La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-6- La hija de la furcia |
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El
Jambo entró silbando en el salón del televisor. El Rubio y
Perico, que estaban allí pegando voces, al verle la cara, le
palmearon la espalda. Ellos también.
—¡Tronco,
qué demasiado! —graznó Perico—. ¡Vaya jaca!
—¡Superior!
—corroboró el Rubio.
El
Jambo no dijo nada. Se sentó frente a la estufa, cosa que le
fue permitida por mor de la comunión existente. También ahora
era un poco héroe. Un proveedor de mujeres. En el mundo de la
escasez, el les había proporcionado un par de hermosos polvos
para aumentar la lista de sus fanfarronadas. No les importó que
Charly anduviera por allí arrastrando los pies como un oso. La
autocomplacencia rebozaba sus jaraneros vozarrones.
—¿Bueno,
y esta tarde qué? —preguntó Perico.
—Yo
nada. he quedado con ella mañana por la mañana en el Rastro
—les aclaró el Jambo.
—Pues
nosotros vamos a ir a su casa para echar unos canutitos
—informó el Rubio.
Eso
no le gusto nada al Jambo. Aquel piso era territorio prohibido
para ellos.
—¡Macho!,
¿y tu americana, qué? —quiso saber el Jambo.
—Hay
tiempo para todas —le
respondió el Rubio. Y casi se le caía la baba de gusto.
—¡Qué
jodio! —se admiró Perico.
El
Rubio tuvo un arranque de inconmensurable generosidad.
—Tronco,
vente...
—Sí,
hombre —dijo Perico—. Si se nos tercia un caliqueño, pues
nos chindamos a una chambra[1]
y tú no te cortes.
—Chachi,
tronco —confirmó el Rubio.
Así
que se fueron a comer a un chino de Tirso de Molina más
contentos que unas Pascuas, sin recordar que el Jambo tenía una
reunión de la Delegada de Comisiones. Y el Rubio, que su
americana no se despegaba del teléfono esperando su llamada.
Por
la tarde, de nuevo en el piso, Ana no estaba, tenía guardia.
Como pronosticaron sus amigos, el Jambo se quedó solo en el salón.
Pero no le importó. Bajo los efectos del peta y escuchando
heavy, se rindió a las pretensiones de Ana, sin que ni siquiera
estuviera presente. ¡Qué diablos! Tenía razón. Estos cerdos
se van a cargar a once de los nuestros. Y el iba a aportar su
granito de arena. No podía seguir militando a medias. Tenía un
pasado al que debía ser fiel. Y este paso era justamente lo que
necesitaba. Un poco de acción revolucionaria. Se lo diría a
Ana mañana como el que no quiere la cosa. Así era él. Capaz
de discutir políticamente una acción y una vez madura, tomar
decisiones. Y se lo creía.
Y
envalentonado, se puso a bailar una danza guerrera, mezcla de
rock and roll, kárate y ardor revolucionario. Y se lo estaba
pasando pipa. Entonces regresaron sus amigos. Se partieron de
risa, pero todos le imitaron, las chicas también. Hasta que los
vecinos de abajo golpearon con la escoba en el techo, hartos de
tanto escándalo. Y Charo y Maite les pidieron moderación
porque no querían líos. Aun así, estuvieron tronchándose un
buen rato y sacaron bebidas e hicieron bocadillos de ocasión y
el Jambo hizo más canutos, descubriendo, no sin preocupación,
que su provisión de costo se agotaba. Pero fue una tarde
memorable. A las once se fueron de parranda a la glorieta de
Bilbao, y no hicieron mucho el macarra porque iban bien acompañados
y estaban algo tocados, pero se sentaron en Pentagrama, allí
donde tantas veces se habían sentado sin compañía femenina y
discutieron de todo menos de política, pues por una noche, no
vieron a los maderos, ni los panfletos sucios de pisadas por las
aceras, ni las pintadas, ni los tipos sospechosos, ni nada. ¿Quién
rayos era Franco esa noche? Nada, polvo del museo de los
horrores.
Cuando
el Rubio y Perico le dijeron al Jambo que se volvían al piso
con ellas para rematar la faena, el Jambo no se mosqueó.
—¡Qué
vicio que tenéis! —bromeó.
—Hay
que aprovechar las rachas —ironizó el Rubio.
Y
Perico que tenía la vena filosófica y seguro que lo había leído
en algún sitio, dijo:
—Es
que la vida sólo es el tiempo que transcurre entre polvo y
polvo.
Y
esta mención le hizo mucha gracia a Maite, que tenía un
hermoso brillo en los ojos de tanto mirar al Rubio. Y es que el
Rubio era un verdadero dago[2]. |
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Ana
no se presentó. Se pasó horas esperándola debajo de Cascorro.
A cada momento creía reconocerla entre la multitud. Para
fastidiarlo, un grupo de fachas alborotó lo suficiente como
para que se produjera una estampida que a punto estuvo de
arruinar los tenderetes de antigüedades de los gitanos. Estos
se mosquearon mucho, y agarrando sus garrotas y jaleados por sus
hermosas mujeres se organizaron para darle lo suyo a estos hijos
de puta, pero ya habían desaparecido. Y la bronca, que en otro
momento le hubiera entusiasmado, terminó por desquiciarle.
Ahora sí que no había manera de encontrar a nadie en aquel
caos. Se fue para la plazuela de los libros y tebeos y estuvo
enredando hasta que se hartó y se fue a comer.
Derramó
el vino dos veces y se fue endemoniado del restaurante. Dudaba
si llamarla. Pero él era demasiado orgulloso para eso. Regresó
al Comunín. Estaba vacío. Se encerró en su cuarto, se hizo el
último canuto y durmió beatíficamente toda la tarde.
Al
despertar, el Comunín seguía vacío. Se fue al Puente y valoró
la posibilidad de comprarle un talego al Botines, un camello que
era una hiena. Pero pasó, estaba seco de pelas. Se comió un
bocata y se metió en el cine. Encima, una pareja no le dejó
ver la película tranquilo. Una del Landa haciendo de falso
marica con unas tías jamonas. A la vuelta no quiso hablar con
nadie y se acostó. La buena vida se había terminado. No había
estado mal, casi una semana. Pero había que volver al tajo.
Por
la mañana se levantó con el tiempo justo. En el metro, un
estudiante inexperto, casi le da en la cara con un tocho[3]
de panfletos al arrojarlos dentro del vagón justo cuando se
cerraban las puertas.
—¡Gilipollas!
—le gritó, sin que el estudiante, que se había quedado en el
andén, pudiera oírle. Y como la gente le mirara dudosa, dijo
para arreglarlo:
—¡A
ver si aprendes! —y cogió uno. Eran de la Junta Democrática,
que si las penas de muerte y todo eso.
Tuvo
una mala mañana, primero vino el Pertur a preguntarle si le había
pasado algo, lo de la Delegada, que por qué no había ido. Le
contó una batallita, un compañero recién salido del maco, que
se habían ido a celebrarlo. Entonces el Pertur le soltó la
retahíla, lo que se había hablado. Y el Jambo hizo como que le
escuchaba.
Y
para terminar de arreglarlo, el Bigotes le cambio de puesto y le
puso a limpiar ladrillo visto con un cubo de vinagre y un
cepillo de esparto. Subido en el andamio, el Jambo acabó por
exasperarse. Había que largarse de la Constru, ya llevaba el
tiempo suficiente como para estar harto. Al principio estuvo
bien. Era como una aventura, las reuniones, las asambleas en el
sindicato vertical, las huelgas del Rayo y de Malpisa, los compañeros.
Se lo había pasado bien, pero ahora no le compensaba. Él no
aspiraba a un puesto en Comisiones, pretendía algo más, una
chaqueta de cuero, un correaje y una pipa, y un buen follón
donde ejercer de bolchevique. Pero quia, estaba todo más
perdido que Carracuca. Lo
de Ana, era quizá su última oportunidad. ¡Sí señor! ¡Me
cagüen la madre que los parió! No hay más cojones. Hay que
liarse a tiros con estos cabrones. Aquí no se pueden templar
gaitas. ¡Hay que ir a por ellos! Y cuantos más ladrillos
limpiaba más se convencía. No era ya que le gustara Ana, ¡es
que tenía razón!
Cuando
sonó la campana y se sentó en la mesa del quiosco del tío Pío,
la Asun que le había echado en falta, le preguntó:
—¿Niño,
has estado malo?
—Estoy
jodido, Asun.
—Pues
vente luego a las seis que quiero decirte una cosa.
—¡Que
no, Asun! —le respondió el Jambo pensando que lo que ella
quería era trajín.
—Que
sí, que te quiero comentar una cosa.
—Bueno
vale. ¿Qué tienes hoy de papeo[4]?
A
las seis se fue para el quiosco. Estaba la Asun, dos motoristas
de la pestañí, y una chica joven. Una hermosa joven.
—Niño,
¿tu conoces a mi hija?
—Pues
no...
El
Jambo estaba cortado por los picoletos. La hija de la Asun parecía
de otra madre. Para empezar era rubia, quizá teñida, y estaba
sabrosa como una cereza. Al reír se le veía un diente pocho,
pero poco.
—Hola,
¿qué tal? —le saludó
—Bien...
—Se
llama Pepi —aclaró la Asun—. ¿A que es guapa? |
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—Vaya
que sí.
—¿Oye
niño? ¿Y tú, cómo te llamas? —quiso saber la Asun.
—Jambo.
Los
picoletos se volvieron.
—¿Jandro?
—mal entendió la Asun.
—¡Jambo!
¡Coño!
—¿Y
ese qué nombre es? —y lo preguntaba la misma Pepi.
—El
mío —y se hizo el duro.
Uno
de los civiles se le acercó para preguntarle dónde trabajaba.
Pero la Asun le avaló diciendo que era un buen chico que no se
metía en nada y que además era cliente.
La
Asun le puso una cerveza. El Jambo y la Pepi se miraron, uno a
cada lado de la barra. La Pepi le preguntó de qué trabajaba y
cuando se lo dijo, ella se extrañó. Que parecía más
espabilado de lo que se necesita para ser peón de albañil.
Pero el Jambo no iba a contarle su vida. Ser peón sólo tenía
mérito entre estudiantes rojos capaces de sublimar hasta la
heroicidad, el sacrificio que comportaba arrojar los libros a un
lado y dedicarse a la causa personificando en uno mismo el último
eslabón de la sociedad humana. No había muchos, pero los había.
—¿Y
tú, a qué te dedicas? —contraatacó el Jambo.
—Ayudo
a mi madre y tengo novio.
No
le pareció al Jambo que tener novio fuera ninguna clase de
ocupación. En cuanto a la primera de ellas, se preguntó si la
hija tendría el mismo oficio que la madre. La Pepi hablaba de
su novio, según lo describía, debía ser un tipo afortunado.
Coche, un piso no sé dónde, que si ropa de no sé quién. Un
rollo. Al Jambo le fastidió que tuviera novio, no por nada, sólo
por el pingüi que se estaba tirando la muy majadera. Y es que
la Pepi, lo era, nada especial, había miles como ella, hembras
jóvenes, sanas, incluso hermosas como la Pepi, pero
completamente desnortadas en opinión del Jambo. Sólo faltaba
que se pusiera a hablar del Uri Geller de las pelotas.
¡Vale!,
estaba jamona, rebosaba de vida y salud y probablemente le
importaba un bledo la política o incluso le daba miedo, como a
tantos millones de compatriotas. Sin embargo, el canalillo que
se adivinaba bajo el ajustado suéter de pico se llevaba tres de
cada cuatro miradas del Jambo. Y de esas tres, en dos de ellas
se alisaba la Pepi el jersey, estirando, sacudiendo un ignoto
polvo, recomponiendo un inexistente refajo, todo alrededor de su
esbelto pecho. Y esta aspaventera que corría pareja con las
bobadas que decía y que como un guardia urbano dirigía el
trafico de miradas del Jambo, estaba a punto de conseguir que
empezara a perdonarle todo.
—¿Y
dónde vives? —quiso saber ella.
—En
el Pozo.
—¡Ay!,
pues yo tengo una prima allí, se llama Isabel.
—Pues
no la conozco —atajó el Jambo antes de que ella se lo
preguntara—. ¿Y tú, dónde vives?
—En
la Ciudad de los Ángeles...
Lo
decía como si la City fuera algo más que el dormitorio de los
currantes de la Crysler.
—O
sea —continuó el Jambo—, que autobús hasta la plaza
Castilla, luego el metro hasta Atocha, y luego el 18, lo menos
echas hora y media.
—Para
venir sí, pero vuelvo en taxi con mi madre, o me lleva mi
novio.
—Pues
nunca te había visto por aquí.
—Sólo
vengo algunas tardes, otras salgo con mi novio.
Como
los picoletos se habían marchado, la Asun terció en la
conversación:
—A
que es guapo este chico, hija.
—Sí...
—Y la Pepi se sacudió una mota imaginaria.
—Anda,
hija, pasa al cuarto y mira a ver si el tío Pío necesita algo,
que tengo que hablar con... ¿cómo dijiste que te llamabas, niño?
—Jambo...
Pero
sin escucharle, la Asun le encareció a su hija para que tuviera
cuidado con las zarpas del viejo lerruxista. Y cuando se hubo
ido le dijo al Jambo: |
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—¿A
que te gusta mi chica?
—Sí...
—¡Ya
lo sabía yo!
—¡Asun!,
no sé qué coño quieres de mí.
—¡Ay,
niño! Es que tengo un problema muy grande con esta hija.
—¿Y
cuál es el "poblema" —le preguntó el Jambo imitándola.
—Pues
chico, que se ha echado un novio que no me gusta nada, uno de
mala vida. Para mi que anda liado con golfos. Ya sabes tú.
—¿Ah,
sí? —esto le interesó al Jambo.
—Sí.
Y mira que tiene admiradores, porque no es por nada, pero es que
es igual que yo cuando era joven.
—Pues
sí que estabas buena, Asun —la piropeó el Jambo.
—¿Verdad?
—Bueno...
Y el tipo ese, el novio, ¿qué pasa? ¿a qué se dedica?
—No
lo sé. A la mala vida. Yo creo que es un chori[5].
—¿No
jodas?
—Me
parece que sí. Y tú me podrías ayudar.
—¿Yo?
—Sí.
Quitándole a mi hija esos pájaros de la cabeza.
—Pero
Asun, si yo no tengo dónde caerme muerto, ganas tú más en una
tarde que yo en un mes.
—El
dinero no lo es todo, niño. También cuentan las buenas
personas. Y yo sé que tú lo eres.
—¡Venga
ya, Asun! ¡Qué coño sabes tú de quién soy yo?
—Se
ve —aseguró ella con cierto misterio sureño.
—Bah...
¿Y qué quieres que haga yo?
—Podrías
hablar con ella.
—Pero
si no nos conocemos.
—¡Ah!,
pero yo le he hablado de ti.
—¿Y
tú que sabes de mí, Asun?
—¡Niño!
Que he tenido tu rabo aquí —y se señaló la boca.
El
Jambo soltó un carcajada. Esta Asun era la monda. Con ella, uno
tenía la seguridad de terminar tronchándose de risa. Era una
andaluza estupenda.
—Vale
Asun, hago lo que quieras
—¡Ay,
qué bien! Y ya sabré yo pagártelo —y se recorrió la cadera
con la mano.
—Bueno,
¿qué tienes planeado?
—Nada,
hijo, que le hables, la saques por ahí, para que no esté todo
el día con ese sinvergüenza y vea otras cosas.
—Sí,
vistas desde Palomeras Altas[6].
—Pues
sí, ¿es bonito?
Se
volvió a reír. Eso era una madre.
—¿Entonces,
qué? ¿Quedo con ella ahora mismo?
—Pues,
si quiere...
—Y
no te da miedo que me la pueda beneficiar.
—Mira
niño, te voy a ser sincera. Yo lo que quiero para mi hija es
que se vaya con un amigo mío de toda confianza, un camionero
que tiene un club en la carretera de Andalucía y se la quiere
llevar de regenta. |
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—Pero
Asun...
—Si,
chiquillo, que ese es un negocio seguro, que no están los
tiempos para pamplinas.
En
estas, la Pepi regresó con una bandeja con los cacharros de la
cena del tío Pío. Éste también salió.
—Buenas,
tío Pío.
—Humm
—farfulló el viejo. No le hacía gracia que no hubiera
clientes.
—Pepi
—dijo la Asun—, este chico se va para Madrid, si quieres
puedes irte con él.
—¿Tienes
coche? —preguntó la interesada.
—Tenía
una moto, pero hace tiempo que me la mangaron —se excusó el
Jambo.
—¡Ah!,
pues entonces esperaré a ver si viene mi novio, y si no me voy
contigo en taxi —le dijo a su madre.
—¡Anda,
hija! Vete ya, que yo tengo cosas que hacer. Y tu novio no va a
venir, que lo sé yo.
La
Pepi se fue con el Jambo. Cogieron el autobús hasta la plaza
Castilla. En el viaje, la Pepi se puso a hablar de una radio
novela que por lo visto arrasaba el país. Y el Jambo, que ya
tenía un plan trazado, y donde la Pepi no figuraba como compañera
de nada, sino como la novia de un chorizo, al que tenía interés
en conocer, se dejo hacer, y hasta respondió con monosílabos a
la desenfada charla de su compañera que desgranaba horrorosas
tragedias que sólo existían en las ondas. El Jambo estaba
pensando en otras cosas. Claro que había reflexionado sobre lo
que su adorada Ana le había propuesto. Había cavilado mucho.
Estaba convencido y preparaba un golpe de efecto. En el Pozo había
chorizos, sí. Pero no eran de fiar. Los que el Jambo conocía sólo
eran basura, el escalón que conduce al infierno en vida.
Broncas, cárcel, incestos, borracheras, maldad. No había nada
que hacer con ellos, era el lumpen, aliados objetivos de las
fuerzas represivas. Necesitaba profesionales. Amigarse con un
par de tíos serios. No conocía ninguno, y el novio de la Pepi
era una buena oportunidad. Llamaría a Ana como si sólo le
interesase el asunto político, nada personal. Tranquila, qué
no te voy a pedir en matrimonio, así que no sufras. Y si lo que
quieres es conocer gente del hampa, pues sí, tengo un par de
contactos...
Al
bajar del autobús se encontraron un fregado espantoso.
Carreras, grises, botijos[7]
regando. Hasta la policía municipal estaba en el follón. La
Pepi se asustó y no quiso ir al metro. Que un taxi. Salieron
zumbando para Atocha. Por la calle Antón Martín a la Pepi se
le ocurrió que quizá le apeteciera bailar y para horror del
Jambo, mandó parar al taxista delante del Consulado.
No
tuvo huevos para negarse. Nada más entrar le sacudieron con el
Mammy Blue. Y a la pista, titis. ¡Qué espanto!
Luego
a una mesa. Y la Pepi que empieza a poner ojos de cordero
degollado. ¡Ahí va Dios! Y que enseña canalillo y se pone en
plan aquí estoy esperando un menda de verdad. Difícilmente se
podía encontrar algo que más perturbara al Jambo en su forma
de entender el sexo: ligar en la más hortera de las discotecas
de Madrid.
Así
que se puso a preguntarle por su novio. Que a él le interesaban
también los bisnes, que de qué iba. La Pepi picó. Su novio
era demasiado. Se llamaba Gonzalo, tenía negocios en futbolines
y billares y además un ciento veintiocho especial.
Alargó
todo lo que pudo la conversación, pero cuando sonaron
nuevamente las lentas se acabó la plática. ¡Madre mía!, ¡cómo
se pegaba la condenada! Y al Jambo le circulaba la sangre,
arriba y abajo.
Y
ella, en el colmo del cinismo va y le pregunta casi al oído:
—¿Es
que no te gusto? —¿Cómo se podía preguntar eso cuando tenía
el bulto clavado entre sus piernas?
[1]Habitación.
[2]Amante
latino (del slang inglés).
[3]Montón
de papeles. Libro.
[4]Comida.
[5]Ladrón.
[6]Inmenso
barrio de chabolas y casas bajas, anexo al Pozo.
[7]Aquí
se refiere a coches cisterna de los grises que arrojaban
agua a presión, normalmente sucia o teñida. |