S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

¡Hombres de acero!

de Mike Blacksmith

 

-28-

¡Resistid,hombres de acero!

La larga caminata desde la estación de Atocha hasta el Común, no fue necesaria, ni siquiera obligada, fue simplemente una larga trocha espiritual. Camino atrincherado donde el Jambo, inmensamente perplejo, rumiaba sus pensamientos que, alocados, le extrañaban el mismo ser. Indiferente a todo lo que no fueran sus ideas, caminó como un fantasma, mejor ánima en pena, con una galerna en el coco, y el espanto bien repartido por el resto del cuerpo, lo más en forma de moretones, sangre coagulada, arañazos como el Ebro, cortes como simas, y una gran indiferencia por la suerte de su maltrecho cuerpo. Pues en su sinrazón, lo único que el vallecano tenía presente, era, como decimos, una extraordinaria tormenta cerebral, vientos huracanados y gélidos que rolaban por sus anfractuosidades como tempestades árticas, pues a cada poco, a cada recuerdo microscópico del hacía horas, el helado miedo desplazaba al ventoso asombro, y la congelación más absoluta quitaba el lugar al recuerdo. Algo muy fuerte, grande, horroroso, un monstruo moribundo, pero todavía asesino se había asomado a su vida, a sus días, a sus horas de existencia, para mostrarle, sólo un poco, qué podía hacer aquel organismo, al que en su ignorancia e ingenuidad, pensaba prácticamente derrotado. La buena suerte, el cansancio de su oponente, quién sabe, le habían librado de algo estremecedor, algo siniestro, donde por comparación, lo del Cuartel de Pontejos, sólo era un juego, casi ridículo.

Llegado al barrio, quiso primero buscar a Perico, para recibir ayuda y consuelo. Estaba el jeringa durmiendo en su habitación del Comunín, pues recién estaba de vuelta de un viaje al extranjero, y tanto conducir le tenía agotado. Mas cuando vio el aspecto de su amigo, perdió todo su sueño y se puso a la tarea de la que era profesional, restaurarle, tranquilizarle y ponerle a dormir. Buscó Perico un colchón y unas sábanas y lo acostó en su habitación, a su vera, para vigilar su sueño. Aunque no pudo, ambos cayeron profundamente dormidos y así estuvieron hasta pasadas las nueve de la noche. Cuando Perico despertó, le dio un vistazo a su amigo comprobando que estaba bien y camino de despertarse. Salió a la calle, y del ambulatorio del Pozo, cogió desinfectante, hilo para puntos, analgésicos y otros fármacos, procediendo a revisar de nuevo su inicial cura, que por la urgencia y falta de medios, no le había dejado del todo satisfecho la primera vez. Se levantó el Jambo lentamente, pues todo su cuerpo era una llaga y un rebaño de dolores localizados. Y eran tales su dolencias, que creyó marearse sólo de dolor. Su amigo le hizo beberse medio vaso de agua donde había disuelto una ampolla de un fuerte analgésico, pero hasta que no le hizo efecto, el Jambo, casi no podía moverse, ni siquiera el cuello, y menos sus extremidades. Serían las diez, cuando salieron a la calle. La noche estaba calurosa, pero fue un alivio para el Jambo. Subieron al seiscientos y cenaron en Monte Igueldo. A la vuelta pasaron por el piso de Nueva Numancia. Tampoco había nadie. Pero por debajo de la puerta habían pasado una nota. Era de la dueña, que tenían que abandonarlo, pues quería venderlo. No le dio mucha importancia el Jambo, aunque en realidad significaba ahuecar el ala y pronto, pero dadas las circunstancias, lo único que deseaba era dormir. Perico le dijo que se viniera con él al Comunín, que así estaría mejor cuidado. Sólo por unos días. Y el Jambo, viendo la soledad de lo que había sido su mejor vivienda de los últimos años, si bien en realidad no había representado nada especial, salió con su amigo rumbo a un colchón tirado en el suelo, pero que parecía mejor, por la compañía, que la recia cama de madera de su habitación.

Cuando descendían del coche, justo en la entrada de lo que fue el Común, la vieron. Era Fina, con los ojos todavía asustados, que había recorrido todo un calvario de sitios, preguntas y temores, hasta dar con ellos. A sus pies estaba la mochila que el Jambo había llevado a Lisboa. Los ojos de la joven estaban enrojecidos, y sus vestido ajado y demasiado pegado a su exuberante cuerpo. Ella había perdido el hálito del maquillaje y su rostro era más duro que de costumbre, y su mirar menos andaluz y luminoso, y sus maneras más derrotadas, y su proverbial tesón era todo aprensión, sobre todo cuando vio como iba su hasta hacía horas amante. No quiso el Jambo dar muchas explicaciones. Algo así como ya te puedes imaginar, esos cabrones, etc... Perico les ofreció que pasaran a su habitación, pero el Jambo le pidió que les llevara de nuevo al piso de Nueva Numancia. Que tenían que hablar, si no le importaba. El buen Perico, así lo hizo. Antes de despedirse, le chamulló al Jambo:

—A ver lo qué haces, que no estas para gaitas...

En el dormitorio del Jambo, Fina se encontró incómoda. El Jambo se quedó dormido enseguida. Ella, que al menos esperaba una explicación, siquiera un gracias por sus desvelos, quedó ciertamente despechada. Sentada al borde de la cama, contemplaba sin otro ánimo el débil dormir del dolorido Jambo. Serían las doce, era urgente tomar una decisión, desnudarse y meterse en la cama con él. Lo que así hizo sin despertar al durmiente. Fina tardó mucho en dormirse, los pensamientos se lo impedían. Tenía decenas de preguntas que hacer y ninguna respuesta. A las tres, la fatiga pudo con ella y se durmió. De amanecida, el vallecano la despertó cuando fue a orinar. Fina se encaramó en la cama y esperó a que el Jambo volviera del baño. Cuando éste lo hizo y al observar a su compañera de cama, completamente despierta, se extrañó como si le costara recordar quién, cómo y dónde, lo que no le impidió volver a tumbarse en la cama. Fina, irritada por su silencio, le espetó:

—¿Es que no me vas a decir nada?

El Jambo, estaba desfallecido, tenía dificultades para hablar, un horroroso dolor en el gaznate, y también en la cara cuando quería articular palabras. Pero hizo un esfuerzo soberano:

—Me cuesta mucho hablar —musitó llevándose la mano a la garganta.

—¿No soy nada para ti, verdad? —gritó ella sin poder contenerse.

—No digas eso, hombre...

—Es lo que me estás demostrando —insistió Fina.

El Jambo se estaba empezando a cabrear:

—Yo a ti no te he demostrado nada, bastante tengo con demostrármelo a mí mismo.

—¡Desde luego! —Afirmó ella.

—Pero bueno, Fina, ¿qué es lo qué quieres?

—¿Qué quiero, qué quiero? Quiero que sientas algo, que me demuestres algo, algún sentimiento...

—¿Y si no siento nada, qué? ¿Qué quieres que haga?

Aquí Fina no tuvo respuesta inmediata. Así que no la quería. Aquel mulo parlante, no la quería. Se le incendió la boca:

—De modo que no sientes nada por mí, ¿eh? El señor no siente nada, sólo se corre en mi coño, cuando le apetece. Pues sabes lo que te digo, que tú no eres un verdadero hombre, y menos un comunista de los que dices. Tu mucho cuerpo y mucho rollo, pero luego lo único que sabes hacer es repartir mamporros. ¡Tú eres un chulo y un mierda! Eso es lo que eres.

El Jambo tragó saliva. Se sentía confuso y enfermo.

—¿Y qué? —insistió Fina—. ¿Tampoco dices nada?

—¿Qué puedo decir? Lo único que veo es que estás cabreada porque no te quiero. Pero con insultos poco vas a conseguir de mí.

—No quiero nada de ti. Ya me voy y ahí te quedas.

Pero dichas estas palabras, las lágrimas le salieron espontáneas y generosas y quedó plantada en medio de la habitación.

El Jambo tardó en reaccionar. Era lento para las emociones. Se levantó y desnudo como estaba la consoló tomándola de los brazos:

—¡Venga Fina!

Ella se recompuso:

—¡Qué frío y qué cruel eres en el trato con la gente! Se nota que nadie te enseñó estas cosas.

—Sí, es posible, ya me lo han dicho más veces —respondió él—. Pero para mí es una suerte, no una desgracia.

—¡Qué sabrás tú, ignorante de la vida! —dijo Fina mientras buscaba su vestido.

Luego, silenciosamente, y mientras el rostro del Jambo perdía toda expresión, se vistió, recogió su bolso deslucido y salió de la habitación. Segundos después, el Jambo escuchó la puerta al cerrar. La casa quedó en silencio. Sintió un poco de fresco y se arropó con la sábana. La mirada se le perdió en el infinito. Eran las ocho de la mañana. Y estaba solo, como siempre, solo. En el espejo de la cómoda creyó ver a Adela la tarde que se vestía, recién descubierta. Incluso creyó oler su vagina húmeda de sí misma y de su semen agrio. Pero no era cierto. No había nadie, estaba solo, como siempre, solo.

Una mueca horrorosa se le fue formando. Cuando ya casi estaba completa, gritó como los karatecas, desde su vientre. Y levantándose corrió al casete y buscó afanosamente, hasta que breves instantes después los encontró. Sí, Deep Purper, y su Highway Star, lo último que le había pasado el Boty. Un himno de guerra para la maldita Vallecas. Pulsó la tecla y se quedo quieto esperando la metralla. Luego se movió con fuerza y con ritmo, indoloro a sus heridas, respirando, defendiendo, atacando. Era la Bassai dai[1]. ¡Al carajo los vecinos! Metralla para su alma de acero. Malos tiempos para el amor, los buenos sentimientos, la delicadeza, la pulcritud, y la mansedumbre. Buenos tiempos para los hombres de acero. ¡Hombres capaces de resistir!, pues sin duda, pronto amanecería, camaradas...

[1]Kata, formas del Kárate tradicional.

 

Fin de Hombres de acero

de Mike Blacksmith