¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-21- Tercera galería. |
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Al
sexto día, les pasaron a la tercera galería. Con los políticos.
Aquel era otro mundo. Una cultura y hasta una civilización
encapsulada en una cárcel, pero en absoluto desconectada del
exterior y por tanto de la realidad. Nadie en el mundo tiene
tanta experiencia en cárceles como los rojos españoles.
Decenios y decenios de represión han hecho de ellos carne de
presidio, de fosa común, y de humillación. Pero jamás esto ha
domeñado sus mentes, al contrario, es en la cárcel dónde se
formaron los mejores cuadros, dónde muchos se dieron a la
lectura, donde se curtieron en bizarras discusiones con el
oponente ideológico. La tercera galería de la cárcel de
Carabanchel, en el año 75, contenía a varios cientos de presos
políticos de toda laya del rojerío. La galería, gemela a las
otras siete (no todas en uso), semejaba un largo y alto hangar,
de cuatro pisos corridos de celdas ante cuyas puertas se
deslizaba una larga barandilla que guarnecía a modo de
quita-miedos, los largos pasillos que como pasamanos del
infortunio gobernaban las idas y venidas de los internos. Un
patio anexo (cada galería tenía el suyo), con servicios,
duchas e instalaciones para juegos deportivos completaba el
territorio de la república de comunas que era en realidad la
tercera. Una salvedad, el último piso de la tercera, se llamaba
el palomar, en el moraban las palomas, es decir, los mariquitas.
Nadie sabía por qué las palomas coronaban el cotidiano
quehacer de la tercera, pero todos se lo imaginaban: para
molestar al rojerío, y aquí recordemos, que tales actividades,
es decir, que practicar sexo, con el mismo sexo, era entonces
delito. Casi un centenar de palomas, algunas incluso con pechos,
distribuían su alborotada convivencia por el palomar. Los políticos
las ignoraban, pero el trasiego de otras galerías era un
importante foco de anécdotas, cuando no de incidentes. Y un
inciso informativo, el polvo, barato, setenta y cinco
pelas, y si en vales de la cárcel, ciento cincuenta[1].
La
tercera estaba de bote en bote debido a las masivas detenciones
de las Jornadas de Acción Democrática. Pero la excelente
organización de los presos políticos, tantos años de
experiencia, aguantó bien el empellón. Los presos se
organizaban en comunas por afinidad ideológica. Estaba
primeramente, la comuna de la Junta Democrática, es decir PCE y
PTE[2],
que era la más numerosa y la mejor organizada, pero no la mejor
aprovisionada (que como veremos era la de ETA). Había en ella
personajes insignes, como Camacho, Sartorius, Carlos Álvarez,
etc... Venía después la comuna de ETA. Casi un centenar de
etarras de todas las tendencias, organizados en una de las alas
del segundo piso, y con una capacidad de aislamiento y hosquedad
a prueba de bomba. Su aprovisionamiento era espectacular.
Grandes cajas de madera llegaban desde el país vasco anegando
literalmente las celdas que oficiaban de bodegas. Era la única
comuna que disponía regularmente de alcohol de alta graduación.
No el vino peleón que la dirección facilitaba
extraordinariamente cuando consideraba que la fiesta lo merecía,
y que, naturalmente, se podía conseguir de extranjis, y pagando
a tocateja, del economato de la prisión. No, los etarras recibían
su abundante provisión de otras formas más espectaculares y
clandestinas. Se decía, que conserveros vascos, familiares de
detenidos, envasaban directamente en las latas, ginebra, güisqui,
y otras ardientes necesidades del preso, y que,
sorprendentemente, atravesaban todos los controles de los
amoscados boqueras. Misterios de las prisiones. Aunque os
aseguro, que en las prisiones no hay misterios, sino muchas
manos deseosas de ser llenadas a cambio de sellar sus bocas. La
siguiente comuna la formaban los chinos, PCE(m-l), FRAP y
similares, y en aquel momento eran coyunturalmente numerosos, y
sorprendentemente, llenas de adolescentes, que por pacto con la
dirección, no iban a parar al reformatorio, donde, sin duda,
sus moradores se los hubieran comido con patatas. Reivindicación,
que venía de muy atrás, y que había costado, muchas y duras
batallas contra la dirección. Después venía, la comuna que el
Jambo escogió, la izquierda del PCE, es decir, MCE, ORT, LCR y
otros grupos izquierdistas. Era la comuna menos ideológicamente
cohesionada, pero la más liberal y por ende divertida. Si bien,
la peor aprovisionada, dada la menor capacidad organizativa de
los partidos que la formaban. Estaba también la comuna del
PSOE, que sólo contaba con tres moradores, el profesor Bustelo[3],
un hombrón de poblada barba, y de esforzadas y gimnásticas
aficiones, y dos anónimos sindicalistas, uno de los cuales no
era de UGT, sino de la USO. Y quedaban finalmente, los que iban
por libre, el ateese, que era una bellísima persona, pero que,
pobrecillo, pertenecía a la OMLE, futuro PC(r)[4],
y su partido, no le dejaba ajuntarse con nadie, no vaya a ser
que se contaminara. Estaba igualmente, el espía ruso, que era
un simpático español, encargado de la paquetería, y que
esperaba juicio acusado de espiar para los rusos, ¿quién coño
se puede imaginar qué?.
En
el patio de la tercera, el cabo, un veterano preso político[5],
recio como un boxeador, pero amable con los compañeros, les fue
acomodando según afinidades ideológicas. No era obligatorio
confesar la militancia política en la cárcel, pero parecía
estúpido ocultarla. Los administradores de cada comuna,
institución donde las hubiera, los acomodaron el celdas con
camas libres, casi siempre, como digo, con compañeros de
pensamiento afín. Y tras recolectar los vales de dinero
carcelario que cada uno llevara (las comunas lo eran de verdad),
si el preso era fumador, se le proveía de la ración de su
tabaco para todo el mes. Caso de que el preso fumara en demasía,
terminaría consumiendo el estándar trujalí carcelario: celtas
cortos, del que parecía haber extraordinaria provisión. Al
Jambo le acomodaron con un estudiante del MCE, grupo chino, pero
razonable. Se trataba de un tipo cuadrado como un armario, algo
soso, pero buena persona. Llevaba con resignación una petición
de ocho años (parece que lo trincaron con el aparato de la
organización) y esperaba juicio. Tenía una celda curiosa, lo
que denotaba una larga estancia. Al pie de una mesita, un bote
de Colón forrado con una cruz gamada: el cubo de la basura. |
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Bueno.
La cosa era muy simple. Levantarse para el primer recuento, que
lo hacía un boqui con el cabo antes citado. Después uno podía
asearse y desayunar en el comedor de la comuna (una celda a este
uso) o seguir empiltrado. Luego, si la comuna no te había
adjudicado algún servicio de limpieza o cocina, uno podía
bajar al patio y pasear, hacer gimnasia, platicar, o jugar al fútbol,
frontón y similares. Después comer, con siesta, si apetecía,
y más tarde cursillos (organizados por las propias comunas) de
teoría política, o charlas vespertinas comentando la prensa,
donde a veces podía haber fuego dialéctico cruzado entre señalados
polemistas de distintas comunas. Pero en general, las comunas
hacían más adoctrinamiento con recién llegados que otra cosa.
A Camacho, que andaba por allí y que todas las tardes, se
rodeaba de fervientes discípulos del PCE, mientras comentaba
las noticias del diario Pueblo, los de la comuna del Jambo, le
llamaban, con burda ironía, radio Moscú.
No
era corriente entrar en discusión ideológica con etarras, pues
si bien personalmente solían ser tipos agradables y tan
corrientes y molientes como todo hijo de vecino, en cuanto se
les nombraba la madre (la patria vasca, claro), la mayoría se
convertían en unos duros intransigentes que imponían muchísimo
al personal políticamente payo, por decirlo así, que a su vera
pululaba. Tenían la irritante creencia, de que la resistencia
antifranquista la llevaban exclusivamente ellos, que todas las
hostias se las llevaban también ellos, y que por tanto eran
unos auténticos mártires, y los demás unos aficionados. Al
parecer, Franco sólo había fusilado a gente en Euskadi y los
únicos que habían luchado en la guerra eran ellos. Además, y
para más inri, los maquetos estábamos obligados a luchar también
por su independencia, siendo lo nuestro secundario. Toda esta
memez, era como ya dije, muy irritante, pues al cabo, el
personal se daba cuenta de que todo aquello
era mejor no meneallo.
Y
por tanto, los presos, viendo que de normal, los etarras eran
gente amable, alegre y cantarina, sobre todo esto último, y que
solamente se desquiciaban cuando hablaban de política, se
guardaba mucho de excitarlos políticamente y de ganarles al
frontón o al fútbol, y así todo iba como la seda. No mucho
tiempo atrás, la tercera, prácticamente en masa, había
protagonizado una huelga de hambre de presos políticos (la
huelga había sido nacional), que había sido muy dura. Y si
bien, los etarras, se habían salido muchas veces, políticamente
por la tangente, la dura lucha, creó en la tercera un fuerte
espíritu de camaradería carcelaria, que en cierto modo tenía
muy moderaditos a los boquis.
Es
por ello que el Jambo no podía creerse lo que veía. La cárcel
sí que era un espacio de libertad. Los rojos parecían haber
tomado allí el poder, y salvo que no se podían traspasar sin
permiso, las altísimas verjas que guarnecían la entrada a las
galerías, en la tercera, los rojos hacían lo que querían, es
decir, hacían su república. Comedores, cocinas, utensilios,
juegos, librerías, almacenes de comida, fiestas[6],
y un buen aprovisionamiento del Socorro Rojo (bajo este, al
parecer, terrible nombre para muchos julabos[7],
se escondían unos peligrosos militantes: las madres, padres,
novios y novias y esposos y esposas del rojerío, que con gran
afán, reunían comida, ropas, y toda clase de posesiones para
hacer la vida de sus amados, un poco más fácil. Y en aquellos
días de poder carcelario en la tercera, lo reconozco, mucho más
fácil).
Una
espléndida utopía social florecía en la tercera. El Jambo
estaba entusiasmado. Sólo tenías que dejarte cuidar por la
organización. Trabajar con alegría cuando te tocara, fuera
limpieza o lo que fuera. Aportar tu peculio y las provisiones
que recibieras a la caja común, y dejar que los cálidos y
relajados días transcurrieran mientras gozabas de la compañía
de hombres que mañana mandarían en el país, y también,
sabiendo poner las orejas, aprender en la universidad de los
rojos, que siempre fue la cárcel[8].
La
visión que tenía el Jambo de la cárcel no hubiera sido muy
popular entre los presos de haberse atrevido a confesarla. Una
cosa era un recién llegado o un multero[9]
y muy otra chuparse los mejores años de la vida en las cárceles
franquistas. Pero él no veía eso. Veía algo mejor que el Común
de Llanos, mucho mejor organizado, sólo que sin tías y sin
salir de noche. Más o menos...
El
primer día de su estancia en la tercera, tras colocar sus
escasas pertenencias y recibir unas camisas de repuesto del
administrador de la comuna, en buena hora, pues así podría
lavar la que llevaba, que buena falta le hacía después de más
de ocho días sin mudarse, se dedicó a recorrer el patio y
observar a los presos, sobre todo a los etarras. También se
regocijó un rato en la cola que los numerosos presos recién
salidos del periodo de saneamiento, entre los que se encontraba
Etxevarrieta, hacían frente al par de váteres que los políticos
tenían en el patio (los de las celdas no se usaban, todo
quisque los tenía tapados, sirviendo de asientos). Como él venía
con la faena cumplida, se rió con gusto mientras le tomaba el
pelo al medio vasco. ¿Niño o niña? Y le contó el chiste del
estreñido, ese en el que el vecino de cagadero, oyendo los
gemidos del interfecto, y tras un claro ¡plaf! en el agua, le
preguntó:
—¿Qué...?,
¿ya?
—No.
El reloj —contestó el estreñido completamente desolado.
—Ja,
que gracia —dijo Etxevarrieta, sabiendo perfectamente lo que
sentía en sus tripas el protagonista del chiste: plomo en la
entraña y un corcho en el culo. Así se sentía Etxevarrieta
después de ocho días sin tirar de la cadena. El Jambo voló de allí, quizá cuando la cola se aliviara (literalmente), haría una intentona, que ya la iba necesitando, también. |
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Se paró en la mesa del pimpón. Jugaban,
el secretario general de LAB[10],
contra el Calambres, escuálido trotskista en el límite de la
carne sobre el hueso. Pese a que el Calambres parecía jugar
fatal, el caso es que no fallaba una. El vasco, luchador, pero
mal perdedor, abandonó la partida y mascullando no sé qué de que
no estaba en forma, se dirigió a unas mancuernas artesanales que
los etarras tenían por allí, y se dio una paliza de series de
arrancadas, para coger tono.
El Jambo se puso a jugar con el
Calambres. Le costó pero le ganó. Eran muchas horas de billares
en su haber adolescente. Y además, su compañero de juego era un
autodidacta, aunque con método, como en el fondo son todos los
trotskistas.
Intercambiaron unas palabritas. Lo de
siempre, ¿por dónde respiras[11]
y qué es lo que te has comido?[12]
Como tenía un proceso abierto y además cumplía también por
graciosa multa del Excelentísimo Sr. Dr. Gral. de Seguridad del
Ministerio de la Gobernación. El Jambo venía en principio de
marrón, pero como con toda probabilidad, los abogados, le
conseguirían la libertad condicional, dado el poco bagaje de las
acusaciones contra el vallecano, según el Calambres, en el fondo
no era más que un puto multero.
O sea, en la cárcel, un cero a la
izquierda.
El Jambo chasqueó la lengua:
—Estoy por volver a la DGS y confesar
algo más fuerte, tronco, a ver si me ascienden de categoría.
Uno que pasaba por allí, que le llamaban
el Pucela, y que tenía el juicio en puertas, le palmeó la
espalda al trosco
—¡Calambres! Que se te está haciendo el
coco agua de tantas pajas.
—¡No, jodas! —Y se fue a jugar al
frontón con la tropa etarra, que lanzaban pelotazos como bombas
de mano. El Calambres era muy popular en el patio de la tercera.
A la hora de la comida, su compañero de
habitación y otro camarada suyo, también vasco, aunque del MCE
(como quiera que se dijera en vasco), le encajonaron en la
banqueta del lado de la mesa donde se sentaban los de este
partido[13].
Esta maniobra sorprendió mucho al Jambo, más cuando ambos
militantes debieron hacer un verdadero y doble esfuerzo físico
de fuerza y contención, para dirigir los ochenta quilos del
Jambo, cual vagón de ferrocarril, al sitio exacto. Pero para
sorpresa de todos lo consiguieron. Etxevarrieta, trosco
acreditado, no tuvo ese problema y se sentó como le vino en
gana. No era pieza que se pudiera comer nadie. ¡Qué suerte!,
pensó el Jambo, tras comprender, sin mucho esfuerzo, de lo que
se trataba: hacerles creer a los troscos, que el recién llegado
comulgaba con el MCE, y por tanto abandonaran toda veleidad
proselitista. Y es que, uno de los deportes preferidos del preso
consciente y veterano consistía precisamente en machacarle la
sesera a los recién llegados y entecos de teoría marxista, una y
otra vez, hasta que salieran huyendo espantados, o ingresaran en
la organización, por convencimiento, rendición incondicional, o
cualquier otra cosa. Saludable deporte, ¡sí señor!
Pero, además, Etxevarrieta, gozaba de
otra suerte añadida, como se suponía que ya estaba formado
ideológicamente, no tenía que soportar soporíferos cursillos de
formación M-R (Marxistas-Revolucionarios, que es como se
definían los de la LCR), y que encima, eran a media mañana,
justo cuando la comuna jugaba al fútbol contra los de la Junta.
El Jambo podía declinar amablemente estas teóricas, pero estaba
un poco feo. No podía negárselo, ni a los troscos ni a los
chinos del Movimiento Comunista. Él había llegado de la calle
con lo puesto, y ellos, le habían recibido con los brazos
abiertos, le alimentaban cojonudamente con unos menús diarios de
los que solamente una pequeña parte provenía de la infame cocina
carcelaria. Le habían dado cobijo, protección, fuerza moral,
¡tabaco! y una inmensa y solidaria humanidad, en una forma de
vivir, que era la que el Jambo defendía, y de la que tenía
grande experiencia anterior. Sólo que esta era mucho mejor que
la del Común. Y a cambio, sólo tenía que atender las
explicaciones de un amable barbichivo trosco que insistía en un
extraño partido llamado Lankasama Sama Party[14],
allá por Ceilán, que al parecer era de la IV internacional, y
que, asómbrense pobres de la tierra, incluso gobernaba en
aquella isla perdida de la mano de Dios y a la vera del gigante
indio. Y también, cuando la cosa iba por el lado de los chinos,
un robusto vasco del MC, muy majo y cantarín, pasaba de comerles
el coco, y les enseñaba canciones euskeras que se sabía del
seminario, y que como todo el mundo sabe, eran en Guipúzcoa un
nido de separatistas y rojos, y que él cantaba como nadie, es
decir, como vasco inspirado. Así que, unos días trotskismo
internacional y otros eso de:
"Euskaldún naiz eta
Euskadi du maite..."[15]
[1]De
las de entonces, claro.
[2]Únicos
partidos de la Junta que tenían presos.
[3]Estaba,
al parecer, cumpliendo un arresto por multa gubernativa.
[4]Partido
Comunista (reconstituido). Ellos sabrían.
[5]No
confundir con los cabos de brigada de los comunes. El cabo
de los políticos era aceptado por todos, no impuesto por
los boquis.
[6]Todo
ello normativamente prohibido.
[7]Los
Julabos. Palabra de la chipé cané inventada por un
vallecano salao, que provenía de juntar Jula y bolo (Julabolo)
Y así como para los gitanos, payo es su despectivo para la
raza cristiana. Julabo es lo mismo a la política. Españolitos
adocenados, carajotes, chivatillos e idiotas. Supongo que
su, para mí muy recordado, inventor, estará acojonado por
la epidemia de julabos que nos recorre desde tiempo atrás.
[8]El
periodo que conoció el Jambo fue excepcionalmente bueno y
raro. Como se explicó anteriormente, poco tiempo antes del
ingreso del Jambo en prisión, habían tenido lugar duras y
reivindicativas huelgas de hambre en todas las cárceles de
España. No digo nada si retrocedemos en el tiempo, cuál
fue el trato, cada vez más inhumano según nos acerquemos a
la Guerra Civil, de las cárceles franquistas. Pero es más,
sólo había que salir de la tercera, para saber como se las
gastaba el régimen con los presos comunes, carentes de
organización y de solidaridad.
[9]Uno
que ingresa para cumplir una multa gubernativa.
[10]Sindicato
Abertxale.
[11]Que
de qué partido era.
[12]El
marrón que dicen los comunes. Esta palabra, tan manida, sólo
significa (o significaba) en argot carcelario, sumario,
proceso judicial. De modo que para los presos solamente había
dos maneras de llegar a Carabanchel, de marrón (con un
proceso instruido) o colocado (arrestado para cumplir una
multa, preventivo, o por parecidos motivos).
[13]En
realidad, la comuna la componían fundamentalmente
militantes de MCE y LCR.
[14]O
parecido. [15]Más o menos. |