S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-4-

Una tarde con Pink Floyd

Cuando los comuneros vieron las fachas que traía el Jambo se tronzaron de risa. Especialmente el Rubio, a quién Pepe, pues trabajaban en la misma obra, le había contado la historieta.

—¡Te las dan todas, tronco! —sentenció.

—Pegado a la estufa seguro que no pasa nada —le respondió el Jambo.

Y añadió:

Y a cuenta del brazo tú no sabes dónde y con quién he dormido yo esta noche.

—Con la jati de Atocha...

—La misma —mintió descaradamente—. Y tiene dos troncas cosa fina...

—Cuenta, cuenta...

—Te dije que si te camelaba[1] venir —se vengó el Jambo.

—Bueno, pero... —se defendió el Rubio, sinceramente arrepentido—, si necesitas un colega.

—Date el queo[2], mucharó[3]. Me las voy a quilar a las tres.

—¡Anda ya, pegotero!

El Jambo había quedado con Maite y Charo para el fin de semana, además, confiaba ver el viernes a Ana en el hospital. Una vez que hubo arreglado los papeles de la baja y sin nada que hacer decidió pasar las mañanas tomando el solecito en el Retiro y las tardes tomando botijos[4] en el barrio. Una baja siempre viene bien. El dinero le daba igual. ¡Siempre estaba a dos velas! Y en cuanto a Pepe que vino a visitarle una tarde después del currelo, le puso a parir:

—¡Marica! Me podía haber muerto.

—Pero qué dices, tío, ¿no te socorrieron dos gachises?

—Claro, como tú andabas pegando voces como un majara.

—¡Qué jari, tronco, qué jarillón! —recordaba con orgullo Pepe—. Y fuimos nosotros, la vanguardia de la clase obrera, ¿eh?

—¡Venga, Pepe, que estoy harto de verte sacar la barra de uña[5] por cualquier excusa.

—Tío, es que si no, nos comen. ¿No querrás que tenga garlochí[6]? Además, cada uno es cada uno.

—Claro, claro.

—¿Qué?, ¿hace un botijo en ca Paco?

El Jambo se encontraba en su salsa. Algunos compañeros de Comisiones bajaron a saludarle y sin comerlo ni beberlo y por obra de la inconsciencia de Pepe, porque eso era y no otra cosa, inconsciencia, era un héroe. No con el tono que tenía la palabra en boca de Ana, sino un héroe de la clase obrera que se había enfrentado con éxito a la tribu enemiga. Que es muy otra cosa de lo que pensaba esa matasanos.

Y entre quinto[7] y quinto —siempre invitado— al Jambo se le hacía el culo gaseosa.

—Y mañana viernes.

El brazo le bailaba en la férula, pero ya no le dolía. Para su desgracia Ana no apareció por ninguna parte. Unos ateeses le atendieron y le quitaron el vendaje. Se las vio y se las deseó para ponerse la camisa pues apenas tenía fuerza en el brazo. Le aconsejaron que lo conservara en cabestrillo unos días más. Usó el pañuelo de Maite para ello y se puso la cazadora por lo hombros. Menos mal que era la chunga porque se sentía torpón usando sólo la buena. El médico le dio un volante para su ídem de cabecera. Las vacaciones se habían terminado.

Comió en Legazpi en un restaurante de camioneros, se tomó un sol y sombra y se compró un ronly que tiraba fetén. Y ahora, a llamar a esas poncias y que le den morcilla a la chandé, que el culo de Maite es mucho bul.

—¿Diga? —contestó desde el otro lado del teléfono la voz de la mencionada.

—¿Las hermanitas de la caridad? —bromeó el Jambo.

—¿Cómo? —no entendió Maite.

—Soy el herido. Llamo por si eso.

—¿Por si qué? —Y Maite seguía sin entender.

—¿No habíamos quedado en que os llamara?

—¿Pero quién eres?...

—¡Ahí va Dios! Soy el del brazo roto.

—¡Ah, bueno! Sí, sí, ¿cómo estás?

—Muy bien. ¿Qué pasa, nos vemos?

—Pues no sé..., no sé si vamos a poder.

El Jambo captó en el acto la retirada y también en el acto se mosqueó.

—Dos razones de buten, sí señor.

—No, es que... —pero el Jambo no le dejó terminar.

—Oye Maite, a mí no me tienes que dar explicaciones. Me dijisteis que llamara y eso he hecho. ¡A mandar y hasta otra! —Y colgó. Se arrepintió a los diez segundos pero ni por todo el oro del mundo volvería a llamar. Era un cabezón.

Comprendió que la tarde estaba perdida. Por un momento se vio sentado en el salón del Comunín pegado a la estufa y aguantando la caña del Rubio mientras se maqueaba para salir con su americana, si es que no se la traía al Comunín para pasársela por las narices. ¡Vaya ful! Tampoco tenía ánimos para buscar algún tronco y salir de farra.

No tuvo valor para sentarse a ver la tele en el salón y se encerró en su habitación. Se sentía torpón y se tumbó en la cama. Mirando un calendario en la pared lleno de tías en bolas, se empalmó y se la cascó. Después se quedó traspuesto hasta que unos golpes en la puerta le despertaron.

—¡Tío! —Era Currito Crysler, un comunero que trabajaba en Barreiros.

—¿Qué pasa? — y la voz le salió a medio pronunciar.

—Que hay aquí unas chicas que preguntan por ti.

Estuvo a punto de mandarle a tomar vientos, pensando que era una broma del Rubio, pero se oyeron unas voces de fondo que eran de mujer. Se incorporó a toda velocidad, escondió debajo la cama el pañuelo con el consumado, y se dio una rápida mirada al espejo para ordenar la cabellera. Y abrió.

Eran ellas: Ana, Maite y Charo. El corazón le dio un vuelco.

—¡Hola! —dijeron. Y traían lucecitas en los ojos de la tarde fría. Y un aura les rodeaba como si fueran santas. O al menos así le pareció al Jambo.

Les mandó pasar, despidió a Currito Crysler que quería apuntarse a la fiesta, y cerró la puerta.

—¿Cómo sabíais que vivía aquí?

—Tú lo dijiste, que vivías en el Común.

—¿Lo dije? —se sorprendió el Jambo.

—Yo ya lo conocía —dijo Ana que seguía seria y distante—. Conozco a gente de este barrio. Lo que no podía suponer es que vivieras con el cura Llanos.

—Pues ya ves.

—Es muy completito —apostilló Maite.

Llamaron a la puerta.

—¿Quién? —atronó la voz del Jambo.

—Nosotros... —Eran el Rubio y Perico el ateese.

—¿Qué queréis? —les preguntó muy seco el Jambo. ¿Qué iban a querer?

—No nos vas a presentar a tus amigos... —intervino Ana. Encima ella.

—Pues no.

—Por qué —se rieron.

—Porque todavía no me he decidido por ninguna.

Se mondaron de risa, sobre todo Maite. Ana se molestó.

—¡Vaya!, ni que fuéramos propiedad tuya.

—En la guerra como en la guerra y en el amor como en el amor —le defendió Maite.

Fue Ana quien abrió la puerta. El Rubio y el Perico entraron sonrientes como dos tratantes de feria. Ambos se las maravillaban solos para camelar a cualquiera. Por contra de otras veces que tanto les había admirado, al Jambo le parecieron dos pesados, dos ligones pringosos. Encima resulta que Perico conocía a Charo, porque estudiaban juntos fisioterapia. Había que actuar rápidamente si quería sacar algo en claro, sobre todo no dejarles acercarse a Ana. Los muy mamones...

Pero Perico ya estaba liando un canuto y el Rubio había puesto una cinta de Pink Floyd.

—¿Pero es que os vais a apalancar[8] aquí?

—¿Es lo suyo, no? —respondió el Rubio con una seguridad que desquició al Jambo.

—Que música más bonita —mentó Maite por hacer buen ambiente.

—Pink Floyd, "La cara oculta de la Luna" —sentenció la docta Ana.

—¿Por qué estás tan nervioso, chico? —le preguntó Charo al Jambo.

—¡Eso! —quiso saber Perico.

—Porque no se ha decidido todavía —dijo Ana mirándole a los ojos.

Por fin. Ésta era la suya.

—¡Falso! Me he decidido por ti, chica —le espetó el Jambo sosteniéndole la mirada con decisión. Ella ni pestañeó—. Así que, Rubio —le dijo a éste—, hazme un sitio y búscate la vida por ahí.

—De buten —contestó el mencionado, que ya le tenía echado el ojo a Maite.

El Jambo encendió una vela olorosa que le había regalado Mari Carmen hacía tiempo y apagó las luces. Subió un poquito la música y volviéndose a Ana y rodeando su cintura con el brazo sano, la besó. Que ya tenía ganas el pobre. Ana se dejó hacer. Ni sí del todo, ni no tampoco. Pero cuando el Jambo le metió descaradamente mano por su más hermosa anatomía, se hizo a un lado susurrando:

—Demasiada gente y además no estás en disposición —y le señaló el brazo.

—No será un moretón lo que se interponga entre nosotros, chati —bromeó él, que, tras varias caladas al canuto, empezaba a alegrarse. A su alrededor, recostados mal que bien sobre la cama, el Rubio y Perico habían seguido su ejemplo y pasaban al ataque. Ahora la estrategia consistía en que cada uno pudiera llevársela a su cuarto. No era la primera vez, aunque sí la primera que aparentemente se aventuraba tan fácil.

Pero las cosas se desarrollaron de un modo imprevisto. Allí la batuta la llevaba Ana. Si ésta le daba cuartel al Jambo, Maite y Charo, ídem a su pareja. Si le sujetaba, lo mismo. Era una situación estúpida y así no iban a ninguna parte. Ni la música, ni el porro, ni nada de nada.

Al rato, el Jambo, que compartía con sus amigos un creciente dolor en sus partes más tiernas, propuso dar una vuelta.

Aceptaron. Para su sorpresa, la titis se manejaban estupendamente pese a los canutos que se habían fumado. Mejor que ellos, pues Perico estaba empezando a chamullar[9] en extremeño, señal inequívoca de que estaba tocado, y el Rubio se daba continuas palmadas a sí mismo como si tuviera frío.

—¿Qué os pasa, machitos? —preguntó con ironía Ana.

Como Perico tenía también coche, se repartieron por sexos. Estrategia muy peligrosa, pero había que tener en cuenta que ambos contingentes necesitaban urgentes reuniones de alto estado mayor.

—¡Tío! —se quejaba Perico ya en su buga —un simca mil—, ¡Vaya amigas que tienes!

—De eso que estáis pensando, ¡nasti[10]! —aseveró el Jambo muy serio.

—Tranquilos —dijo el Rubio, que raramente perdía la esperanza—, dos pasos adelante y uno atrás.

—Igual no nos hemos emparejado bien... —pensó en alto Perico a la par, como iba en Babia, que daba un frenazo en el semáforo del puente de Entrevías.

—El bacalao lo parte la chandé[11] —aclaró el Jambo—, pero va de despistar al enemigo. Las otras parecen sus hijas.

—Por eso hay que separarlas —dijo muy seguro el Rubio.

—Ahora nos vamos a un pub que esté chindao[12] —tramo Perico—. Ellas, seguro, que ya se han puesto de acuerdo. Vemos de qué van y con una excusa yo me abro con Charo. Y luego, vosotros os lo burláis como podáis.

—Pero sólo hay dos bugas —se quejó el Rubio que ya se veía tirado.

—Es igual, yo ligo un tequi —se ofreció el Jambo—. ¡Total, para volver al Común!

—¿Pero tú no has estado en su queli? —le preguntó el Rubio, que no alcanzaba a ver el favor que el Jambo le hacía.

—Para ti la casa de su menda.

—Bueno... —se conformó el Rubio que, tramara lo que tramara el Jambo, después de esto le daba igual.

Ya en Atocha, los seis se tomaron unos cafés.

—Por cierto, Rubio —le preguntó el Jambo—, ¿dónde te metiste el viernes pasado, el día del putiferio?

—Me chindé en el tigre hasta que pasó el follón.

—¡Qué niveles! —se rió Perico, que era un valentón, o mejor, otro inconsciente.

—A ti te quería haber visto yo, listo...

—Y en peores. Cuando mataron a Patiño...

—¡Venga, corta! —le espetó de malos modos el Rubio, que en estas cuestiones no admitía lecciones de nadie.

Ellas escuchaban la conversación muy sonrientes, les hacía gracia el acento que le daban a las frases, ese acento chipé[13] especialmente vallecano.

No tuvieron que ir a ningún pub. Sin ningún esfuerzo se fueron aislando por parejas, pues ambas tácticas, y no por azar, coincidían exactamente. Perico y Charo se despidieron con la excusa de que Charo tenía que hacer no sé qué, pero estaba clarísimo que se iban al Comunín a echar un caliqueño. Poco después, Maite y el Rubio dijeron que se iban a dar una vuelta. Este tenía una sonrisa de conquistador de oreja a oreja, sin pensar, el muy cretino, que no era su artibuli[14] ligón, sino que la cosa ya la habían decidido ellas de antemano.

Una vez solos, Ana se hizo la sorprendida, como si no tuviera nada que ver. Como el Jambo estaba escocido de anteriores batallitas, no se dejó atrapar en ninguno de los intentos de conversación que ella quiso improvisar. Con media sonrisa y cuarto de paciencia esperó a que las cosas se pusieran solas en su sitio. Un par de nerviosas miradas después, Ana decidió entrar a saco en la tarde tontorrona que de seguir así las cosas se barruntaba.

—¡Ay, machito, qué mal!

—No me llames machito...

—Pues anda que... Jambo.

—Así me llaman. Es cuestión de acostumbrarse.

—Muy bien, Jambo —dijo ella con una sonrisa que era una bomba de tiempo.

—Yo no quiero poner el dedo en la llaga —se sinceró el Jambo—. Pero supongo que estando juntos un viernes por la tarde y tal como han ido la cosas...

Ana sonrió.

—Lo que quieres decir es que terminaremos...

—¡Dios te oiga!

 —Vaya con la clase obrera, cómo está de reprimida, ¿eh?

—¡Venga! ¡No te quedes conmigo! ¿Por qué, si no, habéis venido a verme esta tarde?

—Te equivocas. No ha sido cosa mía. Maite quería saber cómo estabas.

—¿Sí?, pues ya has visto...

—Le gustará tu amigo.

—Ana, no me cortes más. Si no tienes intención de enrollarte, dilo y sanseacabó.

Ninguno de los dos sabía por donde salir. El Jambo se mosqueó consigo mismo. Se mosqueó y se desanimó. Y en estos casos siempre reaccionaba igual.

—Ponme un JB con hielo —le pidió al camarero, y volviéndose a ella—: ¿Tú quieres algo?

No quería nada.

—Pobrecito mío —y le acarició las mejillas—. Y ahora se va a emborrachar como todo un hombre.

—Corta...

—Bueno, hijo, pues bébetelo y vamos a algún sitio tranquilo dónde podamos sentarnos porque tengo que hablarte de cosas muy serias.

[1]Querías.

 [2]Escabullirse. (Irse, en la expresión).

 [3]Muchacho.

 [4]Botellín de cerveza.

 [5]Herramienta de los carpinteros de obra y otras profesiones.

 [6]Arrepentimiento.

 [7]Botellín de cerveza de 1/5 de litro.

 [8]Asentar sus reales.

 [9]Hablar.

 [10]Nada.

 [11]Sabio, Médico.

 [12]De chindé, ciego, destruido, disperso. Aquí se usa como escondido, discreto.

 [13]Lengua. Por extensión, todo lo referente a las jergas barriobajeras.

 [14]En puridad chisme. También se usa como gracia personal.