S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-27-

Adela se afilia.

En el departamento de nóminas, donde Adela comenzó a prestar servicios, no había realmente mucho trabajo. Con la llegada de Adela, menos. La antigua secretaria de Barrán, se conocía al dedillo toda la complicada legislación sobre nóminas y seguros sociales[1], tenía unas inmensas y atrasadas ganas de trabajar, y la pobre confundió la poderosa burocracia de Tycsa con la empresa de mala muerte de su tío. Los compañeros, veteranos burócratas que llevaban años haciendo lo mismo, y que más mérito tenían por lameculos que por pensantes, no acogieron muy bien su llegada. Lo que menos necesitaban era una hormiguita trabajadora, y menos jamona. Para algunos de ellos, honrados productores y padres de familia, y que jamás habían gritado nada que no fuera ¡Árbitro, hijo de puta! La presencia de Adela, supuso un gran cataclismo. Por primera vez en la historia del departamento, una administrativa entraba en el sancta sanctorum de la empresa. Los secretos mejor guardados, las listas de sobres con, eso, sobresueldos, las esotéricas cotizaciones a la S.S. y su  asombrosa forma de calcularlas.  Todo aquello, tantos secretos fielmente guardados por encorbatados oficinistas expertos en el arte de arrastrarse, corría ahora grave peligro, al parecer de sus compañeros, porque a la dirección de la empresa, parecía dejarle indiferente que la nueva empleada se enterara de "todo". Pues bien, aquellos oficinistas de medio pelo, eran más empresa que la propia empresa. Más castrantes que el propio régimen, más machistas, que la Iglesia Católica, y más mala leche que el mismísimo Jefe de todos los Recursos Humanos habidos y por haber de Tycsa, aquél que cuando señalaba: fulminaba, o despedía, y que cuando daba palmaditas en la espalda, generoso él, dejaba caer subrepticiamente un sobre con el valor en billetes verdes de una buena chepa de productor hecha del viscoso material de las reverencias. Oh, grande empresa, burocracia inmensa de los negocios de la construcción, diosa de la abundancia, inagotable cornucopia para el Ayuntamiento, colegios profesionales, barandas en solitario, y dignos próceres del régimen. Reina de los concursos de licitación, adivinadora del cuándo, cuánto y a quién. Escuela para el futuro. Axioma general para todo el país. Quién quiera hacer negocios, olvídese de las ideas geniales, eso para los americanos, aquí, sólo es menester generosa cartera en significada agenda. Pero qué sabía Adela de todo esto. A ella que le dieran recibos, documentos de cotización, impresos de afiliación al Instituto Nacional de Previsión, el de la calle Sagasta, que bien de veces había ido ella a dar de alta trabajadores

Pero de momento eso es lo que había. Le habían dicho que en otras secciones tenían mejor ambiente y se prometió pedir un traslado cuando llevara algún tiempo. Días después tuvo valor para llamar a Roberto y agradecerle sus esfuerzos. El aparejador aceptó encantado una cita. Llevaba unos días aburrido y la llamada de Adela le pareció de perlas. Quedaron en el centro. Ambos fueron puntuales, tomaron cafés y tras un rato de charla laboral, comenzaron a explorarse. A Roberto, Adela le ponía a cien. A ésta, Roberto le parecía el no va más en hombres. Alto, guapo, pulcro, bien hablado, con carrera, liberal con aires de mundo...

Tan buena disposición por ambas partes, y teniendo en cuenta el agradecimiento de ella, terminó en un selecto bar de la plaza de Oriente, donde al arrullo de una suave y cosmopolita música, el amigo Roberto, socialista de aluvión, fue tejiendo la tela de araña de la que sería su próxima amante. Y ella, tendera frustrada, tuvo una revelación tan fuerte como la de la tarde que el Jambo reparó sus bajos para el resto de su vida, y fue, comprender, que en la vida había algo más que una tienda de ropa y el rojo cimbel del Jambo. Estaba el ser admirada por gentes de ideas nuevas, el frecuentar sitios modernísimos repletos de personas con ansias democráticas, el ser amada con elegancia, y con otra gran virtud, esta de Roberto, que no siendo nada extraordinario en el amor, sacaba gran partido a su imaginación, dejando siempre contentas, por el método que fuera, a todas sus amantes. Y mucho más a Adela, que barruntaba complacer extremadamente las permanentes ganas de divertirse del solterón Roberto, quién veía en Adela una carne perfecta, dulce, promisoria, susceptible de excitación a nada que se intentara. Adela iba a ser su amante perfecta. Y para Adela, Roberto iba a ser su compañero, de cama, de partido y de viaje.

Y todo esto fue así decidido sin que ninguno de los dos tomará semejante decisión, sino dejándose llevar de sus erizadas pieles, de sus apasionadas caricias y de sus sanguíneas emociones. ¡Estaba decidido que una semana después, Adela abandonara a Emilio para irse a vivir con Roberto, que otra semana después, comenzara a frecuentar el pequeño círculo socialista de su amante, donde al contrario que en su trabajo, cayó estupendamente. De modo que aquella tarde en el apartamento de Roberto, picadero al uso, Adela vivió su segunda revolución sexual. La primera fue con el Jambo, donde se descubrió a sí misma, la segunda fue averiguar galantemente, que se puede hacer con el primer descubrimiento.

Pues una vez que ella gritó hasta quedarse ronca, se retorció y sudó como una salvaje completando la medida de su amante y la suya, pasaron al civilizado rito de acicalarse para perfumar lo que quedaba de noche de sus deliciosas personas recién bien folladas. Aires que la noche siempre agradece, y que los noctámbulos adivinan dejando caer su admiración sobre las afortunadas parejas que inician así carnales andaduras, si mejor aun, socialistas andaduras.

Emilio fue desterrado al olvido. El manso gritó esta vez como un poseso. Amenazó con terribles procesos judiciales, con irreparables daños, con muertes súbitas, con terremotos. Pero nada de eso hizo, sino quedarse solo con un palmo de narices. Adela tenía un incendio en el coño, un huracán en el corazón, y una caja registradora en la cabeza. En aquel agosto de 1975. Adela comenzó su viaje iniciático, la aventura del poder, la suerte de coger aquel tren en aquella parada. Un tren que no se detendría ya jamás. Donde los vientos de aquel otoño que venía, nunca serían fríos para ella, ni heladores vientos del norte, como los que sacudían al Jambo, sino suaves brisas sureñas para la segunda generación de militantes socialistas del tardofranquismo todos colocados como ganadores. Después, en el setenta y siete, vendría el tercer basamento del Partido, los huidos de Carrillo y los sin rumbo de toda las organizaciones a la izquierda del PCE, trituradas electoralmente. Y entreverados, a su aire, accedían los sinvergüenzas, que nadie sabe por qué lo tuvieron tan fácil siempre en todos los sitios y en todos los partidos emergentes.

Adela fue temprana militante para la media del año de ingreso de su Partido. Ideológicamente, nada, pero para eso estaba Roberto. La cosa era fácil. Uno: contra Franco. Dos: contra los comunistas. Tres: Democracia, República y todo eso. Cuatro: el glorioso pasado. Cinco, el congreso de Suresnes. Y seis: Isidoro. A la semana de su formal ingreso, ya participó en un comando[2] de otra organización. Pasó un poco de miedo, pero fue muy emocionante, sobre todo cuando se oyeron las sirenas de la policía y todo el mundo echó a correr, y Roberto la cogió del brazo como una pareja formal y pasaron por delante de los grises como si fueran novios mirando escaparates. Y además, ¿no era prácticamente cierto? Aquella noche, celebraron su audaz intervención, yendo de copas al centro, y luego hicieron el amor con una exquisitez y un largo abandono, que propio ya de expertos conocedores del cuerpo amado, les llevaba a extraordinarios goces. Y Adela era feliz, una espléndida mujer feliz, pues siendo amada, se sentía protagonista de su vida, de la de su amante, y de la de su Partido. Y en su magín, se felicitaba a sí misma, pues veía en todos sus éxitos, su propio carácter y determinación, y en nada se le aparecían los rojos de Malpisa ni su mejor representante, el Jambo. Quienes algunas contradicciones sí que habían puesto al descubierto, en la vida de Barrán, en la de Adela, y en la de muchos otros. Pero si algún recuerdo tenía Adela, era de mero desagrado. Aquellos tipos sin afeitar, con los buzos llenos siempre de polvo, con los dientes amarillos y siempre fumando. Y el que no olía a ajo, lo hacía a vino o a aguardiente. Y sin ninguna duda habían tenido la culpa de su despido, ¡por blanda! Una semana después se afiliaba[3] a UGT. Pero nunca ejerció de sindicalista, lo suyo siempre fue el Partido.

Cuando Garcés salió del puesto de la Policía Armada de la estación de Atocha, llevando consigo al esposado Jambo, se llevó las miradas de los pocos viajeros que a esa hora quedaban. Captor y detenido, a cual presentaba peor aspecto. La visión era insólita, pues aunque uno de ellos era evidentemente preso del otro, el aspecto del carcelero tampoco infundía confianza. De semejante corpulencia, la pareja caminaba lentamente por el andén. Un policía de ferrocarriles con el Winchester al hombro dudó si saludar, si ayudar, si disimular. Optó por esto último. Garcés, que tenía un horrible dolor de cabeza, se paró en el bareto que hay a media altura del anden del lado de la consigna. Detenidos en la puerta del establecimiento, ambos se miraron. El Jambo presentaba un aspecto terrible. Llevaba la camiseta negra cuajada de sangre seca, el mismo rostro, tumefacto, casi impedía identificarlo, y el cuero cabelludo sólo era una masa de pelo y sangre pegados. Garcés habló:

—¿Quieres un café?

El Jambo levantó la cabeza y se estiró, respirando profundamente:

—Me vendría bien —contestó con un ronco hilo de voz.

—Pues hale, invito yo...

Ninguno de los dos calibró con sentido común lo esperpéntico de la situación. Uno, por derrotado al que todo daba igual. Otro, porque a estas alturas de la mañana tenía las ideas muy claras y una fuerte determinación para terminar con el asunto a su manera. Ya puestos, ambos desayunaron. Se sentaron en una mesa y pidieron. El vallecano se comió tres porras, desde luego estaba en baja forma. Garcés se pidió una aspirina:

—¿Quieres una copa? —preguntó el sargento.

—¿Se puede? —preguntó extrañado.

Garcés asintió con la Cabeza. El Jambo se preguntó si los golpes no le habrían afectado:

—Pero deprisita...

Se trincaron una de chinchón. Prácticamente no se miraban. Después, Garcés llevó al Jambo al servicio para que meara, para ello le esposó a la cisterna, así que el Jambo tuvo que mear con una mano en el trasto y la otra en alto. Garcés aprovechó para lavarse y adecentarse. Cuando se vio la cara se asustó. ¿y ahora, cómo me presento yo así en casa? Volvieron a la mesa. El Jambo se sintió mejor. Garcés preguntó por una Casa de Socorro. Había una cerca de Atocha. En el dispensario, el practicante no hizo ninguna pregunta cuando Garcés se identificó. Ni tampoco relleno parte alguno a petición del sargento. El ojo de Garcés no tenía nada, le aplicó una pomada y listo. Al Jambo, sin embargo, le dio unos cuantos puntos en la cabeza, después de asearle un poco el pelo en el lavabo.

—¿De verdad que no quiere un parte de lesiones? —le preguntó cuando se marchaban.

Fueron caminando por la Ronda de Valencia. No muy lejos estaba el cuartel de Batalla del Salado, pero sorprendentemente no se dirigieron en esa dirección. El Jambo empezó a mosquearse. ¿Dónde coño me llevará este cabrón? ¡Qué quiere, pasearme por todo Madrid! En efecto, un zeta, paró a su vera, y bajaron dos sociales. Garcés se identificó. Les dijo a los maderos que iban a una tienda de ropa del paseo de las Delicias que conocía de cuando sirvió en Madrid. Los sociales se miraron con incredulidad:

—¿No debería entregar primero al preso?

Garcés negó con la cabeza:

—¿Qué quiere, que sea el hazmerreír de mis compañeros? Quiero cambiarme de ropa.

Al final, los sociales les llevaron a la tienda en cuestión. Garcés quería despedirlos amablemente, pero ellos se ofrecieron a entregar el preso donde les dijera.

—No, gracias, este viene conmigo a Badajoz.

—¿A Badajoz?

—¿Comprenden? No puedo viajar hecho un cristo. Y en cuanto al detenido, no se preocupen, me basto y me sobro. Ya sabe como me las gasto.

Y los sociales al ver la cara del Jambo, afirmaron, pero uno de ellos, preguntó:

—¿Y lo suyo, quién se lo hizo?

—Él —y Garcés señaló al Jambo.

A continuación Garcés se probó un traje barato que le gustó y se lo quedó puesto. Al Jambo, sentado en una silla y flanqueado por los dos sociales la pinta de madero de Garcés le hizo menear la cabeza. El sargento lo vio y le preguntó:

—¿Que le pasa al señorito?, ¿no le gusta mi traje?

—Ni el traje ni el trajeado —respondió el vallecano, ahora ya con mejor voz.

Los sociales se admiraron:

—¡Anda coño, pues si que es chulo el menda este!

Garcés se sonrió, lo que veía en el espejo le gustaba a él y basta. El dependiente le metió el traje viejo en una bolsa de plástico.

—Bueno —se dijo Garcés—. Ahora sólo necesito unas gafas de sol.

Y así fue, fueron a una óptica vecina y el Civil se mercó unas tenebrosas gafas de sol, al estilo de esas que les gustan a los jerarcas del movimiento.

—¿Dónde le llevamos ahora? —le preguntaron los sociales.

—Se lo agradezco, compañeros, pero a ningún sitio. Vamos a ir caminando para la estación y lo voy a dejar en deposito en el puesto de policía de Atocha, mientras yo arreglo unos asuntos.

—Nada hombre, le llevamos de mil amores.

El Jambo agradeció no caminar, pero Garcés parecía incluso molesto. En el vestíbulo de Atocha consiguió deshacerse de los sociales. De nuevo en el puesto de policía, el cabo y el guardia eran ahora otros, Garcés les rogó que se lo custodiaran, advirtiéndoles que era un tipo peligroso. El policía armada le esposó al radiador de hierro fundido, mientras Garcés llamó por teléfono a Badajoz. El telefonista le advirtió que el Coronel no estaba, que había salido urgentemente para Madrid a una reunión convocada por el Director General, y que ya no volvería en un mes, al menos eso había dejado dicho. Garcés quedo un momento pensativo:

—Oye, manda buscar a mi mujer que baje al locutorio, que quiero hablar con ella.

—Mañana por la mañana estoy ahí. Y este asunto lo dejo ya liquidado. ¡Te lo prometo! —le dijo a su mujer.

Las últimas palabras las dijo con fuerza. Después salió y llegado a las taquillas sacó un billete para Badajoz. De nuevo en el puesto, preguntó si había alguna sala para interrogatorios. Había una sala con dos camas. Pasó con el Jambo. Cada uno se sentó en una cama.

—¿Cómo te llamas, chaval? —preguntó Garcés.

—¿Acaso no tiene usted mi pasaporte?

—Cierto. Yo me llamo Antonio, Antonio Garcés, y soy sargento de Guardia Civil.

El Jambo no dijo nada. Garcés siguió:

—¿A qué te dedicas?

—Trabajo en la construcción.

—Así que albañil...

Garcés se levantó:

—¿Tú fumas? —le preguntó al vallecano.

—Sí, pero no tengo.

Garcés abrió la puerta y le preguntó al guardia. Volvió con unos cigarrillos sueltos y cerillas. El Jambo encendió uno con gran satisfacción.

—¿Eres del Partido Comunista? —le espetó Garcés de golpe.

El Jambo negó. Al tragar saliva le dolía la garganta por la nuez. Eran la manazas de Garcés que casi se la había destrozado.

—¿De qué eres, entonces?

—No se moleste, ya tengo un proceso por pertenecer a Comisiones, estoy en libertad provisional. Así que supongo que esto es mi fin.

—¿Qué fin?

—Que volveré a la cárcel...

—Así que eres de Comisiones Obreras.

—Bueno, no sé yo qué dirían ellos.

—¿Qué quieres decir?

—Que voy a mi aire.

—Ya. Otra cosa, el individuo con el que te viste en Lisboa, ¿ese, de qué va?

—Ese va de chota.

—¿Chota?

—¡Soplón!

—¿Y qué haces tú en Lisboa con un soplón?

—Nada. Lo encontré por casualidad.

—No sería el estudiante que detuvimos nosotros...

—Creí que ustedes lo sabían todo.

Garcés frunció el ceño, pero no se irritó:

—Así que tú te crees que no hubieras hablado en su caso.

—¿Pero hablar de qué? Nosotros somos tres mierdas. ¡Nada! Estamos en la guerra, pero no somos nadie. ¡Puta base!

—Ya, pero a lo mejor conoces a alguien que no es puta base.

—Sí, y todos los sociales de Madrid, también. Pero, hombre, si los de Comisiones tenemos más fichas que un dominó.

—Ya lo sé, y también sé que no erais nadie.

—Pues quien lo diría.

—Ya...

Garcés se levantó:

—¡Hala, vámonos!

Caminaron por el anden hasta el vestíbulo. Garcés se paró allí:

—Mira, mi tren sale esta tarde noche. Y voy a aprovechar para ir a comer a casa de una hermana que tengo aquí, así que te voy a soltar y te vas a largar con viento fresco.

Y efectivamente así lo hizo. El Jambo, con ojos de incredulidad se frotó las muñecas.

—Otra cosa —añadió Garcés guardando las esposas—, ni tú ni yo nos hemos visto nunca. Y si te vuelvo a detener, te aseguro que te arrepentirás...

Y le entregó el pasaporte. El Jambo seguía sin moverse:

—No lo entiendo —dijo el vallecano—, ¿por qué lo hace?

—¿Por qué lo hago? Porque estoy harto ti y de los otros dos, y por más cosas que a ti no te importan. ¡Jopo, que nieva!

Y Garcés se dio la vuelta y salió a la parada de taxis. Cuando el taxi partía, Garcés se volvió y le miró, allí seguía en medio del vestíbulo y sin podérselo creer. Garcés se llevó la mano a la sien a modo de saludo militar, parecía sonreír.

[1]Ya lo decía el otro, los programas de estudio del Ministerio de Educación, y las normas de Cotización a la S.S. del Ministerio de Trabajo, siempre las hace un bedel borracho.

 [2]Pequeña manifestación por sorpresa.

 [3]Es un decir. En aquellos tiempos, uno, más que afiliarse, se juntaba. No se daban carnés, naturalmente.