S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-16-

El palo[1]

El Jambo durmió muy poco aquella noche. Una, porque ya me diréis quién iba a dormir con el fregado que tenía para el día siguiente. Otra, porque al examinar el fusco en la habitación, ya con más detenimiento, comprobó desolado que no llevaba cartuchos, y que además, y para más inri, uno de los gatillos se encasquillaba tras el disparo y había que recuperarlo con una navaja. ¡Como para un apuro!

A la mañana siguiente, llamó a Ana a la hora convenida. Lo cogió Charo. Que no estaba. ¿Que no estaba? Había salido muy temprano. ¿Salido? ¿A dónde? No sabía. Tampoco sabía si iba a volver.

¡La madre que la parió! ¿Y ahora qué?...

Un estremecimiento recorrió el espinazo de Jambo. Malos presagios le nublaron la vista, tan fuerte fue la emoción. Las manos le sudaban. Volvió al Comunín y se sentó en la cama. Aún había tiempo. Volvería a llamar dentro de media hora. Se repasaba el pelo con las manos una y otra vez.

La siguiente no lo cogió nadie. Diez, quince pitidos. Regresó al Comunín por si a ella se le hubiera ocurrido venir. Nadie. Del miedo pasó a la ira. Mierda de gente. Todos iguales. Este era un país de idiotas, de impresentables. Niñatos de la burguesía metidos a revolucionarios, buenos, nada más que para follar mucho en nombre del marxismo. Banda de maricones, copando todos los puestos, quitándoles a los obreros hasta la dirección de su propia liberación para luego dejarles tirados. ¡Impresentables! Nunca debía haber confiado en nadie —como si la idea original hubiera sido suya—. Ahora mismo se iba para Ciudad Lineal, daba el golpe con Gonzalo y ¡Santas Pascuas! Que vinieran luego. ¡No te jode!...

Y así lo decidió, aunque tendría que esperar un buen rato, pues aún quedaban un par de horas para la cita. Por experiencia sabía el Jambo, que no había nada tan peligroso como rondar con antelación por el lugar del crimen. Le vino a la cabeza como podría agenciarse unos cartuchos del doce para la recortada. ¿A ver, a quién conocía del barrio que fuera cazador? ¡Ya está! Manolo el de la casa de comidas. Si siempre estaba dando la coña con sus batallitas de caza. Se fue corriendo para la Avenida de Entrevías. Manolo acaba de abrir. Y afortunadamente estaba solo. Le contó que querían gastarle una broma a unos colegas y necesitaban la pólvora de dos o tres cartuchos para hacer un buen petardo. Manolo le miraba como a un aparecido. ¡Hombre, Manolo! Que cenamos aquí todas las noches. Pero Manolo era un comerciante de orden. Que aquí al lado, en la Avenida de San Diego los vendían.

—Pero es que no tengo licencia, Manolo.

—Eso te lo venden sin licencia.

—Entonces por qué no me los prestas tú y ya te los daré.

Pero Manolo entornó sus opacos ojos y no dijo más. El Jambo se marchó mosqueado. Entró en la armería de la Avenida de San Diego y pidió una caja de cartuchos del doce.

—¡Licencia! —le respondió el dependiente taladrándole con la mirada. Porque en todo armero hay un policía escondido.

—¡Bah! déjalo. Son para mi padre. Pero que venga él y los compre. Yo no llevo la licencia.

El armero le miró las manos. Era un currante.

Le puso una caja en el mostrador. El Jambo estaba que botaba. Pagó y salió de naja. ¡Ahora era un hombre armado! Llevaba doce muertes en su bolsillo. Doce fachas, o lo que coño sea que se le pusieran por delante, para mandar al otro barrio.

Se fue andando hasta el Puente, dónde cogió el metro. Llevaba el fusco cargado, oculto en la bolsa de deportes. El resto de los cartuchos los llevaba repartidos por todos y cada uno de los bolsillos. Pasaba perfectamente por un currante a la chapuza. Al llegar al metro de Ciudad Lineal, el corazón se le fue acelerando. Tenía un mal presentimiento. Salió lentamente por la boca de la estación. Quería asegurarse de que Ana estaba allí, mirando el escaparate, según su propio plan, a dos minutos para el golpe. Gonzalo sí estaba, con una loca blanca, y con él, ¡oh no!, estaba Alberto, el último que hubiera esperado. Alberto había pasado por muy malos trances desde la última vez que el Jambo le abroncara en Lisboa. Había perdido a su novia, tenía los estudios colgados, y vivía entre la pasta que les sacaba a sus padres y los chanchullos que nuevas y peligrosas amistades de los barrios del norte le procuraban. Alberto se había convertido en un golfo.

Gonzalo se le acercó, iba vestido con unos pantalones vaqueros, un jersey y una cazadora impermeable. Antes de hablarle se puso las gafas de sol.  

—¿Y tus compis? —le inquirió al Jambo.

—Todo está controlado —mintió el Jambo—. Ese conductor que te has traído es un mangui —añadió el Jambo, señalando a Alberto que con su insoportable risita, y habiéndole reconocido perfectamente, permanecía al volante.

—Vaya... —musitó Gonzalo—, ¿os conocéis?

Había una extraña sorna en las palabras de Gonzalo. ¿Sería más que una casualidad? El mosqueo del Jambo empezaba a adquirir tintes dramáticos. Las palmas seguían húmedas.

—Claro que le conozco —le respondió—. Una vez me vendió a la madera.

—¡Un chota! —se admiró Gonzalo.

Pero como no dijera nada más y los segundos se consumían, el Jambo expresó sus dudas:

—No sé... No lo veo claro...

—¿Te rajas?

—No. No me rajo. Sólo quiero que sepas que es un manguta y que nos va a complicar las cosas.

—Bueno, vale. No hay problema, yo lo tengo todo controlado. ¿Y tus compis, los rojeras, lo tienen todo controlado?

—Sí.

—¿Traes la herramienta?

—Sí, ¿y tú?

—También —y Gonzalo se señaló la cintura. ¿Usamos tu bolsa para la pasta?

—Sí.

—Bueno, pues calma y vamos para allá.

Diez escasos metros les separaban de la entrada a la Caja de Ahorros. Todo estaba muy tranquilo. No había policías por ningún lado, y los transeúntes iban a lo suyo. Desde donde estaban no se veía el interior de la Caja, no podían saber por tanto cuantas personas había dentro. De Ana no había ni rastro. Ni al parecer de nadie. Y Gonzalo tenía que saberlo.

—¿Seguro que tus colegas lo tienen todo controlado? —le preguntó mientras caminaban parejos los últimos cinco metros antes de alcanzar la entrada.

—Yo qué sé...

—Ya. Vale. Pues saca la pipa o lo que cojones lleves ahí —y Gonzalo, girando fuertemente el redondo pomo de la puerta de cristal, sacó la pistola de la cintura, abrió la puerta, entró, y desplazándose a la derecha para dejar sitio a su compinche dijo en altavoz:

—¡Al que se mueva lo mato!

El grito que dio Gonzalo asustó a todos los concurrentes, incluido el Jambo, que había sacado la recortada, que empuñaba con la diestra mientras sujetaba la abierta bolsa con la chunga[2]. Tal como habían previsto, el Jambo se acercó al mostrador.

En el pequeño recinto sólo había cinco clientes y tres empleados, de estos últimos, dos se encontraban sentados al otro lado del mostrador, atendiendo al público y un tercero trabajando en una mesa interior.

Al grito de Gonzalo, ni empleados ni clientes acertaban a comportarse como se supone debían. Semejante falta de colaboración no dejó de sorprender a los atracadores. Quienes también eran novatos en el oficio. Durante tres eternos segundos, tres, nadie se movió. Gonzalo movía la pistola en abanico como intimidando, pero no decía nada. El Jambo había puesto la bolsa abierta sobre el mostrador, justo delante del perplejo empleado, pero ni uno ni otro decían nada. Entonces Gonzalo reaccionó y gritó: ¡¡Vengaa!!

Y clientes, empleados y atracadores se pusieron a ello. El peor momento había pasado. Gonzalo apartó a las dos marujas, un jubilado, un obrerete y un hombre de indefinible edad con un terno azul viajante, ordenándoles que se pegaran a la pared de la derecha. El Jambo sólo le dijo al empleado, poniéndole la recortada en la nariz:

—¡Llénala!

El golpe estaba encarrilado. Ahora sólo hacía falta que no entrara ningún patoso o héroe. Que nadie se pusiera nervioso. Y que los empleados se dieran prisa con la pasta.

El Jambo veía los fajos de billetes de mil llenar la bolsa de deportes. Y según esto sucedía el gustillo de la avaricia le nublaba las ideas. El miedo de hacía unos momentos se cambiaba por esa gozosa sensación de la que es víctima todo ser humano, cualquiera que sea su condición y sexo cuando sabe que va a ser poseedor de montañas de estos papelitos verdes. Y la verdad es que el empleado colaboraba, pasaba los billetes del cajón a la bolsa con diligencia. Cuando se le acabó el metálico se lo dijo al Jambo.

—No hay más...

El Jambo le pasó la bolsa al otro. Quién se puso a la faena. Los clientes empezaron a ver, oír y sentir. El empleado de la mesa interior, maldecía por lo bajini. Era el jefe de sucursal, y una mesa a la derecha, en la que realmente era la suya, había un botón de alarma dentro de un cajón. Cinco minutos antes le hubieran pillado en ella. Mala suerte para él y buena para los atracadores. Por otro lado, en la sucursal no había más de medio millón, de las que doscientas mil estaban en la caja fuerte camuflada dentro del armario. La desgracia es que estaba abierta. Y era culpa suya. Hasta las once no venían los guardas de la central con un par de quilos, que era lo que la sucursal manejaba entre unos días y otros. Lo que quedaba eran los restos del día anterior que si eran menores de medio millón se dejaban siempre en la caja fuerte acorazada.

El segundo empleado era más remolón. Se creía valiente, de estos españoles valientes y a la par gilipollas a los que luego lloran sus viudas e hijos. La verdad es que no sabía qué hacer. Pasaba el dinero a la bolsa con desgana, pero lo pasaba. El de la puerta parecía un tipo duro. El de la escopeta tenía pinta de macarraza de barrio. Y el jefe de sucursal, ahí, quieto como un pavisoso y dejándose atracar. ¿dónde vamos a ir a parar?. Finalmente resolvió su duda dejando el heroísmo para otra ocasión. Cuando terminó le devolvió la bolsa al Jambo. Había cierto desprecio en el gesto. Pero el Jambo, que se estaba creciendo por momentos, señaló con la recortada el armario dónde sabía por Ana que estaba la caja fuerte y ordenó al oficinista que llenara la bolsa con su contenido.

—Tarda tiempo en abrirse —le informó el empleado, creyendo de verdad que estaba cerrada.

—¡Venga, acelera! —gritó Gonzalo al creer que venía alguien.

El Jambo salto el mostrador, se acerco al armario, abrió las puertas, y ¡equilicuá! la caja abierta. Cogió los fajos con golosa avaricia.

En eso, una joven entró en la sucursal. Gonzalo creyó que era la amiga del Jambo dando el agua.

—¡Venga, déjalo todo y vámonos!

El Jambo pensó que Gonzalo había visto a la madera, y cogiendo los últimos fajos, cerró la bolsa de deportes, y saltó el mostrador corriendo hacia la salida. Gonzalo le siguió a todo meter. Aquella huida tan rápida, que ni ensayada, dejo estupefactos a todos los presentes.

A la carrera, los dos atracadores, sin percatarse de que iban armados, se metieron en el coche, delante Gonzalo, y detrás con las pelas, el Jambo.

En la huida, Alberto jalaba que se las pitaba. Gonzalo gritaba:

—¿Pero qué pasa? ¿Por qué dio el agua[3] tu tía?

—¿Qué tía?

—¿No era tu tronca la que entró para que nos diéramos el queo[4]?

—No, mi tronca no entró para nada.

—¡Me cago en la hostia! —se lamentó Gonzalo—. Entonces hemos dejado la mitad de la pasta allí.

—No. Sólo quedaban cuatro perras —dijo el ingenuo del Jambo.

—¿Cómo cuatro perras? ¿pues cuánto hay en la bolsa?

—Casi medio quilo —respondió el Jambo después de contarlo un poco por encima.

—¡Y por medio quilo nos hemos jugado el tipo! —gritó Gonzalo—. ¡Dijiste que habría un pastón! Uno para cada uno, al menos...

—¿Y a mí que me cuentas, tío? Lo tendrán en otro sitio. Tú fuiste el que dio el agua.

—¡Me cago...!

Se callaron. El Jambo abrió la escopeta y sacó los cartuchos, guardándoselos en los bolsos, luego se metió la recortada entre el cinto y los sobacos. Después permaneció atento al tráfico mientras Alberto conducía con gran maestría, rápido pero sin llamar la atención aunque sin respetar los primeros semáforos. Después, redujo y condujo como un coche más. Ni rastro de la policía.

Aquello era un contratiempo para Gonzalo. Esperaba un kilo para cada uno por lo menos. Sólo al amigo Alberto le había prometido cien mil. Por otro lado, el alquiler de la pistola le había costado cincuenta machacantes que había tenido que pedir prestados a Benito —el boss de los billares—, con lo que su deuda rondaba las cuatrocientas mil. Con lo que el pensaba le iba a sobrar después de pagar a Benito tenía previsto abrirse camino en la Costa del Sol, chuleando a la Pepi. Quien le esperaba cerca del cuartel de automovilismo, donde cambiarían de coche. Y Nada de miserias con la Pepi. Había que hacer de ella una fulana de lujo. Cuerpo tenía para eso. Pero ahora todo se iba al garete. Con medio quilo no se podía hacer nada. Y más si tenía que repartir con este majadero. Una cosa sí le había impresionado del Jambo, ¿de dónde rayos habría sacado este gandul la recortada? ¡En menudo barrio vivía el gachó!

Sólo quedaba una solución. A Alberto le pagaría. Eso estaba claro. No quería jaleo con él. De acuerdo que era un bicho, y que lo que decía el Jambo probablemente fuera cierto. Pero conducía de cojones. Quizá hasta se lo podría llevar de matón a la costa, ¿quién sabe? En cuanto al Jambo. Lo sentía por él, pero lo iba a desplumar. Y lo iba a hacer con gran regocijo. Porque nada odiaba más el amigo Gonzalo, que un estudiante metido a obrero rojo. Encima que podían estudiar, se dedicaban a hacer el gilipollas. A él se lo tenían que decir, que no conoció más escuela que la mera calle donde ejercía su madre. Y él, que ni siquiera había pasado por el talego, vestía de traje, tenía un buga y se ganaba la vida en los billares preparando partidas de póquer para peces gordos. Lo de ahora era una mala racha. Una apuesta desafortunada. En fin, que quitarle la pasta al vallecano, le divertía. No dejando de sorprenderle e incluso de inquietarle, primero que conociese a Alberto y que hubiera sido capaz de ligarse una recortada. Sí, ahí había estado hábil.

—Déjame la bolsa que voy a repartir —le pidió Gonzalo al Jambo.

—El que reparto soy yo —le respondió éste con firmeza.

Gonzalo se rió. Saco la pistola, que era una vieja Astra 400 del ejército, de esas que tienen el cañón redondo.

—Eres un pringado, chaval. Anda dame la bolsa o te pego un tiro aquí mismo —le dijo Gonzalo apuntándole. Y así aprenderás a no guardar tan pronto la herramienta.

El Jambo creyó marearse. Alberto se rió a carcajadas. ¡Traidores! ¡Estaban compinchados! Le dio la bolsa lentamente mirándole a los ojos con inquina asesina. Alberto detuvo el coche. Habían llegado. Justo enfrente, sentada en una maleta bajo la marquesina de la parada del autobús, estaba la Pepi. ¡Ella también!

Salieron del coche. La Pepi cogió su maleta y se encaminó al coche de Gonzalo que allí mismo estaba aparcado. Alberto y Gonzalo hablaban sin dejar de mirarle. El Jambo se llenaba de ira, como cuando se sentía engañado en su buena fe. Una ira terrible contra todos y contra él mismo. Pero era inútil toda resistencia. Así terminaba todo. Ana no se había presentado. En el banco sólo había cuatro perras. Y Gonzalo se quedaba con ellas.

Alberto se acercó al Jambo, pequeño, fornido, con el pelo rubio y mal cortado, con sus dientes montados y sus manos de boxeador. Se miraron. Podían haber sonreído pero no lo hicieron. Ambos despacharon rictus amargos, cargados de mutuo odio. Unos segundos eternos para dejar bien claro que de cuartel nada. Llevaba la Astra en su mano derecha. Alzó el brazo y apuntándole le ordenó:

—Dame la recortada.

El Jambo no prestó atención al estudiante. Le largó una invectiva de urgencia, pues lo que realmente hacía era mirar al coche de Gonzalo.

Gonzalo y la Pepi se besaban dentro del cupé. De pronto, Gonzalo arrancó. ¡Se las piraban incluso sin Alberto!

—¡Hasta nunca, par de gilipollas! —les dijo antes de desaparecer a toda mecha.

Y en ese segundo los ojos de la Pepi se cruzaron con los del Jambo. No supo si había alguna emoción en ellos.

—¡Me la follé veinte veces! —gritó el Jambo.

Luego se volvió para Alberto que se había quedado pálido. El brazo caído y el rostro al garete, sin una puñetera expresión humana. El Jambo avanzó un paso, plena la boca de ira ensalivada. Prieta la lengua hasta casi mordérsela:

—Te voy a matar, so cabrón.

Pero no pudo. La pistola cayó al suelo y Alberto salió corriendo...

 [1]Atraco.

 [2]La mano izquierda.

 [3]Dar la alarma.

 [4]Huida.