¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-22- ¡Ese
Domingo! |
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El
Jambo no podía reconocerlo, pero, momentáneamente, era feliz
allí. Sentado a la sombra, en el largo banco que bordeaba las
altas paredes del patio de la tercera, con la manguera del agua
no muy lejos, en aquel ardiente julio, el vallecano observaba en
silencio, la espléndida fauna que el franquismo encerraba:
Con
su esmerado chándal deportivo de marca, Sartorius, el noble de
Comisiones, daba al trote, vueltas y más vueltas. El Jambo no
lo conocía, pero por contra del afable Camacho, que para todos
tenía un saludo y una palabra amable, al vallecano se le
atravesaba aquel seco y huraño aristócrata. Para sí, colegía,
que como el famoso Lafayette, aquel gimnástico rojo por
convencimiento, abandonaría el barco, cuando las cosas se
pusieran serias de verdad. Aquí, la intransigencia del Jambo,
es decir, su obrerismo de mierda[1],
le hacía juzgar mal a la gente, sólo porque era de fina cuna.
Un
poco más lejos, un estudiante de la ORT practicaba en
solitario, Kung-Fu, que un preso común de origen asiático le
enseñaba a ratos. A ojos de experto, que en esto de las artes
marciales, el Jambo lo era, no le pareció nada serio. Decidió
acercarse al tipo, así como si nada, y darle algunos consejos.
¡Coño! Cuando llegó allí, ya estaban el Calambres y el
secretario general de LAB, con las mismas intenciones. Al
parecer, el cachas vasco, a más de sindicalista, pimponero,
culturista, y etarra, era karateca.
—¿Pero
qué haces? ¿Qué leches haces tú con las manos? —preguntó
el vasco al aficionado prochino de las artes marciales ídem.
—Se
llama zarpa del tigre —respondió el aludido—. ¡Y puede
destrozarte la cara!
—Así
pelean las verduleras... —sentenció el Calambres.
—Así
no pelea nadie —terció el Jambo.
—Mucho
sabio hay por aquí...
El
que había pronunciado estas palabras era un recién llegado. Un
tal Domingo. Un joven pequeño y delgado, de media melena de muy
negro pelo. Y que llevaba en Carabanchel la intemerata esperando
juicio. Tenía una hermana en Yeserías y otro hermano
cumpliendo pena. Todos eran madrileños y rojos, y todos de
armas tomar, herederos de decididos militantes de los distintos
partidos obreros que a la República sostuvieron en Madrid.
¡Vaya!
El amigo Domingo también sabía kárate. Que si la mano, que si
el puño, que si la zarpa de oso. Allí se formó una
entretenida discusión, donde a ojos del Jambo, únicamente el
vasco sabía un poco de lo que hablaba. En realidad, ninguno de
ellos hubiera superado en cinto amarillo. Así que, el Jambo,
eterno cinturón marrón, porque hacía mucho tiempo que pasaba
de examinarse, decidió cortar aquella discusión por lo sano.
Inesperadamente, y dando un terrible grito, lanzo con su ágil
pierna izquierda una restallante patada circular[2]
contra la cara del militante de la ORT. Sólo le tocó un poco,
como una bofetada con el empeine de la zapatilla, para que
sonara mucho sin hacer daño. Pero la sorpresa fue monumental:
—¡Coño!
—exclamó el vasco—. ¡Tú sabes de esto! ¡La hostia!
Y
todos se le echaron encima para preguntarle y para que lo
repitiera y si acaso, les enseñara, pues por culpa de la tele,
las artes marciales eran muy populares.
El
Jambo, no pudo evitar decirles la verdad:
—El
kárate solamente sirve para hacer kárate.
No
entendieron muy bien qué rayos quería decir, pero estas frases
misteriosas caían muy bien en el espíritu de los anhelantes
aprendices.
—¡Podrías
enseñarnos! —le rogó el Calambres.
—Yo
prefiero mi estilo —dijo el prochino.
—Bueno,
si andáis por el patio por las mañanas temprano, os puedo enseñar
algo, porque luego tengo un seminario.
El
caso es que no quedaron en nada. Ni en los días siguientes
apareció tampoco nadie, excepto el de la ORT, que siguió
haciendo cosas raras con las manos bajo la lejana supervisión
de un auténtico chino.
El
vasco y el Calambres siguieron jugando al pimpón, o el primero
machacándose con las pesas. Domingo nunca aparecía por las mañanas, Etxevarrieta dormía hasta las tantas, y el Jambo tenía
cursillo a las doce.
Después
de comer, los compañeros del Jambo tenía por costumbre
reunirse para tomar infusiones —el café era prohibitivo para
la comuna—, y allí se generaban fuertes discusiones ideológicas
sobre todo lo divino y lo humano. Por ejemplo: los chinos decían
que nada de pajas mientras se estuviera en la cárcel. Los
troscos, que había que cascársela cuanto apeteciera, que
bastante reprimidos estaban ya. La realidad es que todo el mundo
se la cascaba cuanto le venía en gana. Incluso se rumoreaba que
algunos veteranos subían ocasionalmente al palomar. La reciente
creación de la Plataforma de Convergencia Democrática, noticia
que a los presos había llegado por vía de sus partidos, no
hizo prácticamente mella en la vida diaria de la comuna, pese a
que dos partidos que componían el cincuenta por ciento de los
presos de la comuna, esto es, ORT y MCE, habían fichado por
ella. Los troscos se cachondearon un poco de los chinos: con la
socialdemocracia, los nacionalistas vascos, la democracia
cristiana y ¡los carlistas![3]
Y el cocinero, sabio donde los hubiera, pontificó desde su
trotskista altura de miras: |
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—La
socialdemocracia siempre termina por venderte. Siempre termina
aliándose con los poderes fácticos, esto es, la banca y los
militares. Y si no, que se lo pregunten a Rosa Luxemburgo.
—Menos
Negrín —dijo el Jambo. Dos de los pocos políticos
socialistas de la guerra, a los que el vallecano tenían en
estima. Negrín y el Zuga[4].
Dos tipos serios
—Ese
era casi comunista —le espetó el cocinero, molesto en el
fondo, de que le interrumpiera un ignorante.
Ese
Domingo, independiente dentro de la comuna, soltó entonces un
discurso pasional y radical que le endureció las facciones. Más
o menos que eran de risa estas juntitas democráticas, cuando en
Euskadi, estaba pasando lo que estaba pasando. No entendía como
no había un organismo unitario al estilo de la Asamblea de
Cataluña, pero más radical. El resto eran paños calientes y
personalismos, a su joven entender. Ese Domingo era un misterio.
Nunca aparecía por ningún sitio, y cuando lo hacía, parecía
agotado. Se decía que habiendo entrado tan joven en la cárcel,
tenía mucho amigos en la quinta (el reformatorio) y que allí
pasaba sus horas. Lo de la "Ese" por delante, tiene su
explicación. En las altas galerías, el eco siempre se come la
primera palabra. Si llamamos de lejos a alguien, sólo le llegará
el irreconocible final de su nombre. Para evitar esto, los
presos, desde siempre, anteponen al nombre del mentado el
pronombre "ese". Como el preso Domingo, era muy
popular y muy mentado, La partícula había cuajado con su
nombre, y así se le llamaba, estuviera cerca o lejos: "Ese
Domingo".
Al
Jambo nadie le mandaba paquetes, ni venía a visitarle, ni
tampoco los abogados preguntaban por él. Esto no había pasado
desapercibido a ninguna de las dos corrientes ideológicas de la
comuna, y menos al administrador, un trosco veterano, un
verdadero padre para todo recién llegado:
—Oye,
tú —le espetó una tarde mientras sentados a la sombra
jugaban al ajedrez el Jambo y Carlos el Poeta—. ¿Tú tienes
abogado?
—No
—repuso este sin levantar la vista de la apurada situación
estratégica de sus piezas.
—¿Y
qué quieres, pasarte la vida aquí, so membrillo?
—No.
—Bueno,
pues mañana por la mañana vienes a verme. Además, te toca
servicio de paquetería y cocina.
—Vale.
—¿Cuánto
llevas aquí? —Le preguntó el poeta cuando el trosco se hubo
ido.
—Dos
semanas.
—¿Y
cómo no has avisado a los abogados?
—No
se me había ocurrido.
—Mira
—insistió el calvo literato—. Pasado mañana sale un compañero.
Si quieres avisar a alguien, me das una nota y la sacamos. ¿Sabe
alguien que te han trincado?
—Por
mi, no.
—Pues
hay que espabilar.
El
Jambo interrumpió su infructuosa búsqueda de una salida para
el inminente jaque mate, y se preguntó sorprendido, cómo era
posible que hubiera descuidado estas tareas. ¡El estaba tan a
gusto, allí!
Con
la vista en las sólidas sandalias de franciscano que se gastaba
el amigo Carlos, el Jambo improvisó una escueta nota mental,
algo para decirle al Perico, a Pepe y a los compis. El poeta le
proporcionó una libreta y un bolígrafo. Después, terminaron
la partida, mejor, la paliza que recibió el Jambo.
A
la mañana siguiente, el administrador le propuso que los
abogados de la Liga, llevaran su caso.
—Te
lo agradezco, pero ya mandé recado a los compañeros, y ellos
se ocuparan.
—De
acuerdo entonces —dijo el administrador—. Ahora, despiertas
al dormilón de Etxevarrieta y os ponéis a las ordenes del
cocinero. |
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Fue
a buscar al medio vasco a su celda y le sacudió repetidas veces
hasta que lo despertó. Después fueron a la celda que oficiaba
de comedor de la comuna y desayunaron. Luego, lo peor. Fregar
todos los cacharros del desayuno. Barrer y fregar mesas, bancos
y suelos. Y finalmente, el cocinero, que encima era el monitor
del cursillo de marxismo-revolucionario, empezó a hacerles
encargos y más encargos, algunos interesantes, como ir a
comprar al economato, lo que suponía salir de la galería,
atravesar la rotonda y meterse por otras galerías menos
civilizadas que la tercera. La verdad, iban un poco nerviosos,
salir del manto protector de las comunas de los políticos, era
pisar la más brutal realidad carcelaria. Empezaron a ver tipos
mal vestidos, sucios, sin afeitar, en perfecta consonancia con
suelos y paredes. Los comunes lo llevaban crudo. Desunidos, eran
víctimas de la arbitrariedad de los boquis, y de la mala
voluntad de las bandas de presos. Nadie estaba seguro allí.
Dicen que hay una ley no escrita en las cárceles, por la cual,
nadie pasa información a los funcionarios. Pero no es verdad,
en los comunes, era corriente venderse por cualquier prebenda,
favor o mejor trato. Y esta era la explicación, de que en unas
condiciones tan inhumanas de hacinamiento y falta de reglas de
humanidad, aquello no saltara por los aires. Un colectivo muy
significativo, más por quién que por cuántos, colaboraba,
comerciaba, y mantenía una dura ley, donde el pez grande se comía
al chico[5],
mientras los funcionarios se aprovechaban para imponer su
presencia. Para el Jambo y Etxevarrieta, que eran todo ojos
mientras hacían cola frente a la ventanilla del economato, la
palpable y asquerosa realidad se les pegaba al cuerpo como el
aceite de una lata de sardinas a las rayas de la mano. ¡Aquello
sí que era la cárcel! Detrás suyo, un seboso mariquita
intentaba meterle mano, nada menos que al Jambo.
—¡Aparta
esa mano, o te parto la boca! ¡Baboso! —se defendió éste.
Pero
al fofo marica se la sudaba[6].
Llevaba un pantalón corto y una camiseta de tirantes y sonreía
estúpidamente. Encima estaba empalmado... ¡Vamos, disfrutando!
Un
corro de presos, atento al incidente, se divertía a la espera
de una animada bronca. Le tocaba mover al jula. Y movió:
—Si
quieres te la chupo aquí mismo —dijo con toda naturalidad a
la par que le echaba mano a los huevos.
El
Jambo no podía creer lo que veía. ¡A él! ¡Le estaban
tocando los cojones a él! Y mientras, en la mesa, a sólo
veinte pasos, el boqui charlaba animadamente con dos internos
vestidos completamente de negro, que eran unos fachas, y que
como serían de hijos de puta, que el gobierno Arias se había
visto obligado a encarcelarlos.
Con
toda la fuerza de sus grandes manos, atrincó la muñeca del
gordo y apartándola de sus bajos primero lentamente y luego, y
sorpresivamente, y en la misma dirección en que el gordo hacía
fuerza, le empujó para que perdiera el equilibrio, técnica
fundamental del jiu-jitsu, como así fue, pues el grasiento jula
cayó de culo. Admiraron los internos la maña, pues artes así
gozan de grande prédica entre los aburridos presos, y dieron
algunas muestras de este reconocimiento, tranquilizándose la
pareja de políticos, al ver el incidente resuelto. Pero
entonces, el Jambo se estremeció al ver los dos ojos no muy
lejanos que como dos carbones encendidos, le miraban, taladrándole
el occipital de puro odio. ¡Era José, el lejía! ¡El amigo de
la Fina!
Cuando
sus miradas se cruzaron, para el Jambo se detuvo toda noción
excepto que su enemigo estaba allí. Un enemigo que se había
buscado él mismo, por su chulería y también por las
circunstancias. Y ahora, en territorio apache, dónde pese a
todo, él era un colono blanco. El José, con sus brazos
tatuados como pinturas de guerra, y su bronca cara de lejía, se
le acercó sin miedo y plantándole cara, graznó:
—Tú
siempre pegando y avasallando, ¿no, hijo de puta?
Sorprendentemente
no había un tono muy hostil en sus palabras. Era una mera
observación en cierto modo falta de pasión.
Etxevarrieta
sudaba por todos sus poros, pase lo del julandrón, pero aquel
tipo tenía una pinta de asesino que tiraba para atrás. Madre mía,
de allí iban a salir como los del huerto del Francés.
—¿Qué
vienes?, ¿a por mí? —le preguntó el Jambo mientras se le
humedecían las palmas.
—No
—respondió José con calma—. He jurado rajarte, pero no aquí...
—¿Y
por qué no aquí?
—Porque
dependo de otros.
—Ya,
¿qué estas?, ¿de machaca?
—No
es asunto tuyo.
—Ya. |
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Este
tenso diálogo era seguido por una docena de internos, que
esperaba algo más que palabras, pero lo que nadie esperaba es
que les llegara el turno de la ventanilla. Etxevarrieta empezó
a pedir con nerviosismo. El Jambo, dio por terminado el
incidente. Pero se volvió al José que ya se marchaba y le
preguntó:
—¡Oye!
¿Y por qué estás aquí?
José
se paró y giró la cabeza:
—¿Y
tú? —fue su respuesta.
—Por
política, por qué va a ser, ¿y tú?
—Por
la Fina
Al
oírlo, el Jambo se salió de la cola y se acercó al lejía
—¿Qué
le pasa a la Fina?
—No
te importa...
—¡Sí
me importa!
—A
la Fina no le pasa nada, es a mí al que le pasa...
—¿El
qué?
—Uno
de los estupas que iban por allí se quiso pasar con ella.
—¿Y...?
—Me
puse por el medio.
—Y
te enchironaron, esos cerdos.
José
asintió, parecía aliviado de confesarlo:
—Dijeron
que era el chulo de la Fina.
El
Jambo soltó una carcajada:
—¡Es
lo único decente que has hecho en tu vida!
—¡Pues
yo me cago en la tuya!
Pero
el Jambo se alejó riéndose. Un común le palmeó la espalda:
—Tienes
dos cojones, tío.
El
Jambo le apartó la mano con brusquedad. Estaba empezando a
saborear la ley de los presos comunes que consiste en imponer
respeto comportándose como un cabrón. Entonces se acercó el
boqueras con los dos fachas a su vera. A Etxevarrieta le
temblaban las piernas.
—¿Qué
ocurre aquí? —preguntó el funcionario.
—Nada
—dijo el preso común—, nos saludábamos.
—¡Venga,
desfilando! —graznó el boqui.
Ya
en la tercera, al cobijo de la madre comuna, bajo las suaves órdenes
del cocinero-chivo, Etxevarrieta se descompuso:
—¡Tío!
Lo tuyo es muy fuerte, ¿Pero de qué barrio eres tú?
—Del
Pozo —respondió El Jambo con fingida modestia. Ya se sabe, en
el obrerismo, cuanto más baja ralea, más mérito, como con los
presos y los soldados, cuanto más tiempo más grado. ¡En fin!
—¿Del
Pozo, del Pozo...? ¡Vaya cómo me las has hecho pasar!
—La
vida, tronco...
Estaba
bordando el papel. Frasecitas, gestos duros. Y con el pobre
Etxevarrieta. ¡Indecente!
El
cocinero les mandó a la cocina de la cárcel, tenían que traer
las gavetas con las porciones de pescado frito correspondientes
a la comuna, que luego él, con insuperable alquimia[7],
hacía comestibles.
Etxevarrieta
se echó a temblar:
—Yo
con éste no voy a ningún sitio. ¡Que donde va la lía!
—Tranquilo,
tronco, no te abuchares, eso fue un simple jari. Chachipén.
—¡No
sé qué dices!
El
Jambo se rió:
—Que
te vengas conmigo de una vez, ¡coño! ¡Maté un gato, mata
gatos! |
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Etxevarrieta
accedió. Atravesaron galerías, comedores y llegaron a las
cocinas. Una visión estremecedora. ¡Santo cielo! Y de allí se
alimentaba el personal. ¡Vaya porqueriza! En teoría había
cocineros entre el personal de la cárcel, pero como los
educadores, médicos, dentistas y practicantes, tenían esa
habilidad, ciertamente administrativa en aquel tiempo, de
aparecer cuando les daba la gana, en la tranquilidad que da
dejarlo todo en manos de un interno espabilado. Igual que en los
cuarteles. Ambas instituciones, puntales que eran del régimen,
funcionaban igual. Presos y soldados trabajando a cambio de
privilegios.
Y
hablando de cuarteles. Mientras apilaban las gavetas, el Jambo
vio a un antiguo conocido, ¡Vaya, vaya! Allí estaba el
ochenta, el recluta número ochenta de la novena compañía del
reemplazo de Abril del setenta y tres, del CIR. nº 1. El amigo
ochenta, homosexual, sastre, pacífico, y hasta buena persona.
El pobre ochenta no había podido superar las contradicciones
del régimen. Por un lado en el ejercito le licenciaron al mes
de campamento por inútil[8],
y por otro, la policía, lo enchironaba por andar por ahí
moviendo el culo. Çe la vie.
El
pescado no tenía mala pinta, eran cuadraditos de merluza
congelada, (¿sería merluza de verdad?), rebozados y fritos. El
cocinero se las apañaba fetén para dejarlos comestibles. Les
quitaba el rebozado y cuidadosamente apilaba la blanca carne del
pescado blanco, cualquiera que fuese, sobre la blanca fuente
regalo del socorro rojo, su novia para más señas, donde ligaba
asimismo una espléndida salsa rosa con los polvos amarillos de
huevo ad hoc y un bote de salsa roja de tomate frito, y todo
recubierto con tiras de pimiento y de aceitunas verdes. Y de
primero gazpacho, con hielo de verdad, y de postre un bizcocho
relleno de crema, de extrema urgencia comérselo, por el calor,
y de extrema izquierda la madre de quien lo recibió. Y al Jambo
se le hacía la boca agua mientras ayudaban al entrañable
cocinero y a la par maestro de marxismo-revolucionario.
En
el prohibido transistor que amenizaba los trabajos del afamado
cheff y sus pinches, la canción del verano, "Saca el güisqui,
cheli". Y el Jambo que seguía el ritmo mientras ponía la
mesa, rebosaba de satisfacción y camaradería por todos sus
poros. Tampoco Etxevarrieta lo llevaba mal. En cuanto cumpliera
su multa (dos meses) los abogados de la Liga lo sacarían a la
calle. Y cuánta alegría y cuántos brazos abiertos: Papa,
mama, hermanitas, amigas de las hermanitas, je, je. Y el hijo,
un héroe de la burguesía progresista, ¡y radical! No, mi hijo
no es comunista, es de los estudiantes estos..., de Trotsky, un
mejicano, creo. Se esforzaría la esforzada madre (su socorro
rojo particular) del amigo Etxevarrieta.
Que
bien le caían aquellos tipos al Jambo. ¡Que buena gente, qué
enrollados, y qué liberales! Lo único, las reuniones, que eran
tan soporíferas como las de los carrillistas. Toda la izquierda
era soporífera cuando se ponía a teorizar. El Jambo nunca lo
entendió. Con lo divertido que era hablar de política, de la
historia de la revolución, de la historia de la humanidad, en
definitiva. Y en vez de contar cómo los bolcheviques se habían
hecho con el gobierno de Rusia en un solo día, te soltaban un
rollo tártaro lleno de palabros, pura pedantería y esoterismo
leninista —y si era maoísmo, la cosa era ya delirante—, dónde
nunca sabías qué significaban las frases realmente, y dónde,
el Jambo suponía se escondían secretos tan oscuros como lo de
convertir el plomo en oro. Su dicho favorito era aquel de un
revolucionario de mayo del 68 que se quejaba en la barricada de
lo caro que salían los libros que le habían convencido de la
fe marxista, y la respuesta que un emigrante obrero español,
compañero en la lucha y afiliado a Vanguardia Obrera, le daba:
"No, sé, yo no me he gastado un duro."
Ahí
se encerraba para el Jambo, la verdad más evidente. Todavía
recordaba con enfado, como en la Escuela de Embajadores, los
compañeros de la célula del PCE le habían regalado un libro
que se titulaba: "El anti-Dühring" de uno de los
popes del Marxismo. El vallecano agradeció mucho este regalo,
sonaba bien, casi como "El antitanque". Luego en la
habitación 10 del Común, lo abrió, leyó el primer párrafo,
siguió con el segundo, alcanzó el tercero, y..., y como no había
entendido nada lo tiró a la papelera con rabia, y estuvo un
rato mirando el libro con encono. Después lo recogió, le
sacudió el polvo, y lo colocó, discreta pero señaladamente en
la estantería donde oficiaban sus libros de la guerra civil, y
los de artes marciales. Quizá impresione a alguna tía, se
dijo.
Por
la radio dieron la espeluznante noticia de un espantoso crimen
en una finca llamada los Galindos. Un baño de sangre nunca
resuelto. Pero allí no le importó a nadie un carajo.
Un
poco antes de comer fueron a ver al espía ruso. El preso que
llevaba la paquetería. Es decir, las familias mandaban paquetes
o iban personalmente a Carabanchel, normalmente días alternos,
coincidiendo con las visitas[9].
Aquí había una peculiaridad notable. Las reglas de la prisión
obligaban a que para la entrada de paquetes por mostrador, los
artículos fueran transportados en cubos, esos sencillos cubos
azules de plástico con un asa de metal. Se supone que para
controlar mejor el material. En el asa se ponía el nombre del
preso y la galería. Aquella mañana, alguna ingenua y novata
familiar de preso político, había añadido a la etiqueta, amén
del nombre, y la galería, la frase bien subrayada de:
"Presos Políticos" para que quedara claro, que su
familiar de mangui nada, que estaba por política, y que el
mismo Franco tenía que reconocer, que podría ser ilegal, pero
no inmoral. El bocinazo que le dio un boqueras la dejó
espantada para toda el día. ¡Que en España no había presos
políticos, que todos eran comunes! ¡Pedazo de facha! , qué
eran, ¿turistas? |
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De
modo que el espía ruso andaba un poco azorado por el incidente,
porque a pesar de haberlo presenciado y no decir nada, era muy
sensible a estas cosas. Etxevarrieta y el Jambo se trajeron
todos los cubos. El cocinero, seleccionó el material
"sensible" y lo guardó en el armario. El resto que lo
llevaran al almacén de las comunas y que lo pusieran en un
apartado que tenían para ellos, y de paso que se trajeran un
saco de patatas de los que estaban descargando allí. Partieron
los dos amigos con su carga. La mañana estaba levantada, y hacía
mucho calor en la galería. La celda-almacén de todos los rojos
estaba al final de la galería, o sea que había cierta
distancia. Por ello llegaron sudando a mares. La puerta estaba
abierta, pues el administrador de la comuna de la Junta, se
encontraba metiendo sacos de patatas.
—Ahí
tenéis el vuestro —les dijo.
Etxevarrieta
y el Jambo contemplaron desolados el saco.
—No
sufras —le consoló el Jambo—, ayúdame a cargármelo al
hombro.
Etxevarrieta
no estaba espabilado para estos recados. Así que el Jambo, con
fuerza y habilidad, agarró fuertemente el saco de las
orejuelas, y de un rápido giro se lo echó al hombro.
—¡Venga,
vamos! —dijo el vallecano.
—¿Te
ayudo en algo?
Pero
el Jambo ya iba cinco metros por delante.
A
medio camino, el Jambo se tropezó con Camacho. El veterano
sindicalista, obrero al fin y al cabo, y por tanto admirador de
la fuerza en el trabajo, le dijo al pasar:
—¡Venga,
los chicarrones del norte!
El
Jambo le sonrió como pudo mientras a paso rápido y corto se
aguantaba el cuerpo como podía. Camacho era un tío enrollado.
Pocos
días después, viendo el parte de la noche en la sala de la TV,
se enteraron de que habían trincado a nueve oficiales, nueve,
de la UMD. ¡Vaya! A lo mejor había cientos, miles de militares
demócratas, y los presos allí pringando como gilipollas,
cuando iba a ser el ejercito como en Portugal, quién nos iba
traer la democracia —ironizó para sí mismo el Jambo.
Esa
misma noche, un centinela, un guardia civil novato, al que un
etarra llevaba calentando desde hacía noches, pues le gritaba
desde la ventana de la celda que se había quedado con su geró,
y que ya había dado aviso a la organización para que lo
despacharan, se lió a tiros con el subfusil contra las ventanas
de la tercera, sabedor él, que la canalla marxista, habitaba su
encadenada vida en ella. Debió de gastar un cargador entero
antes de que el cabo de guardia llegara corriendo y le quitara
el arma. En la otra trinchera, el cabo de los políticos, se pasó
celda por celda, avisando de que nadie sacara la cabeza por la
ventana. Y en una celda del segundo piso, tres etarras se partían
de risa.
[1]En
palabras del Rubio.
[2]Mawashi
Geri
[3]El
PCE los despidió de la Junta Democrática.
[4]Julián
Zugazagoitia. Entregado a Franco por los alemanes en año
40, y prontamente fusilado. Fue Director del Socialista y
miembro de los últimos gobiernos de la República. No se
pierda si puede leerlo, su libro "Guerra y vicisitudes
de los españoles". Comprenderá el porqué de mi
profunda admiración
[5]Años
después, algunos presos comunes y conscientes (La COPEL)
quisieron cambiar este estado de cosas. Fueron duramente
reprimidos, vejados y torturados, aunque eso era de esperar.
Lo peor fueron las traiciones de quienes se decían compañeros,
y el apoyo que los boqueras tuvieron de una importante y
acomodada (por decirlo así) parte de la población de
presos. En cualquier caso, si el lector tiene interés, hay
unas vívidas descripciones de la realidad carcelaria del
franquismo en el libro de Eleuterio Sánchez: "¡Camina
o revienta!".
[6]Estaba
en la cárcel por eso.
[7]En
todo trosco hay un alquimista.
[8]En
realidad, el ochenta era probablemente el más útil de toda
la compañía, cosía de maravilla, planchaba y remendaba
estupendamente, y pese a que se desmayaba en el tiro,
llevaba el botijo con una elegancia nunca vista en el CIR. nº
1 para este tipo de mandados, allá en el viejo setenta y
tres.
[9]Las
visitas estaban fastidiadas, el Director de la Prisión, que
era un acérrimo, las había prohibido en Domingo, sólo por
maldad, por el gran desarreglo que esto producía a
familiares e internos. Se estaba empezando a hablar de una
nueva huelga de hambre. |