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Dago el Cruel LIBRO CUARTO - X - La Lestai. La llamada del Eloim. El hijo del Carnero. Los auxiliares. Xirina y el deseo. En la taberna. La Gran Asamblea Noor. |
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Apenas recibió Jumo el mando del navío me nombró su segundo, y éste nombramiento no fue del agrado de ciertos capitanes de la Sirk pues hacía tiempo que conocían mis radicales andanzas en la Ansar. Pero Jumo no tenía en cuenta esos detalles, yo era su amigo y socio, ¿no me había endeudado para habilitar una nueva casa en el barrio más elegante de Pandemónium? Bien nos advirtió Sheratán de la necesidad de logros. Es cierto que profesaba gran estima al guerrero, pero también sabía de su mala cabeza y de sus arrebatos. Lo que ignoraba es que mi mano guiaba realmente la fragata que bautizamos con el pomposo nombre de "Lestai", que significa "Bandidos". Aún recuerdo mis palabras cuando Xirina estampó el vino espumoso contra el mascarón de proa: "Subamos a bordo, un año de éxitos nos aguarda". Como así fue, recorrimos los espacios próximos a Uter desbaratando las comunicaciones reales, y nuestro botín fue cuantioso, acrecentándose nuestra fama entre los piratas. No nos fueron a la zaga otros jóvenes capitanes. Las nuevas generaciones, hábiles y atrevidas, asestaban sus golpes cada vez más cerca de Axón, nuestro ancestral enemigo. Jamás el Caos había tenido tantos y tan bien pertrechados efectivos. Marineros de toda la periferia se acercaron a Noor enrolados por los Algaibs. El apetitoso décimo engrosaba las cajas de la marinería y Pandemónium llenaba con carne musculosa sus desnudas costillas de antaño. He de añadir, sin embargo, que hubo voces que no vieron con buenos ojos esta recluta, amantes de la tradición fueron sus dueños, gentes que no sabían reconocer el signo de los tiempos. Y un día los instrumentos de todos los buques piratas recibieron un llamado del Eloim para regresar a Noor. La SBHAC consideraba llegado el momento de celebrar la Gran Asamblea Noor. Los capitanes no se hicieron rogar, su destino como pueblo se encontraba en este acontecimiento. Más de cincuenta naves enfilaron sus proas hacia el planeta negro, era la flota más poderosa de la periferia a excepción del Reino. Los estados cercanos a la Gran Nube Negra mantuvieron el aliento cautelosos, Axón curándose en salud, alertó su flota destacada en el planetoide Qubhah. El astropuerto Noor nunca había tenido tantas naves atracadas, los muelles se hacían pequeños según los capitanes arribaban a Pandemónium. Llegaron asimismo naves de fuerzas aliadas invitadas por la Sociedad Benéfica. Entre ellas y destacando por su belleza, se encontraba un destructor imperial, sí, habéis oído bien, un estilizado destructor de la marina de guerra del Estado Libre del Carnero, antiguo Espacio Imperial que a la caída de éste, y por obra y gracia de los comerciantes de resina armistaní, se hizo independiente, contratando para su defensa a un veterano General Almirante, jefe de la guarnición local, quien con toda su legión no dudó en ponerse a disposición de los contrabandistas. Se llamaba Dun Qarnaim, era de raza mods, raza que había servido de base a las últimas legiones imperiales y que incapaces de soportar la autoridad republicana se habían dispersado por toda la Galaxia, aceptando los más insólitos trabajos. Dun Qarnaim tenía una legendaria fama en la periferia, era un hombre muy fornido y de magnífica planta, en nada decaída por su edad. Acostumbraba a hablar muy poco, pero cuando lo hacía, se diría que los truenos se desataban en su misma boca. Sus hombres, que lo adoraban, le llamaban el hijo del Carnero, y así mismos se tenían por los carneros espaciales. Iban siempre fuertemente armados al variopinto gusto de las tropas mercenarias y usaban máscaras de guerra que, a más de facilitarles la respiración en Noor, mostraban a los curiosos piratas lo estremecedor de su oficio. De su cascos de combate pendían cuernos de carnero, de los que se criaban en Armistán, pintados a listas negras y blancas según el pabellón de Karneios, planetoide enmascarado donde tenían sus bases. Llevaban uniformes vistosos y sus armas, limpias como patenas, eran de indudable factura thubaní, tan apreciadas en la periferia. Una docena de ellos cubrían la marcha de su General Almirante por las callejas de Pandemónium, mientras la chiquillería, siempre dispuesta al remolino, correteaba a su lado con toda la admiración de sus corazones infantiles. El planeta negro rezumaba agitación y en los rincones y en las plazas rodaban de boca en boca los rumores y las esperanzas, se hablaba de una pronta alianza de las fuerzas ocultas en contra del Reino, y en los recovecos se decían unos a otros que la profecía estaba a punto de cumplirse. Pero esto era así porque los noor ansiaban oír el chasquido de sus trenzas de tripa sobre las espaldas Tomii-Arón. Y no sería sincero ocultaros que Jumo y yo, metidos de lleno en nuestra propia aventura y contemplando la habilidad con que sorteábamos los tiempos, nos regocijábamos ante él porvenir. Eran tiempos adecuados para hombres como nosotros, las masas de protegidos se encontraban temerosas. La República se preparaba para extender sus fronteras, y los Reinos, nostálgicos de la Ley, querían atar lo que durante un milenio había estado sujeto por la Ley Groor. Pero en medio, nos encontrábamos los Noor, la fuerza del Caos, tomando a manos llenas las oportunidades que el albur regala una vez cada mil años. Pandemónium temblaba de excitación al imaginar la Galaxia vuelta del revés. Decididos estábamos los auxiliares a empujar la talasocracia Noor todo lo que hiciera falta, y como éramos piratas, hombres de espada y lengua, la Ansar se reunió antes de la asamblea para construir la conspiración en las volutas del humo de nuestros skatt. |
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¡Ah, el placer de edificar nuevos mundos en la mente!, ¡derribar lo viejo en una bocanada para que amanezca el personal deseo! Más fuerte que nosotros mismos era la conspiración. Repartíamos el mando de la flota Noor, luego la periferia, el centro, y finalmente todo el mundo sin ningún pudor. Éramos más de cincuenta entre capitanes y oficiales, los mejores de Pandemónium. Nos hallábamos en el gimnasio de la escuela naval y Salm Zavijaba, voz de serpiente, retorcía sus palabras al compás de su afilada barbilla: —¿Quiénes somos y dónde vamos? —decía—, imagino que ésta es la pregunta que os hacéis. Sabed amigos que es una duda inútil, muy otra debe ser la pregunta que aquí nos planteemos. Ella es: ¿qué es lo único que nos puede detener? Os lo diré, es algo que medra en nosotros, que adopta la forma de una reluctancia anímica, inercia física, llamada miedo, ese miedo que nos paraliza, que nos convierte en viles protegidos. ¡Pues bien, hermanos! Basta de repasar las cuentas de hueso del rosario de la mansedumbre, nada hay que temer. Olvidaremos códigos, leyes, uniones y pactos, desharemos nuestra palabra porque nunca la dimos. Las ideologías fenecen al tratar de justificar sus poderes, haciéndolos leyes y normas, aquí no necesitamos esa medida, carecemos de ideología. El mundo contemplará atónito a los conquistadores que no ofrecen nada. Abandonemos las emociones y los sentimientos. Es necesario caminar con pesada bota, aplastar al enemigo anclado en el temor. No se dedica una vida a la guerra para morir por ella. Estas terribles palabras apenas levantaron murmullos en los oyentes, los piratas gustan de los discursos pero jamás aplauden, todo lo más, golpean con las vainas en sus canilleras. No obstante, el animo de los presentes se había encrespado y Thalit de Mebsuta se levantó dispuesto a hacer méritos y anunció los motivos de su pertenencia a la Ansar: —Comí en mi infancia el triz de los protegidos mientras otros hombres se saciaban de experiencias, despreciando mi pobreza, y por eso, no daré cuartel a nadie que tenga que ver con este estado de cosas. Y la diferencia entre ellos y yo, es que ellos desean el poder por el beneficio, y yo, además, quiero doblegarles y humillarles a mis flancos. El estruendo aumentó con la intervención del mods, decía cosas que todos entendíamos: la agridulce venganza. Animé a Deneb Kaitos a que hablara también, y como era su modo, fue más comedido: —No me importan las razones de la Ansar, sino sus resultados, soy marino y he leído en las estrellas que el destino pasa por nosotros. Los tiempos premian a quien los entiende y castigan con el olvido al que los ignora. Después hablaron otros capitanes y hasta yo mismo, pero no añadimos nada nuevo u original, únicamente el hincapié que hice en la necesidad de una dirección con carisma, a ser posible de un hombre limpio de rencores y humillaciones. Y Salm Zavijaba escuchó ceñudo mi propuesta, pues se consideraba líder indiscutible de la Ansar. No sabía que Simón y yo teníamos otros planes. Entretanto, Jumo, ignorante de estos manejos, por desinterés no por otra cosa, reposaba de las pasadas singladuras en las tabernas portuarias, de las que era proverbial cliente. De este modo, la bonita casa que habíamos adquirido permanecía vacía, acumulando polvo y telarañas. Se nos hacía cuesta arriba adecuarla a nuestra actual posición, siendo así, que aun vivíamos en la vieja rodeados de la pátina que en el fondo tan bien nos acomodaba. Una tarde, habiéndose enterado Xirina de que la gata She se encontraba embarazada y suponiéndose lo desatendida que estaría por la vida que llevábamos, se acercó a visitarme, dispuesta a cantarme algunas verdades. La primera impresión la asustó, estaba todo tan sucio y desangelado... Además, había adelgazado y la barba de varios días hacía mi cara más angulosa y cruel. Me encontraba componiendo una bomba anunciadora, de las que a veces hacíamos uso en las plazas, y por ello su entrada me molestó. Y dijo: —Ciertamente, Martín, que has cambiado desde que frecuentas algunas compañías, se dice que pasáis por encima de los derechos de las gentes y subvertís a los jóvenes, y vuestros métodos, me han dicho, superan en violencia a los propios banif. Mas no he venido a reprenderte, sino a decirte que me llevo tu gata, porque ni tú ni Jumo os hacéis cargo de ella y hace días que maúlla solitaria por el barrio viejo. —Puedes llevártela y hasta quedártela —respondí preocupado en otras cosas—, no es tiempo de gatos ni de melindres parecidos. Y viendo Xirina que volvía a mis trabajos, añadió: —Ya veo que tus quehaceres son importantes, y no sólo más que los gatos sino también que las personas. |
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Irritado por sus palabras la contemplé con animosidad, pero quiso el destino que en mi pensamiento se cruzaran, el rijo que su presencia hacía aflorar en mí y la sensación de impunidad de sabernos solos, con el hecho de llevar tiempo sin una caricia, haciendo que la deseara allí mismo, pues sus pechos eran firmes y sus caderas acogedoras, y tenía el cuello blanco como la leche y el principio de sus senos se adivinaba tras el escote. Di un paso y tomándola la estreché con vigor buscando su cuerpo con las manos. Pero luego de un momento de indecisión, me apartó y mirándome con acritud me recriminó esta conducta. Olvidando toda prudencia, repuse: —Xirina, soy un hombre, un varón de tu propia especie que te desea, y mi idea de la vida no pasa hoy por concesiones, todo lo contrario, y si te parece mal debes excusarme pero no culparme. Sin embargo mis palabras eran inciertas, porque lo que me hacia comportarme así no era otra cosa que el morboso deseo de saber que era una mujer prohibida y madura. Xirina recogió la gata y se despidió. No seguí con mi trabajo, la desazón que me recomía me alzó por encima del desplante y sin pensarlo más me encaminé al astropuerto con la intención de enjugar mi pena en compañía de Jumo. Lo hallé en el muelle, rodeado de marineros y chiquillería. Al verme dijo a todos los presentes: —Aquí tenéis al hombre que me guía, mi mejor amigo y el apoyo más sólido. Y las gentes me observaron con curiosidad, es cierto que poseía alguna fama, pero en modo alguno comparable a la de Jumo, más bien diría que se me tenía por un hombre altivo, de fuerte voz y reposadas maneras. Pusimos rumbo a una taberna de la que éramos asiduos y conocida como "el Codo" aunque su verdadero nombre era la Esquina, pero no me negaréis que este apodo es más representativo de lo que allí se hacía. El local no era muy grande y estaba mal ventilado, parece como si las gentes necesiten del arrobo de lo sombrío y el trasluz equívoco, para que la negra cerveza haga su efecto y las manos se llenen de carne blanca, carne amable con la soledad, carne alegre que no exige nada a cambio, apenas unos miserables adarmes, ¿quién se atreve a comparar un crédito con la ilusión de amor, placer o virilidad? Había muchos forasteros, carneros espaciales, comerciantes zaqib y titiriteros llegados para animar Pandemónium. Todos ellos rivalizaban en bulla con la marinería noor, y los había enzarzados en partidas de dados y otras apuestas menos nobles. En los corros, los veteranos rivalizaban con sus historias con los mercenarios de Karneios, y a cuales palabras más atrevidas. Apoyados en la barra y medio iluminados por los reflejos de las brillantes botellas de licor, oficiales piratas en actitudes insolentes. El gesto, la expresión que cada uno gusta de sí mismo, primaba sobre cualquier otra cosa. Las meretrices subían las escaleras de las habitaciones superiores del brazo de sus necesitados, para bajar no mucho después a la conquista de nuevos clientes. Un pirata sentado en un banco de tres patas tocaba un violín, pero su música se pegaba al humo, resbalaba por las voces y caía al suelo donde era pisoteada por la indiferencia. La cerveza era el elemento de unión y manchaba las mesas, el suelo y hasta los uniformes. El hijo del Carnero se sentaba en una mesa apartada con algunos de sus hombres y con él estaba también Simón Agrippa y algunos oficiales de la Ansar, y hablaban de lo de siempre, de los tiempos, de navíos, de sables y fuerzas secretas. Y al vernos llegar nos saludaron y nos pusieron agradables jarras en las manos y así que bebimos entramos en la conversación e hicimos predicciones tan disparatadas como el que más, porque éramos piratas amantes de la charla tanto como de la lucha. Cayó la noche, aunque sólo afuera, subieron los tonos y el consumo de licor, y las luces se apagaron un poco, carcomidas por la niebla del Armistán. Un puño salió a relucir, y un marinero perdió un diente y le manó sangre y blasfemias de los labios, y las prostitutas, hartas de rebuscar, se sentaron al lado de los oficiales y apoyaron las cabezas en los pechos velludos, tatuados de estrellas, y por un momento se dejaron acariciar por nada, por afecto y camaradería. Las historias menores quedaron reducidas a brasas en el aire, y la mejor de todas se enroscó en los skatt y ruló de cabeza en cabeza, abriendo ojos de admiración y deteniendo respiraciones, y era naturalmente la que Jumo contaba: la lucha que en un estado lejano llamado Hidra, habían mantenido sus habitantes contra un sabio diabólico que pretendía esclavizarles: —Hidra —relataba el guerrero— es un planeta de una pequeña estrella del mismo nombre, su tierra es pobre y sus pobladores sencillos, viven de sus cultivos y de sus mares. Apenas un par de naves atracan en su astropuerto en cada estación, y su únicos visitantes suelen ser gentes desterradas del Reino de Casiopea del que el planeta es vasallo. La guarnición es reducida, la vida tranquila y es raro ver una moneda circular de mano en mano. Pero un día llegó un hombre a la capital, decían que era un sabio cuyo pecado fue tentar las creencias de las gentes, que venía de tierras muy lejanas de las que también había sido expulsado, se llamaba Trihe y hablaba al modo de los nobles Groor. Durante un tiempo nada pasó, los hidri terminaron por olvidarlo enfrascados en sus cosechas o en remendar las redes de sus barcas de pesca. Una noche, cuando regresaban de tomar un vaso y con la intención de echarse a dormir, se encontraron que en el medio de su más bonita plaza el tal Trihe estaba construyendo un entramado de madera, una especie de pedestal. |
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—¿Qué haces? —le preguntaron intrigados. —Me subiré a este púlpito —dijo el sabio—, y hablaré y hablaré hasta que todos quedéis convencidos de mis prédicas. Los hidri se sonrieron para sus adentros, aplazaron el sueño y se sentaron alrededor. Las mujeres trajeron café y dieron de cenar a los niños. Los hombres encendieron sus pipas y murmuraban: —Pocas veces ha cogido éste el martillo —por lo mal que lo hacía. 0—: Ese sierra tan derecho como los pasos de Hasso —que era el borrachín del pueblo. Cuando Trihe hubo terminado su palestra se subió arriba del todo y comenzó a hablar. Lo hacía despacio, con la fuerza de la convicción, y decía cosas tan hermosas y ciertas que los hidri no durmieron aquella noche embelesados por su facundia. Si bien es verdad que nadie del pueblo entendió nada, ni el mismo Comandante del Puesto de Marina. Pero eran tan bellas sus palabras, tan exquisitamente pronunciadas, y sus pausas tan elocuentes, y sus ademanes tan hieráticos, que los oidos se regalaban y el amanecer les cogió a todos embobados escuchándole. Y Trihe seguía, no necesitaba ni comer ni beber. El Sol comenzó a calentar y los oyentes se calaron sus sombreros, y Trihe, seguía, y nadie fue capaz de marcharse pues cada vocablo hilaba con el siguiente en una cadena interminable. El cielo se nubló, y vinieron nubes cargadas de agua, llovió y los hidri se mojaron pero siguieron escuchando, los bebes lloraron hambrientos y los perros ladraron a sus amos exigiendo la pitanza. Y Trihe seguía y nadie fue capaz de marcharse. Pero al tercer día, Hasso, el borracho del pueblo, que estaba lúcido porque habían cerrado la taberna, se levantó, subió al lado del orador se lo cargó al hombro sin escuchar sus protestas y seguido por todos se dirigió a un acantilado, y sin dudarlo arrojó al sabio al mar diciendo: —Haz con los peces lo que con estas gentes. Y aquella noche y la mañana que siguió los hidri regresaron con sus barcas repletas de pesca. La taberna no volvió a cerrar, y del entarimado hicieron columpios para sus hijos. Porque, decían: No están los oídos de las gentes para escuchar a los sabios, sino los sabios para escuchar a las gentes. Esta fue la historia de Jumo. Y quiso la fortuna que cuando ya estábamos ebrios y sentados apurando la última jarra de cerveza, apareciese por la puerta de la taberna el declarado banif Sad Al Bari acompañado de otros compañeros. Venían alegres y tenían necesidad de gritos y grandes risotadas para indicar su condición de jóvenes en busca de camorra. Los carneros espaciales escupieron con desprecio, la marinería se hizo a un lado, las meretrices les dieron la espalda y el tabernero les sirvió con prontitud sabiendo como las gastaban los banif. Jumo, que era experto en tabernas y licenciado en lupanares, se alzó repentinamente, y exigiendo silencio, afirmó con cándida y fingida voz, que recitaría un verso para el gusto de los presentes. Riéronse los banif seguros de su número. Se plantó el guerrero en el centro del local y así que hubo aclarado la garganta con un buen trago, recitó:
Pero al mismo tiempo puso sus ojos bizcos, imitando el gesto estrábico de Sad Al Bari que, al contemplar su propia pantomima entre las burlas de los parroquianos, se sintió muy ofendido aprestando su mano al puñal. Jumo se le acercó y poniendo más bizcos los ojos, le preguntó si le ocurría algo, o si por ventura le desagradaba la poesía. —¡Gitano estúpido! —le insultó Sad Al Bari—. ¡Idiota supernumerario! ¡Veintiuno genético! ¿Cómo osas burlarte tan cruelmente de mí? ¿No hay en tu cabeza un límite para la gracia y otro para la ofensa? Estas palabras, no exentas de sensatez, en nada rebajaron el ánimo del guerrero, ni el mío, bien dispuesto a secundarle. Di un paso, la mano acariciando mi sable Despierto, y escupí en las botas de Sad Al Bari. —¡Perro kafir! —rugieron los recién llegados. Y se dispusieron a atacarnos. Los parroquianos se hicieron a los lados, el hijo del Carnero sonreía divertido, Simón Agrippa conversaba con un efebo, desinteresado en la disputa. Thalit de Mebsuta ya estaba listo para desenfundar su sable y yo iba a imitarle, cuando Jumo exclamó: —¡Alto ahí! ¡Quietas las manos y las espadas! Solucionaremos esto como personas sensatas. Echaremos un pulso de fuerza, ¡eso es! y el que pierda abandonará la taberna. Sad Al Bari le preguntó si tenía miedo a medirse con él, o si estaba viejo como un Chahil y la artritis le devoraba los nudillos. Pero Jumo buscó los argumentos más precisos y mordaces que su extraviada mente alcanzó, asegurando que la mejor manera de dirimir sus diferencias, consistía precisamente en esa competición: el pulso gitano. Lid renombrada en toda la Galaxia por su nobleza. Finalmente el banif, tocado en su fibra sensible, accedió a enfrentársele de tan rara manera. Pusieronse de espaldas uno de otro y agachados pasaron sus manos por las entrepiernas de forma que se las agarraban tocándose trasero con trasero. Advirtió Jumo a su contrincante, que ganaría aquel que consiguiese derribar al otro, tirando hacía sí. Y en estas explicaciones se soltó aduciendo que Sad Al Bari hacía trampas y no se colocaba adecuadamente. Este se indignó. y ya estaba decidido a dejar tan ridículo duelo, cuando Jumo le rogó muy serio que se situara en la postura reglamentaria para ver si realmente lo hacía correctamente. Y apenas lo hizo el banif, dijo Jumo: |
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—Verdaderamente no haces trampas pero eres un idiota falto de picardía y lleno de orgullo. Y cogiéndole rápidamente de las manos tiró de ellas con fuerza de tal suerte que Sad Al Bari se estrelló de morros contra el suelo. Toda la taberna estalló en carcajadas y las meretrices aplaudieron, y cuando acudieron los amigos del caído a reanimarle, Jumo los espantó y cargándoselo al hombro, gritó: —¡Seguidme hombres libres de Noor! Pandemónium duerme sin saber que los banif han sido derrotados, y si acaso confiabais en este hombre, contempladle ahora, no sabe beber sin buscar follón, tampoco sabe mantener la lengua quieta y lo que es peor, ignora las leyes que rigen la política y la guerra. Y salió de la taberna con el cuerpo inconsciente de su oponente, gritando a la gente para que se asomara a las ventanas. Y ante el escándalo algunos vecinos corrieron a avisar a la Vigilancia Naval, porque aquel tumulto corría peligro de terminar muy mal. Los banif desenfundaron sus sables decididos a atacarnos, en la taberna ya peleaban Carneros contra piratas noor. Algunos mandobles restallaron en el aire y negra teníamos la partida, cuando oímos no muy lejos los pasos de la Vigilancia, que a las órdenes del capitán Almuredín Sidi acudía al quite. No lo pensamos mucho, arrojó Jumo el cuerpo de Sad Al Bari sobre sus compañeros y desaparecimos con presteza. Amanecía sobre Pandemónium cuando los da'i —propagadores del Eloim— anunciaron la apertura solemne dé la Gran Asamblea Noor. Se abrió el día festivo y aquellos hombres con derecho a comprar su voto y lugar en la Furqan se levantaron temprano para engalanarse y deslumbrar a sus vecinos, y los niños, recién lavados por sus madres y de la mano de sus hermanos mayores acudieron cantando canciones piratas. Al paso de las gentes los comerciantes autorizados tenían instalados sus puestos de carne asada y pinchos de cordero bien sazonado, y a su lado los cerveceros vendían su negro producto, frío, muy frío. También había teatros al aire libre representando comedias picantes de muy subido tono, y en las esquinas, rodeados de curiosos, los encantadores de serpientes asombraban a los piratas con el hipnótico trance de las áspides. Hubo quien aprovechó para sacarse una muela, pues muchos y renombrados sacamuelas se apostaban de trecho en trecho, ofreciendo como garantía de su buen hacer miles de dientes enristrados de sus mangas, ¿Y por qué no? era un buen momento para consultar al adivino que, apartando del mundanal ruido al interesado con un negro paraguas, le hacía saber que en las líneas de sus manos, en el naipe fatídico, o en un texto al azar del libro sagrado, se encontraba precisamente, una inesperada fortuna. Nada sabía esta multitud de los hombres y los discursos que la Furqan iba a soportar, pero en cada corrillo, los piratas, se jaleaban unos a otros por un capitán de renombre o por un joven prometedor, y a pesar de la aparente anarquía, bien claro tenían todos ellos, que era el momento de cerrar filas en torno a la Sociedad Benéfica, y con el duro sacrificio a que estaban acostumbrados, sacar a los Noor del planeta negro. Sí, todos estaban de acuerdo en arrebatarle al Reino la fértil periferia. Unanimidad que no evitaba otros aspectos del carácter pirata, el pueblo escualo no era fácilmente impresionable. Un gesto, una palabra bien puesta, una buena fisonomía, no les convencía más que los preparados argumentos de un filósofo. Especialmente ácidas en sus comentarios eran las mujeres que, en presencia del orador y a viva voz, podían decir sí el susodicho tenía los brazos flacos: ¿cómo vamos a confiar en él si su amante puede pegarle? Y si por el contrario era muy fuerte, decían: es demasiado fatuo y se creerá el mejor, cuando sólo es una montaña de músculos sin seso. La dificultad de tener al público prendido del orador, había desarrollado el arte de los discursos hasta límites insospechados, eran ampulosos, cargados de golpes de efecto, parábolas, sibilinas alusiones, y otros trucos retóricos, consiguiendo que la Furqan se convirtiera en un movido espectáculo. Además, los piratas tenían por bueno interrumpir al orate con extrañas preguntas, y los noor, juzgaban con fino calibre las respuestas imprevistas. Todas las plazas con derecho a voto en el parlamento pirata habían sido vendidas, y fueron diez mil votos de unidad, o sea un punto para el candidato que fuere, mil votos de decena o diez puntos, cien votos de centena y diez votos de millar. Y estos votos tenían su valor proporcionado y si un hombre deseaba aportar un punto a su candidato, escasamente un adarme ya le autorizaba, pero si quería darle mil puntos debía aflojar de sus bolsillos por cientos de créditos. Esta era la especial talasocracia Noor, el poder pirata. Terminados los himnos, cánticos, vítores, músicas y petardos infantiles, abrió la primera sesión Crispo Crum: el Eloim, que había comprado un voto de mil puntos, dando lectura al Código Pirata. Y al oír de nuevo el compendio que teóricamente regía los destinos Noor, colegí que ni yo ni nadie lo cumplía, ése es el fin que los hombres deparan a sus promesas. Después estalló la alegría del pueblo en una traca aparatosa de fuego y plasma, llenando las calles de Pandemónium del agradable olor de la pólvora y los fuegos de artificio. Subió el Eloim a su puesto de honor, justo encima de la alegoría de la burla, y dio comienzo al discurso inaugural: |
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—¡Hombres libres de Noor! ¡Capitanes y notables! ¡Oficiales, marineros y pueblo pirata! Como presidente de la Sociedad Benéfica de Hermanos Armónicos y Caóticos me corresponde abrir los parlamentos que durante días aventarán nuestras diferencias, hasta que terminada la asamblea, éste sea un pueblo unido y dirigido por sus más competentes hombres. No os aburriré, seré breve, sé que vamos a resolver esta cuestión con eficacia y sin contemplaciones, además, el olor de la carne asada ha despertado nuestros estómagos y hasta yo mismo quiero hincarle el diente. Sin embargo, dejadme que antes me adentre un poco en mi vida pasada para que sirva de ejemplo a lo que creo debe ser el motivo conductor de nuestra expansión. Cuando apenas era un mozo, allá en Thubán, un ansia revolucionaria nos poseía a todos los jóvenes. La República, nuestra propia creación, estaba aquejada del mal de los estados radicales, día a día se nos quedaba corta, queríamos hacer de nuestras ideas, lo mismo que hoy quiere hacer el Caos de sus beneficios: ampliarlos, éramos muchos y estábamos bien surtidos de creencias. Imaginábamos que la Galaxia sería presa fácil de las columnas revolucionarias. En nuestra ceguera, pensábamos que la victoria está siempre al lado de la razón. No entendíamos que las gentes a las que traíamos la libertad, escupieran a nuestro paso. La República hubo de contenernos, conformarse con sus problemas sin traspasárselos a nadie. Todos quedamos desmoralizados, ¡qué terrible decepción!, había que vivir a pesar de las ideas. Aquel desencanto fue tan duro que, al levantarnos por las mañanas, sentíamos la piel quemada por la vergüenza y maldecíamos nuestros días. Muchos abandonamos Thubán buscando en la Galaxia lo que no habíamos encontrado todavía, comprendiendo que no puede expandirse lo que malamente se tiene en pie. Recorrimos todos los reinos, nuestro bagaje fue la libertad y el librepensamiento. En algunos planetas nos encarcelaron, de otros hubimos de huir. Finalmente y para sobrevivir, realizamos toda suerte de trabajos ilegales. De la mano de uno de ellos, el contrabando de resina, llegué hace muchos años a Noor, al Caos. Confieso que tardé en entender el mensaje de Markov, pero hoy y aquí, todos sabemos cual es el papel que nos corresponde: acabar con la tiranía de la Ley para siempre. Henos entonces en el punto más importante de esta asamblea, desde luego que no estoy en contra de la expansión. Sí, salgamos fuera y que la Galaxia conozca nuestras intenciones, que los protegidos escuchen nuestros gritos de victoria, para que avisados, puedan armarse del valor de combatir la Ley. El Orden y los enemigos del Orden nos odian, porque mientras el Caos tenga fuerzas, nadie se impondrá en esta parte de la Galaxia. Por ello el Caos es la fuerza que aglutina a los enemigos de la Ley, a todos aquellos que están dispuestos a impedir al sistema sobrevivir a su decadencia. Y antes de iniciar el turno de oradores, quisiera señalar algunas de las ideas que últimamente y lanzadas por ciertos jóvenes, tan jóvenes como irreflexivos, corren por el planeta negro. Se dice y se repite machaconamente que poseemos razones y bases científicas, que somos una razón histórica en sí misma. Es posible, pero esto no quiere decir que seamos el embrión de un orden, ¿de un orden caótico quizá? ¡tonterías! Ningún artificio haga de los noor el brazo de los intereses mezquinos de seres ávidos de poder, nadie nos ponga a trabajar a su servicio, pues si algo así llegase a suceder, si saliéramos al espacio de manos de indeseables, acabaríamos marcando el paso de sus tambores y nuestros hijos se convertirían en nuevos legionarios recibiendo un puñado de sal en vez del botín. Este es el peligro que nos acecha, el espacio del orden está vacío y son muchos los que quieren llenarlo. Deberemos evitar entonces las declaraciones ampulosas, las leyes de guerra y todo lo que pueda desvirtuar nuestra tradición caótica. Esto es todo. "En el nombre del Caos, el Primevo, sombra de la contracción", declaro abierta esta asamblea. Considerando que esta historia estaría incompleta sin las palabras de algunos de los mas señalados prohombres Noor, trataré de traer a mi recuerdo las del capitán Almuredín Sidi, que en nombre de la Banif pronunció en la Furqan. Y lo hago por la importancia que este capitán tuvo en los sucesos desgraciados que más adelante he de relatar y que componen la circunstancia de una tragedia de más amplia medida. Así habló Almuredín Sidi, hombre que he de reconocer raramente lo hacía: —¡Pueblo pirata! Todos me conocéis, sabéis que gusto de las cosas simples y bien hechas, pues bien, iniciaré mi parlamento con una pregunta que directamente incida en el meollo de nuestras dudas: ¿Cuántos hombres se necesitaron para derribar al Imperio Groor? Pocos fueron precisos, el Imperio estaba podrido, lo defendían gentes que le eran extrañas. Paralelamente, ¿cuántos hombres necesitamos los piratas para derribar al Reino?, Os lo diré: ¡uno solo! Un almirante que aniquile a las flotas enemigas, conquiste los planetas uno a uno y nos eleve a la categoría de colosos. Que doblegue la cerviz de los reinos y anude el orgullo de los alt. Nadie sabe quien será ese hombre, pero sí puedo asegurar qué piensa, piensa banif, piensa gehén, porque es un bien nacido. No creáis que por el hecho de salir al espacio vamos a derrotar a Axón. Su marina es muy poderosa. Necesitamos un Almirantazgo liderado por un hombre avezado, señalado y que comandando la Flota Pirata Unida encuentre las tácticas victoriosas, la astucia del Caos. Somos un pueblo acostumbrado a no errar, tened presente entonces que vuestro voto sea para el mejor, y lo mejor entre los noor sigue siendo banif. |
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Extrañamente proféticas fueron sus palabras, lo que no adivinó sin embargo, es que los hombres, el hombre de que hablaba se encontraba fuera de todo nacimiento noor. Sin duda, Almuredín se refería a sí mismo, y esto no era puro atrevimiento, cualquiera puede sentirse señalado si los tiempos son los adecuados, pero son las azarosas confluencias, una y otra vez repetidas en un sólo destino las que guían a un señalado. Almuredín a punto estuvo de serlo, le faltó la fuerza vesánica de un hombre desengañado, desesperado y empujado por la risa de una diosa que permanecía en las sombras. Perdonadme de nuevo, al hilo de mi relato acuden fantasmas que creía olvidados. No sería justo esquivar el discurso de un hombre que pagaría muy caro su cinismo. Las palabras del alcalde Sad Al Melik representante Chahil, afamado armador y la fortuna más importante de Noor, quizá despejen, en los que todavía me odian, la incertidumbre de su justa o injusta ejecución. Os las transcribo de memoria: —No soy un hombre de buenos discursos —dijo—, iré al grano como corresponde a un Chahil. Los Noor amamos la libertad, estamos convencidos de que con ella podemos vivir en paz haciendo lo que nos apetezca y creyendo en cualquier cosa por muy rara que sea. Pues bien, es de esta posibilidad de creer en lo más insólito, de lo que quiero hablaros. Estamos asistiendo al resurgir de una vieja polémica: ¿El poder de la conciencia contra la lógica de las condiciones objetivas. El mito contra la estafa. Y yo os digo que apartemos de nosotros las concepciones morales y sus contrarias. Nosotros predicamos el Caos, y ¿qué es eso? sino predicarlo todo o no predicar nada. No sentimos compasión por nadie, ni queremos arreglar nada ni pretendemos dotar al hombre de poderes o argumentos. Estamos en el Caos y combatimos a la Ley porque creemos en el hombre a secas, no le tenemos miedo y sabemos que, es, ha sido y será lo que hasta el momento le han dejado. Las posibilidades son pues infinitas, apenas acaba de amanecer, ¿quién habla de decadencia? Estamos aquí como podíamos estar en cualquier otra parte, porque salvo rarísimas excepciones no hemos encontrado otra cosa mejor. Soy un Chahil, lo sabéis, no creo en nada que no sea el beneficio. Somos piratas, tenemos una sociedad benéfica y nos hemos arropado en las teorías de Markov para saquear la periferia. Pero eso sólo es una excusa, bien lo sabemos todos. Os diré que lo único que nos diferencia de otros piratas, es que hemos comprendido la ventaja de combatir unidos, de organizarnos. Hoy levantamos la cabeza y sintiéndonos fuertes vemos que no sólo podemos rapiñar y cobrar rescates, sino también disfrutar de repartos más interesantes, beneficios al fin y al cabo que posibiliten nuestra marcha a lugares más ventilados y saludables. ¡Por Gea, hermanos, a qué esperamos! No hace falta que busquemos ideologías para ampliar el saqueo, ni hacen falta redentores de la Sirk, fanáticos de la Banif, o cínicos Chahil, lo que hace falta es más crédito, más capitanes, más navíos y mejores, más arrojo y más sacrificios. Esa es la ideología de la victoria. Dejemos los ideales para el resto. Y asimismo hermanos, sirva de estímulo personal en esta tarea, que es mejor estar arriba que abajo, que tendremos aquello que seamos capaces de aprehender más la ayuda que el destino depara a los que se ayudan a sí mismos. Nadie sea tan ingenuo que crea que el Caos anuncia el fin de la Galaxia humana, eso para asustar protegidos. Siempre que cae un imperio, sus gemidos asustan a los vecinos, pero animan a sus devoradores, nosotros somos de estos últimos. Y si me habéis comprendido, únicamente queda que gritéis conmigo, para que toda la Galaxia lo oiga y se estremezca, este lema eterno de la especie humana: ¡Sálvese él que pueda! |