Escritores Imposibles

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Escritores imposibles

 

Dago el Cruel

LIBRO CUARTO

- XI -

"Quien no tenga espada venda su manto y cómprese una". La revista naval. En el almirantazgo. La visita de las monjas. La última sesión. La elección de Jumo Abubos. La orgía final. La risa del diablo.

Los miembros de la Ansar nos reunimos para trazar al modo matemático las postreras maniobras que nos acercasen definitivamente al poder en Noor. Sabíamos que siendo Jumo Abubos un hombre bajo mi control, y teniendo en cuenta que la Sirk cada vez era más partidaria de un comandante en jefe joven y popular, nuestros esfuerzos se encaminaban a potenciar al guerrero. Y puesto que hombres armados de votos decidirían la cuestión, se trataba de contabilizar cuantos teníamos comprados y a que lado inclinarlos. Salm Zavijaba, celoso de mi prerrogativa, así nos aconsejaba:

—Hemos de ofrecer un nuevo universo totalmente diferente, donde cada cosa sea su contrario, les diremos: los pobres se volverán ricos y los ricos esclavos, los piratas gobernarán y la nobleza será castigada a trabajos forzados, y si me apuráis, ¡por Gea! que debemos prometerles la curación de los enfermos y la resurrección de los muertos —y rompió en carcajadas. Pero yo le contesté así:

—Lo que verdaderamente ofreceremos es nuestra aptitud para la lucha. Tienen que creer que vale la pena correr grandes riesgos y que no marcharán alocados y sin direcciones, nosotros estaremos en los cruces, donde los ríos humanos se arremolinan y dudan, para guiarlos hacia la victoria. Y por esto mismo, aquí en la Ansar hay que dejar bien claro quien es el líder.

Fueron dadas voces de aprobación y de ellas destaco la de Simón Agrippa:

—Martin Dago, sabes hablar y conducir hombres, yo te concedo mi apoyo.

—Nadie mejor que tú —agregó Deneb Kaitos—. No discutamos por ello, Pandemónium hierve listo para la sopa, le falta la sal, démosela.

Solamente el Preboste de la Escuela Naval y otros pocos "auxiliares", votaron en mi contra, y aunque Salm Zavijaba aceptó el resultado, qué otra cosa podía hacer, se levantó brusco y desenfundando su daga, la alzó al techo y tal como gustaban los piratas de gestos dramáticos, dijo:

—Tú eres el jefe, Martin Dago, de quien se dice que no tiembla, y espero que así sea, porque entramos de lleno en una época que será dicho de nuevo: "quien no tenga espada venda su manto y cómprese una"

Sospechosas me resultaron estas palabras, algo maquinaba el Preboste. A solas con Simón le recomendé que lo tuviera vigilado, no fuera que tramase alianzas en perjuicio de lo acordado.

—¡Martin! —contestó Simón condescendiente—, cuando te invité a la Ansar te anuncié mi debilidad por los hombres que saben abrirse camino, tú eres uno de ellos, pero no me recuerdes mis obligaciones, porque desde un principio, mucho antes de que tú sospecharas de nadie, ya estaban mis ojos pegados a sus sombras, ¿cómo crees que hemos ganado esta votación? Porque cada paso que tu das pisa el terreno que antes yo he barrido. Y lo hago gustosamente, tu causa es la mía y en ella encuentro mi recompensa, al servirte a ti me sirvo a mí mismo.

Fuimos luego al muelle, donde el Eloim iba a revisar, una a una las naves piratas para tasar su valor y establecer las cantidades a percibir por sus armadores, toda vez que la Sociedad Benéfica pasara a controlar directamente todo el botín de la flota unida. Por este motivo, los capitanes habían advertido a sus contramaestres de la esmerada limpieza y funcionamiento de cada pernio. Estaba el muelle desusadamente ajetreado, y también por los muchos curiosos que observaban las labores. Había naves robustas como la Athanatos del capitán Almuredín Sidi. y más pequeñas y maniobreras como la Lhamayin de Sad Al Bari. También estaba la Antlia, ya reparada, al mando de Thalit de Mebsuta, y esta vez el capitán mods esperaba mejor fortuna. Jumo me indicó algunos retoques a la Lestai, que siendo un navío de conocida fama, no iba ahora a empañarla por falta de cuidados. El guerrero, que era muy supersticioso, no quiso confiar a nadie el trabajo de pintar un lema al mascarón de proa, se encaramó al andamio y armado de pintura de oro dio lo brochazos finales a esta frase: CONCVSSVS.SVRGO, que literalmente significa: al chocar reboto. Humorística idea no falta de cierta verdad, dada su afición a las maniobras espectaculares.

Revisó el Eloim la flota, acompañado de sus implacables tasadores, y conté cuarenta y cinco navíos de combate y poco menos de la mitad de apoyo, amén de la veintena de cascos que tomaban forma en las atarazanas afectas al muelle. De estos futuros escualos se decía barrerían todas las marcas establecidas hasta el momento. Veleros capaces de competir en prestaciones con los mejores buques reales. Los comerciantes Zaqib, que nunca faltaban a reuniones de este tipo, habían expuesto en una de las pistas moderno material de guerra, importado de reconocidos fabricantes. Delegados de la SBHAC examinaban con detenimiento los equipos de tiro, los nuevos misiles-torpedo "Pulpo", los sistemas de enmascaramiento, las sondas-minas y otros artefactos mortales. Pero de todos ellos el que más llamó mi atención fue un modelo de Aerovehículo Acorazado de Combate que estaba pasando desapercibido a los incisivos ojos de los expertos piratas, lo que no es de extrañar siendo los noor un pueblo que basaba su poder en la fuerza naval, pero que a mí, como digo, me subyugaron. ¡Qué maravilla! Me recordaban al saltamontes de los campos, y en efecto, así lo llamaban sus constructores: "Saltamontes". El tren de apoyo semejaba en verdad las patas de este insecto, y su habitáculo el resto del cuerpo. Estaba diseñado para la lucha aire-tierra y dotado de fuertes blindajes de dispersión contra bombas de partículas y otros tipos. Se fabricaba en tres versiones, una ligera de reconocimiento, otra más para el transporte de tropa de asalto, y una última, artillada, como cazacarros. ¡Por Gea! ¡Cien como ellos nos permitirían conquistar Lamia!

Terminada la revista naval, el Eloim invitó a los capitanes, oficiales, notables y visitantes a un tentempié en el edificio del Almirantazgo, momento en que serían sellados los tratos comerciales y las secretas alianzas. Aunque también era la ocasión de poner a un capitán de chupa de dómine o esparcir rumores sobre tal o sobre cual, pues así son estas recepciones, y a veces informan más sobre un hecho que la contemplación del suceso. Sin embargo yo tenía allí una tarea que cumplir. Me acerqué al grupo de carneros espaciales que rodeaban al inefable general almirante Dun Qarnaim, personaje aliado al Caos pero que no gozaba de muchas simpatías en Pandemónium por sus nostalgias imperiales, y que siendo el hombre fuerte de los contrabandistas de resina del Armistán, había que tener en cuenta para cualquier acción en la periferia. Al saludarlo me correspondió llevándose los dos dedos mayores de su mano derecha a la gorra, era el saludo de la marina imperial.

—Permítame que me presente —le dije—: Martin Dago, segundo de la Lestai aunque no por mucho tiempo...

El hijo del Carnero me miró aparentando desinterés, pero seguramente complacido de que rompiera su solitaria meditación, meneó afirmativamente la cabeza.

—He oído hablar de ti, muchacho, sí que he oído hablar, pero por más que lo pienso, no consigo entender qué haces aquí.

—Así es el destino.

—Realmente no puedo censurarte —añadió—, cada hombre es un misterio. Llevo muchos, años entrenando soldados y sé que lo que a unos gusta a otros repele, y nadie puede dar fe o explicaciones, pero no te haré más preguntas estúpidas, prefiero que aguantes mi charla de veterano, pues como dice el himno guerrero: "deja que tu sable devore la carne culpable". A tu edad yo era un simple guardiamarina, y tú ya posees una trenza de mando. Y es que un hombre de brazo templado y mente despierta puede hacerse con un caudal si no respeta ninguna Ley —y acercando su boca a mi oído, dijo muy suave señalando a los presentes—: Aquí donde los ves y pese a sus teorías caóticas, ignoran que son la carne de cañón de los nuevos tiempos. He reconocido en ellos la fuerza de los conquistadores, pero por ningún lado veo el brazo de un verdadero líder. Se también que existe una organización radical, y me han dicho que está compuesta de fanáticos, y eso muchacho, sí que es serio, más serio que todas las teorías de redención.

—Algo he oído yo también —respondí cauteloso—, y en esa suerte ya que os gusta opinar de política, me agradaría conocer vuestro juicio, sobre la ofensiva pirata que se avecina.

—¡Amigo mío!, mi medida es escasa, un crucero de línea, diez destructores estelares, veinte cazadores rápidos y mil carneros de asalto, tropa y marinería bien entrenada, pero exigua para pretender papeles de protagonismo. Bien quisiera formar parte del ejército que humille al Reino, mil veces culpable de los males de la periferia, y por eso estoy aquí, aunque a juzgar por lo que veo... —y señaló a los dirigentes noor.

Tenía el pelo cano y muy corto, al gusto militar, y la barba también blanca y ensortijada, la voz gruesa y cuartelera, pero la risa suave y los ademanes afables. Así le respondí:

—Un hombre solo es un paso en la marcha de una formación, pero si no es acorde, todo el conjunto se desequilibra, tarea es de ambiciosos encontrar compañeros para marcarlo, quizá una trenza dorada necesite de la pequeña medida de un general almirante para completar una medida más grande.

—Soy zorro viejo —respondió—, he visto legiones suspirar por la gloria para caer luego temblorosas ante el enemigo. Como militar de escuela que soy, creo en la tropa entrenada, pertrechada y bien alimentada. Los noor no habéis comprendido esto todavía, sois aguerridos y valientes, pero habláis demasiado. Cada capitán se cree un almirante y cada armador un Eloim, nadie sabe quién manda en Noor y menos quien puede dirigir tan variada colección de navíos. Pero aún así, esperaré en Karneios la llegada de la medida que a mí me falta, no tengo prisa, mis cuarteles son calientes y en ellos la piedra de amolar chisporrotea sin descanso afilando mis espadas.

Y dicho esto, saludó nuevamente y desapareció detrás de un comerciante.

A muy pocos pasos, Jumo, rodeado de algunos capitanes, explicaba lo que a su entender primaba en el hombre que debiera comandar la flota unida Noor.

—Debe tratarse de un hombre curtido en la navegación, valiente de espíritu, ágil con el pensamiento y bien rodeado de capitanes probados.

Y Sad Al Bari, que le tenía guardado todo el rencor de los humillados injustamente, exclamó:

—Sí, un hombre en quien se pueda confiar.

—Desde luego —afirmó Jumo sin percatarse del doblez.

—Entonces, Jumo Abubos, ese hombre no eres tú, porque todo el mundo sabe en Pandemónium los viles trucos que gastas.

—En una ocasión te hice besar el suelo —respondió con enfado el guerrero—, cierto que sólo fue una broma, mas modera tu lengua, tengo el gesto rápido como sabes, y no quisiera ver tus narices sangrando.

El Eloim, que escuchó la discusión, quiso quitarle punta a la cosa y les conminó a dirimir sus diferencias en la Furqan. Pero Jumo, habituado a zurrar al estrábico banif y arqueando la ceja izquierda como hacía cuando se irritaba, dio un paso al frente. Entonces Xirina se interpuso, pues odiaba las disputas, y agarró al banif desde atrás que, sintiéndose asido y sin detenerse a ver quién era, se soltó con brusquedad de modo que la bella Xirina perdió el equilibrio y cayó. Al verlo, sentí que la ira me subía a la cabeza, y de un salto me enfrenté al bizco, propinándole un fuerte golpe cruzado en la cara que restalló como un látigo, consiguiendo derribarle, entre el revuelo y la censura de los presentes.

—¡Oh, Gea! —gimió Sal Al Bari cuando se levantó—. ¡Por qué os tengo siempre enfrente!

Como viera Jumo que las gentes se volvían contra mí, especialmente los banif, me arrastró de la manga y salió conmigo del almirantazgo para evitar males mayores. Caminábamos por las callejas del barrio porteño en silencio hasta que Jumo dijo:

—Te agradezco que le hayas castigado, pero podías haberte limitado a detenerle.

Y llevaríamos otro trecho cuando el guerrero estalló en grandes voces: —¡Iblis se lo lleve! Venga tu mano de amigo y que se hunda el bizco en la Gehena.

Decidimos irnos al muelle y tomar algunas cervezas, mandando a su lugar correspondiente la discreción y otras virtudes que impiden a un hombre divertirse de acuerdo con las ganas.

—Admiraremos el trasero de las nuevas meretrices —dijo Jumo—, pero antes pasaré por casa y cogeré mi laúd, y tú el violín, y les enseñaremos a estos pescadores de resacas lo que es una buena farra.

Dicho y hecho, en los aledaños del puerto afinamos los instrumentos, pero muy alto, para fastidiarles la siesta a los viejos marineros y a sus gordas amantes. Y Jumo se empeñó en que cantaría algo muy bueno si le acompañaba con el violín, sin embargo, sabiendo que tenía un oído enfrente de otro le repliqué:

—0 cantas tú o toco yo.

No hizo caso y como habíamos bebido mucha cerveza, orinamos en una esquina, y al verlo las matronas salieron a las ventanas y nos recriminaron diciéndose:

—No es de extrañar, son unos excéntricos que siempre van armando alboroto.

Jumo hizo un gesto desvergonzado. Y al final se rieron, con la risa medio-medio de las mujeres piratas. Luego toqué una danza para mover los pies sin parar, y las vecinas bajaron dispuestas a la juerga y algunas portaban jarras de vino. Se cogieron del brazo del guerrero y bailaron enseñando las enaguas, que seguramente provenían de alguna dama Tomii-Arón saqueada. Y sus gordas piernas se me hicieron graciosas. Bailó Jumo con todas ellas y se le apretaban suspirando, al ver sus fuertes brazos y su exótico bigote. Y cuando nos fuimos calle arriba, ya muy borrachos, nos dijeron:

—¡Venid a mear cuando queráis!

Estaban las tabernas llenas de parroquianos y el Codo, nuestra favorita, hervía de animación con los forasteros y los carneros espaciales. Y como algunos ocupaban nuestro sitios habituales, nos estiramos como matones, mirándoles despectivos, en tanto que Jumo se rizaba el bigote. Los parroquianos, que conocían nuestra fama, y viéndose a la legua que buscábamos follón, se hicieron a los lados. Y Jumo, pendenciero y burlón. gritó:

—¡Toca Martin! Toca fuerte para que estos kafir aprecien la música que oímos aquí.

Y en mi malicia le contesté:

—No tocaré a menos que se callen.

Metiose el gitano dos dedos en la boca y silbó hasta que acalló las voces, y apenas fue el centro de todas las miradas, saludó con mucha pantomima y señalándome les invitó a escucharme. Recordé en ese momento una clásica pieza de cierta melancolía y según nacieron las notas de mis manos, Jumo, repentinamente inspirado, recitó estas estrofas no menos famosas de un renombrado poeta romántico:

Nunca más pasearemos
hasta las altas horas de la noche
aunque el corazón siga enamorado
y aunque siga brillando la Luna.
Pues la espada gasta la vaina
y el alma gasta el pecho,
el corazón debe detenerse a tomar aliento
y el mismo amor debe descansar.
Y aunque la noche fue hecha para amar
y el día vuelve demasiado pronto
nunca mas pasearemos a la luz de la Luna.

Me impresionó su dulce y triste voz y así que terminó, dejé el violín y toda la fanfarronería voló. El pensamiento traía olores de nostalgia y amor. Nos sentamos lejos del bullicio, frente a sendas jarras de cerveza, la imaginación hizo revivir en nuestros pensamientos el inalcanzable pasado. Alana se materializó en el brillo de la mesa, y si Jumo decía que era hermosa y sensual, yo añadía que tenía un genio estupendo, que sabía comportarse en los momentos difíciles y guardar la calma mejor que nosotros. Y también recordamos a la joven Cortoy Har Fles, y me reí de su trasero abultado, pero Jumo me confesó bajando la voz que era puro fuego, y le dio a sus palabras ese tono que sólo poseen los "expertos". Después el guerrero se enredó con su juventud, creyéndome por amistad todo lo que contaba, aunque con esfuerzo, porque le costaba separar la realidad de la fantasía, siendo como era un héroe legendario de la periferia. Además, ¿no era creíble en él cualquier cosa? Combate contra gatos atigrados en Golius, piloto de astrobólidos en Oloy, mercenario en Lisia, amante de una princesa Azrami... Aventuras sin cuento, miles de amigos, una reputación de espadachín y finalmente la posibilidad de comandar la flota unida. ¡Brindemos!, dijo, ¡por nuestro éxito! He recibido noticias de que reporteros Alt quieren componer una historia tresdé sobre la turbulenta periferia y en la que yo tendré mi propio papel, junto con otros aventureros, como Yzeall Bass, el atrevido contrabandista armistaní.

Era ya tarde y encontrábase la cantina vacía, las rameras reposaban adormecidas o escuchaban silenciosas las aventuras de Jumo, en el lejano estado de Golius, cuando entró apresuradamente en la taberna un hombre de edad. No era otro que Wilimé Karin que, al vernos y recuperando su respiración, dijo:

—Estúpido de mí, por aquí debía haber empezado...

Y al preguntarle cuando había llegado, se sonrió ladino y pidió cerveza para aclararse el gaznate, entretanto paseaba de una punta a otra del local curioseando a las meretrices.

—¡Por vida de...! —gritó el guerrero—, ¿Cómo osas interrumpir mi charla así?, explica tu presencia o esfúmate, viejo enladillado.

—¿A quién te gustaría abrazar esta noche?, ¿eh, gitano? —y se rió enseñando sus dientes de fumador.

—¡Bien lo sabes tú!, ¿pero acaso...?

—¡Sí! —respondió—, he llegado en un navío proveniente de Uter con Denébola, Alana y todo su séquito, hace horas que os busco.

—¡Madre Gea! —canturreó Jumo—. ¡Ella está aquí! ¡Martin! ¡Ella está aquí!

—¡Corramos a su encuentro! A no ser que prefieras que la reciba yo..

Y terriblemente excitado entre la cerveza bebida y la alegría recibida, comenzó a dar hurras y vivas, llamando a sus muchos antepasados para hacerles recuento y partícipes. Salimos presurosos rodando un barril de cerveza que el guerrero compró.

—No pienso dormir esta noche —fue su—comentario.

En el porche de la casa del Eloim, que era donde las monjas se alojaban, el barril dio un brinco inesperado y se rompió inundando la acera entre el chasquido y el disgusto de Jumo. Apareció el Eloim y pidió silencio, y al ver las costillas del barril meneó la cabeza con censura, pero el guerrero ya había olvidado la cerveza que pisaba.

—¿Dónde están esas hembras —gritó haciéndose el chistoso.

—¡Calla! —le rogó Wilimé—. Hay muchos visitantes en la casa.

Pero no estaba Jumo para delicadezas, se adentro tras la pista de las monjas, abriendo las puertas de las habitaciones sin excusas y sin reparar que las volvía a dejar abiertas, y Wilimé y yo detrás cerrándolas. Salieron las hetairas a los gritos y Jumo alzó los brazos al cielo, y las abrazó a todas juntas de una vez haciéndolas perder el equilibrio. Buscaron éstas un mohín de reproche en su interior, mas al notar su estado, sus corazones se lo impidieron y riéndose le besaron, porque lo querían. También fui apretado contra sus pechos, y Alana me dejo su fresco aliento pegado en las mejillas.

Consiguió el Eloim introducirnos en otras habitaciones más apartadas y tuvo algunas palabras duras con Jumo, que si el respeto y todo eso, pero una vez que salió el líder del Caos, el guerrero anunció que esta noche tenía necesidad de gritar y de aullar, para que todo Pandemónium, ¡qué cuerno! toda la Galaxia supiera que era un hombre feliz y que su medida estaba colmada. También yo estaba contento y se me perdían los ojos en Alana sin reparar en las ternuras de Julia Lúcida. Vinieron luego invitados del Eloim y se sentaron en torno a las hetairas y sin tapujo las admiraban, alabando su belleza y aderezo, y en secreto, las noor, suspiraron envidiosas, sólo Xirina podía compararse, no en vano era una princesa Hone. Debo confesar que me asaltaron pensamientos agradables, oleadas de calor hacia la humanidad. Y me dije a mí mismo que malditas debían ser las necesidades de expansión del Caos. ¿No convendría mas, partir lejos, hacia tierras inexploradas, apartadas del odio, de la guerra y de las ambiciones humanas? Estos juicios se me antojaron mejores que el ansia de poder de horas antes. Empero, la realidad, dura con los sueños, me advertía que al día siguiente cuando hubiera sedimentado toda la cerveza ingerida, tendría la cabeza pesada, odiaría la mañana y volvería a ser un pirata hosco y feroz. Coge lo que hay y no te hagas más cábalas —me dije—. Pasé mi brazo por la cintura de Julia Lucida, su pecho se me hizo deseable y sus ojos chispeantes.

—¡Salgamos fuera! —les pedí—. Porque ni el humo de los basureros del valle de Hinom va a impedir que vea hoy todas las estrellas del firmamento.

Enarcó una ceja Alana y Xirina sonrió, y todos vieron que mi abrazo era falso pero disculpable.

Las brumas envolvían Pandemónium, Sólo una decena de estrellas eran visibles en el cielo, pero eran bellas y evocadoras, y Julia Lúcida, que nunca se había atrevido a hacerme declaraciones de amor, se sintió aquella noche melosa, y su pasión fue capaz de atravesarme. Apoyados contra la esquina de una calle estrecha, bajo un balcón del que colgaban cintas verdes la besé apasionado, y ella, ardiente, me mordisqueó el labio. Su pelo, largo como un torrente, se abrió despojado de su alfiler y anegó mis manos. Sobre aquel tálamo vertical nos amaneció. Enjugamos los suspiros en el agua clara de una fuente pública mientras las mujeres piratas murmuraban al sacudir sus buenas alfombras de lana. Cogidos del brazo, caminamos entre los repartidores madrugadores y los tambaleantes pies de los marineros que buscaban el descanso a sus etílicas alegrías. Se retiró Julia Lucida a sus obligaciones, la mañana estaba fresca, cotorreaban las vecinas tras las celosías, los canalones vertían el agua sucia y las cloacas gorgoteaban atragantadas.

La puerta de nuestra casa estaba abierta, Jumo dormía su borrachera estrechamente enlazado con Alana, roncaba ligeramente. La hetaira estaba despeinada y con la cara tiznada de sombras corridas. Los miré un rato sin despertar los, y todo lo que había mantenido alegre hasta el momento, se derrumbó con estrépito en mi cerebro. Todavía olía la casa a gato, el polvo llevaba varias semanas posado a sus anchas, algunas cáscaras de frutas y botellas vacías adornaban la mesa. Un pomo ingrávido había caído al suelo y reposaba agrietado por la mitad. No era pues un palacio de ensueño para el beso que el apuesto príncipe le diera a la bella durmiente, pero si había servido para aguantar sus gemidos amorosos. Decidí que era llegado el momento de mudarme a la otra casa que teníamos. Ellos dos me echaban de allí. Me bañé y busque ropas limpias, no las había y eso me hizo echar pestes, salí a los tendederos del patio y en nada me importó que las dueñas me vieran hurtarles la ropa. Me calcé las sandalias de marinero con sus cascabeles de bronce, luego me puse los arneses de cuero con mi sable Despierto a la espalda, la gorra de oficial y la trenza dorada más el tafetán que acreditaba mis estudios en la escuela naval. Me acerqué a la pareja y sacudí con fuerza al guerrero hasta que conseguí que abriera un ojo, y una vez que le advertí de sus obligaciones, salí muy tieso, sin mirar siquiera el cuerpo de Alana derramado sobre la colcha, moreno, fuerte y repleto de vida.

En la Furqan, habiéndose anunciado la candidatura de Jumo por parte de la Sirk para el mando de la flota, tan pronto se alzaban voces a su favor, como otras lo vituperaban. Al parecer la Banif con el capitán Almuredín Sidi al frente ganaba terreno en los cómputos oficiosos de votos. Adentrada estaba la mañana y Jumo seguía sin aparecer, los pronombres de la Sirk, comenzaron a ponerse nerviosos y estando en juego el trabajo de la Ansar, resolví abandonar la sesión y traerlo a viva fuerza. En el camino se me unió Simón el mago.

—Jumo Abubos necesita de gritos, no de razones, para salir de una buena cama —dijo Simón.

—Pues deberá oírme —repuse—, hemos esperado mucho tiempo este momento para tirarlo todo a rodar por una monja.

—Entiendo —contestó el nigromante, pero no me gustó su gesto malicioso.

—¡No!, no entiendes. En mala hora nos han visitado.

—Eso depende para quién.

En una calleja nos los encontramos, venían también Denébola Sabí y Wilimé Karin.

—¡Jumo Abubos! —exclamé con ira—, quizá ignoras que se está celebrando tu entierro en la Furqan, nuestro entierro, y tú aquí tan tranquilo, rodeado de gentes que no parecen tomarse en serio quién eres.

—¡Oh, vamos Martin! —dijo Alana—. No se va a acabar la Galaxia ahora mismo.

—Comprendo —asentí—, venía lleno de indignación pero he perdido todos los argumentos al veros, mas ¿para qué preocuparse de las cosas? cada uno hace lo que le viene en gana, y si por ventura cabía alguna duda, ya hay alguien interesado en que así sea.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Wilimé. —¿A santo de qué este paseo?...

—Deja que graznen esos perros banif —intervino Jumo—, luego le hablaré al pueblo, ellos me conocen —y como viera que tenían intención de seguir hablando de sus cosas, le dije a Simón:

—Marchemos, ya ves que nada sucede y sólo traigo cuentas de vieja y cuitas de solitario.

Y ya lejos le dije:

—Soy un hombre sin ilusiones,. ¿qué puede importarme nada?, mi mejor amigo tiene en sus manos el amor de mi vida.

Simón se detuvo y sentándose en un banco de piedra, sacó el skatt y llenándolo me lo ofreció para que lo encendiera.

—Exageras un poco Martin, no hay prisas. Te diré que el amor no es distinto de la política. El ser amado, objetivo de nuestro deseo, puede encontrarse en poder ajeno. El hombre debe tomarlo como a una fortaleza, asediándola. Nada ganarás discutiendo, ofrécete, se más apto que tu rival, más hombre.

—¡Imposible!, eso lo es más él.

—Entonces apártalo de tu camino.

—¡Gea me asista! ¿Estás loco Simón?

—Hablaba en hipótesis... Aunque según están las cosas, tarde o temprano Jumo Abubos deberá inclinarse a un lado, al nuestro, y entonces perderá a Alana igual que tú, o al de Denébola y su servidor Wilimé Karin, en cuyo caso no veo como evitarás un enfrentamiento.

—Nunca me enfrentaré con Jumo Abubos..., es mi amigo.

—La amistad es muy poca cosa para detener a un hombre.

—A veces me asustas Simón, ¿y nosotros? ¿qué somos nosotros?

—Cómplices, querido Martin, cómplices. Y eso si que es sólido.

—Volvamos a la Furqan.

Los oradores se extendían sobre derechos y deberes, morales y éticas piratas, diciendo todos lo mismo salvo el nombre de su candidato, detalle que hacía caer sobre mis pensamientos malos presagios. Se transformaba mi infortunio en ira y ésta en odio, en ese momento odié al guerrero, su raza falaz, su atrevimiento, su pedantería, su éxito con Alana. El rencor tomó forma y me regocijé de su previsible fracaso, la Sirk podía hundirse en el infierno, era yo quien tenía que tomar directamente las riendas de los noor ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? ¡Confiar en un gitano!

Pero el destino es caprichoso, arribó Jumo a la Furqan con una sonrisa jadeante, subió al lugar de la simpleza y habló con sus manos velludas, sus antebrazos tatuados, sus dientes de nácar, sus ojos sinceros. Y extrajo de las gargantas noor, los vítores, la admiración, y el cargo... Jumo Abubos fue nombrado comandante de la Flota Unida con la misión de formar un Almirantazgo y un completo plan estratégico contra Axón. Todo había salido tal como lo planeamos en la Ansar, como una ecuación a la que aplicando la solución correcta se hace cero. No supe felicitarme, había algo de horror en nuestro acierto, un algo que se encontraba muy dentro del cerebro de Simón, y otro, más visible, a flor de piel del mío.

Decretó el Eloim una noche de orgía, se engalanaron las calles y los carpinteros construyeron entablados para que las gentes apoyaran los codos mientras bebían cerveza a cuenta del peculio municipal. El pueblo pirata salió a las calles dispuesto a divertirse hasta caer reventado. A partir de ese día, los sufrimientos y las penas correrían parejos con el beneficio, y esto les hacía ser más cínicos. Las doncellas decidieron dejar de serlo a cambio de una caja donde guardar el botín, las matronas se acicalaron con secretas esperanzas puestas en los visitantes, y los hombres, antojados, dirigieron sus miradas a las nuevas meretrices, que haciendo caso de sus dueños, ajustaron las tarifas con especial cuidado, pues hay un precio para cada ocasión. Los comerciantes zaqib desembarcaron cientos de barriles de cerveza y de cajas de vino espumoso de Quemll, y todas fueron abiertas para que el pueblo escualo se emborrachara antes de marchar a la guerra. Empero, yo me encontraba solo y deprimido, había arrojado lejos de mí a Julia Lúcida, y la ninfa, insultada se refugió en casa del Eloim.

Galoparon desenfrenadas la gula y la lujuria, y nada tenía contra ello salvo que no era capaz de disolver mis penas en vino, lo que me hacía ser envidioso censor. A cada paso que daba todas las mujeres se me hacían Alana y los hombres Jumo Abubos. El rostro se me deformó y mis labios deliraron. La Furqan era ahora la escena salpicada de una bacanal, y las cariátides de la balaustrada habían abandonado sus puestos y mezcladas con la multitud hicieron de las suyas entre las faldas, la espuma bulliciosa y los gritos de alegría. No se qué pudo hacerme ascender por la rampa hasta el lugar de los oradores. Pandemónium, iluminado por la fiesta, se hizo diminuto a mis pies, creí poder atraparlo de un zarpazo. Vi a las gentes reír, cantar, amarse y escanciar en cálices robados el vino rojo como sangre, y la cerveza correr por las callejas reflejando la luz de las hogueras, donde los piratas, remangados, asaban carne adobada, dejando la noche olorosa y grasa. No muy lejos, un grupo danzaba en círculo, y entre ellos, el ufano Jumo y su decidida amante Alana Claudia, flotando en las flautas, atravesados por arpegios, locos de amor y felicidad. Sostenían en las manos bramaderas, que hacían girar con fuerza para hacer un ruido que fuera el sostenido de su excitación. Su alegría me hirió. ¡Nadie notaba mi ausencia!

Añoré la brisa fresca de la tierra perdida, ¡Puppis! ¿qué fue de tus noches estrelladas y de los carámbanos de pureza, que como colmillos del alero adornaron mí infancia? ¡Aquellos piratas iban a atacar a Axón!, mi patria. ¡No!, no eran ellos, era yo, un Asarya que como bien sabían los herméticos tenía que recuperar mi identidad, encauzar los hechos para los que había nacido. Mi aventura acababa allí mismo, el resto debería hacerlo con el sable desenfundado. Tomé aire, y era caliente y denso, porque era pirata, vi las estrellas, y eran apenas una docena, porque estaban envueltas en los sudarios de polvo del territorio pirata. Desenvainé mi sable Despierto y extendí el brazo al vacío, pero la hoja era negra, porque era un sable pirata. Entonces grité, grité fuerte y agudo, un grito Asarya que aumentado por la Furqan se extendió por toda la ciudad paralizando el gesto de los noor, y por un instante se detuvieron los músicos, las danzas, jadeos y voces, dirigiendo el pueblo sus miradas estremecidas hacia el parlamento pirata, donde desde la altura, mi figura y el sable desenfundado les mostraba el camino del futuro. En su temor no acertaron a ver quien era, y los noor, temerosos, se hicieron cruces y signos, porque siendo propensos a las señales, vieron en mi gesto la risa de un diablo cruel, y en mis palabras campos de sangre:

Habrá fuego sobre vuestras cabezas
vendrán pestes y duelos
inmensas fuerzas desatadas
bocinas del alba manejadas
trompetas, horrores y señuelos.
No veréis más milagros
ni dioses levantarse de sus tumbas
ni ocasos imperiales.
Sólo ayes creciendo como breños
y aire rasgado por los gritos.

Enfundé la espada y volviéndome para descender, horrible la faz, descubrí que tras de mí se hallaba Dun Qarnaim, que sonreía sin despegar los labios, marcado en sus mandíbulas el rictus visionario que la escena le había producido. Seguido por el hijo del Carnero y entre el revoloteo de las negras capas de sus hombres nos perdimos entre la multitud, que, pasado el primer estupor, continuaba la fiesta. Largo rato caminamos, hasta que deteniéndose, el General Almirante agarró mi brazo con vigor y dijo:

—Pensaba que esta asamblea sería una charla de ladrones iluminados, pero acabo de ver con mis ojos el futuro de este pueblo y la causa que te guía.

—¿Y cuál es mi causa? —le pregunté.

—¿Causa? No quise decir eso, causa suena a ideal, y sean apartados de nuestro brazo los ideales inútiles. Digamos que algo corre de nuestro corazón a la mano, haciéndonos tomar la espada.

—¿Eso cree?

—¡Martin Dago! Axón no teme al Caos, ni a las sectas, pueblos o clases sociales alejadas de la realidad del sistema. Pueden iniciar una prometedora escalada, pero tarde o temprano terminarán integrados en el verdadero mundo, y lo que pretendían cambiar seguirá siendo dueño y señor de las mareas humanas. Los revolucionarios de hoy son la policía del mañana. El peligro para Axón proviene de hombres como tú y militares como yo, gentes predestinadas a coger la espada sin saber realmente por qué. Nosotros somos el futuro de la periferia, unamos nuestras fuerzas y Axón tendrá los días contados.

—¿Piensa que un simple oficial pirata y un general mercenario harán temer al reino más poderoso de la Galaxia? ¡Hay demasiadas manos en nuestro camino dispuestas a apuñalarnos

—¡Besaremos las manos que no podamos cortar! Debo partir, Martin Dago, espero que las brumas no impidan que encuentres mi planeta enmascarado Karneios, donde dormitan mis ambiciones hasta el momento. Adiós, que el Uno te arrope con su calor.

Y escurriéndose entre la multitud desapareció rumbo al astropuerto, seguido de sus carneros espaciales, y la semblanza, más propia de otras tierras, trajo a mi memoria recuerdos de niñez, de guardias en el patio, de nieve plácida, de almenas blancas...