S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

-5-

Una víctima de la chochocracia[1]

Para su sorpresa, Ana detuvo un taxi y fueron a su piso. Al Jambo le encantaba aquel piso, tan calentito. ¿Dónde estarían Maite y el Rubio?

Tenía las palmas húmedas de la emoción. Hizo sus planes, un canuto, y luego desnudarla, jugar con ese divino cuerpo. ¡Santo Cielo! ¡Cuánto le gustaba! Pero no se hizo ilusiones. Nueva sorpresa, Ana le sirvió un güisqui. El Jambo se arrellanó en el diván y sumamente intrigado masculló con tono interesante:

—Pues usted dirá, señora mía.

Ana no parecía tener prisa. Con una excusa se cambió de ropa. No volvió más sexy pero sí más cómoda. Se puso un chándal afelpado.

—Sabes que me empiezas a caer mejor —dijo repentinamente ella.

Al Jambo esta frase no le hizo gracia, le sonó a aperitivo de una tajada mayor que vendría después y que no le hacía ninguna ilusión. En la propia actitud de Ana se adivinaban afanes que nada tenían que ver con sus planes. Aprovechó para hacerse el duro. Así es la vida:

—Me da la impresión de que me vas a pedir algo, ¿no?

Asintió con la cabeza.

—Necesitamos de ti.

—Maldito plural —y le pareció una frase genial.

—Pero no sé por dónde empezar —siguió ella.

—No voy a decir eso de que empieces por el principio, pero por lo menos dímelo claro y corto.

—¿Cómo ves la situación del país? —le preguntó Ana.

Con esta pregunta el Jambo se dio cuenta de lo que presuntamente Ana quería de él. Reclutarle. Vulgar proselitismo. ¡Había pasado otras veces por ello! Incluso se había aprovechado de esta especial chochocracia como método de crecimiento de los grupúsculos de izquierda.

—¡Venga, Ana! ¿Qué quieres, liarme a estas alturas?

—Cualquier cosa menos liarte —y su tono subió un poco—. Lo que quiero es hablar contigo. ¿Tan raro te parece?

—Ana, a mí me gustas tú, no tu partido, y no te lo tomes a mal, que no sé cuál es.

Bueno, mira... Milito en un grupo de izquierda que se está planteando un nuevo tipo de acciones. Acciones más comprometidas...

—Dame una pista.

—Necesitamos gente con experiencia y con contactos.

—Pero si a mí me echaron del PCE en el setenta y dos. Ya sólo milito en Comisiones. Yo soy de la puta base.

—Me refiero a experiencia a otros niveles. Sé que estuviste en la cárcel y que conoces gente. Antonio me lo dijo.

—Sí, estoy en libertad provisional. Pero la gente que conozco son como yo, obreros y rojos.

Ana estaba empezando a perder la paciencia. El Jambo era un hueso duro de roer:

—Ya veo que no quieres hablar de política.

—No hombre —se moderó el Jambo—, lo que pasa es que a mí me aburre hablar de política, esas interminables discusiones que tanto os gustan a los progres, a mí me aburren.

—¿Entonces, tú qué opinas, qué quieres tú para este país?

—Yo... ¡La Revolución! Lo de siempre, la Dictadura del Proletariado, vamos, que mandemos los pobres.

—¿Y tú crees que eso se va a dar así por las buenas?

—Me parece que no se va a dar...

—¡Desde luego que no se va a dar! —parecía cabreada—. Con pactos por la libertad, con Juntas Democráticas, Plataformas, y toda esa porquería pequeño-burguesa, aquí no va a haber ninguna revolución se muera o no se muera la momia. Y menos cuando suba al trono el Pelele Primero.

—¿Bueno, y qué? Me fui del PCE por eso. ¿Y qué vais a hacer?, ¿otro FRAP y matar más grises?

—No. No vamos a hacer otro FRAP. Vamos a crear grupos de acción para acciones más comprometidas. No vamos a permitir que muerto Franco aquí se instale un democracia orgánica, con Juan Carlos o sin él.

—Lo dices como si fuerais miles.

—Pues de eso se trata, de conseguir miles de personas comprometidas dispuestas a arriesgar.

—Ya hay miles en el PCE.

—No me hagas reír —se despachó ahora ella. ¡Carrillistas[2]!

—Oye, —preguntó el Jambo con cierto mosqueo—, ¿no serás del PORE? (un grupúsculo, escisión de otro grupúsculo, escisión de la IV Internacional, que se caracterizaba por su ultraizquierdismo).

—¡Por favor!

Ana calló un momento en el que tuvo dudas. Finalmente se confesó.

—Soy de Izquierda Comunista. IC.

Al Jambo le sonaba, no mucho, pero le sonaba: a la izquierda del PCE, intelectuales y profesionales. Publicaciones de mucha enjundia política.

—¿Pero qué queréis, asaltar bancos?

—Una cosa así. Ya te digo que se trata de acciones comprometidas con objetivos muy concretos que refuercen la lucha de masas.

—Traduce eso —le rogó el Jambo.

—Primero hay que financiarse. ¿Ves algo malo en ello?

—No. Pero como dice Tomas de Quincey, se empieza por matar una vieja y se acaba por no ir a misa.

Esta mención literaria le sorprendió a ella.

—Pensé que estabas más a la izquierda —dijo Ana con cierta decepción.

—No sé dónde estoy —reconoció el Jambo—. Desde que salí de la cárcel no sé muy bien donde estoy. Milito en Comisiones pero sin integrarme totalmente. En definitiva creo que me he arrugado un poco.

Este arranque de sinceridad dejó a Ana sin palabras. El Jambo siguió:

—Desde que me trincaron en la huelga de junio, les he cogido miedo. Ahora sé como se las gastan. Se que entré por una puerta y salí por otra, pero también podía haber salido por una ventana. Creo que es por eso y porque no encuentro nada que me convenza por lo que estoy en la guerra al ralentí. Además, me ocurrieron algunas cosas raras, y quizá también son muchos años sin ver resultados.

—Eso nos pasa a todos —le consoló Ana. Y siguió—: ¿Quieres que lo dejemos?

—No. Termina de contarme tu rollo.

—Yo lo que creo es que estás desorientado. Saliste del PCE, pero en el fondo te sigue pareciendo el único partido serio. Y a su izquierda, también es verdad, hay mucho imbécil. Nosotros tampoco somos nada, unos centenares en todo el país. Pero no nos engañamos. O se pone en marcha una fuerza de izquierdas capaz de actuar a todos los niveles de la lucha política, o nos comen vivos, Carrillo y lo suyos incluidos. Nosotros proponemos la unidad de la izquierda bajo unos mínimos inexcusables. Un frente revolucionario que impida a los pactistas besar el culo de la burguesía.

—¿Quienes son los pactistas?

—Los carrillistas y los socialistas, que han fundado sendos engendros democráticos.

—¡Ah! Nunca les había oído llamar así.

—Bueno... Sólo es una forma de hablar, espero que no te ofenda.

—No me ofende nada. Con el PCE tengo contactos en el barrio, y en cuanto a los socialistas, poca fuerza les veo.

—Ahora sí, pero cuando les llegue el apoyo de la Internacional Socialista, o sea de Alemania, nos vamos a enterar. No queda más remedio que financiarse como sea.

—¿Y no hay otras formas?

—Tú me dirás.

—Ya, pero no quiero terminar como la gente de la Baader-Meinhof...

Se hizo un denso silencio. Por un lado al Jambo, que aquí le demostraba que no era tan simple y rudo como a primera vista, esta forma de financiarse no dejaba de parecerle tan legítima como cualquier otra, pero de lo que estaba seguro, es de que estas escaladas en la acción terminaban muy mal. Y el conocía en sus carnes los zarpazos que un régimen como el franquista podía dar antes de caer. Las once penas de muerte dictadas por los tribunales militares eran un ejemplo palmario de ello. Por otro lado, no dejaba de contemplar con simpatía el valor, las agallas que había que tener para plantearse estas acciones, ahora que todo el mundo reculaba, menos los vascos, que como siempre, al entender del Jambo, se llevaban la peor parte de la represión. En cuanto a Ana, ella no tenía dudas. Estaba armada de una terrible verdad: sabía que las fuerzas progresistas en la clandestinidad eran más débiles de lo que a primera vista pudieran parecer. Y si los grupos a la izquierda del PCE no eran capaces de aglutinar una entregada vanguardia capaz de agriarles la fiesta a carrillistas y socialistas una descafeinada democracia se impondría con toda probabilidad, pues a poco que se tuviera ojo político, ya se adivinaba la gran vocación de pacto que las fuerzas ilustradas ex franquistas y la oposición democrática tenían. Unas para no perder en el cambio, y las otras para ganar algo. La posibilidad de que IC, donde militaba Ana, un grupo tan sesudo como pequeño, pudiera encabezar la más mínima unidad de la izquierda, con "recursos financieros" o sin ellos, era de una entre mil. Todos los militantes de IC lo sabían, la habían discutido largamente como era su costumbre, y pese a ello, deseaban intentarlo, deseaban imponer un poco de racionalidad a las irreales, habitualmente, propuestas políticas de la extrema izquierda, aportando sus análisis y documentos en todos los foros, pero para ello hacía falta dinero, y para conseguirlo hacía falta gente que descendiera unas pocas veces, al último escalón de la subversión. Pero IC no tenía a nadie en ese escalón, ni siquiera disponían entre sus militantes de un obrero en su sentido estricto. IC era un grupo de selectos profesionales e intelectuales. Y Ana, que había sido encargada de esta tarea porque desarrollaba sus labores de base en una asociación de vecinos, había encontrado en el Jambo su tabla de salvación. Pero el Jambo era engañoso. Parecía un joven lleno de vida, agresivo, capaz de cualquier cosa a primera vista. Y no era cierto. El Jambo estaba quemado, como se decía. Los años de aparente infructuosa lucha, su detención, su paso por la DGS y por el TOP[3], y el reblandecimiento, a su entender, de las antaño férreas posturas de la izquierda, con el nacimiento en París de la Junta Democrática, le habían quemado. El Jambo probablemente exageraba. Sólo estaba cansado. Quizá su falta de perspectivas personales, estudiante metido a obrero y sin cargo en ningún sindicato que pudiera garantizar su futuro, le nublaba la vista. Estaba perdiendo la esperanza. Cada vez le gustaba más el costo, la juerga por la juerga, olvidarse de sus problemas. Y como el Pertur no dejaba de señalar, este era un viaje a ninguna parte, quizá a la desolación, quizá era el viaje que muchos querían para los jóvenes como el Jambo.

—No sé, Ana —reconoció—. Todo el mundo espera agazapado que se muera este cabrón. Todo el mundo mira a Europa para que impida que los cafres vuelvan al treinta y seis. Otros, deliramos con imposibles revoluciones. Y en cuanto a la gente, las masas, sólo quieren que no haya sangre, pero aguantarán lo que les echen y aplaudirán al primer avispado que les garantice paz.

—Bueno, no seas derrotista, que no te va —le animó Ana—. Entiendo que tengas miedo. Todo el mundo lo tiene...

—No tengo miedo, al menos no en el sentido que tú lo dices —le interrumpió el Jambo, algo dolido.

—De acuerdo. Sólo señalarte, que es en estas cuestiones cuando las personas dejan clara la distancia que sufren entre sus opiniones, siempre fáciles, como sabes, y las verdaderas convicciones.

—¡A ver si para demostrar mis convicciones voy a tener que asaltar bancos!

—No, no digo eso —aclaró Ana sabiendo que había hecho blanco—, me refería a gente como yo, como los camaradas de IC.

—Mira Ana —aseveró el Jambo—, yo me la juego todos los días, tanto en el tajo como en la guerra. Tanto me puedo caer de un andamio como me pueden matar a hostias los sociales.

—Yo lo sé, machito —le respondió—. ¿pero, qué me dices de tu grado de compromiso?

—Suficiente.

Ana se encontraba exhausta. Venían a su cabeza todas las argumentaciones que en decenas de reuniones había desarrollado y defendido. Ella era la principal animadora de este paso adelante de la organización. Y sin embargo, de nada le servían con el Jambo, era inútil usarlas. Las argumentaciones políticas sólo valen cuando la otra parte comulga contigo en lo fundamental. Y no era el caso del Jambo. Decidió dejarlo. Quiso relajarse, mañana sería otro día.

—Bueno, chico, dejemos la discusión por hoy.

El Jambo no supo qué decir. Quizá debiera irse. Su corazón de sufridor empedernido le decía que aligerase. Su deseo de abrazarla le inmovilizaba.

—¿Sabes, Ana, en el fondo, no me fío de vosotros —esto no era del todo cierto, pero el Jambo quería justificarse. Sin embargo, Ana le creyó.

—¿Y por qué desconfías?

El Jambo fue aún más cruel.

—Porque no sois de mi tribu. Os veo como a unos plumíferos.

—Tú tampoco eres de la clase obrera, no pretendas engañarme.

—¿No?, ¿entonces qué soy?

—Seguro que un estudiante metido a obrero.

—Eso no es así. Si ser estudiante de Maestría Industrial es ser estudiante metido a obrero, pues sí. Lo que no soy es un currique[4]. Pero soy un proletario porque no tengo nada en la vida, ni donde caerme muerto —Y esto último sí era verdad.

—Me vas a hacer llorar —contraatacó Ana usando las armas del Jambo.

—¡Además! —dijo el Jambo con aire de terminar la historia—. ¡Yo sinelo[5] lo que sinelo! —y se levantó dispuesto a irse. Tan ofendido estaba.

—Te ha sentado mal...

—Sí, y creo que debo irme.

—¿Me permites una pregunta antes de irte? Te juro que tengo gran curiosidad. ¿Por qué hablas esa jerga con tus amigos y conmigo lo haces correctamente e incluso bien?

Este golpe terminó por exasperar al Jambo.

—¡Porque es lo que nos distingue de los demás! ¡Pero tú no lo puedes entender, tía! —y componiéndose la cazadora como pudo recogió el tabaco y el mechero y se fue hacia la puerta.

—¿Dime al menos cómo te llamas?

—Jambo, ya te lo dije antes.

—¿Por qué? ¿Qué significa?

—Que tengo las piernas muy largas.

—¿Pero tendrás un nombre?

—Para ti, Jambo.

—Pues bueno, Jambo, no quiero que te vayas.

Se quedó inmóvil. Por un segundo dudó de su sinceridad, pero ella se lo aclaró.

—Olvida lo que hemos hablado —y sus ojos grises, clarearon y sonrió llenando su rostro inteligente de belleza e incitación.

El Jambo se apoyó contra la pared.

—Creo que me has desarmado —dijo quedo.

—Tú también a mí.

Estuvieron mirándose a los ojos un rato. El muro que había entre ambos se deshacía como agua.

—A mí me gustas, chica, ya lo sabes.

—A mí también me gustas tú.

—Pero ya sabes que no me fío de ti...

—Yo tampoco.

Entonces se rieron.

—Lo siento —dijo el Jambo acercándose—, pero te voy a besar.

—Bueno...

La cazadora cayó al suelo y allí quedó toda la noche. Ana jugó con el Jambo. Le enseñó como se puede hacer del amor, algo interminablemente delicioso, que de esto no sabía el vallecano. Y el Jambo se dejó, primero asombrado y luego entusiasta. Fumaron canutos y salieron de sus ropas para posarse en la alfombra empequeñecidos como mariposas en celo. Y tuvo el vallecano que usar sus manos y su lengua sobre su intimidad hasta que ella le detuvo ya muy cerca de su placer. Y después Ana se sentó a horcajadas de los flancos del Jambo, y se movió lentamente durante eones hasta que él gritó y aulló y se tensó como el acero para caer derrotado y feliz, y ella aún siguió y con el sedimento de su amante exhaló su final pegada a él, musitándole palabras ardientes, afiladas como el hilo final de su placer. Y luego quedaron quietos, abrazados, casi mareados, saboreando el hachís que los había sacado de la miserable vida de los tiempos que corrían.

[1]Técnica de captación de militantes mediante el concurso de una hermosa mujer.

 [2]Mención despectiva para los militantes del PCE, cuyo secretario general era Carrillo.

 [3]Tribunal de Orden Público (Tribunales especiales del franquismo, carentes de toda garantía jurídica).

 [4]Albañil de profesión.

 [5]Tener dinero. Aquí se usa por ser lo que uno es.