¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-27- Adela se afilia. |
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En
el departamento de nóminas, donde Adela comenzó a prestar
servicios, no había realmente mucho trabajo. Con la llegada de
Adela, menos. La antigua secretaria de Barrán, se conocía al
dedillo toda la complicada legislación sobre nóminas y seguros
sociales[1],
tenía unas inmensas y atrasadas ganas de trabajar, y la pobre
confundió la poderosa burocracia de Tycsa con la empresa de
mala muerte de su tío. Los compañeros, veteranos burócratas
que llevaban años haciendo lo mismo, y que más mérito tenían
por lameculos que por pensantes, no acogieron muy bien su
llegada. Lo que menos necesitaban era una hormiguita
trabajadora, y menos jamona. Para algunos de ellos, honrados
productores y padres de familia, y que jamás habían gritado
nada que no fuera ¡Árbitro, hijo de puta! La presencia de
Adela, supuso un gran cataclismo. Por primera vez en la historia
del departamento, una administrativa entraba en el sancta
sanctorum de la empresa. Los secretos mejor guardados, las
listas de sobres con, eso, sobresueldos, las esotéricas
cotizaciones a la S.S. y su
asombrosa forma de calcularlas.
Todo aquello, tantos secretos fielmente guardados por
encorbatados oficinistas expertos en el arte de arrastrarse,
corría ahora grave peligro, al parecer de sus compañeros,
porque a la dirección de la empresa, parecía dejarle
indiferente que la nueva empleada se enterara de
"todo". Pues bien, aquellos oficinistas de medio pelo,
eran más empresa que la propia empresa. Más castrantes que el
propio régimen, más machistas, que la Iglesia Católica, y más
mala leche que el mismísimo Jefe de todos los Recursos Humanos
habidos y por haber de Tycsa, aquél que cuando señalaba:
fulminaba, o despedía, y que cuando daba palmaditas en la
espalda, generoso él, dejaba caer subrepticiamente un sobre con
el valor en billetes verdes de una buena chepa de productor
hecha del viscoso material de las reverencias. Oh, grande
empresa, burocracia inmensa de los negocios de la construcción,
diosa de la abundancia, inagotable cornucopia para el
Ayuntamiento, colegios profesionales, barandas en solitario, y
dignos próceres del régimen. Reina de los concursos de
licitación, adivinadora del cuándo, cuánto y a quién.
Escuela para el futuro. Axioma general para todo el país. Quién
quiera hacer negocios, olvídese de las ideas geniales, eso para
los americanos, aquí, sólo es menester generosa cartera en
significada agenda. Pero qué sabía Adela de todo esto. A ella
que le dieran recibos, documentos de cotización, impresos de
afiliación al Instituto Nacional de Previsión, el de la calle
Sagasta, que bien de veces había ido ella a dar de alta
trabajadores
Pero
de momento eso es lo que había. Le habían dicho que en otras
secciones tenían mejor ambiente y se prometió pedir un
traslado cuando llevara algún tiempo. Días después tuvo valor
para llamar a Roberto y agradecerle sus esfuerzos. El aparejador
aceptó encantado una cita. Llevaba unos días aburrido y la
llamada de Adela le pareció de perlas. Quedaron en el centro.
Ambos fueron puntuales, tomaron cafés y tras un rato de charla
laboral, comenzaron a explorarse. A Roberto, Adela le ponía a
cien. A ésta, Roberto le parecía el no va más en hombres.
Alto, guapo, pulcro, bien hablado, con carrera, liberal con
aires de mundo...
Tan
buena disposición por ambas partes, y teniendo en cuenta el
agradecimiento de ella, terminó en un selecto bar de la plaza
de Oriente, donde al arrullo de una suave y cosmopolita música,
el amigo Roberto, socialista de aluvión, fue tejiendo la tela
de araña de la que sería su próxima amante. Y ella, tendera
frustrada, tuvo una revelación tan fuerte como la de la tarde
que el Jambo reparó sus bajos para el resto de su vida, y fue,
comprender, que en la vida había algo más que una tienda de
ropa y el rojo cimbel del Jambo. Estaba el ser admirada por
gentes de ideas nuevas, el frecuentar sitios modernísimos
repletos de personas con ansias democráticas, el ser amada con
elegancia, y con otra gran virtud, esta de Roberto, que no
siendo nada extraordinario en el amor, sacaba gran partido a su
imaginación, dejando siempre contentas, por el método que
fuera, a todas sus amantes. Y mucho más a Adela, que barruntaba
complacer extremadamente las permanentes ganas de divertirse del
solterón Roberto, quién veía en Adela una carne perfecta,
dulce, promisoria, susceptible de excitación a nada que se
intentara. Adela iba a ser su amante perfecta. Y para Adela,
Roberto iba a ser su compañero, de cama, de partido y de viaje.
Y
todo esto fue así decidido sin que ninguno de los dos tomará
semejante decisión, sino dejándose llevar de sus erizadas
pieles, de sus apasionadas caricias y de sus sanguíneas
emociones. ¡Estaba decidido que una semana después, Adela
abandonara a Emilio para irse a vivir con Roberto, que otra
semana después, comenzara a frecuentar el pequeño círculo
socialista de su amante, donde al contrario que en su trabajo,
cayó estupendamente. De modo que aquella tarde en el
apartamento de Roberto, picadero al uso, Adela vivió su segunda
revolución sexual. La primera fue con el Jambo, donde se
descubrió a sí misma, la segunda fue averiguar galantemente,
que se puede hacer con el primer descubrimiento.
Pues
una vez que ella gritó hasta quedarse ronca, se retorció y sudó
como una salvaje completando la medida de su amante y la suya,
pasaron al civilizado rito de acicalarse para perfumar lo que
quedaba de noche de sus deliciosas personas recién bien
folladas. Aires que la noche siempre agradece, y que los noctámbulos
adivinan dejando caer su admiración sobre las afortunadas
parejas que inician así carnales andaduras, si mejor aun,
socialistas andaduras.
Emilio
fue desterrado al olvido. El manso gritó esta vez como un
poseso. Amenazó con terribles procesos judiciales, con
irreparables daños, con muertes súbitas, con terremotos. Pero
nada de eso hizo, sino quedarse solo con un palmo de narices.
Adela tenía un incendio en el coño, un huracán en el corazón,
y una caja registradora en la cabeza. En aquel agosto de 1975.
Adela comenzó su viaje iniciático, la aventura del poder, la
suerte de coger aquel tren en aquella parada. Un tren que no se
detendría ya jamás. Donde los vientos de aquel otoño que venía,
nunca serían fríos para ella, ni heladores vientos del norte,
como los que sacudían al Jambo, sino suaves brisas sureñas
para la segunda generación de militantes socialistas del
tardofranquismo todos colocados como ganadores. Después, en el
setenta y siete, vendría el tercer basamento del Partido, los
huidos de Carrillo y los sin rumbo de toda las organizaciones a
la izquierda del PCE, trituradas electoralmente. Y entreverados,
a su aire, accedían los sinvergüenzas, que nadie sabe por qué
lo tuvieron tan fácil siempre en todos los sitios y en todos
los partidos emergentes. |
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Adela
fue temprana militante para la media del año de ingreso de su
Partido. Ideológicamente, nada, pero para eso estaba Roberto.
La cosa era fácil. Uno: contra Franco. Dos: contra los
comunistas. Tres: Democracia, República y todo eso. Cuatro: el
glorioso pasado. Cinco, el congreso de Suresnes. Y seis:
Isidoro. A la semana de su formal ingreso, ya participó en un
comando[2]
de otra organización. Pasó un poco de miedo, pero fue muy
emocionante, sobre todo cuando se oyeron las sirenas de la policía
y todo el mundo echó a correr, y Roberto la cogió del brazo
como una pareja formal y pasaron por delante de los grises como
si fueran novios mirando escaparates. Y además, ¿no era prácticamente
cierto? Aquella noche, celebraron su audaz intervención, yendo
de copas al centro, y luego hicieron el amor con una exquisitez
y un largo abandono, que propio ya de expertos conocedores del
cuerpo amado, les llevaba a extraordinarios goces. Y Adela era
feliz, una espléndida mujer feliz, pues siendo amada, se sentía
protagonista de su vida, de la de su amante, y de la de su
Partido. Y en su magín, se felicitaba a sí misma, pues veía
en todos sus éxitos, su propio carácter y determinación, y en
nada se le aparecían los rojos de Malpisa ni su mejor
representante, el Jambo. Quienes algunas contradicciones sí que
habían puesto al descubierto, en la vida de Barrán, en la de
Adela, y en la de muchos otros. Pero si algún recuerdo tenía
Adela, era de mero desagrado. Aquellos tipos sin afeitar, con
los buzos llenos siempre de polvo, con los dientes amarillos y
siempre fumando. Y el que no olía a ajo, lo hacía a vino o a
aguardiente. Y sin ninguna duda habían tenido la culpa de su
despido, ¡por blanda! Una semana después se afiliaba[3]
a UGT. Pero nunca ejerció de sindicalista, lo suyo siempre fue
el Partido.
Cuando
Garcés salió del puesto de la Policía Armada de la estación
de Atocha, llevando consigo al esposado Jambo, se llevó las
miradas de los pocos viajeros que a esa hora quedaban. Captor y
detenido, a cual presentaba peor aspecto. La visión era insólita,
pues aunque uno de ellos era evidentemente preso del otro, el
aspecto del carcelero tampoco infundía confianza. De semejante
corpulencia, la pareja caminaba lentamente por el andén. Un
policía de ferrocarriles con el Winchester al hombro dudó si
saludar, si ayudar, si disimular. Optó por esto último. Garcés,
que tenía un horrible dolor de cabeza, se paró en el bareto
que hay a media altura del anden del lado de la consigna.
Detenidos en la puerta del establecimiento, ambos se miraron. El
Jambo presentaba un aspecto terrible. Llevaba la camiseta negra
cuajada de sangre seca, el mismo rostro, tumefacto, casi impedía
identificarlo, y el cuero cabelludo sólo era una masa de pelo y
sangre pegados. Garcés habló:
—¿Quieres
un café?
El
Jambo levantó la cabeza y se estiró, respirando profundamente:
—Me
vendría bien —contestó con un ronco hilo de voz.
—Pues
hale, invito yo...
Ninguno
de los dos calibró con sentido común lo esperpéntico de la
situación. Uno, por derrotado al que todo daba igual. Otro,
porque a estas alturas de la mañana tenía las ideas muy claras
y una fuerte determinación para terminar con el asunto a su
manera. Ya puestos, ambos desayunaron. Se sentaron en una mesa y
pidieron. El vallecano se comió tres porras, desde luego estaba
en baja forma. Garcés se pidió una aspirina:
—¿Quieres
una copa? —preguntó el sargento.
—¿Se
puede? —preguntó extrañado.
Garcés
asintió con la Cabeza. El Jambo se preguntó si los golpes no
le habrían afectado:
—Pero
deprisita...
Se
trincaron una de chinchón. Prácticamente no se miraban. Después,
Garcés llevó al Jambo al servicio para que meara, para ello le
esposó a la cisterna, así que el Jambo tuvo que mear con una
mano en el trasto y la otra en alto. Garcés aprovechó para
lavarse y adecentarse. Cuando se vio la cara se asustó. ¿y
ahora, cómo me presento yo así en casa? Volvieron a la mesa.
El Jambo se sintió mejor. Garcés preguntó por una Casa de
Socorro. Había una cerca de Atocha. En el dispensario, el
practicante no hizo ninguna pregunta cuando Garcés se identificó.
Ni tampoco relleno parte alguno a petición del sargento. El ojo
de Garcés no tenía nada, le aplicó una pomada y listo. Al
Jambo, sin embargo, le dio unos cuantos puntos en la cabeza,
después de asearle un poco el pelo en el lavabo.
—¿De
verdad que no quiere un parte de lesiones? —le preguntó
cuando se marchaban.
Fueron
caminando por la Ronda de Valencia. No muy lejos estaba el
cuartel de Batalla del Salado, pero sorprendentemente no se
dirigieron en esa dirección. El Jambo empezó a mosquearse. ¿Dónde
coño me llevará este cabrón? ¡Qué quiere, pasearme por todo
Madrid! En efecto, un zeta, paró a su vera, y bajaron dos
sociales. Garcés se identificó. Les dijo a los maderos que
iban a una tienda de ropa del paseo de las Delicias que conocía
de cuando sirvió en Madrid. Los sociales se miraron con
incredulidad:
—¿No
debería entregar primero al preso?
Garcés
negó con la cabeza:
—¿Qué
quiere, que sea el hazmerreír de mis compañeros? Quiero
cambiarme de ropa.
Al
final, los sociales les llevaron a la tienda en cuestión. Garcés
quería despedirlos amablemente, pero ellos se ofrecieron a
entregar el preso donde les dijera.
—No,
gracias, este viene conmigo a Badajoz.
—¿A
Badajoz? |
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—¿Comprenden?
No puedo viajar hecho un cristo. Y en cuanto al detenido, no se
preocupen, me basto y me sobro. Ya sabe como me las gasto.
Y
los sociales al ver la cara del Jambo, afirmaron, pero uno de
ellos, preguntó:
—¿Y
lo suyo, quién se lo hizo?
—Él
—y Garcés señaló al Jambo.
A
continuación Garcés se probó un traje barato que le gustó y
se lo quedó puesto. Al Jambo, sentado en una silla y flanqueado
por los dos sociales la pinta de madero de Garcés le hizo
menear la cabeza. El sargento lo vio y le preguntó:
—¿Que
le pasa al señorito?, ¿no le gusta mi traje?
—Ni
el traje ni el trajeado —respondió el vallecano, ahora ya con
mejor voz.
Los
sociales se admiraron:
—¡Anda
coño, pues si que es chulo el menda este!
Garcés
se sonrió, lo que veía en el espejo le gustaba a él y basta.
El dependiente le metió el traje viejo en una bolsa de plástico.
—Bueno
—se dijo Garcés—. Ahora sólo necesito unas gafas de sol.
Y
así fue, fueron a una óptica vecina y el Civil se mercó unas
tenebrosas gafas de sol, al estilo de esas que les gustan a los
jerarcas del movimiento.
—¿Dónde
le llevamos ahora? —le preguntaron los sociales.
—Se
lo agradezco, compañeros, pero a ningún sitio. Vamos a ir
caminando para la estación y lo voy a dejar en deposito en el
puesto de policía de Atocha, mientras yo arreglo unos asuntos.
—Nada
hombre, le llevamos de mil amores.
El
Jambo agradeció no caminar, pero Garcés parecía incluso
molesto. En el vestíbulo de Atocha consiguió deshacerse de los
sociales. De nuevo en el puesto de policía, el cabo y el
guardia eran ahora otros, Garcés les rogó que se lo
custodiaran, advirtiéndoles que era un tipo peligroso. El policía
armada le esposó al radiador de hierro fundido, mientras Garcés
llamó por teléfono a Badajoz. El telefonista le advirtió que
el Coronel no estaba, que había salido urgentemente para Madrid
a una reunión convocada por el Director General, y que ya no
volvería en un mes, al menos eso había dejado dicho. Garcés
quedo un momento pensativo:
—Oye,
manda buscar a mi mujer que baje al locutorio, que quiero hablar
con ella.
—Mañana
por la mañana estoy ahí. Y este asunto lo dejo ya liquidado.
¡Te lo prometo! —le dijo a su mujer.
Las
últimas palabras las dijo con fuerza. Después salió y llegado
a las taquillas sacó un billete para Badajoz. De nuevo en el
puesto, preguntó si había alguna sala para interrogatorios.
Había una sala con dos camas. Pasó con el Jambo. Cada uno se
sentó en una cama.
—¿Cómo
te llamas, chaval? —preguntó Garcés.
—¿Acaso
no tiene usted mi pasaporte?
—Cierto.
Yo me llamo Antonio, Antonio Garcés, y soy sargento de Guardia
Civil.
El
Jambo no dijo nada. Garcés siguió:
—¿A
qué te dedicas?
—Trabajo
en la construcción.
—Así
que albañil...
Garcés
se levantó:
—¿Tú
fumas? —le preguntó al vallecano.
—Sí,
pero no tengo.
Garcés
abrió la puerta y le preguntó al guardia. Volvió con unos
cigarrillos sueltos y cerillas. El Jambo encendió uno con gran
satisfacción.
—¿Eres
del Partido Comunista? —le espetó Garcés de golpe.
El
Jambo negó. Al tragar saliva le dolía la garganta por la nuez.
Eran la manazas de Garcés que casi se la había destrozado.
—¿De
qué eres, entonces?
—No
se moleste, ya tengo un proceso por pertenecer a Comisiones,
estoy en libertad provisional. Así que supongo que esto es mi
fin.
—¿Qué
fin? |
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—Que
volveré a la cárcel...
—Así
que eres de Comisiones Obreras.
—Bueno,
no sé yo qué dirían ellos.
—¿Qué
quieres decir?
—Que
voy a mi aire.
—Ya.
Otra cosa, el individuo con el que te viste en Lisboa, ¿ese, de
qué va?
—Ese
va de chota.
—¿Chota?
—¡Soplón!
—¿Y
qué haces tú en Lisboa con un soplón?
—Nada.
Lo encontré por casualidad.
—No
sería el estudiante que detuvimos nosotros...
—Creí
que ustedes lo sabían todo.
Garcés
frunció el ceño, pero no se irritó:
—Así
que tú te crees que no hubieras hablado en su caso.
—¿Pero
hablar de qué? Nosotros somos tres mierdas. ¡Nada! Estamos en
la guerra, pero no somos nadie. ¡Puta base!
—Ya,
pero a lo mejor conoces a alguien que no es puta base.
—Sí,
y todos los sociales de Madrid, también. Pero, hombre, si los
de Comisiones tenemos más fichas que un dominó.
—Ya
lo sé, y también sé que no erais nadie.
—Pues
quien lo diría.
—Ya...
Garcés
se levantó:
—¡Hala,
vámonos!
Caminaron
por el anden hasta el vestíbulo. Garcés se paró allí:
—Mira,
mi tren sale esta tarde noche. Y voy a aprovechar para ir a
comer a casa de una hermana que tengo aquí, así que te voy a
soltar y te vas a largar con viento fresco.
Y
efectivamente así lo hizo. El Jambo, con ojos de incredulidad
se frotó las muñecas.
—Otra
cosa —añadió Garcés guardando las esposas—, ni tú ni yo
nos hemos visto nunca. Y si te vuelvo a detener, te aseguro que
te arrepentirás...
Y
le entregó el pasaporte. El Jambo seguía sin moverse:
—No
lo entiendo —dijo el vallecano—, ¿por qué lo hace?
—¿Por
qué lo hago? Porque estoy harto ti y de los otros dos, y por más
cosas que a ti no te importan. ¡Jopo, que nieva!
Y
Garcés se dio la vuelta y salió a la parada de taxis. Cuando
el taxi partía, Garcés se volvió y le miró, allí seguía en
medio del vestíbulo y sin podérselo creer. Garcés se llevó
la mano a la sien a modo de saludo militar, parecía sonreír.
[1]Ya
lo decía el otro, los programas de estudio del Ministerio
de Educación, y las normas de Cotización a la S.S. del
Ministerio de Trabajo, siempre las hace un bedel borracho.
[2]Pequeña
manifestación por sorpresa.
[3]Es
un decir. En aquellos tiempos, uno, más que afiliarse, se
juntaba. No se daban carnés, naturalmente. |