S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-10-

El pisito V.P.O.

Por la mañana, el Jambo se durmió. Por ese motivo coincidió en la garrula con el Rubio, que por trabajar más cerca que él la cogía más tarde. Ambos llevaban un humor de mil demonios. Para terminar de estropearlo, dos idiotas se pusieron a pegarse en la plataforma del cobrador por una pamplina. Como no había apenas espacio, hacían lo que podían. El personal, obreros mañaneros, se puso a pegar voces. Uno de los contendientes, el que iba perdiendo a los puntos, le gritó al conductor que parara en la comisaría, que era madero. Esto cabreó mucho al Jambo y a su amigo el Rubio.

—¿Pero tú eres gilipollas? —le increparon—. Tú ni eres de la pasma[1], ni nada. ¡Venga dejad la bronca, o aquí mismo os matamos a palos a los dos!

Esta inesperada intervención fue aprovechada por el virtual ganador para sacudirle un puñetazo a su contrario. Fue un acto muy cobarde. El Rubio se volvió, le cogió de la chupa, y lo levantó a pulso golpeando su cabeza contra la barra del techo. ¡Verídico! ¡Y aún lo hizo otra vez! Claro, que el Rubio era un gigantón!

La víctima quedó fuera de combate y el que se decía madero, ante aquélla demostración de poderío, no dijo ni pío. La paz quedó restablecida. Los viajeros alucinaban.

—¡La leche!, ¡Rubio!, eso sí que no me lo esperaba —le confesó el Jambo, sin salir de su asombro.

—¡Calla, tronco!, es que me ha mosqueado lo de la comisaría —le susurró—, es que llevo la tripa llena de Mundos Obreros.

Por fortuna, el Bigotes no dijo esta boca es mía cuando el Jambo se presentó a las nueve en la obra. Esto era así, si perdías el autobús de la empresa, estabas listo, las camionetas pasaban cada media hora.

Se fue para el tajo y estuvo toda la mañana eufórico. El Rubio si que era un tío demasiado. Lastima que fuera carrillista. Con este tronco, se puede ir a cualquier sitio, ¡a cualquiera! Lo tenía todo, coco, físico, valor, facundia y prudencia. ¡Que gran rojeras, era!

También pensó en Gonzalo. Tenía que buscar una forma de acercársele pero sin rebajarse ni un pelín. Y eso era difícil. Ya había visto como se las gastaba. Este tampoco se abucharaba. A ver cómo le entraba. Lo mejor era por medio de la Pepi. Pero nada de pensar en tirársela, hacerse el amiguete, el tío bien enrollado que pasa de las gachises ajenas. Un tío legal, del foro, pero legal. Aunque la Asun seguro que estaba cabreada con él. ¡Bueno!, trataría de camelársela. Que sí, que le interesaba la Pepi. Cuatro palabritas y a amigarse con la Asun, de esta manera cogería confianza con Gonzalo. Pues esta era la clave de toda la historia.

En la comida no tuvo oportunidad de hablar mucho con la Asun, no parecía especialmente enfadada, pero tampoco le hizo mucho caso. Saludó al Pertur, y cosa extraña, éste no le habló de política. Se le iban los ojos detrás del culo de la Asun.

A las seis, volvería a intentarlo, se dijo camino del tajo. El ronly le duró lo suficiente para tener una tarde decente. Por la mañana había salido un poco de Sol y no se estaba mal. Además, desde el incidente con el Bigotes, hacía lo que le daba la gana. No sabía cómo, pero toda la obra lo sabía. Esto proporcionaba amistades y enemistades, pero así es la guerra.

—¿Asun, estás mosqueada? —le dijo al llegar al quiosco.

—No —le respondió ésta sin levantar la vista del Hola.

El quiosco estaba vacío. El tío Pío escuchaba la BBC en el cuartillo. Y el farolillo apenas dejaba a la Asun luz para admirar las bobadas de su revista.

—Oye, Asun, ¿Y la Pepi?

—En casa, hoy no ha venido y siguió sin levantar la vista de la lectura.

—Me gustaría verla...

Entonces ella le miró. La Asun había sido bella. Cierto que estaba ya en la cuarentena bien entrada y que tenía más quilos de los debidos, pero conservaba el cuerpo prieto y las formas voluptuosas de su juventud. En sus tiempos seguro que fue una puta cara. Lo mejor de la Asun, es que habiendo llevado tan mala vida, todavía conservara la ingenuidad y el entusiasmo de sus años mozos. Por otro lado, su sinceridad era quizá su mejor arma. Era esa sinceridad, que cuando es andaluza, va al fin del mundo. Seguro que nunca había sido una mujer feliz, entusiasta, posiblemente, pero nunca feliz, y sin embargo, la Asun, lo intentaba de continuo. Era una mujer excepcional, aunque el Jambo no lo sabía.

—Que sí, que quiero verla —insistió el Jambo.

—Pues no va a venir.

Y como el Jambo se quedara sin saber que decir, la Asun se lo solucionó:

—Pero si quieres puedes venir a mi casa a buscarla.

—Bueno...

La Asun abrió la trampilla del mostrador y le dejó pasar, luego pasaron al cuartucho donde el tío Pío tenía el salón, el dormitorio y la cocina, y ella le dijo que el chico le haría compañía mientras despachaba a unos clientes que tenía apalabrados desde el mediodía.

El Jambo se sintió un poco cohibido, pero el viejo agradeció la compañía. Era el tío Pío un personaje donde los haya. Tendría la sesentena cumplida, y había pasado por la guerra, la posguerra y el ahora, presumiendo siempre de lerruxista. Como el Jambo ignoraba mucho de estas cuestiones, el tío Pío le soltó la parrafada esa del político más farsante de la historia reciente de España, esa que dice lo de levantar los hábitos de las novicias, que el viejo se sabía de memoria.

La charla amena del tío Pío le entretuvo mientras la Asun trabajaba, y que trabajaba era evidente por los jadeos y resuellos que se oían a través de las delgadas paredes del quiosco. A fe del Jambo que al menos pasaron tres. Al tío Pío le traía sin cuidado, hablaba y hablaba de sus años mozos, iba ya por el pacto de San Sebastián, cuando la Asun entró para salvar al Jambo de las andanzas del tío Pío en el año treinta.

Caminando hacía la parada de taxis a la vera de la Asun, que se había pintarrajeado de la manera más vil, vio al Pertur esperando el autobús para la plaza Castilla. ¿Qué coño hacía el Pertur allí a las siete? ¿No sería que...?

—Oye Asun, ¿el Pertur te visitó esta tarde?

—¡Ay!, no sé quién es ese, ¿un amigo tuyo?

—Ese que está ahí esperando la camioneta...

—Desde aquí no veo nada, ¿pero por qué?

—Nada, cosas mías.

El tequi tardó lo suyo en llegar a la City. Pasado Legazpi, se enfilaba la carretera de Andalucía, y tras un paisaje de chatarra orinienta y un fantasmagórico avión en pedestal, se alcanzaba la Ciudad de Los Ángeles, la City. Gigantes amarillos mirando a Madrid, çe ta dire, al norte. por eso, la ciudad era fría en invierno, y ardiente en verano. Sin duda, un primer premio de arquitectura para un congreso de arquitectos sádicos. Allí, rodeada de currantes de la Crysler, antigua Barreiros, vivía la Asun. El Jambo, que no había abierto la boca en el viaje, y pese a no ser especialmente sensible no dejó de notar esa tristeza pesada que siempre impregna los lugares donde dormitan los obreros metalúrgicos. Los escasos intentos de jardines que, a veces, surgían de la tierra apelmazada, no habían prosperado, y no por culpa exclusiva del ayuntamiento. Más al sur, algún campamento despistado de gitanos, algo más lejos, Orcasitas, y un poco al este, San Cristóbal de los Ángeles, y más allá, el famoso cerro.

El Piso de la Asun, el piso que ella había comprado, ahorrando peseta a peseta, en los tiempos en que su carne era cara, su piso, era una caja de cerillas. Vivía allí con su hija y estaba orgullosa de su caja de cerillas. De su hogar. Y con este espíritu se lo enseño al Jambo. Aquel salón, recreación universal del museo de los horrores de los recuerdos de Talavera en tresillo de eskay, con televisión en el altar, y hasta un tocata. Dos dormitorios, el water, y la cocina terminaban, junto con una húmeda terraza, el hogar de la Asun. Pero el Jambo sólo vio el salón. Y ni siquiera se fijó en la variopinta necedad de los recuerdos de lugares imposibles adquiridos en estaciones de ferrocarril. No, el Jambo se sentó en el tresillo, por cortesía de la Asun, más una cerveza, también, pues la Pepi no estaba, pero no tardaría, fijo.

Y mientras, la Asun se desnudó, se puso su bata casera, y debajo su pijama de franela, y luego paso al baño, y se lavó concienzudamente sus partes, para arrancarse cualquier rastro de amor inhumano. La Asun no tenía cama de matrimonio en su dormitorio. No lo necesitaba. Nunca había hecho el amor en su hogar. Ni tenía intención. Claro que había tenido amores, amores sí, pero nunca enamorada. Jamás encontró un hombre a su medida. Pichas bravas, muchas, ella era ardiente. Admiraba un picha fuerte, como se admira a un semental, pues para ella, las dos cosas iban indisolublemente juntas, pero pasado el gozo, que siempre tuvo fácil de alcanzar, espantaba a los aspirantes a chulo, como el rabo de la vaca a las moscas. Su hija y su profesión la mantenían en el carril. La carrera, de puertas para fuera, la Pepi, en su hogar. Y ahora, cuando tenía el piso pagado, para ella, y anhelaba retirarse de la profesión, y hasta buscarse un novio serio, ahora, la Pepi se revolcaba con un chulo, un chorizo, un mala gente. Y no tenía a quién recurrir. Clientes y conocidos, muchos, amigos en quien confiar, ninguno. Y para acabarlo de desgraciar, la Pepi ejercía ocasionalmente su misma profesión, a sus espaldas, claro, pero como si a ella le pudiera engañar. Y el Gonzalo, ese, chuleándola...

Ella, que le había buscado un puesto de madama en un local de un camionero antiguo cliente suyo, un hombre razonable, que aceptaba a la Pepi, como dueña y no como puta. Pero aún no había dicho su última palabra. Y aquí entraba el Jambo. A la Asun no le engañaba. Bien sabía ella que éste era tan albañil como ella monja. ¿Por qué lo hacía?, no lo sabía, las cosas de la política, quizá. Y hasta le parecía bien. Era un rasgo de autenticidad, a su ver. Y si lo que la Pepi quería era quitarse el ardor, seguramente heredado, este chico le venía al pelo, se le veía tan necesitado de un chocho. Por contra, el Jambo nunca la chulearía, ni le pegaría, ni nada de lo que ella había tenido que soportar en su juventud. Más adelante, el Jambo volaría, seguro, pero para entonces, Gonzalo ya sería agua pasada, y la Pepi se libraría del baboso. No estaba muy claro cuando fichó al Jambo para amante de su hija, nada tenía que ver el que en una ocasión el Jambo supo mantener la picha tiesa un tiempo excepcional en su mismo coño, eso le era indiferente, los amantes se afinan con el tiempo. No. Veía en el vallecano, sinceridad, aparte de unos hermosos huesos, y además, la Pepi, vera hija suya, no le hacía ningún asco. Y así, estaba dispuesta a encerrarlos en el dormitorio para que se hartaran de follar y se anudaran en el gusto por largo tiempo. Y de Gonzalo ya se ocuparía el Jambo, y si no, ya buscaría ella a alguien.

Cuando la Asun volvió al salón, el Jambo ya se había bebido el tercio. Tenía que adecentar un poco la casa, y preparar la cena, pero lo pospuso para charlar un poco.

—Oye, niño, me dijiste que no tenías novia formal, ¿verdad?

—Ya te dije que no.

—¿Y la Pepi, ¿te gusta?

—¡Que sí, Asun!, ya lo sabes.

—Tu sabes que a mi no me agrada nada ese Gonzalo con el que sale.

—Ya. Y quieres que yo lo espante.

Por un momento, en los pensamientos del Jambo se cruzaron sensaciones parejas al remordimiento. Lo que él pretendía, ¿no era en el fondo traicionar la confianza de la Asun? Hasta la presente, la había considerado una puta. Graciosa, enrollada, macizorra, todo lo que quieras, pero furcia. Y ahora, las cosas se complicaban. Se estaba metiendo en su vida. En cierto modo también él quería chulearla.

La Asun le contó su verdad. El ya lo sabía, que un amigo suyo, un puticlub, bla, bla, bla... Para el vallecano todo se limitaba a si estaba dispuesto a seguir con el paripé o salía de naja y todos sus planes se iban al garete. Y luego a contarle a la camarada María José que era un pringado que no conocía a nadie y que de lo dicho ni mijita.

La Asun le trajo otra cerveza. Era curioso, con la cantidad de bebida que había servido en su vida, la Asun no probaba el alcohol.

Sonó el teléfono, y la Asun respondió con monosílabos, que sí, que no, que adiós.

—Era Pepi —dijo—. Que se va al cine con Gonzalo y que llegará tarde.

La noticia le cayó como una losa. ¡Al carajo! Toda la tarde perdida. Bueno, pues habrá que pirarse...

—¿Dónde vives? —le preguntó la Asun adivinando sus pensamientos.

—En el Pozo. Dos horas fijo.

—¿Quieres que te dé dinero para un taxi?

—¡Asun!

—Eso es lo que me gusta de ti, niño.

—¿El qué?

—Que no eres interesado.

—¡Tu qué sabrás!

—Anda, chiquillo, no te hagas el chulito conmigo.

—Bueno, me voy... Otra vez será.

—Oye..., nunca me acuerdo como te llamas, ¿tú, dónde cenas?

—¡Qué!, ¿me vas a invitar?

—Si quieres... Así te vas cenado y me haces compañía un rato.

—Pues vale.

Pasaron a la cocina y se pusieron a hacer una tortilla de patatas. Y Aunque el Jambo sólo miraba, parecía como si le ayudara en algo. Después se la comieron con una ensalada. La Asun bebía mucha agua.

—Es bueno para el riñón —dijo.

—¿Nunca bebes vino, o cerveza?

—No me gusta. Mi padre murió de eso, y tengo un hermano en Cádiz camino de lo mismo.

—Ya.

Se pelaron unas manzanas y el Jambo se echó un pito. La Asun tampoco fumaba.

—¿Y costo tampoco fumas? —le preguntó el Jambo, al recordar el talego que llevaba en la chupa.

—¿Eso qué es?

—¡Hachís, coño!

—¡Ah, grifa!

—Más o menos.

—Mi padre era legionario en Ceuta —explicó—. Pero nunca lo he probado.

—Pero te habrás hartado de ver gente fumando. Y sabrás que no hace ningún daño.

—¿Tu fumas grifa? —le preguntó ella.

—De vez en cuando, para celebrar algo.

Eso no le gustó a la Asun.

—¿Y qué sacas con eso?

—Nada, me entono un poco para pasarlo bien. te ríes, y para follar es cojonudo.

—¿Y tú, niño, follas mucho?

—De Pascuas a Ramos.

—Ya me parecía a mí...

—¿Qué quieres decir?

—Nada, que una te lo nota.

—¿Lo dices por aquella vez?

—No. Que yo entiendo de eso, y te veo poco corrido.

—Pues tú bien que lo pasaste.

—Trabajo me costó —y soltó una carcajada.

—Bueno, porque estaba cortado...

—¡Vaya que sí!

El Jambo estaba a gusto en la casa de Asun. Se olvidó de sus historietas y se relajó mientras se tomaba un nescafé. Luego le pidió a la Asun que pusiera la tele por si decían algo de Franco, que estaba en la Paz. Se fueron al salón y vieron el telediario. Que le habían operado y que se mantenía estable. El hijo de puta no se moría ni para Dios!

—¿Y tú, de este cabrón qué? —le preguntó a la Asun.

—Yo soy apolítica.

—¡No me jodas, Asun!

—Oye, si a ti te parece que está mal, pues veo bien que estés en contra, pero yo no creo en la política. Siempre habrá pobres y ricos.

Esta era la típica respuesta que ponía al Jambo al borde del disparador. Sin embargo, se contuvo.

—Bueno, vamos a dejarlo. ¿Oye, me dejas que me haga un canuto antes de irme?

—¿Aquí?

—Si te molesta, nada, paso.

—Bueno, échatelo si quieres, pero uno, ¿eh?

—Vale.

Se lo lió y lo prendió. La Asun, le miraba, entre molesta e intrigada.

—¿No esperarás que empiece a volar por la habitación?

—No hijo, he visto a muchos.

—¡Ah, bueno!

Estuvieron callados mientras el Jambo se lo fumaba, serían sobre las nueve y media. En la cabeza del Jambo estaba ya la idea de coger la chupa y largarse. Mañana había que madrugar, y además hoy había llegado tarde y no podía repetir la faena. El teléfono volvió a sonar.

La Asun se lió a pegar voces por al aparato. Seguro que era la Pepi con alguna otra. Cuando colgó estaba demudada.

—¡Que no viene a dormir, esta hija mía!

El Jambo no dijo nada, apagó la toba y buscó la chupa con los ojos. Pero la Asun seguía despotricando, sobre todo contra el Gonzalo. ¡Sacrifícate por tu hija...!

—Tranquila Asun...

Se le saltaron las lágrimas. En medio del salón, pegando gritos... El Jambo se levantó y le puso el brazo en el hombro.

—Tranquila, hombre...

Entonces ella se le abrazó para seguir llorando. El Jambo se quedó helado. ¡Coño, qué fuerte! Con el medio globo que tenía y la otra estrujándole la camisa. ¡A ver cómo se iba ahora!

Luego la Asun se separó y se sonó, se sentó en el sofá y se atusó los pelos y la cara.

—Ya ves, todo lo que te cuento... —dijo.

—¡Hombre!, tampoco te lo tomes así...

No sabía qué hacer. Esperaría un rato para irse.

—Estos son los días en que a una le dan ganas de hacer una tontería.

No sabía a qué se refería.

—Tranqui, Asun.

—¿Quieres otra cerveza? —le preguntó.

¿Eso qué quería decir?, que se quedara, que se fuera. ¡La madre que la parió, ¡era la hora de irse!

—Bueno —respondió.

Volvió con la cerveza. Parecía más calmada. El Jambo bebió a sorbos para llenar el rato. Asun parecía ver la tele. Los minutos pasaban lentamente mientras bebía. Con cierto disimulo recogió el tabaco y el mechero.

—Bueno... —se aventuró a decir.

—¿Ya te vas?

—Es que tengo que madrugar...

Le acompañó hasta la puerta. Pero sin llegar a abrirla dijo:

—Oye, niño, quédate un rato más. Que no estoy yo para quedarme sola.

—Vale. Sí. No te preocupes. Me quedo lo que haga falta.

Se sintió bien al decirlo. Se sentaron de nuevo. La Asun le dijo que se hiciera otro canuto si quería.

—No. Paso, que hay que administrarlo.

—Haz uno, anda, que le voy a dar yo una chupada, a ver si me da el sueño.

Al Jambo le pareció que la Asun sabía más de lo que decía. Pero, bueno, lo hizo. Le dio una calada y se lo pasó. Tosió como una descosida.

—¡Qué cosa más mala!

Esto le desconcertó. ¿A que era verdad que no lo había probado nunca?

—Fuma despacio —le aconsejó.

Se lo fueron pasando y lo liquidaron. La Asun dijo no sentir nada. El Jambo se rió para sí, aunque estaba un poco tenso. ¿Y si le daba por hacer chorradas, o si le daba el muermo? ¡Menudo panorama!

—Pues yo no siento nada —insistió.

Y de repente soltó una carcajada liberadora. El Jambo la miraba con aprensión. Quería mantenerse bajo control. Por si acaso.

—¡Lo que da es risa! —dijo la Asun.

—Sí, ya te dije.

—Es como si tuviera muchas ganas de reírme, pero sin motivo.

—No te comas el coco. Relájate y verás como te entra sueño.

—Me siento todo el cuerpo.

—¿Pero para bien?

—Sí, sí, muy bien.

—Me alegro.

Estupendo. Ella se estaba enrollando de buten. Se le había olvidado la bronca, se calmaría, y se quedaría sopa. Entonces, ¡jopo, que nieva!

Tras las primeras risas, a la Asun le dio el rollo del confesionario. Le contó su infancia en una guarnición del Tercio en el Marruecos español, hija de un cabo legionario y de una mora puta. Aquellas tierras tan lejanas ahora. Luego en Ceuta, y sin madre, pues huyó de la brutalidad del ya cabo primero. Criada en la calle, viendo como engolfaban sus hermanos y hasta ella misma. Después Cádiz, y más tarde Madrid. Un chulo de la Puerta de Toledo que le gustaba, la hizo madre. Esto le salvó la vida. Le hizo sentar la cabeza y ahorrar. Nunca fue una puta tirada. Todo lo que ganaba iba al calcetín. Finalmente un piso de protección oficial en la City. Y así hasta el quiosco del tío Pío. Ahora quería retirarse. Únicamente la Pepi le traía por la calle de la amargura. Entre sus ilusiones se encontraba un viaje. Un viaje a las tierras que le vieron nacer, al Rif, un viaje a esa Luna Árabe, grande y mentirosa, que para la Asun representaba el fin de su profesión y el inicio de una vida mejor.

Poco después, la Asun, se quedó dormida. El Jambo recogió silenciosamente sus pertenencias y se fue.

Pero tuvo suerte, un coche le pitó, eran Gonzalo y la Pepi que regresaban después de haber folgado en el apartamento de éste. Le sorprendió agradablemente que Gonzalo le saludara, era una buena señal. Bajaron la ventanilla y conversaron. Ya me iba y todo eso. La Pepi se despidió y muy amablemente, Gonzalo le preguntó si quería que le llevara a algún sitio.

Ya en el coche, el famoso ciento veintiocho, el Jambo aprovechó la ocasión:

—¿Has pensado en lo que te dije.

—No. No he pensado. Pero ahora que lo dices, te voy a enseñar un sitio.

Le llevó a los billares de Callao, estaban cerrados, pero entraron por una puerta trasera. Había gente jugando al billar americano, ajedrecistas, y de seguro, partidas de cartas en los reservados. Todo el mundo parecía conocer a su acompañante. Se sentaron en una mesa, y Gonzalo sacó un tablero de ajedrez, ordenó las fichas, y salió con las blancas:

—Tu mueves —le dijo—.

El Jambo estaba intranquilo, aquel no era su ambiente. Allí sus aires macarras no valían nada, al revés, levantaban miradas de desprecio, o peor, de indiferencia. Del ajedrez apenas sabía mover las fichas. Decidió seguirle la corriente y abrió sacando un caballo. Gonzalo parecía disfrutar. Le arrinconó y le dio tres jaques al rey antes del mate. Luego le miró sonriente, con una mirada cargada de desdén que enfureció al Jambo.

—¿Sabes? —dijo Gonzalo—, yo me he criado aquí. Y aquí me gano la vida, ¿cómo?, no es asunto tuyo, pero barrunto un gilipollas a mil millas. Y tú eres el más grande gil de los últimos tiempos, no importa que te estés tirando a la Asun, que, por cierto, no se dónde está el mérito. Aun así, y teniendo en cuenta que a veces el destino pone a un idiota en nuestro camino, he decidido escucharte. Y por favor, no me hables en esa jerga de merchero, te pega como a un santo dos pistolas.

Y le señaló con la mano para cederle el turno de palabra. Las emociones que al Jambo le recorrían el espinazo eran contradictorias, por un lado quería matarle, por otro tenía necesidad urgente de reclutarle. Sin embargo, jamás le habían humillado de semejante manera. Pero se controló:

—De acuerdo, te hablaré en cristiano. No me asusta que me hayas traído a tu terreno, no sé si para apoquinarme, o qué otra cosa, pero es igual. Tengo un palo, un palo serio, bien pensado. Trabajo para una gente, que como tú dices, no es asunto tuyo. Necesito un compañero, eso es todo.

—¿De qué se trata?

—En su momento te lo diré, si es que llegamos a un acuerdo.

—Un banco, ¿no fue eso lo que dijiste el otro día?

—Puede...

—No me dedico a eso.

—¿Eso, es un no?

—Quizá.

—Pues en ese caso...

El Jambo, en pleno farol, hizo acción de levantarse. Pero Gonzalo le cogió de la manga:

—¿Tú te dedicas a la política, verdad?

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Mucho. Es doble riesgo.

—¿Qué pasa?, ¿estás interesado?

—No. Así por las buenas no. Si tienes algo serio de verdad y sin riesgo, puede que te escuche, y si no, ¡puerta!

—¡Vaya!, no te gusta el riesgo, ¿eh?

—No. Además, déjate de gaitas conmigo. Sé que andas en líos políticos. El encargado de tu obra es amigo mío. Me han dicho que tú y ese otro andáis jodiendo la marrana. Y voy a darte un consejo: ¡ten cuidado!

—¡Ten cuidado, tú, mucharó! —estalló el Jambo.

—Tranquilo, sólo es una advertencia —le contestó Gonzalo sin perder la calma.

—Como tal lo tomaré. Y ahora, acabemos de una vez, porque no pienso volver a repetirlo. ¿Estas interesado, o no?

—¿Pero tú crees que se puede venir así, con este rollo tártaro que te traes, para impresionar a idiotas?

La paciencia de Jambo se agotaba. Empezaba a darle igual que el billar estuviera lleno de conocidos de Gonzalo. Pero sucedió que se acercó un hombre bien vestido con las manos cargadas de anillos. Se dirigió a Gonzalo:

—Oye. Benito quiere verte.

Había autoridad en el tono. Gonzalo le respondió que estaba hablando con un amigo, que ya iría. El recién llegado alzó las cejas y graznó:

—¡Ahora!

Gonzalo se levantó y al hacerlo le hizo una seña al Jambo para que le esperase. En ese momento, el Jambo supo que su contertulio no era nadie allí. Claro que le esperaría. Acababa de enterarse de que no era más que un fantasma. El recadero le miró interesado:

—¿Y tú, quién eres?

—¿Y a ti qué te importa?

Pareció cabrearse.

—¡Niñatos de los cojones! ¡Os dan la mano y os cogéis el pié! —y se fue mosqueado.

Ahora sí que tenía pillado por los huevos al amigo Gonzalo. No sólo no era nadie en lo que decía ser su hogar, sino que, más que probable, estaba metido en algún lío, quizá debía dinero. ¡Estupendo! Cuando volviera, iba a saber lo qué es bueno este hortera de Chamberí.

Y así fue. Sin abandonar su aire distante y despreciativo, Gonzalo fue cediendo terreno lentamente hasta que el Jambo le arrancó el compromiso de que si le traía algo interesante podrían hacer negocios. Si bien recalcó que el iba siempre al cincuenta por ciento. Y además, la cosa tenía que ser rápida. Tenía otros asuntos pendientes. En esto estaba también de acuerdo el Jambo. Ya estaba bien de esperar, hablaría con Ana, ¡y al tajo!

No quiso que Gonzalo le llevara a Vallecas, cogió un tequi y se fue para el Común con una grata sensación en el cuerpo. ¡Había doblegado a ese mamón! Y ya tenía su contacto.

 [1]Policía.