¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-25- La verdadera historia de Alberto. |
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Garcés
no pudo atravesar la frontera, pero sí que hizo algunas
llamadas. Una de ellas a Lisboa. Unos años antes, hubiera sido
directamente a la PIDE[1],
ahora, a los camuflados que España mantenía en Lisboa. Orden:
vigilar cada movimiento de la pareja hasta su vuelta. Y para
ello, telefax con las fotos de los pasaportes y a toda prisa
enviado mientras el tren cambiaba de maquina justo en la
frontera.
Después,
se fue al cuartelillo de la población y durmió el resto de la
noche en una cama del cuerpo de guardia. ¡Coño, ya no estaba
para esos trotes!
En
Lisboa, el agente que oficiaba como empleado de la embajada,
española, verdadero nido de espías franquistas, al que recayó
la tarea de vigilar al Jambo y su compañera, no tuvo ningún
problema. Para empezar era guineano, lo que a ojos del Jambo le
libraba de toda sospecha, además, tenía un extraordinaria
pinta de golfo, y para terminar, Monsanto estaba lleno de
refugiados angoleños de color. Se apodaba Rocolo y era un
fornido bubi al servicio del Estado Español. Tenía sus motivos
para trabajar para Gobernación. Para empezar, el amigo Macías,
un fang, la etnia continental, no les tenía mucha simpatía a
los bubis, habitantes de la antigua isla de Fernando Poo. Por
otro lado, no pudo terminar sus estudios de Ingeniería Técnica,
las becas se acabaron, y tuvo que ponerse a trabajar. Tras
algunos fracasos iniciales, y sabiendo portugués, a causa de
una novia mozambiqueña que tenía, fue sorprendentemente
reclutado por hombres del antiguo servicio de Carrero Blanco a
causa principalmente de su afición a la jabalina pero también
a las armas cortas. En un club deportivo le engancharon mientras
sorbía una tónica. Buena paga, buena vida, sin peligro, únicamente
vigilar españoles en Portugal, que desde la revolución de los
claveles no dejaban de incordiar, y en concreto de gritar, en
cuanto la izquierda portuguesa les daba la más mínima
oportunidad en sus manifestaciones y mítines.
En
esta misión, Rocolo tuvo extrañas sensaciones. Aquello ni era
misión ni era nada. Acostumbrado a personal de cierto manejo,
el actual objeto de sus miradas, un macarraza español, le extrañaba
sobremanera. Una parejita, dándole al peta y follando a
destajo, ¡vaya servicio! Y ahora que se junta con otra parejita y vuelven a darle al
peta. Y además discuten. Ahora se van a la cafetería. Y piden
de beber y de comer. Bueno pues me sentaré cerca a ver si ligo
algo de lo que dicen estos españoles, y mientras sorbito a
sorbito me voy bebiendo mi tónica, una tras otra, hasta que
esta gente lo deje y me pueda ir a ver a mi novia, que ya estará
terminando sus clases en la facultad. Y por otro lado, la cara
de ese tipo me suena. ¿Lo conoceré de algo? Caray, con el
ruido que hay aquí no me entero de nada de lo que dicen. Pero
el grande parece muy cabreado, y el otro destila bilis por todos
sus poros. Desde luego, si me hubieran dicho algo más de ellos.
Si tuviera más datos de estos cuatro podría hilar algo, pero
esto de, ¡hala! que les sigas a ver qué hacen, es de tontos.
Bueno, mañana les seguiré a donde la duerman, y cuando no estén,
les haré un registro en regla. Y ahora me largo porque no voy a
dejar a mi María esperándome toda la tarde.
Justo
irse Rocolo a coger la moto que tenía aparcada frente a la
cafetería, cuando el Jambo alcanzaba su máximo mosqueo con
Alberto. Las cosas se habían desarrollado así:
Tras
la inicial sorpresa que tuvo la virtud de moderar las verdaderas
sensaciones que uno al otro se producían. El Jambo y Alberto
contemporizaron, y con las chicas, con más razón todavía.
Luego de saludos, fríos, pero saludos, vinieron, las preguntas
de rigor: ¿qué os pasó a vosotros dos? ¿dónde está el
Pequeño?, ¿cómo salisteis de allí?, y a cargo de la otra
parte: ¿sabes algo de Perico? Pues bien, a Alberto y al Pequeño
los habían soltado sin cargos, luego de cumplir una multa
gubernativa de cien talegos, es decir un mes de cárcel. El
Pequeño se había ido al pueblo a reponerse, pero Alberto,
temeroso, había esperado a su novia en Badajoz, que con dinero
y pasaportes, les permitiese escapar a Portugal. No por nada en
concreto. Por el susto, por lo que fuera, porque había sido
todo tan disparatado, que tenía el miedo agarrado al cuerpo, y
necesitaba un cambio de aires. Llevaban unos quince días en el
camping, y con toda probabilidad esperarían aún más tiempo
para volver. |
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Alberto,
mientras contaba su historia sin ninguna precaución, se lió un
porro y tras prenderlo y darle tres caladas de autoridad, lo
paso. Su novia también chupó con pretensiones, Fina se excusó,
estaba un poco aburrida oyendo aquellas historias de las que no
entendía nada, pero en fin. El Jambo le dio dos caladas al
canuto, pero dada su capacidad pulmonar, como si le hubiera dado
el certificado de defunción. A continuación trazó unas
ambiguas líneas sobre su detención y su estancia carcelaria,
ni afirmó ni negó que lo suyo hubiera sido por el cante de
Badajoz, pero según lo contaba, estaba claro que estaba
empezando a pedir cuentas. Había un poco de cinismo en ello,
pues si algo sabía el Jambo, es que la madera había sido
incapaz de relacionarle con el asunto de Badajoz. Al Jambo lo
habían detenido exclusivamente porque un social le había visto
pegar carteles con Pepe el Carpanta. Igualmente podían haber
cogido a Pepe. Fue cuestión de pura suerte. Aunque, en una cosa
tenía razón, pues desde el incidente en la chabola con Garcés
y el otro picoleto, estaba claro que tarde o temprano lo iban a
detener por culpa del arroz. O sea, que dentro de los estúpidos
códigos de honor, que por los barrios de bajura del Madrid de
los setenta corrían, daba igual. Alberto era un chota y
sanseacabó. No importaba lo que la junduná le había hecho, ni
que verdaderamente, Alberto y el Pequeño fueran seriamente
torturados física y psicológicamente. Y que lo del Jambo no
fuera más que un juego de niños al lado de lo que ellos
tuvieron que soportar. Todo eso daba igual. Tampoco importaba el
que, por un poner, el Jambo hubiera citado en su farragosa
declaración policial, al Perico, al que por otra parte, la cosa
pudo costarle un disgusto, pues esa noche un zeta con cuatro
sociales fue a buscarle al Común, y que aunque no se atrevieron
a entrar en el Comunín, estuvieron esperando toda la noche para
detenerlo. Ocurrió que Perico estaba en casa de una auxiliar de
clínica del Primero de Octubre, que por cierto le pegó
ladillas, y los maderos se dieron de naja cuando los en ayunas
estómagos les dieron repetidas nauseas, en un lugar donde no
tenían pelotas para salir a un bar y consolarlas. Por tanto,
nada de eso tenía importancia ni contaba para nada en el juicio
que el Jambo estaba haciendo del antipático y vapuleado
estudiante toledano. No, mucharó, no. Lo que cuenta son las
intenciones. Alberto era un chota vocacional como Perico contó
al Jambo, y tal como el Pequeño le contó a su vez a Perico. Y
con eso valía. El Pequeño había soportado un castigo mucho
peor que el del estudiante, y no había abierto la boca. Alberto
había cantado desde el primer momento, qué más daba que luego
le cayeran palos por todos los lados, ni que pensara que lo iban
a fusilar en aquella cuneta. En fin, que Alberto, amén de haber
sufrido la tragedia de su vida, tener la sensación de que había
escapado a la muerte por los pelos, era encima un chivato, por
una cuestión meramente emocional, un estúpido detalle sin
importancia en realidad: que era un cagao. Y eso lo sabía el
Pequeño, lo sabía Perico, y lo que es peor, lo sabía este
energúmeno que ahora le miraba con un ojo medio caído. Y si el
vallecano se guiaba por los modos al uso de los españolitos
marginados, rojerío incluido, la cosa estaba cruda, y allí podían
terminar zanjando el asunto con el baldeo. Y viendo Alberto, que su pecado, que era de debilidad y antipatía, tenía todos los visos de ser, no ya perdonado, sino ni siquiera comprendido, como si el Jambo tuviera algo de comprensivo, las iras le vinieron a la cabeza, eso sí, por la marihuana bien filtradas, lo que terminaba en una curiosa mezcla de sarcasmos, ira, despreció y odio hacia el vallecano. Y sintiendo a su vez el Jambo, que las palabras del estudiante podían envolver su justo derecho a una reparación, nacieronle igualmente sus propias iras, también mixturadas por la yerba angoleña, que se tradujo finalmente en un ataque de verborrea, gritos e insultos. Hasta que, ambas mujeres, con los ojos como platos de exasperación, unieron sus fuerzas, para cada una en su bando, ordenar silencio. Porque aquello era meramente de locos. Y es que la marihuana no esta hecha para pelear. Esta planta se lleva bien con la alegría, con la alimentación, con el sexo, incluso con el miedo y la nausea, pero jamás con la ira.
—Bien,
gachó, este no es sitio ni lugar, pero ya ajustaremos cuentas
—sentenció el Jambo.
—¡Oh,
sí! —ironizó Alberto—. ¡Estoy muerto de miedo! ¡Como no
me preñes, chalao! ¡Qué coño te crees que puedes hacerme tú
ya!
Fina
terció para pedir la cena. Atardecía en Lisboa. Se estaba bien
en Monsanto, si no hubiera sido por aquellos dos cafres... A
Fina no se le ocurrió echar la culpa a Franco y a su esbirros.
En cualquier caso, la chica de alterne temía por sus
vacaciones. Ahora ya sabía que al Jambo le importaban un bledo
sus huesos una vez vaciaba el tanque de la entrepierna. Pero no
quiso entristecerse. No estaba dispuesta. Si el vallecano sólo
quería sexo, tendría sexo, y si a la vuelta, no volvía a
verle, pues muy bien también. Pero estas vacaciones tenían que
salir bien. Nada de broncas y peleas. Ese era el pan de cada día
de su curro. Con José, con la Madama, con la dueña de la pensión,
con sus compañeras, con los clientes, con los estupas y
sociales que por el club rondaban, y hasta con sus padres y
hermanos. Por tanto, allí, lejos de todo, en aquella ciudad
enamoradiza, y que tenía los aires de una tierra muy pareja a
la suya, alegría y misterio alrededor de un escote de mujer, en
este caso el suyo, no iba a permitir agarrones ni violencias sin
sentido. En cuanto a la novia de Alberto. Poca cosa.
Verdaderamente harta de su novio, buscaba una excusa para
abandonarlo. Çe la vie.
Cenaron
pues en silencio, pero cenaron, bebieron vino verde en exceso,
pero lo sudaron, y a los postres y cafés. Alberto, muy calmo,
largó lo que llevaba rumiando largo rato: |
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—¿Sabes
una cosa? —el toledano no esperó respuesta para continuar—.
Sí, tío, sí, he pasado mucho miedo, tanto que no soy capaz de
describirlo. Pero ahora, me veo distinto, ahora creo que estoy
aprendiendo a ser un duro. Un cabrón, como tú quieres parecer.
Sí. Yo soy un cobarde que está aprendiendo a ser valiente,
pero tú, macho, no eres más que un bravucón que tarde o
temprano descubrirá que no eres tan valiente como quieres hacer
creer al personal.
Aunque
era un farol, la perorata impresionó a los presentes. El Jambo
tardó en digerirla. Quedó pensativo mientras en su cerebro
solidificaba la imagen de las manos del estudiante señalándole
con fiereza.
—Vaya,
es lo único sensato que he oído esta noche —dijo Fina
tratando de agarrarse como fuera a palabras que fueran un poco
mansas.
—¿No
dices nada? —Insistió Alberto.
El
Jambo esbozó una leve sonrisa, una seca mueca para enmarcar la
riada de temblorosas emociones que la combinación de palabras,
yerba, vino y calor, le acometían. Respiró profundamente. Bebió
un trago, encendió uno de aquellos diminutos cigarrillos
portugueses que le habían vendido en la cafetería y mirando
fijamente a Alberto, le respondió:
—Yo
también se largar discursos, gachó. Pero el que está pillado
en un renuncio eres tú, no yo. En cuanto si soy valiente o
cobarde, ya lo dirá el tiempo. Pero no te equivoques. Nadie te
acusa de cobarde, sino de chivato, que es muy distinto. Tu
cantaste incluso antes de que te pusieran la mano encima. Y lo
hiciste con entusiasmo. Porque creías tener justificación para
ello y porque en el fondo le sacaste placer. Además, pensaste
que largando ibas a salir de rositas, ¡julai...! Pues bien, eso
es ser un chivato, y ese es tu delito.
Alberto
se azoró en su respuesta, desde luego el Jambo, cuando quería,
podía ser muy frío. Alberto buscaba desesperadamente palabras
que le exculparan, y si posible que estuvieran en el mismo tono
de su anterior intervención. Pero eso era imposible. Sólo podía
hacer dos cosas, el ridículo o estropearlo todavía más. Esto
último hizo:
—Eso
no es cierto. No sé que te ha contado el Pequeño. Yo te nombré
a ti, pero él te llevaba escrito en una novela...
—El
es un idiota, y tú un chota.
Alberto
se revolvía, seguía sin encontrar palabras, él, el más
dicharachero de los estudiantes.
—¿Cuesta
aceptarlo, verdad? —insistió el Jambo
—No
es verdad lo que dices...
El
Jambo, muy crecido en su papel de mano del pueblo vengadora, se
tiró por el cheli, casi sin darse cuenta:
—Mucharó,
te voy a puchelar duguis cosas[2].
Unqui, es que no te voy a marar, no voy a mancharme las zarpas.
Dunqui, tú vienes del gachi[3]
al foro a rejunar, porque lo apoquina el purili que chana viñas
cantidubi. Que debuten! venga vinos, y venga comandos y saltos,
y putifas con el rojerío, y venga a follar, y a pasárselo de
puta madre por Moncloa...
Fina
le interrumpió:
—¡Quieres
dejarlo ya!
El
Jambo no se inmutó. Hubo un tiempo en que Fina le hubiera
molestado con un corte así. Hizo una breve parada para retomar
su perorata y siguió en cristiano:
—Sí...
Te juntas con currantes, como el Pequeño, y te tiras el pliego
de rojo y radical. Pero para ti, esto no era más que un juego,
una diversión de rico de pueblo en la capital. Y así vas
pasando el año. Hasta que un día tienes la mala suerte de
meterte donde no pensabas. Y tú sigues pensando que esto es un
juego, ¡vamos! como en el colegio. Y entonces, le dices a los
civiles: ha sido ese fulano, nosotros no. ¡Como en el colegio!
Y en ese momento descubres que los picoletos nunca bromean,
nunca les tiembla el pulso, y menos, se apiadan del dolor ajeno.
Eso lo saben todos los pobres y lo saben todos los rojos. Pero
claro, no era tu caso.
La
novia de Alberto se estaba poniendo mala. ¿Pero qué rayos hacía
ella cenando con semejantes personas? El bobo de su novio, otro
tipo que parece un loco y la sosa que le acompaña. ¡Dios mío!
Tengo que volver a casa. En el silencio que dejaron las palabras
del Jambo, ella se levantó y sin decir una palabra a nadie, se
fue para la tienda, a dormir, o a lo que fuera. Su novio también
se levantó, miró al Jambo con ira, con desprecio:
—Espero
no tener que volver a verte —dijo al irse.
Hubiera
colado en su pueblo. Pero no con un pobre de solemnidad como el
vallecano. Hábil, el Jambo le apresó de la muñeca con
extremada fuerza, una presa de artes marciales, su favorita, y
le espetó: |
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—Deja
ahí dos mil escudos. No voy a invitarte a cenar.
—¡Suéltame!
—gritó Alberto al sentir la creciente presión sobre su muñeca.
Pero
cuando a uno le cogen la muñeca, si al oponente le sobra mano,
uno está perdido.
—Cuando
aflojes la gallina.
—Está
bien, pero déjame...
—¡Suéltale!
—terció Fina levantándose también—. ¡Yo voy a pagar esta
cena!
Y
como nadie se moviera, le insistió al Jambo:
—¿Me
has oído?
Al
Jambo le fastidió no seguir apretándole las tuercas al
estudiante. Lo camuflaba, como diría Pepe el Carpanta, con el
rollo político, pero en la realidad, era antipatía y odio de
gallitos de corral. Y ahora que lo tenía bien cogido, no quería
soltarle. Pero lo hizo.
—Esto
es de locos —musitó Fina al sentarse—. Hasta a Portugal te
traes las riñas.
El
Jambo sonrió. Desinhibido por el vino enseñó su dentadura
careada. Entonces dijo para sí:
—Tenía
que haberle pedido unos papelillos de fumar... Antes de la
bronca, claro.
Fina,
tras pagar la cuenta, le preguntó por la copa que tenían
pendiente. A él le pareció bien. Cogieron el autobús y
viajaron en silencio. Una dura y desoladora impresión aminoraba
los deseos de divertirse de Fina. Aquel tipo grandón y huesudo,
que tenía unas manos como porras, le inquietaba, y mientras en
su corazón las evidentes carnes del Jambo determinaban su
comportamiento sexual en la inconfundible entrega amatoria. En
su razón, un resquicio de decepción se hacía luz y camino. No
era una sensación nueva, siempre le había ocurrido con todos
los hombres de su vida, que no es que fueran muchos pero sí
algunos. Pero ocurría que en el Jambo, una fuerte pasión
corporal le deshacía los planteamientos. La Fina aspiraba los
aires del vallecano, le gustaba su torso de Bruce Lee, sus manos
de gladiador y sus piernas de hóplita. Detestaba su media
sonrisa, circunstancias obligaban, y odiaba sin tasa, sus ojos
de macarra al acecho de una presa, cuando, eso, tenía una presa
para descuartizar. Tantas sensaciones con su acompañante
terminaron por dejarle, como decimos, el regusto agrio de la
decepción. Fina estaba en lo cierto. Al Jambo le importaba un
pimiento la decepción de la chica de alterne que había pescado
para que le acompañara a Lisboa. Y lo demostraba a cada paso, y
ese era verdaderamente el disgusto de Fina, que su mente se creía
decepcionada, pero su cuerpo, bien bruñido de instintos de
mujer mediterránea deseaba su querer, su, aunque fuera áspero,
amor. Y así, mientras el autobús de dos pisos bajaba alegre
por la oscura carretera que desde Monsanto terminaría por
dejarles en la plaza de Rossio, supo Fina, que sus vacaciones se
habían fastidiado el mismo primer día. Un intenso día, eso sí,
con noche en el tren de rápidos jadeos en el cagadero de los
vaivenes, y más tarde pasada por el molde del cuatro. Volvió
Fina la cabeza a su amante y le vio con los ojos cerrados. Quizá
el vino y los canutos habían hecho mella en el. Pero no, su
rostro estaba relajado, las lineas de sus mejillas que marcaban
aquel permanente gesto fiero, y que conformaban la primera vista
del rostro del Jambo, se mantenían vivas, activas, irradiando
la segura, presente e irresistible vitalidad del joven, que a
Fina, le parecía, caminaba por la vida, sin luz, sin guía, sin
nadie, sin nada, excepto una energía envidiable, casi el
entusiasmo de un cachorro. Y por tanto, arrobada por lo que sin
palabras, sólo respirando, el rostro del Jambo, le inspiraba,
Fina, olvidó un poco su decepción, y apretando el brazo del
Jambo, se arrimó más, queriendo en el fondo, participar de esa
vitalidad, esa seguridad que el vallecano parecía tener, en el
más espantoso y proceloso de los inciertos futuros, y donde,
sin duda, no había que ser muy listo para adivinar los avatares
que le esperaban al vallecano si seguía por aquel camino.
Y
si algún viajero de aquel mágico autobús de luminosos focos
animados y trasera oscurecida, hubiera vuelto la cabeza y
contemplado largamente a la pareja, hubiera podido sacar una
instantánea para el recuerdo, del joven de camiseta negra y
brazos nervudos, que con aquel pañuelo de indecible color al
cuello y las pulseras de cuero al uso en las muñecas, denotaba
sin duda un origen popular, radical y bolchevique, o quizá, y
ese era otro enfoque, sólo era el dueño de la vida de la chica
que le acompañaba, esto es, un chulo, no un guapo, que son los
más chulos, distante emocionalmente de ella, al menos un millón
de años luz. Y en ella, en la dotada chica que lo miraba con
indefinible mirada, vería la joven descarriada de mala vida,
pobre, resignada, y con aire maltrecho, vestida con un barato
vestido veraniego que ella pretendía hacer pasar por festivo,
pintada al mismo estilo, aventada de un pasado que era nada, y
con una falta completa de esperanzas. Y allí cogida del brazo
del indiferente apache, componiendo en suma la estampa detenida
de una muy probable y próxima desolación, la pareja de la nada
entrando en un futuro que no lo era, donde al contrario que en
la canción, al Jambo, al menos aquella noche, nadie le
importaba nada, nada le importaba nada. Era un día más del
gran teatro del mundo, donde el vallecano, aspirando
relajadamente el desalado olor de su papel, en la actualidad,
barriobajero radical, se había transformado aquella tarde, con
ahora tardía pero completa satisfacción, incorporando a
Alberto y su novia a su propia representación, obligándolos en
cierto modo a seguir su guión, repeliendo o seduciendo, sin términos
medios, sin otros tonos, en aquel corpachón, aún casi
adolescente, con huesarrones por rellenar, pero dónde se
adivinaba una fuerza considerable en justa proporción inversa,
de sus reales expectativas. Estudiante metido a obrero, metido a
comunero, metido a barriobajero, metido a nada.
[1]La
social portuguesa de antes de la revolución de los
claveles.
[2]...te
voy a decir dos cosas... [3]Pueblo. |