¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-26- Garcés tiene una debilidad. |
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Justo
una semana después, Rocolo el espía llamó a la frontera y
habló con Garcés:
—¿Pero
qué porquería de trabajo es éste? Me ha mandado seguir a un
chico y una chica que se pasan el día fumando yerba, follando o
discutiendo. No he sacado nada en claro...
—¿Pero
no se han citado con nadie...?
—¡Qué
va, hombre! El primer día discutieron con una pareja y ya no
volvieron a hablar con nadie más.
—¿Pero
de qué hablaron?
—De
nada que importara. Tonterías de novios...
—¿Está
usted seguro? —le preguntó Garcés.
—¡Seguro!
Se lo digo yo que a estos no ha venido nadie a verlos, ni ellos
han ido a ver a nadie. Turismo y poco, porque como le digo lo
que más han hecho es fumar y follar.
—¿Pero
la otra pareja quiénes eran? —insistió el sargento.
—¡Nadie!
Otros como ellos...
—¿Les
hizo usted alguna foto?
—No,
para qué.
—Está
bien, manténgame al corriente de cualquier cambio.
—Pues
para eso le llamo, acaban de coger el tren. Esta madrugada los
tiene usted en la frontera.
Garcés
comenzó a cerrar el caso en su magín. Lo que el sospechaba,
tantas molestias para un don nadie, un currante afiliado a los
sindicatos clandestinos. ¡Bah! Había miles como ellos. Todo
aquel asunto desde que empezó con aquel tipo bajito pero duro y
el estudiante blandengue, no era más que un bluf. Lo único en
claro era el dolor de costillas que todavía, a veces, cuando
respiraba profundo, le recordaba la mala hostia del oscuro
vallecano que a punto estuvo de detener si no hubiera sido por
la inexperiencia del guardia Gutiérrez. ¡En fin!
Un
poco después llamó a la Comandancia y le pasaron con el
Coronel. Le puso al corriente. Sorprendentemente, el Coronel le
ordenó que lo detuviera y que lo llevara a su presencia. Ni
siquiera pudo esbozar un mínima protesta por la inutilidad del
asunto. Cuando colgó el auricular, lo entendió todo. Otra
peleita entre el Teniente Coronel, héroe de la lucha contra el
maquis y grande e importante entre las fuerzas vivas[1]
de la ciudad y el Coronel más prometedor del sector, con cursos
de Estado Mayor, probablemente aceptado para ascender a general
en fechas próximas, y desde luego, nada sintonizado con las
ideas de su segundo de abordo. Así estaban las cosas en la
Comandancia. Después llamó a la mujer. Todo estaba tranquilo.
Que cuándo volvía. En cuanto pueda, hija. ¿Cómo están las
chicas? ¿Y el catedrático, ese, sigue saliendo con Aurora? ¡No
le quites ojo! ¡Ah! Y dile a Gutiérrez que se vaya preparando
para el curso de cabo, y que le pida el libro a Ferrándiz, que
el libro es mío.
En
cuanto al Jambo, se las prometía muy felices. Había comprado
unos gramitos de yerba y con ellos pensaba impresionar a sus
colegas. Uno que es un puesto. Todo gracias a la Fina que le había
prestado el dinero, pues a él hacía dos días que se le había
acabado. La Fina estaba un poco mohína, porque, decía, no habían
visto nada de Lisboa, ni de los alrededores, y el Jambo siempre
quería hacer lo mismo, desayunar, comer, joder, cenar, fumar un
canuto, dar una vuelta por Lisboa la nuit, fumar más y a
sobarla. Lo único que habían hecho era asomarse a la torre de
Belem, y pasear por el centro. Y como algo extraordinario, subir
al castillo de San Jorge, y encima andando, que tenía los pies
molidos, porque el Jambo le tenía manía a los autobuses, y
mientras él se sostuviera de pié, allí no se cogía un puto
autobús. Eso para los viejos, los niños y los maricas de
playa. Y cuando ella le propuso una pequeña excursión en tren
a Estoril y alrededores, el vallecano casi estalla de ira tras
el consiguiente mitin revolucionario. ¡A un casino! ¡Es que
tenía pinta él de burgués! Así que seis días, dos docenas
de canutos, once polvos, seis salidas de copas, treinta y seis
comidas y cenas, tres excursiones y seis paseos. Una semana en
Lisboa para dos. Ya arrancado el tren, el Jambo se fue al servicio y pegó con tiras de esparadrapo por debajo del lavabo el pequeño paquete de yerba. Tuvo que quitar con las manos el polvo acumulado en la madera, y se pudo perdido, pero de otro modo aquello no pegaba ni a tiros, y claro, no estaba dispuesto a que a media noche, el paquete se cayera y lo encontrara cualquier listo. Terminada esta importante faena, volvió al departamento de segunda donde le esperaba la Fina y platicaron al gusto de ella, que versaba en por qué no buscaba un trabajo fijo, en vez de andar hoy aquí y mañana allá, como los albañiles. Más, cuando él valía para otras cosas. El vallecano aseguró que aquello era provisional. Cosas de la política, con el tiempo ya se buscaría algo, incluso de oficinista. ¿Ah, pero él sabía de cuentas? Chica, le respondió, yo soy Maestro Industrial. ¡De veras? No lo sabía. Estudié en la Escuela de Embajadores, y si no hubiera sido por cosas que pasaron, hubiera terminado Perito Industrial. |
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—¿Y
qué haces entonces de albañil? —Esto, Fina no lo entendía.
—¡Joder,
Fina! ¡La guerra!
—¿Qué
guerra?
—¡Qué
guerra va a ser! ¡Contra Franco!
—¿Y
dónde está esa guerra?
—¡Vete
al carajo, tía! ¿Tú qué eres?, ¿una ignorante? Es que no
sabes que hay miles, ¡que digo! ¡centenares de miles! de
personas luchando contra ese cabrón y los que le mantienen...
—Habrá...
—asintió con prudencia Fina—. Pero yo sólo te conozco a
ti.
—¡Hostias!
—maldijo el Jambo—. La propia tía con la que viajo. ¡Tú
vives en la inopia! ¡Pero eso sí! Seguro que conoces a un montón
de sociales hijos de puta que van allí a mirarte las tetas...
El
Jambo calló repentinamente. Supo que había metido la gamba.
Fina no hizo más preguntas. Con otra persona hubiera
reaccionado con mucha más energía, incluso le hubiera sacudido
una galleta. Pero con el Jambo eso era inútil. En el fondo, se
comportó con él como si hubiera sido su propio chulo. Cosa que
en realidad no tenía. Extrañas y falsas circunstancias confundían
ahora la mente de la chica de alterne. Claro que follaba a
precio cuando dejaba la barra, aunque pretendía que no se
supiera, únicamente José y por descontado la Madama, lo sabían.
Pero ella no era una mujer de la vida, una lumi, puta, o como
sea. Ella, en realidad, servia copas con tres cuartos de teta
fuera, y dos o tres días a la semana hacía un extra con un
cliente de confianza en la pensión del tercero. Y el Jambo no
podía saberlo. En cuanto a José, era un buen hombre, un buen
paisano que siempre la había protegido a cambio de algunas
pocas noches de amor, casi, casi, correspondido. Y además, el
pobre, se había peleado con el malaje ese de las melenas, uno
que llamaban el Wili, y por culpa de este chulo, su paisano la
penaba en Carabanchel cumpliendo por la Peligrosa.[2]
Trataron
de dormir. Cambiando de postura a cada rato y despertando en las
estaciones, la pareja fue adentrándose en la noche a la par que
el expreso huía del suave corazón portugués, para buscar la tórrida
España. Ya la frontera atravesada, y luego de una larga parada,
el Jambo quiso comprobar su tesoro y salió al pasillo y fue al
servicio. Todo estaba en orden. Se enjuagó la boca, echó una
meada, se lavó la cara y salió. Al cerrar la puerta se topó
en la plataforma con el revisor, la pareja de civiles, y un
cuarto de paisano, que al verle gritó.
—¡Este
es! ¡Tú! ¡Quieto, ahí!
Durante
los segundos en los que el Jambo se mantuvo tal que así, el
Jambo pudo calibrar sin lugar a dudas el embolado en que estaba
metido. ¡Picoletos! Esto era cosa de Alberto, del asunto de hacía
meses o de hacía días si es que no le había denunciado de
nuevo. En cualquier caso, estaba listo si no salía rápido de
allí. Primero se había largado de España estando en libertad
provisional pasando de presentarse en el juzgado, y segundo,
aquel tipo del traje estrecho y pelo casi al rape, se parecía
mucho a uno de los que intentaron trincarle en la chabola de
Palomeras. Se giró con rapidez y corrió por el pasillo,
afortunadamente vacío. A su trasera, el tropel de autoridades,
corría como una manada de elefantes. Un minuto después, el
Jambo les sacaba un vagón de ventaja, lo justo para que no le
vieran meterse en un departamento escogido al azar del vagón de
literas y donde a tientas, poder tumbarse en una,
afortunadamente libre, y sin que nadie pareciera despertarse.
Sus perseguidores pasaron de largo con gran estruendo creyendo
que la ventaja era aún mayor. Únicamente abrían los
servicios. El Jambo, salió del departamento y corrió en
dirección contraria. Cuando consideró suficiente la distancia,
buscó algún departamento vacío. Finalmente encontró uno, ¡el
único! Se subió al portamaletas del techo de la entrada y se
acurrucó todo lo pegado que pudo a la pared, mientras esperaba
acontecimientos.
Desgraciadamente,
el Jambo había ido a esconderse en el mismo departamento que
usaban el pica pica y la junduná[3].
Les oyó entrar, dar la luz y comentar su huida. Que tenía que
estar por el tren, en algún servicio. El revisor y los
picoletos, tras un rato, salieron de nuevo. Garcés, que se había
sentado, estaba dibujando un croquis del tren en una toalla de
papel de las de Renfe. No se explicaba el asunto. Dónde coño
podía estar aquel punto. Desde luego que era un aguililla,
menudo tipo escurridizo. Al levantar la vista casualmente, vio
al Jambo arriba, tumbado en el hueco de las maletas, mirándole
con los ojos muy abiertos. Era imposible no verle. Le dio la
risa.
—Anda
—le dijo al vallecano— ¡Bájate de ahí!
—Ven
tú a por mí —le respondió éste.
Garcés
perdió la sonrisa. ¡Se resistía! Le iba a poner bien si no
bajaba:
—¡Baja
o te muelo a palos! —y le amenazó con el dedo índice.
El
Jambo se enderezó lo poco que pudo, echó la piernas para
fuera, que quedaron colgando, y le respondió: |
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—¡Pues
venga!
—¡Que
bajes!
Y
Garcés volvió a cometer su segundo error con el Jambo. Se
acercó demasiado. El Jambo le propinó un punterazo fortísimo
en la nariz, se sentía dañino, la cual comenzó a sangrar. En
un segundo, Garcés fue acometido por una ira diabólica como
nunca la había sentido con ningún delincuente. Buscó la
pistola en la sobaquera, con las intenciones más homicidas que
jamás tuviera. Pero no le dio tiempo, pues mientras con la mano
izquierda se contenía la sangre, los ochenta y pico quilos del
Jambo le cayeron a plomo, a más de un codazo que quería ir a
la mandíbula pero que le dio en el cuello. Garcés, pese a
perder la respiración por momentos, pudo aún forcejear e
impedir la huida del vallecano. Rodaron por los asientos. El
Jambo se sentía fiero, salvaje, vengativo. Combatía sin piedad
contra su enemigo, sabiendo que su vida tenía allí una
encrucijada decisiva. Se vengaba de un social llamado Martín,
de otro que era un niñato aficionado a los pelucos de acero, de
otro que era viejo y maricón, de un juez al que el güisqui y
los crímenes impedían que se le levantara, y de todos los
cabrones que circulaban libremente por el país, con licencia
para matar y con el firme propósito de impedir que nadie
pudiera, eso, circular en libertad. Y por ello, el Jambo,
mientras jadeaba y sujetaba la muñeca izquierda del sargento,
con la derecha le
aporreaba terriblemente en un ojo, y el suboficial, que no era
ningún manco, tenía apresada la cintura del Jambo con una
mano, con la otra le apretaba el cuello fuertemente, tratando de
cortarle la respiración, o incluso que perdiera el sentido al
destrozarle la nuez. Momentáneamente se separaron. Ambos
estaban empapados de la escandalosa sangre de Garcés. Mala
suerte para el sargento, el revisor y la pareja debían estar en
el otro extremo del tren. Garcés comprendió que el Jambo era
mucho oponente. Tenía que sacar la pistola como fuera. Nunca le
había gustado tener que hacer las cosas así. Pero no le
quedaba otro remedio, o aquel energúmeno le iba a destrozar
vivo, incluso volvería a escaparse, y quien sabe, si no era
capaz de tirarse en marcha del tren. No tuvo opción, el Jambo,
al que Garcés tapaba la salida del departamento, le lanzó una
patada a los testículos, y aunque sólo acertó en parte, Garcés
dio un aullido fenomenal. Una vaharada de pánico le subió al
sargento hasta la garganta. Aquel tipo le iba a matar. Otro
golpe le cayó como un cañonazo en el estómago. Se derrumbaba.
Su oponente iba a escapar. En los bamboleantes segundos en que
casi pierde el conocimiento, Garcés pudo reaccionar: justo en
el momento en que el Jambo abría la puerta, sacó la pistola y
con una voz rota y bañada en sangre, gritó, casi en lengua
irreconocible:
—¡Entrégate
o te mato!
Se
volvió el Jambo, sorprendido de que el tipo no estuviera en el
suelo y sin conocimiento. Quiso de nuevo amartillar su puño,
pero lo único que se amartilló fue la pipa del civil, y quizá
la determinación de disparar y volarle la cabeza que el Jambo
vio en la extraviada mirada de su enemigo sobre aquélla
destrozada cara.
—¡Te
matoo! —repitió Garcés.
El
Jambo respiró profundamente. La resistencia había terminado.
Desmadejado, se sentó en el asiento. Supo que si hacía un
movimiento en falso moriría. Garcés se sentó también en
frente sin dejar de apuntarle mientras buscaba dos cosas, el pañuelo
y la esposas. Primero se limpió la sangre. Luego le dio las
esposas al vallecano y le obligó a que él mismo se las
pusiera, pero pasándolas por la barra del maletero de modo que
el Jambo quedó colgando del portaequipajes sin llegar a poder
sentarse, ni tampoco enderezarse,
y con las manos en alto y esposadas a los barrotes.
Entonces, cuando el Jambo, estuvo bien seguro, Garcés se hizo a
un lado, para evitar las peligrosas piernas del vallecano, y sin
haber perdido ni un ápice de su rabia le golpeó en la cabeza
con la pistola repetidas veces mientras le insultaba. Y así
estuvo hasta que el Jambo perdió el conocimiento y Garcés gastó
toda su adrenalina. El desmayo del Jambo hizo crujir y también
ceder al portaequipajes y su cuerpo quedó torcido sobre el
asiento. Algunos de los golpes le habían producido cortes en el
cuero cabelludo, pues un chorro de sangre le bajaba por los ojos
y la boca. Cuando el revisor y los picoletos regresaron. Garcés
estaba más calmado. Con el pañuelo en la nariz, detenía la
hemorragia.
—¡Coño!
Mi sargento... ¿Pero qué ha pasado? —preguntó uno de los
guardias?
Garcés
tuvo entonces una debilidad. Miró al vallecano y se estremeció.
Toda aquella estúpida historia basada en la nada. Toda la
maldita Comandancia, toda la zona, queriendo encontrar algo
donde no había nada. Con aquellos tres desgraciados,
perseguidos y acorralados, solamente porque sus mandos y
oficiales intrigaban entre sí. Y la materia de esa intriga era
carne humana, la de aquellos tres comunistas don nadie y la suya
propia. Sin saber por qué, se acordó de su mujer, de sus hijas
y hasta del novio de la mayor. Qué diría él, que era
periodista y de los modernos, si le viera ahora. Desvió la
mirada del inánime cuerpo del Jambo, y casi en un hilo, dijo:
—Se
resistió —y siguió—: Bajadlo de ahí.
Uno
de lo guardias era muy joven y se admiró del oficio que aún
tenía Garcés.
—Mi
sargento, está usted hecho un fiera, este maromo es tela de
amplio.
—Bajadlo
de ahí —insistió—, que voy a lavarme un poco. |
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Fina
supo enseguida que algo estaba pasando, aquellas carreras y
voces lo indicaban. Y si en un sitio donde había follón y
voces se encontraba su acompañante, estaba segura de que el
protagonista era él. No se perdía ni una. Tras la ira le
acometió la intranquilidad y los nervios. Se asomaba cada rato
al pasillo. Salió varias veces y los recorrió. Pero no encontró
ni rastro. Dudaba si dirigirse al revisor. El instinto le decía
que se callara y lo hizo, pero a eso de las cuatro de la
madrugada, cuando sus nervios estaban a punto de reventar,
alguien entró en el departamento y le dejó las cosas claras.
Fue Garcés. Tenía mal aspecto, el rostro tumefacto, un ojo a
la virulé, y el traje arruinado de sangre. Aún así, a Fina le
pareció un tipo impresionante, de segura mirada, de rostro
bronceado por un pasado de rondas por las veredas, y de pelo
cano, pero muy vigoroso. Todo en Garcés denotaba fortaleza y
autoridad, incluso ahora, con el rostro partido. Se dirigió a
Fina en términos de extremada corrección y nada amenazadores.
Le pregunto por su filiación, pese a que el sargento tenía
ambos pasaportes en el bolsillo, y por la relación que mantenía
con el vallecano. Cuando ella quiso saber del paradero del
Jambo, Garcés la tranquilizó respondiendo seca pero llanamente
que se encontraba detenido. No obstante, ella, viendo el poema
que el guardia tenía por cara, se estremeció pensando, como
estaría el otro. Supo entonces Garcés que ella era una chica
inocente, y que lo del Jambo era pura pasión temporera. Preguntó
entonces el suboficial de la benemérita a la muchacha de
alterne, si conocía las andanzas en horas libres de su amigo y
respondió Fina, que algo se sospechaba pues era persona
impulsiva y pasional, pero que no le contaba nada importante más
allá de andar por barrios bajos y en malas compañías. Si
bien, todo esto eran en realidad suposiciones como se demuestra
al contarle como le había conocido y las pocas veces que se habían
visto, añadiendo además, que no conocía a ninguno que a su
vez conociera al Jambo. Garcés entonces, le devolvió el
pasaporte a Fina, y ella a cambio, le facilitó sin rechistar el
teléfono del club donde trabajaba. Por si la necesitaba.
Llegado
el Lusitania a Madrid, llevó Garcés al tambaleante Jambo al
puesto de la Policía Armada de Atocha, donde despidió a la
pareja de picoletos. Pidió un teléfono, pues tenía la intención
de solicitar un Land Rover con conductor y una pareja, para
encerrar al Jambo en la Dirección General, y sacar el pasaporte
para viajar en regla con el preso a Badajoz.
Garcés
se quedó con el teléfono en la mano. El guardia de la puerta
que vestía de chaqueta pese al calor de la mañana, pero que
seguramente había estado toda la noche de retén, miraba al
Jambo y a Garcés alternativamente tratando de comprender qué
rayos había pasado allí. Se imaginó al vallecano como un
peligroso delincuente que seguramente había opuesto fuerte
resistencia, y al Guardia Civil de paisano, como un efectivo
sabueso de la Benemérita, pero ni por el forro se le imagino
pensar en algo que tuviera nada que ver con la política como
era en la realidad. Para empezar, el Jambo llevaba dobles
grilletes cruzados que tenían al Jambo al límite de su
resistencia. Además, observó el policía armada, se le notaban
varios cortes en el cuello cabelludo, golpes y sangre repartidos
por toda la cara. Tras todo eso había un rostro anguloso con
los ojos cerrados, caída la cabeza y con las manos amoratadas.
El policía no le encontró ninguna expresión al detenido, ni
tampoco se le ocurrió pensar que pudiera estar sufriendo lo
indecible. Únicamente se le pasó por el magín, que tenía que
ser un pájaro de cuidado. En cuanto a él, se encontraba
perfectamente, con un poco de sueño eso sí, pero se relamía
pensando en el próximo relevo y en el café y la copa de anís
que se iba a tomar en la cafetería de la estación en cuanto
dejara el servicio.
Garcés
seguía con el teléfono en la mano. El cabo del puesto, que
también esperaba su relevo, estaba sentado cerca de la única
mesa presente. Sobre ella un vaso vacío de café con leche,
unas ignotas migas y "el Marca". También tenía
curiosidad por saber qué demontres les había pasado a las
visitas, pero se guardó mucho de expresarlo. Y así tras ver el
carné de Garcés y tras la mirada inquisitoria del guardia de
la puerta preguntándole qué rayos pasaba allí, le contestó
con un brusco encogimiento de hombros, un poco mosca, pues un
guardia de plantón en la puerta, qué coño de gestos tiene que
hacer...
Garcés
seguía con el teléfono en la mano. Recuperó entonces su
perdida mirada y la dirigió al detenido. Colgó el auricular.
Se levantó de la silla y sacando las llaves le libró de una de
las esposas, de modo que los brazos del Jambo pudieron descansar
en una postura más natural. Al hacerlo, el Jambo gimió,
lacerado por la escasa circulación de su sangre. Fue un gemido
ronco, muy hondo, pero ni así levantó la cabeza. El centinela
encontró el sistema muy interesante, desde luego que es
efectivo, se dijo, lo que pasa es que hay que saber entrelazar
las esposas para que el detenido no pueda desliarlas. El cabo se
levantó y chasqueando la lengua, le preguntó a Garcés, señalando
el teléfono:
—¿Va
usted a usarlo?, porque tengo que dar el parte...
Garcés
negó. Se acercó al Jambo, y cogiéndole fuertemente del brazo
lo levanto:
—¡Vamos!
Se
volvió a los policías armadas y les agradeció su ayuda:
—A
sus ordenes —le contestaron saludándole.
Cuando
Garcés y el Jambo salieron del puesto, el cabo le reprochó al
número sus gestos:
—Cuando
se está de guardia no se hacen muecas.
—Si
mi cabo. Pero qué piensa usted de esos dos.
—No
sé, pero para mí que ese chaval no llega al cuartel.
—No
le entiendo.
—Pues
yo sí.
[1]Es
decir, muertas.
[2]Antigua
ley de Peligrosidad Social
[3]Guardia
Civil. |