S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

La Luna Árabe

de Mike Blacksmith

 

-17-

La Luna Árabe.

El Jambo volvió al Común caminando. Se lo impuso como castigo a su imbecilidad. Le llevó tiempo. Cuando llegó a su habitación se encerró, escondió la pistola y la recortada debajo del colchón y se tumbó sobre la cama. Se durmió con facilidad. Por la tarde el Rubio llamó a su puerta. El Jambo abrió. Quizá esperaba a Ana.

—¿Qué pasa, tronco? —le saludó el Rubio.

—Nada.

—¿Estás chungo? —se interesó su amigo.

—No.

—¿Sigues mosca?

—Sí.

—Hazte un canuto, tronco— y el Rubio le tendió una china.

Se lo fumaron tranquilamente.

—¿Sabes la idea que me viene a la cabeza? —dijo el Rubio.

—¿Qué?

—Si alguna vez triunfamos los comunistas, seguro que no permitimos fumar canutos.

—Si sois los carrillistas, seguro.

Se rieron.

—¿Sabes? Le fui con el cante al Pater de lo tuyo y la chandé. Ya sabes, lo de las fuscas.

El Jambo no se lo esperaba. En condiciones normales se hubiera tirado al cuello del Rubio, pero ahora le explicaba lo que no entendía, dejando el juicio a la actitud de su amigo para mejor ocasión

—¿Y que le han hecho a Ana? —gritó—. Seguro que la tenían secuestrada en su cuarto.

—Nada. Según parece la han convencido para que desista.

—¿Cuándo?

—Pues anoche. Después del jari.

—¿Y por qué no me dijiste nada?

—No creo que te hubiera hecho mucha gracia.

—Quizá si no me hubieras sacudido a traición...

—Mira, tronco, no sé lo que vas a hacer, pero desde luego no es un acto político...

—Ya lo he hecho.

El Rubio abrió los ojos acojonado.

—Seguro que la has liado.

—Pues no, simplemente he dado un palo a una Caja de Ahorros. Ha sido muy fácil.

—No me digas, ¿eso era?, ¿dar un palo?

—¿Qué te creías?

—No sé, algo más gordo. Como el FRAP o así.

—¿Por quién me tomas, por un pirado...

—No tronco, pero cuéntamelo...

Y se lo contó todo con pelos y señales. Lo que dejó al Rubio estupefacto.

—¡Tío! ¡Qué inconsciencia tienes! Pero ahora hay que dejarse de jarillones. Que esto es muy serio. Afortunadamente la madera no va a relacionarlo con el rojerío. Así que tú como si no hubieras estado. Si llega el caso tendrías todos los testigos que hagan falta. En cuanto al fierro, me lo das y ya hablaremos nosotros con el Tío. Tengo yo ganas, y otros camaradas también, de decirle cuatro palabritas sobre el trapicheo que se trae.

—Y así queda todo olvidado...

—Si, y si quieres justificar el día, ya te daré un parte de consulta de un médico del Partido.  

—Todo controlado, ¿no? —y había cierto sarcasmo en la voz del Jambo.

—Bueno, queda una cosa.

—¿Qué?

—La titi. No la puedes ver.

—¡Qué te parece a ti! —y se incorporó airado.

—Sale esta noche para Barcelona. Creo que a un congreso de IC. Mira, tronco, no te cabrees, pero me temía una tontería. Si hubieras sido otro, me la hubiera sudado. Pero siendo tú, decidí localizar al Pater anoche. Llegamos a un acuerdo, él se ocupaba de la chandé y yo de tu menda. Lo que no sabía era que ibas a dar el palo hoy.

—Tengo que hablar con ella. Y me vas a ayudar.

—No van a querer. Además, supondrán que eres un peligro.

—Me importa un carajo IC. Lo que quiero es que me ayudes a localizarla. Porque tengo que hablar con ella.

—De acuerdo, pero antes dame el fierro.

El Jambo fue hábil para sacar la recortada sin que su amigo advirtiera la pistola.

—Tiene buena pinta —se admiró el Rubio al sopesarlo. ¿Cuánto te pidió el Tío?

Se lo dijo.

—¡Hijo de puta...!

—¿Que vas a hacer con él?

—Tirarlo a la calera.

Cuando el Rubio desapareció con el arma, se sintió mejor físicamente. Toda la ira y la humillación que Gonzalo le había hecho padecer se disipaba lentamente. A esta sensación le sustituía el despecho que la actitud de Ana, el Pater y el mismo Rubio le producía. Pero era mucho más soportable, mientras la primera le incitaba a la acción, a la venganza, la segunda lo hundía en la amargura, lo ensimismaba, lo deprimía. Ahí estaba Ana ofreciéndosele en cuerpo y alma no hacía ni días. Y ahí estaba el Rubio, su mejor amigo, salvándole la vida sin permiso. En cuanto al Pater, ese iba a lo suyo, el congreso de IC, para que se integrara en el PCE.

—¿Y a dónde vamos? —le preguntó el Rubio cuando volvió.

Fueron a casa de Ana en la motillo del Cepero. Conducía el Rubio. La máquina se ahogaba porque ambos eran muy gansos. Antes de entrar al portal. El Rubio le preguntó que si estaba seguro de querer verla.

—¿Tú estás conmigo? —le preguntó a su vez el Jambo en vez responder.

—Al completo. Ya lo sabes.

—¿Y si hay que repartir leña, también?

—¡Tronco, no empieces! Que son buena gente, buenos camaradas.

—Claro, perdéis el culo por el Pater. Militantes de categoría, ¿no?

—A mi me la suda eso. Pero se que el Pater es un compañero cabal, ¡y tú también lo sabes, coño!

—Bueno, vamos a subir...

Abrió la puerta Charo, al fondo se oía la voz de Maite. Al reconocer al Jambo quiso cerrar la puerta. El Jambo le dio un empellón brutal, Charo cayó de culo en el pasillo y la puerta golpeó contra la pared. Maite gritó al verlo:

—¡Salvaje!

—¡Calma! —pidió el Rubio.

El Jambo se fue para Charo y la levantó con una facilidad pasmosa.

—Tú, tía lista, ¿dónde está Ana?

—No está... —lloriqueó Charo.

—¿Pero, bueno, José?... —le increpó Maite al Rubio, con la familiaridad que se deriva de haber compartido alguna vez la cama.

—Tranquilos, no pasa nada.

—¿Dónde está Ana? —insistió el Jambo sacudiéndole del brazo a Charo.

—¡No quiere verte! —chilló Maite rabiosa—. ¡Y suéltala ya!

El Rubio retiró con decisión la presa que el Jambo tenía en el brazo de Charo. Esta se frotó dolorida:

—¡Bestia!

—No te creo, bruja... —le espetó el Jambo a Maite.

—Yo tampoco —confirmó el Rubio.

Charo se acercó al Jambo. Temía los ojos iracundos del vallecano.

—Olvídala. No arreglas nada con verla. Las cosas son como son. Dentro de un tiempo ya recibirás noticias suyas. Y además, lo que pretendíais era una locura.

El Jambo fue perdiendo gas. La ira se la llevaba su entrecortada respiración y las palmaditas del Rubio. Hombre de repentinos cambios, salió por una de las suyas:

Sí la ves —le dijo a Charo—, dile que no se moleste en mandar notitas y menos en ir a verme.

Y volviéndose a su amigo le increpó para que se fueran de allí.

—¡Tío! —se exasperaba éste—, ¡estás como una cabra! ¡Desde luego que necesitas unas vacaciones!

Y el Rubio le dio tan fuerte manotazo que el Jambo se volvió iracundo, aún tenia reciente la leche anterior, y sin mediar palabra le largó uno de recibo a los piños, pero el Rubio anduvo listo y la esquivó. Y sonriendo con toda su comprensiva humanidad, se puso en guardia y bromeando contraatacó:

—¿Qué quieres, tronco, pelea?, venga dame...

Y se liaron a mamporros, venga ir y venir hostiones de amiguete, que duelen pero no matan. Y cuando ya tenían las narices como pimientos, el Jambo tronó a reír, a reír a carcajadas.

—¡Tronco! —dijo entre risotadas—, me paso la vida recibiendo. Tronco, tronco de la vida...

Al día siguiente dieron la noticia de la muerte de Franco. El gobierno, los fachas, el Arias, la tele y el Borbón no se partieron de risa precisamente. Los militares pusieron en marcha la operación Lucero y la gente no fue a currar. Creo que era jueves. El Jambo fue en busca de la Asun pero no la encontró. El tío Pío le dijo que se había despedido. Estaba desconsolado. ¡Qué iba a ser de él ahora! Y al Jambo le vino a la cabeza que qué iba a ser de ella.

El lunes, cuando la histeria nacional ya había pasado y hasta teníamos un rey de nombre probable Juan Carlos el Breve, el Jambo se despidió del curro, cobró las cuatro perras, lió el petate y se fue al sur, todo lo al sur que su condición de libertad provisional le permitía. Eran malos tiempos para viajar a dedo, y más para un tipo que llevaba una Astra 400 entre la tripa y el pantalón, pero no le importó. Una inmensa Luna Árabe le estaba esperando al filo del Mediterráneo, una amigable, sonriente y evocadora luna. ¡Aquellos tiempos!

Fin de la Luna Árabe

de

Mike Blacksmith