S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-3-

El viejo lerruxista, la furcia, y otra jornada heroica

La obra donde trabajaba el Jambo estaba muy cerca de la sierra y por las mañanas soplaba un viento seco pero frío. El Jambo tiritaba bajo su escuálido mono. La funda del... como dicen todos los currantes. Se hallaba limpiando cercos en una obra casi acabada de una futura industria cerca de la Nacional Uno. Para combatir el frío prendía a cada rato sacos de cemento vacíos. Era un instante de luz verdosa para calentar los pies y las manos. Luego, la tiritera seguía pertinaz como la famosa sequía. Aquella corriente le estaba matando. Los cristaleros todavía no habían hecho su aparición en la obra. Consultó su reloj. Quedaban varias horas hasta la una. Tampoco podía quejarse, peor era picar al raso, como hasta hacía unos días había estado haciendo. Era el aire, ese aire serrano.

El Pertur, un ayudante de albañil, también vallecano, vino a visitarle. Había dejado la hormigonera a la buena de Dios, y frotándose las manos le saludó con cara de conspiración.

—¿Qué pasa tío? —dijo, y mirando a ambos lados siguió:

—Esta noche en ca Benito —se refería a una reunión de Comisiones Obreras—. Nos vamos a reunir todos los de Vallecas y van a venir el Maca y otros de la Delegada, ya sabes, hay que preparar una respuesta a la escalada de la represión. Se refería a la sentencias de pena de muerte para unos patriotas vascos y otros revolucionarios del FRAP[1]. Y aunque en comisiones se cuidaba mucho el lenguaje y la distancia política con lo que se calificaba de terrorismo desde la bomba de la cafetería Rolando, el sindicato no podía permanecer ajeno a estos sucesos

—Vale.

—¿Qué pasa?, te veo con mala cara...

—Una tía —se sinceró el Jambo.

—Chungo, tronco, chungo. ¿Quieres un truja?

—Trae.

Se sentaron sobre el plastón y prendieron fuego a un par de sacos, pero se consumían tan rápido...

—Vaya corte que le ha dado Ramón al encargado —mencionó el Pertur.

—¿Ah, sí?

Se trataba de un viejo peón a punto de jubilarse.

—Pues sí. Iba el pobre con un saco de escayola al hombro, ya sabes lo cascado que está, cuando se acerca el encargado y le dice: ¿Oye Ramón, no tienes otro paso? Porque iba muy despacio. Y entonces Ramón le responde sin alterarse:

—Tengo otro, pero es más lento.

—Qué cojonudo...

—Bueno, ¿Y esa tía, qué?

—Nada, una plumífera[2] que me ligué en una mani[3].

—¿Del Partido? —preguntó el Pertur, para quién todos los buenos militaban en el PCE o simpatizaban, y el resto gente sin importancia.

—No sé, de la guerra sí es.

—¿Chachi, no?

—¿Y a mí qué más me da?

—Nada, compañero, era para saber si era una tía legal.

—Si te dijera que me toma por un camello, ¿qué pensarías?

—Que debe tener sus razones.

—Ole tus cojones... Con razón te llaman el Perturbado.

—No te mosquees, tronco, ¿qué pasa?, ¿que te duele que la tipa se confunda?

—¡Claro! A mí me gusta.

—¿A ti?, ¿pero si tú eres un ligón?

—Corta el rollo...

Se oyeron pasos.

—¡Agua[4]!, que viene el Bigotes.

El Bigotes era un hombrón de poblado mostacho que se calzaba el casco blanco ladeado como si fuera una boina. Tenía fama de malas pulgas pero con los de Vallecas tenía sus miras, no en vano también él era del barrio.

—¡Qué leches haces tú aquí! —le espetó al Pertur.

—¡Para el carro, Manuel! —se defendió éste—. Que yo soy enlace sindical y estoy tratando con este compañero sus problemas laborales.

—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó el Bigotes al Jambo.

—Que me duelen los huevos de pasar calamidades por cuatro gordas —se disparó éste con muy mal humor.

—¡Pues ahí tienes la puerta! —le respondió el Bigotes no menos acalorado—. ¡Carretera y manta!

—Tranquilo —dijo el Pertur—. Ya me voy. Bueno, compañero —añadió dirigiéndose al Jambo—, lo dicho.

—Y tú, vuelve al trabajo —le ordenó el Bigotes al Jambo.

—Vale, vale, no me des la barrila[5], ¿qué te crees que eres, el gachó de la cobai[6]?.

El resto de la mañana se le hizo insoportable, entre el mal humor y que la hora de la comida no llegaba nunca.

—¡Maldita sea! —se decía—. ¿Por qué tengo que estar mosqueado yo por esa gil? ¡Ni que fuera Sofía Loren! Aunque..., buena sí está, ¡coño!

Cuando sonó la campana, tiró la espátula a un rincón y saliendo por una celosía a medio terminar se descolgó ágilmente por un pajaritero[7] que usaban para limpiar con vinagre el ladrillo visto.

Fue de los primeros en sentarse en las mesas del quiosco del tío Pío, también es verdad que era el más flaco de todos los concurrentes.

—¡Tío! —bromeaban los compañeros—. Para comer si que eres ligero.

—Y no corras... —terciaba invariablemente mientras le metía mano a las judías que la Asun —una furcia madura de origen sureño que también oficiaba de camarera en el quiosco del tío Pío— acababa de traerle.

La Asun era un caso. A eso de las once se llegaba de Madrid, despertaba al tío Pío y lo levantaba o se metía con él en la cama, según los casos. Le daba dos papirotazos al mostrador para quitarle el polvo, subía los contrafuertes y con gran parsimonia se servía un café puro que era lo único que le admitía el cuerpo a esas horas mientras aguardaba indolente la llegada de los camioneros, los albañiles, ferrallas y carpinteros de las obras cercanas, y hasta la pareja de picoletos.

La Asun tenía un problema, una hija en el oficio que se había enredado con un chulo de tres al cuarto en vez de hacerle mimos a un camionero de Toledo que se la quería llevar de regenta a un puticlub que el mencionado pensaba abrir en la Nacional Cuatro, cerca de Bailén.

—Si es que no hay quien haga carrera de esta hija mía —le repetía a todo el que quisiera escucharla. Y había muchos dispuestos.

—¡Asun! Deja de llorar y tráeme las sardinas —graznó el Jambo al que le gustaba mantener cierto tira y afloja dialéctico con ella.

—Pues anda hijo..., ¡vaya exigencias! A ver si te crees que estás en el "Riz".

—¡Eh, tío Pío! —le decían los clientes al dueño del quiosco, viejo lerruxista que por insondables destinos de la vida había terminado rigiendo un destartalado quiosco a la vera de la carretera de Burgos—. ¡Venga ese vino!

—Esos se creen que tengo cuatro piernas —murmuraba el viejo sin acelerar para nada su templado ritmo.

—Te tienes que jubilar ya, tío Pío —le decían los parroquianos adosados al estrecho mostrador.

—¿Jubilarme?, ¡quia! Estoy en la plenitud de la vida. Esta mañana sin ir más lejos se la he metido a la Asun, y cuando ya se iba a levantar voy y le digo: No te subas las bragas que te voy a echar otro. Vamos, como en mis años mozos.

—Anda, ya... —se reían todos. Y de reojo le largaban ávidas miradas al orondo trasero de la Asun, quién, profesional al fin y al cabo, cogía todas sus citas para después de la faena.

La hora de pagar era una lotería, lo mismo cien pesetas, que ciento cincuenta que no llegaba a veinte duros. La Asun no cobraba, lo de los números no lo llevaba bien. Y el tío Pío hacía unas raras cuentas en el mostrador que no hubieran resistido la revisión del peón más torpe.

En una ocasión en que el tío Pío estaba malo y se encontraba en cama en el cuartucho anexo al quiosco, la pobre Asun se las vio y se las deseó para servir al personal y cobrarles.

—Hoy me tenéis que ayudar con las cuentas, pero sin trampas. ¿eh? —les decía a los comensales.

Y en el ambiente se fue dejando caer cierta algarabía, pues la ausencia del tío Pío les hacía más atrevidos.

—A ti te ayudo en lo que quieras, chati —dijo riéndose el Jambo.

—¡Mira el niño! —se desternilló la Asun.

—También le pica —dijo un albañil entre grandes risotadas.

Y un carpintero se puso el martillo entre las piernas y oscilándolo obscenamente le soltó a la Asun:

—¡Tú te conformabas con menos!, ¿eh?

Esto no le gustó nada a la Asun que le soltó una andanada de insultos de tal calibre que el tío Pío, que no tenía un pelo de tonto, se levantó de la cama y saliendo enfundado en una vieja y roída bata de guatiné les largó una parrafada sobre el respeto:

—¡Como si fuera yo, tenéis que tratarla!

—Vale, tranquilo, tío Pío —se disculparon.

Pero al Jambo le quedó un cierto mal sabor de boca, y por eso mismo aquella tarde al chapar la tarea, en vez de tomar el autobús a la plaza Castilla como habitualmente, cruzó la carretera y se dirigió al quiosco del tío Pío con ánimo de pedirle disculpas a la Asun, pues entre toda la moralina marxista de que se preciaba, el no pasarse con la gente que curra tenía importante lugar. O al menos eso quería creerse.

El quiosco estaba vacío y la Asun dormitaba al resguardo del brasero.

—Hola Asun.

—¡Niño! —se sorprendió ella.

—Mira, Asun, que..., yo, pues..., que quería disculparme contigo. Que no me gusta hacer el patoso.

—Nada, no ha pasado nada. Una ya está acostumbrada.

—Pues eso.

Y ya se disponía el Jambo a marcharse, cuando la Asun, que se encontraba muy aburrida al sofocante abrigo del brasero, le espetó:

—Oye, niño, ¿tú me ves a mi guapa?

Si algo odiaba el Jambo, como todo madrileño, era cortarse.

—Hombre..., no estás mal —y dicho así era verdad.

—¿Y te gustaría? — Y la Asun se recorrió la cadera con la mano.

—No llevo nada —se disculpó el Jambo, náufrago de un torrente de emociones contradictorias.

—Me pagas otro día —dijo ella cerrándole todos los caminos.

—Pero, Asun, si yo no venía a eso.

—¿Qué pasa?, ¿que yo no te gusto?

—No hombre..., es que, ¿aquí?...

—El tío Pío está dormido. Pasa que echo el cierre.

—Que no, Asun, que me corta a mi esto —se defendió el Jambo.

—Anda, niño, que te voy a dar mucho gusto —y se llevó una mano al pecho.

El Jambo se encontró a sí mismo al otro lado del mostrador. Asun bajó los contrafuertes y el interior quedó en la penumbra rojiza que daba el brasero.

—Venga, niño, extiende esa manta en el suelo —le susurró la Asun—. Pues si que eres tú parado para esto.

Anda, jódete, pensó el Jambo.

La Asun se estaba desabrochando la blusa por debajo del jersey, a continuación y con toda naturalidad se quitó las bragas y se tendió en la manta con la falda a medio muslo.

—¡Qué pavisoso eres! —le reprochó al Jambo que la miraba alucinado—. ¡Venga, bájate los pantalones!

El Jambo se encomendó a todos los santos y se bajó los pantalones y los calzoncillos.

—Regular tu picha, niño.

Y como éste no se decidiera por nada, ella le cogió las manos y se las metió por dentro del jersey. Tenía el pecho blando, grande y suave, y los pezones tiesos como el pitorro de un biberón.

—Ay, hijo, me estoy poniendo cachonda —le susurró Asun al oído.

Pero ni por esas el Jambo se encelaba.

—Oye niño, ¿no será la primera vez?

—¡Qué cojones va a ser la primera vez! —se mosqueó el Jambo—. ¡Lo que pasa es que estoy cortado!

—Si quieres te hago un francés —apuntó la Asun que no se rendía fácilmente.

—¡La madre que me parió! —se dijo el Jambo incapaz de encontrar una salida honrosa.

Y sin más trámites, la Asun se arrodilló y con todo su mejor arte se puso a la faena del francés. El Jambo sólo veía el negro pelo a la altura de su ombligo.

En sus afanes, la Asun hacía unos ruiditos que al Jambo le parecieron ridículos.

—¡Ves, ya estas empalmado! —le anunció ella haciéndose un poco para atrás.

Y era verdad.

Pero en eso se abrió la puerta del cuarto del tío Pío y apareció éste en la penumbra con su afamada bata del año catapún.

—¡Qué rayos pasa, Asun!

—Nada tío Pío, es un cliente.

Y la escena resultaba tan grotesca, que al Jambo le dio la risa y la Asun se contagió.

—¡Pues sí qué!... —rezongó el tío Pío dando un portazo—. ¡Por lo menos no deis voces! —dijo desde dentro de su cuartucho.

—Mira, Asun —musitó el Jambo y conteniendo la risa—, ya ves que no hay manera.

Pero ella no era de la misma opinión. Se abrazó al Jambo y entre suspiros entrecortados y un desenfrenado manoseo consiguió que el vigor del Jambo se levantara otra vez.

—¡Ay, niño, que mal cuerpo... ¿no me irás a dejar así?

Y no la dejó, porque con el pito aún medio tieso, la penetró comenzando a moverse rápidamente. Y ella a su ritmo, meneaba las caderas en circulo y suspiraba, y así estuvieron largo rato y al Jambo le nacieron nuevas fuerzas y se enceló plenamente entrando y saliendo vertiginosamente y ella le apretaba para sí del trasero dando unos fuertes gritos como si la estuvieran matando, hasta que toda su carne explotó en sofocos.

Y así quedaron tirados en la manta un buen rato, sudorosos y palpitantes.

—¡Ay mi niño, que es todo un hombre! —murmuró ella al incorporarse.

Y el Jambo se sintió el hombre más generoso del mundo. El era así. Y desde entonces, Asun le tenía un gran respeto. Respeto de verdad, de esos que muy pocos hombres consiguen de una profesional. Respeto de picha. Y lo cierto es que el Jambo lo sabía y jugaba con ello. Era el comensal más mimado pese a lo que pudiera parecer, pues la Asun tenía una forma muy particular de demostrar cariño. Además, tampoco era exacto que el Jambo fuera un picha fuerte, Ocurrió que aquel día la Asun había conseguido que entrando tibio saliera ardiendo. Y eso también lo sabía ella. Y por eso, la Asun nunca le pidió sus honorarios. Ocasiones que en la vida se dan con una mujer.

Habiendo terminado de comer, el Jambo le pidió una de Castellana al tío Pío y la cuenta. El Pertur, que comía en la obra, pues estaba casado y su parienta le ponía la tartera en la bolsa, se había dejado caer en el quiosco, como casi todos los días y casi todos los currantes, para tomarse una copa o varias.

—No se te olvide lo de esta noche —le mentó el Pertur al Jambo.

—Que sí, hombre, que sí.

El centro de la vida del Pertur era la política. Hacía un año que había regresado de Alemania, y con las pesetillas ahorradas se había construido una casa muy molona en Palomeras Bajas, sobre el mismo solar donde los padres de la novia, hoy su mujer, tenían la chabola. El Pertur era un currante nato, un hombre nacido para el tajo. No le molestaba, como al Jambo, tener que levantarse a las seis, ni coger la atestada garrula en horas que Dios no debía permitir, acompañado del concierto en tos de los bronquíticos crónicos que son todos los albañiles. Tenía un talismán vital a prueba de madrugones: la Revolución. Una revolución que no sabría definir exactamente si se lo pidieran, pero que él llevaba en su corazón a todas horas. El Pertur amaba las reuniones, por contra del Jambo que las detestaba. Amaba la facundia revolucionaria del Maca, el veterano líder de las Comisiones Obreras de Vallecas, Admiraba también la voluntad de los líderes jóvenes como Javi, el misterioso Torres y el incansable Agustín. El Pertur, como digo, los amaba. Eran su verdadera familia. Los hombres a los que el tenía que seguir para que el mundo abocara en una gran Unión Soviética, madre y cuidadora de todos los trabajadores. Pero hasta entonces había que luchar, había que mantener unidos a los díscolos, que como el Jambo y sus amigos, empezaban a cansarse del Partido y de sus consignas cada vez más moderadas, prefiriendo pasarse la tarde bebiendo y fumando canutos en vez de asistir a plomíferas reuniones que no les aportaban nada nuevo. Y además, amanecía una nueva revolución, una bastarda revolución que el Pertur no entendía. Lo de las mujeres, vale, follar no era malo, pero lo de los canutos y cosas peores no conseguía entenderlo. Ese pasar de todo sin haber probado nada le irritaba. Toda la juventud del barrio estaba cayendo en manos de aquella trampa. Pertur no tenía la menor duda de que la policía era la principal responsable de la entrada de costo y caballo en el barrio. "La droga es un arma política", se repetía invariablemente. Por eso tenía que sujetar firme al Jambo. Era un buen elemento, pero que había perdido la fe en el Partido que todo revolucionario debe mantener. Lo que el Pertur ignoraba es que tanto el Jambo como el resto de sus amigos estaban hartos de ser utilizados en las acciones y marginados en las decisiones. Y lo que ignoraban todos ellos es que todo estaba siendo atado y bien atado en despachos y salones en los que ninguno de ellos hubiera osado entrar salvo a cuchillo.

—¿En qué piensas, Pertur? —le interrumpió el Jambo.

—No, nada, en lo de esta noche, parece que le han largado la cita al Moreno.

El Moreno era un estudiante metido a obrero, militante de la Liga[8] y representante más izquierdista de las Comisiones Obreras de la Construcción de Madrid.

—¿Bueno y qué?

—¡Ya sabes cómo es! ¡Seguro que la lía!

—Por lo menos nos entretendremos un poco.

—Estas palabras no le gustaron al Pertur, para quién la maquinaria revolucionaria no admitía garbanzos negros, era un poco como la disciplina militar. Con un izquierdista nunca sabe uno a que atenerse, ya lo dijo Lenin, la enfermedad infantil del comunismo.

—Prefiero un fascista que al Moreno —dijo finalmente el Pertur.

—¡Venga, coño! ¡Parece que estáis en el treinta y seis! —Al Jambo, su amigo Pertur le parecía a veces un fanático. No le tenía ningún respeto, y le hacía correveidile de los peces gordos de Comisiones. El Jambo prefería a los izquierdistas o al mismo Moreno, más liberales y a los que no dolían prendas al confesar que fumaban y que había que follar mucho, y que además la izquierda estaba dirigida por un montón de burgueses y otro de estalinistas.

La tarde pasó mejor, en cualquier tajo la tarde siempre pasa mejor que la mañana, son sólo cuatro horillas.

Camino del Pozo, el Jambo iba buscando una excusa para no asistir a la reunión. Lo que de verdad quería hacer era coger al Rubio o a Perico y darse una vuelta por Pentagrama o incluso por el Armadillo a ver si la veía. Desde luego no era de las que iban a la Vaquería. Aunque los lunes eran un mal día para estas cosas.

Pero llegado al Comunín, el Rubio no tenía la menor intención de separar los ojos de la revista Triunfo.

—Tío, que es lunes —decía en su defensa—. Además, no tengo un baré.

—Estás anajabao[9] —le largó el Jambo con mala leche—. Muertecito, tronco.

—Vete a cagar...

—Qué mal bají[10], qué mal... —insistió el Jambo.

—Mira gachó —se puso serio el Rubio—. Tus jaris[11] son tus jaris, y a mí no me líes más. Hoy he llegado tarde al curro y me van a quitar dos talegos[12] por una hora de mierda, y para acabarlo de joder no me llevé la chupa y menudo frío he pasado hasta la hora del bocadillo. Llego acoqui —refiriéndose a la habitación que oficiaba de salón— y ¡oh fortunata!, no hay nadie en el sofá. Así que no me voy a mover hasta que me haya leído esta revista de cabo a rabo. ¿Has semao[13] lo que te largao?

—Vale, tronco —se mosqueó el Jambo—. Te estaba pidiendo furuné[14]. Pero punto y fetén. Arrieritos somos...

—¡Vete de aquí ya! ¿Qué pasa? Que tienes una reunión y no quieres ir, ¿no?

—Pero el Jambo ya no le escuchaba.

Con muy mal cuerpo, se encaminó a la queli[15] del Benito, un jubilado que siempre ponía su casa a disposición de Comisiones porque entre otras cosas daba igual un sitio que otro pues los grises no se atrevían a entrar en el barrio.

En la puerta se encontró con el Agus protegiendo la encorvada espalda del Maca, quien, algún tiempo atrás. había terminado por quebrársela en la obra del Zoo de Madrid.

—Hola compañeros —les saludó.

—Hola chaval —respondió Agustín, al que el Jambo le caía simpático aunque también sabía de qué pié cojeaba.

Se encontró con el Boty, con su limpia y larga melena, y su amigo Pepe el Carpanta.

Pepe, que había estado a punto de ser padre, no se había casado, ni siquiera había tenido el hijo. La July, que fue su novia algún tiempo, había optado finalmente por abortar. Un médico progre la ayudó. La sensata July tomó el camino más doloroso para ella, pero el más fácil para todos los que la rodeaban. La realidad de la July seguía siendo cruda, amarga y solitaria. Después del verano, Pepe y July dejaron de salir.

El Maca les comentó que estaba el Moreno y que estuvieran al tanto por si las moscas.

—Vale, vale —respondió Pepe, consumado radical pero que todavía militaba en el PCE y que además le tenía un gran respeto al Maca, porque aparte de ser los dos del mismo oficio habían trabajado juntos en la obra del Zoo y sabía el calibre de luchador que se gastaba.

—¡Qué rollo se traen con el Moreno! —le comentó el Jambo a Pepe.

—¡Es chachi, parece como si tuviera la culpa de todo.

—Un poco flai sí es —terció el Boty que le tenía antipatía.

Comenzó la reunión con los informes de los representantes de cada obra, después se tocó de refilón las finanzas, y finalmente se entró en el último punto del día que defendió el Agus: la alternativa política que suponía la constitución de Juntas Democráticas en la agonía del régimen, y el papel de los sindicatos de clase en este proceso. Y aunque había sectores del sindicato que no veían con buenos ojos esta intrusión de la realidad política en el quehacer sindical, todavía eran los menos.

Cuando Agustín, con su peculiar forma de hablar, terminó su informe, el Moreno pidió la palabra. El Pertur que oficiaba de moderador, le ignoró. Y el Moreno que estaba acostumbrado al trato, se lo tomó con calma entre otras cosas porque no las tenía todas consigo, sabía como se las gastaban los de Vallecas.

El Jambo estaba harto de oír decir lo mismo que había dicho el Agus pero en las bocas de los purilis del PCE. Se lo traían aprendido de las reuniones del Partido, y eso al Jambo le molestaba mucho.

—Oye Pepe —le susurró a éste—. Mañana me lo cuentas que me voy a najar.

—¿Y eso?...

—Nada, una jati[16].

Esto le sonó bien a Pepe.

—Si te esperas un poco me voy contigo y celebramos que he cobrado unos metros —porque Pepe trabajaba a destajo con una cuadrilla de carpinteros de obra.

—Buten, tronco.

—¡Callarse, coño! —graznó el Pertur que se tomaba muy en serio lo de moderar.

—¿Aligeramos, tronco? —propuso el Jambo.

Pepe se levantó y se dirigió a la reunión en general:

—Que nos piramos porque hemos quedado con unos tíos del metal para ayudarles en una tirada[17].

Ya en la calle, Pepe propuso coger el seita. Lo tenía preparado con adornos y chuminadas de colorines, pero lo mejor es que un colega de un taller de al lado de su casa le había trucado el motor y corría de cojones con un petardeo muy molón.

—¿Dónde vamos? —preguntó Pepe, puesto al volante con la misma determinación que un fangio.

—Pues no sé...

—¿Pero no habías quedado?

—¿Qué va, tronco, lo que quiero es buscar a una tía que me ha comido el tarro.

—¡Hostias!, pues sí que lo llevamos claro.

—Nos damos una vuelta por la glorieta de Bilbao y si no hay nada que rascar, a lo que caiga.

Pepe corría que se las pelaba. Todo lo que tenía de pequeño lo tenía también de temerario. Lo mismo en una obra para sacudirle a un encargado que al volante de su bólido.

El Jambo que no lo era tanto, le dio la vara para que frenara un poquito.

—¡Tíoo, que nos van a trincar!... —se quejó—. Además, seguro que llevas el bote lleno de panfletos.

—Es chachi, lo de la tirada del metal era verdad. Ahí debajo hay unos dos mil.

—¡Vaya, toalla!

—Nada, ahora cuando pasemos por Méndez-Álvaro los vas tirando en tochos gordos, los ahuecas un poco y los esparramas por la acera. Y hemos cumplido.

Pero cuando llegaron a Méndez-Álvaro ya se les habían adelantado.

—¡Vaya embolado[18]! —volvió a quejarse el Jambo.

—¡Pues los tiramos en Atocha! —decidió Pepe.

—Eso está lleno de maderos.

—Nos metemos por el escaléxtric[19] y los arrojamos desde arriba.

Así lo hicieron, en cuatro brazadas y a toda máquina se deshicieron de todos ellos. Ni siquiera los habían leído, ni sabían lo que decían.

Antes de iniciar el baile se tomaron un bocata en el asturiano de enfrente del drastor, después un cafelito en el Comercial para ver el ambiente. No había mucho porque era Lunes. Estaban nerviosillos por la cosa de las tías y se gastaban bromas ruidosas o hacían comentarios para que la gente supiera que ellos estaban en la guerra. Aunque en realidad daban más miedo que confianza, lo cual tampoco les importaba un pimiento...

—Nada, ni rastro de esa tía —dijo el Jambo. Como si encontrársela en el Comercial hubiera sido la cosa más normal del mundo.

—Vamos a tomar una copa a Pentagrama.

Naturalmente, allí tampoco estaba, pero casi estuvieron a punto de entrarle a dos progres, lo que pasa es que mientras que si sí que si no, las tías se abrieron.

—¿Bueno, tronco, nos enrollamos o qué? —sugirió Pepe, al que lo ambientes progres desmadraban un pelín.

Pero entonces empezaron a suceder cosas.

—¡Tío, facistas[20]! —gritó Pepe al ver entrar un tropel de pijos armados de bates de béisbol.

—¡La cagamos —gritó el Jambo mientras echaba mano de la botella de cerveza por lo que pudiera ocurrir.

—¡Rojos, cabrones! —gritaron los fachas—. ¡Todo el mundo a cantar el Caralsol! —y para reforzarlo golpearon una mesa con el bate con tal fuerza que la gente se levantó despavorida hacia el interior del local. Uno de los fachas había agarrado a un tipo y amenazándole le increpaba para que cantara, ¡y con el brazo en alto!

A Pepe se le revolvieron las tripas. El Jambo estaba asustado pero guardaba la calma. ¡Eran la tribu enemiga!

—¡Hijos de puta!, ¡facistas! —gritó Pepe y les arrojó una botella y otra más que les largó el Jambo.

Los fachas se abalanzaron sobre ellos, pero ya nuestros dos héroes habían saltado el mostrador y parapetándose a su seguro la emprendieron a botellazos y sin que les faltara provisión. Cundió el ejemplo y los parroquianos organizaron una lluvia de botellas, vasos, taburetes y cualquier otra cosa arrojadiza. Ante semejante respuesta, los fachas emprendieron la retirada no muy bien parados. Entonces fue el acabose. Pepe se subió al mostrador y una tras otra les arrojaba las botellas de licor de los estantes mientras gritaba:

—¡Viva Vallecas la Roja! ¡Viva Comisiones! ¡Viva la República! ¡Viva!...

Y fue cuando vio al Jambo en el suelo y llenito de sangre.

—¡Tronco, tronco! —gritó bajándose en su ayuda.

La clientela había salido a la calle en persecución de los fachas. Toda la zona se había movilizado. Los que quedaron dentro estaban tan excitados que espontáneamente comenzaron a cantar la Internacional a la par que se abrazaban.

La sangre del Jambo no tenía importancia, un corte en la mano al romperse una botella. Pero lo del brazo si era serio. Se lo habían destrozado de un estacazo.

—¡Pepe, Pepe! —gemía.

—Tranquilo, tronco, ahora mismo te llevo a la casa de socorro.

Pero Pepe había perdido el sentido de la realidad. Hablaba, gritaba, discutía con los camareros por la cosa de las botellas, se abrazaba a la gente y voceaba: ¡Victoria! ¡Victoria!

Y como en todas las guerras, las enfermeras se ocuparon de los heridos. Unas tías se acercaron al Jambo y lo levantaron. Quien dio un aullido desconsolador cuando le tocaron el brazo para quitarle la cazadora.

—Hay que llevarle al hospital —dijo una de las chicas.

¡Pepe, mamón!, ¡no me dejes tirado! —le gritó el Jambo a su amigo, que, completamente desquiciado, seguía discutiendo con los camareros.

—Oye —le dijeron a Pepe las niñas—. Que nos llevamos a tu amigo al hospital.

Embarcaron al Jambo en un errecinco. Eran enfermeras de verdad y curraban en el Primero de Octubre donde tenían buenos amigos, y hacia allí se dirigían.

—Me parece que está Ana de guardia en Trauma —mentaron.

—¿Te duele mucho? —le preguntó una que se llamaba Maite.

—Más me duele que ese mamón me haya dejado tirado —contestó el Jambo haciéndose el duro.

—No te preocupes —le consoló Maite, muy segura ella—. Las fracturas duelen un poco al principio, pero después ni te enteras.

Entraron al hospital por la puerta de personal, recorrieron largos pasillos, y luego que Maite hablara por el telefonillo, fueron a Trauma donde les esperaba la nombrada Ana, Una residente que se estaba especializando en traumatología. Con una sonrisa de boca a boca pues Maite le había contado la batallita, dijo:

—A ver, ¿dónde está el héroe?

Pero la sonrisa se le quedó en mueca, porque lo que menos se esperaba es que fuera el tipo de Atocha.

—¡Anda! —exclamó sorprendida.

—Ya ves... —dijo el Jambo repentinamente entusiasmado—. Me han tenido que romper un brazo para volver a verte.

—¡Ah!, ¿pero os conocéis? —preguntó Maite.

—Pues claro, hija —aseveró irónica Ana—. Este también es el de Atocha. Ese del que os he hablado.

—Pues..., chico..., estás en todas —se sorprendió aún más Maite.

—Gracias —rezongó muy digno el Jambo.

—Bueno, vamos a curarte —dijo Ana disponiéndose para la faena.

Rasgó la camisa con una tijera y observó el golpe pareciéndose haber olvidado de todo menos del brazo. Había que hacer radiografías. Y se las hicieron. No había nada roto, había tenido suerte, una lesión sin mayores problemas. Le pondrían una férula, y descanso por unos días. También le puso un punto en la herida de la mano.

—Tengo más puntos en el cuerpo que Frankenstein[21] —dijo el Jambo haciéndose el gracioso.

Maite le prestó un pañuelo a modo de cabestrillo y tomaron unos cafés en el bar del personal.

—El viernes te vienes por aquí a primera hora de la mañana y te examinamos, te traes la cartilla —le dijo Ana al Jambo. No parecía tener ningún otro tipo de interés que no fuera el curarle.

—¿Pregunto por ti?

—Es igual —le respondió ella—. He hecho un informe.

Maite se había dado cuenta de que el Jambo sólo tenía ojitos para Ana, pero que ésta sólo pensaba en su guardia.

—Querrás lavarte y cambiarte de ropa —le dijo al Jambo como excusa para marcharse.

Este asintió, completamente derrotado.

—¿Te esperamos a desayunar, entonces? —le preguntó Maite a Ana.

—No creo que pueda escaparme tan temprano, ya os llamaré. —respondió ésta. Y al Jambo—: ¡hasta otra, héroe!

En la calle se puso la cazadora por encima de los hombros.

—¿Vivís juntas las tres? —le preguntó a Maite.

—Sí. —Y ella cambió al terció tan temido por él—. ¿Y ahora, dónde te llevamos?

—Bien podíais darme cobijo por una noche.

—¿Pero no quieres cambiarte? —preguntó ingenuamente la otra chica, que se llamaba Charo.

Pero cuando el Jambo iba, Maite ya había vuelto.

—¿Todavía quieres ligar? —preguntó muy sonriente—. Si ya no vales para nada.

—¿Eh? —se sorprendió él.

—Ya te conocemos muchachito —siguió Maite a la par que le palmeaba el hombro bueno.

—Todo calumnias —se defendió el Jambo pero siguiendo el juego.

—¿Sabes lo qué quiere...? —le dijo Maite a Charo—. Quiere que le invitemos a una copa en casa y...

—Concedido —dijo Charo. Y con razón, pues los tres querían lo mismo.

Al Jambo el piso, un alquiler en el barrio del Pilar, le pareció muy dabuti, de gente de pelas. Le llevaron al cuarto de baño y pese a sus protestas le quitaron la camisa entre comentarios de qué flaco estás machito y le endosaron, el cielo le asistiera, una camiseta de playa que apenas le llegaba a las rodillas. Pero como había calefa se estaba fetén.

Luego Maite preparó unos irlandeses y el Jambo se sintió el ombligo del mundo. Charlaron un rato de la guerra. Ellas estaban mas a la izquierda que el Partido. Y el Jambo lo interpretó mal, pues mezcló poder adquisitivo con ideas. Desde que visitó con un grupo de curritos la casa de una conocida abogada laboralista de la ORT[22], presumía de saber que cuando los rojos tenían pasta solían ser izquierdistas. El obrerismo del Jambo era uno de sus más sólidos puntales ideológicos. Si no era el único. Pero tampoco le importó. Se encontraba muy a gusto y tiempo después y pese al café le entró un sueño insalvable. Ellas siguieron hablando pero al percatarse de que su invitado cabeceaba, trajeron una manta y le arroparon dejándole todo el sofá para él. Bajaron las luces y tumbadas sobre la alfombra siguieron de plática.

—Qué tipo más raro —mentó Charo.

—¡Peón de Albañil —sentenció su amiga.

—Se ve clarísimo que lo que quiere es ligar.

—Como que tú no le hacías un favor, ¿eh, Charo?

—Vaya que sí, está requetebueno.

—Pues ahí lo tienes, dormido como una marmota.

—Hija —se compadeció Charo—, está lisiado el pobre.

Y ambas rieron.

[1]Frente Revolucionario Antifascista y Patriota. Grupo de Acción del PCE (m-l ) Prochinos.

 [2]Oficinistas, estudiantes.

[3]Manifestación ilegal, comando.

 [4]¡Agua! Expresión para avisar de algún peligro.

 [5]Tabarra, murga, paliza.

 [6]Responsable.

 [7]Andamio de estructura fija.

 [8]Trotskistas.

 [9]Acabado, Muerto.

 [10]Carácter, talante.

 [11]Asuntos.

 [12]Billetes de mil pesetas.

 [13]Entendido.

 [14]Ayuda.

 [15]Casa (quel).

 [16]Mujer. (De, ja).

 [17]Acción de rociar las calles con panfletos: octavillas de la oposición clandestina.

 [18]Problema (embolao).

 [19]Antiguo paso elevado, que destrozaba la hermosa glorieta de Carlos V. (Atocha).

 [20]Así.

 [21]Quería decir que el monstruo de Frankenstein.