La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-4- Una tarde con Pink Floyd |
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Cuando
los comuneros vieron las fachas que traía el Jambo se tronzaron
de risa. Especialmente el Rubio, a quién Pepe, pues trabajaban
en la misma obra, le había contado la historieta.
—¡Te
las dan todas, tronco! —sentenció.
—Pegado
a la estufa seguro que no pasa nada —le respondió el Jambo.
Y
añadió:
Y
a cuenta del brazo tú no sabes dónde y con quién he dormido
yo esta noche.
—Con
la jati de Atocha...
—La
misma —mintió descaradamente—. Y tiene dos troncas cosa
fina...
—Cuenta,
cuenta...
—Te
dije que si te camelaba[1]
venir —se vengó el Jambo.
—Bueno,
pero... —se defendió el Rubio, sinceramente arrepentido—,
si necesitas un colega.
—Date
el queo[2],
mucharó[3].
Me las voy a quilar a las tres.
—¡Anda
ya, pegotero!
El
Jambo había quedado con Maite y Charo para el fin de semana,
además, confiaba ver el viernes a Ana en el hospital. Una vez
que hubo arreglado los papeles de la baja y sin nada que hacer
decidió pasar las mañanas tomando el solecito en el Retiro y
las tardes tomando botijos[4]
en el barrio. Una baja siempre viene bien. El dinero le daba
igual. ¡Siempre estaba a dos velas! Y en cuanto a Pepe que vino
a visitarle una tarde después del currelo, le puso a parir:
—¡Marica!
Me podía haber muerto.
—Pero
qué dices, tío, ¿no te socorrieron dos gachises?
—Claro,
como tú andabas pegando voces como un majara.
—¡Qué
jari, tronco, qué jarillón! —recordaba con orgullo Pepe—.
Y fuimos nosotros, la vanguardia de la clase obrera, ¿eh?
—¡Venga,
Pepe, que estoy harto de verte sacar la barra de uña[5]
por cualquier excusa.
—Tío,
es que si no, nos comen. ¿No querrás que tenga garlochí[6]?
Además, cada uno es cada uno.
—Claro,
claro.
—¿Qué?,
¿hace un botijo en ca Paco?
El
Jambo se encontraba en su salsa. Algunos compañeros de
Comisiones bajaron a saludarle y sin comerlo ni beberlo y por
obra de la inconsciencia de Pepe, porque eso era y no otra cosa,
inconsciencia, era un héroe. No con el tono que tenía la
palabra en boca de Ana, sino un héroe de la clase obrera que se
había enfrentado con éxito a la tribu enemiga. Que es muy otra
cosa de lo que pensaba esa matasanos.
Y
entre quinto[7]
y quinto —siempre invitado— al Jambo se le hacía el culo
gaseosa.
—Y
mañana viernes.
El
brazo le bailaba en la férula, pero ya no le dolía. Para su
desgracia Ana no apareció por ninguna parte. Unos ateeses le
atendieron y le quitaron el vendaje. Se las vio y se las deseó
para ponerse la camisa pues apenas tenía fuerza en el brazo. Le
aconsejaron que lo conservara en cabestrillo unos días más. Usó
el pañuelo de Maite para ello y se puso la cazadora por lo
hombros. Menos mal que era la chunga porque se sentía torpón
usando sólo la buena. El médico le dio un volante para su ídem
de cabecera. Las vacaciones se habían terminado.
Comió
en Legazpi en un restaurante de camioneros, se tomó un sol y
sombra y se compró un ronly que tiraba fetén. Y ahora, a
llamar a esas poncias y que le den morcilla a la chandé, que el
culo de Maite es mucho bul.
—¿Diga?
—contestó desde el otro lado del teléfono la voz de la
mencionada.
—¿Las
hermanitas de la caridad? —bromeó el Jambo.
—¿Cómo?
—no entendió Maite.
—Soy
el herido. Llamo por si eso.
—¿Por
si qué? —Y Maite seguía sin entender. |
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—¿No
habíamos quedado en que os llamara?
—¿Pero
quién eres?...
—¡Ahí
va Dios! Soy el del brazo roto.
—¡Ah,
bueno! Sí, sí, ¿cómo estás?
—Muy
bien. ¿Qué pasa, nos vemos?
—Pues
no sé..., no sé si vamos a poder.
El
Jambo captó en el acto la retirada y también en el acto se
mosqueó.
—Dos
razones de buten, sí señor.
—No,
es que... —pero el Jambo no le dejó terminar.
—Oye
Maite, a mí no me tienes que dar explicaciones. Me dijisteis
que llamara y eso he hecho. ¡A mandar y hasta otra! —Y colgó.
Se arrepintió a los diez segundos pero ni por todo el oro del
mundo volvería a llamar. Era un cabezón.
Comprendió
que la tarde estaba perdida. Por un momento se vio sentado en el
salón del Comunín pegado a la estufa y aguantando la caña del
Rubio mientras se maqueaba para salir con su americana, si es
que no se la traía al Comunín para pasársela por las narices.
¡Vaya ful! Tampoco tenía ánimos para buscar algún tronco y
salir de farra.
No
tuvo valor para sentarse a ver la tele en el salón y se encerró
en su habitación. Se sentía torpón y se tumbó en la cama.
Mirando un calendario en la pared lleno de tías en bolas, se
empalmó y se la cascó. Después se quedó traspuesto hasta que
unos golpes en la puerta le despertaron.
—¡Tío!
—Era Currito Crysler, un comunero que trabajaba en Barreiros.
—¿Qué
pasa? — y la voz le salió a medio pronunciar.
—Que
hay aquí unas chicas que preguntan por ti.
Estuvo
a punto de mandarle a tomar vientos, pensando que era una broma
del Rubio, pero se oyeron unas voces de fondo que eran de mujer.
Se incorporó a toda velocidad, escondió debajo la cama el pañuelo
con el consumado, y se dio una rápida mirada al espejo para
ordenar la cabellera. Y abrió.
Eran
ellas: Ana, Maite y Charo. El corazón le dio un vuelco.
—¡Hola!
—dijeron. Y traían lucecitas en los ojos de la tarde fría. Y
un aura les rodeaba como si fueran santas. O al menos así le
pareció al Jambo.
Les
mandó pasar, despidió a Currito Crysler que quería apuntarse
a la fiesta, y cerró la puerta.
—¿Cómo
sabíais que vivía aquí?
—Tú
lo dijiste, que vivías en el Común.
—¿Lo
dije? —se sorprendió el Jambo.
—Yo
ya lo conocía —dijo Ana que seguía seria y distante—.
Conozco a gente de este barrio. Lo que no podía suponer es que
vivieras con el cura Llanos.
—Pues
ya ves.
—Es
muy completito —apostilló Maite.
Llamaron
a la puerta.
—¿Quién?
—atronó la voz del Jambo.
—Nosotros...
—Eran el Rubio y Perico el ateese.
—¿Qué
queréis? —les preguntó muy seco el Jambo. ¿Qué iban a
querer?
—No
nos vas a presentar a tus amigos... —intervino Ana. Encima
ella.
—Pues
no.
—Por
qué —se rieron.
—Porque
todavía no me he decidido por ninguna.
Se
mondaron de risa, sobre todo Maite. Ana se molestó.
—¡Vaya!,
ni que fuéramos propiedad tuya.
—En
la guerra como en la guerra y en el amor como en el amor —le
defendió Maite.
Fue
Ana quien abrió la puerta. El Rubio y el Perico entraron
sonrientes como dos tratantes de feria. Ambos se las
maravillaban solos para camelar a cualquiera. Por contra de
otras veces que tanto les había admirado, al Jambo le
parecieron dos pesados, dos ligones pringosos. Encima resulta
que Perico conocía a Charo, porque estudiaban juntos
fisioterapia. Había que actuar rápidamente si quería sacar
algo en claro, sobre todo no dejarles acercarse a Ana. Los muy
mamones... |
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Pero
Perico ya estaba liando un canuto y el Rubio había puesto una
cinta de Pink Floyd.
—¿Pero
es que os vais a apalancar[8]
aquí?
—¿Es
lo suyo, no? —respondió el Rubio con una seguridad que
desquició al Jambo.
—Que
música más bonita —mentó Maite por hacer buen ambiente.
—Pink
Floyd, "La cara oculta de la Luna" —sentenció la
docta Ana.
—¿Por
qué estás tan nervioso, chico? —le preguntó Charo al Jambo.
—¡Eso!
—quiso saber Perico.
—Porque
no se ha decidido todavía —dijo Ana mirándole a los ojos.
Por
fin. Ésta era la suya.
—¡Falso!
Me he decidido por ti, chica —le espetó el Jambo sosteniéndole
la mirada con decisión. Ella ni pestañeó—. Así que, Rubio
—le dijo a éste—, hazme un sitio y búscate la vida por ahí.
—De
buten —contestó el mencionado, que ya le tenía echado el ojo
a Maite.
El
Jambo encendió una vela olorosa que le había regalado Mari
Carmen hacía tiempo y apagó las luces. Subió un poquito la música
y volviéndose a Ana y rodeando su cintura con el brazo sano, la
besó. Que ya tenía ganas el pobre. Ana se dejó hacer. Ni sí
del todo, ni no tampoco. Pero cuando el Jambo le metió
descaradamente mano por su más hermosa anatomía, se hizo a un
lado susurrando:
—Demasiada
gente y además no estás en disposición —y le señaló el
brazo.
—No
será un moretón lo que se interponga entre nosotros, chati
—bromeó él, que, tras varias caladas al canuto, empezaba a
alegrarse. A su alrededor, recostados mal que bien sobre la
cama, el Rubio y Perico habían seguido su ejemplo y pasaban al
ataque. Ahora la estrategia consistía en que cada uno pudiera
llevársela a su cuarto. No era la primera vez, aunque sí la
primera que aparentemente se aventuraba tan fácil.
Pero
las cosas se desarrollaron de un modo imprevisto. Allí la
batuta la llevaba Ana. Si ésta le daba cuartel al Jambo, Maite
y Charo, ídem a su pareja. Si le sujetaba, lo mismo. Era una
situación estúpida y así no iban a ninguna parte. Ni la música,
ni el porro, ni nada de nada.
Al
rato, el Jambo, que compartía con sus amigos un creciente dolor
en sus partes más tiernas, propuso dar una vuelta.
Aceptaron.
Para su sorpresa, la titis se manejaban estupendamente pese a
los canutos que se habían fumado. Mejor que ellos, pues Perico
estaba empezando a chamullar[9]
en extremeño, señal inequívoca de que estaba tocado, y el
Rubio se daba continuas palmadas a sí mismo como si tuviera frío.
—¿Qué
os pasa, machitos? —preguntó con ironía Ana.
Como
Perico tenía también coche, se repartieron por sexos.
Estrategia muy peligrosa, pero había que tener en cuenta que
ambos contingentes necesitaban urgentes reuniones de alto estado
mayor.
—¡Tío!
—se quejaba Perico ya en su buga —un simca mil—, ¡Vaya
amigas que tienes!
—De
eso que estáis pensando, ¡nasti[10]!
—aseveró el Jambo muy serio.
—Tranquilos
—dijo el Rubio, que raramente perdía la esperanza—, dos
pasos adelante y uno atrás.
—Igual
no nos hemos emparejado bien... —pensó en alto Perico a la
par, como iba en Babia, que daba un frenazo en el semáforo del
puente de Entrevías.
—El
bacalao lo parte la chandé[11]
—aclaró el Jambo—, pero va de despistar al enemigo. Las
otras parecen sus hijas.
—Por
eso hay que separarlas —dijo muy seguro el Rubio.
—Ahora
nos vamos a un pub que esté chindao[12]
—tramo Perico—. Ellas, seguro, que ya se han puesto de
acuerdo. Vemos de qué van y con una excusa yo me abro con Charo.
Y luego, vosotros os lo burláis como podáis.
—Pero
sólo hay dos bugas —se quejó el Rubio que ya se veía
tirado.
—Es
igual, yo ligo un tequi —se ofreció el Jambo—. ¡Total,
para volver al Común!
—¿Pero
tú no has estado en su queli? —le preguntó el Rubio, que no
alcanzaba a ver el favor que el Jambo le hacía.
—Para
ti la casa de su menda. |
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—Bueno...
—se conformó el Rubio que, tramara lo que tramara el Jambo,
después de esto le daba igual.
Ya
en Atocha, los seis se tomaron unos cafés.
—Por
cierto, Rubio —le preguntó el Jambo—, ¿dónde te metiste
el viernes pasado, el día del putiferio?
—Me
chindé en el tigre hasta que pasó el follón.
—¡Qué
niveles! —se rió Perico, que era un valentón, o mejor, otro
inconsciente.
—A
ti te quería haber visto yo, listo...
—Y
en peores. Cuando mataron a Patiño...
—¡Venga,
corta! —le espetó de malos modos el Rubio, que en estas
cuestiones no admitía lecciones de nadie.
Ellas
escuchaban la conversación muy sonrientes, les hacía gracia el
acento que le daban a las frases, ese acento chipé[13]
especialmente vallecano.
No
tuvieron que ir a ningún pub. Sin ningún esfuerzo se fueron
aislando por parejas, pues ambas tácticas, y no por azar,
coincidían exactamente. Perico y Charo se despidieron con la
excusa de que Charo tenía que hacer no sé qué, pero estaba
clarísimo que se iban al Comunín a echar un caliqueño. Poco
después, Maite y el Rubio dijeron que se iban a dar una vuelta.
Este tenía una sonrisa de conquistador de oreja a oreja, sin
pensar, el muy cretino, que no era su artibuli[14]
ligón, sino que la cosa ya la habían decidido ellas de
antemano.
Una
vez solos, Ana se hizo la sorprendida, como si no tuviera nada
que ver. Como el Jambo estaba escocido de anteriores batallitas,
no se dejó atrapar en ninguno de los intentos de conversación
que ella quiso improvisar. Con media sonrisa y cuarto de
paciencia esperó a que las cosas se pusieran solas en su sitio.
Un par de nerviosas miradas después, Ana decidió entrar a saco
en la tarde tontorrona que de seguir así las cosas se
barruntaba.
—¡Ay,
machito, qué mal!
—No
me llames machito...
—Pues
anda que... Jambo.
—Así
me llaman. Es cuestión de acostumbrarse.
—Muy
bien, Jambo —dijo ella con una sonrisa que era una bomba de
tiempo.
—Yo
no quiero poner el dedo en la llaga —se sinceró el Jambo—.
Pero supongo que estando juntos un viernes por la tarde y tal
como han ido la cosas...
Ana
sonrió.
—Lo
que quieres decir es que terminaremos...
—¡Dios
te oiga!
—Vaya
con la clase obrera, cómo está de reprimida, ¿eh?
—¡Venga!
¡No te quedes conmigo! ¿Por qué, si no, habéis venido a
verme esta tarde?
—Te
equivocas. No ha sido cosa mía. Maite quería saber cómo
estabas.
—¿Sí?,
pues ya has visto...
—Le
gustará tu amigo.
—Ana,
no me cortes más. Si no tienes intención de enrollarte, dilo y
sanseacabó.
Ninguno
de los dos sabía por donde salir. El Jambo se mosqueó consigo
mismo. Se mosqueó y se desanimó. Y en estos casos siempre
reaccionaba igual.
—Ponme
un JB con hielo —le pidió al camarero, y volviéndose a
ella—: ¿Tú quieres algo?
No
quería nada.
—Pobrecito
mío —y le acarició las mejillas—. Y ahora se va a
emborrachar como todo un hombre.
—Corta...
—Bueno,
hijo, pues bébetelo y vamos a algún sitio tranquilo dónde
podamos sentarnos porque tengo que hablarte de cosas muy serias.
[1]Querías.
[2]Escabullirse.
(Irse, en la expresión).
[3]Muchacho.
[4]Botellín
de cerveza.
[5]Herramienta
de los carpinteros de obra y otras profesiones.
[6]Arrepentimiento.
[7]Botellín
de cerveza de 1/5 de litro.
[8]Asentar
sus reales.
[9]Hablar.
[10]Nada.
[11]Sabio,
Médico.
[12]De
chindé, ciego, destruido, disperso. Aquí se usa como
escondido, discreto.
[13]Lengua.
Por extensión, todo lo referente a las jergas
barriobajeras. |