La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
|
-2- De cómo los grises hacen del Jambo un héroe |
|
El
Rubio se estaba duchando entre el fragor del agua siempre tibia
y su atronadora voz escasamente afinada. Se estaba maqueando de
lo lindo, había quedado con la americana, su último ligue, y
quería causarle la misma buena impresión que hasta la
presente. ¡Ingenuo!
Para
ello se había afeitado a conciencia y se había lavado la
cabeza con un champú que le había mangado a otro comunero. El
Jambo también estaba en el ajo. A cambio de prestarle al Rubio
su mejor cazadora, éste le había pedido a su novia americana
que se llevara otra amiga guiri, de forma que estaban citados
con ellas en Atocha. Esto, en cierto modo, tenía molesto al
Rubio, poco amigo de compartir nada que tuviera que ver con
mujeres, aunque fuesen las amigas de una amiga, pero la cazadora
le sentaba fetén, el Jambo era su muy amado tronco y todo tiene
un precio en la vida. Así es que el Jambo también se acicalaba
frente al espejo tratando de ordenar su pelo ya un poco largo y
de disimular en lo posible la fea cicatriz a medio curar que le
había quedado de su bronca nocturna. De este asunto hubo de dar
algunas explicaciones en el Comunín, donde la vida de cada
comunero era un poco la vida de todos, pero en un lugar donde se
apuchelaba, se vivía, intensamente —como en el Pozo—, las
historias se perdían prontamente al hilo de otras nuevas.
No
tenía el Jambo el ánimo muy jacarandoso, ni estaba en su mente
la posibilidad de tirarse a una yanqui —estadísticas
cantan—, pero impenitente trotacalles, sentía en el cuerpo la
llamada de la jungla del asfalto y a ella respondía
afirmativamente, como era su norma y la de todos los comuneros
que en el Pozo fueron: ¡había que intentarlo!
—Pareces
una lumi —le dijo a su amigo cuando camino de la parada de la
garrula[1]
le olió—, ¡vaya peste!
—¡Peste
la que echo cuando salgo de la obra! —le cortó el Rubio.
—Es
chachi —reconoció.
Ya
en Atocha se tomaron un café en Deva. Era Viernes por la tarde
y la cosa estaba animada. Obreritas en busca de novio,
macarrillas en manada camino de la discoteca y horteras varios
entremezclados con obreros recién salidos del tajo y con pelas
en el bolsillo. También había grises paseando arriba y abajo
pues la Junta Democrática tenía convocada jornada de protesta.
Las
americanas tardaban y el Rubio se estaba poniendo de mal humor.
Por un lado estaban invitados a un comando en el Puente y faltar
a estas cosas siempre traía remordimientos, al menos para el
Rubio, y por otro las yanquis se retrasaban. Repentinamente se
oyeron grandes voces. Calle Atocha abajo venía un tropel de
gente pidiendo amnistía y libertad entre carreras y sofocos. Lo
encabezaban Torres y Agustín, dos ferrallas de Comisiones. Un
poco a la zaga los grises ponían a prueba los nuevos materiales
antidisturbios. Se asomaron a las cristaleras, sonaron varios
estampidos y la gente, manifestantes o no, se abalanzó a las
bocas del metro y a los bares. Botes de humo —toda una
novedad— cayeron cerca de la fuente. El Jambo le dio un codazo
al Rubio:
—Tus
americanas se habrán dado media vuelta.
El
bar se había llenado de gente temerosa. Había quien
pretendiendo disimular, pedía a toda prisa una caña, y había
incluso quienes querían seguir la protesta desde dentro, con
gran enojo de los camareros.
—Todavía
nos van a marar —exclamó el Rubio viendo el cariz que tomaba
el asunto.
—¿Nos
piramos?
—¿Y
las troncas? —se preguntó el Rubio.
—A
ver si nos van a dar de palos como a unos gilipollas por tus
yanquis.
Ahora
resulta que las yanquis era sólo del Rubio.
—No
sé —respondió éste, dudando entre el deber rojeril, la
carne yanqui prometida, y el puro y simple acojono que daban las
grises amenazas.
Tampoco
tuvieron que decidir, una pelota de goma atravesó limpiamente
los ventanales yendo a estrellarse contra la mampara de las
botellas entre estallidos de cristales y licor. La gente se
arrojó al suelo. Los grises abrieron las puertas y ordenaron
desalojar. Las voces las daba un sargento gigantón con un
bigote espeluznante.
Según
salían los iban aporreando.
El
Jambo buscó a su amigo, pero se había esfumado. Al levantar la
vista un poco más, el corazón le dio un vuelco. ¡Allí estaba
ella, la amiga de Antonio!, con la cara demudada por el miedo y
buscando una forma de escapar de las porras y culatazos. El
Jambo nunca pudo explicarse por qué reaccionó así. Apartó a
la gente a codazos, cogió una silla y la estampó contra una de
las ventanas al otro lado de los grises, luego, y sin más
explicaciones, tomó fuertemente la mano de ella y la obligó a
saltar hacia la calle. Otros les imitaron. Corrieron por la
calle Drumen. Él casi la arrastraba. |
|
Cerca
de la Ronda de Valencia se detuvieron exhaustos. Ella le
reconoció entonces.
—Perdona
los modales —se excusó el Jambo sin necesidad.
—No
importa —le contestó tras una pausa para el resuello.
—Alejémonos
otro poco —le pidió el Jambo.
—Caminaron
parejos sin hablar, aún estaba pálida. El Jambo le ofreció un
rubio.
—Te
invito a un café —dijo cuando pasaron por uno.
Se
sentaron en una mesa. Estaba hermosa, con las mejillas
sonrosadas y el pelo un poco desordenado. Tenía un tono castaño
con reflejos rubios. Ella se encontraba perpleja por la rapidez
con que había ocurrido todo, casi no podía enjuiciar la
situación. Todos los días no la salvaban a una de ser
apaleada.
—Vaya
follón, ¿eh? —comentó el Jambo por decir algo.
—Son
unos bestias.
—Para
eso les pagan.
Esta
observación no le gustó a ella que militaba en un grupo
izquierdista. Suponía que su salvador era de los suyos, de
alguna otra tribu, pero de los suyos. Aunque su aspecto
barriobajero la intimidaba.
—¿Estabas
de paso o participabas? —se atrevió a preguntar.
—Esperaba
a unas amigas.
—Ah...
—¿Y
tú? —quiso saber el Jambo.
—Yo
participaba —afirmó con decisión.
—Eso
está bien.
Sorbieron
el café pausadamente, llenando el tiempo muerto con los tragos.
Apenas habían terminado los pitillos anteriores y ya
encendieron otros.
—Supongo
que tendrás que volver —dijo ella.
—¿A
dónde?
—¿No
estabas esperando a unas amigas?
—Sí,
pero no voy a volver. Esta todo perdido.
Ella
no entendió muy bien lo que quería decir. Se sentía confusa
en su presencia. No se le había olvidado la otra noche en el
pub donde tan mal le había caído. Decidió limar asperezas.
—Realmente
eres una persona desconcertante.
—Es
posible, pero quizá es cosa de ambientes —se defendió él.
—Es
curiosidad, no me interpretes mal.
—No,
si no me importa... Soy como soy.
—¿Y
cómo eres?, ¿cómo se ve? —y esbozó una sonrisa irónica.
—¿Tan
mal me ves?
—La
verdad es que tengo referencias muy dispares. En el pub me
pareciste un insoportable macarra, casi un hampón.
—¿Del
hampa? —se rió él por lo despistada que iba.
—Algo
así.
—Y
todo por una posturita[2]
de chocolate... —se quejó el Jambo—. Un favor que le hice a
tu amigo Antonio, o a los dos.
—No,
no. Por tu comportamiento —precisó ella.
—Ya
te he dicho que eso depende de ambientes.
—Eso
es precisamente lo que me temo.
—¡Vaya!
—reconoció el Jambo—. Me has llevado al huerto.
—¿Qué
huerto? Si el ambiente en que vives es así, mejor harás en
salirte de él.
—¿Es
un consejo de burguesita? —contraatacó el Jambo con cierta
irritación—. Porque... |
|
—Mira,
déjate de pamplinas —le cortó ella—. La incultura, la
ignorancia, el mal trato a las gentes, porque no quiero decir
mala educación para que no suene a burgués, el mal trato
repito, nunca harán de nadie nada bueno y menos algo que pueda
interesar a cualquier persona medianamente sensata.
El
derrotero que tomaba la conversación producía en el Jambo dos
efectos distintos y contrarios. Por un lado reafirmaba sus
convicciones obreristas, él era como era porque pertenecía a
la clase obrera, ¡y punto! Y por otro lado no encontraba manera
de contarle su vida, de hacerle comprender que Vallecas, el
Pozo, eran otra cosa. Que no era cuestión de hampas y chorradas
semejantes, que se estaba confundiendo.
—Mira
hermosa, soy un currante, trabajo de trompo en la Constru y vivo
en el Pozo. Eso marca.
No
sabía lo que era un trompo.
—Peón
de albañil. Todo el día dando vueltas de un lado para otro,
pero siempre con algo a cuestas. ¿Y qué?, ¿tienes algo contra
ellos?
—¿Yo?,
nada, al contrario, tengo las ideas muy claras a ese respecto.
—Ya,
pero no tendrías un novio albañil.
—Lo
de novio ya no se lleva.
—¿Y
lo de albañil?
—¿Por
qué no? No todos serán como tú. —Y era un golpe bajo.
El
Jambo meditó un momento antes de decir nada. Por ahí no íbamos
a ninguna parte. Ella apagó el cigarro de una forma que parecía
indicar que tenía que irse a alguna parte. El decidió atacar a
fondo.
—¿Saldrías
tú conmigo?
—Mucho
tendrías que cambiar.
—Ya...
Volvemos a lo de siempre —y al Jambo se le puso una cara muy
rara.
—Escucha,
muchachito —se explicó ella—, no me gustan tus ademanes, ni
tu aspecto, aunque eso no es determinante para que yo me
relacione con un hombre.
La
palabra hombre, en su boca, le pareció al Jambo superior a su
persona. Y ella siguió:
—Pero
menos me gusta lo que vislumbro bajo tu cabellera — y señaló
su cicatriz.
—¿Qué
dices? —se sorprendió el Jambo—. ¡Explícate mejor!
—Me
da la impresión, y perdona, que tienes ideas preconcebidas
sobre las mujeres, que adoptas una pose con ellas. Y lo siento
mucho, el hecho de que me hayas ayudado no te da ningún derecho
sobre mí.
—Vaya
pico de oro que tienes —es lo único que le salió a él.
—¿Me
has entendido, verdad?
—Sí,
sí. Aunque eso me aleja de ti un montón de kilómetros. En
cualquier caso no te tendré en cuenta nada de lo que me has
dicho, primero porque me gustas y segundo porque no es como tú
lo cuentas.
Ella
decidió cortar por lo sano.
—Bueno
—y consultó su reloj—, tengo que irme.
—¿Te
volveré a ver?
—Sí...,
algún día nos veremos por ahí..
[1]Autobús
suburbano.
[2]Algunos
gramos. |