La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-1- Paisaje nocturno con botellazo |
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Había
caído la noche sobre el bulevar y al trasluz de las farolas
municipales, las sombras y las claridades formaban una tétrica
composición. Bordeando los agostados jardines, no muy lejos del
antiguo edificio de la Falange, caminaba un joven con pasos
lentos, casi redondos, envolviéndose en cada uno de ellos con
las punteras de sus botas cubanas. Su taconeo, descarnado e
inquietante a nadie anunciaba nada.
El
joven se apoyó contra una farola despintada y a su luz, la
cabellera se le aureoló. Tenía un rostro afilado, duro y
patilludo. Fumaba con gestos cansinos aunque no lo estaba, y
entre bocanada y bocanada contemplaba sin otro afán el desierto
bulevar. Metió luego la mano en uno de los bolsillos de su
cazadora de negro cuero y sacó la postura[1]
que acababa de pillar. La sopesó con gusto. Se la llevó a la
nariz y la olisqueó por enésima vez. Tiró el cigarro y caminó
hacia la avenida para buscar un tequi.
No
tuvo que esperar mucho. Además conocía al taxista.
—¿Qué
pasa, tronco? ¿Dónde vas a estas horas?
—¡Coño!
¡El taxista de los ojos aterciopelados! Pues iba para el
centriri.
—Y
yo a encerrar, pero siendo tu menda dónde quieras.
—Pues
a Libertad.
—¡A
ver qué cae!, ¿no?
—Ya
ha caído —y le enseñó la china de su comisión.
—Parece
de buten.
—Sí,
bichela[2]
fetén, pero ya veremos.
La
ciudad hacia rato que se había acostado y había pocos transeúntes,
aunque todos escogidos para ser arropados por el manto de la
Luna: estudiantes desvelados, macarras y sus putas, empleados
del ayuntamiento regando las calles, guripas haciendo la ronda
nocturna con la espalda quebrada por el correaje, estupas,
vagabundos, borrachos, viejecitas acurrucadas en los portales,
chorizos en todas sus variantes: palanqueros, espadais, sirleros,
butroneros. Y también los primeros punkis y otros idiotas.
—Adiós
Jambo—se despidió el taxista al que había homenajeado, a su
pesar, con un pellizco de la china. Sólo un par de canutos
antes de empiltrarse.
El
Jambo recorrió sin ninguna prisa los pocos metros que le
separaban del pub. Era una costumbre inveterada suya esta de
terminar lentamente los últimos pasos de todas sus citas.
Debida fundamentalmente a que siempre llegaba pronto a todas
ellas. Las causas, bien simples: pocas ocupaciones, mucho
entusiasmo, y unas permanentes ganas de menear el rabo[3].
Para un tipo tan apaleado como el Jambo, esta viveza mental y
corporal era sorprendente, pero cualquier observador interesado,
colegía a las pocas de cambio, que el vallecano tenía bien
asentada su vehemencia en una robustez a prueba de bomba y una
experiencia en palos de palabra y de obra que se remontaba a la
infancia. Iniciaba una temporada buena. Buenas perspectivas que
decían los rojos. Había dejado el piso de Nueva Numancia para
alojarse, nuevamente por la gracia del Perico, en el Comunín,
con habitación propia y todo. Y lo mejor, el Rubio había
vuelto de Barcelona, y aunque no dio explicaciones a nadie, a
nadie le importó un carajo. El Rubio se acomodó en una
habitación del Comunín y reanudó su vida de trompo, su
militancia en el PCE y sus envidiables ligues con guiris, en los
que estaba especializado, de mismo modo que Perico lo estaba en
curritas y el Jambo en bichos raros.
Esta
era la vida que al Jambo le gustaba. Vivir rodeado de
comunistas, tener ligues ocasionales, sin entregarse mucho, eso
decía la menos, y correr lances interesantes contra Franco,
siempre contra Franco. Aunque la guerra se había puesto un poco
jodida desde que salió de Carabanchel y desde que aquel extraño
secreta de la madám le tundiera el cuerpo a culatazos de pusca
para luego dejarle libre. Las puñadas de Garcés habían
cicatrizado, y aunque Perico decía que el tomo[4]
del Jambo era como los bosques del Canada, (muy espeso, pero
lleno de calvas como las que la avaricia madedera le producía a
los bosques de América del Norte), algo ignoto crecía en el
corazón del vallecano. Él no lo sabía todavía, pero allí
estaba creciendo, lenta pero inexorablemente. Era miedo, miedo
que se tejía en sus órganos y que el Jambo no hubiera nunca
reconocido como suyo. Pero esta noche no era el caso. Esta noche se lo hacía de facilón, pasar por un duro macarra barriobajero, aunque con rojas tonalidades por su condición de obrero, y brillos radicales por las compañías que le gustaban. Y es que, como el Rubio decía, de tanto currarse la página, bordaba el papelón. Además, lo de rojo y radical, lo era por la sangre. Hijo de perdedores que no sólo perdieron en la contienda civil, la propia guerra, sino también la hacienda. Perdedores empobrecidos, humillados, masacrados y saqueados. Y la diferencia entre ser y parecer cuando uno es pobre, rojo, y trabaja en la construcción, aunque se tenga un marcado toque revolucionario, es muy fina, es, a veces, indistinguible. Y además, ¡qué importancia tiene eso! En cualquier caso, aquella noche, el Jambo iba sólo, llevaba costo de encargo, y se dirigía, desde Vallecas, al centro, afán de los afanes de todo enrollado. Tres circunstancias para, como ya hemos dicho, currarse la página con interna alegría y dureza, mucha dureza de puertas afuera. ¡Chachipén, colegas! |
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El
pub estaba concurrido. Le pidió una cerveza a la camarera,
aquella camarera cargada de historias y de ojeras. Se apoyó en
la barra indolentemente y esperó la llegada de sus amigos, o
quizá clientes, a quienes iba destinada la postura. Veinticinco
gramitos.
Para
el Jambo, esperar era la cosa más insufrible del mundo,
precisamente porque se pasaba la vida haciéndolo. Tías, compañeros,
troncos, todo el mundo llegaba tarde. Esta vez tuvo suerte.
Antonio apareció enseguida. Venía acompañado por una chica.
Esto último le daba color al cotarro.
—¿Pillaste[5]?
—le preguntó el recién llegado, currante de Artes Gráficas
y al que conocía de la guerra, es decir, de la política, o
quizá de Comisiones.
—Sí.
Nos sentamos ahí y te lo enseñó.
Buscaron
un lugar recogido y le mostró la postura. A Antonio le parecía
muy poco, que aquello no daba veinticinco gramos ni loco. Tenía
razón y por tanto el Jambo se mosqueó.
—¡Pues
la próxima te lo pillas tú!
—Bueno,
vale —y disimuladamente le pagó—. ¿Cuánto te has quedado?
—Me
tengo que buscar la vida, ¿no? —se defendió el Jambo, que
sacaba en claro la china que había enseñado al taxista.
—Cuando
oigo decir eso de que me tengo que buscar la vida —dijo
Antonio con cara de resignación—, sé que me están tangando[6].
Puede
que en otro sitio el Jambo se hubiera apiadado de su conocido,
puede, pero allí, en el lugar donde la basca menos descansaba
de sus papelones, no iba el vallecano a asinar canrea:[7]
—¡Venga
hombre! Me vas a hacer llorar.
—Bueno,
es igual —se resignó el currante de Artes Gráficas.
El
Jambo cambió de táctica. En realidad era por la tía que venía
con Antonio.
—Os
invito a un par de canutos y en paz. Además..., es lo suyo,
tronco, las molestias.
La
acompañante de Antonio estaba fuera de lugar allí. Era una
guapa de ojos claros que vestía bien. De esas guapas a la
primera mirada y a las que los ojos nunca se cansan de ver. Una
belleza llena de alma, es decir de inteligencia. Les miraba sin
intervenir.
—¿Dónde
nos lo hacemos? —quiso saber el Jambo.
En
ningún sitio —cortó Antonio que también era un rato
largo—, dame un pellizco de lo que te has quedado y nos
largamos.
—¡Qué
mal rollo tienes, tronco! —le espetó el Jambo que no estaba
dispuesto a enseñar la china por nada del mundo, y siguió:
—Ahora
va a parecer que soy un flai[8]...,
un mangui[9].
—No
hombre, no, es que tenemos prisa.
—Sí.
Hemos quedado —terció la chica. Y pese al esfuerzo que le
supuso intervenir en la discusión, lo hizo con una voz suave
pero firme. Una voz que hubiera entonado en cualquier lugar del
mundo, bien fruncida con sus ojos grises, casi casi, azules.
Semejante
composición arruinó las "perspectivas" que pudiera
tener el Jambo para la noche. Belleza, clase, firmeza al hablar,
ojos cargados de fuerza, maneras educadas, ropa fina. Imposible
que cupiera en cualquiera de las canciones de maldito rock duro
vallecano que él conociera. Y cuando una mujer, por muy hermosa
que sea, no cabe en tu música, puerta, colega.
—Pues
aire... —fue la seca respuesta del Jambo. Por tanto, se hizo
el duro y el ofendido. Coincidiendo a pie juntillas con lo que
hacen todos los camellos cuando con el debido respeto y sin
animo de faltar, se les señala educadamente que nos están
estafando.
No
sin cierta tensión, la pareja se fue justamente cuando se acercó
la camarera.
—Ya
nada —le contestó el Jambo a la pregunta de qué iban a
tomar.
—No
hubo bisnes[10],
¿eh? —dijo la bella y misteriosa empleada con una sonrisa
mordaz.
—Aquí
no hay más negocio que el vuestro, titi —le cortó. En estas
cosas el Jambo no necesitaba ser un experto. Las ojeras de la
empleada no eran debidas a su mala salud, sino a las sustancias
que se metía en el cuerpo cuando las piernas flaqueaban tras
horas y horas de aguantar capullos chistosos, estudiantes de
descuidadas y alegres manos, sebosos oficinistas desnortados, y
otras faunas grandemente hambrientas de las historias que las
grandes ojeras y las no menos grandes dotaciones de la camarera,
prometían. |
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—Tranquilo
—le respondió nuestra momentánea protagonista.
—Cóbrame
la garimba[11]
que me voy.
Hacía
frío. El Jambo se subió las solapas de la cazadora y cerró la
cremallera. Bueno..., se dijo, cómo estropear una noche sin ni
siquiera empezarla.
—Hay
que joderse —se recriminó. Luego se lió un canuto según los
cánones no ha mucho aprendidos y se sentó a fumarlo en la
acera. ¡A ver si se le pasaba el mosqueo! Cuando estuvo
completamente enervado, se dio una vuelta por la zona. No por
nada, por mirar un poco. Terminó en un pub de la calle
Barbieri.
Estaba
tomándose una cerveza y sopesando si se iba a dormir cuando los
vio sentados y en animada conversación. Antonio y su acompañante
y nadie más.
—¡Qué
mendas! —susurró con desprecio. Y en vez de tratar de
amigarse, que es lo que deseaba, se dejó llevar por las ganas
de armarla. Y les clavó su famosa mirada que mata.
Finalmente
le vieron. Otra cosa era imposible. Pero Antonio no se amilanó.
Se echó a reír y con gestos de fingidas circunstancias le
invitó a sentarse con ellos. El Jambo rehusó con un ademán
esquivo.
Ella
cruzaba las piernas dejando admirar a la concurrencia el
principio de sus bellos muslos. Tenía un cigarrillo encendido y
movía la mano con elegantes maneras de fumadora. Hablaban entre
ellos, pero Antonio, que no quería perder el contacto con su
proveedor y que estaba muy desinhibido, se decidió a acercarse
al Jambo para limar asperezas.
—Tronco,
siéntate con nosotros. Ya sé que me he enrollado mal, pero...,
ahora me desenrollo, ¿eh? —y le sonrió con picardía y con
su natural forma de ridiculizar el lenguaje macarrilla.
Lo
que verdaderamente animó al Jambo a aceptar fue aquel
relumbrante par de piernas que de medio muslo hasta el zapato
gritaban y gritaban: ¡mirad que par!
Estaba
claro que ya se habían fumado algún canuto porque tenían los
ojos brillantes y estaban muy ocurrentes, que es, mayormente,
para lo que fumaban canutos los intelectuales del rojerío.
Aunque Antonio, como el Jambo, sólo quería ligarse a la chica,
pero por lo fino.
El
Jambo se moría de ganas de decir algo. Algo más que ¡Hug!, o
yo Tarzán, tú Jane. Y así, sentado a su mesa, viendo y oyendo
como Antonio se las daba de yo que sé, porque no entendía nada
de lo que decía pues entre otras cosas hablaban de política,
pero de una política muy rara, que venía en libros que el
vallecano no leía, y que no trataba de la Guerra Civil, ni de
obreros, ni de nada parecido, y que al Jambo le resbalaba un
poco, sinceramente, ese tal Marcuse y otro nombrado que sonaba a
Reich y que según oía había encontrado la verdadera función
del orgasmo solucionando el por qué se follaba tan poco y tan
mal. Y por ello, la nada se apoderó de la faz de vallecano y ni
siquiera atusándose el pelo le cogió tono la expresión de
convidado de piedra, aunque la piedra fuera de hachís.
Un
rato después, los animados contertulios le dieron un repaso a
la situación política. Aquí quiso el Jambo intervenir, a fin
de cuentas, en esa guerra estaba también él, pero el calibre
de la oratoria de Antonio y la teórica sabiduría de su pareja,
le impidieron de nuevo demostrar que él era algo más que un
casual camello malhumorado. Volvió a atusarse el pelo, se dio
tres largos tragos, encendió un celtas emboquillado, pero nada,
nada para llenar tanta ausencia.
Decidió
cambiar de táctica. Desde su obligado puesto de observador hizo
eso mismo en la persona de ella tratando de adivinar lo que había
debajo del ajustado suéter y los insondables misterios que corrían
más allá del principio de sus muslos. Era un truco que le había
enseñado el Rubio, el más afamado ligón de todos sus
conocidos. Un truco para desesperados. Lo último antes de irse
a casa con el rabo entre las piernas —y digo bien—, pero con
la cabeza muy alta. Y así siguió, primero disimuladamente y
luego con descaro, hasta que sus acompañantes se dieron
perfecta cuenta y empezaron a sentirse molestos.
—Parece
que nunca hubieras visto una mujer —le espetó ella muy seria.
—En
las películas —respondió, y sin poderlo remediar soltó una
estúpida risita. Antonio se sonrió por compromiso y se dijo
que era hora de librarse del vallecano.
—Bueno,
muchacho —dijo—, nosotros nos vamos...
—Eso
dijiste antes.
El
Jambo supo que tenía una mala noche. Siempre se da alguna en
cada semana, pero esta era especial. No todas se conocen mujeres
así. Y como viera que se levantaban para irse quiso aclarar
que:
—Creo
que me habéis tomado por lo que no soy. |
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Antonio
se encogió de hombros, ella ni se dignó mirarle mientras
aplastaba el cigarrillo con decisión. El vallecano disparó
entonces su último cartucho:
—Y
en cuanto a ti —y aquí se dirigió a ella—, me hubiera
gustado conocerte en otras circunstancias...
—No
lo dudo —le respondió la chica, relamiéndose de gusto por el
corte.
El
Jambo pareció encajarlo bien. No movió un músculo. El papelón
es el palelón, pero en el pecho le rugía un tigre despechado.
—Hasta
otra, chaval, nos veremos —se despidió Antonio tratando de
aparentar que no le guardaba rencor.
Una
hora después, caminando en dirección a Vallecas, el Jambo seguía
dándole vueltas al asunto. La verdad es que la tipa le había
impresionado. No se puede hacer de un par de horas una historia,
se recriminaba. Probablemente no volverás a verla en tu vida,
pero como estás más solo que la una haces un jarillón[12],
una película. Y es que en el fondo eres un peliculero. Y se cagó
en sus mismos muertos y le dio una patada a una papelera. Que le
dieran cortes le ponía muy agresivo. Sí. Los vallecanos tienen
la estima muy fina y no les gusta que les vacilen excepto con
una guitarra eléctrica.
Se
metió en un bar cerca del Puente. Tenía gusa, hambre, y a todo
el mundo le viene bien un bocata de vez en cuando. Pidió uno de
jamón y una caña. La barra estaba casi vacía. Un grupo de
punkis —adelantados de su época— matando el hambre. Le
largaron algunas miradas hostiles, no por nada, simplemente por
currarse también el papelón. Destacaba una tía de abundantes
carnes que llevaba unos leotardos ajustados que le hacían
parecer bailarina o algo así. Ella le miró desafiante pero al
Jambo le importó un bledo, incluso si se hubiera quitado los
leotardos allí mismo, lo que no era ápice para una pequeña
pero amarga reflexión. Y no era la primera vez: cada vez había
más idiotas. Sí, claro. Todos estamos contra Franco. Hasta los
idiotas[13].
El
Jambo pidió otra caña y luego otra más y luego perdió la
cuenta. A cada cierto tiempo, del grupo de punkis desaparecía
uno camino del servicio que era relevado rápidamente por otro.
Supuso que se estaban dando un chute. Y según esto ocurría
aumentaban sus gritos y sus ademanes agresivos. Lo que fuera que
se estaban metiendo era muy bronquista, aunque a él le tenía
sin cuidado. En una de las miradas que les dirigió, la tía se
le plantó con ganas de jarana:
—¿Qué
miras tú?
Tuvo
por un momento deseos de pasar, de marcharse, salir de naja y se
acabó. Sin embargo, todo el odio que en el fondo les tenía le
vino a la boca en su contestación:
—¡Achanta
la mui[14],
hija de puta!
Y
puso su gran puño obrero cerca de las narices de la jai para
que viera que como ese tenía otro más y que estaba muy
cabreado para aguantar tías con leotardos que no fueran de
primaria.
Sus
compinches dudaron un momento antes de abalanzarse sobre él.
Pudo derribar al primero de un puñetazo, aún colocó una
patada a otro de ellos, pero habían sacado sus cadenas y el
primer cadenazo le cayó en el hombro dejándole privado de toda
fuerza. Otro punki le dio con una botella en la cabeza. Después
le dejaron tirado junto al mostrador y se marcharon. Aún
estaban aprendiendo a ser malos chicos
El
camarero le ayudó a levantarse. Tenía una buena brecha en el
nacimiento del pelo, ¡otra más!. Afortunadamente, las botellas
de cerveza de un tercio no suelen romperse contra la cabeza. Se
lavó la sangre en los servicios. En el suelo, junto al retrete,
había una jeringa desechable. El Jambo no las había visto
nunca. La aguja también estaba manchada de sangre.
No
siguió los consejos del camarero que le indicó la cercanía de
una casa de socorro. Apretándose la frente con un pañuelo y
tras largo caminar llegó al Comunín. Despertó a Perico, quién
además de tener la costumbre de curarle y darle un par de
puntos propuso una razia en tropel de comuneros para ver si los
encontraban. Pero el Jambo sólo quería meterse en la cama.
Antes
de dormir, se sintió deprimido, casi iracundo, que era la forma
en que los malos momentos se manifestaban en él. Iracundo
contra Antonio, contra su bella amiga, y contra él mismo, por
no haber sabido presentarse como otra cosa que no fuera un estúpido
macarra. Estas historietas nunca terminaban bien. Las pajas
mentales, como decía el Perico, sí que son dañinas, ¡y no
las otras!
Y
es que el Jambo padecía desde siempre una absoluta falta de
reconocimiento propio. En el fondo de todas sus aventuras yacía
siempre el no ser quien representaba. Y el papelón de hoy, pese
a que lo bordaba, no era el mejor. Claro que él no quería un
papel de imbécil, pero siempre se le dieron muy bien...
[1]Cierta
cantidad de chocolate, hachís.
[2]Parece
[3]El
otro.
[4]Pelo,
cabellera.
[5]Pillar
es sinónimo de adquirir. Se usa principalmente para comprar
chocolate, costo, hachís.
[6]Estafando.
[7]Tener
compasión.
[8]Mal
tipo.
[9]Chorizo.
Aquí se usa como mala persona.
[10]Negocio.
[11]Cerveza
en el argot carcelario.
[12]De
jari, asunto. Aquí se usa para señalar exageración.
[13]Nada
contra los punkis, era cosa del Jambo. [14]¡Cállate! |