S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-11-

Ana tiene un mal día

No había sonado la campana todavía cuando el Barreiros entró en el recinto de la obra. Era un hermoso camión cargado de polvorientos sacos de cemento. Los peones se estremecieron. El Jambo tuvo una premonición: aquel camión llevaba su nombre. Seguro que el Bigotes aprovecharía la ocasión para vengarse.

Pese a que quedaban algunos minutos para las ocho, ni un sólo trompo se calentó las botas esa mañana. Estampida general. El Jambo no se movió. Había algo de reto en sus húmedos ojos, de duelo a muerte bajo un cuatro metros[1] sin toldo.

Después de aparcar al lado del ordenado, pero ya exiguo montón de sacos de cemento, el camionero, cuyo rostro era indescriptible por efecto y estrago del sueño reprimido, saludó sin pasión, se puso en cuclillas y se calentó las manos mientras esperaba al encargado.

Sonó la campana. En realidad un trozo de hierro colgado de un alambre que el listero tenía delante del almacén. El Bigotes no aparecía. El camionero no se movió, el Jambo tampoco. Las máquinas comenzaron a funcionar. La Grúa, los compresores, los martillos neumáticos, la pala excavadora, la rozadora, la sierra corta-ladrillos y la de los carpinteros, la hormigonera...

El Bigotes terminó de beberse la copa de anís que todas las mañanas se atizaba en el chamizo del listero de una botella que escondían a medias, y nervioso pero feliz, se dispuso a rematar el duelo mientras toda la obra parecía ensimismada en sus tareas pero nadie quitaba ojo a la escena.

No le recriminó el Bigotes a su más díscolo trompo el qué carajo hacía allí quemando la suela de las botas cuando ya hacía diez minutos que había sonado la campana. No, eso no tenía sentido. El Jambo estaba allí esperando a ver si el del casco blanco tenía cojones a mandarle descargar el camión. Y si los tenía, demostrarle que él, sólo o con otros compañeros se merendaba todos los sacos sin pestañear.

—Acércate al camión y vete descargando —le dijo el Bigotes sin alzar la voz.

—¿Yo sólo? —le respondió el Jambo sin alzarla tampoco pero mirándole a los ojos, cosa que no había echo el encargado.

—Luego te mando a alguien —le respondió. Y el Bigotes se perdió entre los andamios pajariteros. Y toda la obra vio como encendía uno de sus afamados vegueros.

—¡Hijo puta! —gritó el Jambo. Pero todos hicieron como que no habían escuchado nada. Y ambos quedaron empatados en valor pero el Jambo se tenía que descargar el camión.

—Te apuesto lo que quieras a que lo liquida antes de la una —le dijo un ayudante a su oficial.

—¡Quia! Este lo reparte hasta las seis. Y bien que hará.

El camionero bajó los portantes laterales. Miró al Jambo con curiosidad, normalmente se ponía una cuadrilla de peones a descargar, dos arriba y dos abajo. Pero bueno. No era asunto suyo. Le preguntó al Jambo si había algún bar abierto y cercano. Hasta las once que llegaba la Asun no había nada que hacer. El camionero se echó a dormir en la cabina. Y el Jambo se encontró sólo, o mejor, con el camión cargado de sacos de cincuenta quilos a metro y medio de altura que debían ser trasladados entre diez y cinco metros según el caso.

Había dos técnicas para este tajo, una, cargarlo de frente y caminar con los cincuenta quilos soportados a puro bíceps. Otra que consistía en cargarse el saco a la espalda sujetado por la base y soltarlo con tino y cuidado de la misma forma sin que se rompiera. Para esta última era necesario el concurso de un compañero subido al camión. Y no era el caso. Así que el Jambo tenía que hacer de los dos. Al principio no habría problema, toda una hilera de sacos estaba a mano, pero a medida que fuera descargando, una parte importante del trabajo consistiría en subirse al camión y acercar sacos al borde.

Con gran parsimonia, indicando a cada gesto que le importaban un bledo los tropecientos mil quilos, se proveyó de guantes y un pañuelo para la cabeza. El cemento quema la piel y los sacos de papel son cualquier cosa menos herméticos. También se trajo el botijo del listero, quién no se atrevió a rechistar.

¡Bien!, ¡al tajo!, se dijo el Jambo. Y comenzó a descargar lenta pero concienzudamente. Todo peón avezado sabe que la formula para sobrevivir a estas tareas es la conjunción del mínimo esfuerzo con el máximo rendimiento. Una marcha lenta aunada con la maña para recoger el peso sin forzar ningún músculo permite largas jornadas de esfuerzos aparentemente sobrehumanos. Sólo se necesita una especie de autohipnosis que mantenga al cuerpo en los mínimos señalados y la cabeza completamente en otra parte. El Jambo tenía un truco. Era un truco estupendo. Propio de él y que nunca había compartido con nadie. Consistía en imaginarse una historia. Construir una historieta en el coco, con personajes y todo eso con lo que uno pudiera soñar, de forma que el cuerpo fuera por un lado y la mente por otro. Cualquier historia valía, desde que te trajinabas a la Sofía Loren, hasta las más sofisticadas. El Jambo tenía dos preferidas. Una, que por arte de birlibirloque llegaba a una isla con nativos en la edad de piedra, y la historieta consistía en convertirlos en una sociedad marxista avanzada en una sola generación. Y otra, la mejor: las batallas del Ejército Republicano, del que era ferviente admirador por obra de algunos libros de Ruedo Ibérico y otros más nacionales como los del general ese de aviación.

La capacidad del Jambo para la ensoñación era ilimitada. Podía iniciar un cuento con uno o varios personajes, ambientada en el pasado, presente o en el mismo futuro, y si disfrutaba de ella, reanudarla días, semanas o meses después sin perder el hilo ni las características de los personajes.

Aquel día, los sacos de cemento, ¡tan grande injusticia! le llevaron a su ensoñación más rebelde. ¡La batalla de Teruel! ¡Diciembre de 1937! Una gesta heroica como no vieron las tierras de España, por parte del ejército de la República. El Jambo tenía la batalla medio planteada.

Y mientras en su magín sonaban cañonazos, ráfagas de ametralladora, cargas de caballería mora, y asaltos republicanos a la bayoneta calada en medio de espantosas ventiscas de nieve imaginada, su delgado cuerpo, cuajado de secos músculos, pero inagotable, incansable, curtido de polvo de cemento, regado de sudor de pobre, iba y venia como un zombi, cogiendo, respirando, soltando cemento abrasador, a ratos calmado con agua de un botijo tan español como su esfuerzo, tan ibérico como sus gruñidos de cada vez que los cincuenta quilos caían entre sus bíceps y su pecho de ríos de agua salada regado. Y su perdido mirar, su nada en los ojos, sólo su cerebro, ocupando el sentir del esfuerzo inhumano, jadeando, negándose a cansar, renegando, combatiendo, como buen republicano, si armas, si jefes, sin ayuda de nadie, sólo con las ideas. Pero el Jambo ganó. Antes de que sonara la campana. El  cuatro metros estaba aviado. Y si grande fue el esfuerzo, más grande fue el general asombro, la común admiración, y un repunte de humanidad que le dio al Bigotes, cuando desde lejos contemplo la mágica escena dónde miles de quilos de cemento habían cambiado de sitio, por obra y gracia de un extraño desafío, donde uno sólo se herniaba por todos. Un comunista, un hijo de puta comunista, que son los que hacen estas cosas con mayor lucimiento: joderse por la causa.

Comió en silencio. No cruzó ninguna palabra que no fuera necesaria con nadie. Y todos le respetaron, desde el Pertur hasta la Asun, que enterada del evento por sus incondicionales, admiró la fortaleza del joven, y acrecentó sus esperanzas. Y qué mujer no admira la fortaleza en un hombre, sobre todo si es interior, si es de carácter. Para la Asun, estaba claro, el chico era muy hombre, sólo había que darle oportunidades de demostrarlo. Y ella se las iba a dar.

En cuanto al Bigotes, tuvo los santos cojones de ir al quiosco del tío Pío, cosa que nunca hacía, y tomarse un sol y sombra, y de paso hacer justicia. Porque desde el incidente de la navajilla, y tras mucho cavilar, el Bigotes había llegado a la conclusión, de que, efectivamente, esta gente, los rojos, con los años, tendrían mucho porvenir. De modo y manera que él tenía que transigir con la libertad de prensa, la de reunión y también la de expresión, pero eso no quitaba que el que mandaba allí era él. Y eso tenía que entenderlo el vallecano.

El Jambo andaba ya apurando la copa cuando el Bigotes apareció en el quiosco. El personal se las hizo de lipendi. Pidió dos orujos y con las copas en ristra y sin vacilar se enfrentó al Jambo, quién no daba crédito a sus ojos. El Bigotes se sentó en la mesa.

—Eres un niñato y un cabezón —le espetó al Jambo—, pero tienes cuajo. Así que tómate ésta a mi salud.

Y le largó la de orujo. El Jambo le miró sin saber que decir. Cogió la copa y para seguir en plan duelo se la trajinó de un trago, y mientras el orujo le destrozaba las entrañas dijo con voz rasgada:

—¡Vale!

—Entonces —siguió el Bigotes—, puedes repartir esos papeles, con cuidado claro, y no tengo nada que decir de las asambleas y tal, pero comprenderás que en la obra mando yo. De lo contrario tendré que despedirte. Y no creo que esté el horno para bollos, ni para mi, ni para vosotros. Ya sabes...

—Es Chachi —reconoció el Jambo.

—Pues entonces, lávate y vete a tu casa, por hoy ya has cumplido.

Y el Bigotes se endilgó el orujo al mismo estilo que su contrincante, se levantó, y con una amplia sonrisa se encendió otro de sus proverbiales vegueros. Él sí que tenía política y mano izquierda. ¡Como tiene que ser un encargado que se precie!

A las cuatro, camino del Común, el Jambo se dio cuenta de que no podía esperar más. Ana no daba señales de vida y eso le estaba matando, el grupo de acción no se reunía desde hacía semanas, y todo esto le olía muy mal, más, después de la conversación que mantuviera con el Pater. Los popes de IC se habían rajado, ¡seguro!

¡Con lo que le había costado trincar al Gonzalo! ¡Y la quina que había tenido que tragar! Cómo le odiaba. Le ponía enfermo su suficiencia. Y peor aún, Gonzalo era largo de coco. Tañía los puntos débiles del Jambo como el artista la guitarra. Pero ya hablaríamos. De momento necesitaba a un tío bragado, y que como él tuviera los suficientes contactos como para proporcionarle un par de fuscas, un conductor y un buen buga para salir de naja el día de autos.

El Jambo sabía que Ana trabajaba en el Primero de Octubre como residente de último año, no conocía sus turnos, pero sabía que algunas tardes las tenía libres, decidió arriesgarse y llamar.

Tuvo la suerte de los poetas. Ella misma al teléfono. Y además no le recriminó que la llamara a su casa. Y encima aceptó quedar. Quedaron cerca de la Vaguada. En un bar que conocían los dos. Cuando Ana llegó, el Jambo supo que algo malo estaba pasando. Traía unas ojeras de caballo sobre un rostro pálido, casi enfermizo.

—¿Qué te pasa? —quiso saber el Jambo.

Ella le dio un beso de amiga. Parecía contenta de verle. Se puso a hablar de política, de Franco y su interminable muerte. Aquella verborrea y su mal aspecto mosqueó a su admirador. Pero ella dijo que se encontraba bien.

El Jambo le propuso ir al Comunín, tenían que hablar. Ana no quería, le apetecía dar una vuelta. ¿No hacía una tarde estupenda? Bueno, pues caminaron y caminaron hasta que llegaron casi al Parque Móvil, Ríos Rosas, esa parte tan tranquila de Madrid. Al final se sentaron en una terraza que está cerca de la fábrica de raticida, y que tiene unos helados estupendos. El Jambo no pudo aguantarse más y le preguntó por lo de la guerra. ¿Que, qué coño estaba pasando?

Ella cogió algo de color para responder. Estaba furiosa, pero no contra el Jambo, contra IC, y por más señas contra el Pater, al que acusaba una y otra vez, de carrillista emboscado. Va a meter a la organización en el Partido. Lo veo venir.

—Bueno, ¿pero de lo nuestro, qué?

—Lo han suspendido. Todo al garete. Está todo el mundo acojonado con lo de Franco. No se mueve nadie por miedo a que los fachas la armen.

—¡No me fastidies!

No había nada que hacer, al menos hasta que se celebrara la conferencia de IC de Madrid, cuando la momia la palmara. Al Jambo le importaba un bledo la conferencia. Estaba indignado. Le sorprendía incluso a él mismo la carne que había puesto en el asador de aquella historia. Ahora que estaba empezando a salir del marasmo de izquierdista sin organización dónde militar. ¡Hay que joderse!.

—Bueno, ¿y qué vamos a hacer? —insistía el Jambo.

—No sé —respondió ella. Tenía la lengua blanca.

—¡Pues algo habrá que hacer!

—Yo que sé... Llévame al Común, invítame a un canuto y follemos.

Al Jambo no le hizo ninguna gracia su forma tan directa de pedirlo. No estaba acostumbrado... Si bien, comprendió que la única manera de sacar a Ana del pozo en que se encontraba, quizá por los hechos, quizá por las pastillas, o por lo que leches fuera, era dándole una baño de ternura, otro de sexo duro, y otro final de verdad, con agua caliente y sales, y todas esas cosas. Pero en el Comunín no había bañera. Y además estaría Charly desfilando por el pasillo a los acordes de la marcha real, vulgo, himno nacional.

—Mejor vamos a tu piso.

—No. Están los padres de Charo que han venido a verla.

—¿Y qué pintan los padres de Charo en el piso de tres rojas?

—¡Bueno!, la gente tiene familia. No todos son como tú.

—Vale, vale. Vamos para el Común. Cogeremos un tequi.

Le salió por un ojo de la cara, era la hora de la salida del trabajo y tardaron la hueva.

En la habitación se fumaron un par de canutos con la ventana entornada para no asfixiarse y por expresa petición de Ana. El Jambo sabía que todos los que entraran por el patio adivinarían que en su habitación se estaban poniendo ciegos de canutos, lo que no dejaba de ser peligroso, por la cosa de los plastas. Excepto cuando entraba el cura Diez-Alegría diciendo, ¿a qué huele, aquí?, ya lo olí el otro día... Nada, le replicaban los comuneros, son palitos de esos de la India que se queman...

—Pues sabéis lo que os digo, ¡que para ellos! —sentenciaba el docto cura. El Jambo sospechaba que los viejos se hacían los disimulados. Sobre todo Diez-Alegría, que no tenía un pelo de tonto y que además era un cura formidable. Se trataba de un tipo corpulento, medio calvete, de voz algo chillona, que usaba una dentadura postiza desajustada que le tenía moviendo los labios cada dos por tres. Y siendo de gente de pelas, y teniéndolas el mismo por sus libros, vivía, igual que Charly, en la más absoluta de las mesuras. Al Jambo le caía muy bien. No tanto, Charly, que por su carácter, y por tener los defectos más a la vista, a veces se hacía odioso.

Ana se puso melosa, y el Jambo que suspiraba por sus huesos de una forma enloquecida como ya sabemos, aunque a veces se hiciera el duro. Se rindió y se entregó a los caprichosos pero excitantes previos de Ana que le tuvo empalmado horas y horas, o eso le pareció a él, hasta que le dejo penetrarla y el Jambo pudo cabalgar en la nube de su pubis glorioso en un huracán de sofocos, sudores ardientes y placer que limpia la piel de la mierda de la vida que día tras día se nos pega. Ducha del alma, pues, que a ambos dejó felices, aturdidos, pero no idiotas.

Sobre las nueve se despertaron. El Comunín bullía de actividad, pues los comuneros regresaban a esta hora de sus afanes y eran corrientes, las voces, las peleas dialécticas, y la tele a todo meter. Ana estaba preciosa, y no tenía rastros de ojeras, sino la piel sonrosada y los ojos brillantes aunque un poquito hinchados. Y esta era una oportunidad que el Jambo llevaba esperando mucho tiempo. Pues al fondo, en la sala de la tele, se oían las inconfundibles voces del Rubio, el Perico, Currito Crysler, y otros inefables comuneros. Esta vez se la iba a pasar por los morros a todos, con o sin la complicidad de Ana.

—Ven que te voy a presentar a los compañeros.

A ella no le pareció mal. La entrada fue triunfal. En verdad que Ana era un mujer atractiva. De las que no se ven en los extrarradios, cien veces mejor que Charo, que la americana, y que todos los ligues conocidos y por conocer de la población comunera.

Se la fue presentando uno a uno, silabeando sus nombres, y disfrutando de explosivo efecto que causaba en el cenobio. Y tras dejar la discusión tirada debajo del sofá, el Perico y el Rubio, que ya la conocían, le hicieron preguntas y todo eso, sobre su trabajo y tal, sin dejar de observar esa belleza insultante que se les pone a las mujeres recién complacidas y que tanto excita a otros machos ajenos a la lid.

Y viendo el Jambo sus caras y sus idiotas sonrisas congeladas, sólo se le ocurrió bromear:

—¿Dónde hemos puesto el trapo de la baba?

Y todos callaron y fruncieron el ceño sin saber muy bien qué carajo quería decir, hasta que el Rubio soltó una carcajada estruendosa diciendo:

—El hijo de puta... —y arrastró las palabras casi como un argentino mientras se partía de risa. Y luego se abrazó al Jambo mientras le susurraba: ¡Muy bien tronco! Y ambos tuvieron un momento de verdaderos amigos, troncos de verdad, emociones que renuevan ocasionalmente la empatía que sujeta las bridas de la amistad.

Y se pusieron a hablar de política y de la próxima muerte de Franco, y que ya no quedaban existencias de champán en las tiendas, je, je, je. Y Ana les hizo una quiniela política donde se atrevía a pronosticar lo que iba a pasar cuando la momia sólo fuera un muló. Que Juan Carlos iba a mandar formar gobierno a Fraga, y que iban a haber medio partidos políticos, para contentar a los alemanes y para regocijo de los yanquis, que no querían democracia de verdad en España, como no la quieren en ningún sitio. Que Hassán no invadiría el Sahara, y que la represión seguiría igual sobre el movimiento obrero y la izquierda en general. Y que toda ella, de los carrillistas en adelante estaba obligada a unirse en un frente común para conjurar el peligro de una monarquía Primo Riveresca. Aunque esto último no lo entendieron todos. Y en cuanto a los socialistas, sólo les daba alguna importancia, y en la universidad, a los de Tierno. El resto, los del Isidoro y los de la orilla izquierda del Nervión, estaba claro que no contaban.

Así que los comuneros admiraron a la pasionaria que el Jambo tenía por novia, pero en verdad, que más por sus tetas que por su facundia, pues de discursos estaban sobrados pero de tías no. Y como donde hay una jati, siempre cabe la posibilidad de que surjan otras, como muy bien sabían el Perico y el Rubio, se fueron todos a cenar a ca Manolo, su rica verdura gallega y la tortilla francesa con jamón de York, que parece un menú internacional pero con precios populares.

Y a su fin, Ana y el Jambo se fueron a la habitación de éste y se pusieron a hablar bajito del motivo que había unido en cierto modo sus existencias. Y como Ana se sintiera desmoralizada por tener que renunciar a dar un palo para conseguir una pasta gansa, el Jambo, sin pensárselo dos veces le propuso hacerlo ellos, por su cuenta. El tenía contactos. Pero a Ana le parecía una burrada. Que sin una organización que les respaldara, era muy arriesgado y además era casi como caer en la delincuencia. El Jambo se cabreó.

—¡Ole tus cojones...!

—Ovarios —le rectificó ella.

—¿Pero tú te crees que porque esa banda de plumíferos que llevaste a la reunión, te apoyasen en lo que te apoyasen, ibais a dar un palo de campeonato? ¡Al revés!, esa gente lo único que hubiera hecho es cagarla.

—No hace falta que los insultes, son mis camaradas.

—¡Camaradas, de qué! ¡De reuniones en cafeterías! Los camaradas se hacen en la guerra, en la cárcel, en los trabajos inhumanos, en el infortunio y en la miseria. Vosotros no pasáis de ser un grupo de amiguetes jugando a la revolución, eso sí, la vuestra es muy sesuda. ¡Vamos!, cualquier carrillista del Pozo se juega más que vosotros.

—Eres injusto —se dolió ella—. Eres un obrerista. Y me estás pareciendo un chulo y un macarra como el día que te conocí. ¿Quién eres tú para juzgar a la gente así? Hay camaradas que han estado en la cárcel, y otros todavía lo están. ¡Al Pater lo torturaron en la DGS! ¡Qué sabes tú!

¡Bueno, es igual! Ni que fuerais la mismísima FAI. No sois profesionales de esto. ¿A ver? ¿Cuántas fuscas tenéis?

—¿Fuscas?

—Pipas, fierros, puslas, pistolas...

—¿Ah, pistolas? Nosotros no somos un grupo armado. No tenemos ninguna.

—¿Entonces cómo pensabas dar un atraco?

—Pues pensaba que tú las ibas a buscar.

El Jambo se quedó un poco cortado:

—¡Pues vaya una organización!

—¿Y tú, cuántas tienes? —contraatacó ella.

—Yo tampoco soy un grupo armado —reconoció el Jambo.

—Pues vaya grupo de acción que estamos hechos tú y yo.

—Pero tengo quien nos las puede proporcionar. Y además esto es cosa mía y de la gente que te digo. Damos el palo. Y te presentas en IC con la moquiqui. ¡Menudo flas! Te hacen baranda en el acto.

—No digas tonterías...

—¡Que sí Ana! ¿Porque tú, ya tenías buscado un sitio?, ¿no?

—Sí, tenía un buen sitio.

—¡Pues entonces!... al rollo. Nos los hacemos nosotros solipandi.

—¡Ah!, no sé. Y no pongas ese tono tan macarra —se quejó ella.

—Bueno...

—¿Y por qué tienes tanto interés en algo tan peligroso? —quiso saber ella.

Aquí el vallecano dudó un momento. Luego le salió toda la bilis del alma de rojo derrotado que en realidad era.

—Porque soy un desesperado. Porque o hago esto o me muero de asco viendo como los verdugos de este país mueren en la cama dejando el sitio a un Borbón.

Ella, le miró a los ojos, y los vio limpios, sanos, llenos de vida, pero tristes. Y le besó. Un beso de desesperada a desesperado.

—Y porque te quiero... —terminó él.

[1]En el argot de los transportistas, un camión de tres ejes con altura máxima de cuatro metros.