Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

Dago el Cruel

LIBRO PRIMERO

- I -

El chip envenenado. Aramiel Asarya. Puppis, la tierra perdida. Hamal Dabih. La fiesta. El Buhonero. ¡La huida!

Mi corazón está lleno de nostalgia, y a pesar de que sólo los arrepentidos pueden gozar del privilegio del demasiado tarde y arroparse en este sentimiento frío y dulce, quiero relataros mis recuerdos. Desabridos, los hechos que me hicieron merecedor de mi apodo, enfilan la última confesión vital. Daría algo por trascender de mi pensamiento sin el recurso desdibujado de mi voz, por haceros llegar mis emociones tal como ahora las siento, incluso comunicaros la erección del vello estremecido por la acción del músculo horripilador. Bien sé que no es posible esta pretensión. Únicamente intentaré ordenar mi pasado y mientras me descargo de culpas, relataros como fue y por qué.

El eterno Uno, envuelto en sus siempre invisibles vestiduras, ha dormitado una vez más por siete eternidades, y yo, que ahora soy como el polvo a vuestros pies, yo Dago, llamado el Cruel, he de hablar claro, para que toda la mentira se convierta en verdad pública a modo de maravilloso y alquímico compost. Eros y no Thánatos, despertó en mí tales cualidades en el alba de Sirio, la estrella perro. Y de este albur inconsciente y numinoso, alumbré el poder de mis actos malditos, ayudado en mis afanes de una única virtud: la inquebrantable lealtad que me profesé a mí mismo. Y por ello y para que "Ellos" se revuelvan agitados y tiemblen, debo hablar. Son pocas las horas que me quedan para ese robo ligero y agrio que es la muerte, y aprovechando mi postrer energía os haré participes de esta triste, irónica, desconcertante y terrible historia. En verdad que sólo quiero aliviar mi agonía, esa es mi pretensión. Y si sabéis oír como presumís, mis palabras serán clara luz, no necesitaréis columbrar, os lo aseguro. Y no temáis, aunque el mal se pueda destilar del relato, pienso reconfortaros con la sinceridad del poeta: "La materia es tan notable que enmienda todo el daño".

Soy hijo del destino, huérfano del azar, hijastro de la ignominia, y en puridad confesaré que no temblará la voz que os habla. Ya ha tiempo que no sufro la cenestesia del horror, el estremecimiento no ha podido nunca apartarme del camino trazado, sólo el destino, fatídico, despertó en mí análogas sensaciones. Sólo fui hombre, apuré hasta la última gota todas las pasiones que colmaban mis desalados deseos, mis necesidades vitales, el aullante sentido del cosmos que me poseyó. Me falta el talante necesario para llevaros por la senda del raciocinio, veleidosa emboscada ésta, pues la razón nunca fue mi compañera, y a fe mía que termina en la semejanza para la mayoría de los hombres.

Aún me quedan fuerzas para tomaros a derechas o a trasmano, y de éstas, adentraros en otros mundos, otros miles de mundos no conocidos ni soñados. Y cuando en la noche estrellada los parpadeos de estas sirenas os llamen, acudid. En el firmamento brilla el rostro del Caos. Yo, que bien sé que no hay tal firmamento, os susurraré en luminoso vagido la primicia de esta demanda. No hay peligro, el peligro se encuentra a vuestros pies, no la tierra o el limo, sino el fango hediondo y pestilente. Aguzad el oído, el universo vibra también en vosotros. "Ellos" están aquí, han habitado entre el hombre desde la noche de los tiempos —rutilante y paradójica noche—, tantean aquí y allá, en el pasado y en el futuro, para equilibrar el peligro que la humanidad supone, y lo han hecho muy bien, tan bien, que no es previsible la muerte de la razón en mucho tiempo. Consolaros pues, los piratas, mis bravos, no desembarcarán de nuevo.

Así, cuando sean reclamados mis despojos, no prestéis demasiada atención a los discursos funerarios. Este es mi epitafio, la simple constatación de la fatalidad que impregnó mi vida. ¡Ah!, existenciales preguntas —diréis—, esotéricas vanidades frente a monumentales técnicas, frente a miles de millones de pares de codos. No se ve más allá del cogote vecino, cerremos pues los ojos, hay otras visiones más gratificantes y solitarias. Existe el poder, existe la gloria naciendo entre las ingentes masas de polvo caliente sideral, como espontáneas partículas que broten sin cesar del Kosha del Uno. También existe el odio y quizá el amor, conformando el diminuto sentir microscópico que bulle en el alma. Los dioses no han muerto, el hedor no proviene de ellos, es la Galaxia la que necesitaba un baño purificador, y a tal efecto, fueron azacaneadas las fuerzas y confluencias necesarias para la purificación que ha hecho trizas la general creencia en la ascendencia de la Historia. Este es el frío panorama del que nadie puede hacer cábalas particulares, tales sabios murieron ya. Quizá yo pueda preveniros y advertimos, que quedan signos, escritos, datos, horóscopos, ciencias, paraciencias, profetas, astrólogos, cifras, claves, visiones, sectas y algunas majaderías más empezadas en amargaros la fiesta.

Si bien es cierto que "Ellos" cada vez estaban más cerca, que estaba casi cerrado el círculo tenaz y material que rodea aquello que buscaban, más cierto es que tal percepción hubiera sido convertida en instrumento de dominación. La espada camina delante de la rueda. La mano que empuña la espada, el espíritu que la domina. De eso quería hablaros.

Hace ya muchos años, siendo regente del Cetro de Hierro Axonita mi padre, el Gran Gurdja, los nobles Tomii-Arón se reunieron con la intención de radiar a la Galaxia el Pabellón Imperial, que vacante tras la caída del Imperio Groor, consideraban legítimamente suyo. La casa Asarya, de la que era adalid el Gran Gurdja Asarya, encabezaba esta pretensión. La nobleza, imaginando enormes riquezas a su alcance, consintió que los Asarya presentaran al Reino un príncipe que se convirtiera en Emperador de la Ley. El Gran Gurdja fabricaría un hombre de su propia sangre, que a modo de reina abeja, sólo viviera para el omnímodo mandato que le esperaba: el cumplimiento de la Ley Tomii-Arón, que en sustitución de la derrocada Ley Groor, imperaría de nuevo en la Galaxia, toda vez que Axón iniciara la conquista. El Gran Gurdja consultó las máquinas buscando entre sus súbditos una hembra sana y robusta que gestará el embrión creado con genes Asarya, como desde hace milenios hacen los nobles groor, cuyas mujeres jamás se embarazan de sus hijos. Soldados de la casa Asarya, armados hasta los dientes, vigilaron mi génesis. Axón estaba lleno de espías republicanos, piratas, y meretrices de la Sagrada Orden. Por ello y en el mayor de los secretos, la nobleza Tomii-Arón se regocijaba a la espera del parto.

El mismo día que vine al mundo, el Gran Gurdja, consecuente pero cruel, envenenó el programa médico de la recién parturienta y ésta, indefensa, murió sin un grito. Su sangre no cayó sobre la cabeza de nadie. No era más que una protegida que me dio su vida. Fui presentado en secreto a los notables, y vinieron a contemplar mis genitales, los Hamal y los Samsapel, los valientes Ragel y los reyes lamienses Balic.

Así crecí, entre pañales misteriosos, médicos de ojos vigilantes y termómetros rectales. El Gran Gurdja decidió, que dadas las dificultades que se preveían para mantener mi existencia en secreto, se hacía menester alejarme de la Medina Real y con gran sigilo trasladarme lejos, al resguardo del castillo-monasterio que los sabios monjes tenían en Puppis, la tierra perdida, el extremo más alejado del reino axonita rodeado de montañas eternamente heladas.

Carecía de madre que me defendiera y así y todo dudo, que alguien hubiera podido hacer desistir al Gran Gurdja de sus ideas de grandeza. Eran años de oscuridad y temor. El Imperio Groor había caído tiempo atrás y una República lo sustituía en Thubán. La Galaxia parpadeaba y el hombre con ella. Los estados aprestaban sus escuadras, las fuerzas ocultas se hacían más fuertes, los hierofantes de las colinas sagradas de Gea escudriñaban el cielo buscando señales que corroborasen las profecías, y los señores de la guerra se quejaban a sus oficiales de la indolencia que se había apoderado de toda la raza humana. Pero he aquí que los aguerridos y orgullosos nobles Tomii-Arón estaban dispuestos a recoger el legado Groor y forjar con mi ayuda otro imperio tan fuerte y duradero como el fenecido. Era una gran pretensión, y bien lo sabía mi padre que suspiraba por ella desde hacía tiempo. Había preparado mi enseñanza con el cuidado de las obras maestras y la ambición de los sueños escondidos que todo hombre lleva en el corazón. Cumplidos los seis años, fui conducido y sin sospechar mi imperial destino, al lugar más inhóspito de Axón, pero el más seguro. Los monjes, fieles y agradecidos, fueron los encargados de mi educación, empresa que aceptaron con gusto pues eran pobres y de pocos recursos. Yo era muy pequeño y nada podía decir. Hasta el momento gustaba de corretear por los pasillos de la Medina Real perseguido por las ayas, mientras la brisa golpeaba los cristales del gineceo con hojas secas y escarchadas. Si, recuerdo el viento de Axón, frío y seco, que ha hecho de los Tomii-Arón una raza orgullosa.

Puppis, la tierra perdida, es una comarca donde la naturaleza ha jugado caprichosa con las fuerzas de la creación, esculpiendo formas pétreas gigantescas e inaccesibles para el simple ser humano. Sobre un enorme promontorio de roca viva se alzaba el monasterio, emergiendo como mítico unicornio rodeado de hielos eternos. Estaba construido en piedra gris y ceñido por una ciclópea muralla salpicada sin orden de esbeltas torres de vigilancia. Sus arquitectos no habían tenido más remedio que adaptarse al medio, no hay otra manera de edificar al borde del abismo, a caballo entre la tierra y el cielo. Se accedía a través de escabrosos vericuetos enmarcados por precipicios. Audaces puentes comunicaban mundos de hielo que de otra forma nunca hubieran sido camino. En el mismo borde de sus murallas se abría la brecha-falla más formidable de todo el planeta. Grandes seres parecían haber luchado allí armados de poderosas hachas. Nadie podrá decir que haya tenido por escenario de su educación una tierra más excepcional, un país de hadas y ogros para un futuro emperador de molde.

Con los soldados de la escolta montados en sus grandes caballos tetraploides, las capas verdes al viento y los aeromóviles vigilando silenciosos la marcha desde el cielo, llegamos a Puppis. Fue una excursión feliz, el senescal suspiraba de satisfacción sin perder ojo a mis correrías, las amas de cría jadeaban presurosas tras de mi, provistas de bufandas y gorros de pura lana para el niño más importante de Axón. El monasterio fue decisivo en mi vida, me eduqué en el rigor que la naturaleza concede, comprendí la creación, la altura de estas potencias y el poder que manejaban. También aprendí que el brazo del hombre puede alcanzarlas e incluso dominarlas.

Enclaustrado en Puppis, apenas veía a mi padre y su nombre sólo era una evocación placentera de alguien que parecía estar por encima de todos los que me servían, nada más. Los sabios monjes fueron pacientes, pero severos, los escuderos serviciales, pero sordos a mis caprichos, los maestros de armas, cuidadosos de mi integridad, pero duros e inflexibles en la gimnasia, y los familiares que se acercaron a contemplar la obra del Gran Gurdja, eran muy amables, pero seguramente me envidiaban. Yo sabía muy bien quién era cada quien a mi alrededor. El senescal acaparaba todo mi odio, se encargaba de levantarme y de acostarme, los sabios, a veces me entretenían y otras me aburrían, aunque siempre les escuchaba cortés tal como conviene. Los soldados se me hacían más divertidos dejándome jugar con sus armas descargadas y sus espadones envainados. De las sirvientas diré que me sentía atraído por los pliegues de sus faldas, en sueños quería acurrucarme dentro de sus refajos y permanecer calientito asomando la cabeza entre sus grandes senos.

Pero el tiempo pasa y yo crecía fuerte y apuesto, mi salud era envidiable y nadie sufría por mi futuro en lo que parecía el mejor de los mundos. Era hábil con las armas y agudo con la razón, conocía los secretos de la ciencia y los militares, estudiaba leyes y economía, respiraba el aire más puro de Axón y admiraba la fuerza del vendaval y la mansedumbre de la nieve cuajada. Aunque nada sabía de mi futuro.

Una mañana que nos calentábamos mis preceptores y yo alrededor de la chimenea, anunciaron la llegada de mi padre, el Gran Gurdja. Era una buena noticia porque el día se convertía en una fiesta y mientras los servidores trasteaban de aquí para allá para recibir al regente, abandonaba la máquina de aprender y con pasos apresurados asomaba la cabeza por detrás del corpachón de los soldados esperando la presencia paterna. Venía este ricamente vestido, y la amplia capa que le protegía del frío no ocultaba sus anchos hombros ni la elegancia de su paso. Tenía el rostro ligeramente afilado y se adornaba con un bigote fino y recortado que daba a su faz, acerada y limpia, un rastro de humanidad. Sus cejas, hirsutas y alargadas, se elevaron al verme, dibujando una sonrisa blanca e iris. Me abrazó besando mis mejillas atezadas por el aire. Saludó a todos los presentes y luego de depositarme en el suelo ordenó traer los regalos. Repartió palmadas de afecto entre mis educadores, riéndose mientras yo brincaba alborozado rasgando el crujiente papel de envolver. Preguntó también por mis estudios y quiso ver mis adelantos con la esgrima, inexcusable conocimiento para un Asarya. Me vi obligado a dejar los regalos para hacer gala de mis habilidades marciales, de manera que puse todo mi empeño en derribar al escudero, sabiendo que cuanto antes demostrara mi aprendizaje, antes quedaría libre. Aplaudió el Gran Gurdja mis progresos y vi en sus ojos reflejos de paternal orgullo entre los dientes blancos de la adulación de los servidores. Después su rostro adquirió un matiz más serio y dijo:

—Aramiel, cuando llegaste aquí eras un pequeño infante, no podías entender las causas que me impulsaron a traerte. Hoy es el momento de explicártelo. Como sabrás, Axón ha enarbolado el Pabellón Imperial por derecho sucesorio. Los Tomii-Arón somos los herederos del Imperio Groor, tal como se resolvió en el pleito dinástico. Ahora, Axón tiene ese deber y ese privilegio. El deber de continuar la obra Groor, de ordenar la Galaxia según las eternas leyes que nos guían desde Jaso Kuma el Magnífico, de no dejar en manos peligrosas la paz y el progreso. Y tenemos el privilegio del Poder, la Justicia, y el beneficio de la Ordenación.

Se llevó las manos a las solapas al modo axonita y paseó, gallardo, a trechos cortos, mientras le escuchaba respetuosamente con las manos en la espalda y levantada la cabeza. Sus palabras no me importaban mucho, conocía al detalle las razones de los Tomii-Arón de boca de mis preceptores.

—Pero... —decía con su tieso índice—, necesitamos un hombre que encarne ese poder y esa Ley. Un hombre especialmente criado entre los notables, educado en la verdad y en la universalidad de la Ley. Y ese hombre, hijo mío, vas a ser tú.

El Gran Gurdja trataba de hacerme comprender los motivos que me obligaban a ser un personaje excepcional. Insistía en cada uno de los detalles que harían de mí un emperador. Toda la fortuna de la familia estaba en juego, su fortuna y su honor, sin embargo, el intento de hacer de un niño un hombre, era muy prematuro. ¡El Imperio de la Ley! ¿Qué era todo eso para mí, que me agitaba nervioso esperando el momento de salir disparado hacia los juguetes que los nobles me ofrecían como reconocimiento?

Aseguré, como buen hijo, mi lealtad a la casa Asarya, y esto le emocionó hasta el punto que me abrazó musitando palabras de orgullo y henchido su pecho en la hidalguía de ser padre de tan buen hijo. Todavía hube de escuchar algunas razones más y otras conveniencias imperiales, todos radiaban de satisfacción y se hacían presagios de mi acertada disposición y de la buena suerte que tenía el Reino al contar con tal delfín. También yo era feliz de tenerlos contentos y de escapar hacia el resto de los regalos. Y entre las espadas, las naves de madera barnizada y las miniaturas bélicas, había una bonita caja llena de agujeros, y dentro un gato genéticamente puro, un negro gato cuyos orígenes se remontaban, según decía su garantía, a los primeros colonos de Axón. Era un regalo estupendo y muy caro, el mejor que podían haberme hecho. Todos aplaudieron cuando lo saqué de la jaula. El pequeño felino, medio dormido, se desperezó gracioso, con la lengua entresacada, las orejas tiesas y arqueando la espalda como sólo los gatos saben hacerlo.

—Es un gato muy fino —dijo el senescal.

Y como la mención parecía afortunada, así le llamamos: "Fino".

Tenía entonces quince años, pronto sería un adulto, y ellos descansarían de su pesada responsabilidad, tomándose el retiro prescrito y la recompensa prometida. Estaban de acuerdo entre sí que se acercaban días dichosos para Axón, pues lo medían con sus esperanzas y deseos. Únicamente yo, ajeno a ellas, tuve en un momento la sospecha de que quizá no fuera tan bueno para el trono como aventuraban.

Era un muchacho precoz, de maneras exquisitas y refinada educación que temía desencantar a mi progenitor y educadores, y por ello me cuidaba de expresar una sola de mis dudas. Sin embargo eran dudas razonables, porque a mi entender el mundo se reducía a montañas salvajes de nieve y roca, de las que difícilmente podía abstraerme. Amaba aquellas montañas, el hielo y los carámbanos de los aleros del monasterio, encontraba reconfortante el calor del hogar y contemplar la nieve cayendo lenta sobre las escarpadas, mientras los centinelas se acurrucaban en el patio de armas comentando sus aburridas guardias. Amaba también las carreras a caballo en el gran claustro —para escándalo de los monjes—, el combate simulado contra mis escuderos, el tiro con fuego, las maquetas estratégicas, el boxeo de pies y manos y hasta las monótonas charlas de mis pacientes preceptores. Empero, ser emperador empezaba a preocuparme, ¿no había sido creado el mundo para el juego, para imaginar? Mis obligaciones eran como un nubarrón en lontananza, negro y cargado de presagios. ¿Qué razón había para dejar de jugar al escondite con Fino por las almenas de la torre principal, o para olvidar las historias del maestro de armas y buscar al trasgo denodadamente, a la par que aguzaba el oído para escuchar en las noches cerradas los aullidos de lástima de la Anjana? Quería seguir siendo lo que era, o mejor, adentrarme todavía más en la parte desconocida de mi infantil mundo, más aventuras, más sueños y más reales. Ser emperador no era muy bueno para un muchacho como yo. Era serio, triste, y aburrido si hacía caso a las caras y los aires que se daban las personas que disfrutaban de autoridad. Yo prefería ser capitán de un destructor estelar en algún perdido lugar de la Galaxia, abrir nuevos mundos y luchar sin desmayo contra sofisticados enemigos.

Tras la marcha de mi padre hube de reanudar las actividades escolares con más empeño, como obediente adolescente que no quería disgustar a la familia. Pero mi mundo había empezado a cambiar. Al acostarme sintiendo en la piel la suavidad y el perfume de las sábanas calientes, notaba la falta de algo, de alguien a quien escuchar y dar las buenas noches, me encontraba solo.

Y un día llegaron a Puppis gentes nobles de la prestigiosa casa Hamal, que querían conocer al futuro emperador con sus propios ojos, pues los Hamal, poderosos rivales de los Asarya, recelaban del Gran Gurdja. Con ellos venia también un joven de mi edad. Lo contemplé hipnotizado, era el primer muchacho que veía. Él, que había sido aleccionado, se me acercó saludándome con la cortesía que exige el protocolo. Se llamaba Hamal Dabih y era guardiamarina de la flota. Tenía facciones agradables y parecía muy apuesto con su engalanado uniforme. Quise, ignorante de mí, saber a que se dedicaba, si también se encontraba recluido en un palacio como yo.

—¡Oh no, señor! —respondió sonriente—. Estudio en un lugar extraordinario. Un fuerte naval anclado en un asteroide, algo muy divertido.

—¿Y cómo te diviertes?

—Aprendo a pilotar naves artilladas, señor. Soy guardiamarina—. Y en sus palabras se adivinaba la lealtad a la patria de los Tomii-Arón.

—Yo monto a caballo —le respondí—, y tengo un gato.

—¿Es posible, señor? —preguntó asombrado por la simpleza de la vida del futuro emperador.

Entonces miré a mi alrededor, y viendo que los visitantes se encontraban enfrascados en sus charlas y mis servidores bostezaban sin disimulo, le dije:

—Ven conmigo, te enseñaré algo que no habrás visto nunca.

Porque había recordado la gran torre desde la que se divisaba la brecha y el abismo. Hamal Dabih no se asustó por la travesura, sino que siguiéndome por los oscuros pasillos del monasterio, me preguntaba por esto y por aquello, admirado de la monumental construcción, pues estaba habituado a las líneas rectas y al arte decorativo, y encontrándose con la mole caprichosa y el arte sin reglas que los arquitectos de Puppis habían derrochado por doquier, se asombraba. Y le decía: ahí se guarda el triz, o bien, ¿has visto alguna vez caballos tetraploides? Y el respondía: No soy un hombre del pueblo, ¡soy un Hamal, señor!

—Ven, te enseñaré la torre más alta del monasterio. ¡Da miedo mirar!

Las empinadas escaleras parecían encerrarse sobre sí mismas sin atraparse jamás, Hamal Dabih miraba asombrado el negro fondo de la torre. Los escalones, pegados al muro, eran estrechos y el vacío nos atraía con la fuerza del misterio. Al abrir la trampilla de salida, sentimos en la cara la brisa helada y la luz blanca de las nieves. El gato Fino se encontraba allí, al resguardo de una almena y recibiendo con placer los rayos estelares. Meneó la cola amigable y se paseó la lengua por el morro.

—Mira —le dije—, es mi gato.

—Es bonito —respondió con amabilidad. Pero el espectáculo que le había prometido le atrapó, y arropándose se acercó a las troneras para admirar la impresionante perspectiva.

De un lado de la torre, el abismo blanqueado de nieve y ciertamente oscuro al fondo. Del otro y a lo lejos, la inmensa pradera de las tierras bajas de Axón con un río azulado circulando apacible por su mitad. Los pueblos ribereños sólo eran motitas blancas entre la vegetación. Los lagos, las lomas y canales, como minúsculas piezas en el paisaje. Todo el bosque estaba bañado de luz y su verdor contrastaba con el hielo de la tierra perdida que se abría al otro costado en terribles picachos casi al alcance de la mano. La naturaleza salvaje y difícilmente habitable, frente a la selva productiva y protectora. Las dos eran hermosas e inmensas en sus distintas cualidades.

—¿Qué paisaje te gustaría poseer? —le pregunté.

—No sé —y dudó—, creo que escogería la campiña del fondo.

—Yo no, prefiero volar como águila de pico en pico.

—¿Y donde aterrizaríais, señor? —ironizó.

Pero no le hice caso, porque su simplicidad me sorprendía. Y en aquella torre, respirando el aire más claro del mundo, acariciado por la brisa de los Tomii-Arón, me sentí poderoso y capaz de volar como la misma águila imperial, picando hacia los abismos y remontando luego eternamente el vuelo. El gato Fino ronroneaba de placer acurrucado a mis pies, y yo, su dueño, me perdía en reflexiones impropias de mi edad. Mi educación no había sido tiempo perdido, aquellas dudas son a mi entender la mejor muestra de su esmero. Hicieron de mí un ser racional, lógico y respetuoso conmigo mismo. Sólo que fue como armar a un asesino, pues mi fantasía se ciñó al conocimiento y lo poseyó haciéndolo suyo. Allí, al lado de un joven de mi edad, noble como yo, comprendí la diferencia que nos separaba. Puppis era un claustro, pero había una torre donde se podía escoger: la pradera que me ofrecía Axón o los picachos pavorosos de mi imaginación. Quizá debí dejarme conducir y como el gato Fino, disfrutar del Sol. Todos me animaban sin sospechar mis dudas. A solas, en mi razón, advertía que no era mía la culpa de éstas, sino que decididos ellos a dotarme de entendimiento, habían contribuido a formar en mí, un universo de dudas versificadas en mil formas diferentes, un escepticismo creador y especulativo. Esmerada educación que producía sus primeros frutos. Deseaban que pensase y eso estaba haciendo.

—Volvamos —le pedí. Y en este ruego se encontraba plasmada la decepción que su opinión me había causado.

Fui obediente, aprendí mis lecciones con provecho, y este conocimiento también contribuyó a separarme de mi fin. El firmamento estaba cuajado de estrellas, galaxias como la nuestra, ahítas y seguramente deseosas de civilizaciones. De florecer y dar el fruto de su madurez: la vida inteligente, para que ésta, cual espora, se reprodujera lejos, en otros campos lácteos. ¡Ah!, el mundo aparecía a mis ojos encadenados como una aventura interminable. Quería volar al país del Oeste y buscar el camino sembrado de las estelas funerarias de los héroes, hallar la gruta encantada, besar el cáliz sagrado de los caballeros fantásticos y espantar para siempre al malvado genio que acecha escondido en las solapas de los libros misteriosos.

Cuanto más se acercaba mi mayoría de edad más solo me sentía, era un niño entre veteranos, y a pesar de que mi primo Hamal Dabih no me era excesivamente simpático, le echaba de menos, me divertía su compañía y su sonrojo lascivo mientras espiábamos a las criadas, o su atrevimiento cuando robábamos las armas de los soldados por el placer de verlos sudar bajo la ira del oficial de guardia. 0 cuando corríamos alocados detrás del gato Fino, que asustado, erizaba las orejas, arqueaba el lomo, y encogiendo una pata, daba saltitos hacia atrás, para caer inevitablemente en nuestras manos, simulando entonces una gran pelea donde le pellizcábamos sin mala fe o le tirábamos del rabo sin importarnos sus arañazos.

Y como mis actividades se hicieran más adultas, mis preceptores consideraron la posibilidad de contratar meretrices de confianza para mi solaz. Mis sueños eróticos eran más idealistas que el mero placer sexual. Me imaginaba salvando a una hermosa mujer en apuros y conducirla luego, alegre y victorioso, sobre el enemigo y las bestias que atisban en los caminos. Instalarme en un castillo que aun hiciera pequeño el monasterio, y amarla. Después zarparía al mando de naves artilladas para hacer pedazos a los temibles piratas adoradores del Caos. No obstante, fue tan hermoso descubrir el sexo de la mano de una complaciente meretriz, que durante algún tiempo mi corazón se regocijo en Puppis sin ningún freno. Y así cada día que pasaba, menos quería ser emperador de nada teniendo tantos sueños que realizar.

Nuevas gentes se acercaron al monasterio, debía respetarlas pues formarían parte en el futuro de mi corte y gobierno. Por ello, elogiaban mi persona y compostura, lo que verdaderamente era cierto. Ninguno de todos ellos me interesó más allá de la primera curiosidad. Eran notables Tomii-Arón terriblemente envarados y empavonados para la ocasión. Recibí también visitas de otros reinos que deseaban conocer al emperador en ciernes, nobles See y Groor exiliados de sus países, ahora Repúblicas. Nobles de Bhenesa ansiosos de una monarquía fuerte que les defendiera de la agresividad republicana y la ambición Alt. Las cuatro casas propugnaban la paz y el orden perdido, las rutas seguras y el comercio boyante como garantía de progreso. Los reinos necesitaban mercados seguros y eso sólo un nuevo imperio lo traería. Un Imperio Tomii-Arón para el cual yo había sido concebido. A veces cavilaba con cierto gozo sobre qué ocurriría, si yo, dejándome llevar por mis anhelos, escapara lejos. Estaba seguro de que se fabricarían otro emperador abeja con la misma celeridad de los verdaderos himenópteros. Pero aún no era más que un muchacho sin capacidad de decisión, sin esa cualidad que distingue a los hombres avezados y que consiste en saber que hacer frente a las situaciones azarosas.

Alcanzada la mayoría de edad, sería presentado al pueblo y luego de mi coronación, mi figura radiada a toda la Galaxia para la admiración y contemplación de los millones de protegidos. Y en las plazas públicas y en los cruces de las grandes vías, mi figura holográfica recordaría que la Ley se encontraba en fuertes manos. Apresurado por los preparativos de la coronación, mi padre volvió a Puppis. El Cetro de Hierro me esperaba. Y sabiendo que se acercaba mi última oportunidad de soñar, tuve el valor de rogar a mi tutor su favor para que antes de mi mayoría se celebrara en el monasterio una gran fiesta donde pudiera disfrutar de algunas de las maravillas de este mundo y que ser emperador alejaba de mis manos, pues estaban profetizadas grandes conquistas y hasta guerras para después de mi subida al trono. Mi padre consultó al senescal y encontrando la petición razonable, dispuso que este ministro se hiciera cargo del evento, aceptando que la orgía fuera el premio a mis duros esfuerzos, a mi dedicación y a mi fidelidad a la familia.

Trajeron músicos y poetas, saltimbanquis Yahud y magos Azrami, gladiadores lamienses y meretrices de Uter, y decenas de máquinas vivas. Les rogué que invitaran a mi amigo Hamal Dabih, pues quería tenerlo cerca. Y participando de los preparativos y excitado por la emoción les decía: colocad aquí estos artefactos de fantasía, o bien: poned más simuladores de combate, los invitados serán muchos y de distintos gustos. Y todos los artistas eran únicos en su genero. Sucedió que aquella mañana el monasterio se encontraba engalanado y los aires de fiesta se extendían por los patios y los salones, y arrebatado, agarré mi violín y después de afinarle ejecuté con garbo una danza campesina que había aprendido de los soldados Asarya, y los criados al oírme, seguían el compás con el pie pues eran hombres de gustos sencillos. Descendí las escaleras hacia el gran salón seguido por un tropel de criados jubilosos. Me esperaban la risa y el canto, el amor y la diversión. Pedí luego un buen desayuno y cerveza tibia para entonarme, y mientras comía con apetito, llamé al senescal y le dije: —Tráeme cien hombres y cien mujeres cualesquiera, quiero ver a mi pueblo el día de mi fiesta—, y el senescal me contestó que había invitadas muchas personas de las mejores familias.

—No. Escógelos entre el pueblo llano de la villa más cercana, entre los protegidos. No quiero hombres elegantes y aduladores, sino gentes de condición humilde.

El senescal no estaba de acuerdo y me lo reprochó:

—Señor, Axón tiene muchos enemigos que sólo esperan un descuido para infiltrarse aquí, no puedo correr ese riesgo—. Y eran argumentos poderosos. Mas yo le repliqué así:

—Sal al pueblo más cercano y busca cien hombres y cien mujeres al albur, si entre ellos hay algún enemigo de la casa Asarya, es un riesgo que estoy dispuesto a correr, aunque te encarezco para que tomes las debidas precauciones. Infórmales que son invitados reales y que a su tiempo serán recompensados. Y ahora: ¡ve! —le ordene.

Mi primera autoridad le dejó tan perplejo que salió en busca de mis invitados convencido de mis justas razones. Al poco me fue anunciada la presencia de Hamal Dabih que venía vestido de oficial naval y que advertido de lo informal de la fiesta se presentó sin protocolo.

—Bueno —le dije—, he dispuesto grandes sorpresas para la fiesta, pero ven y las verás—. Y abrió los ojos asombrado ante los artistas y las máquinas de fantasía y placer que había reunido.

—La mayor de las sorpresas, amigo mío, supera todo esto —añadí—. Cien hombres y cien mujeres escogidos al azar serán mis invitados. ¿Te imaginas?, gentes totalmente desconocidas, con sus mundos y sus distintos problemas, sin modales, sin educación, deseosos de cerveza y carne.

—Estupendo, una fiesta popular con alegría y mujeres de grueso trasero danzando alrededor del fuego.

—Sí, eso es —pero me pareció notar cierta chanza en sus palabras.

Al rato llegaron los invitados en pequeños grupos y con trazas de haber sido advertidos de su necesario buen comportamiento. Les habían cambiado las ropas, y en la prisa, el ropero del monasterio no siempre había acertado en las tallas. Su entrada provocó una carcajada de Hamal Dabih, que luego de ver la seria mirada del senescal, se contuvo carraspeando. Se acercaron tímidos y con corteses intenciones, pero saliéndoles al paso dije:

—Amigos, es mi voluntad que en esta fiesta nos divirtamos en alegre camaradería. Prescindid pues del protocolo.

Hamal Dabih les indicó con gracia y ademanes de cadete los lugares de diversión, las mesas de comida y bebida y todas las atracciones. Y había una sonrisa sardónica en sus labios. Amparados en su número se esparcieron por el gran salón y al poco quedaron mágicamente prensados del espectáculo que entonces se inició. Los gladiadores se enzarzaron en combates trepidantes, y sus pies, sus manos y sus exóticas armas, volaban, saltaban y golpeaban con tal vistosidad y gracia que aquella precisión parecía mas cosa de máquinas que de seres humanos. Los magos extraían de sus mangas visiones fabulosas de lugares encantados y de —aseguraban— mundos paralelos fuera del espíritu del Uno. Los poetas recitaban versos acaparándonos los oídos con su sonoridad, ritmo y emoción. El pintor dibujaba en el aire nuestras facciones con la habilidad que sus dedos poseían. Pero aún gozábamos más pensando en los ricos bocados, el buen vino y las complacientes meretrices.

—Habrá que probarlo todo —dijo Hamal Dabih.

Y nos mezclamos con la gente entre el olor de la carne asada, el incienso de los buhoneros y el perfume almizclado de las prostitutas. Los músicos tocaban frenéticos ritmos excitantes y algunos de los presentes se unieron al baile. Agitando las jarras de cerveza y cogidos del talle, bailaron alocados despojados de sus túnicas mientras el agrio sabor de la cerveza se derramaba por encima de sus cabezas sin que les importara. Y viendo esta escena, imaginé por un momento que todas aquellas personas eran mis amigos, a los que nada debía, y a quienes sólo me unía el momento. Y en su risa y en su charla comprendí que cada uno representaba exactamente lo que era.

Hamal Dabih contemplaba el fuego que moldeaba en el aire un mago buhonero, ora conformando un pájaro, ora una diosa de atrevidas formas o también figuras polimórficas que de seguro nadie sabría explicar. El Buhonero era un hombre de raza blanca Alt, grueso y de cara reluciente por los afeites que llevaba, tenía el pelo enredado en miles de caracoles diminutos y sus manos gordezuelas pero ágiles revoloteaban en el aire dando vida a las historias que contaba. Traía de la nada, castillos tenebrosos y paisajes de ensueño. De súbito, inmovilizaba sus dedos y viéndonos absortos, guiñaba un ojo y continuaba con sus ilusiones, transportándonos hacía estrellas lejanas, a los rincones más remotos del universo. Mostró también, aunque fugazmente, el palacio imperial de Thubán y la plaza de la paz de Evodi, para que lo viéramos nosotros, pobres provincianos al fin y al cabo.

—¡Y ahora amigos! —anunció—, permitidme un juego que hizo furor en Thubán cuando lo presenté: ¡la extracción de pensamientos! Una persona se presta, y yo, con mi poder de concentración y mi magia, ¡zas! los esparciré por el aire como avena. Pero que nadie tiemble ensombrecido, porque sólo los buenos ideales y las ideas benéficas expondré.

Y con la mirada y el índice haciendo que recorría el círculo de cabezas, se detuvo en un joven que le miraba embobado. Fue muy divertido ver escenificado el pensamiento de aquel hombre. El Buhonero exhibió cosas graciosas y nos hizo soltar la carcajada. Si bien a veces, las escenas eran serias e inescrutables y hasta el protagonista requería razones al mago entre los comentarios que en todos despertaba.

El juego siguió y cada vez que el Buhonero hacía desprenderse de alguna cabeza halos de imágenes, más me intrigaba su magia queriendo secretamente ver mis propias ideas. Algunos que se reconocieron en el pasado o en el futuro, aseguraron excitados que tales visiones formaban parte de sus sueños o de sus vidas. Y Hamal Dabih dijo: —Buhonero, extrae mis pensamientos y si son los que espero te recompensaré—. Y lo dijo muy alto porque había bebido mucha cerveza y tenía la lengua atrevida.

El Buhonero le miró sin emoción, no parecía impresionado por el apuesto cadete. De pronto, llenó la sala de estrellas y de nubes de polvo sideral en las que navegando en formación se veía una escuadra de aguerridos buques, sus armas vomitaban fuego y a su alrededor iban y venían enjambres de oscuros navíos sin pabellón. Era una batalla naval de la que no se podía adivinar el resultado. Hamal Dabih creyó ver en las disciplinadas formaciones el pabellón de los Tomii-Arón y en ello entendió que su destinó era el de los almirantes conquistadores. Se encendió su rostro, gozoso de la fantasía y dijo:

—¿Habéis visto? ¡Ahora vos!

Y le pidió al Buhonero que me sometiera también al juego. Yo estaba algo asustado, pero como el mago tenía una expresión amistosa me tranquilicé. El Buhonero tenía el don de las gentes amables en las que todo el mundo confía, y así, noté como el frío soplo de su magia acariciaba el interior de mi cabeza sacando a la luz mi intimidad. La visión nos trajo el interior de un navío de combate, parpadeaban las luces del puente de mando. Un joven guerrero vestido de almirante y en el que se adivinaban las profundas huellas del cansancio y de la lucha, reposaba su barbilla sobre la mano que empuñaba el pomo de un sable marinero. El soldado tenía un actitud reflexiva. Era yo. Vi mi rostro, aún de muchacho, en el fuerte cuerpo de un hombre de poderosas manos y revestido de símbolos que no reconocí. Sus guedejas resplandecían al contraluz de los paneles y una capa majestuosa cubría sus hombros. Y aquel rostro de mi propia representación, expresaba un infinita y contagiosa tristeza, miraba hacia algún desconocido lugar, anhelando quién sabe qué inalcanzables sueños.

Cuando la imagen se disipó rogué al Buhonero una explicación que la esclareciera pues estaba muy impresionado. Frotándose las manos gordezuelas llenas de anillos y sortijas, el mago dejó pasar unos instantes hasta que habló:

—Sire, ¿quién soy yo para interpretar los pensamientos del que regirá los destinos de la Galaxia? —. Y había un tono extraño en sus palabras.

—No temas —repuse—, esta es mi fiesta de despedida del pasado, y olvidado éste, no hay lugar para ocultar el futuro—. El Buhonero, admirado de mi lógica, respondió cortés:

—Hermosas y complicadas palabras, sire. La visión parece decir que vuestra llegada al poder será dura, violenta y fratricida. Y ello os hará infeliz.

Al oír tales expresiones, los invitados callaron asustados, recordando, aun en su ebriedad, quien era yo. Pero reponiéndome les sosegué ordenando seguir con la fiesta. No obstante, Hamal Dabih dijo con gesto adusto:

—Nada creáis de lo que se ha dicho. Este es un juego bastardo que no tiene fundamento, y si me lo permitís —y acarició la empuñadura de su daga vibratoria—, lo expulsaré tras interrogarle, no sea que fuere un espía republicano.

No era éste mi ánimo y conteniendo sus impulsos patrióticos y pasando mi brazo por sus hombros nos acercamos al mago.

—Acompáñanos amigo Buhonero. Estamos seguros que tu charla y tus variados viajes nos serán de gran provecho.

Nos recostamos en unos cojines ingrávidos Za. Y como Hamal Dabih estaba alegre, olvidó su ira y entabló conversación con el grueso adivino. Y si el joven guardiamarina presumía de pequeñas singladuras, resultaba que el Buhonero conocía toda la Galaxia, pues era su oficio divertir a las gentes de todo el mundo.

Hicieron su aparición nuevos manjares y sin dudarlo, hundimos nuestros dedos en la carne y en las salsas lechosas, y las fuentes de refritos y las bandejas de avecillas llenaron nuestros estómagos de mejores razones que cualquier otra lógica o entendimiento. El Buhonero explicó que Thubán era un lugar privilegiado de importantes acontecimientos. Los thubaní —decía—, son gentes sorprendentes, de manera que con ellos nunca se sabe lo que reserva el momento siguiente. La vida de la capital no es apacible como en Axón, sino llena de aventuras y peligros. Porque las gentes viven pegadas las unas a las otras y siempre surgen amores y desavenencias que son motivo de lances y altercados. Nadie en Thubán se preocupa de trabajar, pues todos tienen rentas heredadas de sus antepasados y su criden es muy considerable. No guardan respeto a las instituciones, y las críticas contra el gobierno son cosa corriente, habiendo verdaderos artistas a este afán dedicados. Y el que las gentes expresaran su opinión contra el gobierno, parecía imposible y hasta pueril a nuestros ojos. Y preguntó Hamal Dabih:

—¿Cómo puede el gobierno dictar una ley o una sentencia, si las gentes no la acatan?

—Sólo cuando el dictado interesa a la mayoría —respondió el mago.

—¡La mayoría! —exclamé—. Pero eso es terrible..., —y me imaginaba a todos los thubaní gritando a la vez.

El Buhonero se rió de nuestra ignorancia. A su entender era fácilmente comprensible. Pero la más preciada cualidad de la lejana ex-capital imperial —nos confesó—, era la del imaginador de historias, ellos y sus creaciones tresdé son los dueños de la noche thubaní. Adorados, admirados y queridos hasta el delirio, los dioses hacedores de la fantasía suponían la única puerta de escape al tedio vital, que el Buhonero aseguraba, se había apoderado de Thubán.

—¿Eso es lo que más vale hoy? ¿una historia? —Musitó Hamal Dabih—. No lo creo yo así, tiene más valor un deseo, una ilusión, algo que anhelar. Eso es lo que realmente vale —y los ojos del cadete naval se perdían en el éter de sus sueños. Mi opinión era mejor:

—Tenéis razón ambos, una historia y un deseo forman la aventura, vivir cada día adentrándose en lo no predecible, en lo desconocido. Esa es la vida que quiero para mí.

—Nadie corre ya aventuras —respondió el Buhonero con un dejo nostálgico. cuando ocurre algo distinto, se supone que son desgracias, un accidente. Sólo un vagabundo puede afirmar que vive sin ataduras sociales, pero el precio es muy alto.

Estas palabras acariciaron mis propias ideas y por este motivo inicié una discusión intencionada mientras vaciaba la cerveza de mi jarra sin pesar ni medida.

—No hay precio para la aventura —afirmé—, la aventura es formarse a gusto la personalidad, la vida, el carácter y el destino. Moldear una réplica de uno mismo instante a instante.

—Ciertamente sire —contestó el Buhonero—, con una salvedad, la aventura es algo más que una definición de existencia. La aventura tiene hoy un contenido humano, corre a ras del suelo, a haces de los zócalos. No hay aventuras entre los notables, ni en las hombreras de los almirantes. La aventura viaja pareja a la hez, con los rufianes, los ladrones, las prostitutas, los soldados, los piratas y los terroristas. Nunca gozar del espectáculo de las masas sea considerado aventura, eso para los tiranos. Hay que gozar de los acontecimientos por nimios que sean, de las gentes que nos rodean, haciendo de nuestra vida nuestro propio escenario.

9

Un estremecimiento me recorrió mientras le escuchaba, decía verdades que yo sospechaba. Pero aun así y oyendo mis pensamientos, le respondí:

—Mis ideas son algo más que un suceso nimio. Pienso a menudo en pueblos planetas y ejércitos.

—Difícil aventura es ésa —exclamó—, la gloria ha tiempo que descendió de los tronos reales a las singladuras a lo desconocido. Nada hay de aventurero en enfrentar dos ejércitos, cualquier sargento puede hacerlo. No hay gloria entre los muertos, ni en las bocamangas de los mariscales, si acaso horror.

—Debo reconocer que tus palabras me hacen dudar —le contesté—, turban mi espíritu y me hacen constatar razones que ya intuía. Tengo grandes dudas sobre todo lo que me fue enseñado. me educaron para servir a tres dioses: La Ley, la Lealtad y el Trabajo. Siempre sospeché que cualquier máquina viva podía hacerlo mejor que yo, aún más, sin deseos de desobedecerles.

—Eso es la libertad. La posibilidad de desobedecer cualquier mandato — y añadió—, incluso la Ley.

Hamal Dabih escandalizado por lo que oía, se azaró, pero habiendo bebido en demasía y después de balbucir algunas incoherencias, optó por callar de nuevo.

—He aprendido muchas leyes —repuse—, conozco los trabajos de mis súbditos y las necesidades que les someten. Y sé Buhonero, que no soy más libre que ellos. Una multitud de seres se interponen entre mis deseos y los hechos, estúpidas máquinas me recuerdan mis problemas primero, y me los resuelven después con eficacia pero sin remisión. Mi futuro es triste, Buhonero. —Y dirigiéndome a Hamal Dabih que se encontraba desconcertado por mi discurso, añadí:

—Puedes estar contento amigo mío, tú verás las estrellas de mil sistemas, conocerás las tormentas siderales y las luminosas novas. Conducirás banderas y legiones en mi nombre, pero yo —el nombre— agonizaré rodeado de enormes ordenadores vigilantes, máquinas impertérritas y multitudes de nobles aduladores arañándome continuamente para conseguir una prebenda. Deberé firmar las penas de muerte, de hombres, cuyo único crimen será probablemente luchar contra la invasión. Venerarán mi imagen en toda la Galaxia a cambio de paz y Ley. Paz bajo las oriflamas y gallardetes imperiales. Y mi mano no podrá temblar porque como sabéis me asiste la fuerza de la Ley Imperial.

Estas palabras entristecieron a mi insigne primo, que musitando frases de consuelo me palmeó la espalda con camaradería. Estábamos borrachos y el Buhonero, que también había llenado su panza de la tibia cerveza de Oloy, dijo:

—En verdad sire, que soy feliz de ser un simple mago habilidoso, pronto estaré en Thubán, un año todo lo más, lejos de esta revuelta periferia.

—Iría contigo —musité.

—Sería un honor —afirmó a modo de cortesía, no creyendo posible tal evento.

Me levanté entonces, y ordené a las máquinas vivas que adecuaran otra estancia, y a las bellas meretrices las mandé con otros amigos pues su presencia no nos era necesaria. Después nos dispusimos a reanudar la conversación. Los tres nos sentíamos rodeados del calor amigo que proporciona la bebida bien criada.

—Deberíais saber —anuncié—, que deseo visitar Thubán y los otros mundos maravillosos.— Y Hamal Dabih dijo:

—¡Habrá que esperar a conquistarlos primero! Allí son republicanos.

—A fe mía que será la única manera —añadió el Buhonero.

Sin embargo, me encontraba excitado y las pasiones que corrían por mis humores no tenían medida, de manera que insistía e insistía:

—Me gustaría acompañarte en tu regreso a Thubán —le dije al Buhonero, y al hacerlo golpeé el puño contra la palma a modo de afirmación enérgica.

Al oírme se sintieron incómodos, porque no encontraban decente que porfiara en una idea tan descabellada. Pero mi plan corría ya parejo con la locura. Y por ello dije, mientras un escalofrío me recorría por tanto atrevimiento:

—Es mi intención rogarte una plaza en tu viaje, amigo Buhonero.

—¿Puedo preguntaros si habláis en serio? —inquirió asustado. Sus rostros se demudaron, en especial el de Hamal Dabih. Y el Buhonero añadió:

—Debo rogaros sire, que meditéis vuestras palabras, porque aun siendo producto de la circunstancia, ponen en peligro mi estancia aquí y avergüenzan a vuestro amigo. Retened la razón por un momento y pensad, que quizá mañana o dentro de un rato, cuando la farmacopea para estos casos os devuelva la cordura, desearíais no haber pronunciado tales desatinos.

—¡No! —grité—. No despertaré para ser de nuevo una persona obediente, sumisa y... ¡sola! Quiero hacerlo lejos de aquí, y en la lejanía decidir qué, a dónde y por qué. ¿Entiendes Buhonero?

—Difícil entendederas tiene —contestó—. Debéis saber que no pondré en peligro mi vida y que detesto los juegos en que no conozco las reglas. Pero os hablaré con franqueza incluso sin conocer vuestras intenciones. No me son gratos los reinos y menos los imperios, mi corazón es fervientemente liberal y me guían lemas de fraternidad. No creo ser el más indicado para vuestros propósitos, ni siquiera para aconsejaros.

—¡Señor! —intervino Hamal Dabih—. No puedo creer que deseéis abandonar Axón y menos faltar a vuestro deber. ¿Se trata de un juego?, ¿no es verdad?

—¡No! —le respondí con frialdad—. No es un juego. Tampoco pretendo dejar a Axón en la anarquía. Los humores que me recorren son el detonante, ¡la adrenalina que me hacía falta para atreverme a desobedecer! Es mi deseo —añadí— que tú Hamal Dabih, asumas la regencia en mi ausencia.

Se confundieron de tal manera que no acertaron en su estupor a articular sonido. Además no era cierto que tuviera pensado ningún plan, las ideas salían de mi boca según se me ocurrían. Fingía determinación, intentaba dar a mi huida la seriedad de lo premeditado.

—Pero señor —gimió por fin Hamal Dabih—, eso no es posible, llamad a vuestro senescal, él os lo explicará.

—No. Solamente nosotros sabremos de esta componenda. Comprended que de lo contrario pasaría el resto de mi vida dando aclaraciones. En cuanto al Cetro de Hierro, no voy a regalártelo, lo regirás diez años por ejemplo, después si no lo he reclamado, puedes quedártelo.

—¡Qué tontería es esa! —exclamó el cadete recobrando de un golpe toda su apostura.

—¿Debo entender...? —preguntó el Buhonero todavía incrédulo—, ¿que estáis dispuesto a realizar semejantes disparates?

—¡Exacto!, y necesito que lleguemos a un acuerdo.

El Buhonero negó con la cabeza. Únicamente era un mago y no tenía derecho a mezclarle en una estúpida chiquillada.

—Nadie saldrá perjudicado. Hamal Dabih anunciará su partida a la par que yo la retirada a mis aposentos, pero en el camino nos confundiremos y yo tomaré su aeromóvil. Tu, Buhonero, me esperarás en el astropuerto. ¡Rumbo a Thubán y la libertad!

—Eso no puede salir nunca bien —dijo el Buhonero.

—¡Os censuro! —gritó Hamal Dabih incorporándose. Os censuro señor —repitió—, y no quiero participar en este engaño. El Gran Gurdja me mataría. Debo preguntamos si esta fiesta ha sido un ardid para corromperme. —Y lo dijo con el orgullo de la escuela que había hecho de él un magnífico guardiamarina.

—¡Basta! —grité—. Tengo mis razones! Ellas son más fuertes que el deber, que la patria y el imperio. ¡Es mi vida, mi libertad! No me lo pongáis más difícil, mi paciencia tiene un límite. Necesito sentir el mundo, correr la aventura a ras del suelo como tú decías, Buhonero. ¡Ver o perecer! Después, cuando haya visto mi figura reflejada en la gasa galáctica, podré asumir imperios o reinos, pero hoy quiero vivir. Terminemos esta discusión, estoy cansado de palabras. ¡Aceptad u os acusaré de traición! ¡Aceptad y todos viviremos! Tendréis vuestra recompensa en metálico. ¡Elegid!, mi plan o mi ira.

—Es injusto... —dijo Hamal Dabih—, ponéis a prueba todos mis sentimientos, todo aquello para lo que he sido educado. ¿Creéis que este descabellado plan saldrá bien? Yo os lo diré: ¡No! Es imposible, no cuenta con ninguna posibilidad. Darán la alarma, mandarán aeromóviles con detectores y en pocas horas os atraparan. Después caerá el escándalo sobre vuestra casa y sobre mí la traición. No podéis hacerme esto y no podéis hacérselo a Axón.

—Te comprendo —respondí—, pero no conozco a nadie que pueda ayudarme, tu eres mi único amigo. Y la familia... ¿Acaso mi padre, al que apenas he visto en mi vida una docena de veces, es mi familia?, ¿lo es el senescal?, ¿los soldados de mi casa?, ¿mis preceptores...? ¡Yo soy mi casa! Quieren hacerme emperador, ¿y qué es eso?, te lo diré: es poseer menos libertad que la más idiota de las máquinas vivas. ¡Para ti el imperio, te lo regalo!

La cerveza me había enturbiado el ánimo y disparataba.

—Hundiréis a los Asarya —insistió Hamal Dabih—, estallará una guerra civil.

—La nobleza no será tan tonta. Gurdja abdicará y nombrarán otro regente. A ti probablemente.

—El Gran Gurdja no os lo perdonará.

—Yo tampoco se lo he perdonado a él. ¡Iblis me asista! —blasfemé—. Me ha tenido encerrado como si fuera una pieza de museo. Tengo en mi cabeza todas las leyes de esta maldita Galaxia. Algunas veces me vienen a la memoria párrafos enteros, entonces le odio, odio este planeta y todas sus gentes. Soy un hombre, no un códice. Pero acabemos..., ¡estoy decidido! Son muchos años pensando en respirar, no voy a echarme atrás por una cuestión patriótica. ¡Yo soy mi patria, yo y mi gato Fino, eso es todo lo que me importa!

—¿Cómo habéis llegado a estas razones? —quiso saber el Buhonero.

—¿Razones? ¡Puro instinto de supervivencia! ¡Me han educado para ser un genio de la lógica, para disponer de la información sin la premura de la emoción, pues bien, la razón me dice que salga corriendo, ¡y por Gea!, que eso voy a hacer.

El Buhonero no respondió, y su prudente silencio fue roto por el sofoco de Hamal Dabih que dijo:

—Mi corazón se estremece, cerraré los ojos a tan enorme locura, pero no me pidáis mi colaboración. Liberadme de esta reunión, partiré hacia mi escuela cuanto antes.

Había tal determinación y sufrimiento en su rostro que bajé los ojos apesadumbrado, di algunos pasos y respirando fuerte le respondí así:

—Vete, aunque espero que nunca cuentes esta historia. Ten por seguro que volveremos a vernos, pero ya nada será igual. —Y le tendí la mano, pero él se inclinó ligeramente y esquivándome murmuró un adiós y salió en busca del senescal para preparar su partida.

Volví la vista al Buhonero seguro también de sus reproches, estaba sólo y mejor me hubiera ido no articulando palabra en toda la jornada.

—Era un mal plan —sentenció—, complicado y con demasiada gente por medio —calló un segundo—. ¿De verdad queréis salir de Puppis? ¿Dejar vuestro reino y galopar libre en el espacio?

—Así es —le contesté con indiferencia. No estaba ya dispuesto a aguantar las reprimendas de nadie.

—Entonces voy a ayudaros —y ante mi sorpresa añadió:

—No imaginéis que lo hago por miedo o que me siento obligado de algún modo. Encuentro que vuestros motivos son de peso y no tienen la locura que aparentan. Voy a ayudaros por convencimiento. Soy un hombre de firmes convicciones, os daré la oportunidad que pedís, conduciéndoos a Thubán sano y salvo. Eso es. Sé que vuestro deseo es irreflexivo, ilógico y pueril, pero toca la fibra más sensible de mi ser: tenéis derecho a equivocaros, a desobedecer y en suma a arruinar vuestra vida.

—Te pido ayuda, no consejo —respondí molesto por su discurso.

—Y os la voy a dar, os esperaré con mi aeromóvil pasado el primer puente. Ya casi es de noche, estad allí dentro de media hora.

Se levantó y se fue. Permanecí un tiempo boquiabierto, pero reponiéndome, busqué al senescal y di por terminada la fiesta. Pasé mi brazo por el talle de una meretriz y le espeté al confiado ministro:

—Si aprecias en algo tu futuro, no me molestes salvo que Axón se hunda en la Gehena.

Una vez en mis aposentos no le di tiempo a la meretriz a esbozar una sonrisa, armado de una fuerte resolución le golpeé en la cabeza y la amordacé fuertemente para evitar que diera la alarma. Rebusqué entre mis pertenencias ropas más adecuadas y quiso la fortuna que entre ellas apareciese un cinturón de supervivencia que sin dudarlo me apliqué a la cintura. El gato Fino dormía enroscado sobre la tabla de dormir, y arrebatado por la ternura que su contemplación siempre me producía, lo metí en uno de los bolsillos laterales de mi pernera. Sacaba solamente el morro y lo bigotes. El corazón me latía acelerado por la emoción, sentía casi placer en el acto de desobedecerles. Descendí con mucha cautela las escaleras que conducían a la sala capitular, donde mi buen senescal guardaba el crédito metálico. Fue fácil apoderarme de una apreciable cantidad de monedas. El tiempo volaba, corrí por los pasillos empedrados y doblé las esquinas de los claustros hasta que cerca de la gran sala, escuché el barullo de los invitados saliendo. Eché mano a una túnica de fiesta y endosándomela cubrí mis ropajes de marcha. La prenda aun estaba húmeda de ecos y risas, de charcas de cerveza y lagos de vino. Al llegar al cuerpo de guardia palmeé con brío las espaldas de los soldados de la casa Asarya. El oficial se sobresaltó al verme, más todavía por mi disfraz, las botas asomaban bajo la túnica y el gato Fino manoseaba la tela desde dentro. Con el respeto debido me consideró la inconveniencia de mi presencia entre tanta gente, pero yo le sonreí diciendo:

—Contemplaré las estrellas antes de dormir—, y caminé hacía la puerta de salida, que era un largo pasadizo flanqueado de máquinas criden.

El oficial, más preocupado por su cuello que por mi seguridad, insistió en lo inoportuno del paseo. Fingiendo enfadarme le grité:

—¡Iblis te lleve! Mal futuro tienes en la guardia si empiezas fastidiándome el día de mi fiesta —y con aire ufano y despreciativo seguí mi camino, no sin observar como destacaba disimuladamente un soldado para que me acompañara. El infante se echó al hombro su arma y con paso cansino me siguió. Vi las estrellas al fondo del túnel y la nieve iluminada por las luces de los aeromóviles como un mar esmaltado de libertad. Unos pasos más y estaría fuera, después una carrera corta y el puente...

En ese momento aparecieron corriendo y dando grandes voces el senescal y mi primo Hamal Dabih, y tras de ellos gran tropel de soldados y servidumbre. Gritaban para que me detuviera. El soldado titubeó un momento, no sabía si ponerme la mano encima y detenerme, o cualquier otra maniobra. Me quité la túnica a toda prisa y le propiné un fuerte empujón que lo derribó. Corrí cuanto pude, atrás dejaba sus voces, las estrellas tiraron de mí.