S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-20-

Top, Top, ¿quién es?

Los diez presos formaron en silencio. A ojo del Jambo, todos salvo dos, eran políticos. Una camioneta de las de conducciones de presos, esto es, sin ventanas, abrió sus puertas traseras y cada preso tomó asiento. Delante de ellos un mamparo con un ventanuco y una gruesa tela metálica les separaba del conductor y de los dos grises que los custodiaban. ¡Por fin! ¡A las Salesas! A ver al juez. En el camino, uno que trabajaba en TV y que había caído preso por ser del comité de huelga, se puso a relatar en tono irónico las excelencias del sistema capitalista, que conduce a sus presos en cómodos automóviles insonorizados.

Unos de los guardias se volvió iracundo:

—¡Callarse! No hagáis que me cabree...

—Como no nos preñes... —le respondió el intrépido reportero.

Todos rieron, menos los maderos.

En la antesala del despacho del juez y esposados, había otro tropel de rojos y cuatro indiferentes grises. También había familiares mezclados con los presos. Los grises pasaban del reglamento. Una chica se le acercó:

—Hola, ¿te acuerdas de mí?

Era la compañera llorosa. Ahora parecía mucho más guapa.

—Sí —afirmó el Jambo—. Claro que me acuerdo. No creo que se me olvide ese sitio en mucho tiempo.

—¿Te dieron? —preguntó la chica.

—Un poco —respondió el Jambo. Y torció la cabeza en uno de sus peculiares gestos.

—Mira mamá —dijo la chica, cogiendo de la mano a su madre—, este el chico de que te hablé.

—Encantada —saludó la madre.

—Tus palabras me sirvieron de mucho, de verdad —continuó la chica.

—¿Sí? Pues consígueme un cigarrillo. Me muero por fumar.

La chica habló con su madre, y la madre se encaró con el gris:

—¡Agente!, ¿fuma usted?

El agente le dio un cigarro, un ducados. La madre se lo dio al Jambo. El Jambo miró al gris y abrió las manos todo lo que las esposas le dejaban. El guardia meneó la cabeza con censura:

—Venga, fuma, que entre todos me vais a liquidar el paquete.

La espera se hizo larga. Había mucho trabajo, mucha carne para la picadora marca TOP[1]. Los presos entraban y salían del despacho cada diez o quince minutos. A unos les quitaban las esposas y a otros no. Dependía de si había familiares.

Cuando le nombraron, se despidió de la chica con un leve, ¡que te vaya bien! Caminó hasta la egregia puerta y esposado entró en el despacho. Toda la falsa solemnidad de aquel lugar le hizo flaquear más que el montón de hostias que traía en el haber. El largo despacho se iniciaba con una mesa donde oficiaba una esbelta secretaria, y que estaba repleta de apilados expedientes, autos, en su jerga. Cada uno de ellos era la vida destrozada de un hombre o mujer. La secretaria vestía como la gente de Serrano. Llevaba unas impecables medias sobre unas esculturales piernas. El traje de chaqueta se cruzaba sobre sus formas con una envidiable apretura. De sus manos cuidadas, nacían unas rosas uñas, a juego con el color de sus labios. Y de su bella cabeza una rubia y planchada cabellera. Todo en ella era adorable, excepto su oficio, sus preconcebidas ideas y su indiferencia por el destino de los presos cuyos expedientes iniciaba.

El gris quedó junto al dintel. El Jambo avanzó unos pasos a una indicación de la secretaria, quien se sentó en la máquina de escribir que, más cercana a la inmensa mesa del juez, servía para mecanografiar las declaraciones.

Sobre una recia butaca de piel, ceñida de enormes y blandos brazos, se sentaba Dios: el juez. Era un hombre alto, de excelente traje azul, y corbata marrón sobre una planchadísima camisa blanca. Tenía el cutis sano y bronceado, y en sus dientes se podía reflejar cualquier cosa de lo blancos y brillantes que los gastaba. Peinaba en negro engominado con algunos ríos de plata, que lejos de envejecerle, le hacían más interesante en su bien entrada cincuentena.

Su mirada era rectilínea, vivaz, penetrante. Y sus ademanes al hojear los legajos, eran elegantes e inteligentes. Provenía de una familia de notables gallegos con un gran pasado en el régimen. Durante la Guerra Civil, nuestro juez, fue el voluntario más joven en la 81 División rebelde. Después de pelarse el culo de frío en Teruel y otras hazañas en el Ebro, nuestro buen juez terminó su carrera de abogado (en realidad nunca la había empezado), por el expeditivo método de presentarse a los exámenes con su bonito uniforme de falangista, cuajadito de condecoraciones. Y si alguna de las preguntas venía complicada, nada, se escribían los Vivas y Arribas de rigor, y una insignificante coletilla, donde se apuntaba, que en Teruel y en el Ebro no hubo tiempo para estudiar, y que por tanto, el tribunal bien tendría dignarse en disculpar lo que de leyes faltaba o a un hombre tan sobrado de patriotismo, agallas, y conocimientos, estos no jurídicos, no, por Dios, sino de patrióticas personalidades.

Muchos destinos había tenido nuestro hombre, desde que aprobó las oposiciones a Juez, ignorando si por el mismo método que su flamante titulo de abogado. Y en todas las plazas destacó. En unas por cabrón, en otras por hijo de puta, en algunas por corrupto y sin escrúpulos, y en todas ellas, por putero y privador. Pero aún hoy, años después de lo que os cuento, inasequible a la jubilación, triunfa nuestro gran jurista. Ahora en democrático juez, de graves y solemnes convicciones constitucionales.

Pero al Jambo no sabía nada de todo esto. Hombre de finos instintos, calibró en el acto, que aquel lujoso coño de secreter, que tan fuertemente llamaba su atención, era feudo de caza del insigne jurista, y acertó, bien es cierto, pero lo que no intuyó, fue que ha tiempo que al juez no se le levantaba por culpa del güisqui, no del nacional, claro. Y que ella, la adorable Dorita, lo llevaba con resignación pero fácil, pues la diferencia no era mucha. Intuyó después, que aquel trajeado prócer lo iba despachar sin piedad y sin odio, pues de la primera nunca tuvo, y lo segundo lo fue perdiendo con los años, a la par que se convertía en un profesional de meter rojos en el talego. Tarea en la que era extraordinario, como decimos. Abrió por tanto el juez la carpetilla, echó un vistazo a la declaración y otro a la pruebas sumariales, vulgo carteles de la Junta Democrática. Y tras una mirada rasa y rápida al presunto, le endoso una retahíla leguleya donde lo único que sacó en claro el vallecano fue que existían indicios racionales. ¿Racionales? A la pregunta de que si tenía algo que declarar, el Jambo, distante cuatro pasos de la mesa, y oyendo en sordina el traqueteo de la máquina de escribir de la bella Dorita, alzó la voz para decir:

—Lo que tengo que decir ya está escrito en mi declaración.

Este tono de voz, irritó al juez, no por el contenido, indiferente a todas luces, sino por la forma y hasta diría que por la gallardía. Alzó por fin su patricia cabeza, taladró al interfecto, y cogiendo con elegancia los cárteles (¡malditos cárteles!) se dignó también gritar:

—¿Y esto, qué?, ¡generación espontánea!

—Pues, ¡eso...! —le replicó el Jambo aún más alto.

Se hizo un sepulcral silencio. Dorita dejó de teclear. Las miradas del juez y del Jambo tuvieron un agarrón a medio camino de ambos pares del ojos. Finalmente, el juez bajó la vista, y con uno de esos gruesos lápices mitad mina roja, mitad mina azul, anotó extrañas palabras en alguno de los papeles del auto. Luego, Dorita le dio al Jambo a leer y firmar el recibí, donde amén de procesarle por propaganda ilegal se le comunicaba que el Excelentísimo Señor Director General de Seguridad tenía la gentil gracia de imponerle una multa de doscientas mil pesetas, gracia que corría, en caso de impago, a cien mil pesetas por mes de arresto. Bueno, qué importaba, el juez decretaba su prisión preventiva hasta la celebración del juicio. ¡Al diablo con las doscientas mil pesetas de multa! Además, ningún rojo de verdad pagaba estas multas.

—El siguiente... —le ordenó el juez al guardia.

Mientras salía del despacho le vino al recuerdo, las duras palabras que en cierta ocasión escuchó de un señalado líder del metal, de visita en el Común, y a propósito de estos servidores públicos, administradores de la justicia. En absoluto aquel dirigente obrero era un radical. Las duras palabras que todos los comuneros escucharon sentados alrededor del cura Llanos, eran fruto de dolorosas experiencias personales: "No esperéis nunca nada de un juez, pues aunque puedan parecer civilizados, incluso liberales, en realidad tienen tanta sangre inocente a sus espaldas que siempre serán eternos cómplices de la conjura que nos aniquiló. Por otro lado, si alguna vez hubo algunos de nuestras ideas, podéis estar seguros de que fueron expulsados..."

Los calabozos de los Juzgados eran otra cosa. Si en el Cuartel de Pontejos, primaba el gris verdoso, aquí el color era el blanco. Azulejos blancos (bueno, casi) por todos los lados, y camas gris claro. Hasta el funcionario era otra cosa. Un orondo tipo perfectamente uniformado en verde y de relativo buen trato con sus huéspedes. Una de las caras le resultó conocida de los tiempos de la escuela. Pues sí, resulta que era un antiguo conocido de cuando la célula del PCE en la Escuela de Embajadores. Bien, era alguien con quien hablar sin recelos. Se apellidaba Etxevarrieta, y aunque era madrileño, tenía raíces donostiarras, sobre todo por el verano. Era un tipo de escasa estatura pero ancho como un armario. Llevaba una poblada melena y su correspondiente barba de progre. Decoración que nunca entusiasmó al Jambo. Pero era un compañero agradable y de probada confianza. Se dedicaron a repasar sus amistades y organizaciones, y como de mutuo acuerdo, ninguno nombró sus recientes experiencias en el anterior hospedaje. A media tarde los sacaron para formar una conducción con destino a Carabanchel. Estaban un poco nerviosos, era la primera vez para ambos. Para empezar, cambiaron de administración, Los guardias eran picoletos. Indiferentes también, pero mucho más duros. Echaron una hora de camino. Junto a ellos se sentaban varios comunes. ¡Vaya diferencia de catadura! Y aunque al Jambo poco impresionaba el aspecto externo de las gentes, vecino del Pozo, al fin y al cabo, Entre los presos políticos y los comunes de la conducción parecía haber una raza de diferencia.

¡Ay, Carabanchel! Buen barrio, buena gente y mala cárcel, en realidad más que cárcel, deposito de presos en espera de juicio, y hotel para presos de paso. Es decir que no era penal. Allí no se cumplían penas. Centro de Detención de Preventivos, o algo así. Prisión Provincial en definitiva. Para empezar, una bofetada en todo el cuerpo: un cartel con una frasecita de Franco, asegurando que no hay sistema penitenciario más humano en el mundo que el suyo.[2] A continuación, y tras pasar unos cuantos impresionantes rastrillos[3], donde por primera vez, vio el Jambo, a los miembros de la especie humana más despreciables: los presos de confianza. ¡Presos al servicio de sus carceleros! Más bajo no se puede caer. En este caso personificados en serviles esclavos para abrir y cerrar las inmensas cancelas aherrojadas que eran los citados rastrillos. Seguidamente, otro concierto de piano y daguerrotipo al canto, en las dependencias de huellas y cacheos, previamente de haberles quitado de nuevo todas sus pertenencias, sobre todo el dinero, que como ya se verá, tenía su explicación. Después, abusivo tocamiento de huevos por un preso maricón, voluntario, claro, en estos deliciosos menesteres. Y también, ficha que te crió y preguntitas rutinarias. Y, ¡albricias!, otra ficha con los ahorros. ¡Sorpresa!, en la cárcel no se usa dinero, sino unos curiosos vales, sí, como los del palé. El peculio del preso. Extraña economía, ésta. Como el Jambo llevaba novecientas pelas, pues le endosaron novecientas pesetas en vales. Hasta ahí, todo muy bien, pero lo que el vallecano no sabía, es que, por los terribles defectos de la economía capitalista (o sería por otra cosa), en la cárcel había inflación, o sea más vales circulando, que pelas en la caja fuerte del Señor Director. Por lo que, en realidad, el Jambo, se metió al bolsillo seiscientas pesetas. Pero de eso se enteraba uno cuando venía el del economato con la lista de encargos.

Luego, un cabo[4] de cara endemoniada, paradigma de malvado puesto al servicio de los boqueras[5] les condujo a la séptima galería[6], para pasar un encantador periodo de saneamiento de cinco largos días, con una exclusiva salida diaria de una hora de paseo.

Una vez allí, lo primerito, jergón, plato, vaso y cuchara. Si apoquinas al cabo, vale, todo medio decente, si no, que te follen, julai, una mierda deshecha de colchón lleno de porquería bien encuadernado en otras mantas de la misma ralea. Los comunes plantaban la gallina ipso facto, veteranía o lo que fuera. Los políticos, inocentes, cargaban con lo peor del almacén (que consecuentemente era la celda más asquerosa). Pero en fin, sólo eran cinco días. Al Jambo le metieron en una celda de dos literas (cuatro camas) y en la que ya había tres amables inquilinos. Una hermosa toma de contacto que en términos pictóricos podría definirse, por su estoica ocupación en: viejo asturiano contando su vida a un joven con vendetta a la espalda que afilaba el mango de la cuchara contra la pata de la cama, y completando la escena, tonto (de los de verdad) sentado en la omnipresente taza (por decir algo) y cagando. El olor era perfectamente descriptible, mierda pura flotando en el aire. Pero el Jambo no se amilanó. Tenía estómago:

—¡Salud, compañeros! —dijo en tono firme.

El tonto respondió con toda la amabilidad que su placentero afán le permitió, no sabiendo en realidad si habló o fue flato. El joven con los días contados, gruñó, y el asturiano entrado en años y desdichas, como se verá, respondió con un fuerte ¡salud!, que le trajo al recuerdo sus años mozos, cuando andaba de soldado de la República en la 59 División, pegando tiros contra los gallegos, allá por Pravia. Los tres eran presos comunes, pues el asturiano, pese a su pasado, estaba allí por haber apuñalado a un paisano, por un lío de lindes y de vacas. Y los tres habían venido a juicio.

El tonto, era regordete, muy moreno y podía haber pasado por modelo de Murillo. Nadie sabía qué coño de delito podía haber cometido aquel infeliz. Pero cuando se le preguntaba si quería salir en libertad, era el único preso de toda España, qué digo, probablemente de todo el mundo, que contestaba que no. Él vivía muy feliz en la cárcel. Todos eran amables con él, boquis incluidos, y lucía una permanente sonrisa de tonto del culo. Quizá no era tan tonto, quizá siga todavía por allí. El joven, que gastaba un esmirriado cuerpo hilado en nervio puro, lo tenía crudo. En la quinta[7], dos kies[8] le estaban esperando, él sabría por qué, para sacarle las tripas. Por este justificado motivo, se aplicaba a la labor de afilar la inocente cuchara. En cuanto a la apariencia del asturiano, era un simple campesino de edad, con un rostro curtido en extremo, y unas manos enormes de dedos gruesos como astiles, y que apenas podía estirar de tanto sostener las herramientas de su oficio.

Ninguno de los tres mostró la más mínima hostilidad hacía el Jambo. Por tanto, el vallecano se ocupó de sus asuntos, compuso su cama como pudo y depositando sobre ella su cuchara, su vaso de metal, y la escudilla, se sentó en lo alto, prestando atención a la larga cháchara que el asturiano desgranaba con pena, pasión, y rencor: de cómo un vecino le metía las vacas en el prao, sólo por hacer mal, y de cómo le prendió fuego a la sebe una noche, para que la linde se perdiera y quitarle unos metros a nuestro hombre. Y de cómo éste, termino por estallar, y una tarde lluviosa, en el chigre, le metió cinco dedos de acero de Taramundi, allí, delante de todos y sin preámbulos. Antes del entierro, ya estaba en la cárcel de Oviedo. Por segunda vez, ésta parece que con razón.

A las siete la cena, bueno lo que fuera. Después, unos cigarrillos que encargó al del economato. Y luego, apagar la luz y al sobre. ¡Con dos cojones!

El periodo de saneamiento era extremadamente pesado. Cinco días con sus cinco noches, metidos en una celda estrecha, excepto una hora de paseo después del desayuno. La primera sorpresa del Jambo en la hora de paseo, fue observar como los veteranos se emparejaban y como atacados de una repentina locura se ponían a caminar arriba y abajo del patio[9]. Tras una somera reflexión, lo entendió. Era el único tiempo disponible para mover las piernas. Así que buscó al amigo Etxevarrieta, y de común acuerdo, pasearon con un frenético ritmo, y a imitación de los presos políticos con más experiencia carcelaria, se fueron contando sus primeras impresiones. Lo de cagar era lo peor. Llevaban ya cuatro días sin soltar el consumao. Y previsiblemente la cosa abundaría otros cuatro, lo que daba un montante de ocho días acumulando. ¿Podrían las tripas con tanto?

—Yo lo voy a intentar esta noche —le aseguró el Jambo a su compañero.

—¿Y no te corta que te miren?

—¡Bah! A mis compañeros les importa un huevo...

—Yo, es que no puedo —confesó Etxevarrieta—. Ya sabes, la educación burguesa.

—¡La intimidad! Querrás decir.

Etxevarrieta estaba impresionado por la decoración carcelaria: barrotes verjas, cancelas, rastrillos, celosías, barandillas, puertas metálicas... Y los portazos, venga portazos una y otra vez, crispándole los nervios.

—Compañero —le aseguró el Jambo, como si fuera un curtido veterano—, este es un sitio para penar. Aquí debería haber un cartel que dijera: "Abandonad toda esperanza los que aquí entréis".

—¡Ah! —se sorprendió Etxevarrieta—. Lo que ponía a la entrada del infierno...

—Eso —le confirmó el Jambo. Y siguió—: ¿Te fijaste en el retrato de Franco y la frasecita de marras?

—¿Y los toques de corneta? ¡Esto parece un cuartel!

—Es que este cabrón después de la guerra lo organizó todo así —aseguró el Jambo—. Franco, la estructura más compleja que es capaz de entender, es un cuartel. Administra España como un coronel un regimiento. Pone y quita capitanes de cuartel según como vengan las cosas, ¡y punto!

Después del paseo, en la celda del Jambo se llevaron a sus tres compañeros. Habían terminado el periodo de saneamiento. Eso le facilitó las cosas. Con un papel limpió bien la taza. Después y con mucha calma. Se sentó e hizo fuerzas. Nada. Como si tuviera la tripa hormigonada. Pues despacito y mucha calma, se dijo. Media hora después, consiguió expulsar tres enormes bolas. Y ahí se atascó. Se dio por satisfecho y se lavó en el estrecho lavabo.

A la tarde, después de la cena, le entraron naturales ganas. ¡Fenómeno! largó un chorizo kilométrico y se quedó como nuevo. Pobre Etxevarrieta, seguro que seguía con la tripa hinchada como un niño desnutrido.

Unas horas después, se abrió la celda, y cuál sería su sorpresa, entró Etxevarrieta y otro compañero. Al primero lo pasaban a esta celda, porque también se había quedado solo. Y al segundo, lo acababan de encerrar. Era un vasco. Un simpático vasco de agradables facciones y sonrisa fácil al que habían trincado en su tierra, y para más inri, en su luna de miel. Etxevarrieta, que se consideraba paisano, hiló pronto con el euskaldún, y le dieron un repaso a lugares y conocidos. Sin duda se trataba de un etarra. Koldo, quiso que le llamaran, pero seguro que no se llamaba así. La conversación de Koldo era muy interesante, pues contaba, sin citar nombres, ni partidos, lo que estaba pasando en su país. El relato era espeluznante. Lo de Madrid era un juego de niños al lado de aquello. Estado de excepción tras otro, Euskadi se desangraba en aquel maldito sin fin que era el binomio, acción-represión. Nadie estaba seguro en su casa. Unos, porque ETA infundía verdadero pavor entre las fuerzas policiales y sus familiares, otros, porque la población vivía aterrorizada por la ciega y despiadada represión del franquismo.

Los innumerables casos y las dramáticas anécdotas de la cotidianidad en un país ocupado militarmente, impresionaron grandemente al Jambo. Y le confirmaron lo que ya sabía. Que en Euskadi, no se trataba de una vanguardia comunista con más o menos apoyo moral de la población, como en el resto del estado. No, en Euskadi, era la mayoría de la población en activa resistencia contra el franquismo y soportando terribles reacciones violentas del aparato represivo. Y en cuanto a la juventud, la proporción de apoyo a ETA era casi completa. Tendrían que venir dos generaciones más, para que este balance se rompiera. Por lo demás, los nuevos cachorros etarras, eran mucho más expeditivos que sus fundadores. Mientras, la organización se había fragmentado en varias facciones. El núcleo duro y militar de la organización, estaba ahora en manos de gentes que habían vivido primero la represión en sus barrios y en sus familias, y ahora, ya casi hombres hechos y derechos, querían pronta venganza. La ETA del sesenta y ocho, la del juicio de Burgos, se extinguía, y una nueva organización, mucho menos marxista, pero mucho más irracionalmente nacionalista estaba naciendo. De hecho ya había nacido. La consigna, o con nosotros o contra nosotros, se la habían copiado a sus enemigos: Ejercito, Guardia Civil, Policía, falangistas e informadores, que habían hecho, de su país (de todo el país) su finca particular. Y había tantos crímenes impunes en el haber franquista, tanta ignominia, tantas humillaciones, en el reciente pasado. Que los frenos morales y la realidad política que en la mayoría de la oposición al franquismo imponía una lucha pacífica, en Euskadi se diluía, se perdía en los ayes de una población que recontaba sus bajas, atendía sus heridos y sus desaparecidos, en un hosco silencio, que pronto dejó de serlo, para pasar a ser puro terror, y que envenenaría todos y cada uno de los actos políticos venideros.

 [1]Tribunal de Orden Público. Fundado en 1964 para sustituir a los Consejos de Guerra de la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo, que por los sesenta ya cantaba mucho.

 [2]Franquito era muy sarcástico, con fino humor castrense.

 [3]Inmensas rejas de techo a suelo, que los presos llaman rastrillos.

 [4]Cabo de vara o de brigada. Preso de confianza, auxiliar de los funcionarios. Toda una institución en las cárceles españolas.

 [5]Funcionarios de prisiones: Ordenanzas, Celadores y Funcionarios propiamente dichos.

 [6]La cárcel se organizaba en una gran rotonda de la que salían radios o galerías, que son inmensos corredores de cuatro pisos de celdas flanqueados por voladizos con barandillas que cabalgan sobre un gran corredor central y donde cada galería tiene su patio. Todas las cárceles españolas construidas tras la guerra, por la urgente necesidad de meter en la cárcel a media España, tiene esta forma de rueda de carro que ha perdido la llanta. Carabanchel se comenzó a edificar en el 42. Incluso se dice de una de las galerías, la inconclusa, que hubo una estafa y que el constructor se fugó con las pelas.

 [7]Quinta galería. Reformatorio en aquellos tiempos.

 [8]Kie. Termino de difícil traducción. Gallos. Chulos. Peleones. Los más valientes.

 [9]Una gran tradición de las cárceles españolas, el paseo del preso, como el de los osos del retiro: arriba y abajo, arriba y abajo.