S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-22-

¡Ese Domingo!

El Jambo no podía reconocerlo, pero, momentáneamente, era feliz allí. Sentado a la sombra, en el largo banco que bordeaba las altas paredes del patio de la tercera, con la manguera del agua no muy lejos, en aquel ardiente julio, el vallecano observaba en silencio, la espléndida fauna que el franquismo encerraba:

Con su esmerado chándal deportivo de marca, Sartorius, el noble de Comisiones, daba al trote, vueltas y más vueltas. El Jambo no lo conocía, pero por contra del afable Camacho, que para todos tenía un saludo y una palabra amable, al vallecano se le atravesaba aquel seco y huraño aristócrata. Para sí, colegía, que como el famoso Lafayette, aquel gimnástico rojo por convencimiento, abandonaría el barco, cuando las cosas se pusieran serias de verdad. Aquí, la intransigencia del Jambo, es decir, su obrerismo de mierda[1], le hacía juzgar mal a la gente, sólo porque era de fina cuna.

Un poco más lejos, un estudiante de la ORT practicaba en solitario, Kung-Fu, que un preso común de origen asiático le enseñaba a ratos. A ojos de experto, que en esto de las artes marciales, el Jambo lo era, no le pareció nada serio. Decidió acercarse al tipo, así como si nada, y darle algunos consejos. ¡Coño! Cuando llegó allí, ya estaban el Calambres y el secretario general de LAB, con las mismas intenciones. Al parecer, el cachas vasco, a más de sindicalista, pimponero, culturista, y etarra, era karateca.

—¿Pero qué haces? ¿Qué leches haces tú con las manos? —preguntó el vasco al aficionado prochino de las artes marciales ídem.

—Se llama zarpa del tigre —respondió el aludido—. ¡Y puede destrozarte la cara!

—Así pelean las verduleras... —sentenció el Calambres.

—Así no pelea nadie —terció el Jambo.

—Mucho sabio hay por aquí...

El que había pronunciado estas palabras era un recién llegado. Un tal Domingo. Un joven pequeño y delgado, de media melena de muy negro pelo. Y que llevaba en Carabanchel la intemerata esperando juicio. Tenía una hermana en Yeserías y otro hermano cumpliendo pena. Todos eran madrileños y rojos, y todos de armas tomar, herederos de decididos militantes de los distintos partidos obreros que a la República sostuvieron en Madrid.

¡Vaya! El amigo Domingo también sabía kárate. Que si la mano, que si el puño, que si la zarpa de oso. Allí se formó una entretenida discusión, donde a ojos del Jambo, únicamente el vasco sabía un poco de lo que hablaba. En realidad, ninguno de ellos hubiera superado en cinto amarillo. Así que, el Jambo, eterno cinturón marrón, porque hacía mucho tiempo que pasaba de examinarse, decidió cortar aquella discusión por lo sano. Inesperadamente, y dando un terrible grito, lanzo con su ágil pierna izquierda una restallante patada circular[2] contra la cara del militante de la ORT. Sólo le tocó un poco, como una bofetada con el empeine de la zapatilla, para que sonara mucho sin hacer daño. Pero la sorpresa fue monumental:

—¡Coño! —exclamó el vasco—. ¡Tú sabes de esto! ¡La hostia!

Y todos se le echaron encima para preguntarle y para que lo repitiera y si acaso, les enseñara, pues por culpa de la tele, las artes marciales eran muy populares.

El Jambo, no pudo evitar decirles la verdad:

—El kárate solamente sirve para hacer kárate.

No entendieron muy bien qué rayos quería decir, pero estas frases misteriosas caían muy bien en el espíritu de los anhelantes aprendices.

—¡Podrías enseñarnos! —le rogó el Calambres.

—Yo prefiero mi estilo —dijo el prochino.

—Bueno, si andáis por el patio por las mañanas temprano, os puedo enseñar algo, porque luego tengo un seminario.

El caso es que no quedaron en nada. Ni en los días siguientes apareció tampoco nadie, excepto el de la ORT, que siguió haciendo cosas raras con las manos bajo la lejana supervisión de un auténtico chino.

El vasco y el Calambres siguieron jugando al pimpón, o el primero machacándose con las pesas. Domingo nunca aparecía por las mañanas, Etxevarrieta dormía hasta las tantas, y el Jambo tenía cursillo a las doce.

Después de comer, los compañeros del Jambo tenía por costumbre reunirse para tomar infusiones —el café era prohibitivo para la comuna—, y allí se generaban fuertes discusiones ideológicas sobre todo lo divino y lo humano. Por ejemplo: los chinos decían que nada de pajas mientras se estuviera en la cárcel. Los troscos, que había que cascársela cuanto apeteciera, que bastante reprimidos estaban ya. La realidad es que todo el mundo se la cascaba cuanto le venía en gana. Incluso se rumoreaba que algunos veteranos subían ocasionalmente al palomar. La reciente creación de la Plataforma de Convergencia Democrática, noticia que a los presos había llegado por vía de sus partidos, no hizo prácticamente mella en la vida diaria de la comuna, pese a que dos partidos que componían el cincuenta por ciento de los presos de la comuna, esto es, ORT y MCE, habían fichado por ella. Los troscos se cachondearon un poco de los chinos: con la socialdemocracia, los nacionalistas vascos, la democracia cristiana y ¡los carlistas![3] Y el cocinero, sabio donde los hubiera, pontificó desde su trotskista altura de miras:

—La socialdemocracia siempre termina por venderte. Siempre termina aliándose con los poderes fácticos, esto es, la banca y los militares. Y si no, que se lo pregunten a Rosa Luxemburgo.

—Menos Negrín —dijo el Jambo. Dos de los pocos políticos socialistas de la guerra, a los que el vallecano tenían en estima. Negrín y el Zuga[4]. Dos tipos serios

—Ese era casi comunista —le espetó el cocinero, molesto en el fondo, de que le interrumpiera un ignorante.

Ese Domingo, independiente dentro de la comuna, soltó entonces un discurso pasional y radical que le endureció las facciones. Más o menos que eran de risa estas juntitas democráticas, cuando en Euskadi, estaba pasando lo que estaba pasando. No entendía como no había un organismo unitario al estilo de la Asamblea de Cataluña, pero más radical. El resto eran paños calientes y personalismos, a su joven entender. Ese Domingo era un misterio. Nunca aparecía por ningún sitio, y cuando lo hacía, parecía agotado. Se decía que habiendo entrado tan joven en la cárcel, tenía mucho amigos en la quinta (el reformatorio) y que allí pasaba sus horas. Lo de la "Ese" por delante, tiene su explicación. En las altas galerías, el eco siempre se come la primera palabra. Si llamamos de lejos a alguien, sólo le llegará el irreconocible final de su nombre. Para evitar esto, los presos, desde siempre, anteponen al nombre del mentado el pronombre "ese". Como el preso Domingo, era muy popular y muy mentado, La partícula había cuajado con su nombre, y así se le llamaba, estuviera cerca o lejos: "Ese Domingo".

Al Jambo nadie le mandaba paquetes, ni venía a visitarle, ni tampoco los abogados preguntaban por él. Esto no había pasado desapercibido a ninguna de las dos corrientes ideológicas de la comuna, y menos al administrador, un trosco veterano, un verdadero padre para todo recién llegado:

—Oye, tú —le espetó una tarde mientras sentados a la sombra jugaban al ajedrez el Jambo y Carlos el Poeta—. ¿Tú tienes abogado?

—No —repuso este sin levantar la vista de la apurada situación estratégica de sus piezas.

—¿Y qué quieres, pasarte la vida aquí, so membrillo?

—No.

—Bueno, pues mañana por la mañana vienes a verme. Además, te toca servicio de paquetería y cocina.

—Vale.

—¿Cuánto llevas aquí? —Le preguntó el poeta cuando el trosco se hubo ido.

—Dos semanas.

—¿Y cómo no has avisado a los abogados?

—No se me había ocurrido.

—Mira —insistió el calvo literato—. Pasado mañana sale un compañero. Si quieres avisar a alguien, me das una nota y la sacamos. ¿Sabe alguien que te han trincado?

—Por mi, no.

—Pues hay que espabilar.

El Jambo interrumpió su infructuosa búsqueda de una salida para el inminente jaque mate, y se preguntó sorprendido, cómo era posible que hubiera descuidado estas tareas. ¡El estaba tan a gusto, allí!

Con la vista en las sólidas sandalias de franciscano que se gastaba el amigo Carlos, el Jambo improvisó una escueta nota mental, algo para decirle al Perico, a Pepe y a los compis. El poeta le proporcionó una libreta y un bolígrafo. Después, terminaron la partida, mejor, la paliza que recibió el Jambo.

A la mañana siguiente, el administrador le propuso que los abogados de la Liga, llevaran su caso.

—Te lo agradezco, pero ya mandé recado a los compañeros, y ellos se ocuparan.

—De acuerdo entonces —dijo el administrador—. Ahora, despiertas al dormilón de Etxevarrieta y os ponéis a las ordenes del cocinero.

Fue a buscar al medio vasco a su celda y le sacudió repetidas veces hasta que lo despertó. Después fueron a la celda que oficiaba de comedor de la comuna y desayunaron. Luego, lo peor. Fregar todos los cacharros del desayuno. Barrer y fregar mesas, bancos y suelos. Y finalmente, el cocinero, que encima era el monitor del cursillo de marxismo-revolucionario, empezó a hacerles encargos y más encargos, algunos interesantes, como ir a comprar al economato, lo que suponía salir de la galería, atravesar la rotonda y meterse por otras galerías menos civilizadas que la tercera. La verdad, iban un poco nerviosos, salir del manto protector de las comunas de los políticos, era pisar la más brutal realidad carcelaria. Empezaron a ver tipos mal vestidos, sucios, sin afeitar, en perfecta consonancia con suelos y paredes. Los comunes lo llevaban crudo. Desunidos, eran víctimas de la arbitrariedad de los boquis, y de la mala voluntad de las bandas de presos. Nadie estaba seguro allí. Dicen que hay una ley no escrita en las cárceles, por la cual, nadie pasa información a los funcionarios. Pero no es verdad, en los comunes, era corriente venderse por cualquier prebenda, favor o mejor trato. Y esta era la explicación, de que en unas condiciones tan inhumanas de hacinamiento y falta de reglas de humanidad, aquello no saltara por los aires. Un colectivo muy significativo, más por quién que por cuántos, colaboraba, comerciaba, y mantenía una dura ley, donde el pez grande se comía al chico[5], mientras los funcionarios se aprovechaban para imponer su presencia. Para el Jambo y Etxevarrieta, que eran todo ojos mientras hacían cola frente a la ventanilla del economato, la palpable y asquerosa realidad se les pegaba al cuerpo como el aceite de una lata de sardinas a las rayas de la mano. ¡Aquello sí que era la cárcel! Detrás suyo, un seboso mariquita intentaba meterle mano, nada menos que al Jambo.

—¡Aparta esa mano, o te parto la boca! ¡Baboso! —se defendió éste.

Pero al fofo marica se la sudaba[6]. Llevaba un pantalón corto y una camiseta de tirantes y sonreía estúpidamente. Encima estaba empalmado... ¡Vamos, disfrutando!

Un corro de presos, atento al incidente, se divertía a la espera de una animada bronca. Le tocaba mover al jula. Y movió:

—Si quieres te la chupo aquí mismo —dijo con toda naturalidad a la par que le echaba mano a los huevos.

El Jambo no podía creer lo que veía. ¡A él! ¡Le estaban tocando los cojones a él! Y mientras, en la mesa, a sólo veinte pasos, el boqui charlaba animadamente con dos internos vestidos completamente de negro, que eran unos fachas, y que como serían de hijos de puta, que el gobierno Arias se había visto obligado a encarcelarlos.

Con toda la fuerza de sus grandes manos, atrincó la muñeca del gordo y apartándola de sus bajos primero lentamente y luego, y sorpresivamente, y en la misma dirección en que el gordo hacía fuerza, le empujó para que perdiera el equilibrio, técnica fundamental del jiu-jitsu, como así fue, pues el grasiento jula cayó de culo. Admiraron los internos la maña, pues artes así gozan de grande prédica entre los aburridos presos, y dieron algunas muestras de este reconocimiento, tranquilizándose la pareja de políticos, al ver el incidente resuelto. Pero entonces, el Jambo se estremeció al ver los dos ojos no muy lejanos que como dos carbones encendidos, le miraban, taladrándole el occipital de puro odio. ¡Era José, el lejía! ¡El amigo de la Fina!

Cuando sus miradas se cruzaron, para el Jambo se detuvo toda noción excepto que su enemigo estaba allí. Un enemigo que se había buscado él mismo, por su chulería y también por las circunstancias. Y ahora, en territorio apache, dónde pese a todo, él era un colono blanco. El José, con sus brazos tatuados como pinturas de guerra, y su bronca cara de lejía, se le acercó sin miedo y plantándole cara, graznó:

—Tú siempre pegando y avasallando, ¿no, hijo de puta?

Sorprendentemente no había un tono muy hostil en sus palabras. Era una mera observación en cierto modo falta de pasión.

Etxevarrieta sudaba por todos sus poros, pase lo del julandrón, pero aquel tipo tenía una pinta de asesino que tiraba para atrás. Madre mía, de allí iban a salir como los del huerto del Francés.

—¿Qué vienes?, ¿a por mí? —le preguntó el Jambo mientras se le humedecían las palmas.

—No —respondió José con calma—. He jurado rajarte, pero no aquí...

—¿Y por qué no aquí?

—Porque dependo de otros.

—Ya, ¿qué estas?, ¿de machaca?

—No es asunto tuyo.

—Ya.

Este tenso diálogo era seguido por una docena de internos, que esperaba algo más que palabras, pero lo que nadie esperaba es que les llegara el turno de la ventanilla. Etxevarrieta empezó a pedir con nerviosismo. El Jambo, dio por terminado el incidente. Pero se volvió al José que ya se marchaba y le preguntó:

—¡Oye! ¿Y por qué estás aquí?

José se paró y giró la cabeza:

—¿Y tú? —fue su respuesta.

—Por política, por qué va a ser, ¿y tú?

—Por la Fina

Al oírlo, el Jambo se salió de la cola y se acercó al lejía

—¿Qué le pasa a la Fina?

—No te importa...

—¡Sí me importa!

—A la Fina no le pasa nada, es a mí al que le pasa...

—¿El qué?

—Uno de los estupas que iban por allí se quiso pasar con ella.

—¿Y...?

—Me puse por el medio.

—Y te enchironaron, esos cerdos.

José asintió, parecía aliviado de confesarlo:

—Dijeron que era el chulo de la Fina.

El Jambo soltó una carcajada:

—¡Es lo único decente que has hecho en tu vida!

—¡Pues yo me cago en la tuya!

Pero el Jambo se alejó riéndose. Un común le palmeó la espalda:

—Tienes dos cojones, tío.

El Jambo le apartó la mano con brusquedad. Estaba empezando a saborear la ley de los presos comunes que consiste en imponer respeto comportándose como un cabrón. Entonces se acercó el boqueras con los dos fachas a su vera. A Etxevarrieta le temblaban las piernas.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó el funcionario.

—Nada —dijo el preso común—, nos saludábamos.

—¡Venga, desfilando! —graznó el boqui.

Ya en la tercera, al cobijo de la madre comuna, bajo las suaves órdenes del cocinero-chivo, Etxevarrieta se descompuso:

—¡Tío! Lo tuyo es muy fuerte, ¿Pero de qué barrio eres tú?

—Del Pozo —respondió El Jambo con fingida modestia. Ya se sabe, en el obrerismo, cuanto más baja ralea, más mérito, como con los presos y los soldados, cuanto más tiempo más grado. ¡En fin!

—¿Del Pozo, del Pozo...? ¡Vaya cómo me las has hecho pasar!

—La vida, tronco...

Estaba bordando el papel. Frasecitas, gestos duros. Y con el pobre Etxevarrieta. ¡Indecente!

El cocinero les mandó a la cocina de la cárcel, tenían que traer las gavetas con las porciones de pescado frito correspondientes a la comuna, que luego él, con insuperable alquimia[7], hacía comestibles.

Etxevarrieta se echó a temblar:

—Yo con éste no voy a ningún sitio. ¡Que donde va la lía!

—Tranquilo, tronco, no te abuchares, eso fue un simple jari. Chachipén.

—¡No sé qué dices!

El Jambo se rió:

—Que te vengas conmigo de una vez, ¡coño! ¡Maté un gato, mata gatos!

Etxevarrieta accedió. Atravesaron galerías, comedores y llegaron a las cocinas. Una visión estremecedora. ¡Santo cielo! Y de allí se alimentaba el personal. ¡Vaya porqueriza! En teoría había cocineros entre el personal de la cárcel, pero como los educadores, médicos, dentistas y practicantes, tenían esa habilidad, ciertamente administrativa en aquel tiempo, de aparecer cuando les daba la gana, en la tranquilidad que da dejarlo todo en manos de un interno espabilado. Igual que en los cuarteles. Ambas instituciones, puntales que eran del régimen, funcionaban igual. Presos y soldados trabajando a cambio de privilegios.

Y hablando de cuarteles. Mientras apilaban las gavetas, el Jambo vio a un antiguo conocido, ¡Vaya, vaya! Allí estaba el ochenta, el recluta número ochenta de la novena compañía del reemplazo de Abril del setenta y tres, del CIR. nº 1. El amigo ochenta, homosexual, sastre, pacífico, y hasta buena persona. El pobre ochenta no había podido superar las contradicciones del régimen. Por un lado en el ejercito le licenciaron al mes de campamento por inútil[8], y por otro, la policía, lo enchironaba por andar por ahí moviendo el culo. Çe la vie.

El pescado no tenía mala pinta, eran cuadraditos de merluza congelada, (¿sería merluza de verdad?), rebozados y fritos. El cocinero se las apañaba fetén para dejarlos comestibles. Les quitaba el rebozado y cuidadosamente apilaba la blanca carne del pescado blanco, cualquiera que fuese, sobre la blanca fuente regalo del socorro rojo, su novia para más señas, donde ligaba asimismo una espléndida salsa rosa con los polvos amarillos de huevo ad hoc y un bote de salsa roja de tomate frito, y todo recubierto con tiras de pimiento y de aceitunas verdes. Y de primero gazpacho, con hielo de verdad, y de postre un bizcocho relleno de crema, de extrema urgencia comérselo, por el calor, y de extrema izquierda la madre de quien lo recibió. Y al Jambo se le hacía la boca agua mientras ayudaban al entrañable cocinero y a la par maestro de marxismo-revolucionario.

En el prohibido transistor que amenizaba los trabajos del afamado cheff y sus pinches, la canción del verano, "Saca el güisqui, cheli". Y el Jambo que seguía el ritmo mientras ponía la mesa, rebosaba de satisfacción y camaradería por todos sus poros. Tampoco Etxevarrieta lo llevaba mal. En cuanto cumpliera su multa (dos meses) los abogados de la Liga lo sacarían a la calle. Y cuánta alegría y cuántos brazos abiertos: Papa, mama, hermanitas, amigas de las hermanitas, je, je. Y el hijo, un héroe de la burguesía progresista, ¡y radical! No, mi hijo no es comunista, es de los estudiantes estos..., de Trotsky, un mejicano, creo. Se esforzaría la esforzada madre (su socorro rojo particular) del amigo Etxevarrieta.

Que bien le caían aquellos tipos al Jambo. ¡Que buena gente, qué enrollados, y qué liberales! Lo único, las reuniones, que eran tan soporíferas como las de los carrillistas. Toda la izquierda era soporífera cuando se ponía a teorizar. El Jambo nunca lo entendió. Con lo divertido que era hablar de política, de la historia de la revolución, de la historia de la humanidad, en definitiva. Y en vez de contar cómo los bolcheviques se habían hecho con el gobierno de Rusia en un solo día, te soltaban un rollo tártaro lleno de palabros, pura pedantería y esoterismo leninista —y si era maoísmo, la cosa era ya delirante—, dónde nunca sabías qué significaban las frases realmente, y dónde, el Jambo suponía se escondían secretos tan oscuros como lo de convertir el plomo en oro. Su dicho favorito era aquel de un revolucionario de mayo del 68 que se quejaba en la barricada de lo caro que salían los libros que le habían convencido de la fe marxista, y la respuesta que un emigrante obrero español, compañero en la lucha y afiliado a Vanguardia Obrera, le daba: "No, sé, yo no me he gastado un duro."

Ahí se encerraba para el Jambo, la verdad más evidente. Todavía recordaba con enfado, como en la Escuela de Embajadores, los compañeros de la célula del PCE le habían regalado un libro que se titulaba: "El anti-Dühring" de uno de los popes del Marxismo. El vallecano agradeció mucho este regalo, sonaba bien, casi como "El antitanque". Luego en la habitación 10 del Común, lo abrió, leyó el primer párrafo, siguió con el segundo, alcanzó el tercero, y..., y como no había entendido nada lo tiró a la papelera con rabia, y estuvo un rato mirando el libro con encono. Después lo recogió, le sacudió el polvo, y lo colocó, discreta pero señaladamente en la estantería donde oficiaban sus libros de la guerra civil, y los de artes marciales. Quizá impresione a alguna tía, se dijo.

Por la radio dieron la espeluznante noticia de un espantoso crimen en una finca llamada los Galindos. Un baño de sangre nunca resuelto. Pero allí no le importó a nadie un carajo.

Un poco antes de comer fueron a ver al espía ruso. El preso que llevaba la paquetería. Es decir, las familias mandaban paquetes o iban personalmente a Carabanchel, normalmente días alternos, coincidiendo con las visitas[9]. Aquí había una peculiaridad notable. Las reglas de la prisión obligaban a que para la entrada de paquetes por mostrador, los artículos fueran transportados en cubos, esos sencillos cubos azules de plástico con un asa de metal. Se supone que para controlar mejor el material. En el asa se ponía el nombre del preso y la galería. Aquella mañana, alguna ingenua y novata familiar de preso político, había añadido a la etiqueta, amén del nombre, y la galería, la frase bien subrayada de: "Presos Políticos" para que quedara claro, que su familiar de mangui nada, que estaba por política, y que el mismo Franco tenía que reconocer, que podría ser ilegal, pero no inmoral. El bocinazo que le dio un boqueras la dejó espantada para toda el día. ¡Que en España no había presos políticos, que todos eran comunes! ¡Pedazo de facha! , qué eran, ¿turistas?

De modo que el espía ruso andaba un poco azorado por el incidente, porque a pesar de haberlo presenciado y no decir nada, era muy sensible a estas cosas. Etxevarrieta y el Jambo se trajeron todos los cubos. El cocinero, seleccionó el material "sensible" y lo guardó en el armario. El resto que lo llevaran al almacén de las comunas y que lo pusieran en un apartado que tenían para ellos, y de paso que se trajeran un saco de patatas de los que estaban descargando allí. Partieron los dos amigos con su carga. La mañana estaba levantada, y hacía mucho calor en la galería. La celda-almacén de todos los rojos estaba al final de la galería, o sea que había cierta distancia. Por ello llegaron sudando a mares. La puerta estaba abierta, pues el administrador de la comuna de la Junta, se encontraba metiendo sacos de patatas.

—Ahí tenéis el vuestro —les dijo.

Etxevarrieta y el Jambo contemplaron desolados el saco.

—No sufras —le consoló el Jambo—, ayúdame a cargármelo al hombro.

Etxevarrieta no estaba espabilado para estos recados. Así que el Jambo, con fuerza y habilidad, agarró fuertemente el saco de las orejuelas, y de un rápido giro se lo echó al hombro.

—¡Venga, vamos! —dijo el vallecano.

—¿Te ayudo en algo?

Pero el Jambo ya iba cinco metros por delante.

A medio camino, el Jambo se tropezó con Camacho. El veterano sindicalista, obrero al fin y al cabo, y por tanto admirador de la fuerza en el trabajo, le dijo al pasar:

—¡Venga, los chicarrones del norte!

El Jambo le sonrió como pudo mientras a paso rápido y corto se aguantaba el cuerpo como podía. Camacho era un tío enrollado.

Pocos días después, viendo el parte de la noche en la sala de la TV, se enteraron de que habían trincado a nueve oficiales, nueve, de la UMD. ¡Vaya! A lo mejor había cientos, miles de militares demócratas, y los presos allí pringando como gilipollas, cuando iba a ser el ejercito como en Portugal, quién nos iba traer la democracia —ironizó para sí mismo el Jambo.

Esa misma noche, un centinela, un guardia civil novato, al que un etarra llevaba calentando desde hacía noches, pues le gritaba desde la ventana de la celda que se había quedado con su geró, y que ya había dado aviso a la organización para que lo despacharan, se lió a tiros con el subfusil contra las ventanas de la tercera, sabedor él, que la canalla marxista, habitaba su encadenada vida en ella. Debió de gastar un cargador entero antes de que el cabo de guardia llegara corriendo y le quitara el arma. En la otra trinchera, el cabo de los políticos, se pasó celda por celda, avisando de que nadie sacara la cabeza por la ventana. Y en una celda del segundo piso, tres etarras se partían de risa.

 [1]En palabras del Rubio.

 [2]Mawashi Geri

 [3]El PCE los despidió de la Junta Democrática.

 [4]Julián Zugazagoitia. Entregado a Franco por los alemanes en año 40, y prontamente fusilado. Fue Director del Socialista y miembro de los últimos gobiernos de la República. No se pierda si puede leerlo, su libro "Guerra y vicisitudes de los españoles". Comprenderá el porqué de mi profunda admiración 

 [5]Años después, algunos presos comunes y conscientes (La COPEL) quisieron cambiar este estado de cosas. Fueron duramente reprimidos, vejados y torturados, aunque eso era de esperar. Lo peor fueron las traiciones de quienes se decían compañeros, y el apoyo que los boqueras tuvieron de una importante y acomodada (por decirlo así) parte de la población de presos. En cualquier caso, si el lector tiene interés, hay unas vívidas descripciones de la realidad carcelaria del franquismo en el libro de Eleuterio Sánchez: "¡Camina o revienta!".

 [6]Estaba en la cárcel por eso.

 [7]En todo trosco hay un alquimista.

 [8]En realidad, el ochenta era probablemente el más útil de toda la compañía, cosía de maravilla, planchaba y remendaba estupendamente, y pese a que se desmayaba en el tiro, llevaba el botijo con una elegancia nunca vista en el CIR. nº 1 para este tipo de mandados, allá en el viejo setenta y tres.

 [9]Las visitas estaban fastidiadas, el Director de la Prisión, que era un acérrimo, las había prohibido en Domingo, sólo por maldad, por el gran desarreglo que esto producía a familiares e internos. Se estaba empezando a hablar de una nueva huelga de hambre.