¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-18- Una jornada
de Acción Democrática. |
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El
despacho de la calle Atocha era austero. Un tercer piso del número
55[1],
típico de los del Madrid de antes de la guerra, de altos techos
y amplias salas y de luces amarillas y tranquilizadoras. Las
paredes estaban pintadas en tonos cálidos y suaves, y siempre
había un rumor de fondo de los muchos currantes en litigio
esperando turno. Para el Jambo y sus amigos, que ya algunas
veces habían enredado por allí, el despacho era como un oasis
en el desierto de cemento. Un espacio de libertad para decir lo
que a uno le apeteciera, para comentar con cerebros
privilegiados (a su entender), esto y aquello, y hasta para
hacerse los obreristas con aquellos plumíferos a los que todo
el mundo respetaba, y en el fondo adoraba.
Había
varios y buenos abogados y abogadas. Jóvenes concienciados en
su día en la Universidad, con veteranas experiencias y listos
como ellos solos para colarse por los vericuetos legales de las
paternalista legislación laboral del régimen, nunca pensada
para una masa obrera en conflicto. Además, los jueces de la
Magistratura de Trabajo tenían otro talante que el de sus
primos del TOP, aunque también había cerriles, hogaño, ya ha
mucho bautizados todos a la bendita democracia. En cualquier
caso, Los Nacho, Javier, y compañía, a las órdenes de una
abogada con nombre de lotera, no sólo defendían con éxito a
los trabajadores de Madrid y sus cercanías, si no que en el
fondo, pese a las reticencias de algunos líderes, diseñaban la
estrategia de todas las movilizaciones obreras de la época,
quizá, eso sí, con cierta tendencia a la lucha legal. Era
grande la fama de este despacho, y a el acudían tanto obreros
en conflicto de grandes empresas, como trabajadores de pequeños
talleres, todos ellos sin más tarjeta de presentación que el
boca a boca de una clase que estaba descubriendo que los
patrones pagaban cuando el juez dictaba, su señoría catalizada
por la facundia y el buen hacer de aquellos excelentes
profesionales del despacho de Atocha. Sus honorarios eran
escasos, un porcentaje si se ganaba, nada si se perdía. Mejor
estímulo no podía haber. Pero ni aunque se hubieran perdido
todos los casos, aquellos abogados, muchos de ellos asesinados
en fatídica noche, tenían más conciencia social que la mayoría
de sus clientes. No se dejaban las pestañas por dinero, se las
dejaban por los pobres. Y no sólo llevaban causas laborales,
también políticas. En definitiva, eran los abogados de
Comisiones y del PCE de Madrid. Otros despachos de esforzados
laboralistas, también había, pero ninguno tenía tanta y
merecida fama.
El
caso es que Rafa les había citado para que Nacho[2],
un simpático hombrón, con la cabeza llena de pelo y una
hermosa barba a punto a punto de ser bíblica, interpusiera
denuncia contra Barrán SL, y si se terciaba, contra Malpisa.
Nacho era un bromista impenitente, de ideas muy liberales y de
muy brillante y jocosa manera de exponerlas. Pero en los juicios
era como un buldog, lo que mordía no lo soltaba. Se hizo
inmediatamente cargo de la demanda y luego que hubo oído las
andanzas de sus clientes, de las que ya tenía alguna anterior
referencia, tranquilizó a todos, asegurándoles que lo dejaran
en sus manos. Con esta confianza, y ya relajados, el Jambo, Pepe
el Carpanta y el Boty pasaron a palabras menores, vacilando al
enrollado abogado en la medida de sus posibilidades, que no eran
muchas, dadas las probadas artes oratorias del amigo Nacho.
Pero, en cualquier caso, ellos se sentían allí importantes,
ellos eran la materia prima del producto que allí se hacía.
Luego
se echaron un pito en la sala de espera, donde uno podía
saludar a los más duros luchadores de Madrid, del metal, del
transporte, o incluso de la misma construcción. Y también,
cruzar unas palabras con la viuda de Patiño, que trabajaba en
el despacho. Eran tiempos felices en el despacho de Atocha. Años
después vendrían los criminales a segar las vidas de los
mejores que en el Partido había.
La
calle estaba caliente. La Junta Democrática, tras muchas
reuniones y deliberaciones, y sabiendo que estaba al caer una
tardía imitación de los socialistas y algunos otros, tenía
decididas y convocadas unas Jornadas de Acción Democrática
para demostrar al gobierno de Arias, quién movía a las masas
populares. Los tres amigos se citaron para el martes 3, dónde
se organizarían las acciones para los dos días de lucha.
Al
día siguiente, el Jambo, sin nada que hacer, ahora pertenecía
al gremio de los despedidos, remoloneó por el piso, yendo de
aquí para allá, intranquilo, pero sin saber realmente qué le
pasaba. Una y otra vez, rechazaba la idea de darse una vuelta
por el Retiro, y aunque la primavera estaba magnífica, no quería
empezar tan pronto esta inveterada costumbre de patearse los
jardines públicos, que en el fondo, todo parado sin remisión
lleva en el alma, periódico bajo el sobaco, la vista larga
(sobre las mozas), y una fuerte descomposición de la
personalidad, suerte[3]
del desocupado, sin otra coartada vivencial que un despido
reciente. José Luis, curraba, Agustín también, así que
solateras, paseó, es un decir, de habitación en habitación,
como un tigre enjaulado. Vino a su mente la figura de Adela y
también la de Mari Carmen. Y una poca de desazón le entró.
Una por la izquierda y otra por la derecha, ambas le habían
mandado al carajo. Qué poco me dura la carne en las manos, se
dijo con pesadumbre. ¡Claro! Qué rayos puedo yo ofrecer a una
tía. A la tonta de Adela, nada, ella salió corriendo a enseñarle
a su marido el milagro de su entrepierna por obra y gracia de un
don nadie, eso sí, de rabo tieso y acerado. Y a la otra, la
"independiente", menuda feminista esta hecha. No
quiere ataduras, y menos con un tipo como yo. Y para terminarlo
de arreglar, era incapaz de organizar su propia clandestinidad.
En evidente peligro de ser detenido, por culpa del Pequeño y su
amigo el imbécil de Alberto, nada podía hacer por evitarlo. ¿Dónde
podía ir? Al no pertenecer a ningún partido, tenía que componérselas
solo. Y el Jambo no era de los que pedían ayuda, ni para eso ni
para ninguna otra cosa. Toda una infancia y su siguiente
adolescencia de apáñatelas como puedas, avalaban esta afirmación.
Es que no sabía pedir ayuda. Nunca había aprendido. Y lo que
en horas buenas era estupendo, en horas malas como las que
barruntaba, era desolador. Estoy más solo que la una, se dijo.
Vendrán a por mí y me pillaran... |
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Salió
dando un portazo. En la calle respiró mejor. La Avenida estaba
muy concurrida. Las mujeres hacían la compra, los coches
atronaban, los viejos se sentaban en los bancos con la camisa,
recién planchada por la nuera, abotonada hasta el cuello. Vio
carteles de la Junta anunciando las movilizaciones, y pintadas,
cientos de ellas. ¡Coño!, se dijo, yo podía estar colaborando
ahora, ¡vaya organización! Una pareja de grises con
metralletas paseaba por el bulevar, ¡Ondia!, lo mismo hay
coloqueta. Pero no, los camellos iban a lo suyo. Sí, esto de la
guerra no va con ellos. ¡Putas drogas! Lo primero que te hacen
es quitarte todas las ideas. A mí, como a cualquier otro. No te
dejan tomar conciencia. Eso es. Estos críos que vienen detrás
de nosotros, prueban antes los canutos y cosas peores que
cualquier otra cosa. Luego ya no hay solución. Desde luego, no
pienso fumar más canutos, me dispersan...
El
Martes acudió temprano a la cita, era en ca Benito, un jubilado
del Partido. El Maca les repartió por parejas y por zonas. Les
entoligó un buen tocho de carteles y de octavillas, los
primeros para pegar y las segundas para buzonear. El Jambo
odiaba las buzonadas. Era el trabajo más aburrido del mundo.
Con Pepe como compañero y ambos renegando cogieron el metro
pues le había tocado la zona de Goya y Retiro.
—¿Como
va lo tuyo, chaval? —le preguntó.
—No
tienen huevos de venir por mí menda —dijo, en alusión a los
hermanos de su novia.
—Bueno...
Me refería a lo otro.
—Lo
va a tener.
—¿Sí?
—¿Quieres
ser mi padrino de boda?
El
Jambo quedó perplejo. Lo último que se hubiera esperado de su
amigo Pepe, el soltero entre los solteros:
—¿Lo
dices en serio?
—La
July habló con mi viejo —Y al decir esto, los ojos de Pepe
perdieron fuerza. Miraron lejos, a un incierto futuro perdido en
la infinitud de la gris Vallecas. Negro reflejo del tiempo nunca
detenido en el barrio más grande de Madrid, calándose ahora
con fuerza en los fieros huesos del carpintero mas valiente del
barrio rojo. La historia de siempre. La implacable realidad de
la no deseada descendencia agarrada a los cojones de un lejano
pero legítimo placer.
—¡Joder!
—Se asustó el Jambo.
—Está
todo arreglado. Para el verano, ya sabes.
Y
Pepe perdía su tono de voz barriobajero, su acento chipé, para
hablar ahora, como lo que era, un joven con problemas, hijo de
emigrante y pobre, listo para casarse de penalty. Sin acento
ninguno, con tonos del alma dolida, de nada, de nadie. Sin
lengua. Y todo por un día que quizá gozó con la July, que
estaba seca de ternura y con tanta gana de ella.
—¿Y
ya tienes un hueco?
—Estoy
en ello. Pero lo peor no es eso, tronco, es que la July me pide
que deje la política.
Como
martillazos, las palabras de Pepe hirieron la piel del Jambo. ¡Eso
no era posible! Si Pepe dejaba la guerra, él quedaría un poco
más solo entre la tierra, los descoloridos ladrillos vallecanos
y el plomizo cielo de los afanes madrileños. Buscó el Jambo
una respuesta convincente, de las que a veces tenía el Rubio.
Pero no tuvo que estrujarse el magín, la que dio le salió del
alma:
—Pero,
Pepe, nosotros sin la guerra no somos nada. Simples currantes
como hay millones.
Y
el carpintero recobró como por ensalmo, su fuerza, su ira. La
tensa mirada de los que habitaban el culo del mundo.
—¡Ya
lo sé! —Gritó.
Y
se miraron a lo ojos. Ambos desolados. Y el Jambo volvió a
tirar de su repertorio de máximas al uso:
—¿Sí?
Pues acuérdate de lo que dice el Agustín: ¿qué le vas a
dejar a tu hijo, la espuerta con las herramientas?
Pepe
se detuvo en su caminar. Posó la bolsa de deportes y sin
levantar la vista, terminó por caer derrotado, pues pese a la
ira que le roía las tripas, confesó su penar:
—Estoy
jodido, tronco. Cada día le pego más al peta, y más todavía
al trinqui. |
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—¡No
me fastidies, Pepe! Tú eres para mí un ejemplo. No te rindas.
Sal de naja si es preciso, pero apechuga.
—¿Y
qué quieres, que la deje tirada, con la barriga?
—¡Me
cago en la hostia, Pepe! ¿Es que para tener un hijo en este país,
hay que dejarlo todo...?
—¡Que
no lo voy a dejar! Pase lo del casorio, pero para dejar yo la
política me tienen que matar, tronco.
Los
feos dientes del Jambo, pocas veces al aire, salieron está vez
en una cuajada sonrisa, que de haber pasado por un dentista,
hubiera sido hermosa.
—Así
me gusta. Este es mi Pepe. Venga vamos para la faena.
Como
dos imbéciles, se dieron cuenta de que no llevaban cola para
los carteles. Pensaron en comprarla.
—Paso
de cola, colega —dijo Pepe—. Compra papel de celo.
Al
final compraron esparadrapo, que entendieron sujetaría mejor
los carteles que eran de tamaño folio y a dos tintas, roja y
negra.
Los
iban pegando cada veinte o treinta metros. Pepe llevaba una
bolsa de deportes con un millar de panfletos. Cada vez que
pegaba un cartel la dejaba en el suelo, y al Jambo le
intranquilizaba, o quizá le remordía. Estaban dejando para el
final la buzonada, ninguno de los dos quería hacerla.
En
el pasadizo de Doctor Ezquerdo una pandilla de jovenzuelos les
increpó. Fachas en ciernes. Iban detrás de ellos arrancando
los cárteles.
—¡Me
cago en su madre! —graznó Pepe—. ¡Vamos a partirles la
cara!
Y
sonaron en sus cabezas, airados himnos a ritmo de tambores de
guerra, puro rock vallecano de la mala hostia. ¡Aquellos hijos
de puta! ¡Guerra!
—¡Vamos!
Los
cachorros de Guerrilleros de Cristo Rey, eran seis. Formaban una
intrépida banda (a su parecer), que tenía aterrorizados a
todos los mozalbetes de su misma edad, desde Ibiza a la Cuesta
Moyano, pasando por el Retiro. En sus razias, no sólo buscaban
exterminar la canalla comunista, también hacían cosas más
divertidas, como tocarles el pecho a las jovencitas progres y
humillar a sus amigos. Últimamente también les quitaban el
dinero, los relojes, etc... Se lo pasaban muy bien con esto de
la vigilancia espiritual de la Reserva Ídem de Occidente. Hasta
la presente, nunca nadie les había hecho frente, incluso
rojeras hechos y derechos habían tenido que arrugarse ante el
sorpresivo y bien coordinado ataque que desplegaban. Sus
progenitores y hermanos mayores, militares, abogados de
prestigio, notarios de mucho más aún, estaban muy orgullosos
de ellos. En medios policiales se les conocía con el
sobrenombre de "La banda de Ibiza", y había en el
cuerpo encontrados sentimientos a este respecto, desde los que
los despreciaban (cada vez más), hasta los que los
consideraban, a modo de las legiones romanas, como excelentes
auxiliares. Algunas denuncias les habían caído, pero en la
comisaría del distrito nunca prosperaban. ¡Coño! Si hasta un
familiar de uno de ellos era un reconocido juez del TOP.
En
fin, todo estaba preparado para otra victoriosa hazaña, en vísperas
de unos días que militarmente hablando eran considerados en los
Estados Mayores como Estado de Guerra Psicológica. Allí
estaban dos pringados pegando cartelitos comunistas. Ahora iban
a ir a por ellos y los iban a moler a palos. Y así, sacaron sus
bates y sus nunchakus[4],
sus puños de hierro y otras impedimentas de las bandas de la
porra.
Empero,
había un detalle que los cachorrillos de azul no apreciaron
debidamente. Un detalle aparentemente sin importancia, pero que
puesto en manos de los dos vallecanos, era pura dinamita. Ambos
estaban rabiosos, tenían ganas de pagarla con alguien, querían
bronca. Esa bronca bizarra y dramática, que siempre está
engatillada y alerta en los pobladores de los barrios bajos de
las grandes ciudades españolas. Una bronca, nada divertida, y
que tamañas las veces, acaba en sangre.
Cuando
los jóvenes fachas vieron acercarse a paso ligero, gritando quién
sabe qué, a aquellos tipos de tan mala catadura, tuvieron un
primer indicio de que aquello no iba a ser tan divertido como
otras veces, y cuando ya a corta distancia, vieron la albaceteña
que Pepe blandía, la sangre se les heló en las venas, y
sintieron como todo ciudadano de buena familia, el pánico
cerval de las gentes bien criadas a las armas blancas, al
baldeo.
A
seis metros de distancia, tres salieron corriendo. A cuatro
metros, otros dos les imitaron, y a dos metros, el cabecilla,
salvando el honor, les arrojó el bate y huyó como alma en
pena. |
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Nada
pasó entonces, y el Jambo y Pepe se limitaron a vocear y a dar
vivas, como acostumbraban en estas lides. E incluso recogieron
el botín, bates y nunchakus, artefacto que, por cierto, el
Jambo manejaba con cierta destreza.
—¡Joder,
qué cojonudos estos bates! —dijo Pepe—. Si los hubiéramos
tenido el Primero de Mayo... —Y los entoligó para la bolsa,
donde quedaban ridículos, en aquella humilde bolsa de deportes,
con el anagrama de Iberia, y con las asas de los bates saliendo
al aire, como queriendo aparentar ser jugadores de béisbol. ¡Aquellos
dos!
Pepe,
resoplando por la carrera, hizo lo propio en estos menesteres:
sacar un celtas.
—Dame
lumbre, tronco, que en todos los trabajos se fuma —dijo.
El
Jambo, menos templado que su amigo, miró a todas partes antes
de prender el cigarro:
—Venga,
que vamos a echar aquí toda la mañana.
—Tranqui,
mucharó, ¿quieres un truja? —La chipé había vuelto al
escenario.
—No,
que tengo la boca seca. —Le respondió su amigo. Y siguió:
—¿Oye
Pepe, tú siempre vas fajao? —Le preguntó, escamado de la
cheira que últimamente lucía su amigo.
—No.
Sólo desde que los lacorros[5]
de la July me buscaban las cosquillas. Pero ahora me mola.
—Pues
como te trinque la pasma, te van a marar a palos.
—Riesgos
que uno corre en la vida. Pero fíjate, tronco, lo dabuti que
nos ha venido acoqui[6].
—Chachi.
Pero venga, vámonos.
En
la esquina de Alcalá con Jorge Juan, la desmoralizada
"banda de la calle Ibiza", se juramentó para que
nadie jamás de los jamases supiera del vergonzoso incidente. No
fue así, pues tiempo después, uno de ellos se lo contó a una
piba, que no era tan facha, que se lo contó a otras gentes. Con
el tiempo pasaron a mayores "proezas" siempre bien
armados y siempre en tropel, en organizaciones más serias y
mucho más criminales, y un par de ellos se vieron envueltos en
el asesinato de una estudiante, ya en la transición, y hubieron
de emigrar a Centroamérica, donde al cabecilla lo secuestró el
FLFM. ¡Bien por el Frente!
A
mediodía se despidieron, la buzonada, mal que bien, más bien
mal, pues llegaban a meter hasta diez octavillas en cada buzón,
uno para cada menda de la familia, decía Pepe, les dejó
exhaustos y con el gaznate seco, pero no podía ser, Pepe tenía
que acompañar a su novia al médico. De modo que se despidieron
en la Glorieta del Conde de Casal. El carpintero se llevó la
bolsa con el botín. El Jambo, al que restaban medio centenar de
carteles y que llevaba en la tripa, se encaminó a Vallecas con
una grata sensación de deber cumplido. Desde luego, se decía,
con Pepe, uno siempre sale bien de cualquier trance.
En
la esquina de Monte Igueldo con Martínez de la Riva, alguien le
cogió del brazo. Al volverse, un fornido secreta le empujó
contra la fachada, con fuerza, maña y autoridad. Todo fue muy rápido
y la sorpresa paralizó al Jambo. Para más inri, el secreta había
llamado antes de prenderle a un gris que por allí pasaba, y sin
más explicaciones y entre los dos, le metieron en un portal, y
mientras el guardia le vigilaba en el dintel, el social fue a
una cabina para llamar al patrulla.
—¿Qué
has hecho, chaval? —le preguntó el gris. Un venerable guardia
entrado en canas y con una característica cara de padre de
familia español.
Pero
el Jambo no estaba para preguntas ni para observaciones sobre
las caras de los guardias. Una y otra vez se maldecía por su
falta de reacción. No hacía una semana, en la chabola, había
sabido librarse de dos, dos maderos, gansos como ellos solos. Y
ahora, cuando menos se lo esperaba, salía un social, de quién
coño sabe dónde y le trincaba de la forma más fácil del
mundo. Estaba perdido. Lo que tanto temía, había llegado. Y
tragó saliva y las palmas se le humedecieron.
[1]El
más famoso despacho de abogados de CC.OO.
[2]Nacho
fue quien llamó a la puerta del despacho recién acontecida
la matanza. Solía llegar tarde a sus citas. En esta ocasión,
su tardanza le salvó la vida.
[3]Síndrome,
decimos ahora con pedantería.
[4]Artefacto
compuesto de dos palos unidos por una cadena de hierro,
propio de las artes marciales chinas y muy querido por todos
los fachas. Más espectacular que efectivo.
[5]Hijos,
descendientes. Ocurre que Pepe lo usa mal.
[6]De
Acoi, aquí. |