La Luna Árabe
de Mike Blacksmith
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-17- La Luna Árabe. |
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El
Jambo volvió al Común caminando. Se lo impuso como castigo a
su imbecilidad. Le llevó tiempo. Cuando llegó a su habitación
se encerró, escondió la pistola y la recortada debajo del
colchón y se tumbó sobre la cama. Se durmió con facilidad.
Por la tarde el Rubio llamó a su puerta. El Jambo abrió. Quizá
esperaba a Ana.
—¿Qué
pasa, tronco? —le saludó el Rubio.
—Nada.
—¿Estás
chungo? —se interesó su amigo.
—No.
—¿Sigues
mosca?
—Sí.
—Hazte
un canuto, tronco— y el Rubio le tendió una china.
Se
lo fumaron tranquilamente.
—¿Sabes
la idea que me viene a la cabeza? —dijo el Rubio.
—¿Qué?
—Si
alguna vez triunfamos los comunistas, seguro que no permitimos
fumar canutos.
—Si
sois los carrillistas, seguro.
Se
rieron.
—¿Sabes?
Le fui con el cante al Pater de lo tuyo y la chandé. Ya sabes,
lo de las fuscas.
El
Jambo no se lo esperaba. En condiciones normales se hubiera
tirado al cuello del Rubio, pero ahora le explicaba lo que no
entendía, dejando el juicio a la actitud de su amigo para mejor
ocasión
—¿Y
que le han hecho a Ana? —gritó—. Seguro que la tenían
secuestrada en su cuarto.
—Nada.
Según parece la han convencido para que desista.
—¿Cuándo?
—Pues
anoche. Después del jari.
—¿Y
por qué no me dijiste nada?
—No
creo que te hubiera hecho mucha gracia.
—Quizá
si no me hubieras sacudido a traición...
—Mira,
tronco, no sé lo que vas a hacer, pero desde luego no es un
acto político...
—Ya
lo he hecho.
El
Rubio abrió los ojos acojonado.
—Seguro
que la has liado.
—Pues
no, simplemente he dado un palo a una Caja de Ahorros. Ha sido
muy fácil.
—No
me digas, ¿eso era?, ¿dar un palo?
—¿Qué
te creías?
—No
sé, algo más gordo. Como el FRAP o así.
—¿Por
quién me tomas, por un pirado...
—No
tronco, pero cuéntamelo...
Y
se lo contó todo con pelos y señales. Lo que dejó al Rubio
estupefacto.
—¡Tío!
¡Qué inconsciencia tienes! Pero ahora hay que dejarse de
jarillones. Que esto es muy serio. Afortunadamente la madera no
va a relacionarlo con el rojerío. Así que tú como si no
hubieras estado. Si llega el caso tendrías todos los testigos
que hagan falta. En cuanto al fierro, me lo das y ya hablaremos
nosotros con el Tío. Tengo yo ganas, y otros camaradas también,
de decirle cuatro palabritas sobre el trapicheo que se trae.
—Y
así queda todo olvidado...
—Si,
y si quieres justificar el día, ya te daré un parte de
consulta de un médico del Partido. |
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—Todo
controlado, ¿no? —y había cierto sarcasmo en la voz del
Jambo.
—Bueno,
queda una cosa.
—¿Qué?
—La
titi. No la puedes ver.
—¡Qué
te parece a ti! —y se incorporó airado.
—Sale
esta noche para Barcelona. Creo que a un congreso de IC. Mira,
tronco, no te cabrees, pero me temía una tontería. Si hubieras
sido otro, me la hubiera sudado. Pero siendo tú, decidí
localizar al Pater anoche. Llegamos a un acuerdo, él se ocupaba
de la chandé y yo de tu menda. Lo que no sabía era que ibas a
dar el palo hoy.
—Tengo
que hablar con ella. Y me vas a ayudar.
—No
van a querer. Además, supondrán que eres un peligro.
—Me
importa un carajo IC. Lo que quiero es que me ayudes a
localizarla. Porque tengo que hablar con ella.
—De
acuerdo, pero antes dame el fierro.
El
Jambo fue hábil para sacar la recortada sin que su amigo
advirtiera la pistola.
—Tiene
buena pinta —se admiró el Rubio al sopesarlo. ¿Cuánto te
pidió el Tío?
Se
lo dijo.
—¡Hijo
de puta...!
—¿Que
vas a hacer con él?
—Tirarlo
a la calera.
Cuando
el Rubio desapareció con el arma, se sintió mejor físicamente.
Toda la ira y la humillación que Gonzalo le había hecho
padecer se disipaba lentamente. A esta sensación le sustituía
el despecho que la actitud de Ana, el Pater y el mismo Rubio le
producía. Pero era mucho más soportable, mientras la primera
le incitaba a la acción, a la venganza, la segunda lo hundía
en la amargura, lo ensimismaba, lo deprimía. Ahí estaba Ana
ofreciéndosele en cuerpo y alma no hacía ni días. Y ahí
estaba el Rubio, su mejor amigo, salvándole la vida sin
permiso. En cuanto al Pater, ese iba a lo suyo, el congreso de
IC, para que se integrara en el PCE.
—¿Y
a dónde vamos? —le preguntó el Rubio cuando volvió.
Fueron
a casa de Ana en la motillo del Cepero. Conducía el Rubio. La máquina
se ahogaba porque ambos eran muy gansos. Antes de entrar al
portal. El Rubio le preguntó que si estaba seguro de querer
verla.
—¿Tú
estás conmigo? —le preguntó a su vez el Jambo en vez
responder.
—Al
completo. Ya lo sabes.
—¿Y
si hay que repartir leña, también?
—¡Tronco,
no empieces! Que son buena gente, buenos camaradas.
—Claro,
perdéis el culo por el Pater. Militantes de categoría, ¿no?
—A
mi me la suda eso. Pero se que el Pater es un compañero cabal,
¡y tú también lo sabes, coño!
—Bueno,
vamos a subir...
Abrió
la puerta Charo, al fondo se oía la voz de Maite. Al reconocer
al Jambo quiso cerrar la puerta. El Jambo le dio un empellón
brutal, Charo cayó de culo en el pasillo y la puerta golpeó
contra la pared. Maite gritó al verlo:
—¡Salvaje!
—¡Calma!
—pidió el Rubio.
El
Jambo se fue para Charo y la levantó con una facilidad pasmosa.
—Tú,
tía lista, ¿dónde está Ana?
—No
está... —lloriqueó Charo.
—¿Pero,
bueno, José?... —le increpó Maite al Rubio, con la
familiaridad que se deriva de haber compartido alguna vez la
cama. |
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—Tranquilos,
no pasa nada.
—¿Dónde
está Ana? —insistió el Jambo sacudiéndole del brazo a Charo.
—¡No
quiere verte! —chilló Maite rabiosa—. ¡Y suéltala ya!
El
Rubio retiró con decisión la presa que el Jambo tenía en el
brazo de Charo. Esta se frotó dolorida:
—¡Bestia!
—No
te creo, bruja... —le espetó el Jambo a Maite.
—Yo
tampoco —confirmó el Rubio.
Charo
se acercó al Jambo. Temía los ojos iracundos del vallecano.
—Olvídala.
No arreglas nada con verla. Las cosas son como son. Dentro de un
tiempo ya recibirás noticias suyas. Y además, lo que pretendíais
era una locura.
El
Jambo fue perdiendo gas. La ira se la llevaba su entrecortada
respiración y las palmaditas del Rubio. Hombre de repentinos
cambios, salió por una de las suyas:
Sí
la ves —le dijo a Charo—, dile que no se moleste en mandar
notitas y menos en ir a verme.
Y
volviéndose a su amigo le increpó para que se fueran de allí.
—¡Tío!
—se exasperaba éste—, ¡estás como una cabra! ¡Desde
luego que necesitas unas vacaciones!
Y
el Rubio le dio tan fuerte manotazo que el Jambo se volvió
iracundo, aún tenia reciente la leche anterior, y sin mediar
palabra le largó uno de recibo a los piños, pero el Rubio
anduvo listo y la esquivó. Y sonriendo con toda su comprensiva
humanidad, se puso en guardia y bromeando contraatacó:
—¿Qué
quieres, tronco, pelea?, venga dame...
Y
se liaron a mamporros, venga ir y venir hostiones de amiguete,
que duelen pero no matan. Y cuando ya tenían las narices como
pimientos, el Jambo tronó a reír, a reír a carcajadas.
—¡Tronco!
—dijo entre risotadas—, me paso la vida recibiendo. Tronco,
tronco de la vida...
Al
día siguiente dieron la noticia de la muerte de Franco. El
gobierno, los fachas, el Arias, la tele y el Borbón no se
partieron de risa precisamente. Los militares pusieron en marcha
la operación Lucero y la gente no fue a currar. Creo que era
jueves. El Jambo fue en busca de la Asun pero no la encontró.
El tío Pío le dijo que se había despedido. Estaba
desconsolado. ¡Qué iba a ser de él ahora! Y al Jambo le vino
a la cabeza que qué iba a ser de ella. El lunes, cuando la histeria nacional ya había pasado y hasta teníamos un rey de nombre probable Juan Carlos el Breve, el Jambo se despidió del curro, cobró las cuatro perras, lió el petate y se fue al sur, todo lo al sur que su condición de libertad provisional le permitía. Eran malos tiempos para viajar a dedo, y más para un tipo que llevaba una Astra 400 entre la tripa y el pantalón, pero no le importó. Una inmensa Luna Árabe le estaba esperando al filo del Mediterráneo, una amigable, sonriente y evocadora luna. ¡Aquellos tiempos! Fin de la Luna Árabe de Mike Blacksmith |