S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-12-

Uno de la Mancha se la pela

Ana no fue a dormir a su casa y el Jambo no durmió bien pese a su agotamiento. No estaba acostumbrado a dormir acompañado, y la vigilia se le hizo un poco dura. Sorprendentemente, ella durmió como un lirón. A las seis y media, el Jambo se levantó y con el cuerpo pidiendo a gritos una ducha se restregó ligeramente los clisos con agua fría y aderezándose el tomo lo suficiente para no espantar, se vistió, cogió las mil infernales cosas que permiten a un ser humano salir a la calle, y tras dejarle a Ana una nota se fue para la garrula. Ser el primero en levantarse en el Comunín era duro, sí, pero cuando el llegaba a la parada de la calle Villacarrillo ya había currantes que llevaban un rato esperando. Todos con el primer pito en la boca, carraspeando, y con un humor de mil demonios. ¡Allí no importaba mucho que Franco se estuviera muriendo! Ni que taimado Hassán quisiera comerse a los saharauis aderezados de fosfatos. Allí importaba todo un carajo. Por lo menos hasta que el personal se hubiera metido en el cuerpo algo con más de 40 grados. Y este empujón al café con porras que normalmente precedía a lo anterior, y que ponía el cuerpo en su justo estado de ánimo para el curro, este golpe, era una de las mejores aportaciones de la ciudad de Madrid a la civilización humana. Qué hubiera sido de los currantes en la triste amanecida franquista, sin la de Chinchón, o la de Castellana, o la de Soberano, o si me apuras, sin las porras calentitas, recién facturadas por esos mártires del trabajo que son los churreros y los panaderos.

Cuando una hora después y tres ducados a medio fumar, llegó el Jambo al tajo, seguía siendo casi de noche. Como estaba de volandero, esperó a que algún encargado le endiñara algo que hacer. Pero su caso lo llevaba el Bigotes personalmente.

—Hasta nueva orden —le dijo éste cuando salió del almacén donde se atizaba los matinales lingotazos susodichos—, te pones con los del plastón.

El plastón era una pasta de cemento, arena de miga y algunos componentes más que formaba la base para la solera, bien de plaqueta, baldosa, o parqué. Era un trabajo que se llevaba a destajo. Pero los trompos que ayudaban iban a jornal. Por tanto era un curro cabrón, porque si bien los de la solera le daban caña para cobrar sus metros, los peones no veían una perra. Y esto enturbiaba las relaciones. Por eso Comisiones estaba contra los destajos y las horas extras. Por eso el Jambo siempre que podía daba un por culo terrible a los destajistas. Y por eso, ellos, le temían como a la peste, y no lo querían de peón ni regalado. Pero el Jambo era muy contradictorio. Una de sus galas era que a él no le ganaba nadie a currar, que rojo sí, protestón también, pero currante como el que más. Y aquella mañana, el honor y el rijo satisfecho y la boca aún fresca, cogió su pala preparada —el borde bien afilado—, y se puso a currar arrimando pasta como un loco, y a los alondras se les encogió un poco el corazón y se arrepintieron otro poco de las veces que habían vaticinado que este chico acabaría muy mal.

Y cuando dio la una, el Jambo salió corriendo porque tenía un hambre dantesca. La Asun le sirvió el primerito. Estaba muy zalamera. Que la Pepi iba a venir por la tarde y que se pasara por el quiosco cuando dejara mano. Y el vallecano a todo dijo que sí, pues como sabemos, tenía la intención de contactar sin pérdida de tiempo con Gonzalo. Nada más que cuajara el plan que tenía a medias con Ana, darían el palo. Gonzalo tendría que poner el buga y el chofer. Les darían la mitad, era lo justo.

El Pertur, se le sentó en la mesa cuando el Jambo pelaba la naranja. El Jambo se temía una reunión. No estaba para historias. No en los próximos días. Pero el Pertur sólo quería comentar la situación. Estaba alegre porque la espichaba Franco, pero cagado con los militares. El Juan Carlos tampoco le ofrecía ninguna confianza. A ése se lo merendaba el Arias Navarro —Carnicerito de Málaga—, en un santiamén.

—¡Bueno y qué! A nosotros qué nos importa. Venga el qué venga, no va a ser peor que Franco. No creo que nadie pueda ser tan hijo puta como para firmar las penas de muerte desayunando con la parienta, y la lacorrilla[1] tomándose el chocolate, como hizo Franco.

—¡Ya! Pero reconocerás que el personal quiere otra cosa. Quiere cambios..., y tiene miedo.

—Pues si tiene miedo, que se aguante. ¡Pues no queda estopa que prender en este país!

—Ya, pero si se puede evitar un baño de sangre, la vanguardia está obligada.

—¡Coño, Pertur!, parece que vienes de ver el Jesucristo Superestar, ése. La vanguardia lo que tiene que hacer es unirse. Un frente común de izquierdas. ¡La ruptura, la República, y sanseacabó!

—Se dice fácil, pero aún no tenemos fuerza para eso.

—¡La tendremos!

—¡Qué optimista te veo!

—¿Te parece mal?

—No, me parece de putifa, pero no hay que engañarse tampoco. No sé, tronco, yo lo que diga el Partido.

—Pues muy bien... Y si el Partido dice que le beses el bul[2] al Borbón, pues se lo besas...

—¡No empieces, hostias!

El Pertur se fue rebotado. Nadie como el Jambo para sacarle de sus casillas. ¡Coño!, él no pretendía sentar cátedra, pero las cosas no estaban claras. En el Partido nadie aventuraba qué iba a pasar. En todo caso, que habría que seguir peleando. Quizá el amanecer de los camaradas estaba todavía lejos. Igual tenían que derribar otra monarquía, como en el treinta y uno. Pero fuera como fuera, sin sangre. Este pueblo estaba vacunado contra las revueltas. Los currantes no querían follones. Querían sindicarse, eso sí. Con sindicatos libres y todo eso. Querían votar y elegir gobierno y perderle el miedo a los guardias, por lo menos a los grises, porque a los picoletos no hay Dios que se lo pierda. Y tener una vida digna, terminar de pagar el piso y las letras del coche. Y lo bueno del asunto es que el primero que se diera cuenta se hacía con la vaina. Y cuando muriera Franco desde luego que algo iba a pasar. Tiene que haber cambios, y en esos cambios, el Partido se la juega, porque los militares son capaces de tragar con todo menos con el Partido. Nos ha jodido mayo, saben bien quien es el que parte el bacalao en la izquierda de este país desde el treinta y seis.

Pero si el Pertur tenía algunas dudas, el Jambo carecía de ellas. Enamorado de Ana, entusiasmado con la idea de aportar una acción armada a su curriculum bolchevique, y anhelando presentarse en IC —de la mano de Ana—, con una bolsa de deporte llena de cangrejos[3] y diciendo: ¡Qué!, ¿se podía o no se podía? Aquí tenéis una pasta para el aparato y la propa, y para lo que sea. ¡Hostias!

Y el vallecano se dejaba llevar por su fantasía, por su querencia, y por su inmadurez. Aunque hubiera sido muy capaz de responderle con todo un mitin al pobre Pertur, si es que éste se hubiera atrevido a su vez, a preguntar: ¿Es que crees que un atraco o diez, pueden cambiar algo?

Pero no era el caso.

El caso para la Asun era que quería meterle en la cama con la Pepi, que la cegara de gozo y así pararle los pies a Gonzalo, y si se terciaba sacudirle dos soplamocos. Y luego que se hubieran hartado sus pupilos de gemir y arañarse el alma de tanto follar, mandar a la Pepi para Bailén y al Jambo darle a escoger, puerta, besos y gracias, o carretera nacional cuatro, todos para Bailén y una nueva vida, y una familia también. Y además fetén.

 Lo cual demuestra que los sueños no son patrimonio de la locura o de la juventud, o de la desesperanza. Los sueños están ahí, para quien quiera cogerlos. Niño, joven, purili[4], honrada o puta, cabrón o maricón, rojo o facha, imbécil o cabal. Y al igual que los sueños, su contraria, la política, a veces el arte de ilusionar, pero siempre el arte de lo posible, estaba ahí, prácticamente sin tocar en cuarenta años de cuartel, casi mocita, aunque voluptuosa como las cuarentonas bien conservadas. Deseosa pero recatada. Esperando su príncipe y también su Maquiavelo.

Y a algunas horas de distancia. Sobre la estrecha cama de la habitación del Jambo. Ana, que no había ido a trabajar, acariciaba, por una vez, el mismo sueño que su amante, ella tan pragmática, imaginándose con el control de IC, con su aparato, con mucho dinero para editar una revista legal, otro Triunfo, que fuera para la izquierda, un faro en aquella noche de niebla que se avecinaba. Y ella, sería su alma, su inspiración, y su prócer. Y el Jambo, uno de los pocos que habían conseguido emocionarla, hacerle gritar de placer desatado, no aparecía para nada. Ni ningún otro. Y los recelos que tuviera sobre semejante, a su anterior parecer, desatino, se habían esfumado por obra y gracia de la capacidad de convencimiento físico que tenía el Jambo. Esa fuerza gestual, esa expresiva sinceridad física que algunos hombres poseen, en el amor como en la política, y que había obnubilado, sin que ella lo supiera, el portentoso sentido de la realidad que de normal padecía. Y en su frialdad no observó un subrepticio estado emocional que enturbiaba su magín, enajenaba sus esperanzas y la convertía en una vulgar enamorada. Aunque Ana, jamas reconocía, ni para sí ni para otros, esas debilidades.

Con toda la flojera del mundo, Ana se duchó en el espartano cuarto de baño de los comuneros, para espanto de la limpiadora, y regocijo del Cepero, un comunero en paro que la vio en porreta en la ducha y sin poderlo evitar se empalmó y se encerró en el water para cascársela a escondidas mientras apenas veía a la joven enjabonarse. Y poco faltó para que la misma limpiadora lo sorprendiera.

El Cepero tuvo que esperar a que Ana terminara de ducharse para salir de su escondite, pues amén de ser un tipo tímido, después de una paja le entraba al asalto un dolor del alma, arrepentimiento monjil que se las echaba a perder. Porque en su niñez fue aleccionado por curas homosexuales que le perturbaron profundamente sus relaciones sexuales consigo mismo. Tanto era así, que en su interior estaba seguro que cualquiera que pudiera verle segundos después, averiguaría ipso facto qué había estado haciendo durante un rato con la mano derecha. Por tanto, esperó y esperó a que Ana, ajena a estas bajas pasiones, terminara la ducha interminable que toda mujer lleva dentro. Y cuando esto ocurrió, el Cepero se había vuelto a empalmar de nuevo, pero no se atrevió a volver a las andadas. Y hubo de esperar otro rato, donde Ana ya se había ido, a ver si aquello bajaba. Pero en eso entró la limpiadora con esas batas azules que llevan un raja hasta el ombligo, y el Cepero tuvo un desfallecimiento moral y se la cascó de nuevo mientras observaba como la limpiadora adoptaba todas las posturas habidas y por haber, de arriba y de abajo, feliz ella en su inocente tarea.

Y cuando todo hubo acabado, y pudo regresar a la habitación, se volvió a la cama, y decidió recuperarse con un sueñecito. No sin antes reflexionar sobre lo sorprendente de la realidad misma. Incluso en el culo del mundo.

Ana se compró un plano de Madrid, uno de esos de libro donde vienen las calles por hojitas y son un coñazo para hacerse una idea general, pero chachis para hacerse una idea particular. Y después se fue a la Cruz de los Caídos, un estúpido monumento a sus muertos, cruce de caminos, con un busto del J.A.[5] en la punta y un cubo de pintura roja sobre todo ello, puntualmente renovado todos los primeros de Mayo por desconocidos, pero entrañables, compañeros de Comisiones de Femsa.

Allí, pegadita a la conocida cafetería estaba la Caja de Ahorros que tenía metida entre ceja y ceja. Era facilona. Un largo mostrador con dos empleados al público. Dos currantes más en las mesas de dentro, una habitación para el jefe de agencia. No más de dos o tres clientes a eso de las diez. Por lo menos habría un kilo o dos, entre lo suelto y lo que traían por la mañana de la central. ¡Suficiente!

Sería muy fácil. El Jambo y sus dos colegas aparcarían justo enfrente a las diez y media. Saldrían el Jambo y el otro con las pistolas en los bolsillos. El chofer esperaría con el motor al ralentí. Ella estaría en la vecina tienda, mirando un escaparate pero vigilando. Si entraba en la sucursal mientras ellos estaban atracándola, era la señal para que se largaran con viento fresco. El plan era que uno encañonaba al personal y otro cogía todo el dinero del mostrador y luego el del despacho.

Conocía muy bien la Caja por dentro. Había tenido cuenta allí cuando vivió en un piso alquilado de la calle donde estaba la parada del 77. Técnicamente no tenía pega. Salvo que hubiera incidentes con los numerosos obreros de las cercanas fábricas, lo que dado el momento político, con la muerte de Franco, no era probable. El único guardia cercano sería el de la porra. Además ella tenía coartada. Todavía conservaba la cuenta con mil o dos mil pelas. Había que escoger un día tranquilo, nada de días de cobro. No había que ser avariciosos.

Luego, saldrían pitando, ella incluida, por Hermanos García Noblejas, en dirección a la carretera de Vicálvaro y cerca del cuartel de automovilismo se separarían y abandonarían el coche, no sin antes pagar a los amigos del Jambo. Después ella y el Jambo volverían en autobús a Vallecas y esconderían algún tiempo el dinero en el Común. ¡Y a esperar la Conferencia de IC!

Pasó el resto de la mañana recorriendo a pie la zona. Luego cogió un taxi e hizo el trayecto de la huida fijándose bien a ambos lados. Disimuladamente, fue marcando en el mapa los puntos fuertes, semáforos, comisarías (sólo había una), cuarteles, fábricas, etc...

Por un momento tuvo la idea de avisar a los camaradas del grupo de acción y presionarlos para que se saltaran la disciplina de la organización y colaboraran, al menos de presencia, sólo por fastidiar al Pater. Pero únicamente fue una fantasía. Ana era demasiado seria para jugar con lo que había sido su vida desde que entrara en la facultad en el sesenta y siete.

Ana era hija de obrero emprendedor. Su familia vivía en el barrio de Esperanza, cerca del mercado, donde su padre había puesto un taller de reparación de calzado, tras largos años de ahorro y duras jornadas en las fabricas del ramo.

Pudo estudiar y también ir a la universidad. Y allí empezó todo. Conoció a jóvenes arrolladores con los que se acostó muy pronto y con los que comulgó también muy pronto. Se hizo progresista y vivió los estertores del Felipe allá en el año setenta. Pero le supo a poco. Descubrió la fortaleza y la militancia verdadera en el PCE, y terminados sus estudios, y con un curriculum político de mujer seria, polémica y altamente organizadora, inició la andadura de su adscripción a IC (organización que por cierto, era en realidad una excisión del Felipe en el año 65. Unas decenas de militantes reunidos alrededor de una revista), toda vez que Carrillo andaba buscando un pacto con la burguesía progresista que Ana no estaba dispuesta a tragar. El octavo congreso del Partido la echó fuera y a muchos con ella.

La militancia no la había marcado. No había tenido nunca problemas con la policía o con los sociales de la facultad, pese a que se actuaba abiertamente. Sólo se asustó cuando mataron a Ruano, pero para entonces ya militaba en el PCE. Sin embargo, no era una loca, sabía como se las gastaban los de la BIS[6], los repugnantes jueces del TOP, y los mismos funcionarios de prisiones (boqueras que diría el Jambo). La clandestinidad, que se había relajado en la izquierda durante los primeros años setenta, volvió rápidamente a sus fueros a raíz del fusilamiento de los patriotas vascos del reciente septiembre. El dictador moría como había llegado al poder: matando.

[1]Hija.

 [2]Culo.

 [3]Billete de cinco duros de antaño. Por extensión, dinero.

 [4]Viejo.

 [5]José Antonio Primo de Rivera.

 [6]Brigada de Investigación Social. Los tristemente famosos "Sociales".