La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-9- Una lección de política |
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—¿Por
dónde te metes, que no se te ve? —le preguntó el Rubio, una
tarde que coincidieron en la sala de la tele.
—Una
tía —fue su sincera respuesta.
—¿La
chandé?
—Sí.
—Ándate
con ojo. Esa es una Pasionaria.
—¡Tú
qué sabes!
—Pregúntale
a Charo.
—Pero
si son troncas...
—¡Viven
en la misma queli! No es lo mismo.
—¡Pero
qué dices!, si son las tres del mismo rollo político. ¿Por
cierto?, ¿ya no sales con Maite?
—Ya
no. Fue de buten, pero mi americana me tira más.
—Haces
bien.
—¿Has
leído la prensa? —dijo el Rubio cambiando de tercio.
—No,
¿qué pasa?
—Han
ingresado a la momia en la Paz.
—¿Y
la espicha de una puta vez?
—No
sé, tronco, pero no veas la que hay liada, de periodistas y de
personal histérico.
—Ese
cabrón la va a diñar[1]
en la piltra[2],
¿no, tronco?
—Para
mí que está ya muló, y están montando el paripé.
—Es
chachi, habrá que estar alinquindoi.
El
Granada vino a decirle al Jambo que alguien preguntaba por él.
Salió por el pasillo, un poco con pena por dejar la conversación.
En el patio le esperaba el Pater.
—¿Sabes
quién soy? —le preguntó éste.
—Sí,
pero pasa.
Le
llevó a su habitación.
—¿Pasa
algo? —preguntó el Jambo cuando se hubieron sentado.
—No,
nada, sólo quería hablar contigo.
—¿Conmigo?
—Ya
sé que no nos conocemos. Y perdona el atrevimiento.
El
Pater era un tiarrón. Iba ya por los cuarenta. Tenía buen
careto. Una jeró expresiva y bondadosa. De ahí le venía el
mote. Llevaba toda la vida en la guerra.
—Es
que estoy preocupado...
—Ya.
—Me
parece que vais por mal camino.
—Pero,
yo soy el último ahí —se escurría el Jambo.
—No
lo creas. Tú eres la pieza clave.
El
Jambo se encontraba incomodo pese a que el Pater le inspiraba
confianza. En el fondo de su corazón sabía a lo que había
venido: que no hicieran locuras.
—Yo
soy la última mierda. Además, vosotros sois una organización,
y sabréis lo que hacéis.
—Aunque
te parezca mentira, no.
—Que
no, ¿qué?
—Que
aquí nadie sabe lo que hace, ni tú, ni nosotros. |
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—Pues
Ana sí lo sabe.
—La
camarada María José —le corrigió el Pater.
—Pues
eso.
—Mira
Charly, por culpa de esta historia, estamos al borde de la
escisión.
—Pero,
hombre, ¿a mí qué me cuentas?
—Eres
mi última esperanza.
Parecía
deprimido. Cansado de esperar a que amaneciera.
El
Rubio llamó a la puerta. Que estaban dando la noticia por la
tele. Franco estaba en la Paz, sangrando por dentro. No estaba
mal que sangrara él. A ver si la perdía toda.
Resulta
que el Rubio y el Pater se conocían, de la guerra, claro. Y
además hacían buenas migas. Al parecer, el Pater era un
figura.
Cuando
volvieron de ver el parte, el Jambo lo que quería era darle
bola al Pater, pero a petición del Rubio y tras la llegada de
Perico, se fueron a cenar a ca Manolo, verdurita rehogada, y
sardinas o filete de cerdo, una caña de vino, y una pera o
yogur.
En
la cena tuvieron una animada discusión política. Sólo el
Rubio estaba a la altura del Pater.
Claro
—decía éste—, muchos quieren apuntarse ahora —lo decía
por el notable crecimiento del PCE y de algunas otras
organizaciones clandestinas—. Todo el mundo ha comprado
champán,
y todo el mundo cree que muerto el perro se acabó la rabia.
—¿Y
no es así? —preguntó Perico, optimista impenitente.
El
Pater negó con la cabeza.
—Todo
está atado y bien atado[3].
—No
jodas —le abuchearon.
—No
me refiero al franquismo.
—A
qué leches te refieres, entonces.
—A
la Democracia.
—La
República y todo eso —confirmó el Jambo.
—No,
no creo... —dijo el Pater
—¿Una
monarquía? —le interrumpió el Rubio—. ¡Imposible! Eso no
lo quieren ni ellos.
—Lo
querrán.
—Explícate
—le pidió el Rubio.
—Es
muy sencillo. ¿Qué quiere la burguesía?, ¿una ruptura? No.
Quieren una transformación paulatina a la democracia europea. Y
si en el camino los trabajadores quedan peor que sus homónimos
europeos, pues mejor que mejor.
—¡Venga,
hombre! —se mosqueó Perico.
—Me
explico —continuó el Pater—. Había un Partido Socialista
cuyos dirigentes estaban en la inopia. Pero hubo un congreso,
todos lo sabéis. ¿Y quién manda ahora?
—Los
del interior—le respondieron.
—Bueno,
sí. Pero quiero decir, ¿cuáles son las expectativas del
Partido Socialista? No tiene apenas militantes, ni siquiera la
UGT, salvo en Bilbao y Asturias. Es decir, ¿cuál es el capital
político del socialismo?
—No
tiene más capital que las urnas —aseveró el Rubio.
—¡Exacto!
Cuando no se tiene militancia no queda más remedio que confiar
en las urnas. Los socialistas no pueden plantearse huelgas
generales, ni acciones de ningún tipo. Tienen que pactar por
narices.
—Bueno,
como todo el mundo al final —confirmó el Rubio.
—No,
como todo el mundo, no. Porque el Partido Comunista tiene
fuerza. No se si será suficiente, porque todavía no hay manera
de cuantificar las acciones, pero en cualquier caso, son los únicos
que tienen capacidad de movilización, la que sea, pero la
tienen. Cierto que no se sabe muy bien cuáles son sus
verdaderas intenciones... |
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—Pero
la Junta Democrática —terció el Rubio—, tiene una
propuesta bien clara.
—Yo
no lo dudo. ¿Pero respóndeme a una pregunta? ¿Por qué los
socialistas no se han unido a la Junta?
—Bueno,
ellos dicen que no quieren ser títeres de Carrillo. Además,
las relaciones nunca han sido buenas, ya desde la guerra
—explicó el Rubio.
—¿Y
te parece una razón de peso político?
—Toda
la izquierda está dividida —dijo Perico—.
De siempre.
El
Pater continuó sin prestar atención a la mención de Perico:
—Pero
surgió una organización que tiene implantación nacional y
capacidad de convocatoria. Responded entonces, ¿por qué los
socialistas han fundado esa plataforma, a sabiendas de que no
tienen ningún poder de movilización?
—Porque
en el fondo es una estrategia correcta —dijo el Rubio, que
parecía seguir el razonamiento del Pater.
—¡Claro!
Agrupar fuerzas para las luchas que se avecinan. Pero no me
refiero a eso. En la Plataforma están también los
nacionalistas. Los socialistas y los nacionalistas no puede
convocar Acciones Democráticas Nacionales, pero representan a
mucha gente. Tenemos la manía de creer que como parece que sólo
se mueve el PCE y su izquierda, no hay que contar con nadie más.
Esto nos traerá muchos disgustos, ya lo veréis. Por otro lado,
el Partido Socialista —siguió el Pater—, es la fuerza política
más presentable frente a la burguesía. No en vano gobiernan en
media Europa. Si el Partido Socialista avalara a la Junta Democrática,
la ruptura tendría probabilidades. El continuismo con Juan
Carlos sería imposible o al menos muy difícil.
—¿Y
por qué no lo hacen?
—La
explicación es muy compleja. El pasado... No sé, no sé cómo
piensan realmente los socialistas, he leído muy poco de ellos.
Pero estoy seguro de que nunca pactarán con Carrillo, con el
PCE... Creo que en el fondo, PCE incluido, todos
aspiran a ir solos en cuanto tengan fuerzas.
—¡Vaya
jarro de agua fría que nos has echado! —se quejó Perico.
—¿Entonces,
según tú, qué podemos hacer nosotros? —preguntó el Jambo.
Pero
el Pater seguía con su razonamiento, sin hacer en realidad caso
a las preguntas de sus oyentes:
—¿Qué
podemos hacer? De acuerdo que la Junta es la única capaz de
movilizar a los trabajadores. Pero cuidado con sobreestimarse.
Pueden surgir desagradables sorpresas. No creo que Carrillo ni
nadie sepa realmente la fuerza que tiene la Junta.
—¿Y
qué, nos integramos con los carrillistas?
—¡Sí,
eso es lo que hay que hacer! Integrarse en la Junta Democrática,
pero no para hacer la puñeta, hay que entrar con unos
planteamientos mínimos y unitarios, y qué queréis que os
diga, los de la Junta me parecen suficientes de momento. El
problema surge con la confianza. La confianza en el PCE. Yo,
personalmente, desconfío de Carrillo y su intacto aparato de la
Unión Soviética, aunque ahora se lo ventile en Rumanía, y
desconfío mucho. Pero no veo otra salida que la unidad. He leído
artículos de gente muy preparada, Semprún, Claudín y otros.
Se cómo se las gasta Carrillo y su tropa. Pero es la única
alternativa que tiene hoy la izquierda. La izquierda del PSOE,
quiero decir.
—¿Y
ETA, qué? —preguntó el Jambo.
—Espero
que desaparezca en cuanto les den el Estatuto —respondió el
Pater
—Por
ahí no tragan los militares —afirmó Perico.
—Podría
ser que Euskadi amargara el invento a todo el mundo
—dijo el Rubio.
—Sí.
Euskadi será sin duda el punto de inflexión. Una incógnita más
dentro de la gran incógnita que será la muerte de Franco.
Aunque, yo personalmente no guardo ningún temor. ¿Por qué los
vascos iban a ser distintos? ETA está tan cansada como todos.
Todo el mundo está harto. Y además, de algo sí que estoy
convencido. Sin Franco, no habrá franquismo. Venga lo que
venga, será mucho mejor.
—Sí
—afirmó el Rubio—. Necesitamos que toda la oposición sea
una piña. No sé si lo verán mis ojos... |
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—¡No
seáis pesimistas! —casi gritó Perico.
—¿Y
quién no? —confirmó el Pater—. Para cualquiera que tenga
un mínimo de visión de la situación, mientras la izquierda
esté dividida, dudo que tengamos verdaderas oportunidades de
cambiar algo. Otra cosa son los delirios revolucionarios de
algunos.
La
mirada, casi triste que el Pater dirigió al Jambo, no hizo
mella en el ánimo del vallecano. Para él, toda esta especulación
teórica, no era más que eso, especulaciones. El futuro es por
definición impredecible. ¿Qué sabemos de lo que ocurrirá
muerto el dictador? ¿Que no hay condiciones para un proceso
revolucionario?, ¿que la correlación de fuerzas no es
desfavorable? ¡Las condiciones se crean! Eso lo sabe cualquier
leninista. Y la correlación se cambia agudizando las
contradicciones del franquismo. El problema es la unidad de la vanguardia. Una cuestión de
mero bolchevismo. ¡Pero si es de manual!
Cuando
se comieron la pera, Perico y el Rubio se volvieron para el
Comunín, el Jambo, a petición del Pater, le acompañó hasta
la parada de la garrula.
—No
pude terminar lo que quería decirte —decía éste último.
—Sé
lo que quieres, y no me gusta nada —le respondió el Jambo,
sin ninguna gana de discutir.
Sabía
que el Pater tenía razón al menos en una cosa. Era el momento
menos indicado para hacer chorradas. Sí, claro, había que
agruparse alrededor de los carrillistas. Qué duda cabe. Pero no
le hacía ninguna gracia tal tesitura. Los conocía bien, si
raspabas un poco en el barniz de la Junta Democrática, te salían
al paso los duros militantes comunistas de toda la vida.
Disciplinados, autoritarios, y con muy poquita tolerancia a las
opiniones ajenas. Esta era una de las razones de la existencia
de tantas organizaciones, presuntamente comunistas, a la
izquierda del PCE, desde el Partido del Trabajo de España,
hasta terminar en los más duros, el Partido Comunista
(reconstituido), actual padre del GRAPO, pasando por todos los
grupos prochinos, incluido eso llamado FRAP, hijo del Partido
Comunista de España (m-l). La lista de siglas llenaría una
cuartilla. Y he aquí, que una pequeña organización de
intelectuales, cogida en el vórtice de su inoperancia, se
plantea, como única forma de salir de las tinieblas, la
financiación directa, rápida, y si todo sale bien, limpia. ¡Qué
tenía de malo, violentar un poco la sacrosanta propiedad
privada! Quitarles unos kilos a los verdaderos dueños del
tinglado, los que financiaban con gusto los balbuceos democráticos
del país. Desde luego, ellos no nos van a dar ni una sola
oportunidad. Tomémosla nosotros. Así se lo expresó al Pater.
—Toda
eso está, muy bien, de verdad, tienes un buen pico. —le
respondió—, pero es puro infantilismo. Delirios de la
esquizofrenia que vive la extrema izquierda. Pero la realidad es
muy distinta. No hay fuerzas para tomar el palacio del Pardo,
esté quién esté dentro. Así que no hay más juego que el que
ellos marquen, y el que nosotros seamos capaces de arrancar, eso
sí, pacíficamente. Ningún país, ni formación política
europea, apoyará jamás a fuerzas violentas. Ni moverán un
dedo cuando los militares tengan la excusa para barrernos como
en Chile. Cuando dije antes que estaba todo atado y bien atado,
no me refería a lo que dijo Franco, quien lo tiene todo atado
es Europa, Alemania, más concretamente. En los despachos de los
planificadores de las grandes empresas alemanas, España ya
tiene escrito su destino. El Mercado Común nos quiere de
consumidores, y de camareros. A cambio ayudaran a los
socialistas a conseguir el poder. Porque no hay nadie que
represente como ellos la esperanza de las gentes y la seguridad
de que la burguesía no correrá ningún riesgo. Por eso hay que
atraerse a los socialistas, convencerlos de la necesidad de
unidad, con tacto, paciencia, y por supuesto haciendo
concesiones. Es un precario equilibrio, pues, el que la
izquierda comunista debe mantener. Hay que unirse y presionar
con todas nuestras fuerzas hasta que se produzca una ruptura pacífica
al estilo del treinta y uno. Pero primero tiene que morir
Franco.
—La
verdad, me sorprende oír esto de alguien que milita en IC.
—Pero
eso no tiene ninguna importancia en esta discusión. Lo que
verdaderamente quiero rogarte es que reflexiones. Que te olvides
de los planteamientos de la camarada María José. Tú no estás
obligado a nada. En cierto modo eres un extraño entre nosotros.
Reconozco que ha sido un buen trabajo de captación de esta
camarada. Pero no tenéis ninguna posibilidad de éxito.
Izquierda Comunista no tiene recursos ni personas para abordar
otra tarea que no sea su integración en otra mayor, cuando
menos atracar bancos, aunque sólo sea una vez. Nos desarticularán
en una semana. Y personalmente, tengo miedo a eso.
—Pero
eso no me lo digas a mí. Díselo a tu organización.
—Ya
lo he hecho. Pero, desgraciadamente, la mayoría sigue las
consejas de la camarada María José.
—Pues
salte. Deja Izquierda Comunista.
—Sí.
Aunque me concederás el derecho a intentar impedir lo que
considero un desatino, y que me temo terminará por romper la
organización. |
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—Desde
luego. Pero comprenderás que no comparta tu pesimismo. Todo lo
contrario. Creo que en cuanto muera Franco, este país despertará,
amanecerá por decirlo así. Se abrirán muchas expectativas y
sin ninguna duda, serán mejores tiempos. E Izquierda Comunista
contribuirá a ello con todas sus fuerzas.
—Lo
dices como si ya fueras militante.
—Tengo
intención de integrarme.
—¡Pero
si no has leído ni una publicación nuestra!
—No
me hace falta. Un grupo que se plantea, en los momentos que
corren, acciones de este tipo. Es el partido dónde yo quiero
militar.
—¡Que
bobada! Para hacer el loco hay muchos grupúsculos mejor
preparados que nosotros. ¡Únete a ellos!
El
Jambo le miró con ira. Pero al ver su rostro se le pasó. El
Pater parecía cansado, temeroso. Y lo estaba. Los años de
militancia le habían afectado más allá de su pensamiento político.
Para el Jambo esto era evidente. Y mientras para el vallecano,
Izquierda Comunista representaba una nueva esperanza, físicamente
representada en la camarada María José, Para el Pater, la
previsiblemente muerte de Franco, ensombrecía su vida, a
caballo de los miedos que esa muerte traía en la grupa.
Se
despidieron cuando llegó la camioneta[4].
El Pater le tendió la mano. El Jambo se la apretó pero encontró
el gesto fuera de lugar. Un tipo listo, este Pater, se dijo,
aunque muy extraño. Después se encaminó para el Común. Pero
se sintió mal. La conversación le había deprimido. Tanto es
así, que dio la vuelta para el Puente y le pilló un talego de
costo al camello de guardia. [1]Morir. [2]Cama. [3]Frase
pronunciada por Franco en la última gran concentración de
la Plaza de Oriente. [4]Nombre
con el que popularmente se conocía a los autobuses que unían
los barrios bajos con el centro, para diferenciarlos con los
de la E.M.T. |