S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-24-

Un peta en Monsanto

Los días de prisión se terminaban. Para el Jambo, como decía el Calambres, un puto multero, aquello no había pasado de ser unas extraordinarias vacaciones políticas. Personajes increíbles, figuras históricas, héroes de la resistencia antifranquista, ¡espías rusos! y... ¡etarras! Verdaderos y míticos etarras, habían desfilado ante sus hambrientos ojos, ávidos de historia, ávidos de la gran fraternidad roja. Y es que el Jambo había tenido mucha suerte en su entrada a la cárcel, en realidad en uno de los periodos de tregua, donde los presos tomaban aire para seguir peleando.

El último día de su estancia allí. Se paseó por el patio y la galería, queriendo recordar, grabarse en la memoria, aquel sitio y aquellas gentes. Se detuvo, con cierto morbo, en el justo sitio donde no hacía tres días, una paloma, con la mente deshecha por el duro tratamiento de hormonas masculinas a que el médico[1] de la prisión sometía a todos los que ingresaban con tetas, se había arrojado desde el último piso, haciéndose pedacitos. El no lo había visto, pues se encontraba jugando al fútbol. Después le echó un ojo al espía ruso, y al cabo de los políticos, y a los duros etarras, que hoy, en el hastío que al atardecer siempre producen las largas condenas, les había dado por cantar en una celda, mientras el boqueras se aguantaba porque no se atrevía a llamarles la atención. Y luego también miró a las escandalosas palomas, y su inevitable parloteo, y el espeso tráfico de comunes, que llegadas estas horas vespertinas, ascendía, 15 pavos en ristre, a eso. Salió luego al patio, y hubo de quedarse quieto un momento mientras el cabo y el boqueras hacían el recuento de la tarde. Allí contempló la interminable partida de frontón que siempre se formaba cuando jugaba el Calambres, único al que los etarras, aceptaban que frivolizara con su juego nacional. Se jugaba a quien falla sale, de modo que empezaban tropecientos y siempre quedaban al final los vascos y el Calambres. Cuando querían, los etarras se quedaban solos, y entonces empezaba la partida de verdad, entre seis o siete escogidos. También se acercó al círculo de discípulos de Camacho, que diario Pueblo en ristre, oficiaba de pope, explicando a jovencitos y otros no tanto, qué significaba cada cosa que pasaba, vista desde el filtro marxista de la explicación de cualquier suceso de la vida humana. De no ser Camacho, la escena hubiera sido penosa, pero siéndolo, era entrañable a poco que se tuviera corazón. Pues el viejo, no sólo creía en lo que hacía sino que lo hacía sin malicia ni doblez.

Luego se acercó a Etxevarrieta, que practicaba su euskera con un paisano de rigurosa docencia. Estuvo un rato escuchando la conversación con interés. Al Jambo le sonó muy primitiva, como siempre que la oía. Cuando Etxevarrieta terminó su clase, comentaron que, salvo imprevistos, mañana les daban la blanca. El guipuzcoano le pidió que si podía ayudarle a pasar cartas, porque entre unas cosas y otras le habían endilgado media docena de ellas, y no sabía como hacerlo. Se las repartieron. Lo mejor era esconderlas en los calcetines, pero para eso había que darles forma con paciencia. Venían a caber unas cuatro por preso.

A las once de la mañana del día siguiente, un ordenanza se acercó a la verja y comenzó a leer: Ese Javier Etxevarrieta, con todo... Ese... El Jambo se despidió de algunos de la comuna, con los que había hecho algo de amistad y bajó a la mesa del funcionario. Etxevarrieta y tres más esperaban. A la altura de la rotonda, vieron pasar a un funcionario acompañando al vacilante Ese Domingo. Estaba en los huesos después de una semana de huelga de hambre. Todos se pararon y se le acercaron. Ese Domingo, sonrió, tenía el rostro demacrado, los pómulos salientes, el pelo largo y sucio. Los pantalones apenas se le sostenían, y la camisa, volaba por todos los lados. Pero aquel saco de huesos, aún conservaba su fiera mirada rebelde y su sonrisa franca y valiente. Uno por uno, los a muy poco ya ex presos, le abrazaron y le dieron muestras de consuelo y de valor. La faz de Ese Domingo impresionó mucho al Jambo. Lo vio solo, luchando contra todos, reprimido por el cabrón del Director, y olvidado por todas las comunas, las grandes y las pequeñas. Aquellas poderosas organizaciones carcelarias, fruto de tantos años de lucha en las prisiones, y que el Jambo tanto admiraba, no se habían puesto de acuerdo para solidarizarse con un madrileño radical que quería pisar las calles de Madrid al anochecer, y un vasco recién casado, que añoraba el lecho tibio de su amada y la fresca mañana de sus verdes valles. Curiosamente, ahora que se iba a la calle, el Jambo recibía el palo más duro de su estancia en la cárcel. Aquel lugar podía convertirse con un rápido chasquido de la mano, en un lugar de horror y hasta de muerte, como lo fue para la paloma que quiso volar, aun a sabiendas de que eso es imposible en una cárcel.

Pues fuera cual fuera la impresión que un multero como el vallecano o su amigo Etxevarrieta habían sacado de Carabanchel, la cárcel madrileña era un lugar triste, plomizo y sucio. Y aunque lo presos políticos, por contra de los comunes, tenían grandes esperanzas en un pronto indulto a la muerte del dictador, y en sus conversaciones siempre estaba esta palabra, pese a que el último recordado fue el que sacó de la enfermería a Vila Reyes, el estafador del Opus en el asunto Matesa, esta esperanza no se fundamentaba en nada. El régimen no daba ni una pista para el futuro, si no era lo contrario, estremeciendo el ánimo de los presos al observar qué espíritus anidaban todavía en los poderes franquistas, cercanos que estaban señalados Consejos de Guerra. Aquélla gente no había cambiado un ápice ni tenía la más mínima intención de cambiar. En el verano del 75, en Carabanchel, la avalancha de alegres multeros no había mejorado el ánimo de los presos con largas condenas ni de los que esperaban próximo juicio cargados de peticiones. De todo aquellos que quemaban su juventud en prisión o malgastaban su madurez contra su voluntad. Espíritu que, pese a que el Jambo no fue capaz de identificar, se traducía en un ceño particular, una mirada  especial del preso, cuyo horizonte no pasaba, en el mejor de los casos, de los treinta metros.

El camino de salida, el mismo del de entrada, excepto reconocimiento y huellas. Ningún preso político liquidaba el dinero de su peculio, ya se encargaba el administrador de pasarlo todo a otra cuenta de la comuna. Le devolvieron sus cosas, la cartera y las llaves. Y de pronto y sin que casi pudiera darse cuenta, estaba en la calle. A Etxevarrieta vinieron a buscarle sus familiares, ¡Caray, en un Mercedes! El vasco le preguntó que si le llevaban a alguna parte. Se lo agradeció pero le dijo que prefería ducharse antes en cerveza. Etxevarrieta, buena persona, trosco genial, entendió todo. Me gustaría quedarme contigo, pero no puedo. Que te vaya bien, "tronco". Adiós, le respondió el Jambo. ¡Y vaya pedazo de hermana que tienes!

Dos manzanas más allá, el Jambo puso el codo en la barra de un bar, dejó caer la bolsa con sus papeles y un par de camisas, y le dijo al camarero:

—¡Póngame una caña helada! Cuando yo levante la mano, usted me pone otra.

El camarero, al tanto del numerito desde hacía años, no dijo nada. Y según el Jambo levantaba la mano, el le ponía otra. A la cuarta, el Jambo miró fijamente al camarero, este le devolvió la mirada y sin inmutarse le señaló la puerta del servicio. A la sexta, el Jambo pagó con el talego que le había dado el administrador y marchó en busca del metro.

A mediodía, aún flotando en un suave vapor se acercó al Pozo. Pero no había nadie conocido. Perico de vacaciones. Algunos saludos sin importancia. Se fue luego para algunos bares de Entrevías donde solían parar sus amigos de Comisiones, pero tampoco tuvo ningún éxito. Visto así, se fue para Nueva Numancia. Todas sus cosas seguían como las había dejado. El Agus se había mudado y le había dejado una nota de despedida, y José Luis no estaba:

—¡Qué panorama! —Se dijo.

Durmió la moña hasta la tarde. Después salió a dar una vuelta, dónde al único que encontró fue al Pertur que le dijo que estaba currando en una obra en la carretera de Burgos. Un laboratorio o algo así. Y que aceptaban cuadrillas y peones. Le dio las gracias y le preguntó por la basca. Pepe estaba en el paro y había desaparecido, nadie sabía nada de él ni de su novia. El Boty estaba de vacaciones con la parienta, y de los demás no sabía nada.

En el Comunín sólo se encontró con un tal Paquitín, un antiguo comunero que no se digno prestarle atención. Entonces que se fue a ca Manolo y cenó muy temprano, casi a las nueve, luego se fue al cine y vio una de Kung-Fu en el Puente, que le aburrió soberanamente. A la salida se mercó un bocata y se fue para la piltra, a ver si al día siguiente había más suerte.

No hubo ninguna. Desesperado, se fue a la Caja de Ahorros y saco las quince mil pelas que tenía ahorradas, buscó el pasaporte, y sin encomendarse a Dios ni al diablo y pese a su libertad condicional, se fue a Atocha y se sacó un billete a Lisboa para esa noche en el Lusitania exprés. Fue un arranque que le dio. Mientras preparaba el macuto se acordó de Mari Carmen. La llamó. ¡Por fin! Una que estaba. Se alegró mucho de oírle. Podían quedar cuando quisieran. El Jambo casi empezó a arrepentirse de haber sacado el billete. ¿Te vienes conmigo a Lisboa? Imposible. Eso se avisa con antelación, no tengo pasaporte. Pero si quería le acompañaba a la estación. No, no hacía falta, no sé a qué hora llegaré y tal. Bueno ya nos veremos a la vuelta.

Fue entonces cuando tuvo una idea salvadora. ¡Fina! Lo mismo está en el pub trabajando. El José en el trullo. De putifa. Vamos para allá. Y con un poco de suerte no estarán los estupas, y no habrá bronca. Pero Fina no estaba en el pub, una camarera le dio el teléfono de su pensión. Se marchó antes de que la Madama le reconociera. Llamó a la pensión. Tardaron un buen rato hasta que comprendieron que preguntaba por Josefina. Finalmente se puso. Se alegró mucho de oírle. Le hizo la proposición. A ella le encantaba la idea y además no veía problema, tenía pasaporte, únicamente que tendría que pedir permiso en el pub. Que le dejara una hora y volviera a llamar. Una hora después el Jambo ya tenía compañía para Lisboa. Quedaron en la estación hacia donde salió el Jambo a todo meter para sacar otro billete.

Fina estaba muy morena, ¿cómo coño lo haría?, y también más delgada y con mejor tipo. El Jambo no se pudo reprimir y la beso en la boca y la apretó fuerte. La sequía. Ella no se resistió, lo sabía todo. José le había escrito y le había contado el encuentro del economato. Y el Jambo se calentaba y se calentaba.

—Chico —le apremió ella—. ¡Cálmate! Que me vas a violar aquí. Aguanta hasta esta noche en el tren.

El departamento de segunda clase donde montaron no estaba vacío, una señora con niño repelente y con destino desconocido lo ocupaban. El Jambo, nervioso como un flan, esperó y espero a que el tren se pusiera en marcha, a que el revisor, y su sombra, un secreta, les cogiera los billetes y los pasaportes, y una vez que esto ocurrió y el tren arrancó. Se fueron al servicio, se encerraron y se lanzó contra la pobre Fina, que paciente, se dejó. Unos minutos después, el Jambo ya estaba listo:

—¡Caray! —dijo ella—. ¡Qué necesidad tan grande tenías! Casi me has usado como un pañuelo.

El Jambo se quedó un poco cortado, pero se disculpó:

—Lo siento, pero es que no veas que ardor tenía. Cuando llevo mucho tiempo sin usarla, me voy de bareta cagando leches.

—No te preocupes, tú puedes irte cuando quieras. Me caes bien, chavalito.

Ya en el departamento, comentaron sobre Portugal. Fina conocía Vila Real de Santo Antonio, pues era de un pueblo de Huelva y donde con un pase de 24 horas se podía cruzar la frontera y comprar toallas y jerseys y chuminadas. Pero el Jambo ya había estado otras veces en Lisboa. Después, como el niño era insoportable, y con toda probabilidad madre e hijo iban hasta Cáceres. Decidieron salir fuera e ir al minibar que el expreso tenía. Nada serio el sitio. Dos departamentos unidos, con una barra y dos asientos corridos. Además del camarero, un guiri[2], y ellos, como únicos presentes. Se pidieron un bocata de jamón y queso y dos cervezas y se sentaron al lado del guiri, un belga que hablaba perfectamente español y que tenía ganas de charla. Los belgas eran un poco contradictorios con los españoles, según confesaba el mismo. Siempre estaban en contra del gobierno español y a favor de su oposición. Es decir, si el gobierno era el de la República, ellos venga a acoger jesuitas, y fachas huidos, si era el de Franco, pues a refugiar etarras. En fin, que no nos ignoraban como otras naciones europeas. El guiri quería hacer turismo político en Portugal, y de paso, allí mismo, saber de la situación española.

A Fina no le interesaba mucho la conversación, la situación española, para ella, era su situación personal. Fina llevaba algunos años en Madrid. Todavía recordaba los dos años que pasó de sirvienta en una casa de la calle Jorge Juan, aguantando de todo. Aguantó que el hijo del señorito, un adolescente lleno de granos, se le colara por las noches, y tuviera que cascársela una vez sí y otra también, pero lo que ya no pudo aguantar, fue que el mismo señorito la avasallara como si su cuerpo fuera propiedad de la casa. Desvirgarla no pudo, pues de eso ya se había encargado un mocetón del pueblo, y con gusto de ambos, no como con los señoritos. Pero el mocetón había embarcado sin decir adiós.  Por ello, sin un verdadero trabajo, al borde de la prostitución, (aún quería creerse que lo de chica de alterne, era otra cosa), pobre y andaluza, Fina tenía el idóneo perfil para esta profesión. Fina ganaba más que cualquier chica de su edad que sirviera o se dejara la vida en una fabrica, del sector eléctrico o textil, que era donde más trabajadoras había en Madrid. Pero esas ganancias, las más de las cuales terminaban camino de su pueblo para socorrer a sus padres y hermanos, eran igualmente su desazón, y como su amigo y paisano José, la real fuente de todos sus males. ¿Cómo se deja de ser chica de alterne, cuando no se sabe hacer otra cosa que servir? La única esperanza de Fina era encontrar un novio trabajador, no sé, en cualquier fábrica, Jondere[3], Estándar, Otis, Bochs, Perkins, Barreiros, Pegaso, Femsa. Daba igual. Un buen sueldo, aunque fuera a base de horas y horas. Que ya se encargaría ella de darle descanso a su marido. En cuanto al Jambo, estaba claro que no era lo que buscaba. Ocurría que el Jambo le gustaba a rabiar. Le gustaba este cabezón harto de cole, pero de buen fondo, ella creía. La política no le importaba mucho, por ningún lado veía a nadie que fuera a hacer algo por ella, ni Franco ni los otros. Si al Jambo le gustaba, allá él. Ella se conformaba con unas bellas vacaciones, unas vacaciones que no recordaba desde que una vez fueran a Matalascañas unos días, cuando era niña, antes de que su padre enfermara, su hermano mayor emigrara a Alemania, y su madre se tuviera que poner a lavar ropa. Así que se cogió del brazo del Jambo y se recostó mientras se fumaba un rubio, y el Jambo le contaba al belga la situación de España y en especial la de Euskadi. El muy idiota, ¿se creía que ya estaba en Portugal? En efecto, el camarero del Lusitania, un contertulio habitual de la pareja de civiles y del secreta que los acompañaba hasta la frontera, puso la oreja en aquella extraña conversación. No se enteraba de mucho, pues el Jambo hablaba bajito, pero sabía que el guiri y el cristiano estaban hablando de la ETA. Sí, el Jambo le decía al belga, que la ETA estaba en aquellos momentos fraccionada en varias organizaciones: la ETA VI asamblea, que se había hecho trotskista, la ETA V asamblea, que era la verdadera ETA, medio dividida entre los Poli-milis y los Milis o ETA militar, y para terminarlo de arreglar, los Comandos Autónomos Anticapitalistas. En realidad quienes pintaban eran los Milis, que eran la verdadera organización etarra, dura, impertérrita ante el sufrimiento propio y ajeno, y llena de nuevas riadas de militantes, bien curtidos en la lucha callejera desde su adolescencia, y dispuestos a luchar hasta el final: la proclamación de la República Socialista de Euskadi, país independiente, donde, sin duda, correría la leche y la miel, sin ninguna tasa, y donde todos los buenos vascos serían felices, tendrían un santo profeta llamado Sabino, y los curas, los vascos claro, mandarían mucho. Y los maquetos, bueno, ya se vería.

En eso entró la pareja de picoletos acompañados de un paisano trajeado. El camarero, malicioso hasta el final, comentó como si fuera broma: ¡Cuidado con las espaldas, que andan los de la ETA sueltos! Y se rió de la gracia. La pareja de Civiles, bien entrada en años de servicio, no le hizo caso. ¡Ponnos unos cafés, y déjate de monsergas!, le gritó sin acritud el cabo. El hombre del traje se volvió y le echó una mirada al Jambo y sus acompañantes. Sin que se le alterara un sólo músculo, el corazón comenzó a latirle muy de prisa. ¡Era el sargento Garcés y había reconocido al Jambo!

El sargento Garcés llevaba unos días muy agitado. La historia de los dos jóvenes comunistas, todavía coleaba. Y él estaba muy harto de ella. Ocurrió que cuando el Coronel regresó de su curso de ascenso a general, y tuvo conocimiento de lo que había ocurrido, montó en cólera, arrestó al Teniente Coronel, no sin cierta satisfacción de Garcés y abroncó al Servicio de Información de la Comandancia. A mediados de julio, el Pequeño y Alberto fueron puestos en libertad por el juzgado, y sin cargos. Únicamente cumplieron una multa gubernativa. Esto terminó por desquiciar al Coronel, que además, en fechas próximas debía reanudar sus cursos en Madrid, y quería dejar el asunto zanjado. Así que un día, el Coronel llamó a Garcés y le impartió instrucciones:

—Mira Garcés. Quiero que soluciones esto. No confío más que en ti, que eres de los pocos que tienen cabeza en esta Comandancia. Así que te vas a ir detrás de esos dos comunistas, y me vas a decir, sin son unos don nadie, o qué otra cosa.

—Sí mi coronel.

—Bueno, pues arregla los papeles con el capitán Fernández, porque hasta que no tengas nada en claro, no te quiero ver por aquí. ¡Y me informas a mí! ¡Nada de jugar a espías y a terroristas!

—Mi coronel... —se defendió Garcés—. Usted sabe que yo...

—¡Ya lo sé Garcés, ya lo sé! Si no fuera por ti, esto se hubiera desmadrado todavía más... ¡Con estos tarugos de marca mayor! —se quejó.

Garcés tenía una memoria excepcional. Años de oficio y dura profesión habían hecho de él un buen fisonomista. Y la cara, aún a oscuras, de quien le había magullado por primera vez en su vida las costillas, no se le iba a olvidar jamás. Por contra, el Jambo, que advertido de la presencia de los aceitunos, había cortado la conversación, no reconoció en Garcés, a su víctima de meses atrás. Únicamente, advirtió que sin duda, con aquel traje, con aquel corte de pelo, y aquellos envarados ademanes de persona acostumbrada a otros ropajes, sin duda, estaba delante de un secreta, de la BPS o de lo que fuera. Por tanto aligeraron de allí. Garcés no les siguió, se fue a ver al revisor y al policía de servicio en el expreso, y tras identificarse les solicitó los pasaportes. Cuando reconoció el del Jambo, se lo quedó, y el de Fina también.

A Lisboa, si se viaja en el Lusitania y en segunda, se llega con la boca áspera y desalada, el estómago prieto y embravecido, la vista nublada, y el cuerpo malsano. Pero es tal el poder de esta ciudad mediterránea, sí, la más occidental de las ciudades mediterráneas, que el viajero siente nada más bajarse y pisar los andenes de la estación de Santa Apolonia, que el Sol que reflejan los azulejos de la Lisboa eterna, vivifican sólo con respirar, tonifican sólo con caminar, y toman de la mano a los fatigados hombres, para llevarlos a los espléndidos cafés al cielo ascendidos por el francés ingeniero para calmar toda sed, hambre o apetencia, con la simple y negra consistencia del café brasileiro. Y si tras ello, aún tiene el viajero terrenales apetencias, ha de descender para caminar por las calles alimenticias que la ciudad tiene. Y comprar al paso lento de la omnipresente nostalgia[4], que al español invade cuando Lisboa holla, viandas, mercaderías, especias, vinos verdes, oportos, pasteles, pescados y bacalao.

Aunque hay quien prefiere desayunarse en Rossio y luego regalarse la vista en las calles de Oro y de Plata, hasta que las hambres aprieten renovadas y poder paladear sin tregua, las mil y una maneras de saborear el mar y la tierra en la misma caldereta.

Pero nada de eso hicieron el Jambo y su amorosa Fina. Una hora antes de llegar a la estación, el revisor, ahora portugués, les devolvió los billetes y los pasaportes sellados por ambos países, y además hubieron de rellenar un molesto papelito blanco, sin en el cual no hay manera de visitar Portugal. A la llegada, mal desayunaron en la estación, azulejos no vieron ninguno, aunque en el camino estaban. Pues sólo vieron Copcones[5], Brigadas Revolucionarias, pintadas de partidos prochinos de siglas indescifrables, negros vendiendo "liamba" en Rossio, y gentes a la calle lanzadas, para discutir, hablar, porfiar, de lo que en Portugal pasaba, por fin, en decenas de años.

Primero un autobús de dos pisos hasta el camping de Monsanto, efectivamente, en un monte. Más campo de refugiados, ya entonces, que camping, pero barato, amable y con una cafetería muy apreciada por los españoles del también entonces. Y para Fina, ojos grandes, boca tersa, pecho de verano, admirada, relajada y con las palmas húmedas y salobres y con su maletita de cuero de Ubrique. Y para el vallecano, la nariz mocosa o rara, las axilas olorosas, el ánimo también muy admirado, y el estomago añorando sólidos. Plantaron la tienda, la militar tienda de techo de camuflaje y sin suelo, que tantos amores de fin de semana rápidos y fríos había cobijado en la sierra de los madrileños, y además, políticas charlas. Seminarios decían.

Y cuando ya acomodados, el vallecano quiso repetir de amor, Fina se entregó y no estuvo del todo mal él. Pero en su fuero interno, no dejó de preguntarse cómo aquel ardor desatado que de Adela le entraba, aquí, con la Josefina, era ni la mitad. Quizá la respuesta estaba en que la andaluza se rendía al placer del Jambo, sin buscar nada para ella. Sí, tenía que ser eso, que Fina, lo daba todo y no pedía nada.

Después, el Jambo se quedó dormido. Fina lo contempló un tiempo, donde no parecía pensar en nada. Se puso el biquini y una camiseta y salió para la piscina que habían visto a la entrada. Allí estuvo tomando el Sol y dándose chapuzones a cada rato. Hasta que le entró hambre y se fue a despertar al Jambo.

En la tienda hacía un calor espantoso, así que el Jambo dormitaba y sudaba a la par. Cuando Fina lo despertó le animó a un chapuzón en la piscina, pero el Jambo no estaba para mariconadas. Sacó una toalla del macuto, se enjugó el sudor y tras ponerse la camiseta y los vaqueros decidieron irse a comer al centro. En el Terreno de Paso, Plaza del Comercio también, se sentaron en unas mesas al aire libre y comieron bien a gusto y bebieron vino verde hasta que se les salía por las orejas. Y ni al Jambo le importó un bledo por el clavao que les cobraron por cada platao, que lo eran hasta reventar. Tras el café, el Jambo, nervioso él, se fueron a Rossio, para una tarea que no podía esperar más. ¡Quería pillar "liamba"!, la marihuana Angoleña. A Fina no le hizo ninguna gracia, estaba harta de vérselo fumar a los maderos que la importunaban en la calle del León, sobre todo los que habían sido ex legionarios. Ella lo que quería eran unas vacaciones, Sol, playa, ver cosas, comer bien, hacer el amor, y a poder ser traerse alguna ropa o recuerdo portugués, pero eso de ir a comprarle droga a aquellos negracos, decía muy poco de su compañero.

Pero el Jambo no tenía intención, ni nunca la tuvo, de escuchar a Fina, ni siquiera de averiguar sus preferencias vitales. ¡Coño, no iba a irse de Lisboa sin comprarla! ¿pero en qué cabeza cabe? Con lo liberales que se habían vuelto los militares portugueses, seguro que de fumarla en Angola y Mozambique. Y además, tan barata...

El Jambo propuso volver al camping a fumarse un canuto. Fina puso cara de espantada.

—¿Ahora?, pero si son las seis...

—Nos echamos un canuto y luego si quieres follamos y hasta nos damos un chapuzón en las pisci.

—Hombre, ya que estamos aquí, podemos dar una vuelta y tomar unas copas por algún sitio bonito.

—Pero luego por la noche salimos, tronca... Así estaremos descansados. De otro modo, si seguimos caminando acabarás harta y no tendrás ganas luego de ir al Barrio Alto.

—¿Cómo tendré?, ¿y tú, qué?

—Yo soy incansable, morena —Y tenía razón.

En la tienda, mejor, a la puerta de la tienda bajo la sombra de los pinos, el Jambo volvió a echar de menos el papel de fumar, se las compuso como la vez anterior. Después lo prendió, y con el corazón transido de emoción le pegó una calada de campeonato. ¡Su primer peta de maría!

Aquello era gloria, un mundo de algodones, blandito, amable, risueño que se esparcía a todo lo largo del camping, hasta donde alcanzaba la vista. Y cuando tras darle otra calada antes de ofrecerle a Fina, que no quiso, vio lo que la morena llevaba encima, en realidad, se olvidó del canuto y paso a, en su creencia personal, darle sublimes caricias propias del más refinado amante, de un amante recién salido del kamasutra, un maestro, diez danes por lo menos, del tantrismo. Y Fina los agradeció, aunque para ella sólo fueran simples lametones, chupetones y apretujones.

Ciertamente que Fina gozó aquélla tarde, en medio del camping de Monsanto, a la vista de quien hubiera querido pues el Jambo, sublimes deseos aparte, se portó, firme hasta el gozoso final de Fina, y un poco más, ¡ahí queda eso! Para terminar con un estruendoso rebuzno del vallecano que era imposible que los lisboetas ignoraran.

En la piscina se lo pasaron divinamente, además el Jambo se duchó antes en los vestuarios. La tarde prometía y la noche... Fue entonces cuando el Jambo le vio. Estaba tendido sobre una toalla, leía un libro, "El misterio de las catedrales" una pamplina de un tal Fulcanelli, y su novia, a su vera y con los ojos cerrados, se atiborraba de Sol. Era Alberto.

[1]Digno rival del Dr. Mengele.

[2]Extranjero (de guirigay).

[3]Así.

[4]Lisboa es nuestra Córdoba perdida.

[5]Copcon. Comando Operacional del Continente. El Estado Mayor del Movimiento de las Fuerzas Armadas.