S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-6-

La hija de la furcia

El Jambo entró silbando en el salón del televisor. El Rubio y Perico, que estaban allí pegando voces, al verle la cara, le palmearon la espalda. Ellos también.

—¡Tronco, qué demasiado! —graznó Perico—. ¡Vaya jaca!

—¡Superior! —corroboró el Rubio.

El Jambo no dijo nada. Se sentó frente a la estufa, cosa que le fue permitida por mor de la comunión existente. También ahora era un poco héroe. Un proveedor de mujeres. En el mundo de la escasez, el les había proporcionado un par de hermosos polvos para aumentar la lista de sus fanfarronadas. No les importó que Charly anduviera por allí arrastrando los pies como un oso. La autocomplacencia rebozaba sus jaraneros vozarrones.

—¿Bueno, y esta tarde qué? —preguntó Perico.

—Yo nada. he quedado con ella mañana por la mañana en el Rastro —les aclaró el Jambo.

—Pues nosotros vamos a ir a su casa para echar unos canutitos —informó el Rubio.

Eso no le gusto nada al Jambo. Aquel piso era territorio prohibido para ellos.

—¡Macho!, ¿y tu americana, qué? —quiso saber el Jambo.

—Hay tiempo para todas  —le respondió el Rubio. Y casi se le caía la baba de gusto.

—¡Qué jodio! —se admiró Perico.

El Rubio tuvo un arranque de inconmensurable generosidad.

 —Tronco, vente...

—Sí, hombre —dijo Perico—. Si se nos tercia un caliqueño, pues nos chindamos a una chambra[1] y tú no te cortes.

—Chachi, tronco —confirmó el Rubio.

Así que se fueron a comer a un chino de Tirso de Molina más contentos que unas Pascuas, sin recordar que el Jambo tenía una reunión de la Delegada de Comisiones. Y el Rubio, que su americana no se despegaba del teléfono esperando su llamada.

Por la tarde, de nuevo en el piso, Ana no estaba, tenía guardia. Como pronosticaron sus amigos, el Jambo se quedó solo en el salón. Pero no le importó. Bajo los efectos del peta y escuchando heavy, se rindió a las pretensiones de Ana, sin que ni siquiera estuviera presente. ¡Qué diablos! Tenía razón. Estos cerdos se van a cargar a once de los nuestros. Y el iba a aportar su granito de arena. No podía seguir militando a medias. Tenía un pasado al que debía ser fiel. Y este paso era justamente lo que necesitaba. Un poco de acción revolucionaria. Se lo diría a Ana mañana como el que no quiere la cosa. Así era él. Capaz de discutir políticamente una acción y una vez madura, tomar decisiones. Y se lo creía.

Y envalentonado, se puso a bailar una danza guerrera, mezcla de rock and roll, kárate y ardor revolucionario. Y se lo estaba pasando pipa. Entonces regresaron sus amigos. Se partieron de risa, pero todos le imitaron, las chicas también. Hasta que los vecinos de abajo golpearon con la escoba en el techo, hartos de tanto escándalo. Y Charo y Maite les pidieron moderación porque no querían líos. Aun así, estuvieron tronchándose un buen rato y sacaron bebidas e hicieron bocadillos de ocasión y el Jambo hizo más canutos, descubriendo, no sin preocupación, que su provisión de costo se agotaba. Pero fue una tarde memorable. A las once se fueron de parranda a la glorieta de Bilbao, y no hicieron mucho el macarra porque iban bien acompañados y estaban algo tocados, pero se sentaron en Pentagrama, allí donde tantas veces se habían sentado sin compañía femenina y discutieron de todo menos de política, pues por una noche, no vieron a los maderos, ni los panfletos sucios de pisadas por las aceras, ni las pintadas, ni los tipos sospechosos, ni nada. ¿Quién rayos era Franco esa noche? Nada, polvo del museo de los horrores.

Cuando el Rubio y Perico le dijeron al Jambo que se volvían al piso con ellas para rematar la faena, el Jambo no se mosqueó.

—¡Qué vicio que tenéis! —bromeó.

—Hay que aprovechar las rachas —ironizó el Rubio.

Y Perico que tenía la vena filosófica y seguro que lo había leído en algún sitio, dijo:

—Es que la vida sólo es el tiempo que transcurre entre polvo y polvo.

Y esta mención le hizo mucha gracia a Maite, que tenía un hermoso brillo en los ojos de tanto mirar al Rubio. Y es que el Rubio era un verdadero dago[2].

Ana no se presentó. Se pasó horas esperándola debajo de Cascorro. A cada momento creía reconocerla entre la multitud. Para fastidiarlo, un grupo de fachas alborotó lo suficiente como para que se produjera una estampida que a punto estuvo de arruinar los tenderetes de antigüedades de los gitanos. Estos se mosquearon mucho, y agarrando sus garrotas y jaleados por sus hermosas mujeres se organizaron para darle lo suyo a estos hijos de puta, pero ya habían desaparecido. Y la bronca, que en otro momento le hubiera entusiasmado, terminó por desquiciarle. Ahora sí que no había manera de encontrar a nadie en aquel caos. Se fue para la plazuela de los libros y tebeos y estuvo enredando hasta que se hartó y se fue a comer.

Derramó el vino dos veces y se fue endemoniado del restaurante. Dudaba si llamarla. Pero él era demasiado orgulloso para eso. Regresó al Comunín. Estaba vacío. Se encerró en su cuarto, se hizo el último canuto y durmió beatíficamente toda la tarde.

Al despertar, el Comunín seguía vacío. Se fue al Puente y valoró la posibilidad de comprarle un talego al Botines, un camello que era una hiena. Pero pasó, estaba seco de pelas. Se comió un bocata y se metió en el cine. Encima, una pareja no le dejó ver la película tranquilo. Una del Landa haciendo de falso marica con unas tías jamonas. A la vuelta no quiso hablar con nadie y se acostó. La buena vida se había terminado. No había estado mal, casi una semana. Pero había que volver al tajo.

Por la mañana se levantó con el tiempo justo. En el metro, un estudiante inexperto, casi le da en la cara con un tocho[3] de panfletos al arrojarlos dentro del vagón justo cuando se cerraban las puertas.

—¡Gilipollas! —le gritó, sin que el estudiante, que se había quedado en el andén, pudiera oírle. Y como la gente le mirara dudosa, dijo para arreglarlo:

—¡A ver si aprendes! —y cogió uno. Eran de la Junta Democrática, que si las penas de muerte y todo eso.

Tuvo una mala mañana, primero vino el Pertur a preguntarle si le había pasado algo, lo de la Delegada, que por qué no había ido. Le contó una batallita, un compañero recién salido del maco, que se habían ido a celebrarlo. Entonces el Pertur le soltó la retahíla, lo que se había hablado. Y el Jambo hizo como que le escuchaba.

Y para terminar de arreglarlo, el Bigotes le cambio de puesto y le puso a limpiar ladrillo visto con un cubo de vinagre y un cepillo de esparto. Subido en el andamio, el Jambo acabó por exasperarse. Había que largarse de la Constru, ya llevaba el tiempo suficiente como para estar harto. Al principio estuvo bien. Era como una aventura, las reuniones, las asambleas en el sindicato vertical, las huelgas del Rayo y de Malpisa, los compañeros. Se lo había pasado bien, pero ahora no le compensaba. Él no aspiraba a un puesto en Comisiones, pretendía algo más, una chaqueta de cuero, un correaje y una pipa, y un buen follón donde ejercer de bolchevique. Pero quia, estaba todo más perdido que Carracuca.  Lo de Ana, era quizá su última oportunidad. ¡Sí señor! ¡Me cagüen la madre que los parió! No hay más cojones. Hay que liarse a tiros con estos cabrones. Aquí no se pueden templar gaitas. ¡Hay que ir a por ellos! Y cuantos más ladrillos limpiaba más se convencía. No era ya que le gustara Ana, ¡es que tenía razón!

Cuando sonó la campana y se sentó en la mesa del quiosco del tío Pío, la Asun que le había echado en falta, le preguntó:

—¿Niño, has estado malo?

—Estoy jodido, Asun.

—Pues vente luego a las seis que quiero decirte una cosa.

—¡Que no, Asun! —le respondió el Jambo pensando que lo que ella quería era trajín.

—Que sí, que te quiero comentar una cosa.

—Bueno vale. ¿Qué tienes hoy de papeo[4]?

A las seis se fue para el quiosco. Estaba la Asun, dos motoristas de la pestañí, y una chica joven. Una hermosa joven.

—Niño, ¿tu conoces a mi hija?

—Pues no...

El Jambo estaba cortado por los picoletos. La hija de la Asun parecía de otra madre. Para empezar era rubia, quizá teñida, y estaba sabrosa como una cereza. Al reír se le veía un diente pocho, pero poco.

—Hola, ¿qué tal? —le saludó

—Bien...

—Se llama Pepi —aclaró la Asun—. ¿A que es guapa?

—Vaya que sí.

—¿Oye niño? ¿Y tú, cómo te llamas? —quiso saber la Asun.

—Jambo.

Los picoletos se volvieron.

—¿Jandro? —mal entendió la Asun.

—¡Jambo! ¡Coño!

—¿Y ese qué nombre es? —y lo preguntaba la misma Pepi.

—El mío —y se hizo el duro.

Uno de los civiles se le acercó para preguntarle dónde trabajaba. Pero la Asun le avaló diciendo que era un buen chico que no se metía en nada y que además era cliente.

La Asun le puso una cerveza. El Jambo y la Pepi se miraron, uno a cada lado de la barra. La Pepi le preguntó de qué trabajaba y cuando se lo dijo, ella se extrañó. Que parecía más espabilado de lo que se necesita para ser peón de albañil. Pero el Jambo no iba a contarle su vida. Ser peón sólo tenía mérito entre estudiantes rojos capaces de sublimar hasta la heroicidad, el sacrificio que comportaba arrojar los libros a un lado y dedicarse a la causa personificando en uno mismo el último eslabón de la sociedad humana. No había muchos, pero los había.

—¿Y tú, a qué te dedicas? —contraatacó el Jambo.

—Ayudo a mi madre y tengo novio.

No le pareció al Jambo que tener novio fuera ninguna clase de ocupación. En cuanto a la primera de ellas, se preguntó si la hija tendría el mismo oficio que la madre. La Pepi hablaba de su novio, según lo describía, debía ser un tipo afortunado. Coche, un piso no sé dónde, que si ropa de no sé quién. Un rollo. Al Jambo le fastidió que tuviera novio, no por nada, sólo por el pingüi que se estaba tirando la muy majadera. Y es que la Pepi, lo era, nada especial, había miles como ella, hembras jóvenes, sanas, incluso hermosas como la Pepi, pero completamente desnortadas en opinión del Jambo. Sólo faltaba que se pusiera a hablar del Uri Geller de las pelotas.

¡Vale!, estaba jamona, rebosaba de vida y salud y probablemente le importaba un bledo la política o incluso le daba miedo, como a tantos millones de compatriotas. Sin embargo, el canalillo que se adivinaba bajo el ajustado suéter de pico se llevaba tres de cada cuatro miradas del Jambo. Y de esas tres, en dos de ellas se alisaba la Pepi el jersey, estirando, sacudiendo un ignoto polvo, recomponiendo un inexistente refajo, todo alrededor de su esbelto pecho. Y esta aspaventera que corría pareja con las bobadas que decía y que como un guardia urbano dirigía el trafico de miradas del Jambo, estaba a punto de conseguir que empezara a perdonarle todo.

—¿Y dónde vives? —quiso saber ella.

—En el Pozo.

—¡Ay!, pues yo tengo una prima allí, se llama Isabel.

—Pues no la conozco —atajó el Jambo antes de que ella se lo preguntara—. ¿Y tú, dónde vives?

—En la Ciudad de los Ángeles...

Lo decía como si la City fuera algo más que el dormitorio de los currantes de la Crysler.

—O sea —continuó el Jambo—, que autobús hasta la plaza Castilla, luego el metro hasta Atocha, y luego el 18, lo menos echas hora y media.

—Para venir sí, pero vuelvo en taxi con mi madre, o me lleva mi novio.

—Pues nunca te había visto por aquí.

—Sólo vengo algunas tardes, otras salgo con mi novio.

Como los picoletos se habían marchado, la Asun terció en la conversación:

—A que es guapo este chico, hija.

—Sí... —Y la Pepi se sacudió una mota imaginaria.

—Anda, hija, pasa al cuarto y mira a ver si el tío Pío necesita algo, que tengo que hablar con... ¿cómo dijiste que te llamabas, niño?

—Jambo...

Pero sin escucharle, la Asun le encareció a su hija para que tuviera cuidado con las zarpas del viejo lerruxista. Y cuando se hubo ido le dijo al Jambo:

—¿A que te gusta mi chica?

—Sí...

—¡Ya lo sabía yo!

—¡Asun!, no sé qué coño quieres de mí.

—¡Ay, niño! Es que tengo un problema muy grande con esta hija.

—¿Y cuál es el "poblema" —le preguntó el Jambo imitándola.

—Pues chico, que se ha echado un novio que no me gusta nada, uno de mala vida. Para mi que anda liado con golfos. Ya sabes tú.

—¿Ah, sí? —esto le interesó al Jambo.

—Sí. Y mira que tiene admiradores, porque no es por nada, pero es que es igual que yo cuando era joven.

—Pues sí que estabas buena, Asun —la piropeó el Jambo.

—¿Verdad?

—Bueno... Y el tipo ese, el novio, ¿qué pasa? ¿a qué se dedica?

—No lo sé. A la mala vida. Yo creo que es un chori[5].

—¿No jodas?

—Me parece que sí. Y tú me podrías ayudar.

—¿Yo?

—Sí. Quitándole a mi hija esos pájaros de la cabeza.

—Pero Asun, si yo no tengo dónde caerme muerto, ganas tú más en una tarde que yo en un mes.

—El dinero no lo es todo, niño. También cuentan las buenas personas. Y yo sé que tú lo eres.

—¡Venga ya, Asun! ¡Qué coño sabes tú de quién soy yo?

—Se ve —aseguró ella con cierto misterio sureño.

—Bah... ¿Y qué quieres que haga yo?

—Podrías hablar con ella.

—Pero si no nos conocemos.

—¡Ah!, pero yo le he hablado de ti.

—¿Y tú que sabes de mí, Asun?

—¡Niño! Que he tenido tu rabo aquí —y se señaló la boca.

El Jambo soltó un carcajada. Esta Asun era la monda. Con ella, uno tenía la seguridad de terminar tronchándose de risa. Era una andaluza estupenda.

—Vale Asun, hago lo que quieras

—¡Ay, qué bien! Y ya sabré yo pagártelo —y se recorrió la cadera con la mano.

—Bueno, ¿qué tienes planeado?

—Nada, hijo, que le hables, la saques por ahí, para que no esté todo el día con ese sinvergüenza y vea otras cosas.

—Sí, vistas desde Palomeras Altas[6].

—Pues sí, ¿es bonito?

Se volvió a reír. Eso era una madre.

—¿Entonces, qué? ¿Quedo con ella ahora mismo?

—Pues, si quiere...

—Y no te da miedo que me la pueda beneficiar.

—Mira niño, te voy a ser sincera. Yo lo que quiero para mi hija es que se vaya con un amigo mío de toda confianza, un camionero que tiene un club en la carretera de Andalucía y se la quiere llevar de regenta.

—Pero Asun...

—Si, chiquillo, que ese es un negocio seguro, que no están los tiempos para pamplinas.

En estas, la Pepi regresó con una bandeja con los cacharros de la cena del tío Pío. Éste también salió.

—Buenas, tío Pío.

—Humm —farfulló el viejo. No le hacía gracia que no hubiera clientes.

—Pepi —dijo la Asun—, este chico se va para Madrid, si quieres puedes irte con él.

—¿Tienes coche? —preguntó la interesada.

—Tenía una moto, pero hace tiempo que me la mangaron —se excusó el Jambo.

—¡Ah!, pues entonces esperaré a ver si viene mi novio, y si no me voy contigo en taxi —le dijo a su madre.

—¡Anda, hija! Vete ya, que yo tengo cosas que hacer. Y tu novio no va a venir, que lo sé yo.

La Pepi se fue con el Jambo. Cogieron el autobús hasta la plaza Castilla. En el viaje, la Pepi se puso a hablar de una radio novela que por lo visto arrasaba el país. Y el Jambo, que ya tenía un plan trazado, y donde la Pepi no figuraba como compañera de nada, sino como la novia de un chorizo, al que tenía interés en conocer, se dejo hacer, y hasta respondió con monosílabos a la desenfada charla de su compañera que desgranaba horrorosas tragedias que sólo existían en las ondas. El Jambo estaba pensando en otras cosas. Claro que había reflexionado sobre lo que su adorada Ana le había propuesto. Había cavilado mucho. Estaba convencido y preparaba un golpe de efecto. En el Pozo había chorizos, sí. Pero no eran de fiar. Los que el Jambo conocía sólo eran basura, el escalón que conduce al infierno en vida. Broncas, cárcel, incestos, borracheras, maldad. No había nada que hacer con ellos, era el lumpen, aliados objetivos de las fuerzas represivas. Necesitaba profesionales. Amigarse con un par de tíos serios. No conocía ninguno, y el novio de la Pepi era una buena oportunidad. Llamaría a Ana como si sólo le interesase el asunto político, nada personal. Tranquila, qué no te voy a pedir en matrimonio, así que no sufras. Y si lo que quieres es conocer gente del hampa, pues sí, tengo un par de contactos...

Al bajar del autobús se encontraron un fregado espantoso. Carreras, grises, botijos[7] regando. Hasta la policía municipal estaba en el follón. La Pepi se asustó y no quiso ir al metro. Que un taxi. Salieron zumbando para Atocha. Por la calle Antón Martín a la Pepi se le ocurrió que quizá le apeteciera bailar y para horror del Jambo, mandó parar al taxista delante del Consulado.

No tuvo huevos para negarse. Nada más entrar le sacudieron con el Mammy Blue. Y a la pista, titis. ¡Qué espanto!

Luego a una mesa. Y la Pepi que empieza a poner ojos de cordero degollado. ¡Ahí va Dios! Y que enseña canalillo y se pone en plan aquí estoy esperando un menda de verdad. Difícilmente se podía encontrar algo que más perturbara al Jambo en su forma de entender el sexo: ligar en la más hortera de las discotecas de Madrid.

Así que se puso a preguntarle por su novio. Que a él le interesaban también los bisnes, que de qué iba. La Pepi picó. Su novio era demasiado. Se llamaba Gonzalo, tenía negocios en futbolines y billares y además un ciento veintiocho especial.

Alargó todo lo que pudo la conversación, pero cuando sonaron nuevamente las lentas se acabó la plática. ¡Madre mía!, ¡cómo se pegaba la condenada! Y al Jambo le circulaba la sangre, arriba y abajo.

Y ella, en el colmo del cinismo va y le pregunta casi al oído:

—¿Es que no te gusto? —¿Cómo se podía preguntar eso cuando tenía el bulto clavado entre sus piernas?

[1]Habitación.

 [2]Amante latino (del slang inglés).

 [3]Montón de papeles. Libro.

 [4]Comida.

 [5]Ladrón.

 [6]Inmenso barrio de chabolas y casas bajas, anexo al Pozo.

 [7]Aquí se refiere a coches cisterna de los grises que arrojaban agua a presión, normalmente sucia o teñida.