La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-14- Una novela de Jack London |
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Le
llevó todo el fin de semana localizar a Ana. Con el Rubio, el
Perico y en el buga de Pepe el Carpanta recorrieron todos los
pubs habidos y por haber de Madrid. Se lo tomaron como si fuera
una peli de gángsters buscando a sus víctimas, o como polis de
los buenos, que ellos suponían que en algún sitio habría,
buscando a un gángster. Era un extraño cuarteto aquel. El
Jambo y el Rubio dos tiarrones con pinta de fugitivos, como el
lector sabe, y Perico y Pepe el Carpanta dos bajitos pero
bigotudos malas leches. Sus entradas solían atraer todas las
miradas, y a veces, sólo a veces, hasta se bajaba la música.
El programa era en todos igual. Entraban agrupados mirando al
personal como la haría la torreta de un T-34[1]
en busca de una presa. Luego se destacaban por parejas, un alto
con un bajo, revisando los rincones oscuros mientras la otra
pareja cubría la retirada. El Jambo no sabía como habían
llegado al numerito, pero todos, incluido él, disfrutaban del
jari. Bilbao, Malasaña, Libertad, Antón Martín... Una tras
otra, peinaron las zonas de diversión del rojerío sin ningún
éxito.
El
percal que les había chamullado el Jambo a sus troncos era de
orden sentimental. Que si andaba mosqueado porque un maromo[2]
se la quería medio camelar, y no semando nasti de la jati se olía
un flai[3].
Les había hecho prometer que si la dicaban[4]
se pirarían sin más.
En
la tesitura de este trajín no tuvieron más remedio que saludar
a los conocidos, que los hubo y muchos, y a modo de explicación
endosarles una historia sobre una compañera a la que buscaban
por un jarillón con la madera. Tanto se fue liando la cosa, que
al terminar la jornada eran tres coches y doce compis, tres de
Comisiones, dos del Partido, uno del PTE, aunque era un tío
legal, un trosco de la liga que conocía el Jambo, y un
carpintero de la obra del Rayo que conocía mucho a Pepe el
Carpanta y que era un simpa.
Estaban
empezando a llamar la atención. Algunos iban un poco borrachos
pero afortunadamente pronto amanecería. La ciudad dormía y las
fuerzas represivas también. A última hora se les habían unido
unas titis del metal que trabajaban en Osram y que querían
cachondeo al precio que fuera, lo que ocurre es que eran muy
feas, incluso para el estómago de un comunero. Aún así les
dieron cuartelillo y cantaron la de yo me subí a un pino verde,
y la de gallo negro, gallo rojo, y otras así.
Pero
el Jambo estaba hecho polvo. ¡Qué medidas de seguridad en la víspera
de un palo como el que tramaba! Se arrepintió de haber dicho
nada a sus compañeros del Comunín. Y dio gracias al destino
por no haberla encontrado. Y es que el rojerío no era serio en
estos temas. Si no nos desarticulan a todos es porque la pasma
es una inútil, ¡Y la culpa es mía!, se decía el vallecano
con cierta pesadumbre por lo inconveniente de la jarana y por no
saber nada de Ana, después de haber pasado la noche anterior
por una ración de sexo como no recordaba, ¡qué coño iba a
recordar!
Les
costó muchísimo deshacerse de los voluntarios y hubo que dar
extrañas explicaciones y rocambolescas pistas para que nada
pudieran encontrar ni en el difícil caso de que lo hicieran.
Cuando
después de desayunar en la vaquería que hay al final de la
Ronda de Toledo, regresaron al Comunín para echarse un
sueñecito,
lo último que el Jambo y sus amigos esperaban encontrarse era a
Currito Crysler y al Cepero departiendo amigablemente con Ana en
la sala del televisor. Había llegado de mañanita con la
intención de platicar con el Jambo y no encontrándole y tras
ser informada por los citados comuneros de que no había pasado
la noche en su habitación decidió esperar un rato por si acaso
llegaba el vallecano. Como así fue. Y todo lo difícil que a éste
le resultaba encontrar a Ana, le resultaba fácil a ella. Esto
cabreaba mucho al Jambo. Después de una sarta de aclaraciones
que no convencieron a nadie y que dejaron al Rubio un poco
preocupado por su tronco. Ana y el Jambo se fueron a la habitación.
Todo estaba listo según ella. Harían un reconocimiento de
terreno el lunes, y el martes, que era el mejor día, darían el
palo. Podía ya hablar con sus contactos y conseguir el coche y
las pistolas. Después el Jambo se durmió y Ana no tuvo
inconveniente en quedarse leyendo una novela de aventuras de las
que el Jambo tenía mejor provisión que de libros de política.
Era de Jack London. Nunca le había leído. La novela le traspasó
el corazón. Y se prendió de su protagonista, en la fortuna del
mucho tiempo que el plácido sueño de su amante le dejó para
terminarla.
Se
trataba de una obra excepcional del gran escritor Jack London:
"El talón de hierro". El viejo y fornido Jack sabía
que se produciría una lucha terrible entre las fuerzas que
hacen la historia. Impenitente americano, creyó que tal lucha
se desarrollaría en su país, entre obreros clandestinamente
organizados y las guardias pretorianas del capital. En realidad,
la lucha tomó formas y caminos impensables en su época.
Cuando
Ana y al filo de estas reflexiones terminó la novela, admiró
del durmiente varias cosas. Primero que tuviera este libro.
Segundo, que siendo ella de sólida formación marxista, jamás
hubiera oído hablar de él. Y tercero, la suave expresión del
rostro de su amante, sus rudas manos sobre la barata manta que
debería haber cubierto una colcha, y ese color broncíneo en un
rostro angulado y enmarcado por el pelo negro y robusto de los
trabajadores españoles, tarjeta de visita en cualquier foto
lejana donde posaran compatriotas, ya fueran fascistas de la
División Azul, republicanos a lomos de tanques franceses
liberando París, o emigrantes con rudas maletas sostenidas por
hispánicos cordeles en estaciones de nombres impronunciables
bajo la atenta mirada de policías arios no ha mucho hijos de
otros más estremecedores. |
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Y
Ana, enternecida, dejó que inusuales emociones le recorrieran
el rostro que, contra lo que pudiera parecer, embelleció
contemplando los últimos momentos del profundo sueño del
vallecano. Y así, en la eternidad de la exaltación de los
sentimientos sociales estimulados por la reciente lectura en
afortunada mezcla con la pasión del enamoramiento, Ana disfrutó
de una determinación creciente, que afianzada en la confianza
que tenía en la fuerza de su amante, le llevó al arrobo de
saber que sólo juntos serían capaces. Y que lo amaba. Y por
una vez, y con nadie por testigo dejó que esta agridulce
sensación la poseyera en un tiempo detenido, intencionadamente
retenido para poder ser recordado.
Y
cuando el Jambo despertó, ella lo mimó y le hizo ducharse a
conciencia y le vistió con las mejores galas del vallecano, las
que eran pocas y malas, y se lo llevó al centro y le invitó a
comer en un restaurante finolis, una vez que consiguió amansar
sus airadas protestas y otras gilipolleces que no vienen a
cuento a la hora de comer. Y pasado su primer envaro, que se
tradujo en media hora de actitud desafiante con los camareros
—ahí tenía razón, porque eran gentes incapaces de reconocer
en el Jambo a un compañero—, media hora, digo, le duró la
cara de mala hostia, porque tragón impenitente como era, poco a
poco sus humores malsanos se fueron disolviendo en platos
exquisitos. Y hasta empezó a disfrutar de la charla de Ana, y
se dijo a sí mismo que bien los comensales podían admirar en
él al Pijoaparte vallecano, que en el fondo era. Y a su pedazo
de gachí.
Y
durante este tiempo, también, al parecer, para el recuerdo, el
Jambo no se acordó ni por un momento de aquel otro mundo del
que horas antes había huido. Porque era un camaleón, mejor, la
manilla de un reloj, capaz de mirar a la cara sin pestañear las
más dispares horas, de arriba, de abajo, de izquierda y de
derecha. En un ciclo por él ignorado que se alimentaba de no
saber quién era realmente, más allá de la retahíla
izquierdista que como espesas gachas le alimentaban diariamente.
No
hablaron, pues, de otra cosa que no fueran ellos. Y pudo, ¡por
fin!, ella, conocer el verdadero nombre del Jambo, aunque
prometió no usarlo. Y supo el vallecano de dónde venía su
comensal y comprobar con agrado su proletario origen, porque así
era de imbécil. Y luego de una sobremesa larga, relajada y un poco nebulosa por efecto del excelente orujo del establecimiento, tomaron un taxi al barrio del Pilar, porque con padres de Charo o sin ellos, Ana estaba harta de las rasposas sábanas del Jambo, tanto para dormir la siesta como para lo otro si es que se terciaba. Que se terció, pues el Jambo encendió un canuto, con gran deleite de ambos y se hicieron cosquillas durante horas, aunque ellos creyeron hacerse las mas sublimes caricias, hasta que les dio la gana correrse y terminar abrazados en una bajada metida en la piel, con el corazón galopante, volando por mundos imaginados coronados de relajantes lunas árabes. Nada que allí hubiera pasado realmente, salvo un hombre y una mujer amándose en una nube de humo que les hacía creer en mundos que tenían arreglo, mundos que se terciaban maravillosos calentando hachís contra la palma de la mano. [1]Carro
de combate de la Unión Soviética, paradigmático de la II
Guerra Mundial. [2]Individuo. [3]...
y no sabiendo nada de la chica, se temía un disgusto. [4]Veían. |