La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-10- El pisito V.P.O. |
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Por
la mañana, el Jambo se durmió. Por ese motivo coincidió en la
garrula con el Rubio, que por trabajar más cerca que él la cogía
más tarde. Ambos llevaban un humor de mil demonios. Para
terminar de estropearlo, dos idiotas se pusieron a pegarse en la
plataforma del cobrador por una pamplina. Como no había apenas
espacio, hacían lo que podían. El personal, obreros mañaneros,
se puso a pegar voces. Uno de los contendientes, el que iba
perdiendo a los puntos, le gritó al conductor que parara en la
comisaría, que era madero. Esto cabreó mucho al Jambo y a su
amigo el Rubio.
—¿Pero
tú eres gilipollas? —le increparon—. Tú ni eres de la
pasma[1],
ni nada. ¡Venga dejad la bronca, o aquí mismo os matamos a
palos a los dos!
Esta
inesperada intervención fue aprovechada por el virtual ganador
para sacudirle un puñetazo a su contrario. Fue un acto muy
cobarde. El Rubio se volvió, le cogió de la chupa, y lo levantó
a pulso golpeando su cabeza contra la barra del techo. ¡Verídico!
¡Y aún lo hizo otra vez! Claro, que el Rubio era un gigantón!
La
víctima quedó fuera de combate y el que se decía madero, ante
aquélla demostración de poderío, no dijo ni pío. La paz quedó
restablecida. Los viajeros alucinaban.
—¡La
leche!, ¡Rubio!, eso sí que no me lo esperaba —le confesó
el Jambo, sin salir de su asombro.
—¡Calla,
tronco!, es que me ha mosqueado lo de la comisaría —le susurró—,
es que llevo la tripa llena de Mundos Obreros.
Por
fortuna, el Bigotes no dijo esta boca es mía cuando el Jambo se
presentó a las nueve en la obra. Esto era así, si perdías el
autobús de la empresa, estabas listo, las camionetas pasaban
cada media hora.
Se
fue para el tajo y estuvo toda la mañana eufórico. El Rubio si
que era un tío demasiado. Lastima que fuera carrillista. Con
este tronco, se puede ir a cualquier sitio, ¡a cualquiera! Lo
tenía todo, coco, físico, valor, facundia y prudencia. ¡Que
gran rojeras, era!
También
pensó en Gonzalo. Tenía que buscar una forma de acercársele
pero sin rebajarse ni un pelín. Y eso era difícil. Ya había
visto como se las gastaba. Este tampoco se abucharaba. A ver cómo
le entraba. Lo mejor era por medio de la Pepi. Pero nada de
pensar en tirársela, hacerse el amiguete, el tío bien
enrollado que pasa de las gachises ajenas. Un tío legal, del
foro, pero legal. Aunque la Asun seguro que estaba cabreada con
él. ¡Bueno!, trataría de camelársela. Que sí, que le
interesaba la Pepi. Cuatro palabritas y a amigarse con la Asun,
de esta manera cogería confianza con Gonzalo. Pues esta era la
clave de toda la historia.
En
la comida no tuvo oportunidad de hablar mucho con la Asun, no
parecía especialmente enfadada, pero tampoco le hizo mucho
caso. Saludó al Pertur, y cosa extraña, éste no le habló de
política. Se le iban los ojos detrás del culo de la Asun.
A
las seis, volvería a intentarlo, se dijo camino del tajo. El
ronly le duró lo suficiente para tener una tarde decente. Por
la mañana había salido un poco de Sol y no se estaba mal. Además,
desde el incidente con el Bigotes, hacía lo que le daba la
gana. No sabía cómo, pero toda la obra lo sabía. Esto
proporcionaba amistades y enemistades, pero así es la guerra.
—¿Asun,
estás mosqueada? —le dijo al llegar al quiosco.
—No
—le respondió ésta sin levantar la vista del Hola.
El
quiosco estaba vacío. El tío Pío escuchaba la BBC en el
cuartillo. Y el farolillo apenas dejaba a la Asun luz para
admirar las bobadas de su revista.
—Oye,
Asun, ¿Y la Pepi?
—En
casa, hoy no ha venido y siguió sin levantar la vista de la
lectura.
—Me
gustaría verla...
Entonces
ella le miró. La Asun había sido bella. Cierto que estaba ya
en la cuarentena bien entrada y que tenía más quilos de los
debidos, pero conservaba el cuerpo prieto y las formas
voluptuosas de su juventud. En sus tiempos seguro que fue una
puta cara. Lo mejor de la Asun, es que habiendo llevado tan mala
vida, todavía conservara la ingenuidad y el entusiasmo de sus años
mozos. Por otro lado, su sinceridad era quizá su mejor arma.
Era esa sinceridad, que cuando es andaluza, va al fin del mundo.
Seguro que nunca había sido una mujer feliz, entusiasta,
posiblemente, pero nunca feliz, y sin embargo, la Asun, lo
intentaba de continuo. Era una mujer excepcional, aunque el
Jambo no lo sabía.
—Que
sí, que quiero verla —insistió el Jambo.
—Pues
no va a venir. |
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Y
como el Jambo se quedara sin saber que decir, la Asun se lo
solucionó:
—Pero
si quieres puedes venir a mi casa a buscarla.
—Bueno...
La
Asun abrió la trampilla del mostrador y le dejó pasar, luego
pasaron al cuartucho donde el tío Pío tenía el salón, el
dormitorio y la cocina, y ella le dijo que el chico le haría
compañía mientras despachaba a unos clientes que tenía
apalabrados desde el mediodía.
El
Jambo se sintió un poco cohibido, pero el viejo agradeció la
compañía. Era el tío Pío un personaje donde los haya. Tendría
la sesentena cumplida, y había pasado por la guerra, la
posguerra y el ahora, presumiendo siempre de lerruxista. Como el
Jambo ignoraba mucho de estas cuestiones, el tío Pío le soltó
la parrafada esa del político más farsante de la historia
reciente de España, esa que dice lo de levantar los hábitos de
las novicias, que el viejo se sabía de memoria.
La
charla amena del tío Pío le entretuvo mientras la Asun
trabajaba, y que trabajaba era evidente por los jadeos y
resuellos que se oían a través de las delgadas paredes del
quiosco. A fe del Jambo que al menos pasaron tres. Al tío Pío
le traía sin cuidado, hablaba y hablaba de sus años mozos, iba
ya por el pacto de San Sebastián, cuando la Asun entró para
salvar al Jambo de las andanzas del tío Pío en el año
treinta.
Caminando
hacía la parada de taxis a la vera de la Asun, que se había
pintarrajeado de la manera más vil, vio al Pertur esperando el
autobús para la plaza Castilla. ¿Qué coño hacía el Pertur
allí a las siete? ¿No sería que...?
—Oye
Asun, ¿el Pertur te visitó esta tarde?
—¡Ay!,
no sé quién es ese, ¿un amigo tuyo?
—Ese
que está ahí esperando la camioneta...
—Desde
aquí no veo nada, ¿pero por qué?
—Nada,
cosas mías.
El
tequi tardó lo suyo en llegar a la City. Pasado Legazpi, se
enfilaba la carretera de Andalucía, y tras un paisaje de
chatarra orinienta y un fantasmagórico avión en pedestal, se
alcanzaba la Ciudad de Los Ángeles, la City. Gigantes amarillos
mirando a Madrid, çe ta dire, al norte. por eso, la ciudad era
fría en invierno, y ardiente en verano. Sin duda, un primer
premio de arquitectura para un congreso de arquitectos sádicos.
Allí, rodeada de currantes de la Crysler, antigua Barreiros,
vivía la Asun. El Jambo, que no había abierto la boca en el
viaje, y pese a no ser especialmente sensible no dejó de notar
esa tristeza pesada que siempre impregna los lugares donde
dormitan los obreros metalúrgicos. Los escasos intentos de
jardines que, a veces, surgían de la tierra apelmazada, no habían
prosperado, y no por culpa exclusiva del ayuntamiento. Más al
sur, algún campamento despistado de gitanos, algo más lejos,
Orcasitas, y un poco al este, San Cristóbal de los Ángeles, y
más allá, el famoso cerro.
El
Piso de la Asun, el piso que ella había comprado, ahorrando
peseta a peseta, en los tiempos en que su carne era cara, su
piso, era una caja de cerillas. Vivía allí con su hija y
estaba orgullosa de su caja de cerillas. De su hogar. Y con este
espíritu se lo enseño al Jambo. Aquel salón, recreación
universal del museo de los horrores de los recuerdos de Talavera
en tresillo de eskay, con televisión en el altar, y hasta un
tocata. Dos dormitorios, el water, y la cocina terminaban, junto
con una húmeda terraza, el hogar de la Asun. Pero el Jambo sólo
vio el salón. Y ni siquiera se fijó en la variopinta necedad
de los recuerdos de lugares imposibles adquiridos en estaciones
de ferrocarril. No, el Jambo se sentó en el tresillo, por
cortesía de la Asun, más una cerveza, también, pues la Pepi
no estaba, pero no tardaría, fijo.
Y
mientras, la Asun se desnudó, se puso su bata casera, y debajo
su pijama de franela, y luego paso al baño, y se lavó
concienzudamente sus partes, para arrancarse cualquier rastro de
amor inhumano. La Asun no tenía cama de matrimonio en su
dormitorio. No lo necesitaba. Nunca había hecho el amor en su
hogar. Ni tenía intención. Claro que había tenido amores,
amores sí, pero nunca enamorada. Jamás encontró un hombre a
su medida. Pichas bravas, muchas, ella era ardiente. Admiraba un
picha fuerte, como se admira a un semental, pues para ella, las
dos cosas iban indisolublemente juntas, pero pasado el gozo, que
siempre tuvo fácil de alcanzar, espantaba a los aspirantes a
chulo, como el rabo de la vaca a las moscas. Su hija y su
profesión la mantenían en el carril. La carrera, de puertas
para fuera, la Pepi, en su hogar. Y ahora, cuando tenía el piso
pagado, para ella, y anhelaba retirarse de la profesión, y
hasta buscarse un novio serio, ahora, la Pepi se revolcaba con
un chulo, un chorizo, un mala gente. Y no tenía a quién
recurrir. Clientes y conocidos, muchos, amigos en quien confiar,
ninguno. Y para acabarlo de desgraciar, la Pepi ejercía
ocasionalmente su misma profesión, a sus espaldas, claro, pero
como si a ella le pudiera engañar. Y el Gonzalo, ese, chuleándola... |
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Ella,
que le había buscado un puesto de madama en un local de un
camionero antiguo cliente suyo, un hombre razonable, que
aceptaba a la Pepi, como dueña y no como puta. Pero aún no había
dicho su última palabra. Y aquí entraba el Jambo. A la Asun no
le engañaba. Bien sabía ella que éste era tan albañil como
ella monja. ¿Por qué lo hacía?, no lo sabía, las cosas de la
política, quizá. Y hasta le parecía bien. Era un rasgo de
autenticidad, a su ver. Y si lo que la Pepi quería era quitarse
el ardor, seguramente heredado, este chico le venía al pelo, se
le veía tan necesitado de un chocho. Por contra, el Jambo nunca
la chulearía, ni le pegaría, ni nada de lo que ella había
tenido que soportar en su juventud. Más adelante, el Jambo
volaría, seguro, pero para entonces, Gonzalo ya sería agua
pasada, y la Pepi se libraría del baboso. No estaba muy claro
cuando fichó al Jambo para amante de su hija, nada tenía que
ver el que en una ocasión el Jambo supo mantener la picha tiesa
un tiempo excepcional en su mismo coño, eso le era indiferente,
los amantes se afinan con el tiempo. No. Veía en el vallecano,
sinceridad, aparte de unos hermosos huesos, y además, la Pepi,
vera hija suya, no le hacía ningún asco. Y así, estaba
dispuesta a encerrarlos en el dormitorio para que se hartaran de
follar y se anudaran en el gusto por largo tiempo. Y de Gonzalo
ya se ocuparía el Jambo, y si no, ya buscaría ella a alguien.
Cuando
la Asun volvió al salón, el Jambo ya se había bebido el
tercio. Tenía que adecentar un poco la casa, y preparar la
cena, pero lo pospuso para charlar un poco.
—Oye,
niño, me dijiste que no tenías novia formal, ¿verdad?
—Ya
te dije que no.
—¿Y
la Pepi, ¿te gusta?
—¡Que
sí, Asun!, ya lo sabes.
—Tu
sabes que a mi no me agrada nada ese Gonzalo con el que sale.
—Ya.
Y quieres que yo lo espante.
Por
un momento, en los pensamientos del Jambo se cruzaron
sensaciones parejas al remordimiento. Lo que él pretendía, ¿no
era en el fondo traicionar la confianza de la Asun? Hasta la
presente, la había considerado una puta. Graciosa, enrollada,
macizorra, todo lo que quieras, pero furcia. Y ahora, las cosas
se complicaban. Se estaba metiendo en su vida. En cierto modo
también él quería chulearla.
La
Asun le contó su verdad. El ya lo sabía, que un amigo suyo, un
puticlub, bla, bla, bla... Para el vallecano todo se limitaba a
si estaba dispuesto a seguir con el paripé o salía de naja y
todos sus planes se iban al garete. Y luego a contarle a la
camarada María José que era un pringado que no conocía a
nadie y que de lo dicho ni mijita.
La
Asun le trajo otra cerveza. Era curioso, con la cantidad de
bebida que había servido en su vida, la Asun no probaba el
alcohol.
Sonó
el teléfono, y la Asun respondió con monosílabos, que sí,
que no, que adiós.
—Era
Pepi —dijo—. Que se va al cine con Gonzalo y que llegará
tarde.
La
noticia le cayó como una losa. ¡Al carajo! Toda la tarde
perdida. Bueno, pues habrá que pirarse...
—¿Dónde
vives? —le preguntó la Asun adivinando sus pensamientos.
—En
el Pozo. Dos horas fijo.
—¿Quieres
que te dé dinero para un taxi?
—¡Asun!
—Eso
es lo que me gusta de ti, niño.
—¿El
qué?
—Que
no eres interesado.
—¡Tu
qué sabrás!
—Anda,
chiquillo, no te hagas el chulito conmigo.
—Bueno,
me voy... Otra vez será.
—Oye...,
nunca me acuerdo como te llamas, ¿tú, dónde cenas?
—¡Qué!,
¿me vas a invitar?
—Si
quieres... Así te vas cenado y me haces compañía un rato.
—Pues
vale. |
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Pasaron
a la cocina y se pusieron a hacer una tortilla de patatas. Y
Aunque el Jambo sólo miraba, parecía como si le ayudara en
algo. Después se la comieron con una ensalada. La Asun bebía
mucha agua.
—Es
bueno para el riñón —dijo.
—¿Nunca
bebes vino, o cerveza?
—No
me gusta. Mi padre murió de eso, y tengo un hermano en Cádiz
camino de lo mismo.
—Ya.
Se
pelaron unas manzanas y el Jambo se echó un pito. La Asun
tampoco fumaba.
—¿Y
costo tampoco fumas? —le preguntó el Jambo, al recordar el
talego que llevaba en la chupa.
—¿Eso
qué es?
—¡Hachís,
coño!
—¡Ah,
grifa!
—Más
o menos.
—Mi
padre era legionario en Ceuta —explicó—. Pero nunca lo he
probado.
—Pero
te habrás hartado de ver gente fumando. Y sabrás que no hace
ningún daño.
—¿Tu
fumas grifa? —le preguntó ella.
—De
vez en cuando, para celebrar algo.
Eso
no le gustó a la Asun.
—¿Y
qué sacas con eso?
—Nada,
me entono un poco para pasarlo bien. te ríes, y para follar es
cojonudo.
—¿Y
tú, niño, follas mucho?
—De
Pascuas a Ramos.
—Ya
me parecía a mí...
—¿Qué
quieres decir?
—Nada,
que una te lo nota.
—¿Lo
dices por aquella vez?
—No.
Que yo entiendo de eso, y te veo poco corrido.
—Pues
tú bien que lo pasaste.
—Trabajo
me costó —y soltó una carcajada.
—Bueno,
porque estaba cortado...
—¡Vaya
que sí!
El
Jambo estaba a gusto en la casa de Asun. Se olvidó de sus
historietas y se relajó mientras se tomaba un nescafé. Luego
le pidió a la Asun que pusiera la tele por si decían algo de
Franco, que estaba en la Paz. Se fueron al salón y vieron el
telediario. Que le habían operado y que se mantenía estable.
El hijo de puta no se moría ni para Dios!
—¿Y
tú, de este cabrón qué? —le preguntó a la Asun.
—Yo
soy apolítica.
—¡No
me jodas, Asun!
—Oye,
si a ti te parece que está mal, pues veo bien que estés en
contra, pero yo no creo en la política. Siempre habrá pobres y
ricos.
Esta
era la típica respuesta que ponía al Jambo al borde del
disparador. Sin embargo, se contuvo.
—Bueno,
vamos a dejarlo. ¿Oye, me dejas que me haga un canuto antes de
irme?
—¿Aquí? |
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—Si
te molesta, nada, paso.
—Bueno,
échatelo si quieres, pero uno, ¿eh?
—Vale.
Se
lo lió y lo prendió. La Asun, le miraba, entre molesta e
intrigada.
—¿No
esperarás que empiece a volar por la habitación?
—No
hijo, he visto a muchos.
—¡Ah,
bueno!
Estuvieron
callados mientras el Jambo se lo fumaba, serían sobre las nueve
y media. En la cabeza del Jambo estaba ya la idea de coger la
chupa y largarse. Mañana había que madrugar, y además hoy había
llegado tarde y no podía repetir la faena. El teléfono volvió
a sonar.
La
Asun se lió a pegar voces por al aparato. Seguro que era la
Pepi con alguna otra. Cuando colgó estaba demudada.
—¡Que
no viene a dormir, esta hija mía!
El
Jambo no dijo nada, apagó la toba y buscó la chupa con los
ojos. Pero la Asun seguía despotricando, sobre todo contra el
Gonzalo. ¡Sacrifícate por tu hija...!
—Tranquila
Asun...
Se
le saltaron las lágrimas. En medio del salón, pegando
gritos... El Jambo se levantó y le puso el brazo en el hombro.
—Tranquila,
hombre...
Entonces
ella se le abrazó para seguir llorando. El Jambo se quedó
helado. ¡Coño, qué fuerte! Con el medio globo que tenía y la
otra estrujándole la camisa. ¡A ver cómo se iba ahora!
Luego
la Asun se separó y se sonó, se sentó en el sofá y se atusó
los pelos y la cara.
—Ya
ves, todo lo que te cuento... —dijo.
—¡Hombre!,
tampoco te lo tomes así...
No
sabía qué hacer. Esperaría un rato para irse.
—Estos
son los días en que a una le dan ganas de hacer una tontería.
No
sabía a qué se refería.
—Tranqui,
Asun.
—¿Quieres
otra cerveza? —le preguntó.
¿Eso
qué quería decir?, que se quedara, que se fuera. ¡La madre
que la parió, ¡era la hora de irse!
—Bueno
—respondió.
Volvió
con la cerveza. Parecía más calmada. El Jambo bebió a sorbos
para llenar el rato. Asun parecía ver la tele. Los minutos
pasaban lentamente mientras bebía. Con cierto disimulo recogió
el tabaco y el mechero.
—Bueno...
—se aventuró a decir.
—¿Ya
te vas?
—Es
que tengo que madrugar...
Le
acompañó hasta la puerta. Pero sin llegar a abrirla dijo:
—Oye,
niño, quédate un rato más. Que no estoy yo para quedarme
sola.
—Vale.
Sí. No te preocupes. Me quedo lo que haga falta.
Se
sintió bien al decirlo. Se sentaron de nuevo. La Asun le dijo
que se hiciera otro canuto si quería.
—No.
Paso, que hay que administrarlo.
—Haz
uno, anda, que le voy a dar yo una chupada, a ver si me da el
sueño.
Al
Jambo le pareció que la Asun sabía más de lo que decía.
Pero, bueno, lo hizo. Le dio una calada y se lo pasó. Tosió
como una descosida.
—¡Qué
cosa más mala! |
|
Esto
le desconcertó. ¿A que era verdad que no lo había probado
nunca?
—Fuma
despacio —le aconsejó.
Se
lo fueron pasando y lo liquidaron. La Asun dijo no sentir nada.
El Jambo se rió para sí, aunque estaba un poco tenso. ¿Y si
le daba por hacer chorradas, o si le daba el muermo? ¡Menudo
panorama!
—Pues
yo no siento nada —insistió.
Y
de repente soltó una carcajada liberadora. El Jambo la miraba
con aprensión. Quería mantenerse bajo control. Por si acaso.
—¡Lo
que da es risa! —dijo la Asun.
—Sí,
ya te dije.
—Es
como si tuviera muchas ganas de reírme, pero sin motivo.
—No
te comas el coco. Relájate y verás como te entra sueño.
—Me
siento todo el cuerpo.
—¿Pero
para bien?
—Sí,
sí, muy bien.
—Me
alegro.
Estupendo.
Ella se estaba enrollando de buten. Se le había olvidado la
bronca, se calmaría, y se quedaría sopa. Entonces, ¡jopo, que
nieva!
Tras
las primeras risas, a la Asun le dio el rollo del confesionario.
Le contó su infancia en una guarnición del Tercio en el
Marruecos español, hija de un cabo legionario y de una mora
puta. Aquellas tierras tan lejanas ahora. Luego en Ceuta, y sin
madre, pues huyó de la brutalidad del ya cabo primero. Criada
en la calle, viendo como engolfaban sus hermanos y hasta ella
misma. Después Cádiz, y más tarde Madrid. Un chulo de la
Puerta de Toledo que le gustaba, la hizo madre. Esto le salvó
la vida. Le hizo sentar la cabeza y ahorrar. Nunca fue una puta
tirada. Todo lo que ganaba iba al calcetín. Finalmente un piso
de protección oficial en la City. Y así hasta el quiosco del tío
Pío. Ahora quería retirarse. Únicamente la Pepi le traía por
la calle de la amargura. Entre sus ilusiones se encontraba un
viaje. Un viaje a las tierras que le vieron nacer, al Rif, un
viaje a esa Luna Árabe, grande y mentirosa, que para la Asun
representaba el fin de su profesión y el inicio de una vida
mejor.
Poco
después, la Asun, se quedó dormida. El Jambo recogió
silenciosamente sus pertenencias y se fue.
Pero
tuvo suerte, un coche le pitó, eran Gonzalo y la Pepi que
regresaban después de haber folgado en el apartamento de éste.
Le sorprendió agradablemente que Gonzalo le saludara, era una
buena señal. Bajaron la ventanilla y conversaron. Ya me iba y
todo eso. La Pepi se despidió y muy amablemente, Gonzalo le
preguntó si quería que le llevara a algún sitio.
Ya
en el coche, el famoso ciento veintiocho, el Jambo aprovechó la
ocasión:
—¿Has
pensado en lo que te dije.
—No.
No he pensado. Pero ahora que lo dices, te voy a enseñar un
sitio.
Le
llevó a los billares de Callao, estaban cerrados, pero entraron
por una puerta trasera. Había gente jugando al billar
americano, ajedrecistas, y de seguro, partidas de cartas en los
reservados. Todo el mundo parecía conocer a su acompañante. Se
sentaron en una mesa, y Gonzalo sacó un tablero de ajedrez,
ordenó las fichas, y salió con las blancas:
—Tu
mueves —le dijo—.
El
Jambo estaba intranquilo, aquel no era su ambiente. Allí sus
aires macarras no valían nada, al revés, levantaban miradas de
desprecio, o peor, de indiferencia. Del ajedrez apenas sabía
mover las fichas. Decidió seguirle la corriente y abrió
sacando un caballo. Gonzalo parecía disfrutar. Le arrinconó y
le dio tres jaques al rey antes del mate. Luego le miró
sonriente, con una mirada cargada de desdén que enfureció al
Jambo.
—¿Sabes?
—dijo Gonzalo—, yo me he criado aquí. Y aquí me gano la
vida, ¿cómo?, no es asunto tuyo, pero barrunto un gilipollas a
mil millas. Y tú eres el más grande gil de los últimos
tiempos, no importa que te estés tirando a la Asun, que, por
cierto, no se dónde está el mérito. Aun así, y teniendo en
cuenta que a veces el destino pone a un idiota en nuestro
camino, he decidido escucharte. Y por favor, no me hables en esa
jerga de merchero, te pega como a un santo dos pistolas. |
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Y
le señaló con la mano para cederle el turno de palabra. Las
emociones que al Jambo le recorrían el espinazo eran
contradictorias, por un lado quería matarle, por otro tenía
necesidad urgente de reclutarle. Sin embargo, jamás le habían
humillado de semejante manera. Pero se controló:
—De
acuerdo, te hablaré en cristiano. No me asusta que me hayas traído
a tu terreno, no sé si para apoquinarme, o qué otra cosa, pero
es igual. Tengo un palo, un palo serio, bien pensado. Trabajo
para una gente, que como tú dices, no es asunto tuyo. Necesito
un compañero, eso es todo.
—¿De
qué se trata?
—En
su momento te lo diré, si es que llegamos a un acuerdo.
—Un
banco, ¿no fue eso lo que dijiste el otro día?
—Puede...
—No
me dedico a eso.
—¿Eso,
es un no?
—Quizá.
—Pues
en ese caso...
El
Jambo, en pleno farol, hizo acción de levantarse. Pero Gonzalo
le cogió de la manga:
—¿Tú
te dedicas a la política, verdad?
—¿Y
eso qué tiene que ver?
—Mucho.
Es doble riesgo.
—¿Qué
pasa?, ¿estás interesado?
—No.
Así por las buenas no. Si tienes algo serio de verdad y sin
riesgo, puede que te escuche, y si no, ¡puerta!
—¡Vaya!,
no te gusta el riesgo, ¿eh?
—No.
Además, déjate de gaitas conmigo. Sé que andas en líos políticos.
El encargado de tu obra es amigo mío. Me han dicho que tú y
ese otro andáis jodiendo la marrana. Y voy a darte un consejo:
¡ten cuidado!
—¡Ten
cuidado, tú, mucharó! —estalló el Jambo.
—Tranquilo,
sólo es una advertencia —le contestó Gonzalo sin perder la
calma.
—Como
tal lo tomaré. Y ahora, acabemos de una vez, porque no pienso
volver a repetirlo. ¿Estas interesado, o no?
—¿Pero
tú crees que se puede venir así, con este rollo tártaro que
te traes, para impresionar a idiotas?
La
paciencia de Jambo se agotaba. Empezaba a darle igual que el
billar estuviera lleno de conocidos de Gonzalo. Pero sucedió
que se acercó un hombre bien vestido con las manos cargadas de
anillos. Se dirigió a Gonzalo:
—Oye.
Benito quiere verte.
Había
autoridad en el tono. Gonzalo le respondió que estaba hablando
con un amigo, que ya iría. El recién llegado alzó las cejas y
graznó:
—¡Ahora!
Gonzalo
se levantó y al hacerlo le hizo una seña al Jambo para que le
esperase. En ese momento, el Jambo supo que su contertulio no
era nadie allí. Claro que le esperaría. Acababa de enterarse
de que no era más que un fantasma. El recadero le miró
interesado:
—¿Y
tú, quién eres?
—¿Y
a ti qué te importa?
Pareció
cabrearse.
—¡Niñatos
de los cojones! ¡Os dan la mano y os cogéis el pié! —y se
fue mosqueado.
Ahora
sí que tenía pillado por los huevos al amigo Gonzalo. No sólo
no era nadie en lo que decía ser su hogar, sino que, más que
probable, estaba metido en algún lío, quizá debía dinero. ¡Estupendo!
Cuando volviera, iba a saber lo qué es bueno este hortera de
Chamberí.
Y
así fue. Sin abandonar su aire distante y despreciativo,
Gonzalo fue cediendo terreno lentamente hasta que el Jambo le
arrancó el compromiso de que si le traía algo interesante podrían
hacer negocios. Si bien recalcó que el iba siempre al cincuenta
por ciento. Y además, la cosa tenía que ser rápida. Tenía
otros asuntos pendientes. En esto estaba también de acuerdo el
Jambo. Ya estaba bien de esperar, hablaría con Ana, ¡y al
tajo!
No
quiso que Gonzalo le llevara a Vallecas, cogió un tequi y se
fue para el Común con una grata sensación en el cuerpo. ¡Había
doblegado a ese mamón! Y ya tenía su contacto. [1]Policía. |