S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-17-

¡Despedidos!

—¡Tienes que esconderte! —le recomendó Perico al Jambo, una vez que hubieron leído la carta.

—¿Y dónde me escondo?

—No sé, ya buscaremos algo. Si estuviera aquí el Rubio...

—¡Pero no está! Así que no te preocupes más por mí, lo que tenga que ser será.

—¿Pero, tronco? —se sorprendió Perico.

—Bueno —añadió el Jambo—, ¿y esos dos dónde están ahora?

—En la cárcel de Badajoz...

—¿Y de esto, cuánto hace?

—Un par de semanas como mucho. Los tienen como preventivos.

—Pues vale. Gracias tronco, estaré aliquindoi[1].

Aquella noche le comentó al Agus parte de la historieta. Agustín, que había pasado por trances peores, pero al que nunca habían trincado, le propuso que se cambiara de casa.

—Ya. Se dice fácil. Y por otro lado, ¿crees que debería pasarme por la chabola del Pequeño?

—Ni se te ocurra. El Morriña ya sabrá qué hacer, al que por cierto, hay que ir a avisar ahora mismo.

—Vale, tú vete a buscarle, que yo aviso al Hiro-hito y al resto de la basca.

Así lo hicieron. Después de alertar al Hiro-hito, el Jambo se fue a casa del Boty para que le acompañara a buscar a Pepe. La Nani y su hermana Mari Carmen escucharon al Jambo con cara de preocupación. Mari Carmen no le reprochó el plantón ni nada parecido, y además, le dio un beso cuando salieron.

A Pepe que tomaba unas cañas con July, pareció importarle un bledo, tenía cara de estar en otras cosas:

—¡Vaya colegas que te gastas, tronco! —dijo sin la menor preocupación.

—Convendría acercarse a la chabola del Pequeño, a ver cómo está la cosa.

—¡Estás majara, o qué! —le reprochó el Boty.

—Es para ver si han estado.

—Conmigo no cuentes... —insistió el Boty.

—Yo te acompaño —dijo Pepe—. Dejamos a mi tronca en su queli[2], y nos acercamos, que quiero de paso largarte una pena.

—Debuten...

Luego que Pepe se despidió de July, le contó sus cuitas:

—Tengo un problema, tronco.

—Dime.

—He preñao a la July.

El Jambo no se sorprendió:

—¿Y qué vas a hacer?

—Yo no quiero tenerlo, pero ella sí. Quiere que nos casemos.

—¿Y tú, camelas?

—Lo más, arrejuntarme.

—Chachi, ¿no?

—No. Su padre y sus hermanos me quieren fostiar, me case, me arrejunte, da igual, me la han jurado. Así que voy calzao.

Y le enseñó el baldeo que llevaba encalomao en los grilos[3].

—Me tienes que dar comba, tronco, que son tres y muy gansos —siguió.

—Chachipén, Pepe. Ya lo sabes.

Al Jambo le pareció que su amigo estaba triste. Ignoraba si por el casorio, las amenazas, o qué otra cosa. Pero Pepe no era su Pepe valiente y luchador.

Por otro lado, y en frase suya, otra pena para su coño. Las cosas venían mal dadas. La Social le buscaba. No se quería ni imaginar la manta de hostias que le iban a caer si le pillaban. Y ahora, su tronco más valiente flaqueaba por culpa de unos polvos sin gomas. ¡vaya mierda! Pero eso no era todo. Adela, aquella tierna promesa de mil y una noches de loco amor, se había esfumado. Mari Carmen se hacía la dura, y el Rubio, su tronco del alma, ahora, cuando más lo necesitaba, de paseo por las Ramblas.

En un instante, la congoja, angustia de los pobres, le acometió. Pero el Jambo siempre transformaba estas emociones en ira. Era su defensa personal contra la adversidad. ¡Me cago en Dios!, se dijo. Vamos a ir a esa chabola, y que no se me cruce nadie, porque lo maro[4]. Y sin más explicaciones cogió una piedra del descampado que atravesaban.

—¡Como haya alguien lo descalabro!

—Tranquilo, tronco, que sólo vamos a echar un vistazo.

—Yo voy a entrar...

En la oscuridad, la cercana chabola aparecía inofensiva. Los últimos cien metros había que hacerlos en descubierta. No se percataron de que cerca de la fuente había un coche aparcado, donde Garcés velaba y Gutiérrez dormitaba.

Al llegar a la puerta, se sorprendieron de que estuviera abierta, entornada, pero abierta. A Pepe, esto no le gustó nada.

—¡Ten cuidado! —le musitó.

—Quédate aquí para dar el agua[5] —le pidió el Jambo—. Yo voy a entrar.

Habían cortado la luz. Encendió el mechero y cruzó el patio. Dentro de la chabola no había nadie, pero estaba todo revuelto. En la estancia que había sido su dormitorio, no quedaba ni un panfleto. Las pinturas del pequeño, a la tenue luz del mechero, le parecieron primitivas, como las de las cuevas de Altamira.

Oyó un grito de Pepe:

—¡Corre, tronco, que vienen...!

Salió acelerado. Al atravesar la puerta, vio unas sombras que le cayeron encima. El sargento Garcés le sujetó de los brazos, el guardia Gutiérrez, fusca en mano, le gritó:

—¡Quieto, o te mato aquí mismo!

Forcejeó con ellos. Los guardias civiles eran hombres robustos acostumbrados a estos lances, pero la ira del Jambo explotaba en rabiosas oleadas de fuerza inaudita. Un aventajado instinto le hizo comprender que el peligroso era el de la pistola. Y que además, ésta, le estaba impidiendo sujetarle debidamente. De un fuerte patadón arrojó lejos a Gutiérrez, luego se volvió al otro y le golpeó con el codo en las costillas, Garcés le soltó dolorido. Entonces el Jambo corrió y corrió, y allá quedaron los dos contusionados guardias, muy sorprendidos de como se las gastaban los madrileños, y con más asombro que ira, se encaminaron al coche (un camuflado que les habían dejado en el PGC), discutiendo entre ellos quién había tenido la culpa. Finalmente, se impuso el grado:

—¡Gutiérrez! Que sea la última vez que sacas el arma sin mi permiso...

El Jambo no paró de correr hasta bien entrada la Avenida de San Diego. Cuando llegó a su casa, no le dijo nada del incidente, al expectante Agus. Que ya estaban todos avisados, eso fue todo.

—¿Estás malo? —le preguntó Agustín.

—No, ¿por qué?

—Estás blanco...

A la mañana siguiente, Barrán, de acuerdo con Malpisa, despidió a todos sus obreros, a todos, incluso a los dóciles. El administrativo de Malpisa, llamó a Rafa a eso de las diez y se lo comunicó:

—¿Y el preaviso? —le inquirió Rafa.

—¿Ah, yo no sé nada? A mi lo que han dicho es que vengáis todos a firmar.

—Pues os vamos a demandar en Magistratura.

—Yo soy de Malpisa —dijo el administrativo encogiéndose de hombros—. Y esto lo firma Barrán SL.

Rafa reunió a los trabajadores de Barrán y les comunicó la mala noticia. A nadie pareció sorprenderle. El amigo Antonio, enlace que había salido elegido gracias a la moderada política de Rafa, se había estado yendo de la lengua. Prácticamente lo sabía toda la obra menos los de Comisiones. Al enterarse, Pepe y el Jambo se abalanzaron sobre el vendido y le zarandearon y hasta le iban a sacudir, y de no ser por la intervención del Pertur y de Hiro-hito, mal hubiera salido parado, pues ambos amigos, desde la noche anterior, estaban desquiciados. Pero aún fue peor cuando se enteraron de que Antonio había estado largando también, que presumiblemente, Barrán volvería a contratar para otras obras de Malpisa a los que prometieran no armar follón.

Fueron todos a la oficina, dónde el administrativo, con una medio sonrisa insultante les ordenó que guardaran cola. Esto fue más de lo que el Jambo podía soportar:

—¿Tú, qué?, ¡hijo de puta! ¿Te alegras de que despidan a los obreros?

El administrativo se volvió para la oficina sin decir esta boca es mía. Rafa, por otra parte, radió la consigna, había que firmar pero poniendo debajo: "No conforme". Después ya le arreglarían las cuentas a Barrán los abogados de Comisiones.

Y el Jambo, al volver la vista a la larga cola de compañeros que lo habían sido en tantos lances, unos amargos, otros risibles y otros de casta. Se sintió verdaderamente como ellos, no como un estudiante metido a obrero, sino de su clase, la clase de los eternamente derrotados, subclase, cimarrones.

El Jambo y sus amigos se fueron al pueblo a emborracharse. En el trasiego, pusieron de vuelta y media a Rafa, al Pertur, al Hiro-hito y a otros como ellos. La verdad es que Barrán había sido el más listo de todos, adelantado el despido por fin de obra les había pillado desprevenidos. La estrategia que Rafa tenía prevista para el caso, se había venido abajo. Ahora, todo quedaba reducido a que estaban despedidos ilegalmente, por supuesto, pero despedidos. Y por tanto, lo único que podía resarcirles un poco era la demanda que los abogados del despacho de la calle Atocha impusieran.

Pero eso le preocupaba muy poco a Barrán. Se había ido a Benidorm con su nueva secretaria, que al parecer, ahora tragaba, ya sin lagrimitas, contenta, también al parecer, de ir sentada a la derecha de Barrán en su haiga nacional. En casa contó una trola de una urbanización en la costa: que quería meterse a promotor. Cerró la oficina y se llevó a la secretaria. Estaba muy amable con ella, pues tras algunos llantos iniciales, la chica había cedido a los halagos y a los regalos, y se podía decir que ya eran amantes. Y además no tenía reparos en chupársela. Era la primera vez que Barrán conseguía esto de una no profesional. Y la cosa le ponía a cien. Todavía ella se apartaba antes del final, pero ya conseguiría él que tragara. Y es que a Barrán, gordo y muy entrado en la cincuentena, este método le parecía genial, se sentaba en la taza del váter de la oficina, la llamaba de la manera más soez posible y puesta la chica en cuclillas se dejaba hacer la faena. Y él con los ojos cerrados, y las más de las veces, únicamente posadas las manos sobre sus cabellos, dirigía la operación, como quién dirige un ferrari, con suavidad o con furor, según le viniera en gana. De vez en cuando se lo hacía por el método tradicional, si tenía un buen día. Y ni una sola vez se le había pasado por la imaginación qué ocurría con el placer de su compañera, a decir verdad, de nadie en la vida. Pero es que estas debilidades, no se llevaban en el 75.

Y en su cuidado Dodge nacional, y conduciendo con despreocupación rumbo al temprano Sol levantino, la sonrisa le afloraba al rostro al recordar la jugarreta que a medias con el amigo Sebastián les habían gastado a sus díscolos currantes. ¡Toma! Para que os enteréis de quién parte el bacalao todavía en España. ¡Gandules! Que queréis ganar sin trabajar. Pero con bueno habían ido a dar. Tengo yo más cojones que todos los de las Comisiones esas.

De Adela ni se acordaba, y si alguna vez lo hacía era para arrepentirse de no habérsela beneficiado. Y se imaginaba a su antigua secretaria en la misma postura que la nueva. Y eso le excitaba. Pero en fin, una que se fue.

En realidad, Adela no se había ido a ningún sitio. Allí en su casa seguía, y si cabe, en peor situación. La noche en que se descubrió a sí misma, tuvo un mal regreso a casa. Cuando Emilio vio su cara, supo que algo extraordinario le ocurría su mujer. No atinó, en ese instante, en la causa, pero si adivinó que era amenazador para él. Y lo que para el Jambo había significado una gozosa transformación, para Emilio resultó sombría, pues esa mirada exultante que su mujer traía en los ojos, no era la aureola de la noche fresca, que todos llevamos al entrar en casa, sino algo mucho más inquietante.

Tampoco Adela cayó en la cuenta de su opresiva, por mejorada, presencia física. El arrobo que sintió al ver a su marido, sentado en la salita, viendo la tele, y en batín, borró de un plumazo todo posible remordimiento. Esta sensación, que era pura insensatez, llevó a Adela a besar afablemente a su marido y hasta a abrazarle. Pero Emilio se tenso como una polea:

—¿De dónde vienes?

—Nada, de pasear... He estado pensando.

—Pues vaya horas, hija...

—He estado pensando en nosotros...

—¿Sí...?

—Sí. Anda, vamos al dormitorio.

Jamás a Emilio, ni de novios ni de casados, Adela le había hecho semejante proposición. Los mil timbres de alarma de todo marido en reposo, sonaron con estrépito en su cabeza. No obstante, guardó la calma:

—¿Ahora?

—Sí..., venga, anda.

La proposición de Adela era puro desatino. Auspiciada por una tarde de placer alocado, su cuerpo, pletórico de erotismo, quería, en este mismo momento, repetir, lo que horas atrás había sentido con un desconocido, pero ahora, en la tranquilidad de su dormitorio, con el hombre que amaba, y sin límites de ningún tipo. En su magín, la idea de que podía eternizarse en su gozo durante horas y horas, y con la persona de la que estaba enamorada desde joven, le impelía a lo que nunca se había atrevido a hacer: tomar la iniciativa.

Pero Emilio no estaba para gaitas. No se creía lo del paseo, no sabía dónde había estado ella zascandileando, y se sentía en cierto modo escandalizado por los vehementes deseos de su mujer:

—¡Déjame! ¡Y vete a hacer la cena!

Con semejante jarro de agua fría, Adela perdió todo su fuego. Unos momentos de indecisión durante los cuales sus miradas se cruzaron extrañadas, aun siendo tan conocidas. Después, ella, reponiéndose, se retiró a la cocina. Sólo era una tregua. Lo intentaría esta noche. Porque era una mujer que había descubierto el gozne que abría su cuerpo a la vida. Y ese cerrojo se encuentra entre las piernas de las hembras humanas. Pero por la noche, aún fue peor. Emilio rechazó todos sus intentos. Que estaba cansado, que no era el día, no era sábado, claro, y que no le hacía gracia que se lo exigiera así.

—¿Cómo así?

—No sé, no me parece de mujeres decentes.

Adela calló. Pese a que tenía respuesta. Una respuesta rabiosa que hubiera sido:

—¿Y te parece decente que lo hagamos cuando a ti te apetece, y que yo no me entere de nada?

Pero no lo dijo. Por contra, se acurrucó en su lado y con el ánimo por los suelos, dejó que sus pensamientos se desgranaran a su gusto. Se sentía como un niño el primer día de colegio después de Reyes. Tanto para gozar y no poder. Y en su recuerdo temprano apareció el Jambo, con su rabo encendido en carmesí apuntando al cielo, tieso como un poste de la luz y presto para entrar en su paraíso. Y sin poderlo evitar, su mano derecha bajo al paraíso, y lenta y quedamente comenzó a acariciarse, primero los labios mayores, luego más dentro y como por casualidad, su botón mágico, ese que siempre, hasta esa misma tarde, le había dejado desconcertada. Y poco a poco, sus caderas se tensaron y sus muslos apretaron su mano y cuando quiso darse cuenta estaba gritando.

Emilio dio la luz:

—¿Qué te pasa?

—Nada, nada, que estaba soñando.

[1]Testigo de algo. Aquí se usa como atento, que es otra de sus acepciones.

 [2]Casa.

 [3]Y le enseñó la navaja que llevaba en el bolsillo.

 [4]Mato.

 [5]Vigilar y avisar.