La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-7- ¡A las armas! |
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El
viernes, cuando llegó a la plaza Castilla después del currelo,
llamó a Ana. Lo cogió Charo, quien le saludo cariñosa, qué
donde se había metido.
—¿Estas
saliendo con Perico? —quiso saber el Jambo.
—Pues
sí...
—Es
un tipo estupendo, me parece de buten.
—Vale...
Se
puso Ana.
—¿Cómo
estás...? —le preguntó ella.
¡Vaya
una forma de empezar! Como si a él le pasara algo. No se habían
visto desde hacía una semana, ¿y qué?
—Bien.
Por qué.
—Por
nada, chico. ¿Qué te cuentas?
—Quería
hablar contigo, ya sabes, de lo del otro día.
Ella
no sabía cuál de las dos cosas del viernes pasado.
—Pues
que sí. Que cuentes conmigo.
—¿De
verdad?
—Sí.
Lo he pensado tranquilamente.
—Oye,
¿has oído la radio?
—No,
¿qué pasa?
—Que
se cargan a cinco[1].
—¡Hijos
de puta!
—Pero
que se los cargan mañana.
—¡Ah!,
por eso está todo tomado.
—Sí,
nos vamos a concentrar en una iglesia de Moratalaz.
—Pues
me voy contigo.
—¡No,
no!
—¿Por
qué?
—Si
estás decidido, no te metas en nada hasta que nos veamos.
—¿Y
tú, qué?
—Es
distinto. Lo organiza mi asociación de vecinos. No hagas
bobadas, ¿de acuerdo?
—Sí,
pero no sé si te haré caso.
—Oye,
tómatelo en serio o lo dejamos.
—¡Vale,
vale! ¿Y cuándo nos vemos?
—Ya
te buscaré. Y ahora vete para tu casa.
—Sí
mami.
Ella
se rió.
—No
seas zángano, Y adiós, tío bueno...
Y
colgó.
El
Jambo se quedó unos segundos con el auricular en la mano. La última
frase le había dejado agradablemente confuso. Caminó hacía la
boca del metro bajo una fina lluvia otoñal. Había sociales y
grises por todas partes, pero los ignoró. Así que, tío bueno,
¿eh? Toma Geroma pastillas de goma. ¿Pero por qué no habría
llamado antes?
Cuando
llegó al Comunín, la gente se había ido a la capilla y
estaban en asamblea permanente. Charly, Diez Alegría y el cura
Juanjo se encontraban por allí. El Rubio también.
—¿Ya
lo sabes, no? —le dijo éste.
—Sí.
—Oye,
ha venido Pepe el Carpanta preguntando por tu menda. —¿Qué camelaba? |
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—Nada,
las Juventudes, que han montado un Comando en el Puente, era
para invitarte.
—¿Y
a qué hora es?
—A
las nueve, vamos a ir todos.
—¿Y
los purilis, también? —se refería a los curas.
—No,
tío. Pero vente para la chambra que tengo que entoligarte[2]
una cosa.
—No
me lo digas. Botellitas con un trapito.
—Sí.
—Pues
a ver si furrulan mejor que los últimos.
—Un
problema técnico, tronco. La mezcla que era chunga.
—¿Y
quiénes los llevamos, tú y yo?
—No,
tú.
—¿Yo
solipandi?
—Tronco,
que yo tengo que cargar con los panfletos.
—¡Ah,
bueno!
—¿Y
hay piquete para protegernos?
—No
sé, tronco, ha sido todo muy rápido. ¡Además!, ¡estamos en
Vallecas!
—Vale...
—Mira,
tú, clavado aquí, que tengo que ver a una gente para
concretar, y vengo enseguida.
El
Rubio se fue. Y el Jambo se quedó dormido en su piltra. Cuando
volvió su amigo traía mala cara. Le acompañaban Perico,
Currito Crysler y otros comuneros.
—Tío,
lo han suspendido —le dijeron.
—¿Y
eso?
—Nada,
ha bajado un baranda[3]
del Partido y lo ha prohibido.
—¿Pero
por qué?
—Política
de altura, tronco. Que el Partido no se puede mezclar...
El
Jambo estalló.
—¡Me
paso el Partido por los huevos!
—¡Y
yo! —gritó Perico.
—Esa
gente es tan comunista como nosotros —dijo el Jambo.
El
Rubio trató de calmar los ánimos. Pero entonces llegaron, el
Morriña, José Luis, y gente de Bandera Roja[4].
Parecían dispuestos a todo.
—Nada,
tronco —le dijo el Jambo al Rubio—, esto —y señaló los cócteles—,
lo tiramos esta noche.
—Chachi
—asintió el Rubio—. Pero déjame tiempo para reunir a la
basca.
A
la puerta de la cooperativa se reunieron un tropel de comuneros
y jóvenes del barrio. Salieron a relucir banderas rojas y
pancartas. Perico mandó al Lele[5]
a su casa. No estaba el horno para bollos. Coreando Franco
asesino subieron por Carlos Martín Alvarez hasta Portazgo. Las
calles estaban vacías. Cortaron
el escaso tráfico y regaron el pavimento de panfletos, luego,
el Jambo se repartió los cócteles con Pepe el Carpanta y los
tiraron contra la sucursal del Hispano Americano. De los cinco,
sólo ardieron tres.
El
Rubio se mosqueó. Que hay que saber tirarlos. Pero el Jambo se
rió de su amigo.
—Lo
que hay que saber es hacerlos...
Se
oyeron las sirenas de los grises. Un único canguro venía
Avenida Albufera abajo. Algunos salieron corriendo. Perico sacó
la cadena de la moto que tenía un pesado candado en la punta.
Pepe, el Jambo y Currito Crysler cruzaron un banco en la
avenida.
—¡Para
qué los habéis tirado contra el banco! —se quejaba el
Rubio—. ¡Ahora es cuando había que tirárselos!
Pero
los grises pararon el Land Rover a unos treinta metros y no
osaron bajarse. Esto les envalentonó. |
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—¡Asesinos!
—les gritaron—. ¡Venid si tenéis huevos!
Les
tiraron papeleras y poca cosa más. No habían venido
preparados. Entonces sonó una detonación.
—¡Venga,
todo el mundo a correr! —gritó el Rubio.
No
quedó nadie para ver que había pasado. Algunos carrerones
después volvieron a reunirse y regresaron al barrio
tranquilamente sin dejar de gritar contra Franco.
En
ca Paco se pusieron ciegos de botijos, se cagaron en todo lo que
quisieron y cantaron la Internacional cuantas veces les dio la
gana. Madrid estaba vacío, la noche entristeció, y hubo
quienes no se acostaron para no tener que levantarse al alba.
Fue un mal fin de semana.
El
sábado los fusilaron.
Ana
no dio señales de vida y los fachas se desataron. Prepararon
una gran manifestación en la Plaza de Oriente, contra el resto
de los españoles y contra el resto del mundo. Muchas empresas
dieron la mañana libre, pero el Jambo la curró. Los periódicos
babeaban, había listas de los que no habían ido pero se
apuntaban a los irreductibles. El Jambo se subía por la
paredes. Casi un millón dijo la tele. ¿Cómo era posible? Y el
personal pasando miedo por las calles con aquella jauría
suelta.
Esa
misma mañana un grupo de militantes del PC(r) mató a cuatro
guardias. Se llamaron a sí mismos Grupos de Resistencia
Antifascista Primero de Octubre, por el día en que empezaron a
disparar. Al Jambo le impresionó mucho esta acción. Conocía
de vista a algunos militantes de este grupo que eran del Pozo.
Un fraile rebotado que estaba casado con una hermosa vecina del
barrio, además de el Artista, un aficionado al teatro. Gente
aparentemente normal y bien considerada. Pero ahora, en plena
oleada ultra, parecía haber españoles dispuestos a devolverles
los golpes. Como a la mayoría de la izquierda, al Jambo, este
tipo de lucha le parecía que era ponerse al mismo nivel que los
fascistas. Sin embargo, una pequeña reflexión, quizá acorde
con sus últimas decisiones políticas no dejaba de inquietarle.
Matar gente no es hacer política, es hacer terror, que es
siempre la política de los bárbaros y de los desesperados.
Pero Franco le había quitado la esperanza a mucha gente,
practicando el más pavoroso terror con su propia población. ¿Cómo
juzgar a los que le contestaban de la misma forma?
A ver cómo habían llegado el dictador al poder, sino
pasando a cuchillo a media España. Y el país vasco, ¿qué?,
con la gente pasándolas más putas que Caín, con un estado de
excepción tras otro. Además, cómo si importara que hubiera
estado de excepción. Nadie les puede negar el derecho a
defenderse. Ya lo decía aquel sabio: el tiranicidio es
legitimo. Lo que pasa es que este país ha pasado tanto miedo y
tanta hambre, que está domesticado, derrotado, y de eso se
aprovechan, ellos y algunos que dicen ser de los nuestros. ¡Eso
es! No comulgo con el GRAPO o sus primos del FRAP, ¿pero de dónde
sacar palabras para censurarlos, después de lo que ha llovido
en este país? Y en cuanto a los vascos, el Jambo seguía profesándoles
una admiración sin paliativos, incluso después de lo de la
calle del Correo. Y es que aquello no era trigo limpio, aquel
atentado olía a servicios secretos. Consideraba a Eva Forest y
sus compañeros como meras víctimas de la represión franquista
más despiadada. ¿Qué tenían zulos[6]?
¿Y a quién no le gustaría tener un zulo para guardar la propa,
o los cócteles, o la misma vietnamita[7]?
¡Coño, es que hay que tener las ideas claras!
Sí.
El Jambo estaba cabreado. La imagen de Franco, jaleado por
centenares de miles de personas, con el Borbón a su lado
poniendo cara de despistar al enemigo, le amargó la noche
mientras veía, junto a los comuneros, el asqueroso telediario.
Ellos, que creían que el rojerío estaba casi listo para tomar
todas y cada una de las plazas y calles de Madrid. Y ahora,
esto.
El
día seis ETA mató a tres guardias civiles. La cosa se ponía
fea. En el curro, hasta el Pertur estaba mustio. Todo el mundo
tenía miedo. Había que aguantar, a ver si la momia la palmaba
de una vez. Y de Ana, ni señales. Vaya semanita que llevaba el
país. Todo el mundo hacía cábalas, que si muerto Franco, los
militares iban a tomar el poder y esto iba a ser el treinta y
seis, que si la burguesía estaba por el cambio, y aquí no iba
a pasar nada, que si Europa, que si...
Días
después, Charo apareció una tarde del brazo de Perico, y le
dio una nota de Ana. Luego se fueron al cuarto de Perico a
follar, y como Charo daba unos suspiros espeluznantes, los
comuneros se pusieron a dar la tabarra tras la puerta, y Charly
salió de la habitación donde platicaba con una cuarentonas,
gritando que no había derecho. Pero como Charo no se enteró,
siguió a lo suyo, y Charly, encorajinado se encerró en la
habitación con sus monjas leninistas y subió el volumen de la
música. Y todo el mundo en el Comunín se mondaba de risa.
La
nota de Ana era una cuartilla doblada. ¡Vaya!, ¡qué
seguridad! Nada, que la llamara a un teléfono. Así lo hizo
desde la cabina de la esquina. Estuvo muy seca. Que fuera para
Prosperidad y que esperara frente al mercado.
Para
allá se fue el Jambo, más intrigado que entusiasmado. Esperó
un poco y apareció Ana. ¡Qué hermosa le pareció!, con
aquellos pantalones vaqueros y el jersey ajustado. Sólo con
verla se encelaba, pero lo disimuló. |
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—Vamos
a tener una reunión —le informó ella.
—¿No
deberíamos hablar tú y yo primero?
—¿De
qué?
—De
esto, ¿de qué va a ser?
—¿Qué
quieres saber?
—Bueno...
Pues, ¿cuál es mi papel? De acuerdo, estoy con vosotros, pero
me gustaría saber de qué va el rollo.
—Se
trata de realizar algunas acciones que nos procuren dinero. Dos
o tres a lo más. Después, el grupo se disolverá. Y en cuanto
a ti, no estás obligado a nada, ni a integrarte en la
organización, y mucho menos a compartir nuestras ideas.
Personalmente, prefiero que nos sirvas de enlace con gente
preparada para este tipo de cosas.
—No
me has entendido —se quejó el Jambo—. Todo lo que me has
dicho ya lo sabía. Te hablo de mí. Yo os ayudo en esto, ¿y
luego, qué?
—Yo
sí que no te entiendo —le respondió muy seria.
—Pues
es muy sencillo, tía, ¿tú, por qué crees que estoy aquí?
—A
mí no me mires, yo no te he obligado.
—¡Ya,
ya! —se mosqueó el Jambo—, pero un poco de coño si que me
has dado para ablandarme.
—¡No
te consiento que digas eso!
—¡Vete
a la mierda, tía! Estoy aquí, para que lo sepas, por convicción.
Porque quiero y me parece bien lo que vais a hacer. Pero
necesito más. Quiero que me cuentes qué pensáis, porque deseo
militar en algo más que en un sindicato. ¡Te enteras!
Ana
tardó un poco en reaccionar, pero lo hizo muy bien:
—De
acuerdo. Cálmate. De verdad que me parece estupendo, pero tendrá
que ser más adelante. Cuando se disuelva el grupo te lo vuelves
a plantear. Cuenta conmigo para ello.
Sus
palabras habían sido suaves y conciliadoras. Esto animó al
Jambo:
—Me
gustaría contar contigo para otras cosas.
Ana
sonrió. Le miró a los ojos. El Jambo conocía y adoraba esa
mirada:
—¿Para
qué quieres contar conmigo? —y le tomó de la mano.
—¡Ya
lo sabes!
—Bueno,
pues todo se andará. Ya sabes que no te hago ascos —y le dio
un besito en la boca.
El
Jambo se derritió, se bamboleó como un flan y consintió:
—De
buten, tronca, vamos para la queli esa de tus compis.
Le
hizo dar varias vueltas por el barrio antes de decidirse a
entrar en el portal de la casa donde iban a celebrar la reunión.
Era un casa baja muy cerca de la fabrica de sostenes. Pasaron un
zaguán y entraron en una gran habitación donde les esperaba más
gente. Ana se los presentó por sus nombres de guerra. Al Jambo
le llamó Charly. ¡Vaya, le habían bautizado ya! Uno de los
presentes, era Antonio, el conocido del Jambo que trabajaba en
artes gráficas con el que conoció a Ana, la cual, tenía, por
cierto, por nombre de guerra, María José. Pues vale...
Y
Ana empezó a hablar. Leyó un informe que llevaba en unas
cuartillas. Que era el momento, que debían ser conscientes de
la tarea que iban a abordar. Que si las medidas de seguridad y
todo eso. Que esta iba a ser la primera y probablemente única
reunión que iban a celebrar, que se establecerían formas
seguras de contacto y que los responsables, o sea ella,
facilitarían el modus operandi del grupo. Finalizadas éstas,
el grupo se disolvería de nuevo en la organización, pero hasta
ese momento, todo el mundo dejaría de militar, incluso en las
tareas más elementales. Y para dar ejemplo, cuando terminó de
leer la cuartilla, la quemó en un cenicero. El Jambo escuchaba con interés, pero parejo a esto, observaba detenidamente a los concurrentes. A más de Ana, se encontraba el mencionado Antonio. No le veía el Jambo con una pipa en la mano. Era un blando. Un cachondo mental. Ultraizquierdista, eso sí. Y tenía también buena planta, probablemente era otro estudiante metido a obrero. Estaba también uno, nombrado como Wili, que tenía las manos finas y cuidadas, detalle fundamental en opinión del Jambo, para valorar a un tío. Llevaba el pelo largo y una trenca de progre. ¿Dónde quería ir con esas pintas?, se preguntaba el Jambo. A su lado se sentaba un tipo corpulento, de mediana edad, pelo escaso y canoso. Tenía el rostro perfectamente rasurado y una viva e inteligente mirada. Lo habían presentado como el Pater. Y precisamente comenzó a hablar: |
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—Bueno,
yo no voy a pertenecer al grupo, y estoy aquí por encargo de la
organización como observador. Ya habéis escuchado a María José
de que va esto. Quiero también que sepáis, que yo soy
contrario a este tipo de acciones y así lo expuse en su
momento, sin embargo, la disciplina me obliga a apoyar toda acción
de la organización...
Ana
quiso interrumpirle, pero el Pater no se dejó. Estaba claro que
eran rivales políticos. El Pater siguió:
—Mi
labor aquí es únicamente de control. Informar a quien
corresponde de lo que aquí se trate y en su caso, también
quiero que sepáis que tengo derecho a vetar acciones que
considere fuera de los planteamientos acordados.
Antonio,
entró en la lid:
—Vale,
camarada, ya lo sabemos, pero nosotros tenemos mucho de qué
hablar, así que si te parece, cumple con tu labor, y déjanos a
nosotros que empecemos el lío.
—De
acuerdo —se resignó el Pater.
Ana
retomó la palabra.
—Bien.
Como sabéis, estamos aquí camaradas de la organización y
compañeros que no lo son. Desde este momento, la única
militancia que se permite es al grupo. Todos dejareis vuestras
tareas políticas habituales. Tampoco realizaréis labores de
información ni de captación. Un comité de la organización
decidirá las acciones a emprender, preparará los planes y
aportará los medios al grupo, que como digo, no tendrá más
labor que llevarlas a cabo. El grupo no realizará en ningún
caso reconocimientos del terreno, ni otras parecidas, pues las
acciones que se pretenden, serán sencillas y estarán
completamente estudiadas de antemano por otros camaradas. Por
tanto, la tarea del grupo de acción, insisto, consiste
exclusivamente en ejecutarlas de acuerdo a unos planes que se
suministrarán. Cada miembro del grupo recibirá en su momento
detallada información de su tarea específica.
Bueno,
pensó el Jambo, parece que habrá una especie de estado mayor
que se encargará de todo, y que no seremos más que peones en
una acción coordinada desde arriba. No le gustó, pero no dijo
nada. En ese momento entraron dos personas, una de ellas era
Maite. La última que hubiera esperado en una historia como
esta.
Maite
no le saludó. Estaba muy en su papel de conspiradora. pero al
Jambo le daba risa. Él también podía currarse la página.
Ellos eran unos pringados en el fondo. Tampoco es que él fuera
nada, pero al menos tenía contactos. Conocía los bajos fondos.
Bien lo sabía Antonio, y bien lo sabían Ana y Maite. Vivía en
la frontera, en la linde con El Pozo del Tío Huevo, y la Celsa,
territorio Apache, sin duda. ¿Que tenía que hacer un esfuerzo
y buscar gente curtida?, no hay problema. Pero no era en esos
barrios donde pensaba hacerlo. Allí sólo existía la desolación
y la miseria. No. Era en otros lugares más céntricos, donde
encontraría lo que necesitaba. Y el novio de la Pepi, sería su
primera oportunidad. Pero eso era una sorpresa que le reservaba
a Ana.
La
reunión languidecía. El Wili, el mismo Antonio, y el recién
llegado, desvariaban al parecer del Jambo, mientras el Pater,
con cara de resignación se mantenía distante. De vez en
cuando, sus miradas se cruzaban. Se le veía curioso en la
persona del Jambo. Aunque éste ya estaba acostumbrado a la
curiosidad ajena. Tenía planta y pose para eso y para más. Y
si había que poner cara de malo, pues se ponía y punto. Como
en el póker, el que quiera saber si es un farol que envite. En
el fondo sólo era pura autodefensa. Y aunque muchos eran los
que a lo largo de las andanzas del Jambo le habían calado, el
farol estaba sólidamente construido en el par de mazas que tenía
por puños. Había por tanto que ser muy valiente para tontear
con el Jambo en estos temas. Si el Jambo ponía cara de duro, es
que lo era y sanseacabó, y si no lo era, se aguantaba y se lo
hacía, porque de tanto currarse la página, como se decía, uno
terminaba por serlo. Sólo el Rubio, Perico, Pepe el Carpanta y
alguno que otro más podían permitirse el lujo de zaherirle sin
correr el riego de recibir un cate, una hostia, para ser más
claros. Además, el Jambo había practicado artes marciales con
la pasión del que adivina para que sirven realmente esas mañas.
También practicaba el boxeo con Perico, que había tenido
veleidades pugilistas cuando sólo era un sartenilla[8]
en la obra del sanatorio de Portazgo. En resumen, el Jambo, era
un tipo muy seguro de sí mismo, pero no un valiente, como podía
serlo Pepe el Carpanta, o el mismo Perico.
Viene
esto a cuento porque, cuando el Jambo no sabía que hacer, decir
o responder, por manifiesta inferioridad intelectual, adoptaba
automáticamente la pauta de combate, que, principalmente,
consistía en: ¡Chaval, tienes un pico de oro, pero puedo
triturarte con una sola mano! Es por ello, que el Jambo no era
muy popular entre los intelectuales y rojerío bien hablado. Y
este era el caso. Se estaba empezando a poner nervioso. Aquella
perorata sin sentido, aparte de las palabras de su adorada Ana,
empezaba a fastidiarle el hígado. ¿A qué venía darle vueltas
y más vueltas a lo que tan bien había expresado la camarada
María José? Sobre todo ese tal Wili, con sus manos de blanca
mantequilla, ¿cómo va a ser capaz de sostener una pipa, este
fulano? Apreciación fundamentada en la creencia obrera —la
necesidad obliga—, de que la fuerza de un hombre se ve en sus
manos. Con estas ideas, la mayoría de la población quedaba
relegada a la debilidad. Incluso esforzados deportistas caían
derrotados bajo esta dura vara de medir. El Jambo siempre
recordaba con regocijo la apuesta que ganó en el gimnasio
Kimura de Vallecas, cuando un forzudo aspirante a bombero,
cinturón negro, que andaba siempre haciendo demostraciones de
los millones de lagartijas[9]
que era capaz de hacer, cayó en la trampa de medirse con el
Jambo en una competición de fuerza pura que consistía en
levantar a pulso un pesado butacón sujetándolo con una sola
mano por una de sus patas de atrás. La hazaña requería un
pulso monumental. El bombero sucumbió, fue incapaz de levantar
la butaca más de un palmo. El Jambo la levantó y la sostuvo en
lo alto cuanto tiempo quiso. Cuando le preguntaron como podía
tener tanta fuerza siendo tan flaco, respondió ufano: |
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—Pico
y pala, chaval.
No
en vano, de todas las obras donde había trabajado. era el que
mas lejos llegaba con una palada de arena de río sin que se
esparramara,
La
reunión, al parecer del Jambo, terminó fatal. Sí, mucho bla,
bla, bla, pero luego nada. Claro, como todo iba a venir mascado
de arriba, sólo hacía falta que pusieran el bul. De arriba,
Ese arriba que tanto odiaba. No obstante se guardó mucho de
expresarle sus dudas a Ana. En ella sí tenía confianza. Ella
tenía cabeza, sabía ser dura o flexible cuando la situación
lo requería, menos mal...
Salieron
por parejas, Ana se quedó la última con el Jambo. Cuando se
dirigían al metro vieron como no muy lejos, el Wili y Antonio
hacían una pintada sobre el cierre de una pescadería. A Ana se
le puso mala cara. Así se cumplían sus órdenes.
En
el metro, el Jambo quiso consolarla. Que no tuviera cuidado, que
el conseguiría la gente precisa. Y que tenía toda su
confianza. Entonces ella le pidió que se fueran al piso. Y
aprovechándose, el Jambo la besó en el vagón, y Ana encontró
los ánimos apoyando su cabeza en el pecho del Jambo.
[1]Militantes
de ETA y del FRAP. A finales de Agosto, el régimen había
aprobado una durísima ley antiterrorista que permitió
aplicar a todo el Estado y a todas las fuerzas políticas,
lo que antes sólo se había atrevido a usar en el país
Vasco.
[2]Darte.
[3]Jefazo.
[4]Grupo
maoista, originariamente escindido del PCE, apadrinado por
Claudín, bestia negra de Carrillo (junto con Semprún) y
que a finales del 75 iniciaron un proceso de expiación y
regreso a la casa del padre.
[5]El
entrañable tonto del Pozo. Rubio, de ojos azules y de buena
catadura. Repartía porras calentitas por la mañana, y hacía
otros muchos trabajos. Muy querido por los vecinos.
[6]Escondite
clandestino.
[7]Multicopista
rudimentaria, muy popular entre el rojerío.
[8]Fontanero-calefactor
de obra.
[9]Flexiones
de brazos. |