lances, unos amargos, otros risibles y
otros de casta. Se sintió verdaderamente como ellos, no como un
estudiante metido a obrero, sino de su clase, la clase de los
eternamente derrotados, subclase, cimarrones.
El
Jambo y sus amigos se fueron al pueblo a emborracharse. En el
trasiego, pusieron de vuelta y media a Rafa, al Pertur, al Hiro-hito
y a otros como ellos. La verdad es que Barrán había sido el más
listo de todos, adelantado el despido por fin de obra les había
pillado desprevenidos. La estrategia que Rafa tenía prevista
para el caso, se había venido abajo. Ahora, todo quedaba
reducido a que estaban despedidos ilegalmente, por supuesto,
pero despedidos. Y por tanto, lo único que podía resarcirles
un poco era la demanda que los abogados del despacho de la calle
Atocha impusieran.
Pero
eso le preocupaba muy poco a Barrán. Se había ido a Benidorm
con su nueva secretaria, que al parecer, ahora tragaba, ya sin
lagrimitas, contenta, también al parecer, de ir sentada a la
derecha de Barrán en su haiga nacional. En casa contó una
trola de una urbanización en la costa: que quería meterse a
promotor. Cerró la oficina y se llevó a la secretaria. Estaba
muy amable con ella, pues tras algunos llantos iniciales, la
chica había cedido a los halagos y a los regalos, y se podía
decir que ya eran amantes. Y además no tenía reparos en chupársela.
Era la primera vez que Barrán conseguía esto de una no
profesional. Y la cosa le ponía a cien. Todavía ella se
apartaba antes del final, pero ya conseguiría él que tragara.
Y es que a Barrán, gordo y muy entrado en la cincuentena, este
método le parecía genial, se sentaba en la taza del váter de
la oficina, la llamaba de la manera más soez posible y puesta
la chica en cuclillas se dejaba hacer la faena. Y él con los
ojos cerrados, y las más de las veces, únicamente posadas las
manos sobre sus cabellos, dirigía la operación, como quién
dirige un ferrari, con suavidad o con furor, según le viniera
en gana. De vez en cuando se lo hacía por el método
tradicional, si tenía un buen día. Y ni una sola vez se le había
pasado por la imaginación qué ocurría con el placer de su
compañera, a decir verdad, de nadie en la vida. Pero es que
estas debilidades, no se llevaban en el 75.
Y
en su cuidado Dodge nacional, y conduciendo con despreocupación
rumbo al temprano Sol levantino, la sonrisa le afloraba al
rostro al recordar la jugarreta que a medias con el amigo
Sebastián les habían gastado a sus díscolos currantes. ¡Toma!
Para que os enteréis de quién parte el bacalao todavía en
España. ¡Gandules! Que queréis ganar sin trabajar. Pero con
bueno habían ido a dar. Tengo yo más cojones que todos los de
las Comisiones esas.
De
Adela ni se acordaba, y si alguna vez lo hacía era para
arrepentirse de no habérsela beneficiado. Y se imaginaba a su
antigua secretaria en la misma postura que la nueva. Y eso le
excitaba. Pero en fin, una que se fue.
En
realidad, Adela no se había ido a ningún sitio. Allí en su
casa seguía, y si cabe, en peor situación. La noche en que se
descubrió a sí misma, tuvo un mal regreso a casa. Cuando
Emilio vio su cara, supo que algo extraordinario le ocurría su
mujer. No atinó, en ese instante, en la causa, pero si adivinó
que era amenazador para él. Y lo que para el Jambo había
significado una gozosa transformación, para Emilio resultó
sombría, pues esa mirada exultante que su mujer traía en los
ojos, no era la aureola de la noche fresca, que todos llevamos
al entrar en casa, sino algo mucho más inquietante.
Tampoco
Adela cayó en la cuenta de su opresiva, por mejorada, presencia
física. El arrobo que sintió al ver a su marido, sentado en la
salita, viendo la tele, y en batín, borró de un plumazo todo
posible remordimiento. Esta sensación, que era pura insensatez,
llevó a Adela a besar afablemente a su marido y hasta a
abrazarle. Pero Emilio se tenso como una polea: |
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—¿De
dónde vienes?
—Nada,
de pasear... He estado pensando.
—Pues
vaya horas, hija...
—He
estado pensando en nosotros...
—¿Sí...?
—Sí.
Anda, vamos al dormitorio.
Jamás
a Emilio, ni de novios ni de casados, Adela le había hecho
semejante proposición. Los mil timbres de alarma de todo marido
en reposo, sonaron con estrépito en su cabeza. No obstante,
guardó la calma:
—¿Ahora?
—Sí...,
venga, anda.
La
proposición de Adela era puro desatino. Auspiciada por una
tarde de placer alocado, su cuerpo, pletórico de erotismo, quería,
en este mismo momento, repetir, lo que horas atrás había
sentido con un desconocido, pero ahora, en la tranquilidad de su
dormitorio, con el hombre que amaba, y sin límites de ningún
tipo. En su magín, la idea de que podía eternizarse en su gozo
durante horas y horas, y con la persona de la que estaba
enamorada desde joven, le impelía a lo que nunca se había
atrevido a hacer: tomar la iniciativa.
Pero
Emilio no estaba para gaitas. No se creía lo del paseo, no sabía
dónde había estado ella zascandileando, y se sentía en cierto
modo escandalizado por los vehementes deseos de su mujer:
—¡Déjame!
¡Y vete a hacer la cena!
Con
semejante jarro de agua fría, Adela perdió todo su fuego. Unos
momentos de indecisión durante los cuales sus miradas se
cruzaron extrañadas, aun siendo tan conocidas. Después, ella,
reponiéndose, se retiró a la cocina. Sólo era una tregua. Lo
intentaría esta noche. Porque era una mujer que había
descubierto el gozne que abría su cuerpo a la vida. Y ese
cerrojo se encuentra entre las piernas de las hembras humanas.
Pero por la noche, aún fue peor. Emilio rechazó todos sus
intentos. Que estaba cansado, que no era el día, no era sábado,
claro, y que no le hacía gracia que se lo exigiera así.
—¿Cómo
así?
—No
sé, no me parece de mujeres decentes.
Adela
calló. Pese a que tenía respuesta. Una respuesta rabiosa que
hubiera sido:
—¿Y
te parece decente que lo hagamos cuando a ti te apetece, y que
yo no me entere de nada?
Pero
no lo dijo. Por contra, se acurrucó en su lado y con el ánimo
por los suelos, dejó que sus pensamientos se desgranaran a su
gusto. Se sentía como un niño el primer día de colegio después
de Reyes. Tanto para gozar y no poder. Y en su recuerdo temprano
apareció el Jambo, con su rabo encendido en carmesí apuntando
al cielo, tieso como un poste de la luz y presto para entrar en
su paraíso. Y sin poderlo evitar, su mano derecha bajo al paraíso,
y lenta y quedamente comenzó a acariciarse, primero los labios
mayores, luego más dentro y como por casualidad, su botón mágico,
ese que siempre, hasta esa misma tarde, le había dejado
desconcertada. Y poco a poco, sus caderas se tensaron y sus
muslos apretaron su mano y cuando quiso darse cuenta estaba
gritando.
Emilio
dio la luz:
—¿Qué
te pasa?
—Nada,
nada, que estaba soñando.
[1]Testigo
de algo. Aquí se usa como atento, que es otra de sus
acepciones.
[2]Casa.
[3]Y
le enseñó la navaja que llevaba en el bolsillo.
[4]Mato. [5]Vigilar y avisar. |