S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-21-

Tercera galería.

Al sexto día, les pasaron a la tercera galería. Con los políticos. Aquel era otro mundo. Una cultura y hasta una civilización encapsulada en una cárcel, pero en absoluto desconectada del exterior y por tanto de la realidad. Nadie en el mundo tiene tanta experiencia en cárceles como los rojos españoles. Decenios y decenios de represión han hecho de ellos carne de presidio, de fosa común, y de humillación. Pero jamás esto ha domeñado sus mentes, al contrario, es en la cárcel dónde se formaron los mejores cuadros, dónde muchos se dieron a la lectura, donde se curtieron en bizarras discusiones con el oponente ideológico. La tercera galería de la cárcel de Carabanchel, en el año 75, contenía a varios cientos de presos políticos de toda laya del rojerío. La galería, gemela a las otras siete (no todas en uso), semejaba un largo y alto hangar, de cuatro pisos corridos de celdas ante cuyas puertas se deslizaba una larga barandilla que guarnecía a modo de quita-miedos, los largos pasillos que como pasamanos del infortunio gobernaban las idas y venidas de los internos. Un patio anexo (cada galería tenía el suyo), con servicios, duchas e instalaciones para juegos deportivos completaba el territorio de la república de comunas que era en realidad la tercera. Una salvedad, el último piso de la tercera, se llamaba el palomar, en el moraban las palomas, es decir, los mariquitas. Nadie sabía por qué las palomas coronaban el cotidiano quehacer de la tercera, pero todos se lo imaginaban: para molestar al rojerío, y aquí recordemos, que tales actividades, es decir, que practicar sexo, con el mismo sexo, era entonces delito. Casi un centenar de palomas, algunas incluso con pechos, distribuían su alborotada convivencia por el palomar. Los políticos las ignoraban, pero el trasiego de otras galerías era un importante foco de anécdotas, cuando no de incidentes. Y un inciso informativo, el polvo, barato, setenta y cinco  pelas, y si en vales de la cárcel, ciento cincuenta[1].

La tercera estaba de bote en bote debido a las masivas detenciones de las Jornadas de Acción Democrática. Pero la excelente organización de los presos políticos, tantos años de experiencia, aguantó bien el empellón. Los presos se organizaban en comunas por afinidad ideológica. Estaba primeramente, la comuna de la Junta Democrática, es decir PCE y PTE[2], que era la más numerosa y la mejor organizada, pero no la mejor aprovisionada (que como veremos era la de ETA). Había en ella personajes insignes, como Camacho, Sartorius, Carlos Álvarez, etc... Venía después la comuna de ETA. Casi un centenar de etarras de todas las tendencias, organizados en una de las alas del segundo piso, y con una capacidad de aislamiento y hosquedad a prueba de bomba. Su aprovisionamiento era espectacular. Grandes cajas de madera llegaban desde el país vasco anegando literalmente las celdas que oficiaban de bodegas. Era la única comuna que disponía regularmente de alcohol de alta graduación. No el vino peleón que la dirección facilitaba extraordinariamente cuando consideraba que la fiesta lo merecía, y que, naturalmente, se podía conseguir de extranjis, y pagando a tocateja, del economato de la prisión. No, los etarras recibían su abundante provisión de otras formas más espectaculares y clandestinas. Se decía, que conserveros vascos, familiares de detenidos, envasaban directamente en las latas, ginebra, güisqui, y otras ardientes necesidades del preso, y que, sorprendentemente, atravesaban todos los controles de los amoscados boqueras. Misterios de las prisiones. Aunque os aseguro, que en las prisiones no hay misterios, sino muchas manos deseosas de ser llenadas a cambio de sellar sus bocas. La siguiente comuna la formaban los chinos, PCE(m-l), FRAP y similares, y en aquel momento eran coyunturalmente numerosos, y sorprendentemente, llenas de adolescentes, que por pacto con la dirección, no iban a parar al reformatorio, donde, sin duda, sus moradores se los hubieran comido con patatas. Reivindicación, que venía de muy atrás, y que había costado, muchas y duras batallas contra la dirección. Después venía, la comuna que el Jambo escogió, la izquierda del PCE, es decir, MCE, ORT, LCR y otros grupos izquierdistas. Era la comuna menos ideológicamente cohesionada, pero la más liberal y por ende divertida. Si bien, la peor aprovisionada, dada la menor capacidad organizativa de los partidos que la formaban. Estaba también la comuna del PSOE, que sólo contaba con tres moradores, el profesor Bustelo[3], un hombrón de poblada barba, y de esforzadas y gimnásticas aficiones, y dos anónimos sindicalistas, uno de los cuales no era de UGT, sino de la USO. Y quedaban finalmente, los que iban por libre, el ateese, que era una bellísima persona, pero que, pobrecillo, pertenecía a la OMLE, futuro PC(r)[4], y su partido, no le dejaba ajuntarse con nadie, no vaya a ser que se contaminara. Estaba igualmente, el espía ruso, que era un simpático español, encargado de la paquetería, y que esperaba juicio acusado de espiar para los rusos, ¿quién coño se puede imaginar qué?.

En el patio de la tercera, el cabo, un veterano preso político[5], recio como un boxeador, pero amable con los compañeros, les fue acomodando según afinidades ideológicas. No era obligatorio confesar la militancia política en la cárcel, pero parecía estúpido ocultarla. Los administradores de cada comuna, institución donde las hubiera, los acomodaron el celdas con camas libres, casi siempre, como digo, con compañeros de pensamiento afín. Y tras recolectar los vales de dinero carcelario que cada uno llevara (las comunas lo eran de verdad), si el preso era fumador, se le proveía de la ración de su tabaco para todo el mes. Caso de que el preso fumara en demasía, terminaría consumiendo el estándar trujalí carcelario: celtas cortos, del que parecía haber extraordinaria provisión. Al Jambo le acomodaron con un estudiante del MCE, grupo chino, pero razonable. Se trataba de un tipo cuadrado como un armario, algo soso, pero buena persona. Llevaba con resignación una petición de ocho años (parece que lo trincaron con el aparato de la organización) y esperaba juicio. Tenía una celda curiosa, lo que denotaba una larga estancia. Al pie de una mesita, un bote de Colón forrado con una cruz gamada: el cubo de la basura.

Bueno. La cosa era muy simple. Levantarse para el primer recuento, que lo hacía un boqui con el cabo antes citado. Después uno podía asearse y desayunar en el comedor de la comuna (una celda a este uso) o seguir empiltrado. Luego, si la comuna no te había adjudicado algún servicio de limpieza o cocina, uno podía bajar al patio y pasear, hacer gimnasia, platicar, o jugar al fútbol, frontón y similares. Después comer, con siesta, si apetecía, y más tarde cursillos (organizados por las propias comunas) de teoría política, o charlas vespertinas comentando la prensa, donde a veces podía haber fuego dialéctico cruzado entre señalados polemistas de distintas comunas. Pero en general, las comunas hacían más adoctrinamiento con recién llegados que otra cosa. A Camacho, que andaba por allí y que todas las tardes, se rodeaba de fervientes discípulos del PCE, mientras comentaba las noticias del diario Pueblo, los de la comuna del Jambo, le llamaban, con burda ironía, radio Moscú.

No era corriente entrar en discusión ideológica con etarras, pues si bien personalmente solían ser tipos agradables y tan corrientes y molientes como todo hijo de vecino, en cuanto se les nombraba la madre (la patria vasca, claro), la mayoría se convertían en unos duros intransigentes que imponían muchísimo al personal políticamente payo, por decirlo así, que a su vera pululaba. Tenían la irritante creencia, de que la resistencia antifranquista la llevaban exclusivamente ellos, que todas las hostias se las llevaban también ellos, y que por tanto eran unos auténticos mártires, y los demás unos aficionados. Al parecer, Franco sólo había fusilado a gente en Euskadi y los únicos que habían luchado en la guerra eran ellos. Además, y para más inri, los maquetos estábamos obligados a luchar también por su independencia, siendo lo nuestro secundario. Toda esta memez, era como ya dije, muy irritante, pues al cabo, el personal se daba cuenta de que todo aquello  era mejor no meneallo.

Y por tanto, los presos, viendo que de normal, los etarras eran gente amable, alegre y cantarina, sobre todo esto último, y que solamente se desquiciaban cuando hablaban de política, se guardaba mucho de excitarlos políticamente y de ganarles al frontón o al fútbol, y así todo iba como la seda. No mucho tiempo atrás, la tercera, prácticamente en masa, había protagonizado una huelga de hambre de presos políticos (la huelga había sido nacional), que había sido muy dura. Y si bien, los etarras, se habían salido muchas veces, políticamente por la tangente, la dura lucha, creó en la tercera un fuerte espíritu de camaradería carcelaria, que en cierto modo tenía muy moderaditos a los boquis.

Es por ello que el Jambo no podía creerse lo que veía. La cárcel sí que era un espacio de libertad. Los rojos parecían haber tomado allí el poder, y salvo que no se podían traspasar sin permiso, las altísimas verjas que guarnecían la entrada a las galerías, en la tercera, los rojos hacían lo que querían, es decir, hacían su república. Comedores, cocinas, utensilios, juegos, librerías, almacenes de comida, fiestas[6], y un buen aprovisionamiento del Socorro Rojo (bajo este, al parecer, terrible nombre para muchos julabos[7], se escondían unos peligrosos militantes: las madres, padres, novios y novias y esposos y esposas del rojerío, que con gran afán, reunían comida, ropas, y toda clase de posesiones para hacer la vida de sus amados, un poco más fácil. Y en aquellos días de poder carcelario en la tercera, lo reconozco, mucho más fácil).

Una espléndida utopía social florecía en la tercera. El Jambo estaba entusiasmado. Sólo tenías que dejarte cuidar por la organización. Trabajar con alegría cuando te tocara, fuera limpieza o lo que fuera. Aportar tu peculio y las provisiones que recibieras a la caja común, y dejar que los cálidos y relajados días transcurrieran mientras gozabas de la compañía de hombres que mañana mandarían en el país, y también, sabiendo poner las orejas, aprender en la universidad de los rojos, que siempre fue la cárcel[8].

La visión que tenía el Jambo de la cárcel no hubiera sido muy popular entre los presos de haberse atrevido a confesarla. Una cosa era un recién llegado o un multero[9] y muy otra chuparse los mejores años de la vida en las cárceles franquistas. Pero él no veía eso. Veía algo mejor que el Común de Llanos, mucho mejor organizado, sólo que sin tías y sin salir de noche. Más o menos...

El primer día de su estancia en la tercera, tras colocar sus escasas pertenencias y recibir unas camisas de repuesto del administrador de la comuna, en buena hora, pues así podría lavar la que llevaba, que buena falta le hacía después de más de ocho días sin mudarse, se dedicó a recorrer el patio y observar a los presos, sobre todo a los etarras. También se regocijó un rato en la cola que los numerosos presos recién salidos del periodo de saneamiento, entre los que se encontraba Etxevarrieta, hacían frente al par de váteres que los políticos tenían en el patio (los de las celdas no se usaban, todo quisque los tenía tapados, sirviendo de asientos). Como él venía con la faena cumplida, se rió con gusto mientras le tomaba el pelo al medio vasco. ¿Niño o niña? Y le contó el chiste del estreñido, ese en el que el vecino de cagadero, oyendo los gemidos del interfecto, y tras un claro ¡plaf! en el agua, le preguntó:

—¿Qué...?, ¿ya?

—No. El reloj —contestó el estreñido completamente desolado.

—Ja, que gracia —dijo Etxevarrieta, sabiendo perfectamente lo que sentía en sus tripas el protagonista del chiste: plomo en la entraña y un corcho en el culo. Así se sentía Etxevarrieta después de ocho días sin tirar de la cadena.

El Jambo voló de allí, quizá cuando la cola se aliviara (literalmente), haría una intentona, que ya la iba necesitando, también.

Se paró en la mesa del pimpón. Jugaban, el secretario general de LAB[10], contra el Calambres, escuálido trotskista en el límite de la carne sobre el hueso. Pese a que el Calambres parecía jugar fatal, el caso es que no fallaba una. El vasco, luchador, pero mal perdedor, abandonó la partida y mascullando no sé qué de que no estaba en forma, se dirigió a unas mancuernas artesanales que los etarras tenían por allí, y se dio una paliza de series de arrancadas, para coger tono.

El Jambo se puso a jugar con el Calambres. Le costó pero le ganó. Eran muchas horas de billares en su haber adolescente. Y además, su compañero de juego era un autodidacta, aunque con método, como en el fondo son todos los trotskistas.

Intercambiaron unas palabritas. Lo de siempre, ¿por dónde respiras[11] y qué es lo que te has comido?[12] Como tenía un proceso abierto y además cumplía también por graciosa multa del Excelentísimo Sr. Dr. Gral. de Seguridad del Ministerio de la Gobernación. El Jambo venía en principio de marrón, pero como con toda probabilidad, los abogados, le conseguirían la libertad condicional, dado el poco bagaje de las acusaciones contra el vallecano, según el Calambres, en el fondo no era más que un puto multero.

O sea, en la cárcel, un cero a la izquierda.

El Jambo chasqueó la lengua:

—Estoy por volver a la DGS y confesar algo más fuerte, tronco, a ver si me ascienden de categoría.

Uno que pasaba por allí, que le llamaban el Pucela, y que tenía el juicio en puertas, le palmeó la espalda al trosco

—¡Calambres! Que se te está haciendo el coco agua de tantas pajas.

—¡No, jodas! —Y se fue a jugar al frontón con la tropa etarra, que lanzaban pelotazos como bombas de mano. El Calambres era muy popular en el patio de la tercera.

A la hora de la comida, su compañero de habitación y otro camarada suyo, también vasco, aunque del MCE (como quiera que se dijera en vasco), le encajonaron en la banqueta del lado de la mesa donde se sentaban los de este partido[13]. Esta maniobra sorprendió mucho al Jambo, más cuando ambos militantes debieron hacer un verdadero y doble esfuerzo físico de fuerza y contención, para dirigir los ochenta quilos del Jambo, cual vagón de ferrocarril, al sitio exacto. Pero para sorpresa de todos lo consiguieron. Etxevarrieta, trosco acreditado, no tuvo ese problema y se sentó como le vino en gana. No era pieza que se pudiera comer nadie. ¡Qué suerte!, pensó el Jambo, tras comprender, sin mucho esfuerzo, de lo que se trataba: hacerles creer a los troscos, que el recién llegado comulgaba con el MCE, y por tanto abandonaran toda veleidad proselitista. Y es que, uno de los deportes preferidos del preso consciente y veterano consistía precisamente en machacarle la sesera a los recién llegados y entecos de teoría marxista, una y otra vez, hasta que salieran huyendo espantados, o ingresaran en la organización, por convencimiento, rendición incondicional, o cualquier otra cosa. Saludable deporte, ¡sí señor!

Pero, además, Etxevarrieta, gozaba de otra suerte añadida, como se suponía que ya estaba formado ideológicamente, no tenía que soportar soporíferos cursillos de formación M-R (Marxistas-Revolucionarios, que es como se definían los de la LCR), y que encima, eran a media mañana, justo cuando la comuna jugaba al fútbol contra los de la Junta. El Jambo podía declinar amablemente estas teóricas, pero estaba un poco feo. No podía negárselo, ni a los troscos ni a los chinos del Movimiento Comunista. Él había llegado de la calle con lo puesto, y ellos, le habían recibido con los brazos abiertos, le alimentaban cojonudamente con unos menús diarios de los que solamente una pequeña parte provenía de la infame cocina carcelaria. Le habían dado cobijo, protección, fuerza moral, ¡tabaco! y una inmensa y solidaria humanidad, en una forma de vivir, que era la que el Jambo defendía, y de la que tenía grande experiencia anterior. Sólo que esta era mucho mejor que la del Común. Y a cambio, sólo tenía que atender las explicaciones de un amable barbichivo trosco que insistía en un extraño partido llamado Lankasama Sama Party[14], allá por Ceilán, que al parecer era de la IV internacional, y que, asómbrense pobres de la tierra, incluso gobernaba en aquella isla perdida de la mano de Dios y a la vera del gigante indio. Y también, cuando la cosa iba por el lado de los chinos, un robusto vasco del MC, muy majo y cantarín, pasaba de comerles el coco, y les enseñaba canciones euskeras que se sabía del seminario, y que como todo el mundo sabe, eran en Guipúzcoa un nido de separatistas y rojos, y que él cantaba como nadie, es decir, como vasco inspirado. Así que, unos días trotskismo internacional y otros eso de:

"Euskaldún naiz eta

Euskadi du maite..."[15]

[1]De las de entonces, claro.

 [2]Únicos partidos de la Junta que tenían presos.

 [3]Estaba, al parecer, cumpliendo un arresto por multa gubernativa.

 [4]Partido Comunista (reconstituido). Ellos sabrían.

 [5]No confundir con los cabos de brigada de los comunes. El cabo de los políticos era aceptado por todos, no impuesto por los boquis.

 [6]Todo ello normativamente prohibido.

 [7]Los Julabos. Palabra de la chipé cané inventada por un vallecano salao, que provenía de juntar Jula y bolo (Julabolo) Y así como para los gitanos, payo es su despectivo para la raza cristiana. Julabo es lo mismo a la política. Españolitos adocenados, carajotes, chivatillos e idiotas. Supongo que su, para mí muy recordado, inventor, estará acojonado por la epidemia de julabos que nos recorre desde tiempo atrás.

[8]El periodo que conoció el Jambo fue excepcionalmente bueno y raro. Como se explicó anteriormente, poco tiempo antes del ingreso del Jambo en prisión, habían tenido lugar duras y reivindicativas huelgas de hambre en todas las cárceles de España. No digo nada si retrocedemos en el tiempo, cuál fue el trato, cada vez más inhumano según nos acerquemos a la Guerra Civil, de las cárceles franquistas. Pero es más, sólo había que salir de la tercera, para saber como se las gastaba el régimen con los presos comunes, carentes de organización y de solidaridad.

 [9]Uno que ingresa para cumplir una multa gubernativa.

 [10]Sindicato Abertxale.

 [11]Que de qué partido era.

 [12]El marrón que dicen los comunes. Esta palabra, tan manida, sólo significa (o significaba) en argot carcelario, sumario, proceso judicial. De modo que para los presos solamente había dos maneras de llegar a Carabanchel, de marrón (con un proceso instruido) o colocado (arrestado para cumplir una multa, preventivo, o por parecidos motivos).

[13]En realidad, la comuna la componían fundamentalmente militantes de MCE y LCR.

 [14]O parecido.

 [15]Más o menos.