¡Hombres de acero!
de Mike Blacksmith
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-28- ¡Resistid,hombres de acero! |
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La
larga caminata desde la estación de Atocha hasta el Común, no
fue necesaria, ni siquiera obligada, fue simplemente una larga
trocha espiritual. Camino atrincherado donde el Jambo,
inmensamente perplejo, rumiaba sus pensamientos que, alocados,
le extrañaban el mismo ser. Indiferente a todo lo que no fueran
sus ideas, caminó como un fantasma, mejor ánima en pena, con
una galerna en el coco, y el espanto bien repartido por el resto
del cuerpo, lo más en forma de moretones, sangre coagulada, arañazos
como el Ebro, cortes como simas, y una gran indiferencia por la
suerte de su maltrecho cuerpo. Pues en su sinrazón, lo único
que el vallecano tenía presente, era, como decimos, una
extraordinaria tormenta cerebral, vientos huracanados y gélidos
que rolaban por sus anfractuosidades como tempestades árticas,
pues a cada poco, a cada recuerdo microscópico del hacía
horas, el helado miedo desplazaba al ventoso asombro, y la
congelación más absoluta quitaba el lugar al recuerdo. Algo
muy fuerte, grande, horroroso, un monstruo moribundo, pero todavía
asesino se había asomado a su vida, a sus días, a sus horas de
existencia, para mostrarle, sólo un poco, qué podía hacer
aquel organismo, al que en su ignorancia e ingenuidad, pensaba
prácticamente derrotado. La buena suerte, el cansancio de su
oponente, quién sabe, le habían librado de algo estremecedor,
algo siniestro, donde por comparación, lo del Cuartel de
Pontejos, sólo era un juego, casi ridículo.
Llegado
al barrio, quiso primero buscar a Perico, para recibir ayuda y
consuelo. Estaba el jeringa durmiendo en su habitación del
Comunín, pues recién estaba de vuelta de un viaje al
extranjero, y tanto conducir le tenía agotado. Mas cuando vio
el aspecto de su amigo, perdió todo su sueño y se puso a la
tarea de la que era profesional, restaurarle, tranquilizarle y
ponerle a dormir. Buscó Perico un colchón y unas sábanas y lo
acostó en su habitación, a su vera, para vigilar su sueño.
Aunque no pudo, ambos cayeron profundamente dormidos y así
estuvieron hasta pasadas las nueve de la noche. Cuando Perico
despertó, le dio un vistazo a su amigo comprobando que estaba
bien y camino de despertarse. Salió a la calle, y del
ambulatorio del Pozo, cogió desinfectante, hilo para puntos,
analgésicos y otros fármacos, procediendo a revisar de nuevo
su inicial cura, que por la urgencia y falta de medios, no le
había dejado del todo satisfecho la primera vez. Se levantó el
Jambo lentamente, pues todo su cuerpo era una llaga y un rebaño
de dolores localizados. Y eran tales su dolencias, que creyó
marearse sólo de dolor. Su amigo le hizo beberse medio vaso de
agua donde había disuelto una ampolla de un fuerte analgésico,
pero hasta que no le hizo efecto, el Jambo, casi no podía
moverse, ni siquiera el cuello, y menos sus extremidades. Serían
las diez, cuando salieron a la calle. La noche estaba calurosa,
pero fue un alivio para el Jambo. Subieron al seiscientos y
cenaron en Monte Igueldo. A la vuelta pasaron por el piso de
Nueva Numancia. Tampoco había nadie. Pero por debajo de la
puerta habían pasado una nota. Era de la dueña, que tenían
que abandonarlo, pues quería venderlo. No le dio mucha
importancia el Jambo, aunque en realidad significaba ahuecar el
ala y pronto, pero dadas las circunstancias, lo único que
deseaba era dormir. Perico le dijo que se viniera con él al
Comunín, que así estaría mejor cuidado. Sólo por unos días.
Y el Jambo, viendo la soledad de lo que había sido su mejor
vivienda de los últimos años, si bien en realidad no había
representado nada especial, salió con su amigo rumbo a un colchón
tirado en el suelo, pero que parecía mejor, por la compañía,
que la recia cama de madera de su habitación.
Cuando
descendían del coche, justo en la entrada de lo que fue el Común,
la vieron. Era Fina, con los ojos todavía asustados, que había
recorrido todo un calvario de sitios, preguntas y temores, hasta
dar con ellos. A sus pies estaba la mochila que el Jambo había
llevado a Lisboa. Los ojos de la joven estaban enrojecidos, y
sus vestido ajado y demasiado pegado a su exuberante cuerpo.
Ella había perdido el hálito del maquillaje y su rostro era más
duro que de costumbre, y su mirar menos andaluz y luminoso, y
sus maneras más derrotadas, y su proverbial tesón era todo
aprensión, sobre todo cuando vio como iba su hasta hacía horas
amante. No quiso el Jambo dar muchas explicaciones. Algo así
como ya te puedes imaginar, esos cabrones, etc... Perico les
ofreció que pasaran a su habitación, pero el Jambo le pidió
que les llevara de nuevo al piso de Nueva Numancia. Que tenían
que hablar, si no le importaba. El buen Perico, así lo hizo.
Antes de despedirse, le chamulló al Jambo:
—A
ver lo qué haces, que no estas para gaitas...
En
el dormitorio del Jambo, Fina se encontró incómoda. El Jambo
se quedó dormido enseguida. Ella, que al menos esperaba una
explicación, siquiera un gracias por sus desvelos, quedó
ciertamente despechada. Sentada al borde de la cama, contemplaba
sin otro ánimo el débil dormir del dolorido Jambo. Serían las
doce, era urgente tomar una decisión, desnudarse y meterse en
la cama con él. Lo que así hizo sin despertar al durmiente.
Fina tardó mucho en dormirse, los pensamientos se lo impedían.
Tenía decenas de preguntas que hacer y ninguna respuesta. A las
tres, la fatiga pudo con ella y se durmió. De amanecida, el
vallecano la despertó cuando fue a orinar. Fina se encaramó en
la cama y esperó a que el Jambo volviera del baño. Cuando éste
lo hizo y al observar a su compañera de cama, completamente
despierta, se extrañó como si le costara recordar quién, cómo
y dónde, lo que no le impidió volver a tumbarse en la cama.
Fina, irritada por su silencio, le espetó:
—¿Es
que no me vas a decir nada? |
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El
Jambo, estaba desfallecido, tenía dificultades para hablar, un
horroroso dolor en el gaznate, y también en la cara cuando quería
articular palabras. Pero hizo un esfuerzo soberano:
—Me
cuesta mucho hablar —musitó llevándose la mano a la
garganta.
—¿No
soy nada para ti, verdad? —gritó ella sin poder contenerse.
—No
digas eso, hombre...
—Es
lo que me estás demostrando —insistió Fina.
El
Jambo se estaba empezando a cabrear:
—Yo
a ti no te he demostrado nada, bastante tengo con demostrármelo
a mí mismo.
—¡Desde
luego! —Afirmó ella.
—Pero
bueno, Fina, ¿qué es lo qué quieres?
—¿Qué
quiero, qué quiero? Quiero que sientas algo, que me demuestres
algo, algún sentimiento...
—¿Y
si no siento nada, qué? ¿Qué quieres que haga?
Aquí
Fina no tuvo respuesta inmediata. Así que no la quería. Aquel
mulo parlante, no la quería. Se le incendió la boca:
—De
modo que no sientes nada por mí, ¿eh? El señor no siente
nada, sólo se corre en mi coño, cuando le apetece. Pues sabes
lo que te digo, que tú no eres un verdadero hombre, y menos un
comunista de los que dices. Tu mucho cuerpo y mucho rollo, pero
luego lo único que sabes hacer es repartir mamporros. ¡Tú
eres un chulo y un mierda! Eso es lo que eres.
El
Jambo tragó saliva. Se sentía confuso y enfermo.
—¿Y
qué? —insistió Fina—. ¿Tampoco dices nada?
—¿Qué
puedo decir? Lo único que veo es que estás cabreada porque no
te quiero. Pero con insultos poco vas a conseguir de mí.
—No
quiero nada de ti. Ya me voy y ahí te quedas.
Pero
dichas estas palabras, las lágrimas le salieron espontáneas y
generosas y quedó plantada en medio de la habitación.
El
Jambo tardó en reaccionar. Era lento para las emociones. Se
levantó y desnudo como estaba la consoló tomándola de los
brazos:
—¡Venga
Fina!
Ella
se recompuso:
—¡Qué
frío y qué cruel eres en el trato con la gente! Se nota que
nadie te enseñó estas cosas.
—Sí,
es posible, ya me lo han dicho más veces —respondió él—.
Pero para mí es una suerte, no una desgracia.
—¡Qué
sabrás tú, ignorante de la vida! —dijo Fina mientras buscaba
su vestido.
Luego,
silenciosamente, y mientras el rostro del Jambo perdía toda
expresión, se vistió, recogió su bolso deslucido y salió de
la habitación. Segundos después, el Jambo escuchó la puerta
al cerrar. La casa quedó en silencio. Sintió un poco de fresco
y se arropó con la sábana. La mirada se le perdió en el
infinito. Eran las ocho de la mañana. Y estaba solo, como
siempre, solo. En el espejo de la cómoda creyó ver a Adela la
tarde que se vestía, recién descubierta. Incluso creyó oler
su vagina húmeda de sí misma y de su semen agrio. Pero no era
cierto. No había nadie, estaba solo, como siempre, solo.
Una
mueca horrorosa se le fue formando. Cuando ya casi estaba
completa, gritó como los karatecas, desde su vientre. Y levantándose
corrió al casete y buscó afanosamente, hasta que breves
instantes después los encontró. Sí, Deep Purper, y su Highway
Star, lo último que le había pasado el Boty. Un himno de
guerra para la maldita Vallecas. Pulsó la tecla y se quedo
quieto esperando la metralla. Luego se movió con fuerza y con
ritmo, indoloro a sus heridas, respirando, defendiendo,
atacando. Era la Bassai dai[1].
¡Al carajo los vecinos! Metralla para su alma de acero. Malos
tiempos para el amor, los buenos sentimientos, la delicadeza, la
pulcritud, y la mansedumbre. Buenos tiempos para los hombres de
acero. ¡Hombres capaces de resistir!, pues sin duda, pronto
amanecería, camaradas... [1]Kata,
formas del Kárate tradicional.
Fin de Hombres de acero de Mike Blacksmith |