¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-20- Top, Top, ¿quién es? |
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Los
diez presos formaron en silencio. A ojo del Jambo, todos salvo
dos, eran políticos. Una camioneta de las de conducciones de
presos, esto es, sin ventanas, abrió sus puertas traseras y
cada preso tomó asiento. Delante de ellos un mamparo con un
ventanuco y una gruesa tela metálica les separaba del conductor
y de los dos grises que los custodiaban. ¡Por fin! ¡A las
Salesas! A ver al juez. En el camino, uno que trabajaba en TV y
que había caído preso por ser del comité de huelga, se puso a
relatar en tono irónico las excelencias del sistema
capitalista, que conduce a sus presos en cómodos automóviles
insonorizados.
Unos
de los guardias se volvió iracundo:
—¡Callarse!
No hagáis que me cabree...
—Como
no nos preñes... —le respondió el intrépido reportero.
Todos
rieron, menos los maderos.
En
la antesala del despacho del juez y esposados, había otro
tropel de rojos y cuatro indiferentes grises. También había
familiares mezclados con los presos. Los grises pasaban del
reglamento. Una chica se le acercó:
—Hola,
¿te acuerdas de mí?
Era
la compañera llorosa. Ahora parecía mucho más guapa.
—Sí
—afirmó el Jambo—. Claro que me acuerdo. No creo que se me
olvide ese sitio en mucho tiempo.
—¿Te
dieron? —preguntó la chica.
—Un
poco —respondió el Jambo. Y torció la cabeza en uno de sus
peculiares gestos.
—Mira
mamá —dijo la chica, cogiendo de la mano a su madre—, este
el chico de que te hablé.
—Encantada
—saludó la madre.
—Tus
palabras me sirvieron de mucho, de verdad —continuó la chica.
—¿Sí?
Pues consígueme un cigarrillo. Me muero por fumar.
La
chica habló con su madre, y la madre se encaró con el gris:
—¡Agente!,
¿fuma usted?
El
agente le dio un cigarro, un ducados. La madre se lo dio al
Jambo. El Jambo miró al gris y abrió las manos todo lo que las
esposas le dejaban. El guardia meneó la cabeza con censura:
—Venga,
fuma, que entre todos me vais a liquidar el paquete.
La
espera se hizo larga. Había mucho trabajo, mucha carne para la
picadora marca TOP[1].
Los presos entraban y salían del despacho cada diez o quince
minutos. A unos les quitaban las esposas y a otros no. Dependía
de si había familiares.
Cuando
le nombraron, se despidió de la chica con un leve, ¡que te
vaya bien! Caminó hasta la egregia puerta y esposado entró en
el despacho. Toda la falsa solemnidad de aquel lugar le hizo
flaquear más que el montón de hostias que traía en el haber.
El largo despacho se iniciaba con una mesa donde oficiaba una
esbelta secretaria, y que estaba repleta de apilados
expedientes, autos, en su jerga. Cada uno de ellos era la vida
destrozada de un hombre o mujer. La secretaria vestía como la
gente de Serrano. Llevaba unas impecables medias sobre unas
esculturales piernas. El traje de chaqueta se cruzaba sobre sus
formas con una envidiable apretura. De sus manos cuidadas, nacían
unas rosas uñas, a juego con el color de sus labios. Y de su
bella cabeza una rubia y planchada cabellera. Todo en ella era
adorable, excepto su oficio, sus preconcebidas ideas y su
indiferencia por el destino de los presos cuyos expedientes
iniciaba.
El
gris quedó junto al dintel. El Jambo avanzó unos pasos a una
indicación de la secretaria, quien se sentó en la máquina de
escribir que, más cercana a la inmensa mesa del juez, servía
para mecanografiar las declaraciones.
Sobre
una recia butaca de piel, ceñida de enormes y blandos brazos,
se sentaba Dios: el juez. Era un hombre alto, de excelente traje
azul, y corbata marrón sobre una planchadísima camisa blanca.
Tenía el cutis sano y bronceado, y en sus dientes se podía
reflejar cualquier cosa de lo blancos y brillantes que los
gastaba. Peinaba en negro engominado con algunos ríos de plata,
que lejos de envejecerle, le hacían más interesante en su bien
entrada cincuentena. |
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Su
mirada era rectilínea, vivaz, penetrante. Y sus ademanes al
hojear los legajos, eran elegantes e inteligentes. Provenía de
una familia de notables gallegos con un gran pasado en el régimen.
Durante la Guerra Civil, nuestro juez, fue el voluntario más
joven en la 81 División rebelde. Después de pelarse el culo de
frío en Teruel y otras hazañas en el Ebro, nuestro buen juez
terminó su carrera de abogado (en realidad nunca la había
empezado), por el expeditivo método de presentarse a los exámenes
con su bonito uniforme de falangista, cuajadito de
condecoraciones. Y si alguna de las preguntas venía complicada,
nada, se escribían los Vivas y Arribas de rigor, y una
insignificante coletilla, donde se apuntaba, que en Teruel y en
el Ebro no hubo tiempo para estudiar, y que por tanto, el
tribunal bien tendría dignarse en disculpar lo que de leyes
faltaba o a un hombre tan sobrado de patriotismo, agallas, y
conocimientos, estos no jurídicos, no, por Dios, sino de patrióticas
personalidades.
Muchos
destinos había tenido nuestro hombre, desde que aprobó las
oposiciones a Juez, ignorando si por el mismo método que su
flamante titulo de abogado. Y en todas las plazas destacó. En
unas por cabrón, en otras por hijo de puta, en algunas por
corrupto y sin escrúpulos, y en todas ellas, por putero y
privador. Pero aún hoy, años después de lo que os cuento,
inasequible a la jubilación, triunfa nuestro gran jurista.
Ahora en democrático juez, de graves y solemnes convicciones
constitucionales.
Pero
al Jambo no sabía nada de todo esto. Hombre de finos instintos,
calibró en el acto, que aquel lujoso coño de secreter, que tan
fuertemente llamaba su atención, era feudo de caza del insigne
jurista, y acertó, bien es cierto, pero lo que no intuyó, fue
que ha tiempo que al juez no se le levantaba por culpa del güisqui,
no del nacional, claro. Y que ella, la adorable Dorita, lo
llevaba con resignación pero fácil, pues la diferencia no era
mucha. Intuyó después, que aquel trajeado prócer lo iba
despachar sin piedad y sin odio, pues de la primera nunca tuvo,
y lo segundo lo fue perdiendo con los años, a la par que se
convertía en un profesional de meter rojos en el talego. Tarea
en la que era extraordinario, como decimos. Abrió por tanto el
juez la carpetilla, echó un vistazo a la declaración y otro a
la pruebas sumariales, vulgo carteles de la Junta Democrática.
Y tras una mirada rasa y rápida al presunto, le endoso una
retahíla leguleya donde lo único que sacó en claro el
vallecano fue que existían indicios racionales. ¿Racionales? A
la pregunta de que si tenía algo que declarar, el Jambo,
distante cuatro pasos de la mesa, y oyendo en sordina el
traqueteo de la máquina de escribir de la bella Dorita, alzó
la voz para decir:
—Lo
que tengo que decir ya está escrito en mi declaración.
Este
tono de voz, irritó al juez, no por el contenido, indiferente a
todas luces, sino por la forma y hasta diría que por la gallardía.
Alzó por fin su patricia cabeza, taladró al interfecto, y
cogiendo con elegancia los cárteles (¡malditos cárteles!) se
dignó también gritar:
—¿Y
esto, qué?, ¡generación espontánea!
—Pues,
¡eso...! —le replicó el Jambo aún más alto.
Se
hizo un sepulcral silencio. Dorita dejó de teclear. Las miradas
del juez y del Jambo tuvieron un agarrón a medio camino de
ambos pares del ojos. Finalmente, el juez bajó la vista, y con
uno de esos gruesos lápices mitad mina roja, mitad mina azul,
anotó extrañas palabras en alguno de los papeles del auto.
Luego, Dorita le dio al Jambo a leer y firmar el recibí, donde
amén de procesarle por propaganda ilegal se le comunicaba que
el Excelentísimo Señor Director General de Seguridad tenía la
gentil gracia de imponerle una multa de doscientas mil pesetas,
gracia que corría, en caso de impago, a cien mil pesetas por
mes de arresto. Bueno, qué importaba, el juez decretaba su
prisión preventiva hasta la celebración del juicio. ¡Al
diablo con las doscientas mil pesetas de multa! Además, ningún
rojo de verdad pagaba estas multas.
—El
siguiente... —le ordenó el juez al guardia.
Mientras
salía del despacho le vino al recuerdo, las duras palabras que
en cierta ocasión escuchó de un señalado líder del metal, de
visita en el Común, y a propósito de estos servidores públicos,
administradores de la justicia. En absoluto aquel dirigente
obrero era un radical. Las duras palabras que todos los
comuneros escucharon sentados alrededor del cura Llanos, eran
fruto de dolorosas experiencias personales: "No esperéis
nunca nada de un juez, pues aunque puedan parecer civilizados,
incluso liberales, en realidad tienen tanta sangre inocente a
sus espaldas que siempre serán eternos cómplices de la conjura
que nos aniquiló. Por otro lado, si alguna vez hubo algunos de
nuestras ideas, podéis estar seguros de que fueron
expulsados..." |
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Los
calabozos de los Juzgados eran otra cosa. Si en el Cuartel de
Pontejos, primaba el gris verdoso, aquí el color era el blanco.
Azulejos blancos (bueno, casi) por todos los lados, y camas gris
claro. Hasta el funcionario era otra cosa. Un orondo tipo
perfectamente uniformado en verde y de relativo buen trato con
sus huéspedes. Una de las caras le resultó conocida de los
tiempos de la escuela. Pues sí, resulta que era un antiguo
conocido de cuando la célula del PCE en la Escuela de
Embajadores. Bien, era alguien con quien hablar sin recelos. Se
apellidaba Etxevarrieta, y aunque era madrileño, tenía raíces
donostiarras, sobre todo por el verano. Era un tipo de escasa
estatura pero ancho como un armario. Llevaba una poblada melena
y su correspondiente barba de progre. Decoración que nunca
entusiasmó al Jambo. Pero era un compañero agradable y de
probada confianza. Se dedicaron a repasar sus amistades y
organizaciones, y como de mutuo acuerdo, ninguno nombró sus
recientes experiencias en el anterior hospedaje. A media tarde
los sacaron para formar una conducción con destino a
Carabanchel. Estaban un poco nerviosos, era la primera vez para
ambos. Para empezar, cambiaron de administración, Los guardias
eran picoletos. Indiferentes también, pero mucho más duros.
Echaron una hora de camino. Junto a ellos se sentaban varios
comunes. ¡Vaya diferencia de catadura! Y aunque al Jambo poco
impresionaba el aspecto externo de las gentes, vecino del Pozo,
al fin y al cabo, Entre los presos políticos y los comunes de
la conducción parecía haber una raza de diferencia.
¡Ay,
Carabanchel! Buen barrio, buena gente y mala cárcel, en
realidad más que cárcel, deposito de presos en espera de
juicio, y hotel para presos de paso. Es decir que no era penal.
Allí no se cumplían penas. Centro de Detención de
Preventivos, o algo así. Prisión Provincial en definitiva.
Para empezar, una bofetada en todo el cuerpo: un cartel con una
frasecita de Franco, asegurando que no hay sistema penitenciario
más humano en el mundo que el suyo.[2]
A continuación, y tras pasar unos cuantos impresionantes
rastrillos[3],
donde por primera vez, vio el Jambo, a los miembros de la
especie humana más despreciables: los presos de confianza. ¡Presos
al servicio de sus carceleros! Más bajo no se puede caer. En
este caso personificados en serviles esclavos para abrir y
cerrar las inmensas cancelas aherrojadas que eran los citados
rastrillos. Seguidamente, otro concierto de piano y daguerrotipo
al canto, en las dependencias de huellas y cacheos, previamente
de haberles quitado de nuevo todas sus pertenencias, sobre todo
el dinero, que como ya se verá, tenía su explicación. Después,
abusivo tocamiento de huevos por un preso maricón, voluntario,
claro, en estos deliciosos menesteres. Y también, ficha que te
crió y preguntitas rutinarias. Y, ¡albricias!, otra ficha con
los ahorros. ¡Sorpresa!, en la cárcel no se usa dinero, sino
unos curiosos vales, sí, como los del palé. El peculio del
preso. Extraña economía, ésta. Como el Jambo llevaba
novecientas pelas, pues le endosaron novecientas pesetas en
vales. Hasta ahí, todo muy bien, pero lo que el vallecano no
sabía, es que, por los terribles defectos de la economía
capitalista (o sería por otra cosa), en la cárcel había
inflación, o sea más vales circulando, que pelas en la caja
fuerte del Señor Director. Por lo que, en realidad, el Jambo,
se metió al bolsillo seiscientas pesetas. Pero de eso se
enteraba uno cuando venía el del economato con la lista de
encargos.
Luego,
un cabo[4]
de cara endemoniada, paradigma de malvado puesto al servicio de
los boqueras[5]
les condujo a la séptima galería[6],
para pasar un encantador periodo de saneamiento de cinco largos
días, con una exclusiva salida diaria de una hora de paseo.
Una
vez allí, lo primerito, jergón, plato, vaso y cuchara. Si
apoquinas al cabo, vale, todo medio decente, si no, que te
follen, julai, una mierda deshecha de colchón lleno de porquería
bien encuadernado en otras mantas de la misma ralea. Los comunes
plantaban la gallina ipso facto, veteranía o lo que fuera. Los
políticos, inocentes, cargaban con lo peor del almacén (que
consecuentemente era la celda más asquerosa). Pero en fin, sólo
eran cinco días. Al Jambo le metieron en una celda de dos
literas (cuatro camas) y en la que ya había tres amables
inquilinos. Una hermosa toma de contacto que en términos pictóricos
podría definirse, por su estoica ocupación en: viejo asturiano
contando su vida a un joven con vendetta a la espalda que
afilaba el mango de la cuchara contra la pata de la cama, y
completando la escena, tonto (de los de verdad) sentado en la
omnipresente taza (por decir algo) y cagando. El olor era
perfectamente descriptible, mierda pura flotando en el aire.
Pero el Jambo no se amilanó. Tenía estómago: |
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—¡Salud,
compañeros! —dijo en tono firme.
El
tonto respondió con toda la amabilidad que su placentero afán
le permitió, no sabiendo en realidad si habló o fue flato. El
joven con los días contados, gruñó, y el asturiano entrado en
años y desdichas, como se verá, respondió con un fuerte ¡salud!,
que le trajo al recuerdo sus años mozos, cuando andaba de
soldado de la República en la 59 División, pegando tiros
contra los gallegos, allá por Pravia. Los tres eran presos
comunes, pues el asturiano, pese a su pasado, estaba allí por
haber apuñalado a un paisano, por un lío de lindes y de vacas.
Y los tres habían venido a juicio.
El
tonto, era regordete, muy moreno y podía haber pasado por
modelo de Murillo. Nadie sabía qué coño de delito podía
haber cometido aquel infeliz. Pero cuando se le preguntaba si
quería salir en libertad, era el único preso de toda España,
qué digo, probablemente de todo el mundo, que contestaba que
no. Él vivía muy feliz en la cárcel. Todos eran amables con
él, boquis incluidos, y lucía una permanente sonrisa de tonto
del culo. Quizá no era tan tonto, quizá siga todavía por allí.
El joven, que gastaba un esmirriado cuerpo hilado en nervio
puro, lo tenía crudo. En la quinta[7],
dos kies[8]
le estaban esperando, él sabría por qué, para sacarle las
tripas. Por este justificado motivo, se aplicaba a la labor de
afilar la inocente cuchara. En cuanto a la apariencia del
asturiano, era un simple campesino de edad, con un rostro
curtido en extremo, y unas manos enormes de dedos gruesos como
astiles, y que apenas podía estirar de tanto sostener las
herramientas de su oficio.
Ninguno
de los tres mostró la más mínima hostilidad hacía el Jambo.
Por tanto, el vallecano se ocupó de sus asuntos, compuso su
cama como pudo y depositando sobre ella su cuchara, su vaso de
metal, y la escudilla, se sentó en lo alto, prestando atención
a la larga cháchara que el asturiano desgranaba con pena, pasión,
y rencor: de cómo un vecino le metía las vacas en el prao, sólo
por hacer mal, y de cómo le prendió fuego a la sebe una noche,
para que la linde se perdiera y quitarle unos metros a nuestro
hombre. Y de cómo éste, termino por estallar, y una tarde
lluviosa, en el chigre, le metió cinco dedos de acero de
Taramundi, allí, delante de todos y sin preámbulos. Antes del
entierro, ya estaba en la cárcel de Oviedo. Por segunda vez, ésta
parece que con razón.
A
las siete la cena, bueno lo que fuera. Después, unos
cigarrillos que encargó al del economato. Y luego, apagar la
luz y al sobre. ¡Con dos cojones!
El
periodo de saneamiento era extremadamente pesado. Cinco días
con sus cinco noches, metidos en una celda estrecha, excepto una
hora de paseo después del desayuno. La primera sorpresa del
Jambo en la hora de paseo, fue observar como los veteranos se
emparejaban y como atacados de una repentina locura se ponían a
caminar arriba y abajo del patio[9].
Tras una somera reflexión, lo entendió. Era el único tiempo
disponible para mover las piernas. Así que buscó al amigo
Etxevarrieta, y de común acuerdo, pasearon con un frenético
ritmo, y a imitación de los presos políticos con más
experiencia carcelaria, se fueron contando sus primeras
impresiones. Lo de cagar era lo peor. Llevaban ya cuatro días
sin soltar el consumao. Y previsiblemente la cosa abundaría
otros cuatro, lo que daba un montante de ocho días acumulando.
¿Podrían las tripas con tanto?
—Yo
lo voy a intentar esta noche —le aseguró el Jambo a su compañero.
—¿Y
no te corta que te miren?
—¡Bah!
A mis compañeros les importa un huevo...
—Yo,
es que no puedo —confesó Etxevarrieta—. Ya sabes, la
educación burguesa.
—¡La
intimidad! Querrás decir.
Etxevarrieta
estaba impresionado por la decoración carcelaria: barrotes
verjas, cancelas, rastrillos, celosías, barandillas, puertas
metálicas... Y los portazos, venga portazos una y otra vez,
crispándole los nervios.
—Compañero
—le aseguró el Jambo, como si fuera un curtido veterano—,
este es un sitio para penar. Aquí debería haber un cartel que
dijera: "Abandonad toda esperanza los que aquí entréis".
—¡Ah!
—se sorprendió Etxevarrieta—. Lo que ponía a la entrada
del infierno...
—Eso
—le confirmó el Jambo. Y siguió—: ¿Te fijaste en el
retrato de Franco y la frasecita de marras?
—¿Y
los toques de corneta? ¡Esto parece un cuartel!
—Es
que este cabrón después de la guerra lo organizó todo así
—aseguró el Jambo—. Franco, la estructura más compleja que
es capaz de entender, es un cuartel. Administra España como un
coronel un regimiento. Pone y quita capitanes de cuartel según
como vengan las cosas, ¡y punto!
Después
del paseo, en la celda del Jambo se llevaron a sus tres compañeros.
Habían terminado el periodo de saneamiento. Eso le facilitó
las cosas. Con un papel limpió bien la taza. Después y con
mucha calma. Se sentó e hizo fuerzas. Nada. Como si tuviera la
tripa hormigonada. Pues despacito y mucha calma, se dijo. Media
hora después, consiguió expulsar tres enormes bolas. Y ahí se
atascó. Se dio por satisfecho y se lavó en el estrecho lavabo. |
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A
la tarde, después de la cena, le entraron naturales ganas. ¡Fenómeno!
largó un chorizo kilométrico y se quedó como nuevo. Pobre Etxevarrieta, seguro que seguía con la tripa hinchada como un
niño desnutrido.
Unas
horas después, se abrió la celda, y cuál sería su sorpresa,
entró Etxevarrieta y otro compañero. Al primero lo pasaban a
esta celda, porque también se había quedado solo. Y al
segundo, lo acababan de encerrar. Era un vasco. Un simpático
vasco de agradables facciones y sonrisa fácil al que habían
trincado en su tierra, y para más inri, en su luna de miel.
Etxevarrieta, que se consideraba paisano, hiló pronto con el
euskaldún, y le dieron un repaso a lugares y conocidos. Sin
duda se trataba de un etarra. Koldo, quiso que le llamaran, pero
seguro que no se llamaba así. La conversación de Koldo era muy
interesante, pues contaba, sin citar nombres, ni partidos, lo
que estaba pasando en su país. El relato era espeluznante. Lo
de Madrid era un juego de niños al lado de aquello. Estado de
excepción tras otro, Euskadi se desangraba en aquel maldito sin
fin que era el binomio, acción-represión. Nadie estaba seguro
en su casa. Unos, porque ETA infundía verdadero pavor entre las
fuerzas policiales y sus familiares, otros, porque la población
vivía aterrorizada por la ciega y despiadada represión del
franquismo.
Los
innumerables casos y las dramáticas anécdotas de la
cotidianidad en un país ocupado militarmente, impresionaron
grandemente al Jambo. Y le confirmaron lo que ya sabía. Que en
Euskadi, no se trataba de una vanguardia comunista con más o
menos apoyo moral de la población, como en el resto del estado.
No, en Euskadi, era la mayoría de la población en activa
resistencia contra el franquismo y soportando terribles
reacciones violentas del aparato represivo. Y en cuanto a la
juventud, la proporción de apoyo a ETA era casi completa. Tendrían
que venir dos generaciones más, para que este balance se
rompiera. Por lo demás, los nuevos cachorros etarras, eran
mucho más expeditivos que sus fundadores. Mientras, la
organización se había fragmentado en varias facciones. El núcleo
duro y militar de la organización, estaba ahora en manos de
gentes que habían vivido primero la represión en sus barrios y
en sus familias, y ahora, ya casi hombres hechos y derechos,
querían pronta venganza. La ETA del sesenta y ocho, la del
juicio de Burgos, se extinguía, y una nueva organización,
mucho menos marxista, pero mucho más irracionalmente
nacionalista estaba naciendo. De hecho ya había nacido. La
consigna, o con nosotros o contra nosotros, se la habían
copiado a sus enemigos: Ejercito, Guardia Civil, Policía,
falangistas e informadores, que habían hecho, de su país (de
todo el país) su finca particular. Y había tantos crímenes
impunes en el haber franquista, tanta ignominia, tantas
humillaciones, en el reciente pasado. Que los frenos morales y
la realidad política que en la mayoría de la oposición al
franquismo imponía una lucha pacífica, en Euskadi se diluía,
se perdía en los ayes de una población que recontaba sus
bajas, atendía sus heridos y sus desaparecidos, en un hosco
silencio, que pronto dejó de serlo, para pasar a ser puro
terror, y que envenenaría todos y cada uno de los actos políticos
venideros.
[1]Tribunal
de Orden Público. Fundado en 1964 para sustituir a los
Consejos de Guerra de la Ley para la Represión de la
Masonería y el Comunismo, que por los sesenta ya cantaba
mucho.
[2]Franquito
era muy sarcástico, con fino humor castrense.
[3]Inmensas
rejas de techo a suelo, que los presos llaman rastrillos.
[4]Cabo
de vara o de brigada. Preso de confianza, auxiliar de los
funcionarios. Toda una institución en las cárceles españolas.
[5]Funcionarios
de prisiones: Ordenanzas, Celadores y Funcionarios
propiamente dichos.
[6]La
cárcel se organizaba en una gran rotonda de la que salían
radios o galerías, que son inmensos corredores de cuatro
pisos de celdas flanqueados por voladizos con barandillas
que cabalgan sobre un gran corredor central y donde cada
galería tiene su patio. Todas las cárceles españolas
construidas tras la guerra, por la urgente necesidad de
meter en la cárcel a media España, tiene esta forma de
rueda de carro que ha perdido la llanta. Carabanchel se
comenzó a edificar en el 42. Incluso se dice de una de las
galerías, la inconclusa, que hubo una estafa y que el
constructor se fugó con las pelas.
[7]Quinta
galería. Reformatorio en aquellos tiempos.
[8]Kie.
Termino de difícil traducción. Gallos. Chulos. Peleones.
Los más valientes. [9]Una gran tradición de las cárceles españolas, el paseo del preso, como el de los osos del retiro: arriba y abajo, arriba y abajo. |