La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-5- Una víctima de la chochocracia[1] |
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Para su sorpresa, Ana detuvo un taxi y fueron
a su piso. Al Jambo le encantaba aquel piso, tan calentito. ¿Dónde
estarían Maite y el Rubio?
Tenía las palmas húmedas de la emoción.
Hizo sus planes, un canuto, y luego desnudarla, jugar con ese
divino cuerpo. ¡Santo Cielo! ¡Cuánto le gustaba! Pero no se
hizo ilusiones. Nueva sorpresa, Ana le sirvió un güisqui. El
Jambo se arrellanó en el diván y sumamente intrigado masculló
con tono interesante:
—Pues usted dirá, señora mía.
Ana no parecía tener prisa. Con una excusa
se cambió de ropa. No volvió más sexy pero sí más cómoda.
Se puso un chándal afelpado.
—Sabes que me empiezas a caer mejor —dijo
repentinamente ella.
Al Jambo esta frase no le hizo gracia, le sonó
a aperitivo de una tajada mayor que vendría después y que no
le hacía ninguna ilusión. En la propia actitud de Ana se
adivinaban afanes que nada tenían que ver con sus planes.
Aprovechó para hacerse el duro. Así es la vida:
—Me da la impresión de que me vas a pedir
algo, ¿no?
Asintió con la cabeza.
—Necesitamos de ti.
—Maldito plural —y le pareció una frase
genial.
—Pero no sé por dónde empezar —siguió
ella.
—No voy a decir eso de que empieces por el
principio, pero por lo menos dímelo claro y corto.
—¿Cómo ves la situación del país? —le
preguntó Ana.
Con esta pregunta el Jambo se dio cuenta de
lo que presuntamente Ana quería de él. Reclutarle. Vulgar
proselitismo. ¡Había pasado otras veces por ello! Incluso se
había aprovechado de esta especial chochocracia como método de
crecimiento de los grupúsculos de izquierda.
—¡Venga, Ana! ¿Qué quieres, liarme a
estas alturas?
—Cualquier cosa menos liarte —y su tono
subió un poco—. Lo que quiero es hablar contigo. ¿Tan raro
te parece?
—Ana, a mí me gustas tú, no tu partido, y
no te lo tomes a mal, que no sé cuál es.
Bueno, mira... Milito en un grupo de
izquierda que se está planteando un nuevo tipo de acciones.
Acciones más comprometidas...
—Dame una pista.
—Necesitamos gente con experiencia y con
contactos.
—Pero si a mí me echaron del PCE en el
setenta y dos. Ya sólo milito en Comisiones. Yo soy de la puta
base.
—Me refiero a experiencia a otros niveles.
Sé que estuviste en la cárcel y que conoces gente. Antonio me
lo dijo.
—Sí, estoy en libertad provisional. Pero
la gente que conozco son como yo, obreros y rojos.
Ana estaba empezando a perder la paciencia.
El Jambo era un hueso duro de roer:
—Ya veo que no quieres hablar de política.
—No hombre —se moderó el Jambo—, lo
que pasa es que a mí me aburre hablar de política, esas
interminables discusiones que tanto os gustan a los progres, a mí
me aburren.
—¿Entonces, tú qué opinas, qué quieres
tú para este país?
—Yo... ¡La Revolución! Lo de siempre, la
Dictadura del Proletariado, vamos, que mandemos los pobres.
—¿Y tú crees que eso se va a dar así por
las buenas?
—Me
parece que no se va a dar...
—¡Desde luego que no se va a dar! —parecía
cabreada—. Con pactos por la libertad, con Juntas Democráticas,
Plataformas, y toda esa porquería pequeño-burguesa, aquí no
va a haber ninguna revolución se muera o no se muera la momia.
Y menos cuando suba al trono el Pelele Primero. |
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—¿Bueno, y qué? Me fui del PCE por eso.
¿Y qué vais a hacer?, ¿otro FRAP y matar más grises?
—No. No vamos a hacer otro FRAP. Vamos a
crear grupos de acción para acciones más comprometidas. No
vamos a permitir que muerto Franco aquí se instale un
democracia orgánica, con Juan Carlos o sin él.
—Lo dices como si fuerais miles.
—Pues de eso se trata, de conseguir miles
de personas comprometidas dispuestas a arriesgar.
—Ya hay miles en el PCE.
—No me hagas reír —se despachó ahora
ella. ¡Carrillistas[2]!
—Oye, —preguntó el Jambo con cierto
mosqueo—, ¿no serás del PORE? (un grupúsculo, escisión de
otro grupúsculo, escisión de la IV Internacional, que se
caracterizaba por su ultraizquierdismo).
—¡Por favor!
Ana calló un momento en el que tuvo dudas.
Finalmente se confesó.
—Soy de Izquierda Comunista. IC.
Al Jambo le sonaba, no mucho, pero le sonaba:
a la izquierda del PCE, intelectuales y profesionales.
Publicaciones de mucha enjundia política.
—¿Pero qué queréis, asaltar bancos?
—Una cosa así. Ya te digo que se trata de
acciones comprometidas con objetivos muy concretos que refuercen
la lucha de masas.
—Traduce eso —le rogó el Jambo.
—Primero hay que financiarse. ¿Ves algo
malo en ello?
—No. Pero como dice Tomas de Quincey, se
empieza por matar una vieja y se acaba por no ir a misa.
Esta mención literaria le sorprendió a
ella.
—Pensé que estabas más a la izquierda
—dijo Ana con cierta decepción.
—No sé dónde estoy —reconoció el
Jambo—. Desde que salí de la cárcel no sé muy bien donde
estoy. Milito en Comisiones pero sin integrarme totalmente. En
definitiva creo que me he arrugado un poco.
Este arranque de sinceridad dejó a Ana sin
palabras. El Jambo siguió:
—Desde que me trincaron en la huelga de
junio, les he cogido miedo. Ahora sé como se las gastan. Se que
entré por una puerta y salí por otra, pero también podía
haber salido por una ventana. Creo que es por eso y porque no
encuentro nada que me convenza por lo que estoy en la guerra al
ralentí. Además, me ocurrieron algunas cosas raras, y quizá
también son muchos años sin ver resultados.
—Eso nos pasa a todos —le consoló Ana. Y
siguió—: ¿Quieres que lo dejemos?
—No. Termina de contarme tu rollo.
—Yo lo que creo es que estás desorientado.
Saliste del PCE, pero en el fondo te sigue pareciendo el único
partido serio. Y a su izquierda, también es verdad, hay mucho
imbécil. Nosotros tampoco somos nada, unos centenares en todo
el país. Pero no nos engañamos. O se pone en marcha una fuerza
de izquierdas capaz de actuar a todos los niveles de la lucha
política, o nos comen vivos, Carrillo y lo suyos incluidos.
Nosotros proponemos la unidad de la izquierda bajo unos mínimos
inexcusables. Un frente revolucionario que impida a los
pactistas besar el culo de la burguesía.
—¿Quienes son los pactistas?
—Los
carrillistas y los socialistas, que han fundado sendos engendros
democráticos.
—¡Ah! Nunca les había oído llamar así.
—Bueno... Sólo es una forma de hablar,
espero que no te ofenda.
—No me ofende nada. Con el PCE tengo
contactos en el barrio, y en cuanto a los socialistas, poca
fuerza les veo.
—Ahora sí, pero cuando les llegue el apoyo
de la Internacional Socialista, o sea de Alemania, nos vamos a
enterar. No queda más remedio que financiarse como sea.
—¿Y no hay otras formas?
—Tú me dirás.
—Ya, pero no quiero terminar como la gente
de la Baader-Meinhof... |
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Se hizo un denso silencio. Por un lado al
Jambo, que aquí le demostraba que no era tan simple y rudo como
a primera vista, esta forma de financiarse no dejaba de
parecerle tan legítima como cualquier otra, pero de lo que
estaba seguro, es de que estas escaladas en la acción
terminaban muy mal. Y el conocía en sus carnes los zarpazos que
un régimen como el franquista podía dar antes de caer. Las
once penas de muerte dictadas por los tribunales militares eran
un ejemplo palmario de ello. Por otro lado, no dejaba de
contemplar con simpatía el valor, las agallas que había que
tener para plantearse estas acciones, ahora que todo el mundo
reculaba, menos los vascos, que como siempre, al entender del
Jambo, se llevaban la peor parte de la represión. En cuanto a
Ana, ella no tenía dudas. Estaba armada de una terrible verdad:
sabía que las fuerzas progresistas en la clandestinidad eran más
débiles de lo que a primera vista pudieran parecer. Y si los
grupos a la izquierda del PCE no eran capaces de aglutinar una
entregada vanguardia capaz de agriarles la fiesta a carrillistas
y socialistas una descafeinada democracia se impondría con toda
probabilidad, pues a poco que se tuviera ojo político, ya se
adivinaba la gran vocación de pacto que las fuerzas ilustradas
ex franquistas y la oposición democrática tenían. Unas para
no perder en el cambio, y las otras para ganar algo. La
posibilidad de que IC, donde militaba Ana, un grupo tan sesudo
como pequeño, pudiera encabezar la más mínima unidad de la
izquierda, con "recursos financieros" o sin ellos, era
de una entre mil. Todos los militantes de IC lo sabían, la habían
discutido largamente como era su costumbre, y pese a ello,
deseaban intentarlo, deseaban imponer un poco de racionalidad a
las irreales, habitualmente, propuestas políticas de la extrema
izquierda, aportando sus análisis y documentos en todos los
foros, pero para ello hacía falta dinero, y para conseguirlo
hacía falta gente que descendiera unas pocas veces, al último
escalón de la subversión. Pero IC no tenía a nadie en ese
escalón, ni siquiera disponían entre sus militantes de un
obrero en su sentido estricto. IC era un grupo de selectos
profesionales e intelectuales. Y Ana, que había sido encargada
de esta tarea porque desarrollaba sus labores de base en una
asociación de vecinos, había encontrado en el Jambo su tabla
de salvación. Pero el Jambo era engañoso. Parecía un joven
lleno de vida, agresivo, capaz de cualquier cosa a primera
vista. Y no era cierto. El Jambo estaba quemado, como se decía.
Los años de aparente infructuosa lucha, su detención, su paso
por la DGS y por el TOP[3],
y el reblandecimiento, a su entender, de las antaño férreas
posturas de la izquierda, con el nacimiento en París de la
Junta Democrática, le habían quemado. El Jambo probablemente
exageraba. Sólo estaba cansado. Quizá su falta de perspectivas
personales, estudiante metido a obrero y sin cargo en ningún
sindicato que pudiera garantizar su futuro, le nublaba la vista.
Estaba perdiendo la esperanza. Cada vez le gustaba más el
costo, la juerga por la juerga, olvidarse de sus problemas. Y
como el Pertur no dejaba de señalar, este era un viaje a
ninguna parte, quizá a la desolación, quizá era el viaje que
muchos querían para los jóvenes como el Jambo.
—No sé, Ana —reconoció—. Todo el
mundo espera agazapado que se muera este cabrón. Todo el mundo
mira a Europa para que impida que los cafres vuelvan al treinta
y seis. Otros, deliramos con imposibles revoluciones. Y en
cuanto a la gente, las masas, sólo quieren que no haya sangre,
pero aguantarán lo que les echen y aplaudirán al primer
avispado que les garantice paz.
—Bueno, no seas derrotista, que no te va
—le animó Ana—. Entiendo que tengas miedo. Todo el mundo lo
tiene...
—No tengo miedo, al menos no en el sentido
que tú lo dices —le interrumpió el Jambo, algo dolido.
—De acuerdo. Sólo señalarte, que es en
estas cuestiones cuando las personas dejan clara la distancia
que sufren entre sus opiniones, siempre fáciles, como sabes, y
las verdaderas convicciones.
—¡A ver si para demostrar mis convicciones
voy a tener que asaltar bancos!
—No, no digo eso —aclaró Ana sabiendo
que había hecho blanco—, me refería a gente como yo, como
los camaradas de IC.
—Mira Ana —aseveró el Jambo—, yo me la
juego todos los días, tanto en el tajo como en la guerra. Tanto
me puedo caer de un andamio como me pueden matar a hostias los
sociales.
—Yo lo sé, machito —le respondió—. ¿pero,
qué me dices de tu grado de compromiso?
—Suficiente.
Ana se encontraba exhausta. Venían a su
cabeza todas las argumentaciones que en decenas de reuniones había
desarrollado y defendido. Ella era la principal animadora de
este paso adelante de la organización. Y sin embargo, de nada
le servían con el Jambo, era inútil usarlas. Las
argumentaciones políticas sólo valen cuando la otra parte
comulga contigo en lo fundamental. Y no era el caso del Jambo.
Decidió dejarlo. Quiso relajarse, mañana sería otro día.
—Bueno, chico, dejemos la discusión por
hoy. |
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El Jambo no supo qué decir. Quizá debiera
irse. Su corazón de sufridor empedernido le decía que
aligerase. Su deseo de abrazarla le inmovilizaba.
—¿Sabes, Ana, en el fondo, no me fío de
vosotros —esto no era del todo cierto, pero el Jambo quería
justificarse. Sin embargo, Ana le creyó.
—¿Y por qué desconfías?
El Jambo fue aún más cruel.
—Porque no sois de mi tribu. Os veo como a
unos plumíferos.
—Tú tampoco eres de la clase obrera, no
pretendas engañarme.
—¿No?, ¿entonces qué soy?
—Seguro que un estudiante metido a obrero.
—Eso no es así. Si ser estudiante de
Maestría Industrial es ser estudiante metido a obrero, pues sí.
Lo que no soy es un currique[4].
Pero soy un proletario porque no tengo nada en la vida, ni donde
caerme muerto —Y esto último sí era verdad.
—Me vas a hacer llorar —contraatacó Ana
usando las armas del Jambo.
—¡Además! —dijo el Jambo con aire de
terminar la historia—. ¡Yo sinelo[5]
lo que sinelo! —y se levantó dispuesto a irse. Tan ofendido
estaba.
—Te ha sentado mal...
—Sí, y creo que debo irme.
—¿Me permites una pregunta antes de irte?
Te juro que tengo gran curiosidad. ¿Por qué hablas esa jerga
con tus amigos y conmigo lo haces correctamente e incluso bien?
Este golpe terminó por exasperar al Jambo.
—¡Porque es lo que nos distingue de los
demás! ¡Pero tú no lo puedes entender, tía! —y componiéndose
la cazadora como pudo recogió el tabaco y el mechero y se fue
hacia la puerta.
—¿Dime al menos cómo te llamas?
—Jambo, ya te lo dije antes.
—¿Por qué? ¿Qué significa?
—Que tengo las piernas muy largas.
—¿Pero tendrás un nombre?
—Para ti, Jambo.
—Pues bueno, Jambo, no quiero que te vayas.
Se quedó inmóvil. Por un segundo dudó de
su sinceridad, pero ella se lo aclaró.
—Olvida lo que hemos hablado —y sus ojos
grises, clarearon y sonrió llenando su rostro inteligente de
belleza e incitación.
El Jambo se apoyó contra la pared.
—Creo que me has desarmado —dijo quedo.
—Tú también a mí.
Estuvieron mirándose a los ojos un rato. El
muro que había entre ambos se deshacía como agua.
—A mí me gustas, chica, ya lo sabes.
—A mí también me gustas tú.
—Pero ya sabes que no me fío de ti...
—Yo tampoco.
Entonces se rieron.
—Lo siento —dijo el Jambo acercándose—,
pero te voy a besar.
—Bueno... La cazadora cayó al suelo y allí quedó toda la noche. Ana jugó con el Jambo. Le enseñó como se puede hacer del amor, algo interminablemente delicioso, que de esto no sabía el vallecano. Y el Jambo se dejó, primero asombrado y luego entusiasta. Fumaron canutos y salieron de sus ropas para posarse en la alfombra empequeñecidos como mariposas en celo. Y tuvo el vallecano que usar sus manos y su lengua sobre su intimidad hasta que ella le detuvo ya muy cerca de su placer. Y después Ana se sentó a horcajadas de los flancos del Jambo, y se movió lentamente durante eones hasta que él gritó y aulló y se tensó como el acero para caer derrotado y feliz, y ella aún siguió y con el sedimento de su amante exhaló su final pegada a él, musitándole palabras ardientes, afiladas como el hilo final de su placer. Y luego quedaron quietos, abrazados, casi mareados, saboreando el hachís que los había sacado de la miserable vida de los tiempos que corrían.
[1]Técnica
de captación de militantes mediante el concurso de una
hermosa mujer.
[2]Mención
despectiva para los militantes del PCE, cuyo secretario
general era Carrillo.
[3]Tribunal
de Orden Público (Tribunales especiales del franquismo,
carentes de toda garantía jurídica).
[4]Albañil
de profesión.
[5]Tener
dinero. Aquí se usa por ser lo que uno es. |