S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-26-

Garcés tiene una debilidad.

Justo una semana después, Rocolo el espía llamó a la frontera y habló con Garcés:

—¿Pero qué porquería de trabajo es éste? Me ha mandado seguir a un chico y una chica que se pasan el día fumando yerba, follando o discutiendo. No he sacado nada en claro...

—¿Pero no se han citado con nadie...?

—¡Qué va, hombre! El primer día discutieron con una pareja y ya no volvieron a hablar con nadie más.

—¿Pero de qué hablaron?

—De nada que importara. Tonterías de novios...

—¿Está usted seguro? —le preguntó Garcés.

—¡Seguro! Se lo digo yo que a estos no ha venido nadie a verlos, ni ellos han ido a ver a nadie. Turismo y poco, porque como le digo lo que más han hecho es fumar y follar.

—¿Pero la otra pareja quiénes eran? —insistió el sargento.

—¡Nadie! Otros como ellos...

—¿Les hizo usted alguna foto?

—No, para qué.

—Está bien, manténgame al corriente de cualquier cambio.

—Pues para eso le llamo, acaban de coger el tren. Esta madrugada los tiene usted en la frontera.

Garcés comenzó a cerrar el caso en su magín. Lo que el sospechaba, tantas molestias para un don nadie, un currante afiliado a los sindicatos clandestinos. ¡Bah! Había miles como ellos. Todo aquel asunto desde que empezó con aquel tipo bajito pero duro y el estudiante blandengue, no era más que un bluf. Lo único en claro era el dolor de costillas que todavía, a veces, cuando respiraba profundo, le recordaba la mala hostia del oscuro vallecano que a punto estuvo de detener si no hubiera sido por la inexperiencia del guardia Gutiérrez. ¡En fin!

Un poco después llamó a la Comandancia y le pasaron con el Coronel. Le puso al corriente. Sorprendentemente, el Coronel le ordenó que lo detuviera y que lo llevara a su presencia. Ni siquiera pudo esbozar un mínima protesta por la inutilidad del asunto. Cuando colgó el auricular, lo entendió todo. Otra peleita entre el Teniente Coronel, héroe de la lucha contra el maquis y grande e importante entre las fuerzas vivas[1] de la ciudad y el Coronel más prometedor del sector, con cursos de Estado Mayor, probablemente aceptado para ascender a general en fechas próximas, y desde luego, nada sintonizado con las ideas de su segundo de abordo. Así estaban las cosas en la Comandancia. Después llamó a la mujer. Todo estaba tranquilo. Que cuándo volvía. En cuanto pueda, hija. ¿Cómo están las chicas? ¿Y el catedrático, ese, sigue saliendo con Aurora? ¡No le quites ojo! ¡Ah! Y dile a Gutiérrez que se vaya preparando para el curso de cabo, y que le pida el libro a Ferrándiz, que el libro es mío.

En cuanto al Jambo, se las prometía muy felices. Había comprado unos gramitos de yerba y con ellos pensaba impresionar a sus colegas. Uno que es un puesto. Todo gracias a la Fina que le había prestado el dinero, pues a él hacía dos días que se le había acabado. La Fina estaba un poco mohína, porque, decía, no habían visto nada de Lisboa, ni de los alrededores, y el Jambo siempre quería hacer lo mismo, desayunar, comer, joder, cenar, fumar un canuto, dar una vuelta por Lisboa la nuit, fumar más y a sobarla. Lo único que habían hecho era asomarse a la torre de Belem, y pasear por el centro. Y como algo extraordinario, subir al castillo de San Jorge, y encima andando, que tenía los pies molidos, porque el Jambo le tenía manía a los autobuses, y mientras él se sostuviera de pié, allí no se cogía un puto autobús. Eso para los viejos, los niños y los maricas de playa. Y cuando ella le propuso una pequeña excursión en tren a Estoril y alrededores, el vallecano casi estalla de ira tras el consiguiente mitin revolucionario. ¡A un casino! ¡Es que tenía pinta él de burgués! Así que seis días, dos docenas de canutos, once polvos, seis salidas de copas, treinta y seis comidas y cenas, tres excursiones y seis paseos. Una semana en Lisboa para dos.

Ya arrancado el tren, el Jambo se fue al servicio y pegó con tiras de esparadrapo por debajo del lavabo el pequeño paquete de yerba. Tuvo que quitar con las manos el polvo acumulado en la madera, y se pudo perdido, pero de otro modo aquello no pegaba ni a tiros, y claro, no estaba dispuesto a que a media noche, el paquete se cayera y lo encontrara cualquier listo. Terminada esta importante faena, volvió al departamento de segunda donde le esperaba la Fina y platicaron al gusto de ella, que versaba en por qué no buscaba un trabajo fijo, en vez de andar hoy aquí y mañana allá, como los albañiles. Más, cuando él valía para otras cosas. El vallecano aseguró que aquello era provisional. Cosas de la política, con el tiempo ya se buscaría algo, incluso de oficinista. ¿Ah, pero él sabía de cuentas? Chica, le respondió, yo soy Maestro Industrial. ¡De veras? No lo sabía. Estudié en la Escuela de Embajadores, y si no hubiera sido por cosas que pasaron, hubiera terminado Perito Industrial.

—¿Y qué haces entonces de albañil? —Esto, Fina no lo entendía.

—¡Joder, Fina! ¡La guerra!

—¿Qué guerra?

—¡Qué guerra va a ser! ¡Contra Franco!

—¿Y dónde está esa guerra?

—¡Vete al carajo, tía! ¿Tú qué eres?, ¿una ignorante? Es que no sabes que hay miles, ¡que digo! ¡centenares de miles! de personas luchando contra ese cabrón y los que le mantienen...

—Habrá... —asintió con prudencia Fina—. Pero yo sólo te conozco a ti.

—¡Hostias! —maldijo el Jambo—. La propia tía con la que viajo. ¡Tú vives en la inopia! ¡Pero eso sí! Seguro que conoces a un montón de sociales hijos de puta que van allí a mirarte las tetas...

El Jambo calló repentinamente. Supo que había metido la gamba. Fina no hizo más preguntas. Con otra persona hubiera reaccionado con mucha más energía, incluso le hubiera sacudido una galleta. Pero con el Jambo eso era inútil. En el fondo, se comportó con él como si hubiera sido su propio chulo. Cosa que en realidad no tenía. Extrañas y falsas circunstancias confundían ahora la mente de la chica de alterne. Claro que follaba a precio cuando dejaba la barra, aunque pretendía que no se supiera, únicamente José y por descontado la Madama, lo sabían. Pero ella no era una mujer de la vida, una lumi, puta, o como sea. Ella, en realidad, servia copas con tres cuartos de teta fuera, y dos o tres días a la semana hacía un extra con un cliente de confianza en la pensión del tercero. Y el Jambo no podía saberlo. En cuanto a José, era un buen hombre, un buen paisano que siempre la había protegido a cambio de algunas pocas noches de amor, casi, casi, correspondido. Y además, el pobre, se había peleado con el malaje ese de las melenas, uno que llamaban el Wili, y por culpa de este chulo, su paisano la penaba en Carabanchel cumpliendo por la Peligrosa.[2]

Trataron de dormir. Cambiando de postura a cada rato y despertando en las estaciones, la pareja fue adentrándose en la noche a la par que el expreso huía del suave corazón portugués, para buscar la tórrida España. Ya la frontera atravesada, y luego de una larga parada, el Jambo quiso comprobar su tesoro y salió al pasillo y fue al servicio. Todo estaba en orden. Se enjuagó la boca, echó una meada, se lavó la cara y salió. Al cerrar la puerta se topó en la plataforma con el revisor, la pareja de civiles, y un cuarto de paisano, que al verle gritó.

—¡Este es! ¡Tú! ¡Quieto, ahí!

Durante los segundos en los que el Jambo se mantuvo tal que así, el Jambo pudo calibrar sin lugar a dudas el embolado en que estaba metido. ¡Picoletos! Esto era cosa de Alberto, del asunto de hacía meses o de hacía días si es que no le había denunciado de nuevo. En cualquier caso, estaba listo si no salía rápido de allí. Primero se había largado de España estando en libertad provisional pasando de presentarse en el juzgado, y segundo, aquel tipo del traje estrecho y pelo casi al rape, se parecía mucho a uno de los que intentaron trincarle en la chabola de Palomeras. Se giró con rapidez y corrió por el pasillo, afortunadamente vacío. A su trasera, el tropel de autoridades, corría como una manada de elefantes. Un minuto después, el Jambo les sacaba un vagón de ventaja, lo justo para que no le vieran meterse en un departamento escogido al azar del vagón de literas y donde a tientas, poder tumbarse en una, afortunadamente libre, y sin que nadie pareciera despertarse. Sus perseguidores pasaron de largo con gran estruendo creyendo que la ventaja era aún mayor. Únicamente abrían los servicios. El Jambo, salió del departamento y corrió en dirección contraria. Cuando consideró suficiente la distancia, buscó algún departamento vacío. Finalmente encontró uno, ¡el único! Se subió al portamaletas del techo de la entrada y se acurrucó todo lo pegado que pudo a la pared, mientras esperaba acontecimientos.

Desgraciadamente, el Jambo había ido a esconderse en el mismo departamento que usaban el pica pica y la junduná[3]. Les oyó entrar, dar la luz y comentar su huida. Que tenía que estar por el tren, en algún servicio. El revisor y los picoletos, tras un rato, salieron de nuevo. Garcés, que se había sentado, estaba dibujando un croquis del tren en una toalla de papel de las de Renfe. No se explicaba el asunto. Dónde coño podía estar aquel punto. Desde luego que era un aguililla, menudo tipo escurridizo. Al levantar la vista casualmente, vio al Jambo arriba, tumbado en el hueco de las maletas, mirándole con los ojos muy abiertos. Era imposible no verle. Le dio la risa.

—Anda —le dijo al vallecano— ¡Bájate de ahí!

—Ven tú a por mí —le respondió éste.

Garcés perdió la sonrisa. ¡Se resistía! Le iba a poner bien si no bajaba:

—¡Baja o te muelo a palos! —y le amenazó con el dedo índice.

El Jambo se enderezó lo poco que pudo, echó la piernas para fuera, que quedaron colgando, y le respondió:

—¡Pues venga!

—¡Que bajes!

Y Garcés volvió a cometer su segundo error con el Jambo. Se acercó demasiado. El Jambo le propinó un punterazo fortísimo en la nariz, se sentía dañino, la cual comenzó a sangrar. En un segundo, Garcés fue acometido por una ira diabólica como nunca la había sentido con ningún delincuente. Buscó la pistola en la sobaquera, con las intenciones más homicidas que jamás tuviera. Pero no le dio tiempo, pues mientras con la mano izquierda se contenía la sangre, los ochenta y pico quilos del Jambo le cayeron a plomo, a más de un codazo que quería ir a la mandíbula pero que le dio en el cuello. Garcés, pese a perder la respiración por momentos, pudo aún forcejear e impedir la huida del vallecano. Rodaron por los asientos. El Jambo se sentía fiero, salvaje, vengativo. Combatía sin piedad contra su enemigo, sabiendo que su vida tenía allí una encrucijada decisiva. Se vengaba de un social llamado Martín, de otro que era un niñato aficionado a los pelucos de acero, de otro que era viejo y maricón, de un juez al que el güisqui y los crímenes impedían que se le levantara, y de todos los cabrones que circulaban libremente por el país, con licencia para matar y con el firme propósito de impedir que nadie pudiera, eso, circular en libertad. Y por ello, el Jambo, mientras jadeaba y sujetaba la muñeca izquierda del sargento, con  la derecha le aporreaba terriblemente en un ojo, y el suboficial, que no era ningún manco, tenía apresada la cintura del Jambo con una mano, con la otra le apretaba el cuello fuertemente, tratando de cortarle la respiración, o incluso que perdiera el sentido al destrozarle la nuez. Momentáneamente se separaron. Ambos estaban empapados de la escandalosa sangre de Garcés. Mala suerte para el sargento, el revisor y la pareja debían estar en el otro extremo del tren. Garcés comprendió que el Jambo era mucho oponente. Tenía que sacar la pistola como fuera. Nunca le había gustado tener que hacer las cosas así. Pero no le quedaba otro remedio, o aquel energúmeno le iba a destrozar vivo, incluso volvería a escaparse, y quien sabe, si no era capaz de tirarse en marcha del tren. No tuvo opción, el Jambo, al que Garcés tapaba la salida del departamento, le lanzó una patada a los testículos, y aunque sólo acertó en parte, Garcés dio un aullido fenomenal. Una vaharada de pánico le subió al sargento hasta la garganta. Aquel tipo le iba a matar. Otro golpe le cayó como un cañonazo en el estómago. Se derrumbaba. Su oponente iba a escapar. En los bamboleantes segundos en que casi pierde el conocimiento, Garcés pudo reaccionar: justo en el momento en que el Jambo abría la puerta, sacó la pistola y con una voz rota y bañada en sangre, gritó, casi en lengua irreconocible:

—¡Entrégate o te mato!

Se volvió el Jambo, sorprendido de que el tipo no estuviera en el suelo y sin conocimiento. Quiso de nuevo amartillar su puño, pero lo único que se amartilló fue la pipa del civil, y quizá la determinación de disparar y volarle la cabeza que el Jambo vio en la extraviada mirada de su enemigo sobre aquélla destrozada cara.

—¡Te matoo! —repitió Garcés.

El Jambo respiró profundamente. La resistencia había terminado. Desmadejado, se sentó en el asiento. Supo que si hacía un movimiento en falso moriría. Garcés se sentó también en frente sin dejar de apuntarle mientras buscaba dos cosas, el pañuelo y la esposas. Primero se limpió la sangre. Luego le dio las esposas al vallecano y le obligó a que él mismo se las pusiera, pero pasándolas por la barra del maletero de modo que el Jambo quedó colgando del portaequipajes sin llegar a poder sentarse, ni tampoco enderezarse,  y con las manos en alto y esposadas a los barrotes. Entonces, cuando el Jambo, estuvo bien seguro, Garcés se hizo a un lado, para evitar las peligrosas piernas del vallecano, y sin haber perdido ni un ápice de su rabia le golpeó en la cabeza con la pistola repetidas veces mientras le insultaba. Y así estuvo hasta que el Jambo perdió el conocimiento y Garcés gastó toda su adrenalina. El desmayo del Jambo hizo crujir y también ceder al portaequipajes y su cuerpo quedó torcido sobre el asiento. Algunos de los golpes le habían producido cortes en el cuero cabelludo, pues un chorro de sangre le bajaba por los ojos y la boca. Cuando el revisor y los picoletos regresaron. Garcés estaba más calmado. Con el pañuelo en la nariz, detenía la hemorragia.

—¡Coño! Mi sargento... ¿Pero qué ha pasado? —preguntó uno de los guardias?

Garcés tuvo entonces una debilidad. Miró al vallecano y se estremeció. Toda aquella estúpida historia basada en la nada. Toda la maldita Comandancia, toda la zona, queriendo encontrar algo donde no había nada. Con aquellos tres desgraciados, perseguidos y acorralados, solamente porque sus mandos y oficiales intrigaban entre sí. Y la materia de esa intriga era carne humana, la de aquellos tres comunistas don nadie y la suya propia. Sin saber por qué, se acordó de su mujer, de sus hijas y hasta del novio de la mayor. Qué diría él, que era periodista y de los modernos, si le viera ahora. Desvió la mirada del inánime cuerpo del Jambo, y casi en un hilo, dijo:

—Se resistió —y siguió—: Bajadlo de ahí.

Uno de lo guardias era muy joven y se admiró del oficio que aún tenía Garcés.

—Mi sargento, está usted hecho un fiera, este maromo es tela de amplio.

—Bajadlo de ahí —insistió—, que voy a lavarme un poco.

Fina supo enseguida que algo estaba pasando, aquellas carreras y voces lo indicaban. Y si en un sitio donde había follón y voces se encontraba su acompañante, estaba segura de que el protagonista era él. No se perdía ni una. Tras la ira le acometió la intranquilidad y los nervios. Se asomaba cada rato al pasillo. Salió varias veces y los recorrió. Pero no encontró ni rastro. Dudaba si dirigirse al revisor. El instinto le decía que se callara y lo hizo, pero a eso de las cuatro de la madrugada, cuando sus nervios estaban a punto de reventar, alguien entró en el departamento y le dejó las cosas claras. Fue Garcés. Tenía mal aspecto, el rostro tumefacto, un ojo a la virulé, y el traje arruinado de sangre. Aún así, a Fina le pareció un tipo impresionante, de segura mirada, de rostro bronceado por un pasado de rondas por las veredas, y de pelo cano, pero muy vigoroso. Todo en Garcés denotaba fortaleza y autoridad, incluso ahora, con el rostro partido. Se dirigió a Fina en términos de extremada corrección y nada amenazadores. Le pregunto por su filiación, pese a que el sargento tenía ambos pasaportes en el bolsillo, y por la relación que mantenía con el vallecano. Cuando ella quiso saber del paradero del Jambo, Garcés la tranquilizó respondiendo seca pero llanamente que se encontraba detenido. No obstante, ella, viendo el poema que el guardia tenía por cara, se estremeció pensando, como estaría el otro. Supo entonces Garcés que ella era una chica inocente, y que lo del Jambo era pura pasión temporera. Preguntó entonces el suboficial de la benemérita a la muchacha de alterne, si conocía las andanzas en horas libres de su amigo y respondió Fina, que algo se sospechaba pues era persona impulsiva y pasional, pero que no le contaba nada importante más allá de andar por barrios bajos y en malas compañías. Si bien, todo esto eran en realidad suposiciones como se demuestra al contarle como le había conocido y las pocas veces que se habían visto, añadiendo además, que no conocía a ninguno que a su vez conociera al Jambo. Garcés entonces, le devolvió el pasaporte a Fina, y ella a cambio, le facilitó sin rechistar el teléfono del club donde trabajaba. Por si la necesitaba.

Llegado el Lusitania a Madrid, llevó Garcés al tambaleante Jambo al puesto de la Policía Armada de Atocha, donde despidió a la pareja de picoletos. Pidió un teléfono, pues tenía la intención de solicitar un Land Rover con conductor y una pareja, para encerrar al Jambo en la Dirección General, y sacar el pasaporte para viajar en regla con el preso a Badajoz.

Garcés se quedó con el teléfono en la mano. El guardia de la puerta que vestía de chaqueta pese al calor de la mañana, pero que seguramente había estado toda la noche de retén, miraba al Jambo y a Garcés alternativamente tratando de comprender qué rayos había pasado allí. Se imaginó al vallecano como un peligroso delincuente que seguramente había opuesto fuerte resistencia, y al Guardia Civil de paisano, como un efectivo sabueso de la Benemérita, pero ni por el forro se le imagino pensar en algo que tuviera nada que ver con la política como era en la realidad. Para empezar, el Jambo llevaba dobles grilletes cruzados que tenían al Jambo al límite de su resistencia. Además, observó el policía armada, se le notaban varios cortes en el cuello cabelludo, golpes y sangre repartidos por toda la cara. Tras todo eso había un rostro anguloso con los ojos cerrados, caída la cabeza y con las manos amoratadas. El policía no le encontró ninguna expresión al detenido, ni tampoco se le ocurrió pensar que pudiera estar sufriendo lo indecible. Únicamente se le pasó por el magín, que tenía que ser un pájaro de cuidado. En cuanto a él, se encontraba perfectamente, con un poco de sueño eso sí, pero se relamía pensando en el próximo relevo y en el café y la copa de anís que se iba a tomar en la cafetería de la estación en cuanto dejara el servicio.

Garcés seguía con el teléfono en la mano. El cabo del puesto, que también esperaba su relevo, estaba sentado cerca de la única mesa presente. Sobre ella un vaso vacío de café con leche, unas ignotas migas y "el Marca". También tenía curiosidad por saber qué demontres les había pasado a las visitas, pero se guardó mucho de expresarlo. Y así tras ver el carné de Garcés y tras la mirada inquisitoria del guardia de la puerta preguntándole qué rayos pasaba allí, le contestó con un brusco encogimiento de hombros, un poco mosca, pues un guardia de plantón en la puerta, qué coño de gestos tiene que hacer...

Garcés seguía con el teléfono en la mano. Recuperó entonces su perdida mirada y la dirigió al detenido. Colgó el auricular. Se levantó de la silla y sacando las llaves le libró de una de las esposas, de modo que los brazos del Jambo pudieron descansar en una postura más natural. Al hacerlo, el Jambo gimió, lacerado por la escasa circulación de su sangre. Fue un gemido ronco, muy hondo, pero ni así levantó la cabeza. El centinela encontró el sistema muy interesante, desde luego que es efectivo, se dijo, lo que pasa es que hay que saber entrelazar las esposas para que el detenido no pueda desliarlas. El cabo se levantó y chasqueando la lengua, le preguntó a Garcés, señalando el teléfono:

—¿Va usted a usarlo?, porque tengo que dar el parte...

Garcés negó. Se acercó al Jambo, y cogiéndole fuertemente del brazo lo levanto:

—¡Vamos!

Se volvió a los policías armadas y les agradeció su ayuda:

—A sus ordenes —le contestaron saludándole.

Cuando Garcés y el Jambo salieron del puesto, el cabo le reprochó al número sus gestos:

—Cuando se está de guardia no se hacen muecas.

—Si mi cabo. Pero qué piensa usted de esos dos.

—No sé, pero para mí que ese chaval no llega al cuartel.

—No le entiendo.

—Pues yo sí.

[1]Es decir, muertas.

 [2]Antigua ley de Peligrosidad Social

 [3]Guardia Civil.