¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-19- Cuartel de Pontejos. |
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El
social regresó. Era un tipo de mediana estatura, de anchos
hombros y manos robustas. Llevaba un espléndido bigote en una
cara rebosante de energía y de salud.
—Saca
todo lo que tengas en los bolsillos —le ordenó.
Con
cierta lentitud, el Jambo sacó las llaves, las monedas, el
tabaco, el mechero y nada más.
—Los
bolsillos de atrás también —insistió el social.
Al
hacer el ademán se le vio al policía la pipa en la sobaquera,
que llevaba debajo de la cazadora de tela marrón.
En
el bolsillo de atrás, el Jambo solamente llevaba la cartera, el
madero, se la quedó:
—Guarda
el resto y date la vuelta.
Una
vez esposado, el Social le indicó que se sentara en los
escalones del portal. El Zeta tardaba lo suyo. Nadie hablaba. El
Jambo hubo de levantarse para que pasara una vieja que iba para
la compra, quien se agitó muchísimo al verlos.
—No
pasa nada, señora, salga usted —dijo amablemente el guardia.
El
social se asomaba a la calle para ver si venía el coche
patrulla. En una de ellas regresó con dos grises más:
—Ya
se puede usted ir —le dijo al policía de las canas. Y a los
otros recién llegados:
—¡Venga,
lleváoslo!
Al
atravesar la calle, la gente se les quedó mirando, unos con
disimulo, otros con ira, los más con indiferencia. Todos sabían
lo que pasaba, o política o drogas, probablemente drogas,
pensaron, dada la catadura del detenido.
El
Jambo caminaba en dirección al coche mirando al infinito. No
era consciente en ese momento de que no volvería a respirar el
aire libre en mucho tiempo. En su cerebro, todas y cada una de
sus neuronas buscaban soluciones. ¿Era casual su detención y
le habría seguido el poli durante la buzonada, o poniendo
carteles? ¿Le tenían vigilado por el asunto del Pequeño? En
cualquier caso, se le iba a caer el pelo, con los carteles que
llevaba en la tripa. Y de seguro, de una manta de hostias no le
libraba ni Dios, o de cosas peores. ¿Pero cómo montarse una
historieta sin saber de dónde vienen los tiros? ¡Vaya mierda!
Abrieron
la puerta trasera del coche y le metieron sin contemplaciones en
lo que en una berlina normal, sería el porta-equipajes. Al
acurrucarse notó en su bolsillo trasero derecho un extraño
bulto.
¡Coño...!
¡El esparadrapo! Se le había olvidado.
Se
le ocurrió que si se libraba de él, las cosas irían mejor.
Caso de que el madero no le hubiera visto pegarlos, no podrían
acusarle de ello, sólo de tenerlos. Este ingenuo razonamiento
le entretuvo en el camino al Cuartel de Pontejos, anejo a la DGS
y centro de operaciones de la Primera Circunscripción de la
Policía Armada, es decir, los grises.
Con
cierta destreza y como iba esposado a la espalda, metió un dedo
por el agujero del rollo de esparadrapo y poco a poco lo sacó
del bolsillo y luego lo empujó a un lado del estrecho espacio
reservado a los detenidos. Cuando terminó se sintió más
tranquilo. ¡Bien! Esta es una actitud positiva, como diría el
Rubio.
El
Cuartel de Pontejos es un caserón contiguo a la DGS (la del
reloj de la Puerta del Sol) de oscuros trazos grises y marrones.
A su entrada, una inmensa puerta, con motivos castrenses. La
fachada, desoladora, se nutría de recias y viejas ventanas, de
triste recuerdo. El revoco, viejo y terroso, ahuyentaba toda
curiosidad con esa virtud malhadada que tienen los antros
siniestros para asustar a las gentes decentes. Y en esta lid, sólo
competía con ella su edificio hermano, la nombrada DGS, en
cuyos soterrados interiores, los ecos apagados de mil ayes españoles,
aún son perceptibles para el iniciado, lo conviertan en lo que
quieran.
El
zeta se introdujo en el patio del cuartel, los grises salieron
sin prisas, indiferentes a todo. Le ordenaron salir. Luego, de
un empellón, le condujeron a los sótanos. Y el Jambo, no ha
mucho licenciado, olió la miseria cuartelera en un instante.
Una miseria que es física y moral, y que nace de que estos
lugares son habitados por hombres que han tenido la desgracia de
tener que ganarse la vida de tan infame modo, y que quiéranlo o
no, deben obedecer las más descarnadas órdenes con la misma
diligencia que las más infantiles normas de los reglamentos
militares. Caminó el Jambo por unos estrechos corredores hasta una reducida estancia donde un sucio cristal y una ventanilla al modo de las oficinas antiguas era la morada de las horas de servicio de un cabo veterano. La pareja de cenutrios desapareció, quitándole antes las esposas. Allí quedó el Jambo justo delante del cabo, quién sin ninguna prisa y como a otra cosa masculló:
—¡Saca
todo, venga! |
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Con
extraordinaria parsimonia, ¡actitud positiva!, el Jambo, que ya
había recuperado parte de su propio saber estar, fue dejando
sobre la repisa sus pertenencias. El cabo apuntó su nombre en
el libro de entrada:
—Quítate
los cordones —y señaló los zapatos—. Y el cinturón.
Al
entregar éste último, supo el Jambo que la hora de sus
hermosos cárteles se acercaba. Y resignado, empezó a buscar el
mejor momento para entregarlos. Colegía, que las hostias
primeras iban a ser directamente proporcionales a como hiciera
esto.
El
cabo sacó la cabeza por el hueco de la ventanilla y dijo:
—Bájate
los pantalones y los calzoncillos.
Sacó
entonces el Jambo sus malditos cárteles y se los dio diciendo:
—Aún
queda esto —y tragó saliva.
Las
cejas del cabo se arquearon hacía atrás en una longitud que se
diría imposible:
—Me
cago en la leche. ¿Pero quién te ha detenido?
El
Jambo se encogió de hombros.
El
cabo trincó el teléfono y estuvo graznando diez minutos.
Finalmente pareció encontrar al social:
—A
mí no podéis traer la gente sin registrar. ¡Que no es la
primera vez! —gritó.
Los
carteles, casi ardiendo en el corazón del Jambo seguían sobre
la repisa. El cabo continuaba maldiciendo. Y en lo irreal de su
cabreo, hasta quería hacerle partícipe al Jambo de su
indignación:
—¡Coño,
es que un día voy a tener un disgusto! Que aquí entra cada
pirado...
El
social apareció también hecho una furia. Era el que le había
detenido. Como primera reacción le sacudió un guantazo al
Jambo:
—¡Hijo
puta! —ladró—. ¿Por qué no me los diste cuanto te cogí?
El
Jambo volvió a encogerse de hombros. ¡Actitud positiva!
—Sois
vosotros los que tenéis que traerlos limpios, Martín.
—Rezongó el cabo, casi de parte del detenido.
—No
me jodas, Mauro, que a este cabrón se le ve el plumero. Y volvió
a sacudirle, y esta vez más fuerte.
—Dame
todo lo suyo, que de este me voy a ocupar yo personalmente.
Cuando
el tal Martín se fue con los carteles y la cartera del Jambo.
El cabo llamó a un guardia quien condujo al Jambo por un largo
pasillo flanqueado de celdas con puertas metálicas, mitad
chapa, mitad barrotes. No había muchos detenidos, la mayoría
dormitaban envueltos en zarrapastrosas mantas marrones con
listas blancas, iguales que las de la mili, por cierto. Le
adjudicaron la celda del fondo del corredor. Estaba vacía. Se
trataba de una pieza rectangular de unos 15 metros cuadrados,
cinco de los cuales, y con solera de baldosas, se elevaban sobre
el suelo casi un metro a modo de imaginario somier, es decir
cama y colchón, todo en un solido material. Sobre él, tres
mantas de las citadas.
La
puerta se cerró a su espalda. El Jambo se sentó y apoyando los
codos en sus rodillas se sostuvo la cabeza, entregándose o
negras reflexiones. Urgía una historia. ¿Pero cuál? ¿Cómo
rayos le habían trincado? No tenía ni idea. Por si acaso, la
poderosa imaginación del vallecano se puso a urdir una historia
creíble. Nada, estaba mosca con su despido, y habiéndose
encontrado con unos tipos, le convencieron para que pusiera
carteles, o buzoneara, o ambas (según vinieran las cosas). Pero
no los conocía. Eso era todo. No era mucho, bien es cierto,
pero a algo había que agarrarse. Las horas pasaban sin que nadie viniera a buscarle. En la penumbra que le rodeaba como un mortecino manto de nada en cautividad, las rectas sombras de la celda caían sobre sus ojos como pesadas manos que agitaran sus opresivas ideas. Un silencio atardecido que cabalgaba en la melancolía y en la desesperación de saberse preso. Esclavo en suma de otros, que con innobles obligaciones escudriñaban en su vida para más tarde subirle a la luz, la fuerte luz de los interrogatorios, y allí, para doblegarle, retorcer sus palabras hasta el infinito, para que fueran huecas, y no hubiera más ecos que los que sus captores quisieran. Y así reinara la única verdad que en aquel lugar existía, las palabras hirientes, sangrantes y dolorosas, que los policías querían siempre oír de la boca de sus presos. Y en esa búsqueda de palabras, de historias, de citas, de compañeros, había que ser muy valiente y muy hábil, para salir indemne, y para que salieron también librados, los que por ventura fueran mentados, por cualquiera de las partes. |
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A
las siete, llego un guardia con chaquetilla blanca. Arrastraba
un carrito con la cena. El madero le indicó que cogiera uno de
los platos de duralex que contenían un ambarino condumio donde
nadaban en soledad, algunos fideos. Un chusco emparejaba la cena
y unas galletas María, la terminaban. ¡Santo cielo! ¿Y la
cuchara? Claro, por eso había tan pocos fideos. Se bebió el
plato, se comió el chusco y las galletas. A la vuelta del
guardia, tuvo un ademán ingenuo, le dio el plato al guardia
para que lo cogiera. Para qué lo hubiera hecho. Se puso como un
basilisco. Que si era un listo, un señorito, un estudiante, un
cabrón, un chorizo. ¡Déjalo en el carro!, graznó.
Echó
de menos un cigarrillo. Después se recostó sobre la dura
elevación, se puso una manta de almohada y cubriéndose con
otra se quedó dormido. El jaleo le despertó. ¡Vaya, aquello
se animaba! Las detenciones caían en masa. La jornadas de Acción
Democrática de la Junta empezaban a dar su amarga cosecha.
Hombres, mozalbetes, mujeres... Todo un tropel en animada porfía
con los guardias. ¡Tu para allí, tú para allá! ¡García, llévate
a estos a la 14! ¡Mauro, que ésta viene sin registrar! Risas.
¡Pues llama a Manoli! ¿No puedo hacerlo yo? Más risas. ¡Guardia,
que quiero ir al servicio![1].
También
los había templados que desde la celda cantaban la
internacional, y también había una mujer llorosa, que tenía
que ir a recoger a sus hijos a la guardería.
—¡Callen
ya, hombre! —se desgañitaba el cabo Mauro.
Al
poco le metieron un compañero de celda. Buena pinta, buenas
ropas, excelente afeitado, hermosa dentadura, pelito rubio y
repeinado. ¡Un finolis! Le debió confundir con un delincuente,
pues el Jambo ya tenía el pelo suficientemente revuelto,
condición indispensable, como todo el mundo sabe, para que la
bofia se digne sacarte una fotito para el recuerdo (el suyo,
claro) y de paso tocar un poco el piano [2].
Como así fue. El cabo Mauro le acompañó a la sala a este
menester dedicada. Por el pasillo advirtió, que aquellas
mazmorras, eran ya un gran y concurrido hotel. Y compañeras,
muchas compañeras. Y algunas hasta saludando:
—¡Fuerza,
compañero!
¿Por
qué, lo dirían?, ¿acaso tenía aspecto de abatido? Y se estiró
todo lo largo que era y caminó con dignidad. ¡Actitud
positiva!
Un
extraño civil, extraño porque vestía de civil, pero que tenía
un pinta de madero que espantaba, le torció el cuello un par de
veces, con la exquisita delicadeza que por allí se gastaban,
para que la foto tuviera alguna posibilidad. Nada de espejos,
nada de peines, nada de brochas de afeitar. Para qué rayos
querrá la pasma[3]
esas fotos de hombres y mujeres espantadas y aturdidas. No hay
en el mundo nadie tan feo como cualquiera retratado por aquel
fotógrafo imposible. Quizá en sus ratos libres, el amigo, se
iba al campo con la parienta y los críos, y haría bonitas
fotos campestres, y parando un chute, y con la bota de vino, ¡qué
chupi! Monumentos, seguro que no. Al menos de los de piedra.
Después,
extendió los dedos, y otro aficionado, este a los
daguerrotipos, le hizo tocar toda la escala musical, en tecnología
digital. Un goce. Y luego, hale, para el chabolo. Aunque antes
le pidió cuartelillo al Mauro. Una meadita, ¡hombre! Que la
sopa me ha dado ganas. Interesante mear en aquellos servicios,
con un guripa entrado en años vigilándote el culo a uno, por
obligación, ¡claro!
El
recién llegado, compañero de celda a muy pesar de ambos.
Continuaba de pie. actitud que amoscó un poquito al Jambo:
—Siéntate,
hombre, que esto va para rato. Más de 48 y menos de 72
horas..., bueno, si todo va bien.
—Yo
—respondió aquel tipo—, no voy a estar mucho tiempo. Lo mío
es un malentendido.
—Ya.
—En
cuanto me llamen, lo aclaro todo. Además, tengo abogado.
El
Jambo no pudo evitar soltar una carcajada.
—Tu
has visto muchas películas. Aquí no hay abogados que valgan.
Eso, después, cuando vayas a la cárcel. Ni ante el juez vas a
ver un abogado.
—¿Y,
tú, qué?, ya has estado otras veces, ¿no?
—No,
coño. Eso lo sabe cualquier español.
El
compañero se calló. Terminó por sentarse. Con la espalda muy
recta, y la mirada pegada a las grises baldosas. Es decir,
asustado, pero todavía con la esperanza de que lo trataran como
a un ser humano, por ser quién era, desde luego, y otro sí,
por sus amistades y parientes.
¿Qué
habrá hecho este gilipollas?, se preguntó el Jambo. Y dándose
media vuelta, se lió la manta y se quedó sopa. |
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No
durmió mucho, al rato, otro infernal concierto de voces,
gimoteos, llantos y órdenes del cabo le puso en vela. La
angustiada madre seguía llorando por sus hijos, ¿quién habría
ido a recogerlos al colegio? Las valientes mozas que vio al
salir al servicio la emprendieron a improperios con los
guardias. El cantante de himnos revolucionarios, iba ya por el
Bandiera Rossa. Nuevas voces se unieron al coro. Aquello, en
lugar de un calabozo era un manicomio. Y seguían llegando.
Pronto podrían el cártel de completo. Les metieron otro preso
en la celda, era un tipo chaparro con pinta de metalúrgico.
Parecía veterano en estas lides, les miró con indiferencia, se
arrebujó en una manta y se puso a dormir. Al rato roncaba. ¡vaya
suerte! Se dijo el Jambo. El finolis, seguía allí, sentado en
el borde de la elevación, como no queriendo entregarse del todo
a la celda, ansiando que le llamaran. ¡Menudo julai!
Como
no podía dormir, se sentó en cuclillas con la manta al estilo
indio, y se dio en negras reflexiones, que a toda costa debía
clarear. Para cuando le llamaron, creía tener una coartada.
La
galería de celdas estaba más calmada. Aunque el trasiego de
presos a los servicios, previa reglamentaria voz de: ¡guardia,
quiero ir al servicio!, era inaudito al parecer del Jambo. Lo
que puede mear o cagar un tropel de presos, y en cierto modo,
compadeció al cabo Mauro, que de seguro maldecía el día de
guardia de calabozo que le había caído en suerte.
Se
calzó los zapatos, pero no le dieron ni los cordones ni el
cinturón. Ignoraba qué hora era, pero calculó que al menos
pasaban de las dos de la madrugada. Los sociales hacían horas
extras. ¡Que se jodieran! Un gris de aspecto macilento le esposó
y le condujo al segundo piso. En los pasillos se amontonaban los
presos y las presas, todos esposados, todos espantados, todos
asustados. Cualquier intento de conversación era radicalmente
cortado por el guardia de turno.
La
luz era ambarina, lechosa, umbría. Los rincones se desdibujaban
al mirarlos. Las ventanas estaban todas cerradas con sus
contrafuertes atravesados por postigos. Al menos nadie se caería
accidentalmente por ellas. En las salas habilitadas para
interrogatorios, el mobiliario era rudo, viejo y antipático.
Las sillas eran de hierro. Las mesas, de oscura madera. Los
armarios pequeños y con sucios cristales de los que apenas se
transparentaba el contenido. Todo, en sus formas, en su edad,
era amenazador, hostil, policial.
Le
pasaron a una sala pequeña y poco iluminada. Había una mesa y
una silla, donde se sentaba un hombre enjuto, de rostro cortado
y malicioso, con un peluquín rabiosamente negro sobre unas
patillas canosas, que escribía con una pluma estilográfica
sobre ajados folios. A su lado, una maquina de escribir sobre
una mesita de ruedas al efecto, y su silla, ahora desocupada. Un
armario de cristales traslúcidos, casi amarillos por los años,
cerraba en cierto modo el paso a la enorme ventana herméticamente
cerrada que coronaba el final de la estancia. Recostado sobre
ella, un joven social, fumaba displicente. Llevaba las mangas de
la camisa remangadas y la corbata torcida. Tenía el rostro
colorado y unas fuertes manos, donde en las muñecas destacaba
un reloj de acero inoxidable.
Nadie
dijo nada. El Jambo quedo plantado tras la puerta recién
cerrada por el guardia. El joven policía soltó un exabrupto:
—¡Qué
noche!
Y
siguió:
—¿Y
éste qué?
—Es
de Martín —respondió el de más edad. Ahora viene.
—¡Coño,
me cago en la hostia! Nos va a amanecer aquí.
—Eso,
seguro —le respondió el maduro sin inmutarse.
Al
entrar el citado Martín le sacudió un empellón al Jambo:
—¡Quítate
de en medio, coño!
Traía
su cartera y los carteles. Con gran parsimonia fue deshojando la
billetera como el poeta una margarita. Los billetes, las hojas
con los teléfonos de los colegas, algunas tarjetas de bares o
pub, el finiquito de Barrán...
Se
quedó con los teléfonos, que iban apuntados sobre una
cartulina recortada, no habría más de quince. Las amistades
del Jambo no eran muy telefónicas. Martín cogió la silla del
escribiente, la puso al lado de la mesa, y señalándola, le
dijo al Jambo:
—¡Siéntate,
y empieza a contarnos la batallita que te has preparado!
El
Jambo se sentó, pero permaneció callado. —¡Venga, larga por esa boquita, que no tenemos toda la noche! |
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—¿Y
qué quiere que diga? —respondió el Jambo con sus más estúpida
expresión.
—La
verdad, monda y lironda —y se miraron entre ellos.
El
Jambo empezó a sudar. Necesitaba alguna pista. Conocer lo que
ellos sabían. Pero los malditos no las daban.
—¿Quizá,
si me hicieran preguntas...? —dijo finalmente.
El
social más nuevo se movió rápidamente colocándose a la
espalda del Jambo. El amigo Martín dijo:
—Tú
di lo que quieras, te va a dar igual, nosotros lo sabemos todo.
El
Jambo le miró sin pasión. Tuvo el valor de encogerse de
hombros antes de que el golpe le dejara paralizado y sin
respiración. El policía a su espalda le había golpeado con
los cantos de las manos a ambos lados del cuello. Era un golpe
de artes marciales. Su finalidad era cortar la respiración. Y
durante segundos, el Jambo lo vio todo negro. Tuvo dificultades
para respirar y no cayó de la silla por su propia fortaleza.
No
le dio tiempo a recuperarse, cuando el de más edad le pellizcó
el antebrazo con una fuerza y maña que jamás el Jambo hubiera
imaginado que pudiera doler tanto.
—Vas
a empezar por el principio —dijo el agresor—. Donde vives,
en qué trabajas. Quién te dio los carteles, etc... ¡Venga!
Hacía
un calor horroroso en la sala. Pese a que sólo llevaba una
vieja camisa de manga corta, el Jambo sudaba a chorros. Bien, se
dijo, si quieren que hable, hablaré. Y se arriesgó a contar la
batallita que tenía preparada, donde daba por supuesto que había
sido detenido simplemente porque Martín el policía le había
visto poner algún cartel. El problema era Pepe. Había que
salvarle. Bueno..., dijo. Todo empezó cuando me despidieron del
trabajo.
—¿De
qué trabajo? —ladró Martín.
—Ahí
esta el finiquito —le respondió el Jambo señalando el papel
sobre la mesa.
Lo
examinaron. El más joven salió de la sala con el papel en sus
rojas manos. Martín se sentó sobre la mesa. Ahora tenía al
frente a los dos policías restantes.
—Estaba
muy cabreado —siguió—. Vinieron unos compañeros y nos
dijeron que había que ir a la huelga y repartieron carteles
para que los pegáramos. Así que un compañero y yo nos fuimos
a pegarlos. Porque estábamos muy cabreados...
—¿Y
esos compañeros, quiénes eran? —le interrumpió Martín.
—No
los conocíamos. No eran de nuestra obra.
—¿Cómo
que no los conocías? ¡No mientas!
—Es
verdad, era la primera vez que iban por allí.
El
de más edad volvió a pellizcarle. Joder, con los pellizcos, cómo
dolían.
—¿Pero
tú te crees que somos tontos? —dijo—. Nos vas a dar todos
sus nombres y el del que iba contigo. ¿Ese era de Comisiones,
no?
—No.
Era un compañero de la obra.
—¿Cómo
se llama? —preguntó Martín a la par que le daba un vistazo a
la hora.
—No
sé, le llaman el Cabezón.
—¿O
sea, que no sabes su nombre, ni dónde vive? ¿No es así?
—Se
que vive por Nueva Numancia, porque se baja en Portazgo.
Se
hizo un pequeño silencio. Martín se levantó de la mesa y se
le encaró:
—Mira,
déjate de gaitas, porque si no lo vas a pasar muy mal. Sabemos
que eres de Comisiones Obreras. Y quiero los nombres de todos
los de tu obra, del que iba contigo, y por supuesto del que te
dio los carteles. Porque esto es muy grave, ¿sabes? y agitó
los carteles que estaban sobre la mesa. Con esto te empaqueto
por diez años. Y no me vengas con cuentos. No se le dan
carteles a dos desconocidos, por muy cabreados que estén. O sea
que canta, chaval, o de aquí no sales... en toda la noche.
—Pues
a mi me los dieron.
Trataba
de desviar el interrogatorio hacia si era posible o no que a un
desconocido se le dieron carteles con llamamientos a la huelga
por las libertades y por la amnistía.
En
ese momento entró el joven con su finiquito en la mano. De
reojo vio como negaba con al cabeza. ¡No habían encontrado
nada! |
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—No
me pierda el finiquito, que voy a demandar al empresario —soltó
el Jambo con desparpajo.
Se
hizo un silencio espeso. No daban crédito a sus oídos. El recién
llegado lo levanto de la silla y le empujó con violencia contra
la ventana. pero no tenía fuerza suficiente para hacerle daño
al Jambo:
—¡A
ver si te enteras de dónde estás! ¡Imbécil! —rugió.
—No
quería molestar... —musitó el Jambo.
Volvieron
a mirarse entre ellos.
—Este
es como el del caso la manteca[4]
—dijo el joven.
—No
—le corrigió Martín—. Este es un listo. Pero le vamos a
ablandar —y añadió—: Anda, vuelve a sentarte.
Mientras
lo hacía, abrió la puerta otro policía para preguntar si les
quedaba mucho. A sus espaldas se oía mucho barullo. ¡Estupendo!
Están de bote en bote, se dijo.
Martín
le preguntó por cada uno de los teléfonos que tenía apuntados
en la cartulina. Respondió con seguridad. Muy pocos eran
comprometidos, y los que lo eran llevaban las cifras cambiadas
según un método que aprendió cuando era militante del PCE en
la escuela de Embajadores, y naturalmente, con nombres de
guerra. Pasaron a otra cosa, al domicilio. Martos, 15, el Común.
Y aquí la cagó.
—¿Así
que en el Pozo, con el Padre Llanos, eh? —se regocijó el de más
edad. Y siguió—: Jovencito, te hemos pillado.
A
partir de aquí todo fueron hostias. Que empezara de nuevo y
nada de cuentos. Si vivía en el Común de Trabajadores es que
era comunista como su fundador. El Jambo juró y perjuró que
eso era pura coincidencia. Que allí vivían currantes normales
y corrientes, y que hacía mucho tiempo que aquello no era más
que una simple pensión barata. Y además, que llevaba muy poco
viviendo, unos meses...
El
joven le daba repetidos golpes con el canto de la mano, en el
cuello en el hombro y en los costados. Eran golpes que por unos
segundos le hacían perder el conocimiento. Percusiones en
nervios vitales que cruzaban la parte superior de su cuerpo.
Comenzaba a desfallecer. Tuvo que dar algunos nombres de
antiguos compañeros del Común, pero se guardó mucho de mentar
a nadie comprometido.
Sin
embargo, poco a poco perdía la conciencia de lo que había
dicho o no, los sistemas de alerta le fallaban. Tenía los ojos
enrojecidos y calambres en las pantorrillas. Veía a sus
interrogadores en una neblina imprecisa. Oía sus voces como si
fueran de otra realidad imposible. Una pesadilla que quería
terminar cuanto antes, pero nunca acababa. Cada vez que el policía
joven, él único que le golpeaba, se colocaba a su espalda, su
cuerpo se tensaba a la espera del golpe, pero el muy mamón
distanciaba sus golpes, sorprendiéndole siempre, parecía como
si adivinase su prevención.
Entró
un hombre trajeado. Habló con ellos. De momento lo dejaban, había
otros casos más urgentes. El primer asalto había terminado, y
él seguía en sus trece. Jambo uno, polis cero. Jambo
lesionado.
Como
había tantos detenidos, los bajaban y subían de los calabozos,
en lotes, por tanto le esposaron y le sentaron en un banco al
lado de una chica llorosa. Era una rubita de cara agraciada. Las
lagrimas le rodaban por las mejillas y hasta mojaban su camisa.
Seguro que era una estudiante. Estos cabrones son capaces de
haberle atizado.
—Venga,
chica, ánimo. Sólo son setenta y dos horas. ¡Actitud
positiva! —le dijo el Jambo tratando de consolarla.
La
estudiante le miró con desolación. Pero en la leve sonrisa de
su vecino de asiento, pareció encontrar ánimo y se secó las lágrimas
con las manos. Nada dijo, sólo le miraba. Y el Jambo, crecido,
creyó ser ya un héroe carcelario, dando consuelo a la
desconsolada. Meneo la cabeza con picardía y levantó las cejas
en uno de sus característicos gestos de: ¡eso es lo que hay,
joven!
El
guardia acudió al momento y les condujo escaleras abajo. Al
llegar a la celda de la estudiante, el Jambo musitó:
—¡Aguanta,
chica, esto no es nada!
Ella
le sonrió y contestó con un monosílabo:
—Sí. El relamido había desaparecido, y el que parecía metalúrgico, roncaba como un lirón. ¡Qué temple! Se enroscó en la manta y quiso dormir. Pero no pudo. Le dolía el cuello y los hombros, y no era capaz de acomodar la cabeza, además, tenían el magín ocupado recordando su interrogatorio. Apuntando muy hondo, qué había dicho y qué no. Y una y otra vez, retrocedía al principio para grabarse los hechos de tal manera que no pudieran volver a confundirle. Hasta que mucho después se durmió. |
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El
desayuno consistía en un aguachirle que quería ser chocolate y
unas galletas marías húmedas e insípidas. Pidió permiso para
ir al servicio, pero sólo pudo orinar. Se sentó en la taza, y
de verdad que se esforzó. Pero cagar con la puerta abierta y
una sombra gris en el marco de la entrada impedía trabajar
debidamente a sus músculos (cualesquiera que sean), y no hubo
manera pese a que sentía un creciente peso en su interior.
El
metalúrgico no dijo esta boca es mía. A la temprana hora de la
comida, sorbió la sopa de fideos con un envidiable estilo
veterano y se zampó luego el pescado si no con entusiasmo sí
con lejana indiferencia. Y ambas acciones tenían un mérito
extraordinario. El Jambo sólo pudo con la sopa. El pescado
estaba repugnante. El pan no era malo, vendría de las
panificadoras militares de Carabanchel, seguro. Lo militares
siempre supieron hacer buen pan.
El
silencio le traía frito. Su compañero, o dormía, o comía, o
cagaba, pero de abrir la boca y tratar de pasar el rato con él,
ni hablar. A lo mismo se pensaba que él era un confidente
metido allí para sonsacarle. ¡Será gilipollas! Y empezó a
cogerle tirria.
Por
la tarde, quién sabe a qué hora, volvieron a llamarle.
Mientras subía, se dijo que ésta era la definitiva. Seguro que
iban a empezar duro, con datos, y quizá con la historia del
Pequeño y Alberto. Si así era, estaba perdido. Pero no hablaría,
de eso estaba seguro, o quizá hablaría por los codos, ya veríamos,
pero desde luego de nada que comprometiera a nadie. Su
estrategia seguía siendo la del idiota asustado. Y para ello
contaba con un gran defecto que allí, sin embargo, era una
maravillosa virtud, ¡era un cabezón!
Le
llevaron a la misma habitación. Para su sorpresa, no estaban ni
Martín, ni el joven. Sólo el policía de más edad y un tipo,
también en mangas de camisa, sentado frente a la maquina de
escribir. Se sentó en la conocida silla, y esperó sus
preguntas.
El
policía del peluquín le espetó sin pasión:
—Empieza
de nuevo a declarar...
El
escribiente sacó un cigarrillo y tras una breve duda le ofreció.
El Jambo lo cogió y le devolvió una mirada de agradecimiento.
Era un Rex, un bendito Rex. Y aspirando aquel maravilloso humo
comenzó a contar lo mismo que el día anterior, mientras el
oficinista le obligaba a parar cada cierto tiempo para seguir su
hilo. Cuando ya llevaban tres cuartos del folio, el policía de
edad, se levantó bruscamente y comenzó a gritar. ¡Que si se
creía que su declaración iba a quedar así! Que o contaba la
verdad o sacaba las gomas del armario. Esta mención a unas
gomas guardadas en aquel siniestro armario intranquilizó
sobremanera al Jambo, pero no le hizo desviarse de su prevista
declaración. Supo que aquel vetusto representante de las
fuerzas represivas franquistas, quizá en su juventud fue un
cabrón torturador, pero que allí y ahora, era una mierda
incapaz de ponerse a tan duro trabajo. Y en esta arriesgada
apreciación, el Jambo se creció y continuó en su línea de
idiota que pasaba por allí, pese a haber declarado que vivía
en el ojo del huracán del rojerío vallecano.
En
cuanto al escribiente, un joven delgado y de finas facciones, más
parecía un compañero que un enemigo presto a degollarle. Así
que, en esta disposición, el Jambo no se amilanó. Supo que en
realidad no sabían nada de él. Quizá habían estado en el Común,
o buscando a su supuesto compañero de pegada de carteles, pero
con los datos que les había dado, aquella tarea era imposible.
Y supo también que las diversas policías de la España
franquista se coordinaban un carajo. Y supo, otra vez también,
que el trabajo les tenía desbordados. Y que ya no había en las
Españas hijos de puta dispuestos a apalear gratis a las buenas
gentes, ni cortarles el pelo, ni a darles aceite de ricino, ni a
denunciarles, ni a nada de eso. Ahora eran ellos mismos los que
tenían que hacer aquel sucio trabajo. Y los tiempos aventuraban
cambios que los policías temían, y estos temores les hacían
contenerse en según y qué clase de presos. Y estaba claro que
no iban a perder mucho tiempo en un pelagatos como el Jambo. Por
tanto, respiró profundo y se tranquilizó, dedicándose a
construir una declaración larga y farragosa, donde mil y un
datos lejanos, inconexos y variopintos, difuminaran la única
verdad que ambos bandos sabían, que habían trincado a un tipo
pegando unos carteles llamando a una Jornada de Acción Democrática,
es decir, una huelga política por cuenta de la Junta Democrática.
Y caviló además, que se conformarían con los carteles, es
decir, propaganda ilegal. De tres a seis años, ¿qué más querían?
La
segunda noche la durmió como un bendito, pese a que los
calabozos del cuartel se habían convertido en el hotel de los líos.
Los guardias estaban desquiciados. Y los presos y presas
crecidos. Pero al Jambo se la sudaba. Roncaba a pierna suelta,
con el profundo descanso del que tiene la conciencia tranquila.
Cierto que tenía el cuerpo dolorido, pero aquello no era nada
comparado con lo que le hacían a otros más importantes, y no
digamos a los detenidos vascos. Por tanto, bien podría decirse
que el Jambo había tenido la suerte del novato, por contra de
sus conocidos, el Pequeño y Alberto.
Por
la mañana le volvieron a llamar. Esto no entraba en la cuenta
del Jambo y sospechó algo. Pero de pronto recordó que no había
firmado la declaración. ¡Claro, a firmar!, se dijo. Su
sorpresa fue mayúscula cuando se encontró al trío inicial
esperándole. El fornido Martín agitaba su declaración entre
sus manazas: —¡Qué! ¿Te has creido que me voy a tragar esto? |
|
Se
encogió de hombros. Aún llevaba las esposas puestas. El policía
joven se acercó en dos rápidos pasos. El primer puñetazo le
cayó en el estomago y le dejó sin aire. Los siguientes le
entraron en los costados. Instintivamente se encogió y se
protegió con los antebrazos como hacen los boxeadores. Esto
desconcertó al atizador unos segundos, pero volviendo a su más
pura técnica marcial le propinó un golpe en las cervicales con
el canto de la mano. El Jambo se derrumbó como un fardo. Tardó
casi un minuto en recobrar el conocimiento. Y allí seguían los
tres, amenazadores tres, gritándole, cogiéndole desde atrás
de los brazos para que el sádico pudiera golpear en blando, una
y otra vez. Luego, le arrojaron sobre la silla. El Jambo no sabía
muy bien dónde estaba ni que pasaba realmente. Únicamente sabía
que no iba a abrir la boca y así se lo dijo:
—Señores...
En estos términos no voy a abrir la boca.
El
de más edad soltó una sonora carcajada:
—¿Pero
habéis oído? En los años de mi vida, jamás había oído a un
idiota igual que este. ¡Vamos a sacar las gomas!
Y
se dirigió al armario y lo abrió.
—¡Espera!
—dijo Martín—. Si va a hablar, ¿verdad?
Y
al decir esto último le clavó la mirada al Jambo. Pero a éste
le daba todo igual. Se encontraba tan mal que al respirar
profundamente comenzó a toser. Luego se volvió para el armario
con el rostro desolado, parecía querer decir, ¡venga, ponme
las malditas gomas! ¡Sean lo que sean!
El
de más edad, sacó del estante unas largas gomas, como las que
usas los practicantes para pincharte en la vena. Sólo que estas
eran redondas y fuertes. Las gomas oscilaban en las manos del
policía. De pronto las estiró restallándolas. El Jambo se
estremeció. Una oleada de miedo le subió desde los genitales
al abdomen. Sus tripas se estaban deshaciendo. Tuvo un
desfallecimiento y millones de sus neuronas aullaron
aterrorizadas. ¡Habla! ¡Habla! ¡Eso es todo lo que quieren!
Movió la cabeza de un lado para otro mientras jadeaba sin
control. Ríos de sudor le nacían del pelo.
—Voy
a darte una oportunidad antes de que te jodamos vivo —musitó
suavemente Martín—. Habla, ahora, chaval. Dinos quiénes son
tus camaradas[5],
dónde viven, dónde esta el aparato que imprime los carteles. Dínoslo
todo y te mandamos al juez. De otro modo, te vamos a abrasar...
Se
abrió la puerta y apareció el que actuara de escribiente en el
anterior interrogatorio. Parecía cabreado:
—Pero
hombre no seáis burros. ¡Venga, venga! Idos todos de aquí.
Que hay mucho trabajo ahí fuera.
Sorprendentemente,
abandonaron la habitación. A regañadientes pero se iban. Al
salir, el joven le espetó:
—Por
esta vez te libras. pero volveremos. Y te vamos a colgar de los
cojones.
—¡Caray!
—dijo el escribiente al sopesar las gomas, mientras las
guardaba y cerraba la puerta del armario.
Le
ofreció un cigarrito. El Jambo le miró con arrobo. Un ser
humano entre tanto hijo de puta.
—¿Sabes?
—dijo con un tranquilizador tono—. He estado leyendo tu
declaración. A mí es que me gusta repasarlo todo, ¿sabes? Y
aquí falla algo. Te echas tú toda la culpa. Por cuatro
carteles de nada que te dieron, te van a caer un montón de años...
—¿Cuántos?
—preguntó el Jambo con un ronco hilo de voz.
—No
sé, un montón. Pero... ¿tú eres consciente de lo mal que estás
enfocando esto?
Por
un momento, el Jambo pensó que tenía razón. Se iba a comer un
marrón del carajo, por cuatro carteles de nada. Pero al mirar a
los ojos al escribiente, comprendió. El instinto de los barrios
bajos, años de ellos ya en su haber, le advirtieron de que
aquellos ojos eran mentirosos: Ni escribiente ni hostias. Otro
madero hijo de perra, jugando al bueno, al feo y al malo[6].
—¿Y
cómo quiere que lo enfoque? —le respondió.
—Tu,
veras. Pero yo que tú lo tendría claro. Que paguen ellos. Si tú
no has hecho nada, ¿por qué vas a cargar con el muerto?
—Pues
miré usted. Voy a cargar con el muerto porque en este país es
un delito pegar carteles. Así que, como yo los pegué, yo
cargaré con el muerto.
El
Jambo lo miró fijamente. Tenía los hombros hundidos y las
manos caídas entre las rodillas. Pero en sus ojos había todavía
mucha vida, mucha resistencia, y mucho odio. |
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El
policía, esbozó una sonrisa. Comprobó indiferente que su
juego se había acabado. No parecía alterado por ello. Se acercó
a la puerta, la abrió y llamó a Martín. Estuvieron
cuchicheando un rato. Luego se acercaron al Jambo y le pusieron
la declaración para firmar. El Jambo, como le habían enseñado,
firmó pegadito a la última línea mecanografiada.
Al
verlo, Martín abrió los ojos desmesuradamente:
—¡Desgraciado!
¿Dónde te han dicho que firmes así?
Y
se lanzó sobre el Jambo y le sacudió varios puñetazos en el
rostro. Era la primera vez que le golpeaban en la cara. El que
hacía de poli bueno, se interpuso gritando:
—¡Venga,
vale ya!
[1]Era
la única forma de poder orinar o lo otro.
[2]Poner
las huellas digitales
[3]Policía.
[4]Quería
decir, como el que asó la manteca.
[5]En
realidad, el policía se equivocó aquí. Nadie se llamaba
camarada en Comisiones. [6]Técnica policial en los interrogatorios, que consiste en machacar a un preso hasta que llegado a un despersonalizador límite, hace su entrada otro policía que haciéndose pasar por bondadoso, consigue la declaración espontánea del desorientado preso. El Jambo la conocía por haber leído un librito que en el Partido circulaba. Una especie de vidas ejemplares de comunistas torturados, que más que ayudar ponía los pelos de punta. |