La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-12- Uno de la Mancha se la pela |
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Ana
no fue a dormir a su casa y el Jambo no durmió bien pese a su
agotamiento. No estaba acostumbrado a dormir acompañado, y la
vigilia se le hizo un poco dura. Sorprendentemente, ella durmió
como un lirón. A las seis y media, el Jambo se levantó y con
el cuerpo pidiendo a gritos una ducha se restregó ligeramente
los clisos con agua fría y aderezándose el tomo lo suficiente
para no espantar, se vistió, cogió las mil infernales cosas
que permiten a un ser humano salir a la calle, y tras dejarle a
Ana una nota se fue para la garrula. Ser el primero en
levantarse en el Comunín era duro, sí, pero cuando el llegaba
a la parada de la calle Villacarrillo ya había currantes que
llevaban un rato esperando. Todos con el primer pito en la boca,
carraspeando, y con un humor de mil demonios. ¡Allí no
importaba mucho que Franco se estuviera muriendo! Ni que taimado
Hassán quisiera comerse a los saharauis aderezados de fosfatos.
Allí importaba todo un carajo. Por lo menos hasta que el
personal se hubiera metido en el cuerpo algo con más de 40
grados. Y este empujón al café con porras que normalmente
precedía a lo anterior, y que ponía el cuerpo en su justo
estado de ánimo para el curro, este golpe, era una de las
mejores aportaciones de la ciudad de Madrid a la civilización
humana. Qué hubiera sido de los currantes en la triste
amanecida franquista, sin la de Chinchón, o la de Castellana, o
la de Soberano, o si me apuras, sin las porras calentitas, recién
facturadas por esos mártires del trabajo que son los churreros
y los panaderos.
Cuando
una hora después y tres ducados a medio fumar, llegó el Jambo
al tajo, seguía siendo casi de noche. Como estaba de volandero,
esperó a que algún encargado le endiñara algo que hacer. Pero
su caso lo llevaba el Bigotes personalmente.
—Hasta
nueva orden —le dijo éste cuando salió del almacén donde se
atizaba los matinales lingotazos susodichos—, te pones con los
del plastón.
El
plastón era una pasta de cemento, arena de miga y algunos
componentes más que formaba la base para la solera, bien de
plaqueta, baldosa, o parqué. Era un trabajo que se llevaba a
destajo. Pero los trompos que ayudaban iban a jornal. Por tanto
era un curro cabrón, porque si bien los de la solera le daban
caña para cobrar sus metros, los peones no veían una perra. Y
esto enturbiaba las relaciones. Por eso Comisiones estaba contra
los destajos y las horas extras. Por eso el Jambo siempre que
podía daba un por culo terrible a los destajistas. Y por eso,
ellos, le temían como a la peste, y no lo querían de peón ni
regalado. Pero el Jambo era muy contradictorio. Una de sus galas
era que a él no le ganaba nadie a currar, que rojo sí, protestón
también, pero currante como el que más. Y aquella mañana, el
honor y el rijo satisfecho y la boca aún fresca, cogió su pala
preparada —el borde bien afilado—, y se puso a currar
arrimando pasta como un loco, y a los alondras se les encogió
un poco el corazón y se arrepintieron otro poco de las veces
que habían vaticinado que este chico acabaría muy mal.
Y
cuando dio la una, el Jambo salió corriendo porque tenía un
hambre dantesca. La Asun le sirvió el primerito. Estaba muy
zalamera. Que la Pepi iba a venir por la tarde y que se pasara
por el quiosco cuando dejara mano. Y el vallecano a todo dijo
que sí, pues como sabemos, tenía la intención de contactar
sin pérdida de tiempo con Gonzalo. Nada más que cuajara el
plan que tenía a medias con Ana, darían el palo. Gonzalo tendría
que poner el buga y el chofer. Les darían la mitad, era lo
justo.
El
Pertur, se le sentó en la mesa cuando el Jambo pelaba la
naranja. El Jambo se temía una reunión. No estaba para
historias. No en los próximos días. Pero el Pertur sólo quería
comentar la situación. Estaba alegre porque la espichaba
Franco, pero cagado con los militares. El Juan Carlos tampoco le
ofrecía ninguna confianza. A ése se lo merendaba el Arias
Navarro —Carnicerito de Málaga—, en un santiamén.
—¡Bueno
y qué! A nosotros qué nos importa. Venga el qué venga, no va
a ser peor que Franco. No creo que nadie pueda ser tan hijo puta
como para firmar las penas de muerte desayunando con la
parienta, y la lacorrilla[1]
tomándose el chocolate, como hizo Franco.
—¡Ya!
Pero reconocerás que el personal quiere otra cosa. Quiere
cambios..., y tiene miedo.
—Pues
si tiene miedo, que se aguante. ¡Pues no queda estopa que
prender en este país!
—Ya,
pero si se puede evitar un baño de sangre, la vanguardia está
obligada.
—¡Coño,
Pertur!, parece que vienes de ver el Jesucristo Superestar, ése.
La vanguardia lo que tiene que hacer es unirse. Un frente común
de izquierdas. ¡La ruptura, la República, y sanseacabó!
—Se
dice fácil, pero aún no tenemos fuerza para eso.
—¡La
tendremos!
—¡Qué
optimista te veo!
—¿Te
parece mal? |
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—No,
me parece de putifa, pero no hay que engañarse tampoco. No sé,
tronco, yo lo que diga el Partido.
—Pues
muy bien... Y si el Partido dice que le beses el bul[2]
al Borbón, pues se lo besas...
—¡No
empieces, hostias!
El
Pertur se fue rebotado. Nadie como el Jambo para sacarle de sus
casillas. ¡Coño!, él no pretendía sentar cátedra, pero las
cosas no estaban claras. En el Partido nadie aventuraba qué iba
a pasar. En todo caso, que habría que seguir peleando. Quizá
el amanecer de los camaradas estaba todavía lejos. Igual tenían
que derribar otra monarquía, como en el treinta y uno. Pero
fuera como fuera, sin sangre. Este pueblo estaba vacunado contra
las revueltas. Los currantes no querían follones. Querían
sindicarse, eso sí. Con sindicatos libres y todo eso. Querían
votar y elegir gobierno y perderle el miedo a los guardias, por
lo menos a los grises, porque a los picoletos no hay Dios que se
lo pierda. Y tener una vida digna, terminar de pagar el piso y
las letras del coche. Y lo bueno del asunto es que el primero
que se diera cuenta se hacía con la vaina. Y cuando muriera
Franco desde luego que algo iba a pasar. Tiene que haber
cambios, y en esos cambios, el Partido se la juega, porque los
militares son capaces de tragar con todo menos con el Partido.
Nos ha jodido mayo, saben bien quien es el que parte el bacalao
en la izquierda de este país desde el treinta y seis.
Pero
si el Pertur tenía algunas dudas, el Jambo carecía de ellas.
Enamorado de Ana, entusiasmado con la idea de aportar una acción
armada a su curriculum bolchevique, y anhelando presentarse en
IC —de la mano de Ana—, con una bolsa de deporte llena de
cangrejos[3]
y diciendo: ¡Qué!, ¿se podía o no se podía? Aquí tenéis
una pasta para el aparato y la propa, y para lo que sea. ¡Hostias!
Y
el vallecano se dejaba llevar por su fantasía, por su
querencia, y por su inmadurez. Aunque hubiera sido muy capaz de
responderle con todo un mitin al pobre Pertur, si es que éste
se hubiera atrevido a su vez, a preguntar: ¿Es que crees que un
atraco o diez, pueden cambiar algo?
Pero
no era el caso.
El
caso para la Asun era que quería meterle en la cama con la Pepi,
que la cegara de gozo y así pararle los pies a Gonzalo, y si se
terciaba sacudirle dos soplamocos. Y luego que se hubieran
hartado sus pupilos de gemir y arañarse el alma de tanto follar,
mandar a la Pepi para Bailén y al Jambo darle a escoger,
puerta, besos y gracias, o carretera nacional cuatro, todos para
Bailén y una nueva vida, y una familia también. Y además fetén.
Lo
cual demuestra que los sueños no son patrimonio de la locura o
de la juventud, o de la desesperanza. Los sueños están ahí,
para quien quiera cogerlos. Niño, joven, purili[4],
honrada o puta, cabrón o maricón, rojo o facha, imbécil o
cabal. Y al igual que los sueños, su contraria, la política, a
veces el arte de ilusionar, pero siempre el arte de lo posible,
estaba ahí, prácticamente sin tocar en cuarenta años de
cuartel, casi mocita, aunque voluptuosa como las cuarentonas
bien conservadas. Deseosa pero recatada. Esperando su príncipe
y también su Maquiavelo.
Y
a algunas horas de distancia. Sobre la estrecha cama de la
habitación del Jambo. Ana, que no había ido a trabajar,
acariciaba, por una vez, el mismo sueño que su amante, ella tan
pragmática, imaginándose con el control de IC, con su aparato,
con mucho dinero para editar una revista legal, otro Triunfo,
que fuera para la izquierda, un faro en aquella noche de niebla
que se avecinaba. Y ella, sería su alma, su inspiración, y su
prócer. Y el Jambo, uno de los pocos que habían conseguido
emocionarla, hacerle gritar de placer desatado, no aparecía
para nada. Ni ningún otro. Y los recelos que tuviera sobre
semejante, a su anterior parecer, desatino, se habían esfumado
por obra y gracia de la capacidad de convencimiento físico que
tenía el Jambo. Esa fuerza gestual, esa expresiva sinceridad física
que algunos hombres poseen, en el amor como en la política, y
que había obnubilado, sin que ella lo supiera, el portentoso
sentido de la realidad que de normal padecía. Y en su frialdad
no observó un subrepticio estado emocional que enturbiaba su
magín, enajenaba sus esperanzas y la convertía en una vulgar
enamorada. Aunque Ana, jamas reconocía, ni para sí ni para
otros, esas debilidades.
Con
toda la flojera del mundo, Ana se duchó en el espartano cuarto
de baño de los comuneros, para espanto de la limpiadora, y
regocijo del Cepero, un comunero en paro que la vio en porreta
en la ducha y sin poderlo evitar se empalmó y se encerró en el
water para cascársela a escondidas mientras apenas veía a la
joven enjabonarse. Y poco faltó para que la misma limpiadora lo
sorprendiera. |
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El
Cepero tuvo que esperar a que Ana terminara de ducharse para
salir de su escondite, pues amén de ser un tipo tímido, después
de una paja le entraba al asalto un dolor del alma,
arrepentimiento monjil que se las echaba a perder. Porque en su
niñez fue aleccionado por curas homosexuales que le perturbaron
profundamente sus relaciones sexuales consigo mismo. Tanto era
así, que en su interior estaba seguro que cualquiera que
pudiera verle segundos después, averiguaría ipso facto qué
había estado haciendo durante un rato con la mano derecha. Por
tanto, esperó y esperó a que Ana, ajena a estas bajas
pasiones, terminara la ducha interminable que toda mujer lleva
dentro. Y cuando esto ocurrió, el Cepero se había vuelto a
empalmar de nuevo, pero no se atrevió a volver a las andadas. Y
hubo de esperar otro rato, donde Ana ya se había ido, a ver si
aquello bajaba. Pero en eso entró la limpiadora con esas batas
azules que llevan un raja hasta el ombligo, y el Cepero tuvo un
desfallecimiento moral y se la cascó de nuevo mientras
observaba como la limpiadora adoptaba todas las posturas habidas
y por haber, de arriba y de abajo, feliz ella en su inocente
tarea.
Y
cuando todo hubo acabado, y pudo regresar a la habitación, se
volvió a la cama, y decidió recuperarse con un sueñecito. No
sin antes reflexionar sobre lo sorprendente de la realidad
misma. Incluso en el culo del mundo.
Ana
se compró un plano de Madrid, uno de esos de libro donde vienen
las calles por hojitas y son un coñazo para hacerse una idea
general, pero chachis para hacerse una idea particular. Y después
se fue a la Cruz de los Caídos, un estúpido monumento a sus
muertos, cruce de caminos, con un busto del J.A.[5]
en la punta y un cubo de pintura roja sobre todo ello,
puntualmente renovado todos los primeros de Mayo por
desconocidos, pero entrañables, compañeros de Comisiones de
Femsa.
Allí,
pegadita a la conocida cafetería estaba la Caja de Ahorros que
tenía metida entre ceja y ceja. Era facilona. Un largo
mostrador con dos empleados al público. Dos currantes más en
las mesas de dentro, una habitación para el jefe de agencia. No
más de dos o tres clientes a eso de las diez. Por lo menos habría
un kilo o dos, entre lo suelto y lo que traían por la mañana
de la central. ¡Suficiente!
Sería
muy fácil. El Jambo y sus dos colegas aparcarían justo
enfrente a las diez y media. Saldrían el Jambo y el otro con
las pistolas en los bolsillos. El chofer esperaría con el motor
al ralentí. Ella estaría en la vecina tienda, mirando un
escaparate pero vigilando. Si entraba en la sucursal mientras
ellos estaban atracándola, era la señal para que se largaran
con viento fresco. El plan era que uno encañonaba al personal y
otro cogía todo el dinero del mostrador y luego el del
despacho.
Conocía
muy bien la Caja por dentro. Había tenido cuenta allí cuando
vivió en un piso alquilado de la calle donde estaba la parada
del 77. Técnicamente no tenía pega. Salvo que hubiera
incidentes con los numerosos obreros de las cercanas fábricas,
lo que dado el momento político, con la muerte de Franco, no
era probable. El único guardia cercano sería el de la porra.
Además ella tenía coartada. Todavía conservaba la cuenta con
mil o dos mil pelas. Había que escoger un día tranquilo, nada
de días de cobro. No había que ser avariciosos.
Luego,
saldrían pitando, ella incluida, por Hermanos García Noblejas,
en dirección a la carretera de Vicálvaro y cerca del cuartel
de automovilismo se separarían y abandonarían el coche, no sin
antes pagar a los amigos del Jambo. Después ella y el Jambo
volverían en autobús a Vallecas y esconderían algún tiempo
el dinero en el Común. ¡Y a esperar la Conferencia de IC!
Pasó
el resto de la mañana recorriendo a pie la zona. Luego cogió
un taxi e hizo el trayecto de la huida fijándose bien a ambos
lados. Disimuladamente, fue marcando en el mapa los puntos
fuertes, semáforos, comisarías (sólo había una), cuarteles,
fábricas, etc...
Por
un momento tuvo la idea de avisar a los camaradas del grupo de
acción y presionarlos para que se saltaran la disciplina de la
organización y colaboraran, al menos de presencia, sólo por
fastidiar al Pater. Pero únicamente fue una fantasía. Ana era
demasiado seria para jugar con lo que había sido su vida desde
que entrara en la facultad en el sesenta y siete.
Ana
era hija de obrero emprendedor. Su familia vivía en el barrio
de Esperanza, cerca del mercado, donde su padre había puesto un
taller de reparación de calzado, tras largos años de ahorro y
duras jornadas en las fabricas del ramo.
Pudo
estudiar y también ir a la universidad. Y allí empezó todo.
Conoció a jóvenes arrolladores con los que se acostó muy
pronto y con los que comulgó también muy pronto. Se hizo
progresista y vivió los estertores del Felipe allá en el año
setenta. Pero le supo a poco. Descubrió la fortaleza y la
militancia verdadera en el PCE, y terminados sus estudios, y con
un curriculum político de mujer seria, polémica y altamente
organizadora, inició la andadura de su adscripción a IC
(organización que por cierto, era en realidad una excisión del
Felipe en el año 65. Unas decenas de militantes reunidos
alrededor de una revista), toda vez que Carrillo andaba buscando
un pacto con la burguesía progresista que Ana no estaba
dispuesta a tragar. El octavo congreso del Partido la echó
fuera y a muchos con ella. |
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La militancia no la había marcado. No había tenido nunca problemas con la policía o con los sociales de la facultad, pese a que se actuaba abiertamente. Sólo se asustó cuando mataron a Ruano, pero para entonces ya militaba en el PCE. Sin embargo, no era una loca, sabía como se las gastaban los de la BIS[6], los repugnantes jueces del TOP, y los mismos funcionarios de prisiones (boqueras que diría el Jambo). La clandestinidad, que se había relajado en la izquierda durante los primeros años setenta, volvió rápidamente a sus fueros a raíz del fusilamiento de los patriotas vascos del reciente septiembre. El dictador moría como había llegado al poder: matando. [1]Hija. [2]Culo. [3]Billete
de cinco duros de antaño. Por extensión, dinero. [4]Viejo. [5]José
Antonio Primo de Rivera. [6]Brigada
de Investigación Social. Los tristemente famosos
"Sociales". |