S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-23-

El militante de la ASM.

Julio terminaba a fuego sobre Madrid, y más sobre el barrio de Carabanchel. Los presos políticos se refrescaban en el patio con la manguera. El régimen, como el verano, también practicaba la táctica de tierra quemada. Cerraba revistas y celebraba consejos de guerra, que nada tenían que envidiar a los de la posguerra. En verdad que la justicia militar es el mundo al revés, el tribunal debería estar en la cárcel, y los reos, tener calles en sus pueblos. Los nombres de los infelices que terminarían triturados, empezaban a sonar, Otaegui, Baena, Paredes Manot, etc...

El Jambo ya había pegado el frenazo de la novedad. Ahora los días eran largos días en prisión, y las noches largas noches de soledad. El Calambres ya no le hacía tanta gracia, aunque la tenía, ni el secretario de LAB le intrigaba tanto, ni le importaba que el estudiante de artes marciales perdiera el tiempo aprendiendo majaderías. Sólo Ese Domingo conseguía atraer su atención, con su enjuto cuerpo siempre fatigado, siempre ausente, ¿a qué coño se dedicaba aquel tipo? En cuanto a su compañero de habitación, era un silencioso, aunque excelente compañero.

En el patio de la tercera había señalados militantes del PCE que impresionaban sobremanera al vallecano. Uno de ellos era Paco Romero Marín, que tenía el grado de Teniente Coronel en el ejercito Ruso (academia Frunze), y que podía contar anécdotas para escribir un libro. Un tipo duro este veterano, que venía peleando desde la guerra, pasando también por la mundial y la dura clandestinidad en Madrid (se decía que había sido el hombre más buscado por la BPS). Tenía dos alias, "el Tanque", y "el Cura" y los dos le iban de perillas. Romero Marín encarnaba mejor que nadie el fracaso de la policía política del régimen (Yagüe, Conesa, Polo y compañía...), cuyas más "científicas técnicas policiales" consistían en pavorosas torturas y la emboscada pura y dura, pues como digo, Romero Marín consiguió eludir su detención desde el año 57 hasta el 74, donde penaba en Carabanchel. Allí, entre sus camaradas, Romero Marín, con su especial forma de hablar, su temperamento reservado y su bagaje, era para el Jambo un ideal, hombres de acero nunca realmente derrotados, renacidos en cada roja amanecida. Eternamente luchando, eternamente esperando. Sí, Romero Marín, representaba perfectamente a los cuadros del Partido en el interior durante la larga noche franquista. Con la vida siempre al borde de un hilo y con una pesada y cotidiana losa sobre su quehacer militante, que consistía en saber que cuando fueran detenidos, el más terrible de los horrores caería sobre sus cuerpos y almas: la lucha entre el instinto de supervivencia y el deber revolucionario de no hablar, en medio de una tempestad de dolor, de execrables torturas y vejaciones sin cuento. Romero Marín salió victorioso de esta lid por su sagacidad, arrojo y personal fortuna. En la cárcel, el veterano comunista se comportaba con sus camaradas jóvenes con aparente distancia. Pero el Jambo lo comprendía. Al fin y al cabo, la mayoría de los presos eran simples curritos o estudiantes de base de muy corta experiencia. El Jambo, sin entrar nunca en conversación personal, le escuchó embelesado las pocas veces que el curtido luchador allí habló.

Se había traído unos libros de la biblioteca[1], entre ellos uno sobre la batalla de Brunete de un militroncho franquista, un tal Casas de la Vega. El libro era innoble. Bajo un aparente y cuidado barniz neutralista y objetivo, se escondía una feroz inquina a todo lo que sonara a comunista. El pobre no lo podía disimular, se le notaba muchísimo que hacía verdaderos esfuerzos para contenerse y parecer un serio historiador militar, pero cada dos por tres, la vena franquista se le escapaba de las manos, dejando caer grandes mentiras, justificadas con tamañas majaderías. De tanto contarlas el señor Casas de la Vega ha llegado a creérselas. En el fondo es como los Salas Larrazabal, pero en menos disimulado. El Jambo era muy sensible a la batallas del ejercito popular. Ojo, ¡farsantes! Se las sabía de memoria.

De los historiadores franquistas había aprendido algunas cosas. Dicen la verdad, en cuanto a unidades, materiales y acciones locales. Mienten comúnmente en cuanto a las intenciones, maniobras y estrategias del Alto Mando republicano, y calumnian sin reparo y a discreción todo lo que suene a comunista, metiendo en este saco a todos los esforzados republicanos que pelearon hasta el final. E incluso más allá, transformando lo que fue un deber, en un delito de lesa patria. Único caso en Europa que yo recuerde. Por no hablar de la mendacidad que se gastan a la hora de contar las víctimas de la represión de uno y otro lado. Pone de muy mal humor leerlos. Lo peor, es que como tienen el monopolio de los archivos militares, y sobre todo los de las Capitanías Generales[2], hablan siempre en un tono incontestable y final, pero radicalmente falso en los datos y en las intenciones. Y los peores, los últimos. Historiadores neofranquistas, lobos con piel de cordero, diría yo, que incluso se permiten el lujo de pedirnos que no volvamos la vista atrás, que olvidemos nuestra memoria, para que así, dicen, los españoles no vuelvan a pasar por semejante trance. Qué cara dura.

Y en cierto modo, lo han conseguido, pues pese a que durante largos años, la población fue atemorizada con el recuerdo de esta tragedia, en miles de casos, íntimamente personal, y como las vacunas, periódicamente renovada con inquina por el régimen. La necesidad de los seres humanos de olvidar el horror con tiempos nuevos ha dado unos frutos que si amargos para todos, lo son especialmente para los derrotados y sus descendientes, que difícilmente verán alguna vez escrita su verdad, su memoria y su recuerdo. Esta pérdida de la memoria histórica, ha traído, no obstante, tres efectos muy definitorios de nuestra sociedad actual. El primero y más importante, la personalización de este miedo en los supuestos agentes principales de la tragedia (habilidad que hemos de reconocerle al régimen), por un lado falangistas, y no todos, y por otro, ogro nacional por antonomasia, los comunistas. El segundo, el gran rechazo de la sociedad y en especial de los jóvenes, al ejercito español y a todas las administraciones armadas[3]. Y el tercero y muy explicativo de la gran colecta de votos del PSOE, la absoluta falta de confianza en los partidos de derecha, de gran parte de la España adulta y rural de zonas duramente castigadas por la represión de posguerra[4].

El Jambo, con el libro caído sobre sus rodillas, y con la vista perdida en lo poco infinito que podían ser las paredes de la celda, pensaba que algún día, vendría otro mundo, otra realidad. Que las multitudes encolerizadas, derribarían estatuas ecuestres, arrancarían placas de calles, destrozarían escudos con águilas a pedradas, y como poco, le prenderían fuego al Valle de los caídos, y otros lugares así. Que llegaría un día no muy lejano, donde de todos los Ministerios saldrían miles despedidos, que se disolverían cuerpos armados famosos por su ferocidad, que afamados rectores de egregias universidades serían expedientados, que señalados jueces serían expulsados de la carrera judicial, que estirados milites serían juzgados con justicia pero sin piedad, que los Borbones volverían a salir de España para no volver nunca jamás, que las iglesias serían respetadas pero ignoradas, que, que...

En la tercera, los presos estaban agitados, la noticia saltó por la mañana, Ese Domingo y un etarra, precisamente el tal Koldo, con el que el Jambo y Etxevarrieta había compartido periodo de saneamiento, estaban en el chupano, es decir, en celdas de castigo[5]. ¿Por qué? Era increíble, pero al parecer cierto: intento de fuga mediante la técnica de túnel, desde dependencias anexas a la cocina. La comuna estaba desolada, ¡Ese Domingo! Tan querido por todos, un veterano de la cárcel, pese a su corta edad. Del Koldo, poco se sabía, quizá había influido en su decisión el que lo trincaran en medio de su luna de miel. Desde luego, si alguien conocía bien Carabanchel, ese era, Ese Domingo. Los popes de todas las comunas se reunieron a puerta cerrada después de comer, la expectación era grande. Quizá una masiva huelga de hambre. Se esperaba cualquier cosa contra aquel hijo de perra de Director. Eso intranquilizó al Jambo, ¡hombre! Pedidme lo que queráis, pero no que deje de comer. Es el único placer que me queda en la vida, dramatizaba para sí, medio en broma, pero con cierta aprensión. Había oído historias muy duras sobre este tipo de protesta pasiva. Protesta que no le convencía en absoluto. Mejor un motín que quedarse sin comer. Las comunas no llegaron a ningún acuerdo, no se sabía si era para castigar la independencia de aquel par de locos, o qué otra cosa, pero el caso es que los únicos que se pusieron en huelga de hambre fueron los propios fuguistas.

Coincidió que, por fin, Nacho, el abogado laboralista del despacho de Atocha, vino a verle. Las visitas en la cárcel eran los días alternos y se efectuaban en los locutorios: una larga fila de cabinas corridas, con una delgada mampara transparente llena de agujeros del diámetro de un lápiz separando visitado de visitante. El escándalo era monumental. Variedad de presos comunes, gitanos vocingleros, visitados por sus mujeres aún más gritonas, payos malcarados, quinquis de mirada a vida o muerte, una fauna, donde cada uno a lo suyo, y todos sordos pegando endemoniadas voces. Nacho le vaciló un rato: ¿Te cagaste por la pata abajo, con la policía, eh?

—¿Quién te ha dicho eso?

—Yo, chaval, que he leído tu declaración.

—¿Y cómo sabes tú si tuve canguelo o no?

—Tronqui vallecano —Nacho destrozaba el cheli, aunque le quedaba muy propio—. Porque llevo mucho años en el oficio, y sé cuando una declaración es un cante. ¿Qué?, ¿te fostiaron de lo lindo, no?

—Te equivocas, plumífero de tres al cuarto, me dieron la mitad de lo que esperaba, y cante lo que me dio la gana.

Nacho se rió. Le encantaba burlase a las buenas del apuro de sus protegidos. Era para quitarle hierro a lo pasado. Se volvió a una colega que a su vera visitaba a un cliente, y tomándola del brazo y señalando al Jambo le dijo a aquella, para el Jambo, hermosísima mujer:

—Mira, pobrecito, le ha pegado la policía.

La rubia, verdaderamente maciza, miró al Jambo con indiferencia, luego a Nacho, y como le conocía, se deshizo de él:

—Déjame, Nacho, que tengo trabajo...

Resumiendo, que le había conseguido la provisional, y que en cuanto pasaran los dos meses de la multa estaba en la calle. ¡Cojonudo! Y otra cosa, los de Comisiones, el Agus, en concreto, le habían dado tres mil púas, que el abogado le paso enrolladas por uno de los agujeros del mamparo. ¡Qué bien! se dijo el Jambo, dinero de verdad, lo contento que se iba a poner el administrador. Aunque en la comuna no había un ambiente precisamente animado. El administrador le agradeció los tres talegos. Con dinero de verdad se podía comprar cualquier cosa. Más ahora, cuando Ese Domingo iba a necesitar ayuda logística de todo tipo.

Para el Jambo, la blanca, el papel que te concedía la libertad, estaba cerca, a menos de quince días. Ya lo decía el Calambres, no era más que un multero, él se iría a la calle, y los demás se quedarían en la cárcel, hasta que la momia la espichara de una vez, porque no había otra forma de salir de allí. O moría el Gran Cabrón de todas las historias de todas las Españas, o los presos seguían jodidos, y bien jodidos.

Se despertó de la siesta con sudores a raudales, se sentó en la cama y se abanicó con una revista. No supo por qué pero se acordó de la gente, la gente en general, y algunos en particular. Se acordó del Perico, probablemente de vacaciones con alguna titi. O Pepe el Carpanta, seguro que en el pantano de San Juan pescando, en calzones, con aquellas piernas de alambre de puro nervio, y la novia tomando el Sol en la orilla. ¿Y el Boty, dónde andará? ¿Y Adela? ¿Qué rayos será de Adela? ¿Habrá puesto su tienda? ¿tendrá trabajo? Al recordar sus virtudes corporales, se calentó un pelín. Tampoco supo por qué, pero la añoró. Deseó volver a tener sus formas en las manos, hacerle el amor bravo y duro que le ponía a cien. ¡Humm! Y paladeó sus propios pensamientos al imaginarse en acción contra su trasera.

En realidad, Adela, seguía igual o peor. Si el Jambo hubiera sido capaz de escapar de su cela y echarle un vistazo, hubiera comprobado que los días transcurridos desde aquella tarde de amor habían cambiado seriamente las relaciones de Adela con su marido. Incluso Adela se preguntaba cómo podía haber llegado a quererle tanto a la vista de sus actuales sentimientos. De hecho, aún le quería, pero con un cariño que perdía atracción física. A veces, lo veía tan desvalido que le perdonaba su cerrazón de un plumazo, motivado esto, por la ternura que su contemplación todavía le producía. Pero cada vez eran menos las ocasiones. Por contra, los más de los días, era una sorda animadversión lo que su marido le inspiraba. Veía instantáneamente, en cada uno de sus gestos cotidianos, su machismo solapado, su insensibilidad para con sus aspiraciones, su falta de conexión, de química como se decía, y sobre todo, le entraba una profunda desilusión, amarga desilusión, que a cada rato le recomía la razón, al saber que a ella que a su sexualidad, no le pasaba nada, salvo la ignorancia de su temprana relación con otro ignorante, éste, bien acomodado en la situación, y sin ninguna real gana de desasnarse, es más, indignado por las legítimas pretensiones de su consorte, convencido en suma, el muy zote, de que los derechos sexuales de su mujer, eran exclusivamente vicios lujuriosos de la peor especie, y los otros, los derechos a la hacienda propia, puro capricho. A Emilio, no le entraba en la cabeza que su mujer tuviera apetencias que no hubieran sido iniciadas por él. ¿Es que no cumplía siempre con ella? Pero lo peor no era esta estrecha visión, muy acorde con su generación de productores franquistas[6], y fuertemente calada en ambos sexos, lo peor era que no sabía cómo reanudar su anterior convivencia, sin que terminara en tormenta. Bronca que Emilio siempre camuflaba con cualquier excusa pero que estaba fundamentada en que la nueva sexualidad de Adela le producía pánico. Tanto, que no habían vuelto a hacerlo desde aquella infausta noche a pesar de un par de intentos de Adela por iniciarlo. Pero él estaba bloqueado. En su fuero interno algo flamígero, iracundo, profundo y primitivo, le impedía aceptar aquello. ¡Allí se jodía cuándo él dijera! ¡Y sanseacabó! O sea nunca.

Después, en el trabajo, reflexionando sobre los albaranes y las facturas, colegía que había que buscar una salida. Pero al recordar su comportamiento con Barrán, se desmoralizaba. Siempre había sido un panoli, un timorato, crecido, no en el temor de Dios, pero sí en el de las autoridades, fueran uniformadas o trajeadas. En el trabajo tenía fama de pusilánime, y nadie contaba con él para nada, mucho menos, un par de ellos, de los que se sabía que estaban en el ajo en eso de las Comisiones Obreras. Además, a Emilio le ponía enfermo, esa actitud de algunos. En una ocasión, mientras se comían el bocadillo alrededor de la estufa del almacén, y mientras uno se quejaba de las condiciones de trabajo y del jornal, Emilio quiso hacerse el gracioso y saltó:

—¿Tú, qué eres, de los que protestan por todo?

El otro, un compañero con mucha menos antigüedad en la empresa, pero mucho mejor mirado por los currantes, le respondió casi sin hacerle caso, mientras seguía con su prédica:

—No, sólo cuando es preciso —le contestó con una leve mirada.

A Emilio le sentó como un tiro, aquella contestación y el desprecio que en el fondo llevaba. Y siempre que podía le ponía verde a sus espaldas. Pero en realidad nadie la hacía caso. Y mientras la popularidad del sindicalista crecía como la espuma, la suya hacía aguas. Pero encima, tampoco es que la empresa mirara por él. Lo trataban como a uno más.

Así que Emilio tenía un embrollo morrocotudo en su casa. En el dormitorio, en el salón, en la cocina, en el baño, en todos los lados. ¡Esto no podía seguir así! y así se lo dijo una tarde a Adela cuando con su atuendo deportivo venía de la piscina municipal de la estación de Lago. ¡Todo está sucio! Se quejó. Apenas cocinas. Nunca estás en casa. Y esto no puede seguir así. ¡Yo soy tu marido! Y con este espectacular argumento se calló para comprobar el efecto de la regañina en su mujer.

Pero Adela no estaba para pamplinas, se había pasado toda la tarde tomando el Sol en el cemento de las gradas, apartando moscones de dos patas, y venía con una calorina endemoniada:

—Si no te gusta, pones una criada.

Y se fue para la ducha.

Adela también sabía que las cosas no podían seguir así. Se estaban encabronando poco a poco. Pero no estaba dispuesta a ceder. No quería convertirse en una maruja como las vecinas, que se pasaban el día echando por la boca sapos y culebras unas de otras, o que se les saltaban los ojos de lascivia contenida, cuando se cruzaban con un joven apuesto. De eso nada. Contra el parecer de ambas familias, Adela seguía en sus trece. O Emilio cedía, o aquello iba a ser una difícil convivencia. Últimamente le apetecía muchísimo soltar tacos, incluso hasta fumar. Se compraba un Winston o similar, lejos del barrio, claro, y se lo iba fumando mientras paseaba por Ríos Rosas, atardecido, con la fresca de los jardines recién regados. Esta desafiante actitud, para Adela, claro, pues para otras, como Mari Carmen, la amiga del Jambo, hubiera sido de risa, tenía un fin inconsciente, que no era otro que salir al destino. Adela no sabía como se hacía eso, pero de una cosa estaba segura, quedándose en casa, cuidando niños y lavando calzoncillos, seguro que no. Por ello, tenía una medicina personal, que consistía en mover el trasero, pasear por las madrileñas tardes, y estar ahí en las calles, que es dónde siempre pasaron todas las cosas en la villa.

Una tarde, a principios de Agosto, todavía el Sol aplomaba sus rayos sobre los sufridos ciudadanos, que en un arranque de valor, salieron a los parques de la ciudad, pocos y mal cuidados que el ayuntamiento se permitía, para ocupar mesas en quioscos, en terrazas, o donde fuera que pudieran respirar, pues el sofocante calor les obligaba a salir de sus pisos aún siendo las ocho de la tarde. Adela había bajado caminando por la Castellana, lo que no era raro en ella, y llegada a una terraza que hay frente a un edificio propiedad la Marina, uno dónde siempre hay de plantón un infante de marina. Pues allí se sentó, y se aflojó las playeras y se pidió una horchata y se encendió un rubio emboquillado y se lo fumó, sin tragarse el humo, como si fuera la misma Sara Montiel.

Adela seguía siendo una hermosa mujer, pese a que ahora le había dado por los pantaloncitos cortos y las camisetas playeras, y pese a que llevaba el pelo recogido en un coleta y apenas se arreglaba nada. Lo mejor en su físico, eran precisamente las partes que más admiran las gentes, un seno firme y promisorio, y unas piernas fuertes, dibujadas y limpias. Cualquiera de estas dos cualidades atrajeron la atención de dos de los contertulios de una mesa no muy retirada, donde hombres cercanos a la cuarentena, trajeados de verano, y con aires de intelectualidad, fracción ingenieril, discutían sin voces, en cierto modo con discreción, de política. Esto es, ponían verde al régimen. Dos de ellos era aparejadores en importantes empresas de las construcción, un tercero, de finos y hermosos rasgos patricios y que llevaba la voz cantante, era alto funcionario de Ministerio de Hacienda, otro más, ídem del Banco de España, y un último, arquitecto municipal por concurso-oposición. Los cinco pertenecían a la Agrupación Socialista Madrileña, si bien, los aparejadores y el arquitecto con escasos meses de militancia. La discusión se había iniciado sobre cómo promocionar entre los profesionales la recién nacida Plataforma de Convergencia Democrática. Pero la cosa iba ya por otros derroteros. El de Hacienda, aseguraba que conocía a Isidoro personalmente[7], y que por tanto podía asegurar que era un hombre de extraordinario talento. Un líder de talla. Lo que el país necesitaba. Pero lo que en el fondo les quedaba de su vana charla a sus novatos compañeros es que el hablante estaba relacionado de narices. Y el del Banco de España, que se limitaba a asentir meneando la barbilla donde nadaban cuatro pelos de imberbe, lo mismo, otro que estaba en el ajo. El arquitecto municipal estaba muy impresionado, y los ojillos se le almedraban de gozo, porque todo él era un jadeante y perruno deseo de mover el rabo al son de unos amos así: elegantes, cultos, liberales, socialdemócratas...

Los aparejadores, más corridos por provenir del sector privado, y muy metidos en los intrincados mundos de la construcción, no se impresionaron tanto. Ambos eran amigos desde la escuela, y conocían también a Don Fulano, que hizo el barrio de... y a Don Mengano, que construyó... Aunque naturalmente, nunca habían ido a ninguna de sus fiestas. Uno de los aparejadores, era un tipo bien plantado. Un tipo agradable, calmo y también nutrido de sana política reformista. El lector ya lo conoce aun sin saberlo. Se trataba del aparejador que había despedido al Jambo, y que oficiaba en los pisos de Hacienda, que es precisamente, dónde estaba la conexión que le había permitido conocer al pontificado baranda que les hablaba, o mejor les largaba el exordio de nunca acabar, cuando a medias ya era elogio del Isidoro, y a punto de ser un simple epilogo, pues los ojos del aparejador, de nombre Roberto, se estaban perdiendo en las finas pautas de las esbeltas piernas de una Adela completamente ensimismada en la paja de su casi acabada horchata. Para el pope de la ASM, la falta de atención del amigo Roberto, era en cierto modo agraviante. Pero para el otro aparejador, fue una agradable sorpresa:

—¡Anda! Pero si yo la conozco.

—¿No me digas?

—Sí, hombre, esta es la chica de Barrán. Que por cierto, creo que la despidió, ese cabronazo.

Naturalmente, este otro aparejador, estaba empleado en Malpisa, y como Dios los cría y ellos se juntan, era naturalmente el Jefe de Obra de Portal De La Sierra III, obra, por donde, como sabemos, también había pasado el Jambo. Sí, el mundo es un pañuelo, incluso en las novelas.

El capitoste del Banco de España, carraspeó. ¡Hum! Permitidme que ahora hablemos...

Pero Roberto le cortó en seco:

—Disculpa un momento, es que queremos saludar a una conocida... Son dos minutos—. Y a su colega:

—Anda preséntamela.

El otro se rió, que si estaba loco. Apenas la conocía. Claro que está buena eso ya lo sabía él desde el primer día que la vio. Pero está casada y no era de las que tragaba.

—¡Coño, Federico, no seas cagueta, tú preséntamela!

El baranda de Hacienda, sonrío forzadamente y encendió un rubio americano. En la mesa, junto a su paquete, dos azules y arrugados paquetes de Ducados, género del que fumaban los aparejadores.

Tras un pequeño tira y afloja, consiguieron despertar la atención de Adela. Que en absoluto reconoció a ninguno de los cinco socialistas. Lo que sí apreció, es que uno de ellos la miraba con insistencia, descaro, en el fondo. Adela no estaba acostumbrada a estas cosas y pasaba muchísima vergüenza cuando se le quedaba alguien, aunque no tanta como cuando conoció al Jambo. Pero como en aquel caso, sabía que su cambio de destino pasaba ineludiblemente por conocer gentes. Personas de otros ambientes. Si posible más liberales. Y terminado este sencillo razonamiento, un repentino contraataque mental, como siempre, se lo estropeó. ¡Santo cielo! Pero si ella era una mujer casada. Afortunadamente, Roberto acudió en su ayuda pues había convencido a Federico y se acercaron en ese momento:

—¿Cómo te va?

Más cerca, Adela luchaba contra la maldita memoria. Seguro que lo conocía, pero no se acordaba de dónde ni de qué.

—¿No sabes quién soy? —se temió Federico.

—Sé que te conozco, pero no recuerdo ahora.

—Sí, hombre, yo soy el Jefe de Obra de Mal...

—¡Ah, sí! Claro. Perdona...

Y Adela se levantó para estrecharle la mano. Le presentó a Roberto, un compañero. Durante un rato, de pié los tres, Adela puso al corriente al aparejador, de su despido. No tenía trabajo. Aún no había buscado nada. Roberto, experto lector de caras sacudidas por la vida. Adivinó una incierta tristeza en aquellos bellos ojos. Federico maldecía por cortesía a Barrán y le contaba a Adela cotilleos que le había largado Sebastián. Que el viejo andaba liado con una secretaria y que no sé qué no sé cuantos...

Pero Adela no cuajaba y sin darse casi cuenta empezó a despedirse de ellos. Tenía que irse. Ellos se negaron a que pagara la consumición. Pues muchas gracias. Hasta otra. Roberto quedó un poco frustrado. En realidad no había tenido tiempo para nada. ¡Coño! Se había despedido tan rápido. Federico se le acercó y entre dientes les espetó:

—Dale tu tarjeta..., hombre..., no ves que está buscando trabajo. Además, esta moza es una fenómeno trabajando...

Roberto miró a Federico con los ojos abiertos. Federico le guiñó un ojo:

—Cuando tú llegas yo ya vengo...

—Que grande eres Federico...

Y dando largas zancadas alcanzó a Adela: Disculpa, pero Federico me ha dicho que eres muy eficiente. Si te hace falta trabajo, llámame a la oficina. Toma mi tarjeta. Y aquí resopló. Adela sonrió educada. Abrió los ojos iluminados, lo que a Roberto le pareció un regalo particular, y tras agradecérselo encarecidamente, volvió a despedirse.

Una hora después, el tipo del Banco de España pagó las consumiciones, la de Adela incluida, y Roberto y Federico hicieron como que se tenían que ir a sus casas, para deshacerse de los popes, pero en realidad siguieron caminando hasta el café Gijón. Porque en anocheciendo, agosto y en Madrid, es pecado mortal perdérselo, aún en aquellos tiempos.

Mas tarde, Adela, encerrada en el cuarto de baño, y mientras se relajaba en la bañera, se acordó de la tarjeta y de los aparejadores. Se puso la bata y fue al cesto de la ropa sucia a buscarla. La estuvo mirando un rato. Roberto Baños, aparejador.... Dejaría pasar unos días y luego le llamaría. Por lo menos trabajaría en algo. Dos días después, por la mañana, y mientras Emilio trabajaba, Adela llamo al número de teléfono de la tarjeta. Se puso el administrativo de la obra, que rápidamente le pasó con su jefe. Roberto, se acordó enseguida de ella. Lo mejor fue que quedaron citados en las oficinas de la empresa. Sí en una hora estoy allí, prometió el aparejador. Adela no se preguntó el porqué alguien al que apenas conocía era tan amable con ella. ¿Pero quién se hace preguntas cuando le tratan como cree merecer?

El encuentro fue muy poco romántico para Roberto. Ella sólo quería un trabajo decente, como todo el mundo, y no daba muestras de ningún otro interés que no fuera eso, encontrar trabajo. Al menos esa es la impresión que sacó. Las sensaciones de Adela fueron bastante distintas, y más en la línea de lo que el aparejador esperaba. Aunque naturalmente no dio ni una pequeña pista de la grata impresión que Roberto le causaba. Lo veía guapo, de buen tipo, inteligente, moderno, y sobre todo buena persona. Todo en una primera impresión. Para Roberto, que era reconocido cazador nocturno entre sus amigotes, la aparente distancia que le ponía Adela no le resultaba decepcionante. La paciencia es una de las artes del cazador, oficio que como todo el mundo sabe, consiste fundamentalmente en cruzarse con engaños en el camino de la pieza y cobrarla.

Roberto le consiguió una entrevista con el Jefe de Personal de la empresa, e incluso, le escribió una tarjeta de recomendación. Adela rellenó un formulario y poco más. Después, a la hora de estar allí, Adela le aceptó un café, donde Roberto se limitó a comentar esto y aquello de la empresa, aunque un par de veces se le fue la vista al pecho. Ella, disfrutó extraordinariamente de aquellos minutos en la barra del bar donde desayunaban los empleados de su ya, seguro, futura empresa. Bueno, este era el primer paso de su emancipación. Iba a conseguir un empleo sin que ni la familia ni Emilio hubiera tenido nada que ver. Y encima, su benefactor, la encandilaba muchísimo. No percibió tampoco Adela muestras de interés especial por ella en Roberto. Pero una cosa era evidente de su contertulio, no llevaba anillo de casado ni de compromiso. Una vocecita interior, le recordó, como el no quiere la cosa, que, ella sí que estaba casada. Fue un pensamiento instantáneo de esos que el cerebro abunda para amargarnos la fiesta y conlleva normalmente un fastidioso vistazo al pozo de nuestras miserias. El importuno recuerdo de que o se reconciliaba con su marido, o se planteaba romper en serio. Y se estremeció, pues lo que no podía ser es andar jugando y tonteando.

A raíz de su despido Adela había cambiado mucho. Para empezar su antiguo empleo nunca le gustó. Un empleo que en su día había aceptado, por presiones familiares. Al perderlo comprobó que no era nadie, que no podía decidir su destino, y que estaba atada a un montón de inconvenientes. Vino luego su encuentro con el Jambo. Algo muy intimo de su ser se había colmado en este lance. Pero de la misma manera que antes de ello, no podía evitar la atracción que el vallecano le producía, ahora, rechazada por su marido, pero consciente y sabedora de lo que en realidad podía conseguir, el Jambo no representaba nada para ella, un agradable recuerdo, y una cierta desazón, que en el fondo siempre le produjo el Jambo: los inciertos miedos que el vallecano siempre regalaba doquiera fuese. La cualidad de los marginados que tan bien representaba. Los aires de proletario en permanente rebelión. Aquellas manos de acero bolchevique. Aquellos ojos de fiero comunista. Todo eso asustaba, si no repelía a Adela. Del Jambo sólo recordaba con aprecio en momentos de absoluta y placentera intimidad, su imagen desnuda, con aquel elegante cuerpo que se gastaba, y un poder encendido, naciendo vigoroso de entre sus piernas. Real recuerdo de lo que fue su despertar al placer, pero que ahora cada vez más, sólo era una ensoñación. La facilidad con que Adela resolvía la presencia del Jambo en su vida, no la sorprendía en absoluto, ni tampoco le impelía reflexión alguna. En cierto modo, hallaba vergüenza en el método que las circunstancias habían puesto en su camino. Y así, ¡el hombre que más había cambiado su vida, era el que menos le importaba!

También su marido había sufrido el cambio. Cuando vio con sorpresa, cómo le crecían alas propias a su mujer, creyó morirse de celos. Después, una ira, que el consideraba, casi medio divina, o al menos canónica, le recorrió el cuerpo como un tornado la llanura. El apacible marido, a veces hasta la apatía, regurgitó los años de mansedumbre al comprobar como lo que creía suyo, no tenía dueño en realidad.

Esa misma noche tuvieron una bronca espantosa en el salón. Y cómo sería, que ni al propio Emilio le importaron las voces y sus oyentes, los taimados vecinos. Salió todo a relucir. La tienda, lo cobarde que había sido con Barrán, el que ella no hubiera podido cobrar el subsidio de paro, y su falta de entendederas, cuando ella más lo necesitaba. Y lo que para Emilio iba a ser una mera exigencia de vuelta a la normalidad, de en definitiva, acatamiento del orden constituido, quedó al final en una apabullante derrota dialéctica, pues Adela, sin piedad, lo desmontó pieza por pieza, dejándole en el más espantoso de los ridículos. Emilio dejó la discusión aplastado por el manto de su impotencia. Algo le pasaba a Adela, algo que no comprendía y que el era incapaz de solucionar.

[1]Una celda a este uso, que se nutría de los libros que iban dejando los presos que salían.

 [2]Fundamentales para demostrar la represión franquista de posguerra. Por eso, hasta el día de hoy, siguen cerradas.

 [3]Un rencor al ejercito todavía mayor del que provocaron los desastres del 98, y los siguientes de la guerra de África.

 [4]Esta es una tesis personal. Me explico así por qué los comunistas tienen tan pocos votos pese a que en su día fueron los protagonistas de la lucha antifranquista. Y también, que deberán pasar muchos años para que los socialistas pierdan sus millones de votos. Si es que los pierden alguna vez a poco que lo hagan bien. Es un pequeño consuelo, pero consuelo al fin y al cabo.

 [5]Celdas Bajas.

 [6]Emilio, desgraciadamente, era otro julabo.

 [7]Quien apenas llevaba seis meses en Madrid.