S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-13-

De cómo la Pepi traiciona a su novio

Una de las cosas que más fastidiaba al Jambo de su amante era simple y llanamente, perderle la pista. Pero Ana era así. Daba igual que le dejaras una nota para quedar después del trabajo. Tampoco te llamaba si tenías un teléfono. Ana hacía lo que le daba la gana. Se presentaba cuando quería, y en definitiva, era tan libre como un pajarillo. Lo que el Jambo no reconocía era que él mismo se comportaba con sus conocidos de igual forma. Cualidad que de haberle alguien reprochado, bajo ningún concepto hubiera reconocido. Él era un amigo para sus amigos, o sea un colega, como ya empezaban a decir, los parlantes de la chipé cané[1] que pululaban al atardecer por lo que quería ser un parque a la vera de la Ronda del Sur.

El Jambo había esperado en vano durante una hora en la plaza de Castilla. Se había fumado medio paquete de Celtas largos, que a veces alternaba con los Ducados. Estaba de un humor de perros. Primero, había faltado a su palabra eludiendo a la Asun, que a saber qué rayos querría. Luego le daban plantón, con lo que él odiaba esperar, y finalmente llegaba al Comunín y amén de no haber nadie de su cuerda, la habitación estaba echa un asco. En su irrefrenable ira, tuvo un acceso de gracia de Dios, y decidió ducharse y limpiar la habitación a fondo. Pudieran haber pasado tres meses desde la última. Y dicho y hecho. Se duchó concienzudamente, se lavó el estropajoso pelo que ya casi le llegaba al hombro, y armado de la fregona y una bayeta, le dio un enérgico tratamiento de jabón and lejía a toda la celda. Para el vallecano, estos impulsos incontenibles de dejar reluciente su habitación, era como para los católicos, la confesión. Le dejaban con el coco nuevo, casi en gracia de Dios. Afortunadamente, nos los prodigaba mucho. Encontró tres pañuelos petrificados debajo de la cama con un innoble y seco contenido. Horrorizado, los tiró a la basura, pertenecían a una época anterior a Ana, una época de sequía.

Cuando todo estuvo en orden, se sentó en la piltra y se le secaron las ideas. Aún no eran las nueve, dentro de un rato llegarían el Rubio y los demás. Viernes por la noche, seguro que organizaban algo, pero no era plan, ¡ahora era uno de los folladores oficiales! No podía aparecer sin tía. ¡Ya está! Iría a casa de Asun. Le contaba una trola para disculparse y de paso, lo mismo se mercaba una cena.

Pilló la chupa y salió de naja para la queli de su tronca la lumi. Cogió el autobús en vez de la garrula. Luego otro en la calle Drumen. Y una hora después pulsaba el timbre de la casa de Asun. Quizá no hubiera nadie. Pero sí. Se oían voces. Las de la Asun claro.

—¡Niño! —dijo al abrir—.

—Lo siento Asun, tuve un jari y no pude.

—Pasa, pasa —le contestó ella sin rencor—. Está la Pepi.

—¿Y el Gonzalo? —le preguntó el Jambo por lo bajini.

—No... Han reñido — Y la Asun le sonrió con complicidad.

En ese momento no supo el Jambo si eso le convenía o no.

En efecto, la Pepi estaba desolada. Su novio le había mandado al carajo en una estúpida pelea de la que ya no recordaba los motivos. Quizá temporalmente. Ya veremos. Pero ella estaba desconsolada. O Rabiosa, o quizá dolida. Lo que fuera tampoco era tanto porque se animó al ver al Jambo. Y es que a la Pepi le gustaba el Jambo. Le gustaba el bulto de la entrepierna de los ajustados vaqueros del vallecano. Allí, en ese bulto que se llevaba dos de cada tres de sus miradas, veía la Pepi la esencia del vallecano. Los veintitantos años del Jambo tenían que dar para un montón de erecciones. Una fuente inagotable de placer. Así le veía la Pepi. ¿Por qué?, ¿sobre todo sin pruebas? El infalible instinto de las hembras despampanantes del pueblo llano, que a veces se crían en su seno. ¿Y era verdad? A medias. Como sabemos, el Jambo era ocasional pajero, lo que siempre quita energía se diga lo que se diga, y que como entrenamiento no vale para nada, afirmo, y además, pasaba largas temporadas sin catarlo. Lo que sí era cierto es que el Jambo tenía esas potencialidades. Y lo que aún era más cierto, es que la Pepi era muy capaz de hacérselas aflorar y quintuplicarlas. La Pepi rebosaba humores sexuales por cada uno de sus poros. Y Gonzalo..., Gonzalo se satisfacía enseguida. Y ella disfrutaba, sí, pero Gonzalo estaba más a sus negocios y a lucirla por los tugurios. Y además con toda tranquilidad, porque si la Pepi no le guardaba la ausencia a su novio, este era muy capaz de marcarle la cara con la Palmera[2], que era como matarla un poquito.

Por tanto, la situación no dejaba de ser explosiva. La Asun loca por meterlos en la cama. La Pepi, despechada, y a gusto con el recién llegado, pero fiel, aún, a su novio. Y el Jambo que se había presentado, no sabemos muy bien por qué, para no perder contactos. Pero que no dejaba de admirar las curvas de la hija de su madura amiga y a veces confidente. Y no dejaba de admirarlas pese a su arrebolado enamoramiento de Ana. No sería para tanto el enamoramiento. Eso sí, compromiso no tenía ninguno. Y otro sí, él no estaba allí por el culo, las tetas, las caderas, el cuello, los muslos... y todo lo demás de la Pepi, él tenía historias con el Gonzalo, y no iba a estropearlas por nada del mundo.

Así pues, la Asun le dijo a su hija que le enseñara su habitación, no se qué de unos cuadros que habían comprado en el Rastro. Y el Jambo se fue para aquella plaza sin saber que iba a ser lidiado con el pretexto de admirar unos originales cuadros pintados por un aficionado, allá por los treinta, y que representaban tres escenas de una riña tabernaria.

—¡Muy bonitos! —reconoció el Jambo cuando ya la Asun había desaparecido cerrando la puerta tras de sí.

Y la Pepi que se tumba en la cama y le dice que se siente a su vera que está muy triste y que no sé qué coño de unos mimos. ¡Anda!, y le coge la mano y se la lleva al regazo.

Y el Jambo que se empalma en el acto, con lo que aprieta eso en unos pantalones vaqueros ajustados. Y que, mucho rollo y mucho Vallecas, pero no sabe qué leches hacer. Y la Pepi que suspira y empieza a moverle la prendida mano hacia sus propias partes y la tensión sube por las venas del Jambo segundo a segundo mientras su mano recorre la falda, primero por encima y luego por debajo, guiada por su dueña que vidriosos los ojos por el deseo y rojos los labios como una sandia madura está pidiendo sin ninguna duda la más terrible de las guerras a dos jugadores.

Y el Jambo la ganó. Ni Ana, ni hostias. Se lanzó al ataque. Volaron pantalones, jerseys, faldas, sostenes, calzoncillos, bragas... ¡Vaya con la Pepi! La Pepi estaba como un tren. No tenía nada que ver con Ana, que era una belleza sofisticada. La Pepi era una diosa pagana de santuario de pueblo. ¡Qué tetas!, ¡qué firmeza en semejante volumen!, ¡qué piernas de atleta sexual, qué brazos de romana, qué vagina esplendorosa! ¡Qué polvo se sacudieron en sólo quince minutos! Y otro más que exigió la Pepi al rato, para hartarse ella de gusto, aunque su amante sólo tuvo palmas en este segundo de la tarde. Y cuando se dio por satisfecha, le llevó al salón y cenaron juntos las viandas que milagrosamente allí estaban esperándoles y escucharon el telediario, otro milagro estando la Pepi, pero ésta había perdido todas sus palabras al oído de su recién amante, y miraba y callaba. Y el telediario decía que tras haber llegado hacía días la Marcha Verde a las lindes de lo permitido por el ejército español, y que tras la visita del Juan Carlos a la tropa, y tras la reunión de no sé dónde, le regalábamos el terreno y sus habitantes al maldito Hassán y a unos idiotas que habían aparecido por Mauritania. ¡Y nos íbamos de allí! y al país le importó un pimiento, porque desgraciadamente estaba esperando a ver si se moría ese cabrón, que por cierto, ahí seguía peleando por su vida, él que había quitado tantas con tanta facilidad. Y el Juan Carlos, ése, que a veces no parecía tan tonto, no quería una aventura colonial, ni un ejército africanista, ni nada que se le pareciera. Así que, ¡que os zurzan, saharauis!

Y mientras el Jambo empezaba a sentirse chungo, la Pepi, se renovaba en cada bocanada. Y se hacía mujer y mujer y crecía en su silla mientras le devoraba con lo ojos imaginándose ese rabo encendido que la había penetrado mientras hábilmente se estimulaba el clítoris elevando el vientre y frotándose en circulo contra él, como muy bien le había enseñado su madre, para que su placer no dependiera de la fortuna de su amante, o mejor, la disparara al cielo cuando ella quisiera. Porque así gozan las putas cuando quieren disfrutar de alguien al que desean, sea un Casanova o un zafio.

Pero al Jambo se le atragantaba la tortilla francesa. La terrible exaltación sexual que acababa de gozar le remordía como a un adolescente su primera paja. ¿Por qué? ¿Era por Ana?, ¿Significaba esto que le había puesto los cuernos? O eso no tenía sentido entre ellos. Tan progres. Además, ¿qué había en la Pepi, amén de ese cuerpo serrano? ¡Bah! No era su tipo. Ana tenía el poder de atraerle física y mentalmente. La Pepi sólo se la levantaba irremediablemente en el momento que le diera la gana. Nada mas...

La Asun entró a los postres. No se le escapó ni la más mínima sonrisa de complicidad. Actuaba con la mayor de las naturalidades frente a un tipo que se acababa de cepillar a su hija en su propia casa. Çe la vie.

Las imágenes del Sahara, prontamente ex español, le trajeron a Asun recuerdos de su niñez en una apartada guarnición, bajo el dominio de una espléndida Luna Árabe. A esa Luna, allí donde quería volver, aunque sólo fuera una vez antes de retirarse del oficio. Pero hoy estaba contenta, no quería ponerse nostálgica, que como buena andaluza confundía con la tristeza. El Jambo estaba al tanto de los sueños de la Asun, los había tenido que aguantar ya algunas veces. Simples sublimaciones, que diría el Rubio. Ese volver al lugar donde fuimos felices, bajo un imponente astro beatífico sólo era, al entender del vallecano, una sublimación generada por lo disparatado de nuestras vidas. En las personas conscientes, socialmente conscientes, no tenía cabida. Se trabajaba por la revolución social y punto. En las gentes como la Asun, pegadas al suelo e incapaces de emprender vuelo, como las gallinas, el símil también era del Jambo, sí tenía un papel. Como la lotería, o el cupón de los ciegos, o el amor de su vida... En fin, todas esas majaderías que mantienen a la gente en la ignorancia. Esas cosas que sacaban de quicio al Jambo, y que aquella izquierda obrerista y dogmática que tan bien representaba no comprendería jamás en el pueblo que pretendía liberar, y del que se decía vanguardia. Y sin embargo era fácil entender ese deseo que el país tenía de yacer bajo un gran astro protector, harto ya de dianas cuarteleras aunque fueran floreadas. Y de ello pensaban aprovecharse algunos. De aquel país ya tiempo derrotado, incapaz de luchar hogaño, perdida toda su heroicidad, ahogada en sangre, sustituida gota a gota por el miedo. El miedo al pasado, el que recordar no quería, el miedo al presente, de cuerpo ídem, y el miedo al futuro, que se avecinaba imperfecto.

Y la Asun retrataba España divinamente, una niñez colonial, una dura juventud bajo una vara represora y militar, y un oficio particularmente de pobre, un oficio de subsistencia, y para terminar, muchas esperanzas, no se sabe en qué ni en quién, pero muchas.

El Jambo no volvió al Común esa noche. Durmió, o al menos lo intentó. Y eso que no sabía lo que le esperaba a la mañana siguiente. Sábado, sabadete.

Desayunó con churros hechos por la misma Asun, que estaban riquísimos. Dónde y cuándo había aprendido, sólo ella lo sabe. Después fueron a la compra, los tres. Y el Jambo que empezó a poner cara de circunstancias. Como se descuidara iba a pasar allí todo el fin de semana. Secuestrado por madre e hija. Una para labrar el porvenir de su hija y otra para labrarse yo qué coño sé. La situación estaba fuera de control. ¿Cómo se libraba uno de dos mujeres? Una que te alimenta y otra que te exprime en orgías de carne y gozo. Y había sido él, nadie más, el que como un idiota se había arrojado en sus brazos. Ahora, que no le hacía falta para nada. Sabía dónde encontrar a Gonzalo. Y además, se sentía mal por Ana. No es que le estuviera poniendo los cuernos a la dirigente de IC, pero un poquito sí.

Por otro lado, la Pepi, estaba fantástica, se la levantaba a un muerto con ese cuerpo y lo picarona que sabía ser, o sea lasciva. Pero echaba de menos las discusiones con Ana. El genio que tenía y sobre todo, aquellos ojos grises cargados de inteligencia y de decisión.

Y este era el pequeño drama del vallecano, que había usado a la gente y algunos le habían creído, como la Asun y su hija, y otros le habían calado, como Gonzalo y el Pater. ¿Y ahora qué? Ahora que sólo era una sombra entre dos mujeres, ¿dónde estaban sus recursos? Ese rollo de macarra concienciado, gracioso, resultón y chipendoy quedaba reducido a que era un cínico y por ende un egoísta. Y la pobre Ana, quizá sola, preparando el golpe y sin saber dónde encontrarle. Y mientras, las palmas se le humedecían en la pescadería junto a la primorosa Pepi que hablaba y hablaba con los pescaderos en el ejercicio de uno de sus más placenteros trabajos, es decir, ser admirada. Y sin que ésta se percatara, el Jambo se fue a la frutería donde la Asun hacía cola y le dijo que se iba para el Común.

—¿Lo entiendes, verdad?

—Sí, hijo, vete si quieres... Ya hablaremos.

Y cuando la Asun quedó sola, casi con un rictus de pena en su cara, vino a su magín, una de las pocas cosas que la vida le había enseñado: lo implacable que es el destino con los pobres. Necesitaba que el Jambo se quedara, pero al despedirse, la cara del vallecano le había aclarado su verdad, que ni ella ni su hija tenían nada que ofrecerle. ¿De qué le servía el afecto, o incluso el placer a un tipo como el Jambo? Seguro que no sabía lo que buscaba, pero sí sabía lo que no. Y ni ella ni su hija estaban en la lista. También le asaltó una duda. Una extraña duda para una mujer tan segura de sí. Quizá era ella quien más necesitaba al Jambo. Y eso no dejaba de ser una perversión en su escala de valores. Su hombre, el que ella se imaginaba para sí, en nada se parecía al Jambo. ¡Un crío! Y sin embargo... Esa estilizada figura de manos como mazas y esqueleto por rellenar agitaba secretamente su corazón, tan secretamente que ni ella misma quería reconocerlo. De modo que apartó estos pensamientos y buscó algo que decirle a su hija.

Pero a la Pepi no pareció importarle.

—¡Volverá! —dijo. Y como su madre pusiera cierta cara de extrañeza. Añadió:

—Volverá porque nadie le va a dar lo que yo —y sin ningún reparo se llevó la mano a la entrepierna para reforzar sus palabras.

La Asun no lo tenía tan claro.

—¿Pero tú le quieres de novio?

—Ya veremos...

La Pepi diferenciaba muy bien lo que era un novio, es decir, alguien que te quiere, protege y se ocupa de pagar, de lo que era un amante, alguien que te da placer, nada más. Gonzalo era su novio, eso estaba claro. Algún día se casarían. Nunca había trabajado para él, pero si fuera necesario lo haría, aunque esperaba que no. El Jambo sólo era un amante. Una cuestión exclusivamente intima entre un coño y una polla, y cuando se hartaran se acabaría. Además Gonzalo se tenía completamente creído que a quien se beneficiaba el Jambo era a su madre. Y para terminar, su novio le había prometido que si le salía bien un negocio que tenía entre manos se irían para la Costa del Sol donde pondrían un local, porque allí había muchas oportunidades para cualquier negocio. Aunque esto no lo sabía su madre, ni pensaba decírselo. Ya se enteraría cuando la echara en falta. Y con esa dureza que sólo los jóvenes se gastan con sus progenitores, resolvía la ecuación de su temprana y gozosa vida.

[1]Literalmente, falsa lengua. El Argot vallecano.

 [2]Conocida hoja nacional de afeitar.