La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-8- El chulo de la hija |
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El
Pertur estaba muy cabreado. Pero el Jambo le cortó rápido. Se
estaban zampando un par de latas de sardinas, regadas con vino
tinto, y al calor de una fogata, dónde, para disgusto del
bigotes, ardían varios tablones nuevecitos. Y el Pertur insistía:
—Vale
tronco, tú tendrás tus razones, pero a mí no me la das. Es
esa gachí, que te tiene cogido por los huevos.
—¿Tú
qué sabrás?
—¡Joder!,
no hay más que verte. Estás atontado, hasta tengo miedo de que
te accidentes.
—Esa
gachí, compañero, me da vida. Me da ideas, y me la levanta
cuando quiere.
—Estas
encoñado. Y mientras tanto, yo tengo que hacerlo todo aquí.
—Vale,
vale... —reconoció el Jambo—. ¿En qué te ayudo?
El
Pertur tenía razón. En aquella obra perdida de la mano de
Dios, sólo estaban ellos dos, y aunque el Pertur había salido
elegido como enlace por Comisiones. El personal estaba
desmotivado. Y es que él no podía hacerlo todo. Este Jambo ya
no era el que fue en las Rozas. ¡Putas mujeres y puta droga!
Además, el Pertur era un hombre del aparato, no un mitinero, ni
un lanzado, como el Jambo. Y hacían falta de las tres cosas.
Hombres del aparato para organizar, mitineros para agitar, y
tropa de choque para las acciones directas. Sin esos tres tipos
de sindicalistas era imposible calentar y madurar una obra. Y
esto le tenía amargado.
A
sus treinta y ocho años, el Pertur, se encontraba por primera
vez desde que volviera de Alemania, desconcertado y asustado. El
régimen no acababa de caer. La vanguardia obrera, estaba bien
organizada a su entender, pero la clase trabajadora era en su
mayor parte un erial sindical. Sólo había que salir de Madrid
para darse cuenta de ello. En las pequeñas ciudades de
provincias el panorama era muy distinto al de los grandes
centros industriales, ¡joder!, si recibían al Juan Carlos ese,
con aplausos. ¡Me cago en la leche!, qué falta de
perspectivas. Y encima, la juventud no terminaba de encontrar su
camino. Para el Pertur no había otro camino que el Partido. Y
el Partido exigía la disciplina y lealtad de un ejercito. Esto
es una guerra, y no podemos perderla. No le hacían mucha gracia
las nuevas hornadas de militantes, hijos de la pequeña burguesía,
jóvenes profesionales ansiosos de las libertades burguesas.
Democracia, Parlamento. Sí, todo eso estaba muy bien. pero sólo
era un paso. Los nuevos camaradas confundían a veces los
objetivos inmediatos, derribar el régimen, con los finales,
instaurar la República Popular. Y temía, que caído el
franquismo, el país se conformara, y el Partido pasara a formar
parte de las fuerzas parlamentarias, al estilo de Francia o de
Italia. Y lo de Portugal, estaba por ver en qué quedaba, si
bien, el Partido Comunista Portugués le parecía de los más
serios de Europa.
Y
para terminar, los últimos días habían sido demoledores.
Puede que el régimen estuviera en las últimas, o que incluso
hubiera gérmenes democráticos en el ejercito, pero el aparato
franquista estaba intacto, como lo demostraba su capacidad de
movilización.
Al
Jambo le trató con mucha paciencia, no quería que se rebotara.
Que fuera a las reuniones y que repartiera la propaganda, con
eso se conformaba.
—De
buten —dalo por hecho.
En
eso se aproximó el Bigotes, que llevaba ya un rato observándoles
desde lejos.
—¡Qué
hacéis aquí! —les preguntó en un tono moderado.
—Comernos
el bocata, ¿pasa algo? —le respondió el Jambo que era un
irrespetuoso con todos los encargados.
—Pues
terminad y volved al tajo.
Entonces,
el Jambo recordó la propaganda que le acababa de pasar el
Pertur, y sin más historias, le largó un boletín al Bigotes:
—Toma,
para que te enteres de que va la vaina.
—¿Qué
es esto? —preguntó el encargado, bastante confundido.
—De
Comisiones, chalao, de las Comisiones Obreras de la Construcción.
—¿Comisiones?
—aquí el Bigotes estuvo valiente—. ¿Comisiones? —repitió
haciendo el gesto del dinero con la mano.
—¡Hijo
puta! —ladró el Jambo.
—¿Será
cabrón? —añadió el Pertur.
El
Jambo atrincó la navajilla, no tenía nada mejor, y se la puso
al Bigotes en el gaznate:
—¡Que
te mato!
—¿Pero
tú sabes con quién estás hablando? —le espetó el Pertur—.
Nosotros somos miles, nosotros somos los que vamos a mandar de
aquí a nada. |
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—Estas
no son maneras —balbució el Bigotes, verdaderamente alarmado
del arranque del Jambo.
—Mira
idiota —le dijo el Jambo con los dientes casi pegados a su
nariz—, nos vamos a mover por aquí como nos de la gana. Y tú
no vas a decir ni pío. Porque como lo hagas, echo tus tripas a
la gaveta, y si me trincan a mi, lo harán otros.
—Vale,
déjame —suplicó el bigotes. Y era ciertamente penoso ver a
aquel oso gimotear, no tanto por miedo al Jambo, sino por lo que
representaba.
Cuando
el Bigotes se fue con el rabo entre las piernas. El Jambo se
puso eufórico como le ocurría siempre después de sucesos
violentos que él consideraba victorias obreras:
—Este
no vuelve a darnos la barrila...
—Sí,
pero no hace falta ser tan bestia —le recriminó el Pertur—.
También es un obrero, equivocado, sí, pero ya habrá tiempo.
—Ni
obrero ni hostias, ¡es un mamón que nos ha estado jodiendo
desde que entramos!
—¿Pero
no te das cuenta que la gente puede haberte visto y pensar que sólo
somos unos matones? —le replicó.
—¿Que
va, hombre! ¡Al revés!
—Bueno...,
vale, ya te pasaré las citas...
Y
el Pertur se volvió al trabajo.
A
la una, el Jambo se fue al quiosco del tío Pío. Tenía cosas
que hacer. ¡Qué suerte! Allí estaba la Asun, la Pepi, y un
maromo, con una pinta de hortera hasta más no poder, que sin
ninguna duda, era el novio de la Pepi.
Se
lo presentaron como Gonzalo. No chamullaba como los de Vallecas,
sino una especie de chipele[1]
de los barrios pobres del centro, heredera sin duda del habla
chulapona de antes de la guerra, y que se fundamentaba más en
el tonillo que en la mera jerga.
Vestía
en Sepu, seguro. Aunque la chaqueta de cuero que llevaba le moló
al Jambo. Se sentaron en una mesa y mientras el Jambo comía, y
Gonzalo se tomaba una de chinchón, la Pepi revoloteaba
alrededor de ambos en una espléndida recomposición de refajos,
escotes, cinturas, caderas y todo lo demás, que hacían
imposible ignorar su cuerpo prieto de hembra encelada. Pero a
Gonzalo no parecía importarle, y a los comensales mucho menos.
—Hablaron
un poco de todo. No fumaba costo, ni trapicheaba, el estaba en
cosas serias, billares, tragaperras, quizá apuestas
clandestinas. Tenía un buga muy chulo, trucado y eso. Tenía
parné, se lo montaba bien. Conocía barandas.
—¿Y
tú, qué?, ¿qué haces trabajando de alondra[2]?
El
Jambo utilizó la artillería pesada. Le respondió en el habla
vallecana más dura. Quería que diquelara que estaba naquerando
con un tío bragado.
—La
chipén... Este no es mi curro ni mi cotén[3].
—Eso
se ve...
—Otro
chivel dicaramos, ahora trinca el pañicari[4].
—Las
zarpas sí las tienes de currante. Eso se ve...
—Si
tú lo dices...
—Lo
digo. ¿Y tú, qué rollos te traes con la Asun, que no para de
hablar de ti?
—No
me traigo nada, me lo arramplo[5]
—y se rió.
—¿Qué?,
¿la chuleas?
—Nasti.
—¿Entonces,
cuál es tu rollo aquí?
—Tranquilo,
no soy un mangui[6],
pero hay que apuchelar[7]
y me busco la vida.
—¿Con
la Asun? —y Gonzalo parecía mosqueado.
—¿No
has semao[8]
lo que te he largao? ¡Qué no!
—Estupen.
Pero voy a darte un consejo, chaval: cada perrito que se lama su
cipotito.
—Lo
mismo digo.
—De
buten. Porque no me gusta que un badanas ande zumbando alrededor
de la Pepi. |
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—¿Ah,
era eso?
—Sí,
¿pasa algo?
—No
pasa nada. No me mola la Pepi.
—Estupen.
—Pues
eso.
Y
Gonzalo apuró la copa de un trago y se dispuso a marchar.
—No
te pires, no he terminado.
—¿Qué
cojones quieres?
—Tú
ya has piado lo que te camelaba. Ahora le toca a mi menda.
—¿Y
qué te hace creer que voy a hablar contigo, chorbo?
—Porque
te interesa.
—¿Ah,
sí?
—Chachi.
—Pues
suéltalo.
—¿Tú,
de qué vas?
—De
lo que me sale del nabo.
—¡Mira
el banjoló[9]!
—¿Qué
dices?
—Nada,
tranquilo. Asino curripen para un gachó que sea baró. Y camelo
semar de tu men[10].
—¿Y
quién te ha dicho a ti, que me interesa nada que tú tengas? No
necesito que tú me des nada.
—Un
kilo —disparó el Jambo.
—No
le des tanto al mol —y señaló la botella de vino.
—Un
kilo, macho. Un kilo para ti.
—¡Serás
julai!
—Vale,
pues ajo y agua. Creí que eras un profesional, no un chulángano
de billar. ¡Hala, dron[11]!
Gonzalo
dudaba, por un lado, sentía una profunda antipatía por el
Jambo, de buena gana se hubiera enganchado con él, estaba harto
de que la Asun, y hasta la Pepi, le hablaran bien de él, de un
vulgar peón de albañil. Pero por otro, eso del kilo, le tenía
intrigado. Así que se calmo:
—Mira,
chaval, no sé quién eres ni a qué te dedicas, pero larga lo
que tengas en el coco, porque soy una persona muy ocupada.
—Me
dedico a otras cosas, además de venir aquí a comer las judías
de la Asun. Y te estoy ofreciendo un curro, que si sale bien, te
reportará un kilo.
—¿Qué
trabajo?
—Despacio.
Primero lo primero. ¿Se puede confiar en ti?
—Me
ofendes tío.
—Pues
no te ofendas. Porque además de mucho colorao[12],
nos puede coger el toro.
—¡Suéltalo
de una vez!
—Hay
que dar un palo[13].
—¿Pero
por quién me tomas? Yo no me dedico al baldeo[14].
—¡Un
banco!, ¡joder!
Gonzalo
se quedó estupefacto. Lo último que hubiera esperado de su
contertulio es que fuera un atracador de bancos.
—¿Pero
tú sabes de lo que hablas, pringao?
—Acabo
de salir del maco[15].
Hace dos meses que me dieron la blanca[16].
Lo tengo pensado. Pero necesito gente alipiada[17]
—y en lo primero no mentía. |
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—Vaya,
vaya —se admiró Gonzalo—, qué diría ahora la Asun.
—Punto
en boca.
—Naturaca.
—¿Bueno,
qué? ¿pachibelas[18]?
—No
sé. No me fío. No te veo en la trena[19].
Yo conozco...
—Mira,
macho, vivo en el Pozo, ¿asinas[20]?
Te estoy entrando de ley, porque me pareces un tipo serio. Pero
no te equivoques, no te estoy pidiendo furuné.
—Ya,
ya...
Como
la Asun se acercó con el postre —una manzana—, dejaron la
conversación. Gonzalo se alejó y se puso a tontear con la Pepi
para demostrar a la concurrencia quién era el dueño de la niña.
—¿De
qué hablabas con él? —quiso saber la Asun, que no soportaba
a Gonzalo.
—¡Es
un gilipollas! —le respondió el Jambo.
—Entre
los dos me van a matar —se confesó la Asun.
—Bueno,
cóbrame —cortó él, que no deseaba entrar en el tema.
—¿Has
pensado en lo que te dije el otro día? —insistió ella.
—¿Pero,
Asun, qué es lo que quieres de mí? ¡Dímelo de una vez!
—Nada,
niño, nada —y se marchó enfadada y sin cobrarle.
El
Jambo se fue para la barra, los obreros se apretaban para
tomarse el postre, o sea, una de chinchón, o de castellana, o
un sol y sombra...
El
Pertur ya llevaba dos.
—¿Qué
hablabas con ese macarra? —le preguntó al Jambo.
—Nada,
es el chulo de la Pepi.
—¿Pero
la hija también es puta?
—No
sé, a lo mejor no.
—¿Y
de qué lo conoces?
—Me
lo presentó la Asun.
—¿Entonces
se puede?
—¡Coño,
Pertur! ¿Que te la quieres chingar, o qué?
—Macho
—se sinceró el Pertur—, es que tengo a la parienta en
cuarentena.
Era
cierto, El Pertur había sido padre por tercera vez.
El
Jambo se rió. No puedes agachar la cabeza sin darte con el
nabo, le dijo.
—Soy
de carne.
—¡Coño!
Yo pensé que los estalinistas no follabais...
—Sin
ofender, ¿eh?
Pasaron
los días, Franco enfermó y estuvo al borde de la muerte. Pero
nadie lo supo entonces. El amigo Hassán comenzó a morder. ¡La
marcha verde! ¡Lo que le faltaba al país! El rojerío
simpatizaba con el Polisario y el Jambo también, no en vano tenía
a uno de sus mejores amigos haciendo la mili en el Aiún. |
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[1]Deje. [2]Albañil. [3]—La
vida... Este no es mi trabajo ni mi gente. [4]—Otro
día hablamos, ahora bébete la copa. [5]Lo
cojo. [6]Ladrón.
Aquí se usa como sinónimo de mala gente. [7]Vivir. [8]Entendido. [9]Valentón. [10]Tengo
trabajo para alguien que sea valiente y quiero saber de ti. [11]Camino,
carretera. [12]Oro,
por extensión dinero. [13]Atraco. [14]Cuchillo.
Por extensión atraco a mano armada. [15]Cárcel. [16]El
papel que te pone en libertad. [17]Alipiar
es tener, poseer. Aquí se usa para indicar gente preparada. [18]Aceptas. [19]Cárcel. [20]Comprendes. |