S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-2-

De cómo los grises hacen del Jambo un héroe

El Rubio se estaba duchando entre el fragor del agua siempre tibia y su atronadora voz escasamente afinada. Se estaba maqueando de lo lindo, había quedado con la americana, su último ligue, y quería causarle la misma buena impresión que hasta la presente. ¡Ingenuo!

Para ello se había afeitado a conciencia y se había lavado la cabeza con un champú que le había mangado a otro comunero. El Jambo también estaba en el ajo. A cambio de prestarle al Rubio su mejor cazadora, éste le había pedido a su novia americana que se llevara otra amiga guiri, de forma que estaban citados con ellas en Atocha. Esto, en cierto modo, tenía molesto al Rubio, poco amigo de compartir nada que tuviera que ver con mujeres, aunque fuesen las amigas de una amiga, pero la cazadora le sentaba fetén, el Jambo era su muy amado tronco y todo tiene un precio en la vida. Así es que el Jambo también se acicalaba frente al espejo tratando de ordenar su pelo ya un poco largo y de disimular en lo posible la fea cicatriz a medio curar que le había quedado de su bronca nocturna. De este asunto hubo de dar algunas explicaciones en el Comunín, donde la vida de cada comunero era un poco la vida de todos, pero en un lugar donde se apuchelaba, se vivía, intensamente —como en el Pozo—, las historias se perdían prontamente al hilo de otras nuevas.

No tenía el Jambo el ánimo muy jacarandoso, ni estaba en su mente la posibilidad de tirarse a una yanqui —estadísticas cantan—, pero impenitente trotacalles, sentía en el cuerpo la llamada de la jungla del asfalto y a ella respondía afirmativamente, como era su norma y la de todos los comuneros que en el Pozo fueron: ¡había que intentarlo!

—Pareces una lumi —le dijo a su amigo cuando camino de la parada de la garrula[1] le olió—, ¡vaya peste!

—¡Peste la que echo cuando salgo de la obra! —le cortó el Rubio.

—Es chachi —reconoció.

Ya en Atocha se tomaron un café en Deva. Era Viernes por la tarde y la cosa estaba animada. Obreritas en busca de novio, macarrillas en manada camino de la discoteca y horteras varios entremezclados con obreros recién salidos del tajo y con pelas en el bolsillo. También había grises paseando arriba y abajo pues la Junta Democrática tenía convocada jornada de protesta.

Las americanas tardaban y el Rubio se estaba poniendo de mal humor. Por un lado estaban invitados a un comando en el Puente y faltar a estas cosas siempre traía remordimientos, al menos para el Rubio, y por otro las yanquis se retrasaban. Repentinamente se oyeron grandes voces. Calle Atocha abajo venía un tropel de gente pidiendo amnistía y libertad entre carreras y sofocos. Lo encabezaban Torres y Agustín, dos ferrallas de Comisiones. Un poco a la zaga los grises ponían a prueba los nuevos materiales antidisturbios. Se asomaron a las cristaleras, sonaron varios estampidos y la gente, manifestantes o no, se abalanzó a las bocas del metro y a los bares. Botes de humo —toda una novedad— cayeron cerca de la fuente. El Jambo le dio un codazo al Rubio:

—Tus americanas se habrán dado media vuelta.

El bar se había llenado de gente temerosa. Había quien pretendiendo disimular, pedía a toda prisa una caña, y había incluso quienes querían seguir la protesta desde dentro, con gran enojo de los camareros.

—Todavía nos van a marar —exclamó el Rubio viendo el cariz que tomaba el asunto.

—¿Nos piramos?

—¿Y las troncas? —se preguntó el Rubio.

—A ver si nos van a dar de palos como a unos gilipollas por tus yanquis.

Ahora resulta que las yanquis era sólo del Rubio.

—No sé —respondió éste, dudando entre el deber rojeril, la carne yanqui prometida, y el puro y simple acojono que daban las grises amenazas.

Tampoco tuvieron que decidir, una pelota de goma atravesó limpiamente los ventanales yendo a estrellarse contra la mampara de las botellas entre estallidos de cristales y licor. La gente se arrojó al suelo. Los grises abrieron las puertas y ordenaron desalojar. Las voces las daba un sargento gigantón con un bigote espeluznante.

Según salían los iban aporreando.

El Jambo buscó a su amigo, pero se había esfumado. Al levantar la vista un poco más, el corazón le dio un vuelco. ¡Allí estaba ella, la amiga de Antonio!, con la cara demudada por el miedo y buscando una forma de escapar de las porras y culatazos. El Jambo nunca pudo explicarse por qué reaccionó así. Apartó a la gente a codazos, cogió una silla y la estampó contra una de las ventanas al otro lado de los grises, luego, y sin más explicaciones, tomó fuertemente la mano de ella y la obligó a saltar hacia la calle. Otros les imitaron. Corrieron por la calle Drumen. Él casi la arrastraba.

Cerca de la Ronda de Valencia se detuvieron exhaustos. Ella le reconoció entonces.

—Perdona los modales —se excusó el Jambo sin necesidad.

—No importa —le contestó tras una pausa para el resuello.

—Alejémonos otro poco —le pidió el Jambo.

—Caminaron parejos sin hablar, aún estaba pálida. El Jambo le ofreció un rubio.

—Te invito a un café —dijo cuando pasaron por uno.

Se sentaron en una mesa. Estaba hermosa, con las mejillas sonrosadas y el pelo un poco desordenado. Tenía un tono castaño con reflejos rubios. Ella se encontraba perpleja por la rapidez con que había ocurrido todo, casi no podía enjuiciar la situación. Todos los días no la salvaban a una de ser apaleada.

—Vaya follón, ¿eh? —comentó el Jambo por decir algo.

—Son unos bestias.

—Para eso les pagan.

Esta observación no le gustó a ella que militaba en un grupo izquierdista. Suponía que su salvador era de los suyos, de alguna otra tribu, pero de los suyos. Aunque su aspecto barriobajero la intimidaba.

—¿Estabas de paso o participabas? —se atrevió a preguntar.

—Esperaba a unas amigas.

—Ah...

—¿Y tú? —quiso saber el Jambo.

—Yo participaba —afirmó con decisión.

—Eso está bien.

Sorbieron el café pausadamente, llenando el tiempo muerto con los tragos. Apenas habían terminado los pitillos anteriores y ya encendieron otros.

—Supongo que tendrás que volver —dijo ella.

—¿A dónde?

—¿No estabas esperando a unas amigas?

—Sí, pero no voy a volver. Esta todo perdido.

Ella no entendió muy bien lo que quería decir. Se sentía confusa en su presencia. No se le había olvidado la otra noche en el pub donde tan mal le había caído. Decidió limar asperezas.

—Realmente eres una persona desconcertante.

—Es posible, pero quizá es cosa de ambientes —se defendió él.

—Es curiosidad, no me interpretes mal.

—No, si no me importa... Soy como soy.

—¿Y cómo eres?, ¿cómo se ve? —y esbozó una sonrisa irónica.

—¿Tan mal me ves?

—La verdad es que tengo referencias muy dispares. En el pub me pareciste un insoportable macarra, casi un hampón.

—¿Del hampa? —se rió él por lo despistada que iba.

—Algo así.

—Y todo por una posturita[2] de chocolate... —se quejó el Jambo—. Un favor que le hice a tu amigo Antonio, o a los dos.

—No, no. Por tu comportamiento —precisó ella.

—Ya te he dicho que eso depende de ambientes.

—Eso es precisamente lo que me temo.

—¡Vaya! —reconoció el Jambo—. Me has llevado al huerto.

—¿Qué huerto? Si el ambiente en que vives es así, mejor harás en salirte de él.

—¿Es un consejo de burguesita? —contraatacó el Jambo con cierta irritación—. Porque...

—Mira, déjate de pamplinas —le cortó ella—. La incultura, la ignorancia, el mal trato a las gentes, porque no quiero decir mala educación para que no suene a burgués, el mal trato repito, nunca harán de nadie nada bueno y menos algo que pueda interesar a cualquier persona medianamente sensata.

El derrotero que tomaba la conversación producía en el Jambo dos efectos distintos y contrarios. Por un lado reafirmaba sus convicciones obreristas, él era como era porque pertenecía a la clase obrera, ¡y punto! Y por otro lado no encontraba manera de contarle su vida, de hacerle comprender que Vallecas, el Pozo, eran otra cosa. Que no era cuestión de hampas y chorradas semejantes, que se estaba confundiendo.

—Mira hermosa, soy un currante, trabajo de trompo en la Constru y vivo en el Pozo. Eso marca.

No sabía lo que era un trompo.

—Peón de albañil. Todo el día dando vueltas de un lado para otro, pero siempre con algo a cuestas. ¿Y qué?, ¿tienes algo contra ellos?

—¿Yo?, nada, al contrario, tengo las ideas muy claras a ese respecto.

—Ya, pero no tendrías un novio albañil.

—Lo de novio ya no se lleva.

—¿Y lo de albañil?

—¿Por qué no? No todos serán como tú. —Y era un golpe bajo.

El Jambo meditó un momento antes de decir nada. Por ahí no íbamos a ninguna parte. Ella apagó el cigarro de una forma que parecía indicar que tenía que irse a alguna parte. El decidió atacar a fondo.

—¿Saldrías tú conmigo?

—Mucho tendrías que cambiar.

—Ya... Volvemos a lo de siempre —y al Jambo se le puso una cara muy rara.

—Escucha, muchachito —se explicó ella—, no me gustan tus ademanes, ni tu aspecto, aunque eso no es determinante para que yo me relacione con un hombre.

La palabra hombre, en su boca, le pareció al Jambo superior a su persona. Y ella siguió:

—Pero menos me gusta lo que vislumbro bajo tu cabellera — y señaló su cicatriz.

—¿Qué dices? —se sorprendió el Jambo—. ¡Explícate mejor!

—Me da la impresión, y perdona, que tienes ideas preconcebidas sobre las mujeres, que adoptas una pose con ellas. Y lo siento mucho, el hecho de que me hayas ayudado no te da ningún derecho sobre mí.

—Vaya pico de oro que tienes —es lo único que le salió a él.

—¿Me has entendido, verdad?

—Sí, sí. Aunque eso me aleja de ti un montón de kilómetros. En cualquier caso no te tendré en cuenta nada de lo que me has dicho, primero porque me gustas y segundo porque no es como tú lo cuentas.

Ella decidió cortar por lo sano.

—Bueno —y consultó su reloj—, tengo que irme.

—¿Te volveré a ver?

—Sí..., algún día nos veremos por ahí..

[1]Autobús suburbano.

[2]Algunos gramos.