S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-15-

Malos dengues[1] en el Pozo

El Lunes después del curro, el Jambo se fue para los billares de Callao en busca de Gonzalo. Hubo de esperar algún tiempo, pero lo mató jugando una partida de billar, dónde perdió miserablemente cuarenta duros, con un perfecto desconocido. A eso de las nueve le vio entrar. Iba muy bien trajeado, como era su costumbre, e iba, ¡maldita sea!, con la Pepi. ¿Y ahora qué hacía?

Se apartó discretamente mientras buscaba una solución. La Pepi tonteaba con unos conocidos de Gonzalo. ¡La leche! Iba más apretada que un chupa chups. En eso el propio Gonzalo le vio. Pareció alegrarse. Sin que su novia se diera cuenta y en un gesto que el Jambo no pudo descifrar enteramente, le indicó que se apartaran hacía los jugadores de ajedrez. El Jambo no tenía miedo. No tenía miedo, se repetía. Pero si Gonzalo estaba enterado de lo suyo con la Pepi, estaba mulabaró.

—¿Qué?, ¿hay algo? —le preguntó Gonzalo aclarándole con esta pregunta que no sospechaba nada, y que además, y esto les convenía a ambos, no quería que la Pepi jamara nada del asunto.

El vallecano asintió con la cabeza. Gonzalo le tomó del brazo y le llevó a la entrada del tigre[2].

—Suelta...

—Para mañana. Vamos a medias, pero tú pones la loca[3]—. Se refería a que tenía que robar un buga.

—Habrá que ligar un conductor.

—Chachi...

—¿Y las herramientas? —preguntó Gonzalo—. Yo tengo una pipa. ¿Y tú?

—También —mintió descaradamente el Jambo.

—¡Qué esté limpia!

—Tranqui. Quedamos esta noche para diquelar el chichi[4].

—¿El qué? ¡Coño! ¡No me hables en gitábano!

—Te espero esta noche a la una en la salida del metro de Ciudad Lineal, salida a Arturo Soria. Vemos el terreno y quedamos para el palo.

—Y...

Pero el Jambo no le dejó terminar.

—Tranquilo. Está todo estudiado y controlado por mi gente.

—Ya. Los rojeras.

 El Jambo no dijo nada. La aparente blandura de Gonzalo sólo indicaba una cosa: estaba hasta el cuello y necesitaba la pasta. Mientras las cosas fueran así lo tendría en un puño. Todo su problema consistía en conseguir una pipa esta misma noche. Pero para eso contaba con el Rubio...

Le pidió a Gonzalo que entretuviera a la Pepi mientras se iba. No quiero que nos relacione, le dijo, ya sabes...

Llegó al Comunín y se fue a la habitación del Rubio. Llamó y esperó. Quizá no estaba. Pero sí. Abrió con cara de recién despertado. Se había quedado marmota después de llegar del curro.

—Pasa tronco —le dijo.

Se echaron un pito. El Rubio, que conocía a su amigo como nadie, empezó a sospechar un apuro.

—¿Algún jari? —preguntó.

—Necesito una fusca —le espetó el Jambo.

El Rubio dudó entre partirse de risa o partirle los morros.

—¿Lo dices en serio? ¿Es chachipén[5]?

—Si —y el Jambo puso cara de póquer.

—¿Y para qué coño quieres tú una pistola?

—¿Ah, para que me ayudes tengo que contártelo?

—Pues claro, pringao... ¿Qué te crees que es esto, el rastrillo de los domingos?

—¡Déjate de rollos! Se que en el Partido tenéis armas.

—Sí, claro, para dejártelas a ti y a otros locos como tú.

—No hace falta que insultes.

El Rubio se incorporó de la cama. Encendió otro cigarro y moviendo su humanidad por el estrecho pasillo que quedaba entre la escurrida mesa que le servia para sus trabajos intelectuales y el filo de la deshecha cama, caviló que algo muy serio le pasaba a su amigo.

¿Para qué quieres una fusca? —Y llamó al Jambo por su nombre.

La última vez que el Rubio llamó al Jambo por su verdadero nombre habían acabado a hostias. Pero a hostias de verdad. El Jambo lo recordaba, fue en el comedor, con la cocinera, Charly y todos los comuneros cenando. La cosa había surgido por una discusión política. Fueron subiendo de tono los insultos y para terminarlo de arreglar el Jambo llamó a los "carrillistas" traidores a la clase obrera. Eso fue demasiado para el Rubio. Se sacudieron bien hasta que se pudo separarlos. Y si el Rubio tenía mayor talla y unas manos terroríficas, su contrincante, que no era ningún alfeñique, sabía mañas que había aprendido con un chino, bueno japonés...

Para el Rubio, su amigo del alma, el Jambo, era como un hermano pequeño. ¡Que buena pasta si alguien la pudiera modelar! Pero el muy ignorante sólo se dejaba aconsejar por soñadoras. Y esta moza que se había echado estos últimos meses le tenía chingado el hígado al Rubio. Veía en ella a la típica pasionaria, buena como un pan, lista como los demonios, capaz de poner firmes a todo un comité central, y en definitiva, un peligro para las gentes inexpertas y mal folladas que los tiempos daban. Era pues su amigo una víctima de la chochocracia, enfermedad que padecían los rojos jóvenes e inexpertos —si el Jambo le oyera—, y que consistía en que una roja maciza de una organización trosca o china hacía de ellos lo que les daba la gana. Y siendo los tiempos tacaños con la piel deseada, así los sexos disfrutaban, los grupúsculos crecían, el personal tragaba carros y carretas, y todo el mundo, ¡hala!, a desprestigiar al Partido. Estaba ya acostumbrado a semejantes majaderos, pero lo que no estaba dispuesto es a consentir que aquella chandé de clisos[6] grises tan berjís[7] metiera a su tronco en un jari donde hubiera puslas[8]. ¡hasta ahí podíamos llegar!

Por eso, cuando el Jambo le respondió que no era asunto suyo el para qué. El Rubio se cabreó e hizo lo que en su tierra manchega hacían con los hermanos pequeños rebeldes, es decir, le sacudió un guantazo, que pillándole desprevenido tiró al Jambo al suelo.

El vallecano no se lo podía creer. Así, ¡a traición! Su tronco de tantos jaris, hostiándole como si fuera su padre. Con la mano se contuvo la sangre que le manaba por la nariz. ¡Aquello era increíble! ¡El Rubio le acababa de sacudir! Le miraba a los ojos con una mezcla de asombro e ira.

Pero el Rubio seguía allí a su frente, impasible, pareciendo que la tunda no había terminado. Como un buen hermano de pueblo, demostrando de qué lado estaba la justicia y cuanta provisión de guantazos le quedaban si no cejaba en su estupidez. Y es que de otro modo, para nada sirven las hostias correctoras. No puede uno tumbar a un amigo de una piña, por su bien, y luego acudir en su ayuda para enjugarle la sangre. Un ¡déjame en paz! arruinaría la bondad de la medida, dando al sacudido una oportunidad en su malvado empeño. Por eso, el Rubio, sabio del pueblo, donde los hubiera, tenía el puño bien prieto, por si la terapia requiriese otra dosis, incluso mayor.

Aunque al Jambo maldita la gracia que le hizo. Emprendió la retirada. Ni un insulto le dirigió, ni una mirada de odio. Se fue dolido, físicamente apenas, lo que tenía su mérito de hombrón duro como el pedernal, pero moralmente hecho polvo, hecho fosfatina. Esta huida también afectó al Rubio que quedó intranquilo fumando ducados tras ducados.

¿Y dónde fue el Jambo, con aquella tempestad en la cabeza y la nariz como un pimiento morrón? Pues se metió en el barrio y dio vueltas entre las chabolas y se bebió algunos botijos saludando casualmente a algún currique de la Constru y vagando sin rumbo tratando de aclarar sus penas. ¿Quién podía ayudarle? ¿Quién coño, en este jodio barrio podía tener una pipa para prestarle?

Quienes las tenían estaban a unos metros. Allí mismo, en ca Ramón, donde paraba el Tío y su parentela, donde estaban los gitanos. Se conocían de algún trapicheo con chocolate. No se lo pensó dos veces y entró. Los calorros, al verle con la nariz partida, se rieron:

—¿Qué quieres, gaché[9]?

Sentados en varias mesas destartaladas que más eran obstáculos para llegar a la barra que otra cosa, estaba el Tío y otros más. El Tío, era el Tío, un bató[10] de respeto. Un gitano renegrido, de luto permanente, canas en el bigote, ríos de fina plata en el negro y sano pelo, y de bronce la carrillera donde iba limpia la sonrisa y taimados los ojos.

El Jambo le saludó y le dijo que tenía un asunto de honor, que yendo de plastañi[11] con unos payos le había surgido un lance que le podía marar. Y que estaba desarmado. Y lo hizo con el debido respeto, sin sentarse, despacio pero con sentimiento. Sabiendo que el bató descendía de un pueblo negro como su rostro, el pueblo caló, y que si no tenían nombre verdaderamente propio, se les puede llamar bohemios, egipcios, gipsos, filistinos, faraonianos, tártaros, sarracenos, agarianos, zíngaros, spukaring, sinculi, romcali, romnicai, romos, romanís y otros muchos nombre más. Un pueblo que todavía y en cualquier parte, quiere ser lo mismo que fueron sus padres, gitanos libres, verdaderos gitanos. Y estas gentes ha nada amantes del campo abierto, gustosas de acampar en las veredas frondosas y capaces de amar a los animales sin ponerles nombre, estas gentes, estaban empezando a perderlo todo. Porque todo se lo quitaban y todo les empujaba a comerciar con droga si querían evitar morirse de asco, sin saber que cavaban la fosa de sus hijos, queriendo en su ignorancia darles otra vida. Deslumbrados por los talegos, que verde que te quiero verde, les reportaba el chocolate, y también el caballo.

Y esta menestral pero infame ocupación los había hecho más taimados y perversos. Y los clanes estaban divididos, y las crí y las day[12] asustadas pero también admiradas o envidiosas de ver tanto parné y tan fácil. Y el Tío, cómo coño quiera que se llamara, sentado en el taburete, el sombrero negro en la mesa al lado de un tercio mediado, la garrota entre las piernas, ahora descansando, y la mirada mala y sin disimulo clavada en nuestro valiente protagonista, caviló, el qué, el quién y el cómo del Jambo, al que si recordaba pero apenas conocía: un payo más de los que le compraban costo. Les tenía el mismo respeto que a las piedras del camino. Pero allí, con sus chavós[13] y los chavós de otros batós como él, todos ellos en el negocio de la droga, y con los dos Pozos por mercado[14], y la Celsa por domicilio, pareció apiadarse de aquel gachó que con tanta chamuchi rachelaba una pusla para defender su mestipén[15]. Le preguntó que si tenía dinero, parné, colorao. No tenía.

—¿Y por qué te voy a fiar, gaché? —preguntó el Tío con sorna volviendo la cara para sus chavós, quienes rieron sin obligación.

—Si no te pago me mareláis[16] y en paz —le respondió el Jambo con el corazón...

—Tranquilo, chaborri... —le contestaron no sin cierta admiración.

Resulta que el Tío tenía algo para él. Un fierro[17] que se había dejado un payo y que estaba alipiaó[18]. Chachipén.

Luego le llevaron por unas calles menores, el pozo del Pozo, y allí, más temiendo por su cartera que por su vida, escuchó impertérrito la exagerada cifra que les tenía que apoquinar, lo más tarde el sábado, mientras le entregaban un bulto de tela.

El Jambo no estaba muy cabal aquella noche. Se estaba endeudando con unos peligrosos prestamistas. Para comprar qué sabía él. Se cortaba de mirar lo que había bajo la tela. ¡Pero qué carajo! Si no lo miraba le tomarían por un julai. Así que descubrió la herramienta y admiró no sin sorpresa una escopeta con el cañón recortado y la culata serrada hasta dejar el arma en tres palmos. No estaba muy oxidada. ¡Caray! Los dientes se le pusieron largos. Los calorros lo notaron.

El Tío le dio un discursito nuevamente socarrón y sin duda amenazante, gozando, como sólo los calís gozan, cuando engañan a un payo. Más cuando el engaño es por el miedo: que ya sabían quién era y que si no venía él ya irían ellos a verle.

Claro que el Jambo les tenía miedo, les tenía el mismo miedo que a una partida de apaches, pero por apaches, no por su número. Sí, les tenía miedo aunque los gitanos se la sudaban, no se trataba con ellos, excepto para pequeños trapicheos de hachís. Compartía en su jerga palabras de su idioma, pero eso era todo lo que compartía. El Jambo sabía que eran otra raza, como los quinquis, los mercheros, y otras tribus nómadas que en las Españas quedan. Nada que hacer con ellos. Imposible atraerlos al rojerío. Tiempo perdido. Y a sus espléndidas mujeres, ni mirarlas, por si acaso.

Y así, el vallecano se fue para su cita, feliz y orgulloso de haberse buscado la vida. Con el bulto dentro de la chupa. Ignorando que el Tío le había vendido por una cifra desorbitada el arma de un crimen gitano, para que si se terciaba se lo comiera un payo, que si cantaba se convertía en un chota[19], esto es, un mulabaró, un hombre muerto, y donde no importaba cobrar la deuda entera en parné o quizá en favores y trabajitos.

El Jambo esperaba a Gonzalo apoyado en la balaustrada de piedra de imitación de la ya cerrada entrada de la estación de metro de Ciudad Lineal. Había un zeta y un canguro aparcados frente al cine. Y muy pocos transeúntes. Ya se sabe, Franco se moría. Llevaba muriéndose una eternidad. Un par de grises paseaban por la acera de Arturo Soria con las manos a la espalda y las solapas del abrigo subidas. El Jambo se intranquilizó. Debería haber dejado el fusco en casa. Pero los grises, en los días de su vida le hubieran tomado por rojo y menos por progre. Llevaba el pelo excesivamente largo para el gusto progre. Más bien podría pasar por un roquero si no fuera por el indefinible aspecto de la cabellera, tercio polvo de obra, tercio agua de bidón, tercio falta de ducha. Ni el bronceado rostro, en ningún caso playero, que coronaba aquella combativa cazadora de cuero negro, en otros tiempos de motorista, y que dejaba entrever en las mangas unas poderosas manos de albañil, grandes, nudosas, morenas, heridas y callosas. También los pantalones vaqueros marca Lois, muy ajustados, terminaban por afirmar que, sin duda, se trataba de un joven currante del extrarradio, más macarra que sospechoso de revolucionario. Naturalmente a vista de gris, que no de social, mucho más cultivados en el arte de la sospecha. En cualquier caso, los rogelios estaban muy tranquilos. Todo el país estaba acojonado. Y de haber fiesta, era en la casa de cada uno. Sólo en los barrios bajos, siempre primeramente liberados, los borrachos, veteranos del Ebro, se cagaban en la puta madre que parió a Franco en la más absoluta y esplendorosa impunidad, a la luz de los cuarenta vatios de la farola municipal, a su calor y a su seguro. Y quizá al grito iracundo de los vecinos de: ¡cállate, so borracho!, más animador que otra cosa.

Gonzalo llegó tarde. Todo el mundo llegaba tarde a las citas del Jambo. Que si no encontraba donde aparcar. ¡Gilipollas!, ¡se viene en su propio coche! Apenas se saludaron. Pasaron por delante de la Caja de Ahorros, y luego se quedaron mirando el escaparate de la armería con evidente placer del Jambo. A lo lejos, la pareja de gurriatos, hablaban del teniente que sin ninguna duda era un mamón. Gonzalo estaba un poco nervioso. No había un alma en la calle. Franco se moría. La bofia a un paso, y este rojeras barriobajero se ponía contarle la historia delante de una armería, ¿pero estaba gilipollas?, ¿o quizá trataba de acojonarle? Bueno, daba igual. Él tendría el buga aparcado y con un conductor a la hora acordada, ya lo tenía todo atado. El resto era cosa del Jambo y los suyos. El plan del Jambo le pareció bien, simple y rápido. Entrarían los dos y luego saldrían pitando. Lo del apoyo de la titi, también. Si ella entraba es que había que salir zumbando. ¡Estupen!

 

 [1]Diablos, espíritus.

 [2]WC.

 [3]Coche robado. Preferentemente un Seat 1430, a poder ser de color blanco. Manías de los choros.

 [4]Literalmente, agujero, boquete.

 [5]Cierto, verdad.

 [6]Ojos.

 [7]Bellos.

 [8]Pistolas.

 [9]—Aquí gaché es despectivo, como payo.

 [10]Hombre de respeto. Gitano con autoridad. Los Tíos gitanos.

 [11]En compañía de.

 [12]... las mujeres y las madres...

 [13]Gitanos jóvenes (literalmente hijos).

 [14]El Pozo del Tío Raimundo y el Pozo del Tío Huevo.

 [15]... con tanta sinceridad, buscaba una pistola para defender su vida. En realidad esto es una licencia literaria. Ningún gitano hablaría en chipecalí con un payo desconocido, y menos en cheli.

 [16]Matáis.

 [17]Arma.

 [18]Limpio.

 [19]Chivato.