S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-18-

Una jornada de Acción Democrática.

El despacho de la calle Atocha era austero. Un tercer piso del número 55[1], típico de los del Madrid de antes de la guerra, de altos techos y amplias salas y de luces amarillas y tranquilizadoras. Las paredes estaban pintadas en tonos cálidos y suaves, y siempre había un rumor de fondo de los muchos currantes en litigio esperando turno. Para el Jambo y sus amigos, que ya algunas veces habían enredado por allí, el despacho era como un oasis en el desierto de cemento. Un espacio de libertad para decir lo que a uno le apeteciera, para comentar con cerebros privilegiados (a su entender), esto y aquello, y hasta para hacerse los obreristas con aquellos plumíferos a los que todo el mundo respetaba, y en el fondo adoraba.

Había varios y buenos abogados y abogadas. Jóvenes concienciados en su día en la Universidad, con veteranas experiencias y listos como ellos solos para colarse por los vericuetos legales de las paternalista legislación laboral del régimen, nunca pensada para una masa obrera en conflicto. Además, los jueces de la Magistratura de Trabajo tenían otro talante que el de sus primos del TOP, aunque también había cerriles, hogaño, ya ha mucho bautizados todos a la bendita democracia. En cualquier caso, Los Nacho, Javier, y compañía, a las órdenes de una abogada con nombre de lotera, no sólo defendían con éxito a los trabajadores de Madrid y sus cercanías, si no que en el fondo, pese a las reticencias de algunos líderes, diseñaban la estrategia de todas las movilizaciones obreras de la época, quizá, eso sí, con cierta tendencia a la lucha legal. Era grande la fama de este despacho, y a el acudían tanto obreros en conflicto de grandes empresas, como trabajadores de pequeños talleres, todos ellos sin más tarjeta de presentación que el boca a boca de una clase que estaba descubriendo que los patrones pagaban cuando el juez dictaba, su señoría catalizada por la facundia y el buen hacer de aquellos excelentes profesionales del despacho de Atocha. Sus honorarios eran escasos, un porcentaje si se ganaba, nada si se perdía. Mejor estímulo no podía haber. Pero ni aunque se hubieran perdido todos los casos, aquellos abogados, muchos de ellos asesinados en fatídica noche, tenían más conciencia social que la mayoría de sus clientes. No se dejaban las pestañas por dinero, se las dejaban por los pobres. Y no sólo llevaban causas laborales, también políticas. En definitiva, eran los abogados de Comisiones y del PCE de Madrid. Otros despachos de esforzados laboralistas, también había, pero ninguno tenía tanta y merecida fama.

El caso es que Rafa les había citado para que Nacho[2], un simpático hombrón, con la cabeza llena de pelo y una hermosa barba a punto a punto de ser bíblica, interpusiera denuncia contra Barrán SL, y si se terciaba, contra Malpisa. Nacho era un bromista impenitente, de ideas muy liberales y de muy brillante y jocosa manera de exponerlas. Pero en los juicios era como un buldog, lo que mordía no lo soltaba. Se hizo inmediatamente cargo de la demanda y luego que hubo oído las andanzas de sus clientes, de las que ya tenía alguna anterior referencia, tranquilizó a todos, asegurándoles que lo dejaran en sus manos. Con esta confianza, y ya relajados, el Jambo, Pepe el Carpanta y el Boty pasaron a palabras menores, vacilando al enrollado abogado en la medida de sus posibilidades, que no eran muchas, dadas las probadas artes oratorias del amigo Nacho. Pero, en cualquier caso, ellos se sentían allí importantes, ellos eran la materia prima del producto que allí se hacía.

Luego se echaron un pito en la sala de espera, donde uno podía saludar a los más duros luchadores de Madrid, del metal, del transporte, o incluso de la misma construcción. Y también, cruzar unas palabras con la viuda de Patiño, que trabajaba en el despacho. Eran tiempos felices en el despacho de Atocha. Años después vendrían los criminales a segar las vidas de los mejores que en el Partido había.

La calle estaba caliente. La Junta Democrática, tras muchas reuniones y deliberaciones, y sabiendo que estaba al caer una tardía imitación de los socialistas y algunos otros, tenía decididas y convocadas unas Jornadas de Acción Democrática para demostrar al gobierno de Arias, quién movía a las masas populares. Los tres amigos se citaron para el martes 3, dónde se organizarían las acciones para los dos días de lucha.

Al día siguiente, el Jambo, sin nada que hacer, ahora pertenecía al gremio de los despedidos, remoloneó por el piso, yendo de aquí para allá, intranquilo, pero sin saber realmente qué le pasaba. Una y otra vez, rechazaba la idea de darse una vuelta por el Retiro, y aunque la primavera estaba magnífica, no quería empezar tan pronto esta inveterada costumbre de patearse los jardines públicos, que en el fondo, todo parado sin remisión lleva en el alma, periódico bajo el sobaco, la vista larga (sobre las mozas), y una fuerte descomposición de la personalidad, suerte[3] del desocupado, sin otra coartada vivencial que un despido reciente. José Luis, curraba, Agustín también, así que solateras, paseó, es un decir, de habitación en habitación, como un tigre enjaulado. Vino a su mente la figura de Adela y también la de Mari Carmen. Y una poca de desazón le entró. Una por la izquierda y otra por la derecha, ambas le habían mandado al carajo. Qué poco me dura la carne en las manos, se dijo con pesadumbre. ¡Claro! Qué rayos puedo yo ofrecer a una tía. A la tonta de Adela, nada, ella salió corriendo a enseñarle a su marido el milagro de su entrepierna por obra y gracia de un don nadie, eso sí, de rabo tieso y acerado. Y a la otra, la "independiente", menuda feminista esta hecha. No quiere ataduras, y menos con un tipo como yo. Y para terminarlo de arreglar, era incapaz de organizar su propia clandestinidad. En evidente peligro de ser detenido, por culpa del Pequeño y su amigo el imbécil de Alberto, nada podía hacer por evitarlo. ¿Dónde podía ir? Al no pertenecer a ningún partido, tenía que componérselas solo. Y el Jambo no era de los que pedían ayuda, ni para eso ni para ninguna otra cosa. Toda una infancia y su siguiente adolescencia de apáñatelas como puedas, avalaban esta afirmación. Es que no sabía pedir ayuda. Nunca había aprendido. Y lo que en horas buenas era estupendo, en horas malas como las que barruntaba, era desolador. Estoy más solo que la una, se dijo. Vendrán a por mí y me pillaran...

Salió dando un portazo. En la calle respiró mejor. La Avenida estaba muy concurrida. Las mujeres hacían la compra, los coches atronaban, los viejos se sentaban en los bancos con la camisa, recién planchada por la nuera, abotonada hasta el cuello. Vio carteles de la Junta anunciando las movilizaciones, y pintadas, cientos de ellas. ¡Coño!, se dijo, yo podía estar colaborando ahora, ¡vaya organización! Una pareja de grises con metralletas paseaba por el bulevar, ¡Ondia!, lo mismo hay coloqueta. Pero no, los camellos iban a lo suyo. Sí, esto de la guerra no va con ellos. ¡Putas drogas! Lo primero que te hacen es quitarte todas las ideas. A mí, como a cualquier otro. No te dejan tomar conciencia. Eso es. Estos críos que vienen detrás de nosotros, prueban antes los canutos y cosas peores que cualquier otra cosa. Luego ya no hay solución. Desde luego, no pienso fumar más canutos, me dispersan...

El Martes acudió temprano a la cita, era en ca Benito, un jubilado del Partido. El Maca les repartió por parejas y por zonas. Les entoligó un buen tocho de carteles y de octavillas, los primeros para pegar y las segundas para buzonear. El Jambo odiaba las buzonadas. Era el trabajo más aburrido del mundo. Con Pepe como compañero y ambos renegando cogieron el metro pues le había tocado la zona de Goya y Retiro.

—¿Como va lo tuyo, chaval? —le preguntó.

—No tienen huevos de venir por mí menda —dijo, en alusión a los hermanos de su novia.

—Bueno... Me refería a lo otro.

—Lo va a tener.

—¿Sí?

—¿Quieres ser mi padrino de boda?

El Jambo quedó perplejo. Lo último que se hubiera esperado de su amigo Pepe, el soltero entre los solteros:

—¿Lo dices en serio?

—La July habló con mi viejo —Y al decir esto, los ojos de Pepe perdieron fuerza. Miraron lejos, a un incierto futuro perdido en la infinitud de la gris Vallecas. Negro reflejo del tiempo nunca detenido en el barrio más grande de Madrid, calándose ahora con fuerza en los fieros huesos del carpintero mas valiente del barrio rojo. La historia de siempre. La implacable realidad de la no deseada descendencia agarrada a los cojones de un lejano pero legítimo placer.

—¡Joder! —Se asustó el Jambo.

—Está todo arreglado. Para el verano, ya sabes.

Y Pepe perdía su tono de voz barriobajero, su acento chipé, para hablar ahora, como lo que era, un joven con problemas, hijo de emigrante y pobre, listo para casarse de penalty. Sin acento ninguno, con tonos del alma dolida, de nada, de nadie. Sin lengua. Y todo por un día que quizá gozó con la July, que estaba seca de ternura y con tanta gana de ella.

—¿Y ya tienes un hueco?

—Estoy en ello. Pero lo peor no es eso, tronco, es que la July me pide que deje la política.

Como martillazos, las palabras de Pepe hirieron la piel del Jambo. ¡Eso no era posible! Si Pepe dejaba la guerra, él quedaría un poco más solo entre la tierra, los descoloridos ladrillos vallecanos y el plomizo cielo de los afanes madrileños. Buscó el Jambo una respuesta convincente, de las que a veces tenía el Rubio. Pero no tuvo que estrujarse el magín, la que dio le salió del alma:

—Pero, Pepe, nosotros sin la guerra no somos nada. Simples currantes como hay millones.

Y el carpintero recobró como por ensalmo, su fuerza, su ira. La tensa mirada de los que habitaban el culo del mundo.

—¡Ya lo sé! —Gritó.

Y se miraron a lo ojos. Ambos desolados. Y el Jambo volvió a tirar de su repertorio de máximas al uso:

—¿Sí? Pues acuérdate de lo que dice el Agustín: ¿qué le vas a dejar a tu hijo, la espuerta con las herramientas?

Pepe se detuvo en su caminar. Posó la bolsa de deportes y sin levantar la vista, terminó por caer derrotado, pues pese a la ira que le roía las tripas, confesó su penar:

—Estoy jodido, tronco. Cada día le pego más al peta, y más todavía al trinqui.

—¡No me fastidies, Pepe! Tú eres para mí un ejemplo. No te rindas. Sal de naja si es preciso, pero apechuga.

—¿Y qué quieres, que la deje tirada, con la barriga?

—¡Me cago en la hostia, Pepe! ¿Es que para tener un hijo en este país, hay que dejarlo todo...?

—¡Que no lo voy a dejar! Pase lo del casorio, pero para dejar yo la política me tienen que matar, tronco.

Los feos dientes del Jambo, pocas veces al aire, salieron está vez en una cuajada sonrisa, que de haber pasado por un dentista, hubiera sido hermosa.

—Así me gusta. Este es mi Pepe. Venga vamos para la faena.

Como dos imbéciles, se dieron cuenta de que no llevaban cola para los carteles. Pensaron en comprarla.

—Paso de cola, colega —dijo Pepe—. Compra papel de celo.

Al final compraron esparadrapo, que entendieron sujetaría mejor los carteles que eran de tamaño folio y a dos tintas, roja y negra.

Los iban pegando cada veinte o treinta metros. Pepe llevaba una bolsa de deportes con un millar de panfletos. Cada vez que pegaba un cartel la dejaba en el suelo, y al Jambo le intranquilizaba, o quizá le remordía. Estaban dejando para el final la buzonada, ninguno de los dos quería hacerla.

En el pasadizo de Doctor Ezquerdo una pandilla de jovenzuelos les increpó. Fachas en ciernes. Iban detrás de ellos arrancando los cárteles.

—¡Me cago en su madre! —graznó Pepe—. ¡Vamos a partirles la cara!

Y sonaron en sus cabezas, airados himnos a ritmo de tambores de guerra, puro rock vallecano de la mala hostia. ¡Aquellos hijos de puta! ¡Guerra!

—¡Vamos!

Los cachorros de Guerrilleros de Cristo Rey, eran seis. Formaban una intrépida banda (a su parecer), que tenía aterrorizados a todos los mozalbetes de su misma edad, desde Ibiza a la Cuesta Moyano, pasando por el Retiro. En sus razias, no sólo buscaban exterminar la canalla comunista, también hacían cosas más divertidas, como tocarles el pecho a las jovencitas progres y humillar a sus amigos. Últimamente también les quitaban el dinero, los relojes, etc... Se lo pasaban muy bien con esto de la vigilancia espiritual de la Reserva Ídem de Occidente. Hasta la presente, nunca nadie les había hecho frente, incluso rojeras hechos y derechos habían tenido que arrugarse ante el sorpresivo y bien coordinado ataque que desplegaban. Sus progenitores y hermanos mayores, militares, abogados de prestigio, notarios de mucho más aún, estaban muy orgullosos de ellos. En medios policiales se les conocía con el sobrenombre de "La banda de Ibiza", y había en el cuerpo encontrados sentimientos a este respecto, desde los que los despreciaban (cada vez más), hasta los que los consideraban, a modo de las legiones romanas, como excelentes auxiliares. Algunas denuncias les habían caído, pero en la comisaría del distrito nunca prosperaban. ¡Coño! Si hasta un familiar de uno de ellos era un reconocido juez del TOP.

En fin, todo estaba preparado para otra victoriosa hazaña, en vísperas de unos días que militarmente hablando eran considerados en los Estados Mayores como Estado de Guerra Psicológica. Allí estaban dos pringados pegando cartelitos comunistas. Ahora iban a ir a por ellos y los iban a moler a palos. Y así, sacaron sus bates y sus nunchakus[4], sus puños de hierro y otras impedimentas de las bandas de la porra.

Empero, había un detalle que los cachorrillos de azul no apreciaron debidamente. Un detalle aparentemente sin importancia, pero que puesto en manos de los dos vallecanos, era pura dinamita. Ambos estaban rabiosos, tenían ganas de pagarla con alguien, querían bronca. Esa bronca bizarra y dramática, que siempre está engatillada y alerta en los pobladores de los barrios bajos de las grandes ciudades españolas. Una bronca, nada divertida, y que tamañas las veces, acaba en sangre.

Cuando los jóvenes fachas vieron acercarse a paso ligero, gritando quién sabe qué, a aquellos tipos de tan mala catadura, tuvieron un primer indicio de que aquello no iba a ser tan divertido como otras veces, y cuando ya a corta distancia, vieron la albaceteña que Pepe blandía, la sangre se les heló en las venas, y sintieron como todo ciudadano de buena familia, el pánico cerval de las gentes bien criadas a las armas blancas, al baldeo.

A seis metros de distancia, tres salieron corriendo. A cuatro metros, otros dos les imitaron, y a dos metros, el cabecilla, salvando el honor, les arrojó el bate y huyó como alma en pena. 

Nada pasó entonces, y el Jambo y Pepe se limitaron a vocear y a dar vivas, como acostumbraban en estas lides. E incluso recogieron el botín, bates y nunchakus, artefacto que, por cierto, el Jambo manejaba con cierta destreza.

 —¡Joder, qué cojonudos estos bates! —dijo Pepe—. Si los hubiéramos tenido el Primero de Mayo... —Y los entoligó para la bolsa, donde quedaban ridículos, en aquella humilde bolsa de deportes, con el anagrama de Iberia, y con las asas de los bates saliendo al aire, como queriendo aparentar ser jugadores de béisbol. ¡Aquellos dos!

Pepe, resoplando por la carrera, hizo lo propio en estos menesteres: sacar un celtas.

—Dame lumbre, tronco, que en todos los trabajos se fuma —dijo.

El Jambo, menos templado que su amigo, miró a todas partes antes de prender el cigarro:

—Venga, que vamos a echar aquí toda la mañana.

—Tranqui, mucharó, ¿quieres un truja? —La chipé había vuelto al escenario.

—No, que tengo la boca seca. —Le respondió su amigo. Y siguió:

—¿Oye Pepe, tú siempre vas fajao? —Le preguntó, escamado de la cheira que últimamente lucía su amigo.

—No. Sólo desde que los lacorros[5] de la July me buscaban las cosquillas. Pero ahora me mola.

—Pues como te trinque la pasma, te van a marar a palos.

—Riesgos que uno corre en la vida. Pero fíjate, tronco, lo dabuti que nos ha venido acoqui[6].

—Chachi. Pero venga, vámonos.

En la esquina de Alcalá con Jorge Juan, la desmoralizada "banda de la calle Ibiza", se juramentó para que nadie jamás de los jamases supiera del vergonzoso incidente. No fue así, pues tiempo después, uno de ellos se lo contó a una piba, que no era tan facha, que se lo contó a otras gentes. Con el tiempo pasaron a mayores "proezas" siempre bien armados y siempre en tropel, en organizaciones más serias y mucho más criminales, y un par de ellos se vieron envueltos en el asesinato de una estudiante, ya en la transición, y hubieron de emigrar a Centroamérica, donde al cabecilla lo secuestró el FLFM. ¡Bien por el Frente!

A mediodía se despidieron, la buzonada, mal que bien, más bien mal, pues llegaban a meter hasta diez octavillas en cada buzón, uno para cada menda de la familia, decía Pepe, les dejó exhaustos y con el gaznate seco, pero no podía ser, Pepe tenía que acompañar a su novia al médico. De modo que se despidieron en la Glorieta del Conde de Casal. El carpintero se llevó la bolsa con el botín. El Jambo, al que restaban medio centenar de carteles y que llevaba en la tripa, se encaminó a Vallecas con una grata sensación de deber cumplido. Desde luego, se decía, con Pepe, uno siempre sale bien de cualquier trance.

En la esquina de Monte Igueldo con Martínez de la Riva, alguien le cogió del brazo. Al volverse, un fornido secreta le empujó contra la fachada, con fuerza, maña y autoridad. Todo fue muy rápido y la sorpresa paralizó al Jambo. Para más inri, el secreta había llamado antes de prenderle a un gris que por allí pasaba, y sin más explicaciones y entre los dos, le metieron en un portal, y mientras el guardia le vigilaba en el dintel, el social fue a una cabina para llamar al patrulla.

—¿Qué has hecho, chaval? —le preguntó el gris. Un venerable guardia entrado en canas y con una característica cara de padre de familia español.

Pero el Jambo no estaba para preguntas ni para observaciones sobre las caras de los guardias. Una y otra vez se maldecía por su falta de reacción. No hacía una semana, en la chabola, había sabido librarse de dos, dos maderos, gansos como ellos solos. Y ahora, cuando menos se lo esperaba, salía un social, de quién coño sabe dónde y le trincaba de la forma más fácil del mundo. Estaba perdido. Lo que tanto temía, había llegado. Y tragó saliva y las palmas se le humedecieron.

[1]El más famoso despacho de abogados de CC.OO.

 [2]Nacho fue quien llamó a la puerta del despacho recién acontecida la matanza. Solía llegar tarde a sus citas. En esta ocasión, su tardanza le salvó la vida.

 [3]Síndrome, decimos ahora con pedantería.

 [4]Artefacto compuesto de dos palos unidos por una cadena de hierro, propio de las artes marciales chinas y muy querido por todos los fachas. Más espectacular que efectivo.

 [5]Hijos, descendientes. Ocurre que Pepe lo usa mal.

 [6]De Acoi, aquí.