S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-19-

Cuartel de Pontejos.

El social regresó. Era un tipo de mediana estatura, de anchos hombros y manos robustas. Llevaba un espléndido bigote en una cara rebosante de energía y de salud.

—Saca todo lo que tengas en los bolsillos —le ordenó.

Con cierta lentitud, el Jambo sacó las llaves, las monedas, el tabaco, el mechero y nada más.

—Los bolsillos de atrás también —insistió el social.

Al hacer el ademán se le vio al policía la pipa en la sobaquera, que llevaba debajo de la cazadora de tela marrón.

En el bolsillo de atrás, el Jambo solamente llevaba la cartera, el madero, se la quedó:

—Guarda el resto y date la vuelta.

Una vez esposado, el Social le indicó que se sentara en los escalones del portal. El Zeta tardaba lo suyo. Nadie hablaba. El Jambo hubo de levantarse para que pasara una vieja que iba para la compra, quien se agitó muchísimo al verlos.

—No pasa nada, señora, salga usted —dijo amablemente el guardia.

El social se asomaba a la calle para ver si venía el coche patrulla. En una de ellas regresó con dos grises más:

—Ya se puede usted ir —le dijo al policía de las canas. Y a los otros recién llegados:

—¡Venga, lleváoslo!

Al atravesar la calle, la gente se les quedó mirando, unos con disimulo, otros con ira, los más con indiferencia. Todos sabían lo que pasaba, o política o drogas, probablemente drogas, pensaron, dada la catadura del detenido.

El Jambo caminaba en dirección al coche mirando al infinito. No era consciente en ese momento de que no volvería a respirar el aire libre en mucho tiempo. En su cerebro, todas y cada una de sus neuronas buscaban soluciones. ¿Era casual su detención y le habría seguido el poli durante la buzonada, o poniendo carteles? ¿Le tenían vigilado por el asunto del Pequeño? En cualquier caso, se le iba a caer el pelo, con los carteles que llevaba en la tripa. Y de seguro, de una manta de hostias no le libraba ni Dios, o de cosas peores. ¿Pero cómo montarse una historieta sin saber de dónde vienen los tiros? ¡Vaya mierda!

Abrieron la puerta trasera del coche y le metieron sin contemplaciones en lo que en una berlina normal, sería el porta-equipajes. Al acurrucarse notó en su bolsillo trasero derecho un extraño bulto.

¡Coño...! ¡El esparadrapo! Se le había olvidado.

Se le ocurrió que si se libraba de él, las cosas irían mejor. Caso de que el madero no le hubiera visto pegarlos, no podrían acusarle de ello, sólo de tenerlos. Este ingenuo razonamiento le entretuvo en el camino al Cuartel de Pontejos, anejo a la DGS y centro de operaciones de la Primera Circunscripción de la Policía Armada, es decir, los grises.

Con cierta destreza y como iba esposado a la espalda, metió un dedo por el agujero del rollo de esparadrapo y poco a poco lo sacó del bolsillo y luego lo empujó a un lado del estrecho espacio reservado a los detenidos. Cuando terminó se sintió más tranquilo. ¡Bien! Esta es una actitud positiva, como diría el Rubio.

El Cuartel de Pontejos es un caserón contiguo a la DGS (la del reloj de la Puerta del Sol) de oscuros trazos grises y marrones. A su entrada, una inmensa puerta, con motivos castrenses. La fachada, desoladora, se nutría de recias y viejas ventanas, de triste recuerdo. El revoco, viejo y terroso, ahuyentaba toda curiosidad con esa virtud malhadada que tienen los antros siniestros para asustar a las gentes decentes. Y en esta lid, sólo competía con ella su edificio hermano, la nombrada DGS, en cuyos soterrados interiores, los ecos apagados de mil ayes españoles, aún son perceptibles para el iniciado, lo conviertan en lo que quieran.

El zeta se introdujo en el patio del cuartel, los grises salieron sin prisas, indiferentes a todo. Le ordenaron salir. Luego, de un empellón, le condujeron a los sótanos. Y el Jambo, no ha mucho licenciado, olió la miseria cuartelera en un instante. Una miseria que es física y moral, y que nace de que estos lugares son habitados por hombres que han tenido la desgracia de tener que ganarse la vida de tan infame modo, y que quiéranlo o no, deben obedecer las más descarnadas órdenes con la misma diligencia que las más infantiles normas de los reglamentos militares.

Caminó el Jambo por unos estrechos corredores hasta una reducida estancia donde un sucio cristal y una ventanilla al modo de las oficinas antiguas era la morada de las horas de servicio de un cabo veterano. La pareja de cenutrios desapareció, quitándole antes las esposas. Allí quedó el Jambo justo delante del cabo, quién sin ninguna prisa y como a otra cosa masculló:

—¡Saca todo, venga!

Con extraordinaria parsimonia, ¡actitud positiva!, el Jambo, que ya había recuperado parte de su propio saber estar, fue dejando sobre la repisa sus pertenencias. El cabo apuntó su nombre en el libro de entrada:

—Quítate los cordones —y señaló los zapatos—. Y el cinturón.

Al entregar éste último, supo el Jambo que la hora de sus hermosos cárteles se acercaba. Y resignado, empezó a buscar el mejor momento para entregarlos. Colegía, que las hostias primeras iban a ser directamente proporcionales a como hiciera esto.

El cabo sacó la cabeza por el hueco de la ventanilla y dijo:

—Bájate los pantalones y los calzoncillos.

Sacó entonces el Jambo sus malditos cárteles y se los dio diciendo:

—Aún queda esto —y tragó saliva.

Las cejas del cabo se arquearon hacía atrás en una longitud que se diría imposible:

—Me cago en la leche. ¿Pero quién te ha detenido?

El Jambo se encogió de hombros.

El cabo trincó el teléfono y estuvo graznando diez minutos. Finalmente pareció encontrar al social:

—A mí no podéis traer la gente sin registrar. ¡Que no es la primera vez! —gritó.

Los carteles, casi ardiendo en el corazón del Jambo seguían sobre la repisa. El cabo continuaba maldiciendo. Y en lo irreal de su cabreo, hasta quería hacerle partícipe al Jambo de su indignación:

—¡Coño, es que un día voy a tener un disgusto! Que aquí entra cada pirado...

El social apareció también hecho una furia. Era el que le había detenido. Como primera reacción le sacudió un guantazo al Jambo:

—¡Hijo puta! —ladró—. ¿Por qué no me los diste cuanto te cogí?

El Jambo volvió a encogerse de hombros. ¡Actitud positiva!

—Sois vosotros los que tenéis que traerlos limpios, Martín. —Rezongó el cabo, casi de parte del detenido.

—No me jodas, Mauro, que a este cabrón se le ve el plumero. Y volvió a sacudirle, y esta vez más fuerte.

—Dame todo lo suyo, que de este me voy a ocupar yo personalmente.

Cuando el tal Martín se fue con los carteles y la cartera del Jambo. El cabo llamó a un guardia quien condujo al Jambo por un largo pasillo flanqueado de celdas con puertas metálicas, mitad chapa, mitad barrotes. No había muchos detenidos, la mayoría dormitaban envueltos en zarrapastrosas mantas marrones con listas blancas, iguales que las de la mili, por cierto. Le adjudicaron la celda del fondo del corredor. Estaba vacía. Se trataba de una pieza rectangular de unos 15 metros cuadrados, cinco de los cuales, y con solera de baldosas, se elevaban sobre el suelo casi un metro a modo de imaginario somier, es decir cama y colchón, todo en un solido material. Sobre él, tres mantas de las citadas.

La puerta se cerró a su espalda. El Jambo se sentó y apoyando los codos en sus rodillas se sostuvo la cabeza, entregándose o negras reflexiones. Urgía una historia. ¿Pero cuál? ¿Cómo rayos le habían trincado? No tenía ni idea. Por si acaso, la poderosa imaginación del vallecano se puso a urdir una historia creíble. Nada, estaba mosca con su despido, y habiéndose encontrado con unos tipos, le convencieron para que pusiera carteles, o buzoneara, o ambas (según vinieran las cosas). Pero no los conocía. Eso era todo. No era mucho, bien es cierto, pero a algo había que agarrarse.

Las horas pasaban sin que nadie viniera a buscarle. En la penumbra que le rodeaba como un mortecino manto de nada en cautividad, las rectas sombras de la celda caían sobre sus ojos como pesadas manos que agitaran sus opresivas ideas. Un silencio atardecido que cabalgaba en la melancolía y en la desesperación de saberse preso. Esclavo en suma de otros, que con innobles obligaciones escudriñaban en su vida para más tarde subirle a la luz, la fuerte luz de los interrogatorios, y allí, para doblegarle, retorcer sus palabras hasta el infinito, para que fueran huecas, y no hubiera más ecos que los que sus captores quisieran. Y así reinara la única verdad que en aquel lugar existía, las palabras hirientes, sangrantes y dolorosas, que los policías querían siempre oír de la boca de sus presos. Y en esa búsqueda de palabras, de historias, de citas, de compañeros, había que ser muy valiente y muy hábil, para salir indemne, y para que salieron también librados, los que por ventura fueran mentados, por cualquiera de las partes.

A las siete, llego un guardia con chaquetilla blanca. Arrastraba un carrito con la cena. El madero le indicó que cogiera uno de los platos de duralex que contenían un ambarino condumio donde nadaban en soledad, algunos fideos. Un chusco emparejaba la cena y unas galletas María, la terminaban. ¡Santo cielo! ¿Y la cuchara? Claro, por eso había tan pocos fideos. Se bebió el plato, se comió el chusco y las galletas. A la vuelta del guardia, tuvo un ademán ingenuo, le dio el plato al guardia para que lo cogiera. Para qué lo hubiera hecho. Se puso como un basilisco. Que si era un listo, un señorito, un estudiante, un cabrón, un chorizo. ¡Déjalo en el carro!, graznó.

Echó de menos un cigarrillo. Después se recostó sobre la dura elevación, se puso una manta de almohada y cubriéndose con otra se quedó dormido. El jaleo le despertó. ¡Vaya, aquello se animaba! Las detenciones caían en masa. La jornadas de Acción Democrática de la Junta empezaban a dar su amarga cosecha. Hombres, mozalbetes, mujeres... Todo un tropel en animada porfía con los guardias. ¡Tu para allí, tú para allá! ¡García, llévate a estos a la 14! ¡Mauro, que ésta viene sin registrar! Risas. ¡Pues llama a Manoli! ¿No puedo hacerlo yo? Más risas. ¡Guardia, que quiero ir al servicio![1].

También los había templados que desde la celda cantaban la internacional, y también había una mujer llorosa, que tenía que ir a recoger a sus hijos a la guardería.

—¡Callen ya, hombre! —se desgañitaba el cabo Mauro.

Al poco le metieron un compañero de celda. Buena pinta, buenas ropas, excelente afeitado, hermosa dentadura, pelito rubio y repeinado. ¡Un finolis! Le debió confundir con un delincuente, pues el Jambo ya tenía el pelo suficientemente revuelto, condición indispensable, como todo el mundo sabe, para que la bofia se digne sacarte una fotito para el recuerdo (el suyo, claro) y de paso tocar un poco el piano [2]. Como así fue. El cabo Mauro le acompañó a la sala a este menester dedicada. Por el pasillo advirtió, que aquellas mazmorras, eran ya un gran y concurrido hotel. Y compañeras, muchas compañeras. Y algunas hasta saludando:

—¡Fuerza, compañero!

¿Por qué, lo dirían?, ¿acaso tenía aspecto de abatido? Y se estiró todo lo largo que era y caminó con dignidad. ¡Actitud positiva!

Un extraño civil, extraño porque vestía de civil, pero que tenía un pinta de madero que espantaba, le torció el cuello un par de veces, con la exquisita delicadeza que por allí se gastaban, para que la foto tuviera alguna posibilidad. Nada de espejos, nada de peines, nada de brochas de afeitar. Para qué rayos querrá la pasma[3] esas fotos de hombres y mujeres espantadas y aturdidas. No hay en el mundo nadie tan feo como cualquiera retratado por aquel fotógrafo imposible. Quizá en sus ratos libres, el amigo, se iba al campo con la parienta y los críos, y haría bonitas fotos campestres, y parando un chute, y con la bota de vino, ¡qué chupi! Monumentos, seguro que no. Al menos de los de piedra.

Después, extendió los dedos, y otro aficionado, este a los daguerrotipos, le hizo tocar toda la escala musical, en tecnología digital. Un goce. Y luego, hale, para el chabolo. Aunque antes le pidió cuartelillo al Mauro. Una meadita, ¡hombre! Que la sopa me ha dado ganas. Interesante mear en aquellos servicios, con un guripa entrado en años vigilándote el culo a uno, por obligación, ¡claro!

El recién llegado, compañero de celda a muy pesar de ambos. Continuaba de pie. actitud que amoscó un poquito al Jambo:

—Siéntate, hombre, que esto va para rato. Más de 48 y menos de 72 horas..., bueno, si todo va bien.

—Yo —respondió aquel tipo—, no voy a estar mucho tiempo. Lo mío es un malentendido.

—Ya.

—En cuanto me llamen, lo aclaro todo. Además, tengo abogado.

El Jambo no pudo evitar soltar una carcajada.

—Tu has visto muchas películas. Aquí no hay abogados que valgan. Eso, después, cuando vayas a la cárcel. Ni ante el juez vas a ver un abogado.

—¿Y, tú, qué?, ya has estado otras veces, ¿no?

—No, coño. Eso lo sabe cualquier español.

El compañero se calló. Terminó por sentarse. Con la espalda muy recta, y la mirada pegada a las grises baldosas. Es decir, asustado, pero todavía con la esperanza de que lo trataran como a un ser humano, por ser quién era, desde luego, y otro sí, por sus amistades y parientes.

¿Qué habrá hecho este gilipollas?, se preguntó el Jambo. Y dándose media vuelta, se lió la manta y se quedó sopa.

No durmió mucho, al rato, otro infernal concierto de voces, gimoteos, llantos y órdenes del cabo le puso en vela. La angustiada madre seguía llorando por sus hijos, ¿quién habría ido a recogerlos al colegio? Las valientes mozas que vio al salir al servicio la emprendieron a improperios con los guardias. El cantante de himnos revolucionarios, iba ya por el Bandiera Rossa. Nuevas voces se unieron al coro. Aquello, en lugar de un calabozo era un manicomio. Y seguían llegando. Pronto podrían el cártel de completo. Les metieron otro preso en la celda, era un tipo chaparro con pinta de metalúrgico. Parecía veterano en estas lides, les miró con indiferencia, se arrebujó en una manta y se puso a dormir. Al rato roncaba. ¡vaya suerte! Se dijo el Jambo. El finolis, seguía allí, sentado en el borde de la elevación, como no queriendo entregarse del todo a la celda, ansiando que le llamaran. ¡Menudo julai!

Como no podía dormir, se sentó en cuclillas con la manta al estilo indio, y se dio en negras reflexiones, que a toda costa debía clarear. Para cuando le llamaron, creía tener una coartada.

La galería de celdas estaba más calmada. Aunque el trasiego de presos a los servicios, previa reglamentaria voz de: ¡guardia, quiero ir al servicio!, era inaudito al parecer del Jambo. Lo que puede mear o cagar un tropel de presos, y en cierto modo, compadeció al cabo Mauro, que de seguro maldecía el día de guardia de calabozo que le había caído en suerte.

Se calzó los zapatos, pero no le dieron ni los cordones ni el cinturón. Ignoraba qué hora era, pero calculó que al menos pasaban de las dos de la madrugada. Los sociales hacían horas extras. ¡Que se jodieran! Un gris de aspecto macilento le esposó y le condujo al segundo piso. En los pasillos se amontonaban los presos y las presas, todos esposados, todos espantados, todos asustados. Cualquier intento de conversación era radicalmente cortado por el guardia de turno.

La luz era ambarina, lechosa, umbría. Los rincones se desdibujaban al mirarlos. Las ventanas estaban todas cerradas con sus contrafuertes atravesados por postigos. Al menos nadie se caería accidentalmente por ellas. En las salas habilitadas para interrogatorios, el mobiliario era rudo, viejo y antipático. Las sillas eran de hierro. Las mesas, de oscura madera. Los armarios pequeños y con sucios cristales de los que apenas se transparentaba el contenido. Todo, en sus formas, en su edad, era amenazador, hostil, policial.

Le pasaron a una sala pequeña y poco iluminada. Había una mesa y una silla, donde se sentaba un hombre enjuto, de rostro cortado y malicioso, con un peluquín rabiosamente negro sobre unas patillas canosas, que escribía con una pluma estilográfica sobre ajados folios. A su lado, una maquina de escribir sobre una mesita de ruedas al efecto, y su silla, ahora desocupada. Un armario de cristales traslúcidos, casi amarillos por los años, cerraba en cierto modo el paso a la enorme ventana herméticamente cerrada que coronaba el final de la estancia. Recostado sobre ella, un joven social, fumaba displicente. Llevaba las mangas de la camisa remangadas y la corbata torcida. Tenía el rostro colorado y unas fuertes manos, donde en las muñecas destacaba un reloj de acero inoxidable.

Nadie dijo nada. El Jambo quedo plantado tras la puerta recién cerrada por el guardia. El joven policía soltó un exabrupto:

—¡Qué noche!

Y siguió:

—¿Y éste qué?

—Es de Martín —respondió el de más edad. Ahora viene.

—¡Coño, me cago en la hostia! Nos va a amanecer aquí.

—Eso, seguro —le respondió el maduro sin inmutarse.

Al entrar el citado Martín le sacudió un empellón al Jambo:

—¡Quítate de en medio, coño!

Traía su cartera y los carteles. Con gran parsimonia fue deshojando la billetera como el poeta una margarita. Los billetes, las hojas con los teléfonos de los colegas, algunas tarjetas de bares o pub, el finiquito de Barrán...

Se quedó con los teléfonos, que iban apuntados sobre una cartulina recortada, no habría más de quince. Las amistades del Jambo no eran muy telefónicas. Martín cogió la silla del escribiente, la puso al lado de la mesa, y señalándola, le dijo al Jambo:

—¡Siéntate, y empieza a contarnos la batallita que te has preparado!

El Jambo se sentó, pero permaneció callado.

—¡Venga, larga por esa boquita, que no tenemos toda la noche!

—¿Y qué quiere que diga? —respondió el Jambo con sus más estúpida expresión.

—La verdad, monda y lironda —y se miraron entre ellos.

El Jambo empezó a sudar. Necesitaba alguna pista. Conocer lo que ellos sabían. Pero los malditos no las daban.

—¿Quizá, si me hicieran preguntas...? —dijo finalmente.

El social más nuevo se movió rápidamente colocándose a la espalda del Jambo. El amigo Martín dijo:

—Tú di lo que quieras, te va a dar igual, nosotros lo sabemos todo.

El Jambo le miró sin pasión. Tuvo el valor de encogerse de hombros antes de que el golpe le dejara paralizado y sin respiración. El policía a su espalda le había golpeado con los cantos de las manos a ambos lados del cuello. Era un golpe de artes marciales. Su finalidad era cortar la respiración. Y durante segundos, el Jambo lo vio todo negro. Tuvo dificultades para respirar y no cayó de la silla por su propia fortaleza.

No le dio tiempo a recuperarse, cuando el de más edad le pellizcó el antebrazo con una fuerza y maña que jamás el Jambo hubiera imaginado que pudiera doler tanto.

—Vas a empezar por el principio —dijo el agresor—. Donde vives, en qué trabajas. Quién te dio los carteles, etc... ¡Venga!

Hacía un calor horroroso en la sala. Pese a que sólo llevaba una vieja camisa de manga corta, el Jambo sudaba a chorros. Bien, se dijo, si quieren que hable, hablaré. Y se arriesgó a contar la batallita que tenía preparada, donde daba por supuesto que había sido detenido simplemente porque Martín el policía le había visto poner algún cartel. El problema era Pepe. Había que salvarle. Bueno..., dijo. Todo empezó cuando me despidieron del trabajo.

—¿De qué trabajo? —ladró Martín.

—Ahí esta el finiquito —le respondió el Jambo señalando el papel sobre la mesa.

Lo examinaron. El más joven salió de la sala con el papel en sus rojas manos. Martín se sentó sobre la mesa. Ahora tenía al frente a los dos policías restantes.

—Estaba muy cabreado —siguió—. Vinieron unos compañeros y nos dijeron que había que ir a la huelga y repartieron carteles para que los pegáramos. Así que un compañero y yo nos fuimos a pegarlos. Porque estábamos muy cabreados...

—¿Y esos compañeros, quiénes eran? —le interrumpió Martín.

—No los conocíamos. No eran de nuestra obra.

—¿Cómo que no los conocías? ¡No mientas!

—Es verdad, era la primera vez que iban por allí.

El de más edad volvió a pellizcarle. Joder, con los pellizcos, cómo dolían.

—¿Pero tú te crees que somos tontos? —dijo—. Nos vas a dar todos sus nombres y el del que iba contigo. ¿Ese era de Comisiones, no?

—No. Era un compañero de la obra.

—¿Cómo se llama? —preguntó Martín a la par que le daba un vistazo a la hora.

—No sé, le llaman el Cabezón.

—¿O sea, que no sabes su nombre, ni dónde vive? ¿No es así?

—Se que vive por Nueva Numancia, porque se baja en Portazgo.

Se hizo un pequeño silencio. Martín se levantó de la mesa y se le encaró:

—Mira, déjate de gaitas, porque si no lo vas a pasar muy mal. Sabemos que eres de Comisiones Obreras. Y quiero los nombres de todos los de tu obra, del que iba contigo, y por supuesto del que te dio los carteles. Porque esto es muy grave, ¿sabes? y agitó los carteles que estaban sobre la mesa. Con esto te empaqueto por diez años. Y no me vengas con cuentos. No se le dan carteles a dos desconocidos, por muy cabreados que estén. O sea que canta, chaval, o de aquí no sales... en toda la noche.

—Pues a mi me los dieron.

Trataba de desviar el interrogatorio hacia si era posible o no que a un desconocido se le dieron carteles con llamamientos a la huelga por las libertades y por la amnistía.

En ese momento entró el joven con su finiquito en la mano. De reojo vio como negaba con al cabeza. ¡No habían encontrado nada!

—No me pierda el finiquito, que voy a demandar al empresario —soltó el Jambo con desparpajo.

Se hizo un silencio espeso. No daban crédito a sus oídos. El recién llegado lo levanto de la silla y le empujó con violencia contra la ventana. pero no tenía fuerza suficiente para hacerle daño al Jambo:

—¡A ver si te enteras de dónde estás! ¡Imbécil! —rugió.

—No quería molestar... —musitó el Jambo.

Volvieron a mirarse entre ellos.

—Este es como el del caso la manteca[4] —dijo el joven.

—No —le corrigió Martín—. Este es un listo. Pero le vamos a ablandar —y añadió—: Anda, vuelve a sentarte.

Mientras lo hacía, abrió la puerta otro policía para preguntar si les quedaba mucho. A sus espaldas se oía mucho barullo. ¡Estupendo! Están de bote en bote, se dijo.

Martín le preguntó por cada uno de los teléfonos que tenía apuntados en la cartulina. Respondió con seguridad. Muy pocos eran comprometidos, y los que lo eran llevaban las cifras cambiadas según un método que aprendió cuando era militante del PCE en la escuela de Embajadores, y naturalmente, con nombres de guerra. Pasaron a otra cosa, al domicilio. Martos, 15, el Común. Y aquí la cagó.

—¿Así que en el Pozo, con el Padre Llanos, eh? —se regocijó el de más edad. Y siguió—: Jovencito, te hemos pillado.

A partir de aquí todo fueron hostias. Que empezara de nuevo y nada de cuentos. Si vivía en el Común de Trabajadores es que era comunista como su fundador. El Jambo juró y perjuró que eso era pura coincidencia. Que allí vivían currantes normales y corrientes, y que hacía mucho tiempo que aquello no era más que una simple pensión barata. Y además, que llevaba muy poco viviendo, unos meses...

 El joven le daba repetidos golpes con el canto de la mano, en el cuello en el hombro y en los costados. Eran golpes que por unos segundos le hacían perder el conocimiento. Percusiones en nervios vitales que cruzaban la parte superior de su cuerpo. Comenzaba a desfallecer. Tuvo que dar algunos nombres de antiguos compañeros del Común, pero se guardó mucho de mentar a nadie comprometido.

Sin embargo, poco a poco perdía la conciencia de lo que había dicho o no, los sistemas de alerta le fallaban. Tenía los ojos enrojecidos y calambres en las pantorrillas. Veía a sus interrogadores en una neblina imprecisa. Oía sus voces como si fueran de otra realidad imposible. Una pesadilla que quería terminar cuanto antes, pero nunca acababa. Cada vez que el policía joven, él único que le golpeaba, se colocaba a su espalda, su cuerpo se tensaba a la espera del golpe, pero el muy mamón distanciaba sus golpes, sorprendiéndole siempre, parecía como si adivinase su prevención.

Entró un hombre trajeado. Habló con ellos. De momento lo dejaban, había otros casos más urgentes. El primer asalto había terminado, y él seguía en sus trece. Jambo uno, polis cero. Jambo lesionado.

Como había tantos detenidos, los bajaban y subían de los calabozos, en lotes, por tanto le esposaron y le sentaron en un banco al lado de una chica llorosa. Era una rubita de cara agraciada. Las lagrimas le rodaban por las mejillas y hasta mojaban su camisa. Seguro que era una estudiante. Estos cabrones son capaces de haberle atizado.

—Venga, chica, ánimo. Sólo son setenta y dos horas. ¡Actitud positiva! —le dijo el Jambo tratando de consolarla.

La estudiante le miró con desolación. Pero en la leve sonrisa de su vecino de asiento, pareció encontrar ánimo y se secó las lágrimas con las manos. Nada dijo, sólo le miraba. Y el Jambo, crecido, creyó ser ya un héroe carcelario, dando consuelo a la desconsolada. Meneo la cabeza con picardía y levantó las cejas en uno de sus característicos gestos de: ¡eso es lo que hay, joven!

El guardia acudió al momento y les condujo escaleras abajo. Al llegar a la celda de la estudiante, el Jambo musitó:

—¡Aguanta, chica, esto no es nada!

Ella le sonrió y contestó con un monosílabo:

—Sí.

El relamido había desaparecido, y el que parecía metalúrgico, roncaba como un lirón. ¡Qué temple! Se enroscó en la manta y quiso dormir. Pero no pudo. Le dolía el cuello y los hombros, y no era capaz de acomodar la cabeza, además, tenían el magín ocupado recordando su interrogatorio. Apuntando muy hondo, qué había dicho y qué no. Y una y otra vez, retrocedía al principio para grabarse los hechos de tal manera que no pudieran volver a confundirle. Hasta que mucho después se durmió.

El desayuno consistía en un aguachirle que quería ser chocolate y unas galletas marías húmedas e insípidas. Pidió permiso para ir al servicio, pero sólo pudo orinar. Se sentó en la taza, y de verdad que se esforzó. Pero cagar con la puerta abierta y una sombra gris en el marco de la entrada impedía trabajar debidamente a sus músculos (cualesquiera que sean), y no hubo manera pese a que sentía un creciente peso en su interior.

El metalúrgico no dijo esta boca es mía. A la temprana hora de la comida, sorbió la sopa de fideos con un envidiable estilo veterano y se zampó luego el pescado si no con entusiasmo sí con lejana indiferencia. Y ambas acciones tenían un mérito extraordinario. El Jambo sólo pudo con la sopa. El pescado estaba repugnante. El pan no era malo, vendría de las panificadoras militares de Carabanchel, seguro. Lo militares siempre supieron hacer buen pan.

El silencio le traía frito. Su compañero, o dormía, o comía, o cagaba, pero de abrir la boca y tratar de pasar el rato con él, ni hablar. A lo mismo se pensaba que él era un confidente metido allí para sonsacarle. ¡Será gilipollas! Y empezó a cogerle tirria.

Por la tarde, quién sabe a qué hora, volvieron a llamarle. Mientras subía, se dijo que ésta era la definitiva. Seguro que iban a empezar duro, con datos, y quizá con la historia del Pequeño y Alberto. Si así era, estaba perdido. Pero no hablaría, de eso estaba seguro, o quizá hablaría por los codos, ya veríamos, pero desde luego de nada que comprometiera a nadie. Su estrategia seguía siendo la del idiota asustado. Y para ello contaba con un gran defecto que allí, sin embargo, era una maravillosa virtud, ¡era un cabezón!

Le llevaron a la misma habitación. Para su sorpresa, no estaban ni Martín, ni el joven. Sólo el policía de más edad y un tipo, también en mangas de camisa, sentado frente a la maquina de escribir. Se sentó en la conocida silla, y esperó sus preguntas.

El policía del peluquín le espetó sin pasión:

—Empieza de nuevo a declarar...

El escribiente sacó un cigarrillo y tras una breve duda le ofreció. El Jambo lo cogió y le devolvió una mirada de agradecimiento. Era un Rex, un bendito Rex. Y aspirando aquel maravilloso humo comenzó a contar lo mismo que el día anterior, mientras el oficinista le obligaba a parar cada cierto tiempo para seguir su hilo. Cuando ya llevaban tres cuartos del folio, el policía de edad, se levantó bruscamente y comenzó a gritar. ¡Que si se creía que su declaración iba a quedar así! Que o contaba la verdad o sacaba las gomas del armario. Esta mención a unas gomas guardadas en aquel siniestro armario intranquilizó sobremanera al Jambo, pero no le hizo desviarse de su prevista declaración. Supo que aquel vetusto representante de las fuerzas represivas franquistas, quizá en su juventud fue un cabrón torturador, pero que allí y ahora, era una mierda incapaz de ponerse a tan duro trabajo. Y en esta arriesgada apreciación, el Jambo se creció y continuó en su línea de idiota que pasaba por allí, pese a haber declarado que vivía en el ojo del huracán del rojerío vallecano.

En cuanto al escribiente, un joven delgado y de finas facciones, más parecía un compañero que un enemigo presto a degollarle. Así que, en esta disposición, el Jambo no se amilanó. Supo que en realidad no sabían nada de él. Quizá habían estado en el Común, o buscando a su supuesto compañero de pegada de carteles, pero con los datos que les había dado, aquella tarea era imposible. Y supo también que las diversas policías de la España franquista se coordinaban un carajo. Y supo, otra vez también, que el trabajo les tenía desbordados. Y que ya no había en las Españas hijos de puta dispuestos a apalear gratis a las buenas gentes, ni cortarles el pelo, ni a darles aceite de ricino, ni a denunciarles, ni a nada de eso. Ahora eran ellos mismos los que tenían que hacer aquel sucio trabajo. Y los tiempos aventuraban cambios que los policías temían, y estos temores les hacían contenerse en según y qué clase de presos. Y estaba claro que no iban a perder mucho tiempo en un pelagatos como el Jambo. Por tanto, respiró profundo y se tranquilizó, dedicándose a construir una declaración larga y farragosa, donde mil y un datos lejanos, inconexos y variopintos, difuminaran la única verdad que ambos bandos sabían, que habían trincado a un tipo pegando unos carteles llamando a una Jornada de Acción Democrática, es decir, una huelga política por cuenta de la Junta Democrática. Y caviló además, que se conformarían con los carteles, es decir, propaganda ilegal. De tres a seis años, ¿qué más querían?

La segunda noche la durmió como un bendito, pese a que los calabozos del cuartel se habían convertido en el hotel de los líos. Los guardias estaban desquiciados. Y los presos y presas crecidos. Pero al Jambo se la sudaba. Roncaba a pierna suelta, con el profundo descanso del que tiene la conciencia tranquila. Cierto que tenía el cuerpo dolorido, pero aquello no era nada comparado con lo que le hacían a otros más importantes, y no digamos a los detenidos vascos. Por tanto, bien podría decirse que el Jambo había tenido la suerte del novato, por contra de sus conocidos, el Pequeño y Alberto.

Por la mañana le volvieron a llamar. Esto no entraba en la cuenta del Jambo y sospechó algo. Pero de pronto recordó que no había firmado la declaración. ¡Claro, a firmar!, se dijo. Su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró al trío inicial esperándole. El fornido Martín agitaba su declaración entre sus manazas:

—¡Qué! ¿Te has creido que me voy a tragar esto?

Se encogió de hombros. Aún llevaba las esposas puestas. El policía joven se acercó en dos rápidos pasos. El primer puñetazo le cayó en el estomago y le dejó sin aire. Los siguientes le entraron en los costados. Instintivamente se encogió y se protegió con los antebrazos como hacen los boxeadores. Esto desconcertó al atizador unos segundos, pero volviendo a su más pura técnica marcial le propinó un golpe en las cervicales con el canto de la mano. El Jambo se derrumbó como un fardo. Tardó casi un minuto en recobrar el conocimiento. Y allí seguían los tres, amenazadores tres, gritándole, cogiéndole desde atrás de los brazos para que el sádico pudiera golpear en blando, una y otra vez. Luego, le arrojaron sobre la silla. El Jambo no sabía muy bien dónde estaba ni que pasaba realmente. Únicamente sabía que no iba a abrir la boca y así se lo dijo:

—Señores... En estos términos no voy a abrir la boca.

El de más edad soltó una sonora carcajada:

—¿Pero habéis oído? En los años de mi vida, jamás había oído a un idiota igual que este. ¡Vamos a sacar las gomas!

Y se dirigió al armario y lo abrió.

—¡Espera! —dijo Martín—. Si va a hablar, ¿verdad?

Y al decir esto último le clavó la mirada al Jambo. Pero a éste le daba todo igual. Se encontraba tan mal que al respirar profundamente comenzó a toser. Luego se volvió para el armario con el rostro desolado, parecía querer decir, ¡venga, ponme las malditas gomas! ¡Sean lo que sean!

El de más edad, sacó del estante unas largas gomas, como las que usas los practicantes para pincharte en la vena. Sólo que estas eran redondas y fuertes. Las gomas oscilaban en las manos del policía. De pronto las estiró restallándolas. El Jambo se estremeció. Una oleada de miedo le subió desde los genitales al abdomen. Sus tripas se estaban deshaciendo. Tuvo un desfallecimiento y millones de sus neuronas aullaron aterrorizadas. ¡Habla! ¡Habla! ¡Eso es todo lo que quieren! Movió la cabeza de un lado para otro mientras jadeaba sin control. Ríos de sudor le nacían del pelo.

—Voy a darte una oportunidad antes de que te jodamos vivo —musitó suavemente Martín—. Habla, ahora, chaval. Dinos quiénes son tus camaradas[5], dónde viven, dónde esta el aparato que imprime los carteles. Dínoslo todo y te mandamos al juez. De otro modo, te vamos a abrasar...

Se abrió la puerta y apareció el que actuara de escribiente en el anterior interrogatorio. Parecía cabreado:

—Pero hombre no seáis burros. ¡Venga, venga! Idos todos de aquí. Que hay mucho trabajo ahí fuera.

Sorprendentemente, abandonaron la habitación. A regañadientes pero se iban. Al salir, el joven le espetó:

—Por esta vez te libras. pero volveremos. Y te vamos a colgar de los cojones.

—¡Caray! —dijo el escribiente al sopesar las gomas, mientras las guardaba y cerraba la puerta del armario.

Le ofreció un cigarrito. El Jambo le miró con arrobo. Un ser humano entre tanto hijo de puta.

—¿Sabes? —dijo con un tranquilizador tono—. He estado leyendo tu declaración. A mí es que me gusta repasarlo todo, ¿sabes? Y aquí falla algo. Te echas tú toda la culpa. Por cuatro carteles de nada que te dieron, te van a caer un montón de años...

—¿Cuántos? —preguntó el Jambo con un ronco hilo de voz.

—No sé, un montón. Pero... ¿tú eres consciente de lo mal que estás enfocando esto?

Por un momento, el Jambo pensó que tenía razón. Se iba a comer un marrón del carajo, por cuatro carteles de nada. Pero al mirar a los ojos al escribiente, comprendió. El instinto de los barrios bajos, años de ellos ya en su haber, le advirtieron de que aquellos ojos eran mentirosos: Ni escribiente ni hostias. Otro madero hijo de perra, jugando al bueno, al feo y al malo[6].

—¿Y cómo quiere que lo enfoque? —le respondió.

—Tu, veras. Pero yo que tú lo tendría claro. Que paguen ellos. Si tú no has hecho nada, ¿por qué vas a cargar con el muerto?

—Pues miré usted. Voy a cargar con el muerto porque en este país es un delito pegar carteles. Así que, como yo los pegué, yo cargaré con el muerto.

El Jambo lo miró fijamente. Tenía los hombros hundidos y las manos caídas entre las rodillas. Pero en sus ojos había todavía mucha vida, mucha resistencia, y mucho odio.

El policía, esbozó una sonrisa. Comprobó indiferente que su juego se había acabado. No parecía alterado por ello. Se acercó a la puerta, la abrió y llamó a Martín. Estuvieron cuchicheando un rato. Luego se acercaron al Jambo y le pusieron la declaración para firmar. El Jambo, como le habían enseñado, firmó pegadito a la última línea mecanografiada.

Al verlo, Martín abrió los ojos desmesuradamente:

—¡Desgraciado! ¿Dónde te han dicho que firmes así?

Y se lanzó sobre el Jambo y le sacudió varios puñetazos en el rostro. Era la primera vez que le golpeaban en la cara. El que hacía de poli bueno, se interpuso gritando:

—¡Venga, vale ya!

 [1]Era la única forma de poder orinar o lo otro.

 [2]Poner las huellas digitales

 [3]Policía.

[4]Quería decir, como el que asó la manteca.

 [5]En realidad, el policía se equivocó aquí. Nadie se llamaba camarada en Comisiones.

 [6]Técnica policial en los interrogatorios, que consiste en machacar a un preso hasta que llegado a un despersonalizador límite, hace su entrada otro policía que haciéndose pasar por bondadoso, consigue la declaración espontánea del desorientado preso. El Jambo la conocía por haber leído un librito que en el Partido circulaba. Una especie de vidas ejemplares de comunistas torturados, que más que ayudar ponía los pelos de punta.