Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

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El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

 

Dago el Cruel

LIBRO QUINTO

- XII -

El olor. El adivino. Simón Agrippa el espía. El engaño de la ninfa. Por el amor de Alana. El adiós. Jumo enamorado.

La casa de Jumo estaba vacía y su limpieza casi se me antojó impertinente. Flotaban en el aire los perfumes de la hembra y quedaban esparcidas trazas de su estancia. El olor a limpio traía raras imágenes, nacían a cada inspiración, solidificándose en los detalles del mobiliario, una arruga o un desconchado. Del mismo pavimento, arañado por los años, extraje escenas de tristeza, una tristeza cálida y resignada. Qué poco me acompañaba saber que el camino de mi encumbración estaba allanado. Escaso consuelo son para el enamorado las prebendas temporales, sin embargo, la fatalidad se decantaba en mis pensamientos con el arropamiento de la paz.

Tumbado sobre la cama, el techo dibujaba un mundo, mares de lisa pintura serena, océanos procelosos. Había también cráteres en el yeso y bahías del Arco Iris. Pero era un mundo muerto, momentáneamente revivido por los haces del amanecer y mi errática imaginación. Oí voces, eran ellos, Jumo y Alana que regresaban del festejo. Reconocí sus esfuerzos para no despertarme, mas fueron inútiles. Me levanté y salí a la terraza, donde arropándome con una manta dormí bajo la ropa tendida y los maullidos de los gatos. El silencio cayó sobre la ciudad de todos los demonios, y esta calma hizo mis pensamientos tan ruidosos que decidí levantarme, pasear de esquina a esquina, hasta que mis pasos tomaron forma y mis manos y mis pies golpearon el aire para alejar los malos espíritus. Tomé luego mi sable Despierto bajé las caderas y doblé las rodillas tal que un gato presto para saltar, el sable silbó, un grito, una llamarada de vida, un salto adelante, los pies deslizándose sin tocar el suelo, guardia retrasada y el sable como un arco, defensa izquierda, un giro imperceptible y ataque a fondo. Luego en fundar despacio con los ojos oblicuos clavados todavía en el enemigo derrotado: mi sombra, yo mismo.

Salí a la calle, que estaba sucia y pegajosa, las aceras llenas de basura, las aguas corrían turbias, los gatos huían con restos de comida entre sus fauces. Un marinero vomitaba la ambición de los noor sentado en unos escalones. Estaba amarillo y le colgaban hilajos, a su lado una botella volcada, el vino goteaba por las escaleras. No muy lejos, los comerciantes korianos recogían sus puestos, las meretrices empacaban la lujuria en sus valijas de piel, el encantador de serpientes regañaba a sus cobras que se anudaban indiferentes a los pequeños ratones que eran su alimento vivo. Y el adivino plegaba su paraguas encerrando el futuro entre sus varillas flexibles.

—¿Dónde irás ahora? —le pregunté al viejo adivino.

Se sonrió pícaramente, tenía la cara surta de arrugas muy finas, quizá forjadas en los años de fruncir el ceño bajo el paraguas, me miró interrogante.

—¿Dónde iré, preguntas? —abrió el libro sagrado y pasando las hojas al azar, detuvo el índice en un párrafo y recitó:

—¡Ay de ti, Babilonia, ciudad del pecado! —y tras una pequeña pausa, añadió—: A Thubán, iré a Thubán.

—Entonces quizá nos veamos —dije sin pensarlo.

Se pasmó, levantó los ojos y se le demudó el rostro preso de alguna revelación sobre mi persona.

—¡Gea no lo quiera! —murmuró cerrando el libro y marchándose con paso veloz hacia el astropuerto.

Una carcajada me sacó de la sorpresa. Era Simón Agrippa, el hombre que camina detrás. Tampoco él dormía, su rostro aparecía fresco y recién rasurado.

—Sabía que te encontraría vagando por las calles —dijo.

—¡Ah, Simón, qué feliz encuentro! Apareces cuando más te necesito.

—Querido Martin, los hombres que velan mientras los demás duermen, están abocados a la iluminación. Y reconocida esta particularidad que nos une, querría hablarte de quienes necesariamente deben ser nombrados para altos cargos por tu amigo Jumo Abubos. Seguramente el guerrero duerme ajeno a esta necesidad, pero tú, que eres su guía, necesitas respuesta a lo que él es incapaz de resolver. Aquí te entrego los nombres de los capitanes que deben ocupar las plazas de almirante. Encontrarás a los auxiliares bien colocados y quizá te sorprenda hallar algunos banif entre ellos, no temas, he medido los nombramientos con la precisión justa de las fuerzas que más nos convienen. Para ti he escogido un lugar discreto pero influyente, serás el ayudante del comandante en jefe Jumo Abubos. Nadie podrá decir que sea inmerecido. De los hombres de la Ansar he promovido a dos jóvenes capitanes: Deneb Kaitos y Thalit de Mebsuta, serán como tus propios brazos. Al preboste Salm Zavijaba lo he relegado a un papel secundario, no tengo ninguna confianza en su fidelidad, además, sé que anda en tratos con nuestro enemigo Wilimé Karin. En cuanto a la Banif, no se quejarán, una flota para Almuredín Sidi y otra, menos importante, para Sad Al Bari. Firmado este nombramiento, bien podrá decirse que tendremos el timón de la flota pirata en nuestras manos.

—Nunca habría trazado un Almirantazgo tan perfecto y equilibrado, querido Simón, soy un hombre afortunado teniéndote como consejero, espero saber hacer lo mismo con Jumo Abubos. En cuanto a ti, ¿qué misión te has atorgado?

—Martin, Martin,.., no hagas esas comparaciones, yo comparto esta lucha contigo, más todavía, es la misma, ¿haces tú igual con Jumo Abubos?

—No, no hago lo mismo, bien lo sabes —y sentí cierta vergüenza.

—Eso me agrada. Me preguntas por mi cargo. Tengo el que me corresponde: Otacusta mayor. Me responsabilizaré de los servicios de inteligencia, puntal de cualquier maniobra militar. Hasta la presente hemos dependido de unos cientos de Algaibs controlados por la Sociedad Benéfica y de las informaciones de la Sagrada Orden, pero es mi intención crear un servicio de información controlado por este Almirantazgo, es decir, por nosotros.

—¡Cierto!, ¿pero cómo conseguirás reclutarlo?

—Nada más fácil para quien conoce bien los intersticios del alma humana. No buscaré militares reconocidos, ni miembros de notables familias, dirigiré mis pasos hacia aquellos que habiendo partido de la misma línea que lo triunfadores, se encuentran relegados a puestos secundarios.

—De acuerdo, pero algo habrá que ofrecerles...

—Crédito e impunidad. Únicamente mi ordenador personal contendrá sus registros, ni siquiera tú los conocerás. Si caemos en desgracia, nada tendrán que temer, yo estaré bien muerto, así será esta lucha, y si como deseamos alcanzamos nuestros objetivos, su actuación les servirá de salvoconducto.

—¿Salvoconducto?, ¿de qué?

—¡Ah, Martin, qué ingenuidad la tuya! No me atrevo a aproximar una cifra de los hombres que tendremos que apartar con violencia. Desde el mismo momento que encontrándonos arriba, permitamos a otros escalar puestos en la pirámide de los que sostienen nuestro peso, habremos fracasado. Hay mucha gente dispuesta a voltearnos al vacío, arrebatarnos todo lo que con gran esfuerzo consigamos.

—¿Dónde quieres llegar?...

—A la fatal conclusión que nos arrastra a defender lo que es nuestro. Y nada más eficaz para la salud que la prevención, y decir prevención,— es hablar de investigación.

—¡Acaba! —le interrumpí—. Quieres un servicio de inteligencia, ya te he oído antes.

—Organizaré una red de espionaje tanto en Noor como en otros planetas exclusivamente controlada por mí. A nadie facilitaré información que pueda ser utilizada en contra nuestra.

—¡Oh, Gea! Ves complots en todos sitios, y a fe mía que el único es el tuyo.

Pero Simón se ofendió y agitando las manos, dijo:

—¡Orina de un djinn! Cómo imbuir a un ignorante de la sabiduría que sólo se adquiere en la oscuridad del desprecio, despreciado por aquellos que como tú, creen su posición inderrumbable. ¡Cada uno de los hombres que hemos ascendido, espera agazapado una oportunidad para deshacerse de nosotros!

—Está bien... No quiero discutir contigo, me has dado muchas pruebas de esa sabiduría de que hablas. Sin embargo, me pregunto si no seré yo mismo una extremidad más de tu cerebro.

—Esa es una duda pasajera, Martin, tú eres el señalado...

—Y tú mi faro.

—¡Oh, no! En todo caso la sombra que tu bella luz recorta contra la tierra. Y ahora hablemos de otras cosas. Me darás todo el crédito que te corresponda en el Almirantazgo, poco lo necesitarás en campaña. Nos enfrentamos a la Sagrada Orden, de la que, no te quepa duda, en su momento abandonará el carro del Caos. Tienen alianzas muy fuertes con la República y otras fuerzas con las que tarde o temprano nos batiremos, es por ello que necesitamos un agente dentro de la Sagrada Orden.

—¿Quién?

—Una persona que sólo necesita una caricia para servirnos: Eva Julia Lúcida. Debes hacerte con su confianza. No es nada tonta y la he estado observando, suspira por ti, aunque debo decirte que la tienes despechada, pero aún estás a tiempo de engatusarla, le hablarás mal de sus dueñas, y con cuatro carantoñas y alguna ambigua promesa se pondrá de nuestro lado.

—Sí. Nos informará de todos los movimientos de Alana Claudia, además —y me reí—, seguramente tiene celos de ella. Déjalo de mi cuenta, Simón. No volveré a desconfiar de tu trabajo, has nacido para él, a tu lado me encuentro tan seguro que antes dudaría de tu búho.

Para mis adentros, la idea de tener vigilada a la náyade, me reconfortaba, no calibraba el daño que iba a causar a Julia Lúcida, ni, debo reconocerlo, me importaba. El corazón es un órgano egoísta cuando se encuentra preso del amor no correspondido. Hacia el atardecer cité a la ninfa en un jardín de Pandemónium donde los enamorados solían reunirse. Julia Lúcida, al verme tan amable, perdió sus malos humores en un instante.

—Se que partes mañana para Uter, y habiendo reflexionado, debo pedirte disculpas. Quiero que sepas que tienes un lugar dentro de mí.

Y la miré simulando ternura. Ella se recogió el pelo y agarrándome del brazo tembló, una perla diminuta recorrió su tez.

—Es difícil para un hombre como yo —añadí— hablarte desapasionadamente, voy a ser nombrado para grandes cargos, y esto condiciona mis palabras e ideas... En este importante momento de mi vida deseo congraciarme contigo, nadie ha sido tan agradable conmigo sin pretender nada, y no quiero perder el lazo que nos une.

Julia Lúcida se alzó de puntillas y me besó, bañaba su cara una emocionada blancura. Según caminamos de la mano, menté sus esperanzas de progresar en la Orden, de las que me había hablado en varias ocasiones.

—Yo también voy progresando —dije—, ya ves que me esfuerzo. Me gustaría que tú siguieras mi ascensión. ¡Trabajemos juntos en esta lucha!

—Hace tiempo que quería oírte decir eso —dijo imperceptiblemente.

—¿Me ayudarás, entonces?

—Sí, no soy una tonta ninfa como crees, se valorar lo que ocurre a mi alrededor.

—Pues de eso se trata, de que seas mi oído y mis ojos en la Sagrada Orden. Sospecho de las monjas. Y tú no debes remorderle con pensamientos inadecuados. Desde ahora tu causa es la mía, sólo a mí servirás,

Julia Lúcida me abrazó para confirmar sus disposición a ser mi espía, y en el abrazo sentí una voz interior, que, esperpéntica, se reía a carcajadas. Pero estaba decidido que la ninfa caminara a mi lado, al lado del Caos. Y según los años han convertido esta escena en recuerdos encerados para el museo de las hipocresías, más me arrepiento de ella.

Había quedado citado con Jumo para despedirnos de Alana. Llevaba la firme determinación de no articular palabra ni ruego. Determinación que tenía el indudable sello del despecho, aunque también me hacia otras reflexiones más sensatas, pues habiendo sido bien educado en mi infancia, sabía que la verdadera medida de las cosas es más grande que la que ofrece la desesperación y más pequeña que la concedida por los sueños. El término medio, así lo llaman, es las más de las veces el silencio, adorable cualidad de los hombres que miden. Por eso no pensaba dirigirle la palabra a Alana. Que se fuera como había venido. No se renuncia a un trono para correr aventuras sin cuento y terminar amargado por una mujer. En la reconquista de lo perdido entraba el reencuentro con mi auténtica personalidad. Me convertiría en una máscara de inescrutable expresión, un hombre de pocas palabras, pero sabias, de pausados gestos, pero definitorios, de triste mirada, pero dura y noble: Martin Dago el que no tiembla.

Viendo Jumo la cara que traía, me lo reprochó, suponiendo que era la despedida la causante de mis males. Reconoced conmigo lo débil de los pensamientos más afianzados. En un instante, todo el mundo de fortaleza, el refugio que me había fabricado se vino abajo con la sola contemplación de la hetaira. La bella Alana despidiéndose de Denébola Sabí, que por orden del Concilio Dominante, quedaría en Noor como embajadora de la Orden, Y así Alana quedó un momento sola, la aparté de la gente con una excusa.

—Bien está, Alana —dije—, que seas diligente en tus asuntos, y hasta en tu placer, pero recuerda que también soy yo tu amigo, y aquí estaba cuando llegaste y aquí estoy ahora que te vas. No has cruzado una palabra amable conmigo todavía, aun cuando hubo un tiempo en que estuvimos bajo el mismo techo y los mismos peligros, mas tu corazón es desagradecido y tus ideas mezquinas, y nunca he sido nada para ti, salvo un apoyo del que estabas segura no se desmoronaría.

Alana se sobresaltó al oírme, cerró los ojos y nada dijo. Sin embargo, su respiración entrecortada y la palidez de su rostro servían para constatar la lucha que mantenía en su interior.

—Mal me juzgas, Martin —murmuró finalmente, subiendo el tono de su voz a medida que hablaba—. No son mis actos ni mis ideas las que me han apartado de ti. Te diré que sigues siendo mi amigo, pero que he sentido en tu presencia el escalofrío del miedo, tu risa tétrica en la Furqan me traspasó como una daga. ¿Crees que ignoro tus sentimientos hacia mí? ¿Pero qué puedo hacer? ¡no atizaré un fuego que me quema! No soy una mujer superficial que disfruté de amores imposibles. Tampoco creas que soy enteramente feliz con Jumo. Ha recibido demasiados entorchados para mi gusto, se bien que no es dueño de todos sus actos, he escuchado informes que atestiguan, que tú y tu grupo estáis detrás, manejándole. Y quiero pedirte, Martin, que lo protejas de sus enemigos, porque a pesar de su aparente fuerza, es mucho más débil que tú. Quizá todo esto que te digo, expresa lo que mis actos no se han atrevido, y es que a veces, Martin, tus ojos son tan tristes que asustan.

—Es verdad, estoy triste —repuse—. Es la melancolía de la resignación. Encendí una llama para alumbrar los pasos que tú dabas en mis sueños, la acabas de apagar. No eres mejor que cualquier protegida. Estás dispuesta, a dejarte arrastrar, a amar todo lo que dices combatir. Te pediría que abandonases la Sagrada Orden, porque amén de estar corrupta, la destruiré. De eso puedes estar segura. Mi reino lo formarán ladrones y prostitutas, en ellos encuentro más sinceridad que en todas las místicas redentoras. Esa es mi verdad, y ahora..., vete si quieres, pero recuerda mis palabras.

La hetaira llevose las manos a la cabeza y soltándosele las palabras, dijo:

—Me gustaría mirar en tu interior y sacar a la luz las mentiras que te crees. Pero si hombres y mujeres deben morir por ellas, y los planetas arder para satisfacerlas, ¡qué así sea! Prepara las antorchas y tus asesinos, seré inocente de tanta locura. Martin, nada hay que te obligue a ser un asesino, nada hay escrito en ti, salvo intereses y delirios.

—¿Qué sabrás tú de eso?

—¡Escucha mis palabras! —gritó—. Las gentes tienen derecho a ser dejadas en paz, a rechazar las revoluciones y las salvaciones del revés. Martin, el Caos es la excusa que, como un trapo ensangrentado, limpia vuestros crímenes. Y el pabellón pirata, los veintiún centímetros que pensáis lanzar al éter, será la insignia de lo que sois, la cara del pasado, los agentes del diablo, y la imagen misma de la muerte, reunidos en una banda de forajidos. Una vez os pedí que abandonarais el Caos, de nuevo lo he intentado con Jumo, pero tú lo has elevado con engaños a una cumbre impropia, y ya nada ve. Me voy triste de Noor, no sé que será de todos nosotros...

Se alejó, llegó junto a Jumo y le abrazó. El guerrero, ignorando nuestra conversación, me llamó a voces, pero fui en busca de Julia Lúcida y la colmé de falsos besos. La ninfa estaba conmigo, me amaba y me serviría con todas sus fuerzas.

—Adiós —dijo Jumo despidiéndose con la mano.

El navío despegó. En el centro del muelle, el guerrero permaneció solitario largo tiempo mirando al cielo oscuro de Noor. Denébola Sabí le observaba, detrás estaba Wilimé Karin y un poco más lejos Xirina.

De regreso a casa dijo Jumo:

—Toda mi vida he sido libre para ir de un lugar a otro. Hoy, cuando más quiero correr en pos de ella, me veo inexplicablemente atado a una causa y un cargo. ¿No estaremos errando?

—Las despedidas son como los eclipses —le respondí—, oscurecen el día más soleado. Sin embargo, hay que seguir viviendo pese al amor, a la pena, o a las ideas más extrañas.

—Así nos va —sentenció—. ¡Cómo cambian los tiempos! No hace mucho éramos simples piratas que podíamos emborracharnos en cualquier taberna de aquí a Uter, armábamos gresca por el placer y la emoción del riesgo. Hoy la pendencia es la misma guerra. Debo confesarte que estoy intranquilo, y que maldito lo que me agrada el tafetán de almirante, me viene ancho.

—No te asuste el que miles de hombres deban navegar bajo tus órdenes, Yo estaré detrás de ti.

—No le tengo miedo a la artillería enemiga, a lo que tengo miedo es a dejar de ser quien soy. A que las montañas de cadáveres nublen mi vista, a que los beneficios aceleren mi decadencia. A que mi vida se desperdicie lejos de Alana, enfrascado en largas campañas, y a que su causa sea un día contraria a la mía. Martin, nada anhelo más que reunirme con ella, volar lejos de la guerra, hacia un lugar donde las gentes beban vino, canten sin apremios a la mañana, y puedan dejar que sus hijos correteen por la campiña sin sirenas de alarma, sin refugios antipartículas, artefactos espías o gigantescos guerreros autómatas.

—Me gustaría saber dónde se encuentra ese sitio —dije irónico—. Es tarde para echarse atrás. Debes nombrar el Almirantazgo, y que a tal fin ya tengo listo, ordenar el zafarrancho de combate de toda la flota, y partir para Lamia con el grueso de las fuerzas, donde piden a gritos nuestra ayuda.

—Sí, lo haré —respondió con determinación—. Un hombre debe ser fiel a lo que representa, aunque le pese. Quizá ésta sea una campaña rápida y todo termine antes de un lustro. ¿No te gustaría?