La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-3- El viejo lerruxista, la furcia, y otra jornada heroica |
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La
obra donde trabajaba el Jambo estaba muy cerca de la sierra y
por las mañanas soplaba un viento seco pero frío. El Jambo
tiritaba bajo su escuálido mono. La funda del... como dicen
todos los currantes. Se hallaba limpiando cercos en una obra
casi acabada de una futura industria cerca de la Nacional Uno.
Para combatir el frío prendía a cada rato sacos de cemento vacíos.
Era un instante de luz verdosa para calentar los pies y las
manos. Luego, la tiritera seguía pertinaz como la famosa sequía.
Aquella corriente le estaba matando. Los cristaleros todavía no
habían hecho su aparición en la obra. Consultó su reloj.
Quedaban varias horas hasta la una. Tampoco podía quejarse,
peor era picar al raso, como hasta hacía unos días había
estado haciendo. Era el aire, ese aire serrano.
El
Pertur, un ayudante de albañil, también vallecano, vino a
visitarle. Había dejado la hormigonera a la buena de Dios, y
frotándose las manos le saludó con cara de conspiración.
—¿Qué
pasa tío? —dijo, y mirando a ambos lados siguió:
—Esta
noche en ca Benito —se refería a una reunión de Comisiones
Obreras—. Nos vamos a reunir todos los de Vallecas y van a
venir el Maca y otros de la Delegada, ya sabes, hay que preparar
una respuesta a la escalada de la represión. Se refería a la
sentencias de pena de muerte para unos patriotas vascos y otros
revolucionarios del FRAP[1].
Y aunque en comisiones se cuidaba mucho el lenguaje y la
distancia política con lo que se calificaba de terrorismo desde
la bomba de la cafetería Rolando, el sindicato no podía
permanecer ajeno a estos sucesos
—Vale.
—¿Qué
pasa?, te veo con mala cara...
—Una
tía —se sinceró el Jambo.
—Chungo,
tronco, chungo. ¿Quieres un truja?
—Trae.
Se
sentaron sobre el plastón y prendieron fuego a un par de sacos,
pero se consumían tan rápido...
—Vaya
corte que le ha dado Ramón al encargado —mencionó el Pertur.
—¿Ah,
sí?
Se
trataba de un viejo peón a punto de jubilarse.
—Pues
sí. Iba el pobre con un saco de escayola al hombro, ya sabes lo
cascado que está, cuando se acerca el encargado y le dice: ¿Oye
Ramón, no tienes otro paso? Porque iba muy despacio. Y entonces
Ramón le responde sin alterarse:
—Tengo
otro, pero es más lento.
—Qué
cojonudo...
—Bueno,
¿Y esa tía, qué?
—Nada,
una plumífera[2]
que me ligué en una mani[3].
—¿Del
Partido? —preguntó el Pertur, para quién todos los buenos
militaban en el PCE o simpatizaban, y el resto gente sin
importancia.
—No
sé, de la guerra sí es.
—¿Chachi,
no?
—¿Y
a mí qué más me da?
—Nada,
compañero, era para saber si era una tía legal.
—Si
te dijera que me toma por un camello, ¿qué pensarías?
—Que
debe tener sus razones.
—Ole
tus cojones... Con razón te llaman el Perturbado.
—No
te mosquees, tronco, ¿qué pasa?, ¿que te duele que la tipa se
confunda?
—¡Claro!
A mí me gusta.
—¿A
ti?, ¿pero si tú eres un ligón?
—Corta
el rollo...
Se
oyeron pasos.
—¡Agua[4]!,
que viene el Bigotes. |
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El
Bigotes era un hombrón de poblado mostacho que se calzaba el
casco blanco ladeado como si fuera una boina. Tenía fama de
malas pulgas pero con los de Vallecas tenía sus miras, no en
vano también él era del barrio.
—¡Qué
leches haces tú aquí! —le espetó al Pertur.
—¡Para
el carro, Manuel! —se defendió éste—. Que yo soy enlace
sindical y estoy tratando con este compañero sus problemas
laborales.
—¿Y
a ti qué te pasa? —le preguntó el Bigotes al Jambo.
—Que
me duelen los huevos de pasar calamidades por cuatro gordas
—se disparó éste con muy mal humor.
—¡Pues
ahí tienes la puerta! —le respondió el Bigotes no menos
acalorado—. ¡Carretera y manta!
—Tranquilo
—dijo el Pertur—. Ya me voy. Bueno, compañero —añadió
dirigiéndose al Jambo—, lo dicho.
—Y
tú, vuelve al trabajo —le ordenó el Bigotes al Jambo.
—Vale,
vale, no me des la barrila[5],
¿qué te crees que eres, el gachó de la cobai[6]?.
El
resto de la mañana se le hizo insoportable, entre el mal humor
y que la hora de la comida no llegaba nunca.
—¡Maldita
sea! —se decía—. ¿Por qué tengo que estar mosqueado yo
por esa gil? ¡Ni que fuera Sofía Loren! Aunque..., buena sí
está, ¡coño!
Cuando
sonó la campana, tiró la espátula a un rincón y saliendo por
una celosía a medio terminar se descolgó ágilmente por un
pajaritero[7]
que usaban para limpiar con vinagre el ladrillo visto.
Fue
de los primeros en sentarse en las mesas del quiosco del tío Pío,
también es verdad que era el más flaco de todos los
concurrentes.
—¡Tío!
—bromeaban los compañeros—. Para comer si que eres ligero.
—Y
no corras... —terciaba invariablemente mientras le metía mano
a las judías que la Asun —una furcia madura de origen sureño
que también oficiaba de camarera en el quiosco del tío Pío—
acababa de traerle.
La
Asun era un caso. A eso de las once se llegaba de Madrid,
despertaba al tío Pío y lo levantaba o se metía con él en la
cama, según los casos. Le daba dos papirotazos al mostrador
para quitarle el polvo, subía los contrafuertes y con gran
parsimonia se servía un café puro que era lo único que le
admitía el cuerpo a esas horas mientras aguardaba indolente la
llegada de los camioneros, los albañiles, ferrallas y
carpinteros de las obras cercanas, y hasta la pareja de
picoletos.
La
Asun tenía un problema, una hija en el oficio que se había
enredado con un chulo de tres al cuarto en vez de hacerle mimos
a un camionero de Toledo que se la quería llevar de regenta a
un puticlub que el mencionado pensaba abrir en la Nacional
Cuatro, cerca de Bailén.
—Si
es que no hay quien haga carrera de esta hija mía —le repetía
a todo el que quisiera escucharla. Y había muchos dispuestos.
—¡Asun!
Deja de llorar y tráeme las sardinas —graznó el Jambo al que
le gustaba mantener cierto tira y afloja dialéctico con ella.
—Pues
anda hijo..., ¡vaya exigencias! A ver si te crees que estás en
el "Riz".
—¡Eh,
tío Pío! —le decían los clientes al dueño del quiosco,
viejo lerruxista que por insondables destinos de la vida había
terminado rigiendo un destartalado quiosco a la vera de la
carretera de Burgos—. ¡Venga ese vino!
—Esos
se creen que tengo cuatro piernas —murmuraba el viejo sin
acelerar para nada su templado ritmo.
—Te
tienes que jubilar ya, tío Pío —le decían los parroquianos
adosados al estrecho mostrador.
—¿Jubilarme?,
¡quia! Estoy en la plenitud de la vida. Esta mañana sin ir más
lejos se la he metido a la Asun, y cuando ya se iba a levantar
voy y le digo: No te subas las bragas que te voy a echar otro.
Vamos, como en mis años mozos.
—Anda,
ya... —se reían todos. Y de reojo le largaban ávidas miradas
al orondo trasero de la Asun, quién, profesional al fin y al
cabo, cogía todas sus citas para después de la faena.
La
hora de pagar era una lotería, lo mismo cien pesetas, que
ciento cincuenta que no llegaba a veinte duros. La Asun no
cobraba, lo de los números no lo llevaba bien. Y el tío Pío
hacía unas raras cuentas en el mostrador que no hubieran
resistido la revisión del peón más torpe. |
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En
una ocasión en que el tío Pío estaba malo y se encontraba en
cama en el cuartucho anexo al quiosco, la pobre Asun se las vio
y se las deseó para servir al personal y cobrarles.
—Hoy
me tenéis que ayudar con las cuentas, pero sin trampas. ¿eh?
—les decía a los comensales.
Y
en el ambiente se fue dejando caer cierta algarabía, pues la
ausencia del tío Pío les hacía más atrevidos.
—A
ti te ayudo en lo que quieras, chati —dijo riéndose el Jambo.
—¡Mira
el niño! —se desternilló la Asun.
—También
le pica —dijo un albañil entre grandes risotadas.
Y
un carpintero se puso el martillo entre las piernas y oscilándolo
obscenamente le soltó a la Asun:
—¡Tú
te conformabas con menos!, ¿eh?
Esto
no le gustó nada a la Asun que le soltó una andanada de
insultos de tal calibre que el tío Pío, que no tenía un pelo
de tonto, se levantó de la cama y saliendo enfundado en una
vieja y roída bata de guatiné les largó una parrafada sobre
el respeto:
—¡Como
si fuera yo, tenéis que tratarla!
—Vale,
tranquilo, tío Pío —se disculparon.
Pero
al Jambo le quedó un cierto mal sabor de boca, y por eso mismo
aquella tarde al chapar la tarea, en vez de tomar el autobús a
la plaza Castilla como habitualmente, cruzó la carretera y se
dirigió al quiosco del tío Pío con ánimo de pedirle
disculpas a la Asun, pues entre toda la moralina marxista de que
se preciaba, el no pasarse con la gente que curra tenía
importante lugar. O al menos eso quería creerse.
El
quiosco estaba vacío y la Asun dormitaba al resguardo del
brasero.
—Hola
Asun.
—¡Niño!
—se sorprendió ella.
—Mira,
Asun, que..., yo, pues..., que quería disculparme contigo. Que
no me gusta hacer el patoso.
—Nada,
no ha pasado nada. Una ya está acostumbrada.
—Pues
eso.
Y
ya se disponía el Jambo a marcharse, cuando la Asun, que se
encontraba muy aburrida al sofocante abrigo del brasero, le
espetó:
—Oye,
niño, ¿tú me ves a mi guapa?
Si
algo odiaba el Jambo, como todo madrileño, era cortarse.
—Hombre...,
no estás mal —y dicho así era verdad.
—¿Y
te gustaría? — Y la Asun se recorrió la cadera con la mano.
—No
llevo nada —se disculpó el Jambo, náufrago de un torrente de
emociones contradictorias.
—Me
pagas otro día —dijo ella cerrándole todos los caminos.
—Pero,
Asun, si yo no venía a eso.
—¿Qué
pasa?, ¿que yo no te gusto?
—No
hombre..., es que, ¿aquí?...
—El
tío Pío está dormido. Pasa que echo el cierre.
—Que
no, Asun, que me corta a mi esto —se defendió el Jambo.
—Anda,
niño, que te voy a dar mucho gusto —y se llevó una mano al
pecho.
El
Jambo se encontró a sí mismo al otro lado del mostrador. Asun
bajó los contrafuertes y el interior quedó en la penumbra
rojiza que daba el brasero.
—Venga,
niño, extiende esa manta en el suelo —le susurró la Asun—.
Pues si que eres tú parado para esto.
Anda,
jódete, pensó el Jambo.
La
Asun se estaba desabrochando la blusa por debajo del jersey, a
continuación y con toda naturalidad se quitó las bragas y se
tendió en la manta con la falda a medio muslo. |
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—¡Qué
pavisoso eres! —le reprochó al Jambo que la miraba
alucinado—. ¡Venga, bájate los pantalones!
El
Jambo se encomendó a todos los santos y se bajó los pantalones
y los calzoncillos.
—Regular
tu picha, niño.
Y
como éste no se decidiera por nada, ella le cogió las manos y
se las metió por dentro del jersey. Tenía el pecho blando,
grande y suave, y los pezones tiesos como el pitorro de un biberón.
—Ay,
hijo, me estoy poniendo cachonda —le susurró Asun al oído.
Pero
ni por esas el Jambo se encelaba.
—Oye
niño, ¿no será la primera vez?
—¡Qué
cojones va a ser la primera vez! —se mosqueó el Jambo—. ¡Lo
que pasa es que estoy cortado!
—Si
quieres te hago un francés —apuntó la Asun que no se rendía
fácilmente.
—¡La
madre que me parió! —se dijo el Jambo incapaz de encontrar
una salida honrosa.
Y
sin más trámites, la Asun se arrodilló y con todo su mejor
arte se puso a la faena del francés. El Jambo sólo veía el
negro pelo a la altura de su ombligo.
En
sus afanes, la Asun hacía unos ruiditos que al Jambo le
parecieron ridículos.
—¡Ves,
ya estas empalmado! —le anunció ella haciéndose un poco para
atrás.
Y
era verdad.
Pero
en eso se abrió la puerta del cuarto del tío Pío y apareció
éste en la penumbra con su afamada bata del año catapún.
—¡Qué
rayos pasa, Asun!
—Nada
tío Pío, es un cliente.
Y
la escena resultaba tan grotesca, que al Jambo le dio la risa y
la Asun se contagió.
—¡Pues
sí qué!... —rezongó el tío Pío dando un portazo—. ¡Por
lo menos no deis voces! —dijo desde dentro de su cuartucho.
—Mira,
Asun —musitó el Jambo y conteniendo la risa—, ya ves que no
hay manera.
Pero
ella no era de la misma opinión. Se abrazó al Jambo y entre
suspiros entrecortados y un desenfrenado manoseo consiguió que
el vigor del Jambo se levantara otra vez.
—¡Ay,
niño, que mal cuerpo... ¿no me irás a dejar así?
Y
no la dejó, porque con el pito aún medio tieso, la penetró
comenzando a moverse rápidamente. Y ella a su ritmo, meneaba
las caderas en circulo y suspiraba, y así estuvieron largo rato
y al Jambo le nacieron nuevas fuerzas y se enceló plenamente
entrando y saliendo vertiginosamente y ella le apretaba para sí
del trasero dando unos fuertes gritos como si la estuvieran
matando, hasta que toda su carne explotó en sofocos.
Y
así quedaron tirados en la manta un buen rato, sudorosos y
palpitantes.
—¡Ay
mi niño, que es todo un hombre! —murmuró ella al
incorporarse.
Y
el Jambo se sintió el hombre más generoso del mundo. El era así.
Y desde entonces, Asun le tenía un gran respeto. Respeto de
verdad, de esos que muy pocos hombres consiguen de una
profesional. Respeto de picha. Y lo cierto es que el Jambo lo
sabía y jugaba con ello. Era el comensal más mimado pese a lo
que pudiera parecer, pues la Asun tenía una forma muy
particular de demostrar cariño. Además, tampoco era exacto que
el Jambo fuera un picha fuerte, Ocurrió que aquel día la Asun
había conseguido que entrando tibio saliera ardiendo. Y eso
también lo sabía ella. Y por eso, la Asun nunca le pidió sus
honorarios. Ocasiones que en la vida se dan con una mujer.
Habiendo
terminado de comer, el Jambo le pidió una de Castellana al tío
Pío y la cuenta. El Pertur, que comía en la obra, pues estaba
casado y su parienta le ponía la tartera en la bolsa, se había
dejado caer en el quiosco, como casi todos los días y casi
todos los currantes, para tomarse una copa o varias.
—No
se te olvide lo de esta noche —le mentó el Pertur al Jambo.
—Que
sí, hombre, que sí. |
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El
centro de la vida del Pertur era la política. Hacía un año
que había regresado de Alemania, y con las pesetillas ahorradas
se había construido una casa muy molona en Palomeras Bajas,
sobre el mismo solar donde los padres de la novia, hoy su mujer,
tenían la chabola. El Pertur era un currante nato, un hombre
nacido para el tajo. No le molestaba, como al Jambo, tener que
levantarse a las seis, ni coger la atestada garrula en horas que
Dios no debía permitir, acompañado del concierto en tos de los
bronquíticos crónicos que son todos los albañiles. Tenía un
talismán vital a prueba de madrugones: la Revolución. Una
revolución que no sabría definir exactamente si se lo
pidieran, pero que él llevaba en su corazón a todas horas. El
Pertur amaba las reuniones, por contra del Jambo que las
detestaba. Amaba la facundia revolucionaria del Maca, el
veterano líder de las Comisiones Obreras de Vallecas, Admiraba
también la voluntad de los líderes jóvenes como Javi, el
misterioso Torres y el incansable Agustín. El Pertur, como
digo, los amaba. Eran su verdadera familia. Los hombres a los
que el tenía que seguir para que el mundo abocara en una gran
Unión Soviética, madre y cuidadora de todos los trabajadores.
Pero hasta entonces había que luchar, había que mantener
unidos a los díscolos, que como el Jambo y sus amigos,
empezaban a cansarse del Partido y de sus consignas cada vez más
moderadas, prefiriendo pasarse la tarde bebiendo y fumando
canutos en vez de asistir a plomíferas reuniones que no les
aportaban nada nuevo. Y además, amanecía una nueva revolución,
una bastarda revolución que el Pertur no entendía. Lo de las
mujeres, vale, follar no era malo, pero lo de los canutos y
cosas peores no conseguía entenderlo. Ese pasar de todo sin
haber probado nada le irritaba. Toda la juventud del barrio
estaba cayendo en manos de aquella trampa. Pertur no tenía la
menor duda de que la policía era la principal responsable de la
entrada de costo y caballo en el barrio. "La droga es un
arma política", se repetía invariablemente. Por eso tenía
que sujetar firme al Jambo. Era un buen elemento, pero que había
perdido la fe en el Partido que todo revolucionario debe
mantener. Lo que el Pertur ignoraba es que tanto el Jambo como
el resto de sus amigos estaban hartos de ser utilizados en las
acciones y marginados en las decisiones. Y lo que ignoraban
todos ellos es que todo estaba siendo atado y bien atado en
despachos y salones en los que ninguno de ellos hubiera osado
entrar salvo a cuchillo.
—¿En
qué piensas, Pertur? —le interrumpió el Jambo.
—No,
nada, en lo de esta noche, parece que le han largado la cita al
Moreno.
El
Moreno era un estudiante metido a obrero, militante de la Liga[8]
y representante más izquierdista de las Comisiones Obreras de
la Construcción de Madrid.
—¿Bueno
y qué?
—¡Ya
sabes cómo es! ¡Seguro que la lía!
—Por
lo menos nos entretendremos un poco.
—Estas
palabras no le gustaron al Pertur, para quién la maquinaria
revolucionaria no admitía garbanzos negros, era un poco como la
disciplina militar. Con un izquierdista nunca sabe uno a que
atenerse, ya lo dijo Lenin, la enfermedad infantil del
comunismo.
—Prefiero
un fascista que al Moreno —dijo finalmente el Pertur.
—¡Venga,
coño! ¡Parece que estáis en el treinta y seis! —Al Jambo,
su amigo Pertur le parecía a veces un fanático. No le tenía
ningún respeto, y le hacía correveidile de los peces gordos de
Comisiones. El Jambo prefería a los izquierdistas o al mismo
Moreno, más liberales y a los que no dolían prendas al
confesar que fumaban y que había que follar mucho, y que además
la izquierda estaba dirigida por un montón de burgueses y otro
de estalinistas.
La
tarde pasó mejor, en cualquier tajo la tarde siempre pasa mejor
que la mañana, son sólo cuatro horillas.
Camino
del Pozo, el Jambo iba buscando una excusa para no asistir a la
reunión. Lo que de verdad quería hacer era coger al Rubio o a
Perico y darse una vuelta por Pentagrama o incluso por el
Armadillo a ver si la veía. Desde luego no era de las que iban
a la Vaquería. Aunque los lunes eran un mal día para estas
cosas.
Pero
llegado al Comunín, el Rubio no tenía la menor intención de
separar los ojos de la revista Triunfo.
—Tío,
que es lunes —decía en su defensa—. Además, no tengo un
baré.
—Estás
anajabao[9]
—le largó el Jambo con mala leche—. Muertecito, tronco.
—Vete
a cagar...
—Qué
mal bají[10],
qué mal... —insistió el Jambo.
—Mira
gachó —se puso serio el Rubio—. Tus jaris[11]
son tus jaris, y a mí no me líes más. Hoy he llegado tarde al
curro y me van a quitar dos talegos[12]
por una hora de mierda, y para acabarlo de joder no me llevé la
chupa y menudo frío he pasado hasta la hora del bocadillo.
Llego acoqui —refiriéndose a la habitación que oficiaba de
salón— y ¡oh fortunata!, no hay nadie en el sofá. Así que
no me voy a mover hasta que me haya leído esta revista de cabo
a rabo. ¿Has semao[13]
lo que te largao? |
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—Vale,
tronco —se mosqueó el Jambo—. Te estaba pidiendo furuné[14].
Pero punto y fetén. Arrieritos somos...
—¡Vete
de aquí ya! ¿Qué pasa? Que tienes una reunión y no quieres
ir, ¿no?
—Pero
el Jambo ya no le escuchaba.
Con
muy mal cuerpo, se encaminó a la queli[15]
del Benito, un jubilado que siempre ponía su casa a disposición
de Comisiones porque entre otras cosas daba igual un sitio que
otro pues los grises no se atrevían a entrar en el barrio.
En
la puerta se encontró con el Agus protegiendo la encorvada
espalda del Maca, quien, algún tiempo atrás. había terminado
por quebrársela en la obra del Zoo de Madrid.
—Hola
compañeros —les saludó.
—Hola
chaval —respondió Agustín, al que el Jambo le caía simpático
aunque también sabía de qué pié cojeaba.
Se
encontró con el Boty, con su limpia y larga melena, y su amigo
Pepe el Carpanta.
Pepe,
que había estado a punto de ser padre, no se había casado, ni
siquiera había tenido el hijo. La July, que fue su novia algún
tiempo, había optado finalmente por abortar. Un médico progre
la ayudó. La sensata July tomó el camino más doloroso para
ella, pero el más fácil para todos los que la rodeaban. La
realidad de la July seguía siendo cruda, amarga y solitaria.
Después del verano, Pepe y July dejaron de salir.
El
Maca les comentó que estaba el Moreno y que estuvieran al tanto
por si las moscas.
—Vale,
vale —respondió Pepe, consumado radical pero que todavía
militaba en el PCE y que además le tenía un gran respeto al
Maca, porque aparte de ser los dos del mismo oficio habían
trabajado juntos en la obra del Zoo y sabía el calibre de
luchador que se gastaba.
—¡Qué
rollo se traen con el Moreno! —le comentó el Jambo a Pepe.
—¡Es
chachi, parece como si tuviera la culpa de todo.
—Un
poco flai sí es —terció el Boty que le tenía antipatía.
Comenzó
la reunión con los informes de los representantes de cada obra,
después se tocó de refilón las finanzas, y finalmente se entró
en el último punto del día que defendió el Agus: la
alternativa política que suponía la constitución de Juntas
Democráticas en la agonía del régimen, y el papel de los
sindicatos de clase en este proceso. Y aunque había sectores
del sindicato que no veían con buenos ojos esta intrusión de
la realidad política en el quehacer sindical, todavía eran los
menos.
Cuando
Agustín, con su peculiar forma de hablar, terminó su informe,
el Moreno pidió la palabra. El Pertur que oficiaba de
moderador, le ignoró. Y el Moreno que estaba acostumbrado al
trato, se lo tomó con calma entre otras cosas porque no las tenía
todas consigo, sabía como se las gastaban los de Vallecas.
El
Jambo estaba harto de oír decir lo mismo que había dicho el
Agus pero en las bocas de los purilis del PCE. Se lo traían
aprendido de las reuniones del Partido, y eso al Jambo le
molestaba mucho.
—Oye
Pepe —le susurró a éste—. Mañana me lo cuentas que me voy
a najar.
—¿Y
eso?...
—Nada,
una jati[16].
Esto
le sonó bien a Pepe.
—Si
te esperas un poco me voy contigo y celebramos que he cobrado
unos metros —porque Pepe trabajaba a destajo con una cuadrilla
de carpinteros de obra.
—Buten,
tronco.
—¡Callarse,
coño! —graznó el Pertur que se tomaba muy en serio lo de
moderar.
—¿Aligeramos,
tronco? —propuso el Jambo.
Pepe
se levantó y se dirigió a la reunión en general:
—Que
nos piramos porque hemos quedado con unos tíos del metal para
ayudarles en una tirada[17].
Ya
en la calle, Pepe propuso coger el seita. Lo tenía preparado
con adornos y chuminadas de colorines, pero lo mejor es que un
colega de un taller de al lado de su casa le había trucado el
motor y corría de cojones con un petardeo muy molón.
—¿Dónde
vamos? —preguntó Pepe, puesto al volante con la misma
determinación que un fangio. |
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—Pues
no sé...
—¿Pero
no habías quedado?
—¿Qué
va, tronco, lo que quiero es buscar a una tía que me ha comido
el tarro.
—¡Hostias!,
pues sí que lo llevamos claro.
—Nos
damos una vuelta por la glorieta de Bilbao y si no hay nada que
rascar, a lo que caiga.
Pepe
corría que se las pelaba. Todo lo que tenía de pequeño lo tenía
también de temerario. Lo mismo en una obra para sacudirle a un
encargado que al volante de su bólido.
El
Jambo que no lo era tanto, le dio la vara para que frenara un
poquito.
—¡Tíoo,
que nos van a trincar!... —se quejó—. Además, seguro que
llevas el bote lleno de panfletos.
—Es
chachi, lo de la tirada del metal era verdad. Ahí debajo hay
unos dos mil.
—¡Vaya,
toalla!
—Nada,
ahora cuando pasemos por Méndez-Álvaro los vas tirando en
tochos gordos, los ahuecas un poco y los esparramas por la
acera. Y hemos cumplido.
Pero
cuando llegaron a Méndez-Álvaro ya se les habían adelantado.
—¡Vaya
embolado[18]!
—volvió a quejarse el Jambo.
—¡Pues
los tiramos en Atocha! —decidió Pepe.
—Eso
está lleno de maderos.
—Nos
metemos por el escaléxtric[19]
y los arrojamos desde arriba.
Así
lo hicieron, en cuatro brazadas y a toda máquina se deshicieron
de todos ellos. Ni siquiera los habían leído, ni sabían lo
que decían.
Antes
de iniciar el baile se tomaron un bocata en el asturiano de
enfrente del drastor, después un cafelito en el Comercial para
ver el ambiente. No había mucho porque era Lunes. Estaban
nerviosillos por la cosa de las tías y se gastaban bromas
ruidosas o hacían comentarios para que la gente supiera que
ellos estaban en la guerra. Aunque en realidad daban más miedo
que confianza, lo cual tampoco les importaba un pimiento...
—Nada,
ni rastro de esa tía —dijo el Jambo. Como si encontrársela
en el Comercial hubiera sido la cosa más normal del mundo.
—Vamos
a tomar una copa a Pentagrama.
Naturalmente,
allí tampoco estaba, pero casi estuvieron a punto de entrarle a
dos progres, lo que pasa es que mientras que si sí que si no,
las tías se abrieron.
—¿Bueno,
tronco, nos enrollamos o qué? —sugirió Pepe, al que lo
ambientes progres desmadraban un pelín.
Pero
entonces empezaron a suceder cosas.
—¡Tío,
facistas[20]!
—gritó Pepe al ver entrar un tropel de pijos armados de bates
de béisbol.
—¡La
cagamos —gritó el Jambo mientras echaba mano de la botella de
cerveza por lo que pudiera ocurrir.
—¡Rojos,
cabrones! —gritaron los fachas—. ¡Todo el mundo a cantar el
Caralsol! —y para reforzarlo golpearon una mesa con el bate
con tal fuerza que la gente se levantó despavorida hacia el
interior del local. Uno de los fachas había agarrado a un tipo
y amenazándole le increpaba para que cantara, ¡y con el brazo
en alto!
A
Pepe se le revolvieron las tripas. El Jambo estaba asustado pero
guardaba la calma. ¡Eran la tribu enemiga!
—¡Hijos
de puta!, ¡facistas! —gritó Pepe y les arrojó una botella y
otra más que les largó el Jambo.
Los
fachas se abalanzaron sobre ellos, pero ya nuestros dos héroes
habían saltado el mostrador y parapetándose a su seguro la
emprendieron a botellazos y sin que les faltara provisión.
Cundió el ejemplo y los parroquianos organizaron una lluvia de
botellas, vasos, taburetes y cualquier otra cosa arrojadiza.
Ante semejante respuesta, los fachas emprendieron la retirada no
muy bien parados. Entonces fue el acabose. Pepe se subió al
mostrador y una tras otra les arrojaba las botellas de licor de
los estantes mientras gritaba: |
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—¡Viva
Vallecas la Roja! ¡Viva Comisiones! ¡Viva la República! ¡Viva!...
Y
fue cuando vio al Jambo en el suelo y llenito de sangre.
—¡Tronco,
tronco! —gritó bajándose en su ayuda.
La
clientela había salido a la calle en persecución de los
fachas. Toda la zona se había movilizado. Los que quedaron
dentro estaban tan excitados que espontáneamente comenzaron a
cantar la Internacional a la par que se abrazaban.
La
sangre del Jambo no tenía importancia, un corte en la mano al
romperse una botella. Pero lo del brazo si era serio. Se lo habían
destrozado de un estacazo.
—¡Pepe,
Pepe! —gemía.
—Tranquilo,
tronco, ahora mismo te llevo a la casa de socorro.
Pero
Pepe había perdido el sentido de la realidad. Hablaba, gritaba,
discutía con los camareros por la cosa de las botellas, se
abrazaba a la gente y voceaba: ¡Victoria! ¡Victoria!
Y
como en todas las guerras, las enfermeras se ocuparon de los
heridos. Unas tías se acercaron al Jambo y lo levantaron. Quien
dio un aullido desconsolador cuando le tocaron el brazo para
quitarle la cazadora.
—Hay
que llevarle al hospital —dijo una de las chicas.
¡Pepe,
mamón!, ¡no me dejes tirado! —le gritó el Jambo a su amigo,
que, completamente desquiciado, seguía discutiendo con los
camareros.
—Oye
—le dijeron a Pepe las niñas—. Que nos llevamos a tu amigo
al hospital.
Embarcaron
al Jambo en un errecinco. Eran enfermeras de verdad y curraban
en el Primero de Octubre donde tenían buenos amigos, y hacia
allí se dirigían.
—Me
parece que está Ana de guardia en Trauma —mentaron.
—¿Te
duele mucho? —le preguntó una que se llamaba Maite.
—Más
me duele que ese mamón me haya dejado tirado —contestó el
Jambo haciéndose el duro.
—No
te preocupes —le consoló Maite, muy segura ella—. Las
fracturas duelen un poco al principio, pero después ni te
enteras.
Entraron
al hospital por la puerta de personal, recorrieron largos
pasillos, y luego que Maite hablara por el telefonillo, fueron a
Trauma donde les esperaba la nombrada Ana, Una residente que se
estaba especializando en traumatología. Con una sonrisa de boca
a boca pues Maite le había contado la batallita, dijo:
—A
ver, ¿dónde está el héroe?
Pero
la sonrisa se le quedó en mueca, porque lo que menos se
esperaba es que fuera el tipo de Atocha.
—¡Anda!
—exclamó sorprendida.
—Ya
ves... —dijo el Jambo repentinamente entusiasmado—. Me han
tenido que romper un brazo para volver a verte.
—¡Ah!,
¿pero os conocéis? —preguntó Maite.
—Pues
claro, hija —aseveró irónica Ana—. Este también es el de
Atocha. Ese del que os he hablado.
—Pues...,
chico..., estás en todas —se sorprendió aún más Maite.
—Gracias
—rezongó muy digno el Jambo.
—Bueno,
vamos a curarte —dijo Ana disponiéndose para la faena.
Rasgó
la camisa con una tijera y observó el golpe pareciéndose haber
olvidado de todo menos del brazo. Había que hacer radiografías.
Y se las hicieron. No había nada roto, había tenido suerte,
una lesión sin mayores problemas. Le pondrían una férula, y
descanso por unos días. También le puso un punto en la herida
de la mano.
—Tengo
más puntos en el cuerpo que Frankenstein[21]
—dijo el Jambo haciéndose el gracioso.
Maite
le prestó un pañuelo a modo de cabestrillo y tomaron unos cafés
en el bar del personal. —El viernes te vienes por aquí a primera hora de la mañana y te examinamos, te traes la cartilla —le dijo Ana al Jambo. No parecía tener ningún otro tipo de interés que no fuera el curarle. |
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—¿Pregunto
por ti?
—Es
igual —le respondió ella—. He hecho un informe.
Maite
se había dado cuenta de que el Jambo sólo tenía ojitos para
Ana, pero que ésta sólo pensaba en su guardia.
—Querrás
lavarte y cambiarte de ropa —le dijo al Jambo como excusa para
marcharse.
Este
asintió, completamente derrotado.
—¿Te
esperamos a desayunar, entonces? —le preguntó Maite a Ana.
—No
creo que pueda escaparme tan temprano, ya os llamaré.
—respondió ésta. Y al Jambo—: ¡hasta otra, héroe!
En
la calle se puso la cazadora por encima de los hombros.
—¿Vivís
juntas las tres? —le preguntó a Maite.
—Sí.
—Y ella cambió al terció tan temido por él—. ¿Y ahora, dónde
te llevamos?
—Bien
podíais darme cobijo por una noche.
—¿Pero
no quieres cambiarte? —preguntó ingenuamente la otra chica,
que se llamaba Charo.
Pero
cuando el Jambo iba, Maite ya había vuelto.
—¿Todavía
quieres ligar? —preguntó muy sonriente—. Si ya no vales
para nada.
—¿Eh?
—se sorprendió él.
—Ya
te conocemos muchachito —siguió Maite a la par que le
palmeaba el hombro bueno.
—Todo
calumnias —se defendió el Jambo pero siguiendo el juego.
—¿Sabes
lo qué quiere...? —le dijo Maite a Charo—. Quiere que le
invitemos a una copa en casa y...
—Concedido
—dijo Charo. Y con razón, pues los tres querían lo mismo.
Al
Jambo el piso, un alquiler en el barrio del Pilar, le pareció
muy dabuti, de gente de pelas. Le llevaron al cuarto de baño y
pese a sus protestas le quitaron la camisa entre comentarios de
qué flaco estás machito y le endosaron, el cielo le asistiera,
una camiseta de playa que apenas le llegaba a las rodillas. Pero
como había calefa se estaba fetén.
Luego
Maite preparó unos irlandeses y el Jambo se sintió el ombligo
del mundo. Charlaron un rato de la guerra. Ellas estaban mas a
la izquierda que el Partido. Y el Jambo lo interpretó mal, pues
mezcló poder adquisitivo con ideas. Desde que visitó con un
grupo de curritos la casa de una conocida abogada laboralista de
la ORT[22],
presumía de saber que cuando los rojos tenían pasta solían
ser izquierdistas. El obrerismo del Jambo era uno de sus más sólidos
puntales ideológicos. Si no era el único. Pero tampoco le
importó. Se encontraba muy a gusto y tiempo después y pese al
café le entró un sueño insalvable. Ellas siguieron hablando
pero al percatarse de que su invitado cabeceaba, trajeron una
manta y le arroparon dejándole todo el sofá para él. Bajaron
las luces y tumbadas sobre la alfombra siguieron de plática.
—Qué
tipo más raro —mentó Charo.
—¡Peón
de Albañil —sentenció su amiga.
—Se
ve clarísimo que lo que quiere es ligar.
—Como
que tú no le hacías un favor, ¿eh, Charo?
—Vaya
que sí, está requetebueno.
—Pues
ahí lo tienes, dormido como una marmota.
—Hija
—se compadeció Charo—, está lisiado el pobre.
Y
ambas rieron.
[1]Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota. Grupo de Acción del
PCE (m-l ) Prochinos.
[2]Oficinistas,
estudiantes.
[3]Manifestación
ilegal, comando.
[4]¡Agua!
Expresión para avisar de algún peligro.
[5]Tabarra,
murga, paliza.
[6]Responsable.
[7]Andamio
de estructura fija.
[8]Trotskistas.
[9]Acabado,
Muerto.
[10]Carácter,
talante.
[11]Asuntos.
[12]Billetes
de mil pesetas.
[13]Entendido.
[14]Ayuda.
[15]Casa
(quel).
[16]Mujer.
(De, ja).
[17]Acción
de rociar las calles con panfletos: octavillas de la oposición
clandestina.
[18]Problema
(embolao).
[19]Antiguo
paso elevado, que destrozaba la hermosa glorieta de Carlos
V. (Atocha).
[20]Así.
[21]Quería
decir que el monstruo de Frankenstein. |