La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
|
-13- De cómo la Pepi traiciona a su novio |
|
Una
de las cosas que más fastidiaba al Jambo de su amante era
simple y llanamente, perderle la pista. Pero Ana era así. Daba
igual que le dejaras una nota para quedar después del trabajo.
Tampoco te llamaba si tenías un teléfono. Ana hacía lo que le
daba la gana. Se presentaba cuando quería, y en definitiva, era
tan libre como un pajarillo. Lo que el Jambo no reconocía era
que él mismo se comportaba con sus conocidos de igual forma.
Cualidad que de haberle alguien reprochado, bajo ningún
concepto hubiera reconocido. Él era un amigo para sus amigos, o
sea un colega, como ya empezaban a decir, los parlantes de la
chipé cané[1]
que pululaban al atardecer por lo que quería ser un parque a la
vera de la Ronda del Sur.
El
Jambo había esperado en vano durante una hora en la plaza de
Castilla. Se había fumado medio paquete de Celtas largos, que a
veces alternaba con los Ducados. Estaba de un humor de perros.
Primero, había faltado a su palabra eludiendo a la Asun, que a
saber qué rayos querría. Luego le daban plantón, con lo que
él odiaba esperar, y finalmente llegaba al Comunín y amén de
no haber nadie de su cuerda, la habitación estaba echa un asco.
En su irrefrenable ira, tuvo un acceso de gracia de Dios, y
decidió ducharse y limpiar la habitación a fondo. Pudieran
haber pasado tres meses desde la última. Y dicho y hecho. Se
duchó concienzudamente, se lavó el estropajoso pelo que ya
casi le llegaba al hombro, y armado de la fregona y una bayeta,
le dio un enérgico tratamiento de jabón and lejía a toda la
celda. Para el vallecano, estos impulsos incontenibles de dejar
reluciente su habitación, era como para los católicos, la
confesión. Le dejaban con el coco nuevo, casi en gracia de
Dios. Afortunadamente, nos los prodigaba mucho. Encontró tres
pañuelos petrificados debajo de la cama con un innoble y seco
contenido. Horrorizado, los tiró a la basura, pertenecían a
una época anterior a Ana, una época de sequía.
Cuando
todo estuvo en orden, se sentó en la piltra y se le secaron las
ideas. Aún no eran las nueve, dentro de un rato llegarían el
Rubio y los demás. Viernes por la noche, seguro que organizaban
algo, pero no era plan, ¡ahora era uno de los folladores
oficiales! No podía aparecer sin tía. ¡Ya está! Iría a casa
de Asun. Le contaba una trola para disculparse y de paso, lo
mismo se mercaba una cena.
Pilló
la chupa y salió de naja para la queli de su tronca la lumi.
Cogió el autobús en vez de la garrula. Luego otro en la calle
Drumen. Y una hora después pulsaba el timbre de la casa de Asun.
Quizá no hubiera nadie. Pero sí. Se oían voces. Las de la
Asun claro.
—¡Niño!
—dijo al abrir—.
—Lo
siento Asun, tuve un jari y no pude.
—Pasa,
pasa —le contestó ella sin rencor—. Está la Pepi.
—¿Y
el Gonzalo? —le preguntó el Jambo por lo bajini.
—No...
Han reñido — Y la Asun le sonrió con complicidad.
En
ese momento no supo el Jambo si eso le convenía o no.
En
efecto, la Pepi estaba desolada. Su novio le había mandado al
carajo en una estúpida pelea de la que ya no recordaba los
motivos. Quizá temporalmente. Ya veremos. Pero ella estaba
desconsolada. O Rabiosa, o quizá dolida. Lo que fuera tampoco
era tanto porque se animó al ver al Jambo. Y es que a la Pepi
le gustaba el Jambo. Le gustaba el bulto de la entrepierna de
los ajustados vaqueros del vallecano. Allí, en ese bulto que se
llevaba dos de cada tres de sus miradas, veía la Pepi la
esencia del vallecano. Los veintitantos años del Jambo tenían
que dar para un montón de erecciones. Una fuente inagotable de
placer. Así le veía la Pepi. ¿Por qué?, ¿sobre todo sin
pruebas? El infalible instinto de las hembras despampanantes del
pueblo llano, que a veces se crían en su seno. ¿Y era verdad?
A medias. Como sabemos, el Jambo era ocasional pajero, lo que
siempre quita energía se diga lo que se diga, y que como
entrenamiento no vale para nada, afirmo, y además, pasaba
largas temporadas sin catarlo. Lo que sí era cierto es que el
Jambo tenía esas potencialidades. Y lo que aún era más
cierto, es que la Pepi era muy capaz de hacérselas aflorar y
quintuplicarlas. La Pepi rebosaba humores sexuales por cada uno
de sus poros. Y Gonzalo..., Gonzalo se satisfacía enseguida. Y
ella disfrutaba, sí, pero Gonzalo estaba más a sus negocios y
a lucirla por los tugurios. Y además con toda tranquilidad,
porque si la Pepi no le guardaba la ausencia a su novio, este
era muy capaz de marcarle la cara con la Palmera[2],
que era como matarla un poquito.
Por
tanto, la situación no dejaba de ser explosiva. La Asun loca
por meterlos en la cama. La Pepi, despechada, y a gusto con el
recién llegado, pero fiel, aún, a su novio. Y el Jambo que se
había presentado, no sabemos muy bien por qué, para no perder
contactos. Pero que no dejaba de admirar las curvas de la hija
de su madura amiga y a veces confidente. Y no dejaba de
admirarlas pese a su arrebolado enamoramiento de Ana. No sería
para tanto el enamoramiento. Eso sí, compromiso no tenía
ninguno. Y otro sí, él no estaba allí por el culo, las tetas,
las caderas, el cuello, los muslos... y todo lo demás de la
Pepi, él tenía historias con el Gonzalo, y no iba a
estropearlas por nada del mundo. |
|
Así
pues, la Asun le dijo a su hija que le enseñara su habitación,
no se qué de unos cuadros que habían comprado en el Rastro. Y
el Jambo se fue para aquella plaza sin saber que iba a ser
lidiado con el pretexto de admirar unos originales cuadros
pintados por un aficionado, allá por los treinta, y que
representaban tres escenas de una riña tabernaria.
—¡Muy
bonitos! —reconoció el Jambo cuando ya la Asun había
desaparecido cerrando la puerta tras de sí.
Y
la Pepi que se tumba en la cama y le dice que se siente a su
vera que está muy triste y que no sé qué coño de unos mimos.
¡Anda!, y le coge la mano y se la lleva al regazo.
Y
el Jambo que se empalma en el acto, con lo que aprieta eso en
unos pantalones vaqueros ajustados. Y que, mucho rollo y mucho
Vallecas, pero no sabe qué leches hacer. Y la Pepi que suspira
y empieza a moverle la prendida mano hacia sus propias partes y
la tensión sube por las venas del Jambo segundo a segundo
mientras su mano recorre la falda, primero por encima y luego
por debajo, guiada por su dueña que vidriosos los ojos por el
deseo y rojos los labios como una sandia madura está pidiendo
sin ninguna duda la más terrible de las guerras a dos
jugadores.
Y
el Jambo la ganó. Ni Ana, ni hostias. Se lanzó al ataque.
Volaron pantalones, jerseys, faldas, sostenes, calzoncillos,
bragas... ¡Vaya con la Pepi! La Pepi estaba como un tren. No
tenía nada que ver con Ana, que era una belleza sofisticada. La
Pepi era una diosa pagana de santuario de pueblo. ¡Qué tetas!,
¡qué firmeza en semejante volumen!, ¡qué piernas de atleta
sexual, qué brazos de romana, qué vagina esplendorosa! ¡Qué
polvo se sacudieron en sólo quince minutos! Y otro más que
exigió la Pepi al rato, para hartarse ella de gusto, aunque su
amante sólo tuvo palmas en este segundo de la tarde. Y cuando
se dio por satisfecha, le llevó al salón y cenaron juntos las
viandas que milagrosamente allí estaban esperándoles y
escucharon el telediario, otro milagro estando la Pepi, pero ésta
había perdido todas sus palabras al oído de su recién amante,
y miraba y callaba. Y el telediario decía que tras haber
llegado hacía días la Marcha Verde a las lindes de lo
permitido por el ejército español, y que tras la visita del
Juan Carlos a la tropa, y tras la reunión de no sé dónde, le
regalábamos el terreno y sus habitantes al maldito Hassán y a
unos idiotas que habían aparecido por Mauritania. ¡Y nos íbamos
de allí! y al país le importó un pimiento, porque
desgraciadamente estaba esperando a ver si se moría ese cabrón,
que por cierto, ahí seguía peleando por su vida, él que había
quitado tantas con tanta facilidad. Y el Juan Carlos, ése, que
a veces no parecía tan tonto, no quería una aventura colonial,
ni un ejército africanista, ni nada que se le pareciera. Así
que, ¡que os zurzan, saharauis!
Y
mientras el Jambo empezaba a sentirse chungo, la Pepi, se
renovaba en cada bocanada. Y se hacía mujer y mujer y crecía
en su silla mientras le devoraba con lo ojos imaginándose ese
rabo encendido que la había penetrado mientras hábilmente se
estimulaba el clítoris elevando el vientre y frotándose en
circulo contra él, como muy bien le había enseñado su madre,
para que su placer no dependiera de la fortuna de su amante, o
mejor, la disparara al cielo cuando ella quisiera. Porque así
gozan las putas cuando quieren disfrutar de alguien al que
desean, sea un Casanova o un zafio.
Pero
al Jambo se le atragantaba la tortilla francesa. La terrible
exaltación sexual que acababa de gozar le remordía como a un
adolescente su primera paja. ¿Por qué? ¿Era por Ana?, ¿Significaba
esto que le había puesto los cuernos? O eso no tenía sentido
entre ellos. Tan progres. Además, ¿qué había en la Pepi, amén
de ese cuerpo serrano? ¡Bah! No era su tipo. Ana tenía el
poder de atraerle física y mentalmente. La Pepi sólo se la
levantaba irremediablemente en el momento que le diera la gana.
Nada mas...
La
Asun entró a los postres. No se le escapó ni la más mínima
sonrisa de complicidad. Actuaba con la mayor de las
naturalidades frente a un tipo que se acababa de cepillar a su
hija en su propia casa. Çe la vie.
Las
imágenes del Sahara, prontamente ex español, le trajeron a
Asun recuerdos de su niñez en una apartada guarnición, bajo el
dominio de una espléndida Luna Árabe. A esa Luna, allí donde
quería volver, aunque sólo fuera una vez antes de retirarse
del oficio. Pero hoy estaba contenta, no quería ponerse nostálgica,
que como buena andaluza confundía con la tristeza. El Jambo
estaba al tanto de los sueños de la Asun, los había tenido que
aguantar ya algunas veces. Simples sublimaciones, que diría el
Rubio. Ese volver al lugar donde fuimos felices, bajo un
imponente astro beatífico sólo era, al entender del vallecano,
una sublimación generada por lo disparatado de nuestras vidas.
En las personas conscientes, socialmente conscientes, no tenía
cabida. Se trabajaba por la revolución social y punto. En las
gentes como la Asun, pegadas al suelo e incapaces de emprender
vuelo, como las gallinas, el símil también era del Jambo, sí
tenía un papel. Como la lotería, o el cupón de los ciegos, o
el amor de su vida... En fin, todas esas majaderías que
mantienen a la gente en la ignorancia. Esas cosas que sacaban de
quicio al Jambo, y que aquella izquierda obrerista y dogmática
que tan bien representaba no comprendería jamás en el pueblo
que pretendía liberar, y del que se decía vanguardia. Y sin
embargo era fácil entender ese deseo que el país tenía de
yacer bajo un gran astro protector, harto ya de dianas
cuarteleras aunque fueran floreadas. Y de ello pensaban
aprovecharse algunos. De aquel país ya tiempo derrotado,
incapaz de luchar hogaño, perdida toda su heroicidad, ahogada
en sangre, sustituida gota a gota por el miedo. El miedo al
pasado, el que recordar no quería, el miedo al presente, de
cuerpo ídem, y el miedo al futuro, que se avecinaba imperfecto. |
|
Y
la Asun retrataba España divinamente, una niñez colonial, una
dura juventud bajo una vara represora y militar, y un oficio
particularmente de pobre, un oficio de subsistencia, y para
terminar, muchas esperanzas, no se sabe en qué ni en quién,
pero muchas.
El
Jambo no volvió al Común esa noche. Durmió, o al menos lo
intentó. Y eso que no sabía lo que le esperaba a la mañana
siguiente. Sábado, sabadete.
Desayunó
con churros hechos por la misma Asun, que estaban riquísimos. Dónde
y cuándo había aprendido, sólo ella lo sabe. Después fueron
a la compra, los tres. Y el Jambo que empezó a poner cara de
circunstancias. Como se descuidara iba a pasar allí todo el fin
de semana. Secuestrado por madre e hija. Una para labrar el
porvenir de su hija y otra para labrarse yo qué coño sé. La
situación estaba fuera de control. ¿Cómo se libraba uno de
dos mujeres? Una que te alimenta y otra que te exprime en orgías
de carne y gozo. Y había sido él, nadie más, el que como un
idiota se había arrojado en sus brazos. Ahora, que no le hacía
falta para nada. Sabía dónde encontrar a Gonzalo. Y además,
se sentía mal por Ana. No es que le estuviera poniendo los
cuernos a la dirigente de IC, pero un poquito sí.
Por
otro lado, la Pepi, estaba fantástica, se la levantaba a un
muerto con ese cuerpo y lo picarona que sabía ser, o sea
lasciva. Pero echaba de menos las discusiones con Ana. El genio
que tenía y sobre todo, aquellos ojos grises cargados de
inteligencia y de decisión.
Y
este era el pequeño drama del vallecano, que había usado a la
gente y algunos le habían creído, como la Asun y su hija, y
otros le habían calado, como Gonzalo y el Pater. ¿Y ahora qué?
Ahora que sólo era una sombra entre dos mujeres, ¿dónde
estaban sus recursos? Ese rollo de macarra concienciado,
gracioso, resultón y chipendoy quedaba reducido a que era un cínico
y por ende un egoísta. Y la pobre Ana, quizá sola, preparando
el golpe y sin saber dónde encontrarle. Y mientras, las palmas
se le humedecían en la pescadería junto a la primorosa Pepi
que hablaba y hablaba con los pescaderos en el ejercicio de uno
de sus más placenteros trabajos, es decir, ser admirada. Y sin
que ésta se percatara, el Jambo se fue a la frutería donde la
Asun hacía cola y le dijo que se iba para el Común.
—¿Lo
entiendes, verdad?
—Sí,
hijo, vete si quieres... Ya hablaremos.
Y
cuando la Asun quedó sola, casi con un rictus de pena en su
cara, vino a su magín, una de las pocas cosas que la vida le
había enseñado: lo implacable que es el destino con los
pobres. Necesitaba que el Jambo se quedara, pero al despedirse,
la cara del vallecano le había aclarado su verdad, que ni ella
ni su hija tenían nada que ofrecerle. ¿De qué le servía el
afecto, o incluso el placer a un tipo como el Jambo? Seguro que
no sabía lo que buscaba, pero sí sabía lo que no. Y ni ella
ni su hija estaban en la lista. También le asaltó una duda.
Una extraña duda para una mujer tan segura de sí. Quizá era
ella quien más necesitaba al Jambo. Y eso no dejaba de ser una
perversión en su escala de valores. Su hombre, el que ella se
imaginaba para sí, en nada se parecía al Jambo. ¡Un crío! Y
sin embargo... Esa estilizada figura de manos como mazas y
esqueleto por rellenar agitaba secretamente su corazón, tan
secretamente que ni ella misma quería reconocerlo. De modo que
apartó estos pensamientos y buscó algo que decirle a su hija.
Pero
a la Pepi no pareció importarle.
—¡Volverá!
—dijo. Y como su madre pusiera cierta cara de extrañeza. Añadió:
—Volverá
porque nadie le va a dar lo que yo —y sin ningún reparo se
llevó la mano a la entrepierna para reforzar sus palabras.
La
Asun no lo tenía tan claro.
—¿Pero
tú le quieres de novio?
—Ya
veremos... |
|
La Pepi diferenciaba muy bien lo que era un novio, es decir, alguien que te quiere, protege y se ocupa de pagar, de lo que era un amante, alguien que te da placer, nada más. Gonzalo era su novio, eso estaba claro. Algún día se casarían. Nunca había trabajado para él, pero si fuera necesario lo haría, aunque esperaba que no. El Jambo sólo era un amante. Una cuestión exclusivamente intima entre un coño y una polla, y cuando se hartaran se acabaría. Además Gonzalo se tenía completamente creído que a quien se beneficiaba el Jambo era a su madre. Y para terminar, su novio le había prometido que si le salía bien un negocio que tenía entre manos se irían para la Costa del Sol donde pondrían un local, porque allí había muchas oportunidades para cualquier negocio. Aunque esto no lo sabía su madre, ni pensaba decírselo. Ya se enteraría cuando la echara en falta. Y con esa dureza que sólo los jóvenes se gastan con sus progenitores, resolvía la ecuación de su temprana y gozosa vida. [1]Literalmente, falsa lengua. El Argot vallecano. [2]Conocida hoja nacional de afeitar. |