La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-11- Ana tiene un mal día |
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No
había sonado la campana todavía cuando el Barreiros entró en
el recinto de la obra. Era un hermoso camión cargado de
polvorientos sacos de cemento. Los peones se estremecieron. El
Jambo tuvo una premonición: aquel camión llevaba su nombre.
Seguro que el Bigotes aprovecharía la ocasión para vengarse.
Pese
a que quedaban algunos minutos para las ocho, ni un sólo trompo
se calentó las botas esa mañana. Estampida general. El Jambo
no se movió. Había algo de reto en sus húmedos ojos, de duelo
a muerte bajo un cuatro metros[1]
sin toldo.
Después
de aparcar al lado del ordenado, pero ya exiguo montón de sacos
de cemento, el camionero, cuyo rostro era indescriptible por
efecto y estrago del sueño reprimido, saludó sin pasión, se
puso en cuclillas y se calentó las manos mientras esperaba al
encargado.
Sonó
la campana. En realidad un trozo de hierro colgado de un alambre
que el listero tenía delante del almacén. El Bigotes no aparecía.
El camionero no se movió, el Jambo tampoco. Las máquinas
comenzaron a funcionar. La Grúa, los compresores, los martillos
neumáticos, la pala excavadora, la rozadora, la sierra
corta-ladrillos y la de los carpinteros, la hormigonera...
El
Bigotes terminó de beberse la copa de anís que todas las mañanas
se atizaba en el chamizo del listero de una botella que escondían
a medias, y nervioso pero feliz, se dispuso a rematar el duelo
mientras toda la obra parecía ensimismada en sus tareas pero
nadie quitaba ojo a la escena.
No
le recriminó el Bigotes a su más díscolo trompo el qué
carajo hacía allí quemando la suela de las botas cuando ya hacía
diez minutos que había sonado la campana. No, eso no tenía
sentido. El Jambo estaba allí esperando a ver si el del casco
blanco tenía cojones a mandarle descargar el camión. Y si los
tenía, demostrarle que él, sólo o con otros compañeros se
merendaba todos los sacos sin pestañear.
—Acércate
al camión y vete descargando —le dijo el Bigotes sin alzar la
voz.
—¿Yo
sólo? —le respondió el Jambo sin alzarla tampoco pero mirándole
a los ojos, cosa que no había echo el encargado.
—Luego
te mando a alguien —le respondió. Y el Bigotes se perdió
entre los andamios pajariteros. Y toda la obra vio como encendía
uno de sus afamados vegueros.
—¡Hijo
puta! —gritó el Jambo. Pero todos hicieron como que no habían
escuchado nada. Y ambos quedaron empatados en valor pero el
Jambo se tenía que descargar el camión.
—Te
apuesto lo que quieras a que lo liquida antes de la una —le
dijo un ayudante a su oficial.
—¡Quia!
Este lo reparte hasta las seis. Y bien que hará.
El
camionero bajó los portantes laterales. Miró al Jambo con
curiosidad, normalmente se ponía una cuadrilla de peones a
descargar, dos arriba y dos abajo. Pero bueno. No era asunto
suyo. Le preguntó al Jambo si había algún bar abierto y
cercano. Hasta las once que llegaba la Asun no había nada que
hacer. El camionero se echó a dormir en la cabina. Y el Jambo
se encontró sólo, o mejor, con el camión cargado de sacos de
cincuenta quilos a metro y medio de altura que debían ser
trasladados entre diez y cinco metros según el caso.
Había
dos técnicas para este tajo, una, cargarlo de frente y caminar
con los cincuenta quilos soportados a puro bíceps. Otra que
consistía en cargarse el saco a la espalda sujetado por la base
y soltarlo con tino y cuidado de la misma forma sin que se
rompiera. Para esta última era necesario el concurso de un
compañero subido al camión. Y no era el caso. Así que el
Jambo tenía que hacer de los dos. Al principio no habría
problema, toda una hilera de sacos estaba a mano, pero a medida
que fuera descargando, una parte importante del trabajo
consistiría en subirse al camión y acercar sacos al borde.
Con
gran parsimonia, indicando a cada gesto que le importaban un
bledo los tropecientos mil quilos, se proveyó de guantes y un
pañuelo para la cabeza. El cemento quema la piel y los sacos de
papel son cualquier cosa menos herméticos. También se trajo el
botijo del listero, quién no se atrevió a rechistar. |
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¡Bien!,
¡al tajo!, se dijo el Jambo. Y comenzó a descargar lenta pero
concienzudamente. Todo peón avezado sabe que la formula para
sobrevivir a estas tareas es la conjunción del mínimo esfuerzo
con el máximo rendimiento. Una marcha lenta aunada con la maña
para recoger el peso sin forzar ningún músculo permite largas
jornadas de esfuerzos aparentemente sobrehumanos. Sólo se
necesita una especie de autohipnosis que mantenga al cuerpo en
los mínimos señalados y la cabeza completamente en otra parte.
El Jambo tenía un truco. Era un truco estupendo. Propio de él
y que nunca había compartido con nadie. Consistía en
imaginarse una historia. Construir una historieta en el coco,
con personajes y todo eso con lo que uno pudiera soñar, de
forma que el cuerpo fuera por un lado y la mente por otro.
Cualquier historia valía, desde que te trajinabas a la Sofía
Loren, hasta las más sofisticadas. El Jambo tenía dos
preferidas. Una, que por arte de birlibirloque llegaba a una
isla con nativos en la edad de piedra, y la historieta consistía
en convertirlos en una sociedad marxista avanzada en una sola
generación. Y otra, la mejor: las batallas del Ejército
Republicano, del que era ferviente admirador por obra de algunos
libros de Ruedo Ibérico y otros más nacionales como los del
general ese de aviación.
La
capacidad del Jambo para la ensoñación era ilimitada. Podía
iniciar un cuento con uno o varios personajes, ambientada en el
pasado, presente o en el mismo futuro, y si disfrutaba de ella,
reanudarla días, semanas o meses después sin perder el hilo ni
las características de los personajes.
Aquel
día, los sacos de cemento, ¡tan grande injusticia! le llevaron
a su ensoñación más rebelde. ¡La batalla de Teruel! ¡Diciembre
de 1937! Una gesta heroica como no vieron las tierras de España,
por parte del ejército de la República. El Jambo tenía la
batalla medio planteada.
Y
mientras en su magín sonaban cañonazos, ráfagas de
ametralladora, cargas de caballería mora, y asaltos
republicanos a la bayoneta calada en medio de espantosas
ventiscas de nieve imaginada, su delgado cuerpo, cuajado de
secos músculos, pero inagotable, incansable, curtido de polvo
de cemento, regado de sudor de pobre, iba y venia como un zombi,
cogiendo, respirando, soltando cemento abrasador, a ratos
calmado con agua de un botijo tan español como su esfuerzo, tan
ibérico como sus gruñidos de cada vez que los cincuenta quilos
caían entre sus bíceps y su pecho de ríos de agua salada
regado. Y su perdido mirar, su nada en los ojos, sólo su
cerebro, ocupando el sentir del esfuerzo inhumano, jadeando, negándose
a cansar, renegando, combatiendo, como buen republicano, si
armas, si jefes, sin ayuda de nadie, sólo con las ideas. Pero
el Jambo ganó. Antes de que sonara la campana. El
cuatro metros estaba aviado. Y si grande fue el esfuerzo,
más grande fue el general asombro, la común admiración, y un
repunte de humanidad que le dio al Bigotes, cuando desde lejos
contemplo la mágica escena dónde miles de quilos de cemento
habían cambiado de sitio, por obra y gracia de un extraño
desafío, donde uno sólo se herniaba por todos. Un comunista,
un hijo de puta comunista, que son los que hacen estas cosas con
mayor lucimiento: joderse por la causa.
Comió
en silencio. No cruzó ninguna palabra que no fuera necesaria
con nadie. Y todos le respetaron, desde el Pertur hasta la Asun,
que enterada del evento por sus incondicionales, admiró la
fortaleza del joven, y acrecentó sus esperanzas. Y qué mujer
no admira la fortaleza en un hombre, sobre todo si es interior,
si es de carácter. Para la Asun, estaba claro, el chico era muy
hombre, sólo había que darle oportunidades de demostrarlo. Y
ella se las iba a dar.
En
cuanto al Bigotes, tuvo los santos cojones de ir al quiosco del
tío Pío, cosa que nunca hacía, y tomarse un sol y sombra, y
de paso hacer justicia. Porque desde el incidente de la
navajilla, y tras mucho cavilar, el Bigotes había llegado a la
conclusión, de que, efectivamente, esta gente, los rojos, con
los años, tendrían mucho porvenir. De modo y manera que él
tenía que transigir con la libertad de prensa, la de reunión y
también la de expresión, pero eso no quitaba que el que
mandaba allí era él. Y eso tenía que entenderlo el vallecano.
El
Jambo andaba ya apurando la copa cuando el Bigotes apareció en
el quiosco. El personal se las hizo de lipendi. Pidió dos
orujos y con las copas en ristra y sin vacilar se enfrentó al
Jambo, quién no daba crédito a sus ojos. El Bigotes se sentó
en la mesa.
—Eres
un niñato y un cabezón —le espetó al Jambo—, pero tienes
cuajo. Así que tómate ésta a mi salud.
Y
le largó la de orujo. El Jambo le miró sin saber que decir.
Cogió la copa y para seguir en plan duelo se la trajinó de un
trago, y mientras el orujo le destrozaba las entrañas dijo con
voz rasgada:
—¡Vale!
—Entonces
—siguió el Bigotes—, puedes repartir esos papeles, con
cuidado claro, y no tengo nada que decir de las asambleas y tal,
pero comprenderás que en la obra mando yo. De lo contrario
tendré que despedirte. Y no creo que esté el horno para
bollos, ni para mi, ni para vosotros. Ya sabes... |
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—Es
Chachi —reconoció el Jambo.
—Pues
entonces, lávate y vete a tu casa, por hoy ya has cumplido.
Y
el Bigotes se endilgó el orujo al mismo estilo que su
contrincante, se levantó, y con una amplia sonrisa se encendió
otro de sus proverbiales vegueros. Él sí que tenía política
y mano izquierda. ¡Como tiene que ser un encargado que se
precie!
A
las cuatro, camino del Común, el Jambo se dio cuenta de que no
podía esperar más. Ana no daba señales de vida y eso le
estaba matando, el grupo de acción no se reunía desde hacía
semanas, y todo esto le olía muy mal, más, después de la
conversación que mantuviera con el Pater. Los popes de IC se
habían rajado, ¡seguro!
¡Con
lo que le había costado trincar al Gonzalo! ¡Y la quina que
había tenido que tragar! Cómo le odiaba. Le ponía enfermo su
suficiencia. Y peor aún, Gonzalo era largo de coco. Tañía los
puntos débiles del Jambo como el artista la guitarra. Pero ya
hablaríamos. De momento necesitaba a un tío bragado, y que
como él tuviera los suficientes contactos como para
proporcionarle un par de fuscas, un conductor y un buen buga
para salir de naja el día de autos.
El
Jambo sabía que Ana trabajaba en el Primero de Octubre como
residente de último año, no conocía sus turnos, pero sabía
que algunas tardes las tenía libres, decidió arriesgarse y
llamar.
Tuvo
la suerte de los poetas. Ella misma al teléfono. Y además no
le recriminó que la llamara a su casa. Y encima aceptó quedar.
Quedaron cerca de la Vaguada. En un bar que conocían los dos.
Cuando Ana llegó, el Jambo supo que algo malo estaba pasando.
Traía unas ojeras de caballo sobre un rostro pálido, casi
enfermizo.
—¿Qué
te pasa? —quiso saber el Jambo.
Ella
le dio un beso de amiga. Parecía contenta de verle. Se puso a
hablar de política, de Franco y su interminable muerte. Aquella
verborrea y su mal aspecto mosqueó a su admirador. Pero ella
dijo que se encontraba bien.
El
Jambo le propuso ir al Comunín, tenían que hablar. Ana no quería,
le apetecía dar una vuelta. ¿No hacía una tarde estupenda?
Bueno, pues caminaron y caminaron hasta que llegaron casi al
Parque Móvil, Ríos Rosas, esa parte tan tranquila de Madrid.
Al final se sentaron en una terraza que está cerca de la fábrica
de raticida, y que tiene unos helados estupendos. El Jambo no
pudo aguantarse más y le preguntó por lo de la guerra. ¿Que,
qué coño estaba pasando?
Ella
cogió algo de color para responder. Estaba furiosa, pero no
contra el Jambo, contra IC, y por más señas contra el Pater,
al que acusaba una y otra vez, de carrillista emboscado. Va a
meter a la organización en el Partido. Lo veo venir.
—Bueno,
¿pero de lo nuestro, qué?
—Lo
han suspendido. Todo al garete. Está todo el mundo acojonado
con lo de Franco. No se mueve nadie por miedo a que los fachas
la armen.
—¡No
me fastidies!
No
había nada que hacer, al menos hasta que se celebrara la
conferencia de IC de Madrid, cuando la momia la palmara. Al
Jambo le importaba un bledo la conferencia. Estaba indignado. Le
sorprendía incluso a él mismo la carne que había puesto en el
asador de aquella historia. Ahora que estaba empezando a salir
del marasmo de izquierdista sin organización dónde militar. ¡Hay
que joderse!.
—Bueno,
¿y qué vamos a hacer? —insistía el Jambo.
—No
sé —respondió ella. Tenía la lengua blanca.
—¡Pues
algo habrá que hacer!
—Yo
que sé... Llévame al Común, invítame a un canuto y follemos.
Al
Jambo no le hizo ninguna gracia su forma tan directa de pedirlo.
No estaba acostumbrado... Si bien, comprendió que la única
manera de sacar a Ana del pozo en que se encontraba, quizá por
los hechos, quizá por las pastillas, o por lo que leches fuera,
era dándole una baño de ternura, otro de sexo duro, y otro
final de verdad, con agua caliente y sales, y todas esas cosas.
Pero en el Comunín no había bañera. Y además estaría Charly
desfilando por el pasillo a los acordes de la marcha real,
vulgo, himno nacional.
—Mejor
vamos a tu piso. |
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—No.
Están los padres de Charo que han venido a verla.
—¿Y
qué pintan los padres de Charo en el piso de tres rojas?
—¡Bueno!,
la gente tiene familia. No todos son como tú.
—Vale,
vale. Vamos para el Común. Cogeremos un tequi.
Le
salió por un ojo de la cara, era la hora de la salida del
trabajo y tardaron la hueva.
En
la habitación se fumaron un par de canutos con la ventana
entornada para no asfixiarse y por expresa petición de Ana. El
Jambo sabía que todos los que entraran por el patio adivinarían
que en su habitación se estaban poniendo ciegos de canutos, lo
que no dejaba de ser peligroso, por la cosa de los plastas.
Excepto cuando entraba el cura Diez-Alegría diciendo, ¿a qué
huele, aquí?, ya lo olí el otro día... Nada, le replicaban
los comuneros, son palitos de esos de la India que se queman...
—Pues
sabéis lo que os digo, ¡que para ellos! —sentenciaba el
docto cura. El Jambo sospechaba que los viejos se hacían los
disimulados. Sobre todo Diez-Alegría, que no tenía un pelo de
tonto y que además era un cura formidable. Se trataba de un
tipo corpulento, medio calvete, de voz algo chillona, que usaba
una dentadura postiza desajustada que le tenía moviendo los
labios cada dos por tres. Y siendo de gente de pelas, y teniéndolas
el mismo por sus libros, vivía, igual que Charly, en la más
absoluta de las mesuras. Al Jambo le caía muy bien. No tanto,
Charly, que por su carácter, y por tener los defectos más a la
vista, a veces se hacía odioso.
Ana
se puso melosa, y el Jambo que suspiraba por sus huesos de una
forma enloquecida como ya sabemos, aunque a veces se hiciera el
duro. Se rindió y se entregó a los caprichosos pero excitantes
previos de Ana que le tuvo empalmado horas y horas, o eso le
pareció a él, hasta que le dejo penetrarla y el Jambo pudo
cabalgar en la nube de su pubis glorioso en un huracán de
sofocos, sudores ardientes y placer que limpia la piel de la
mierda de la vida que día tras día se nos pega. Ducha del
alma, pues, que a ambos dejó felices, aturdidos, pero no
idiotas.
Sobre
las nueve se despertaron. El Comunín bullía de actividad, pues
los comuneros regresaban a esta hora de sus afanes y eran
corrientes, las voces, las peleas dialécticas, y la tele a todo
meter. Ana estaba preciosa, y no tenía rastros de ojeras, sino
la piel sonrosada y los ojos brillantes aunque un poquito
hinchados. Y esta era una oportunidad que el Jambo llevaba
esperando mucho tiempo. Pues al fondo, en la sala de la tele, se
oían las inconfundibles voces del Rubio, el Perico, Currito
Crysler, y otros inefables comuneros. Esta vez se la iba a pasar
por los morros a todos, con o sin la complicidad de Ana.
—Ven
que te voy a presentar a los compañeros.
A
ella no le pareció mal. La entrada fue triunfal. En verdad que
Ana era un mujer atractiva. De las que no se ven en los
extrarradios, cien veces mejor que Charo, que la americana, y
que todos los ligues conocidos y por conocer de la población
comunera.
Se
la fue presentando uno a uno, silabeando sus nombres, y
disfrutando de explosivo efecto que causaba en el cenobio. Y
tras dejar la discusión tirada debajo del sofá, el Perico y el
Rubio, que ya la conocían, le hicieron preguntas y todo eso,
sobre su trabajo y tal, sin dejar de observar esa belleza
insultante que se les pone a las mujeres recién complacidas y
que tanto excita a otros machos ajenos a la lid.
Y
viendo el Jambo sus caras y sus idiotas sonrisas congeladas, sólo
se le ocurrió bromear:
—¿Dónde
hemos puesto el trapo de la baba?
Y
todos callaron y fruncieron el ceño sin saber muy bien qué
carajo quería decir, hasta que el Rubio soltó una carcajada
estruendosa diciendo:
—El
hijo de puta... —y arrastró las palabras casi como un
argentino mientras se partía de risa. Y luego se abrazó al
Jambo mientras le susurraba: ¡Muy bien tronco! Y ambos tuvieron
un momento de verdaderos amigos, troncos de verdad, emociones
que renuevan ocasionalmente la empatía que sujeta las bridas de
la amistad. |
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Y
se pusieron a hablar de política y de la próxima muerte de
Franco, y que ya no quedaban existencias de champán en las
tiendas, je, je, je. Y Ana les hizo una quiniela política donde
se atrevía a pronosticar lo que iba a pasar cuando la momia sólo
fuera un muló. Que Juan Carlos iba a mandar formar gobierno a
Fraga, y que iban a haber medio partidos políticos, para
contentar a los alemanes y para regocijo de los yanquis, que no
querían democracia de verdad en España, como no la quieren en
ningún sitio. Que Hassán no invadiría el Sahara, y que la
represión seguiría igual sobre el movimiento obrero y la
izquierda en general. Y que toda ella, de los carrillistas en
adelante estaba obligada a unirse en un frente común para
conjurar el peligro de una monarquía Primo Riveresca. Aunque
esto último no lo entendieron todos. Y en cuanto a los
socialistas, sólo les daba alguna importancia, y en la
universidad, a los de Tierno. El resto, los del Isidoro y los de
la orilla izquierda del Nervión, estaba claro que no contaban.
Así
que los comuneros admiraron a la pasionaria que el Jambo tenía
por novia, pero en verdad, que más por sus tetas que por su
facundia, pues de discursos estaban sobrados pero de tías no. Y
como donde hay una jati, siempre cabe la posibilidad de que
surjan otras, como muy bien sabían el Perico y el Rubio, se
fueron todos a cenar a ca Manolo, su rica verdura gallega y la
tortilla francesa con jamón de York, que parece un menú
internacional pero con precios populares.
Y
a su fin, Ana y el Jambo se fueron a la habitación de éste y
se pusieron a hablar bajito del motivo que había unido en
cierto modo sus existencias. Y como Ana se sintiera
desmoralizada por tener que renunciar a dar un palo para
conseguir una pasta gansa, el Jambo, sin pensárselo dos veces
le propuso hacerlo ellos, por su cuenta. El tenía contactos.
Pero a Ana le parecía una burrada. Que sin una organización
que les respaldara, era muy arriesgado y además era casi como
caer en la delincuencia. El Jambo se cabreó.
—¡Ole
tus cojones...!
—Ovarios
—le rectificó ella.
—¿Pero
tú te crees que porque esa banda de plumíferos que llevaste a
la reunión, te apoyasen en lo que te apoyasen, ibais a dar un
palo de campeonato? ¡Al revés!, esa gente lo único que
hubiera hecho es cagarla.
—No
hace falta que los insultes, son mis camaradas.
—¡Camaradas,
de qué! ¡De reuniones en cafeterías! Los camaradas se hacen
en la guerra, en la cárcel, en los trabajos inhumanos, en el
infortunio y en la miseria. Vosotros no pasáis de ser un grupo
de amiguetes jugando a la revolución, eso sí, la vuestra es
muy sesuda. ¡Vamos!, cualquier carrillista del Pozo se juega más
que vosotros.
—Eres
injusto —se dolió ella—. Eres un obrerista. Y me estás
pareciendo un chulo y un macarra como el día que te conocí. ¿Quién
eres tú para juzgar a la gente así? Hay camaradas que han
estado en la cárcel, y otros todavía lo están. ¡Al Pater lo
torturaron en la DGS! ¡Qué sabes tú!
¡Bueno,
es igual! Ni que fuerais la mismísima FAI. No sois
profesionales de esto. ¿A ver? ¿Cuántas fuscas tenéis?
—¿Fuscas?
—Pipas,
fierros, puslas, pistolas...
—¿Ah,
pistolas? Nosotros no somos un grupo armado. No tenemos ninguna.
—¿Entonces
cómo pensabas dar un atraco?
—Pues
pensaba que tú las ibas a buscar.
El
Jambo se quedó un poco cortado:
—¡Pues
vaya una organización!
—¿Y
tú, cuántas tienes? —contraatacó ella.
—Yo
tampoco soy un grupo armado —reconoció el Jambo.
—Pues
vaya grupo de acción que estamos hechos tú y yo.
—Pero
tengo quien nos las puede proporcionar. Y además esto es cosa mía
y de la gente que te digo. Damos el palo. Y te presentas en IC
con la moquiqui. ¡Menudo flas! Te hacen baranda en el acto.
—No
digas tonterías... |
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—¡Que
sí Ana! ¿Porque tú, ya tenías buscado un sitio?, ¿no?
—Sí,
tenía un buen sitio.
—¡Pues
entonces!... al rollo. Nos los hacemos nosotros solipandi.
—¡Ah!,
no sé. Y no pongas ese tono tan macarra —se quejó ella.
—Bueno...
—¿Y
por qué tienes tanto interés en algo tan peligroso? —quiso
saber ella.
Aquí
el vallecano dudó un momento. Luego le salió toda la bilis del
alma de rojo derrotado que en realidad era.
—Porque
soy un desesperado. Porque o hago esto o me muero de asco viendo
como los verdugos de este país mueren en la cama dejando el
sitio a un Borbón.
Ella,
le miró a los ojos, y los vio limpios, sanos, llenos de vida,
pero tristes. Y le besó. Un beso de desesperada a desesperado. —Y porque te quiero... —terminó él. [1]En
el argot de los transportistas, un camión de tres ejes con
altura máxima de cuatro metros. |