S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-1-

Paisaje nocturno con botellazo

Había caído la noche sobre el bulevar y al trasluz de las farolas municipales, las sombras y las claridades formaban una tétrica composición. Bordeando los agostados jardines, no muy lejos del antiguo edificio de la Falange, caminaba un joven con pasos lentos, casi redondos, envolviéndose en cada uno de ellos con las punteras de sus botas cubanas. Su taconeo, descarnado e inquietante a nadie anunciaba nada.

El joven se apoyó contra una farola despintada y a su luz, la cabellera se le aureoló. Tenía un rostro afilado, duro y patilludo. Fumaba con gestos cansinos aunque no lo estaba, y entre bocanada y bocanada contemplaba sin otro afán el desierto bulevar. Metió luego la mano en uno de los bolsillos de su cazadora de negro cuero y sacó la postura[1] que acababa de pillar. La sopesó con gusto. Se la llevó a la nariz y la olisqueó por enésima vez. Tiró el cigarro y caminó hacia la avenida para buscar un tequi.

No tuvo que esperar mucho. Además conocía al taxista.

—¿Qué pasa, tronco? ¿Dónde vas a estas horas?

—¡Coño! ¡El taxista de los ojos aterciopelados! Pues iba para el centriri.

—Y yo a encerrar, pero siendo tu menda dónde quieras.

—Pues a Libertad.

—¡A ver qué cae!, ¿no?

—Ya ha caído —y le enseñó la china de su comisión.

—Parece de buten.

—Sí, bichela[2] fetén, pero ya veremos.

La ciudad hacia rato que se había acostado y había pocos transeúntes, aunque todos escogidos para ser arropados por el manto de la Luna: estudiantes desvelados, macarras y sus putas, empleados del ayuntamiento regando las calles, guripas haciendo la ronda nocturna con la espalda quebrada por el correaje, estupas, vagabundos, borrachos, viejecitas acurrucadas en los portales, chorizos en todas sus variantes: palanqueros, espadais, sirleros, butroneros. Y también los primeros punkis y otros idiotas.

—Adiós Jambo—se despidió el taxista al que había homenajeado, a su pesar, con un pellizco de la china. Sólo un par de canutos antes de empiltrarse.

El Jambo recorrió sin ninguna prisa los pocos metros que le separaban del pub. Era una costumbre inveterada suya esta de terminar lentamente los últimos pasos de todas sus citas. Debida fundamentalmente a que siempre llegaba pronto a todas ellas. Las causas, bien simples: pocas ocupaciones, mucho entusiasmo, y unas permanentes ganas de menear el rabo[3]. Para un tipo tan apaleado como el Jambo, esta viveza mental y corporal era sorprendente, pero cualquier observador interesado, colegía a las pocas de cambio, que el vallecano tenía bien asentada su vehemencia en una robustez a prueba de bomba y una experiencia en palos de palabra y de obra que se remontaba a la infancia. Iniciaba una temporada buena. Buenas perspectivas que decían los rojos. Había dejado el piso de Nueva Numancia para alojarse, nuevamente por la gracia del Perico, en el Comunín, con habitación propia y todo. Y lo mejor, el Rubio había vuelto de Barcelona, y aunque no dio explicaciones a nadie, a nadie le importó un carajo. El Rubio se acomodó en una habitación del Comunín y reanudó su vida de trompo, su militancia en el PCE y sus envidiables ligues con guiris, en los que estaba especializado, de mismo modo que Perico lo estaba en curritas y el Jambo en bichos raros.

Esta era la vida que al Jambo le gustaba. Vivir rodeado de comunistas, tener ligues ocasionales, sin entregarse mucho, eso decía la menos, y correr lances interesantes contra Franco, siempre contra Franco. Aunque la guerra se había puesto un poco jodida desde que salió de Carabanchel y desde que aquel extraño secreta de la madám le tundiera el cuerpo a culatazos de pusca para luego dejarle libre. Las puñadas de Garcés habían cicatrizado, y aunque Perico decía que el tomo[4] del Jambo era como los bosques del Canada, (muy espeso, pero lleno de calvas como las que la avaricia madedera le producía a los bosques de América del Norte), algo ignoto crecía en el corazón del vallecano. Él no lo sabía todavía, pero allí estaba creciendo, lenta pero inexorablemente. Era miedo, miedo que se tejía en sus órganos y que el Jambo no hubiera nunca reconocido como suyo.

Pero esta noche no era el caso. Esta noche se lo hacía de facilón, pasar por un duro macarra barriobajero, aunque con rojas tonalidades por su condición de obrero, y brillos radicales por las compañías que le gustaban. Y es que, como el Rubio decía, de tanto currarse la página, bordaba el papelón. Además, lo de rojo y radical, lo era por la sangre. Hijo de perdedores que no sólo perdieron en la contienda civil, la propia guerra, sino también la hacienda. Perdedores empobrecidos, humillados, masacrados y saqueados. Y la diferencia entre ser y parecer cuando uno es pobre, rojo, y trabaja en la construcción, aunque se tenga un marcado toque revolucionario, es muy fina, es, a veces, indistinguible. Y además, ¡qué importancia tiene eso! En cualquier caso, aquella noche, el Jambo iba sólo, llevaba costo de encargo, y se dirigía, desde Vallecas, al centro, afán de los afanes de todo enrollado. Tres circunstancias para, como ya hemos dicho, currarse la página con interna alegría y dureza, mucha dureza de puertas afuera. ¡Chachipén, colegas!

El pub estaba concurrido. Le pidió una cerveza a la camarera, aquella camarera cargada de historias y de ojeras. Se apoyó en la barra indolentemente y esperó la llegada de sus amigos, o quizá clientes, a quienes iba destinada la postura. Veinticinco gramitos.

Para el Jambo, esperar era la cosa más insufrible del mundo, precisamente porque se pasaba la vida haciéndolo. Tías, compañeros, troncos, todo el mundo llegaba tarde. Esta vez tuvo suerte. Antonio apareció enseguida. Venía acompañado por una chica. Esto último le daba color al cotarro.

—¿Pillaste[5]? —le preguntó el recién llegado, currante de Artes Gráficas y al que conocía de la guerra, es decir, de la política, o quizá de Comisiones.

—Sí. Nos sentamos ahí y te lo enseñó.

Buscaron un lugar recogido y le mostró la postura. A Antonio le parecía muy poco, que aquello no daba veinticinco gramos ni loco. Tenía razón y por tanto el Jambo se mosqueó.

—¡Pues la próxima te lo pillas tú!

—Bueno, vale —y disimuladamente le pagó—. ¿Cuánto te has quedado?

—Me tengo que buscar la vida, ¿no? —se defendió el Jambo, que sacaba en claro la china que había enseñado al taxista.

—Cuando oigo decir eso de que me tengo que buscar la vida —dijo Antonio con cara de resignación—, sé que me están tangando[6].

Puede que en otro sitio el Jambo se hubiera apiadado de su conocido, puede, pero allí, en el lugar donde la basca menos descansaba de sus papelones, no iba el vallecano a asinar canrea:[7]

—¡Venga hombre! Me vas a hacer llorar.

—Bueno, es igual —se resignó el currante de Artes Gráficas.

El Jambo cambió de táctica. En realidad era por la tía que venía con Antonio.

—Os invito a un par de canutos y en paz. Además..., es lo suyo, tronco, las molestias.

La acompañante de Antonio estaba fuera de lugar allí. Era una guapa de ojos claros que vestía bien. De esas guapas a la primera mirada y a las que los ojos nunca se cansan de ver. Una belleza llena de alma, es decir de inteligencia. Les miraba sin intervenir.

—¿Dónde nos lo hacemos? —quiso saber el Jambo.

En ningún sitio —cortó Antonio que también era un rato largo—, dame un pellizco de lo que te has quedado y nos largamos.

—¡Qué mal rollo tienes, tronco! —le espetó el Jambo que no estaba dispuesto a enseñar la china por nada del mundo, y siguió:

—Ahora va a parecer que soy un flai[8]..., un mangui[9].

—No hombre, no, es que tenemos prisa.

—Sí. Hemos quedado —terció la chica. Y pese al esfuerzo que le supuso intervenir en la discusión, lo hizo con una voz suave pero firme. Una voz que hubiera entonado en cualquier lugar del mundo, bien fruncida con sus ojos grises, casi casi, azules.

Semejante composición arruinó las "perspectivas" que pudiera tener el Jambo para la noche. Belleza, clase, firmeza al hablar, ojos cargados de fuerza, maneras educadas, ropa fina. Imposible que cupiera en cualquiera de las canciones de maldito rock duro vallecano que él conociera. Y cuando una mujer, por muy hermosa que sea, no cabe en tu música, puerta, colega.

—Pues aire... —fue la seca respuesta del Jambo. Por tanto, se hizo el duro y el ofendido. Coincidiendo a pie juntillas con lo que hacen todos los camellos cuando con el debido respeto y sin animo de faltar, se les señala educadamente que nos están estafando.

No sin cierta tensión, la pareja se fue justamente cuando se acercó la camarera.

—Ya nada —le contestó el Jambo a la pregunta de qué iban a tomar.

—No hubo bisnes[10], ¿eh? —dijo la bella y misteriosa empleada con una sonrisa mordaz.

—Aquí no hay más negocio que el vuestro, titi —le cortó. En estas cosas el Jambo no necesitaba ser un experto. Las ojeras de la empleada no eran debidas a su mala salud, sino a las sustancias que se metía en el cuerpo cuando las piernas flaqueaban tras horas y horas de aguantar capullos chistosos, estudiantes de descuidadas y alegres manos, sebosos oficinistas desnortados, y otras faunas grandemente hambrientas de las historias que las grandes ojeras y las no menos grandes dotaciones de la camarera, prometían.

—Tranquilo —le respondió nuestra momentánea protagonista.

—Cóbrame la garimba[11] que me voy.

Hacía frío. El Jambo se subió las solapas de la cazadora y cerró la cremallera. Bueno..., se dijo, cómo estropear una noche sin ni siquiera empezarla.

—Hay que joderse —se recriminó. Luego se lió un canuto según los cánones no ha mucho aprendidos y se sentó a fumarlo en la acera. ¡A ver si se le pasaba el mosqueo! Cuando estuvo completamente enervado, se dio una vuelta por la zona. No por nada, por mirar un poco. Terminó en un pub de la calle Barbieri.

Estaba tomándose una cerveza y sopesando si se iba a dormir cuando los vio sentados y en animada conversación. Antonio y su acompañante y nadie más.

—¡Qué mendas! —susurró con desprecio. Y en vez de tratar de amigarse, que es lo que deseaba, se dejó llevar por las ganas de armarla. Y les clavó su famosa mirada que mata.

Finalmente le vieron. Otra cosa era imposible. Pero Antonio no se amilanó. Se echó a reír y con gestos de fingidas circunstancias le invitó a sentarse con ellos. El Jambo rehusó con un ademán esquivo.

Ella cruzaba las piernas dejando admirar a la concurrencia el principio de sus bellos muslos. Tenía un cigarrillo encendido y movía la mano con elegantes maneras de fumadora. Hablaban entre ellos, pero Antonio, que no quería perder el contacto con su proveedor y que estaba muy desinhibido, se decidió a acercarse al Jambo para limar asperezas.

—Tronco, siéntate con nosotros. Ya sé que me he enrollado mal, pero..., ahora me desenrollo, ¿eh? —y le sonrió con picardía y con su natural forma de ridiculizar el lenguaje macarrilla.

Lo que verdaderamente animó al Jambo a aceptar fue aquel relumbrante par de piernas que de medio muslo hasta el zapato gritaban y gritaban: ¡mirad que par!

Estaba claro que ya se habían fumado algún canuto porque tenían los ojos brillantes y estaban muy ocurrentes, que es, mayormente, para lo que fumaban canutos los intelectuales del rojerío. Aunque Antonio, como el Jambo, sólo quería ligarse a la chica, pero por lo fino.

El Jambo se moría de ganas de decir algo. Algo más que ¡Hug!, o yo Tarzán, tú Jane. Y así, sentado a su mesa, viendo y oyendo como Antonio se las daba de yo que sé, porque no entendía nada de lo que decía pues entre otras cosas hablaban de política, pero de una política muy rara, que venía en libros que el vallecano no leía, y que no trataba de la Guerra Civil, ni de obreros, ni de nada parecido, y que al Jambo le resbalaba un poco, sinceramente, ese tal Marcuse y otro nombrado que sonaba a Reich y que según oía había encontrado la verdadera función del orgasmo solucionando el por qué se follaba tan poco y tan mal. Y por ello, la nada se apoderó de la faz de vallecano y ni siquiera atusándose el pelo le cogió tono la expresión de convidado de piedra, aunque la piedra fuera de hachís.

Un rato después, los animados contertulios le dieron un repaso a la situación política. Aquí quiso el Jambo intervenir, a fin de cuentas, en esa guerra estaba también él, pero el calibre de la oratoria de Antonio y la teórica sabiduría de su pareja, le impidieron de nuevo demostrar que él era algo más que un casual camello malhumorado. Volvió a atusarse el pelo, se dio tres largos tragos, encendió un celtas emboquillado, pero nada, nada para llenar tanta ausencia.

Decidió cambiar de táctica. Desde su obligado puesto de observador hizo eso mismo en la persona de ella tratando de adivinar lo que había debajo del ajustado suéter y los insondables misterios que corrían más allá del principio de sus muslos. Era un truco que le había enseñado el Rubio, el más afamado ligón de todos sus conocidos. Un truco para desesperados. Lo último antes de irse a casa con el rabo entre las piernas —y digo bien—, pero con la cabeza muy alta. Y así siguió, primero disimuladamente y luego con descaro, hasta que sus acompañantes se dieron perfecta cuenta y empezaron a sentirse molestos.

—Parece que nunca hubieras visto una mujer —le espetó ella muy seria.

—En las películas —respondió, y sin poderlo remediar soltó una estúpida risita. Antonio se sonrió por compromiso y se dijo que era hora de librarse del vallecano.

—Bueno, muchacho —dijo—, nosotros nos vamos...

—Eso dijiste antes.

El Jambo supo que tenía una mala noche. Siempre se da alguna en cada semana, pero esta era especial. No todas se conocen mujeres así. Y como viera que se levantaban para irse quiso aclarar que:

—Creo que me habéis tomado por lo que no soy.

Antonio se encogió de hombros, ella ni se dignó mirarle mientras aplastaba el cigarrillo con decisión. El vallecano disparó entonces su último cartucho:

—Y en cuanto a ti —y aquí se dirigió a ella—, me hubiera gustado conocerte en otras circunstancias...

—No lo dudo —le respondió la chica, relamiéndose de gusto por el corte.

El Jambo pareció encajarlo bien. No movió un músculo. El papelón es el palelón, pero en el pecho le rugía un tigre despechado.

—Hasta otra, chaval, nos veremos —se despidió Antonio tratando de aparentar que no le guardaba rencor.

Una hora después, caminando en dirección a Vallecas, el Jambo seguía dándole vueltas al asunto. La verdad es que la tipa le había impresionado. No se puede hacer de un par de horas una historia, se recriminaba. Probablemente no volverás a verla en tu vida, pero como estás más solo que la una haces un jarillón[12], una película. Y es que en el fondo eres un peliculero. Y se cagó en sus mismos muertos y le dio una patada a una papelera. Que le dieran cortes le ponía muy agresivo. Sí. Los vallecanos tienen la estima muy fina y no les gusta que les vacilen excepto con una guitarra eléctrica.

Se metió en un bar cerca del Puente. Tenía gusa, hambre, y a todo el mundo le viene bien un bocata de vez en cuando. Pidió uno de jamón y una caña. La barra estaba casi vacía. Un grupo de punkis —adelantados de su época— matando el hambre. Le largaron algunas miradas hostiles, no por nada, simplemente por currarse también el papelón. Destacaba una tía de abundantes carnes que llevaba unos leotardos ajustados que le hacían parecer bailarina o algo así. Ella le miró desafiante pero al Jambo le importó un bledo, incluso si se hubiera quitado los leotardos allí mismo, lo que no era ápice para una pequeña pero amarga reflexión. Y no era la primera vez: cada vez había más idiotas. Sí, claro. Todos estamos contra Franco. Hasta los idiotas[13].

El Jambo pidió otra caña y luego otra más y luego perdió la cuenta. A cada cierto tiempo, del grupo de punkis desaparecía uno camino del servicio que era relevado rápidamente por otro. Supuso que se estaban dando un chute. Y según esto ocurría aumentaban sus gritos y sus ademanes agresivos. Lo que fuera que se estaban metiendo era muy bronquista, aunque a él le tenía sin cuidado. En una de las miradas que les dirigió, la tía se le plantó con ganas de jarana:

—¿Qué miras tú?

Tuvo por un momento deseos de pasar, de marcharse, salir de naja y se acabó. Sin embargo, todo el odio que en el fondo les tenía le vino a la boca en su contestación:

—¡Achanta la mui[14], hija de puta!

Y puso su gran puño obrero cerca de las narices de la jai para que viera que como ese tenía otro más y que estaba muy cabreado para aguantar tías con leotardos que no fueran de primaria.

Sus compinches dudaron un momento antes de abalanzarse sobre él. Pudo derribar al primero de un puñetazo, aún colocó una patada a otro de ellos, pero habían sacado sus cadenas y el primer cadenazo le cayó en el hombro dejándole privado de toda fuerza. Otro punki le dio con una botella en la cabeza. Después le dejaron tirado junto al mostrador y se marcharon. Aún estaban aprendiendo a ser malos chicos

El camarero le ayudó a levantarse. Tenía una buena brecha en el nacimiento del pelo, ¡otra más!. Afortunadamente, las botellas de cerveza de un tercio no suelen romperse contra la cabeza. Se lavó la sangre en los servicios. En el suelo, junto al retrete, había una jeringa desechable. El Jambo no las había visto nunca. La aguja también estaba manchada de sangre.

No siguió los consejos del camarero que le indicó la cercanía de una casa de socorro. Apretándose la frente con un pañuelo y tras largo caminar llegó al Comunín. Despertó a Perico, quién además de tener la costumbre de curarle y darle un par de puntos propuso una razia en tropel de comuneros para ver si los encontraban. Pero el Jambo sólo quería meterse en la cama.

Antes de dormir, se sintió deprimido, casi iracundo, que era la forma en que los malos momentos se manifestaban en él. Iracundo contra Antonio, contra su bella amiga, y contra él mismo, por no haber sabido presentarse como otra cosa que no fuera un estúpido macarra. Estas historietas nunca terminaban bien. Las pajas mentales, como decía el Perico, sí que son dañinas, ¡y no las otras!

Y es que el Jambo padecía desde siempre una absoluta falta de reconocimiento propio. En el fondo de todas sus aventuras yacía siempre el no ser quien representaba. Y el papelón de hoy, pese a que lo bordaba, no era el mejor. Claro que él no quería un papel de imbécil, pero siempre se le dieron muy bien...

[1]Cierta cantidad de chocolate, hachís.

 [2]Parece

 [3]El otro.

 [4]Pelo, cabellera.

 [5]Pillar es sinónimo de adquirir. Se usa principalmente para comprar chocolate, costo, hachís.

 [6]Estafando.

 [7]Tener compasión.

 [8]Mal tipo.

 [9]Chorizo. Aquí se usa como mala persona.

 [10]Negocio.

 [11]Cerveza en el argot carcelario.

 [12]De jari, asunto. Aquí se usa para señalar exageración.

 [13]Nada contra los punkis, era cosa del Jambo.

 [14]¡Cállate!